Para corresponder a un amor infinito

//static.flickr.com/8266/8663104143_37bcfb753d_mLa aventura de descubrir el amor infinito de Dios

Seis siglos separan a Santa Gertrudis de Santa Teresa del Niño Jesús ¾la primera vivió en el s XIII, la segunda en el XIX¾, y, sin embargo, son muy cercanas.

Santa Gertrudis fue una mística favorecida con revelaciones; conoció el sufrimiento físico y sobre todo el sufrimiento del corazón. Doblegada por la enfermedad, fue frecuentemente privada de la participación activa en la liturgia. Participó también en las numerosas pruebas por las que pasó su comunidad, en particular la excomunión de que fueron objeto por parte de los canónigos ¾por cuestiones de intereses de poder¾, estando vacante la sede episcopal. Pero las pruebas de Gertrudis son siempre acompañadas de la presencia y de las consolaciones de Jesús.

A Santa Teresa del Niño Jesús se la ha llamado «la mística de la noche», ya que desde su entrada en el Carmelo, salvo raras excepciones, ha reconocido estar privada de toda consolación, y, sin embargo, sentirse la más feliz de todas las creaturas (Ms A 73 vº). Hablando de su retiro de profesión dice:

«La aridez más absoluta y casi el abandono fueron mi suerte. Jesús dormía como siempre en mi pequeña navecilla… Él no se despertará, sin duda, antes de mi gran retiro de la eternidad. Pero esto en lugar de causarme pena me da un extremo placer» (Ibid. 75 vº).

Sin embargo, Teresa recibe a veces grandes luces: «No es lo más frecuente durante mis oraciones que ellas sean abundantes, sino en medio de las ocupaciones de mi jornada» (Ibid. 83 vº).

Gertrudis se alimentaba de la Sagrada Liturgia, de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia y de San Bernardo en particular; mientras que Teresa tenía por único libro el Evangelio que ella llevaba día y noche sobre su corazón (cf. CSG p 80); la mayor parte de los otros la dejaban insatisfecha.

Por encima de las diferencias en el camino espiritual de ambas santas, en su vida interior profunda, las dos tenían la misma fe en el amor misericordioso. Ambas se reconocían pobres y sedientas de agradecer las misericordias con que Dios las había colmado, y transformaron su vida en una ofrenda al amor infinito de Dios. Ellas se han sabido amadas por Dios y han querido corresponderle con un amor que raya en la locura, devolverle amor por amor.

Gertrudis, monja de Helfta, a los 26 años vivía en un estado de tibieza cuando Jesús le revela su amor misericordioso, desbordante de ternura. La llama a la conversión en aquella tarde memorable del 27 de enero de 1281. Él, con delicadeza, apacigua la agitación que la traía aproblemada desde hace más de un mes, debido a un prueba que Él mismo había permitido. Con una voz dulce le dice:

«Bien pronto vendrá tu alivio, ¿por qué consumirte de tristeza? Yo te salvaré y te libraré, no temas. Tú has lamido la tierra con mis enemigos, y has chupado entre las espinas algunas gotas de miel. Ven a mí y yo te embriagaré en el torrente de mis delicias divinas (Sal 35.9)» (H II, 1).

En ese instante, de cara a Jesús, Gertrudis ha descubierto simultáneamente la gravedad de su pecado y la compasión llena de ternura de su Salvador. Es un encuentro entre dos mendigos de amor. Desde ahora, en el corazón de su pobre esposa, el Señor podrá hacer desbordar la ternura de su amor infinito.

Este encuentro con Jesús será para Gertrudis el punto de partida de una vida totalmente nueva. Ahora ella va a transformar su existencia en una alabanza infinita como expresión de su amor. Le dice al Señor: «Haz tuya mi vida y une mi alma a tu amor; que toda mi vida y mis acciones canten tu alabanza» (Ex 6.554-556).

Teresa, por su parte, desde la más tierna edad entra en un camino de conversión y santidad llevado, sin tregua, hasta la cima del amor. Dice: «Desde la edad de los tres años, comencé a no rehusar nada de lo que el buen Dios me pedía» (DE p. 717). Siendo ya carmelita, le confía a la Madre Inés como, a los catorce años, Jesús le había revelado su sed de ser amado.

Dice:

«El grito de Jesús sobre la cruz resonaba continuamente en mi corazón: “Tengo sed” (Jn 19.28)» (Ms 45 vº). «Me parecía escuchar a Jesús decirme como a la Samaritana: “Dame de beber”. Es un verdadero intercambio (echange) de amor; a las almas yo les daba la sangre de Jesús, a Jesús le daba esas almas rehechas por su rocío divino; así me parecía que podría saciarlo» (Ibid. 46 vº).

El deseo creciente e insaciable de amar más al Señor llevará a Gertrudis y a Teresa a reconocer la incapacidad de amar desde sí mismas. Este descubrimiento las pone en camino de la pequeña vía, la infancia espiritual, que las conducirá a una ofrenda grandiosa como víctima de holocausto al amor misericordioso, donde serán consumidas por las olas desbordantes de la ternura infinita de Dios.

Una parábola, síntesis de una pequeña doctrina

El 27 de enero de 1281 fue para Gertrudis un día privilegiado. Tuvo una experiencia mística primera, en la cual se encuentra en germen toda su vida futura. A través de ella, Gertrudis aprende la manera de hacer de su vida una acción de gracias agradable al Señor, la acción de gracias de un niño maravillado de ser el sujeto de una ternura gratuita y misericordiosa por parte de Dios. Aquello que relata tiene su inspiración en el comentario de San Bernardo a la parábola del fariseo y del publicano (S. Cant., 51,6). Según el Doctor melifluo, Dios nos prodiga corrientes o ríos de gracias, nosotros debemos hacerlos remontar a su fuente por la acción de gracias, a fin de que ellas vuelvan nuevamente a nosotros sin interrupción.

Pero hay acciones de gracias muy diferentes. En el Sermón 13, sobre el Cantar de los cantares, San Bernardo nos pone en guardia contra el fariseo de la parábola que «honra a Dios con los labios, pero que, en el fondo del corazón comete una ofensa hacia Dios»; la corriente de gracia no sube hacia su fuente, se seca (S. Cant. 51, 6). Es la trampa, agrega él en la cual caen sobre todo los religiosos y los hombres entregados a la vida espiritual (Ibid., 13, 3).

Se comprende que Gertrudis se haya dejado interpelar. Por una parte, ella quiere hacer de toda su vida una acción de gracias, como una forma de correspondencia al amor del Señor; por otra, en su oración, ella vigila para que no vaya a ocurrir que por un «soplo de vanagloria, la corriente de gracia que ella recibe, se seque». Desea ser preservada para siempre de ese soplo de vanidad del fariseo. El remedio le parece muy simple; lo encuentra en el comentario que San Bernardo hace de esta parábola de San Lucas, parábola seguida del episodio de los niños presentados a Jesús.

A partir de esta meditación, ella comprenderá que deberá adoptar la actitud exactamente contraria a la del fariseo que se estimaba mejor que los otros. Ella será entonces el publicano, o mejor aún, el niño más imperfecto en la numerosa familia de Jesús. Así será más colmada que los otros por el Padre, lleno de ternura por el más pequeño. La corriente de gracia que ella recibe no se secará, sino que llegará a ser un torrente por el cual se podrá remontar a la Fuente, a través de la acción de gracias.

En esta «revelación», Gertrudis ha comprendido que Dios la ha escogido para recibir un don infinito, y para hacer de su vida una acción de gracias, de valor también infinito. Ésta será a la vez la del niño y la del publicano, ambos conscientes de ser amados gratuitamente, sin ningún mérito de su parte.

Así aparece Gertrudis en toda su obra, como niño y publicano a la vez; así se presenta ella: como un heraldo escogido por el Señor «a causa de su indigencia».

Ella se llama a sí misma «la última de sus sirvientes, deshecho de todo el universo creado (¡!), el más vil de los átomos» (H II, 20, 1; V 28, 2; 35, 2, etc.). Transmitiendo su doctrina, ella aparece como heraldo, ejemplo, testigo de la ternura divina: pietas divina.

Las oraciones, confesiones y los escritos de Gertrudis son todos cantos a la ternura divina donde se manifiesta la unidad entre lex orandi – lex credendi – lex vivendi.

La pequeña doctrina de Gertrudis, encerrada en la parábola del Padre lleno de ternura por el más pequeño de sus hijos, bien podría resumirse en la definición de la santidad de Santa Teresita:

«La santidad consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños entre las manos del buen Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiantes hasta la audacia en su bondad de Padre» (Novissima verba 3-08-1897; DE p 582).

Desarrollo de la pequeña doctrina

A través de la vida diaria en el monasterio, será Jesús mismo quien se encargará de hacer progresar a su esposa Gertrudis en esta pequeña doctrina que la llevará a ofrecerse como víctima de holocausto a la ternura desbordante de Dios, a su pietas divina. Veamos algunos trozos característicos de ella:

Un día ella rezaba por los perseguidores del monasterio. Jesús le declara que Él ha sido vencido por la ternura de Gertrudis, y va a realizar lo que le pide, a la vez que le manifiesta el deseo de que estos perseguidores vuelvan a Él por la penitencia (H 67, 2, 9).

En el curso de un sermón, ella oye que nadie puede ser salvado sin este amor que consiste en arrepentirse y abstenerse del pecado. El Señor le revela que en el momento de la muerte, Él se muestra al hombre con una tal ternura, que éste es capaz de morir en un acto de amor perfecto sin temor a la condenación.

Como otras veces, ella reza por la salvación de los pecadores; no osa interceder por aquellos que merecen la condenación. El Señor le reprocha su timidez. Maravillada de la generosidad divina, ella pregunta que debía agregar como oraciones supererogatorias para obtener la salvación de ese género de pecadores. «Con toda serenidad y ternura, Él le da esta respuesta maravillosa: “es suficiente la confianza para obtenerlo perfectamente”» (H III 9 n° 5 y 6).

Así Gertrudis progresa en su pequeña doctrina, en su confianza en la pietas divina. Otro día, para probarle que su ternura es un abismo que no se puede agotar, Jesús le promete escucharla mucho más allá de lo que ella le pide. Ella, llena de admiración, llamará a esta ternura: torrente, océano, abismo inagotable.

Incansablemente, Jesús va a enseñar a Gertrudis que su pequeña doctrina consiste en tener fe en la pietas divina de donde nace la confianza. Ella aprende entonces que esta ternura divina es sin límites, que nadie es excluido, que todo hombre puede ser beneficiario. Para penetrar en este torrente infinito, es necesario ser como un niño, que confía incondicionalmente en Dios y que recurre a él en todas sus dificultades.

El día de los Santos Inocentes, estando impedida por el tumulto de sus pensamientos de prepararse convenientemente a la comunión, Gertrudis implora la ayuda divina. El Señor le hace saber cómo esta confianza inquebrantable le es agradable cuando un alma está saltada por la tentación. Le dice citando el Cantar:

«De ella puedo decir: “Única es mi paloma escogida entre mil, con una sola de sus miradas, ha traspasado mi Corazón divino” (Cant 6, 8; 5, 10; 4, 9), al punto que si yo no pudiese socorrerla, mi Corazón tendría una pena tan grande que todos los gozos del cielo serían impotentes para alejarla» (H III 7, 1).

¡El amor del Señor nos desconcierta! Tanto su sufrimiento como su gozo son equiparables a su ternura, es decir, sin medida.

Y Jesús explica a su esposa atónita su extraordinaria compasión hacia el hombre frente al cual se hace solidario por su encarnación. Ya Jesús le había enseñado a Gertrudis que, vencido por su propia ternura, él se sentía constreñido a cuidar del hombre endurecido en su pecado. Sin embargo, el pecador no arrepentido no está receptivo a la ternura de su Dios; su actitud es la de rechazo, no puede recibir los beneficios. Pero no ocurre así con su esposa, con aquella que le hiere el corazón por una confianza inquebrantable.

En una ocasión de poca importancia, habiendo experimentado una pena interior intolerable, ella hace durante la elevación de la hostia, la ofrenda de esa desolación a Dios, en eterna alabanza. Le parece entonces que el Señor atrae su alma hacia sí (a través de esta hostia), haciéndola reposar sobre su pecho y diciéndole:

«Como una tierna madre tiene costumbre de expulsar con sus besos todos las penas de su pequeño hijo, de la misma manera, por mis palabras amantes, quiero alejar todas tus penas y contrariedades» (Ibid. 63, 1, 3-8 y 2, 1-7).

«Un día, en la laxitud que le causaba el agotamiento de sus fuerzas, Gertrudis le dice al Señor: “¿Para qué sirvo, Señor?, ¿en qué me quieres emplear?». Jesús le responde citando la palabra de Is 66, 13, que Teresita descubrirá maravillada: “Como una madre consuela sus hijos, así yo te consolaré” (Ibid. 30, 38, 1-4)».

Gertrudis hace y hará siempre esa experiencia de la ternura divina. De aquí nacerá en ella un abandono y una confianza crecientes en su Esposo.

Un día el Señor le declara: «El amor de mi ternura divina que no se puede contener, me obliga a sufrir profundamente contigo en toda adversidad» (H IV 23, 1, 17-19). Esta es la consolación que nos da el Señor; Él no suprime el sufrimiento, sino que se compadece. Él sufre con nosotros y en nosotros. Como un niño, la esposa se deja instruir, conducir, prestando el oído del corazón, y Jesús le habla al corazón. Gertrudis se preocupa de poner de relieve su debilidad de niño; a veces aproblemada por bagatelas, no puede dominar bien sus obsesiones, sus tentaciones. Una vez, cuenta ella con un poco de humor, que ha pasado un día entero en la paz y en el gozo, pareciendo que gobierna con Jesús todos los reinos del cielo y de la tierra. Mas, hacia la tarde, un incidente banal le causa un gran decaimiento, al punto que todo el bien que había gustado precedentemente se encuentra comprometido. Ella trata de distraerse pero sin resultado, porque pasa una noche en blanco. En esta ocasión, recurre de nuevo a Jesús. Así todo lo ocurrido se transforma en una nueva gracia. Tener, de tiempo en tiempo, la experiencia de sus límites es una necesidad para pasar a la etapa siguiente. Y así se va creciendo en la conciencia de la propia pequeñez. Esta actitud interior atrae a Jesús, quien, a su vez, se muestra «seducido» por todo hombre que se acuerda con acción de gracias de su Encarnación redentora, por aquel que le contempla crucificado, que participa de su Pasión, que sabe que sin Él no puede nada.

El día de la Circuncisión, ella buscaba por el dulce nombre de Jesús calificativos que le traspasaran el Corazón. Mientras que ella penaba en su amorosa búsqueda, el Señor seducido por el ardor de esta ternura, ¡qué digo!, vencido, en la violencia de su amor divino, se inclina hacia ella, y le imprime sobre sus labios un beso (H IV 5, 1, 11-18). Igualmente, el Señor es atraído por la obediencia de las Hermanas, por todo aquello que le dé los menores signos de ternura, de amor hacia Él mismo y hacia el prójimo. El Señor es entonces «vencido», no solamente por su propia ternura, sino también por la ternura de su propia creatura: ¡«Impotencia» del todopoderoso! La esposa, igualmente, es seducida, vencida por la ternura de su Creador: dos ternuras se encuentran, ambas se dejan seducir, se dejan vencer la una por el otro: atracción recíproca, ¡el Creador es vencedor del hombre y el hombre es «vencedor» de su Dios!

De cara a este inconcebible y humilde amor de su Dios, Gertrudis no hace más que ver mejor su pecado. Tanto frente al Señor, como en sus escritos, ella se preocupa de presentarse más imperfecta que los otros, con el alma del publicano (H I 10, 1, 15-27; 11, 2, 2-4). Así ella será el heraldo de Jesús, manifestándonos a través de su vida, la ternura gratuita, misericordiosa, desbordante de su Esposo. Tal será la lección que Jesús nos quiere transmitir por su intermediaria: ser el publicano contrito con alma de niño, objeto de un amor infinito del Corazón de Jesús.

Un día, avanzando para alimentarse del sacramento de la vida…, ella se postra en tierra en la humildad de su corazón… En respuesta, el Hijo de Dios, inclinándose a su vez como un dulce amante, da a su alma un beso (H III, 18, 1, 1-8). En otra oportunidad, cuando ella desfallecía a la vista de su indignidad…, el Señor se inclina hacia ella en su ternura toda misericordiosa (Ibid. 39, 1, 1-4). Otro día, el recuerdo de sus faltas pasadas la tenía en una tal confusión que ella no buscaba sino esconderse para siempre, y, he aquí que el Señor se inclina hacia ella con tanta reverencia que toda la corte celeste, como presa de asombro trata de detenerlo. A lo que el Señor responde: «No puedo absolutamente impedir de alcanzar a quien, por las cuerdas sólidas de la humildad, atrae hasta ella mi Corazón divino» (Ibid. 30, 39).

Aquí de nuevo, el Creador y la creatura dejándose vencer el uno por la otra, llegan a ser vencedores el uno de la otra. Es adoptando la actitud del publicano de la parábola de San Lucas que Gertrudis llega a ser victoriosa de su Esposo que, esta vez, es vencido tanto por la ternura de su corazón como por la humildad de su creatura. Él es de tal manera constreñido, «obligado», que toda la corte celeste se revela impotente para impedir que se abaje hacia su Gertrudis; es decir que todo poder que tendería a oponerse a los designios de su Corazón, a su proyecto de alianza con todo hombre, se deberá declarar vencido. Es dejándose vencer por su ternura todopoderosa que el Hijo de Dios deviene el gran vencedor: ¡He aquí la «impotencia» del todopoderoso!

A su esposa le declara:

«Debes saber que absolutamente nada del cielo ni sobre la tierra, ni siquiera las exigencias del juicio y de la justicia, me pueden impedir, por la plena satisfacción de mi divino Corazón, de concederte mis beneficios» (Ibid. 18, 3, 9-10).

Jesús trata a su esposa con infinito respeto. Lejos de mirar desde lo alto una débil, que se presenta a Él en la verdad de su ser de creatura limitado y pecador, es atraído, se inclina, vencido por la ternura de su Corazón, constreñido a compadecerse de ella.

El abajamiento de la creatura «provoca» o seduce el abajamiento del Creador. Gertrudis aprende, y nosotros aprendemos que si el hombre tiene necesidad de Dios, Dios «tiene sed» del amor del hombre. Dos sedientos, dos mendigos de amor van a encontrarse: el Creador y la creatura, que mutuamente se van a unir por el amor.

La ofrenda como víctima de holocausto: suma de la pequeña doctrina

Amada por un amor infinito, Gertrudis tiene el alma de un niño para amar locamente, pero se siente insatisfecha de su alabanza. Se acusa constantemente de negligenciar su agradecimiento, de su ingratitud (H II, 23, 12, 7; 23, 15, 2; 23, 18, 8; 23, 20, 6-8; 23, 21, 10; H II, 24, 2, 7). Por su pequeña doctrina, Jesús le ofrece el medio de realizar su sueño: «No te pido más que una cosa, venir a mí, toda vacía, y presta a recibir» (H IV, 26, 9, 26). En efecto, siendo los raudales de ternura divina abundantes, sobreabundantes, desbordantes hasta el punto de no poder contenerse para verterse, no necesitan más que un receptáculo.

En una fiesta de Pentecostés, Gertrudis se prepara con obstinación, mediante la confesión, a excavar en ella ese corazón pobre de publicano que será capacidad, cavidad nunca tan profunda como sería de su deseo, pero que se hace tanto más profundo cuanto ella se juzga más vil. En ella, siempre se trata de una doble confesión, no de un repliegue en sí, sino de una necesidad de amor; en efecto, declara en «tener su gozo en comparar su dureza de esposa a la ternura de su Esposo» (H II 20, 14): «¡Mientras más es manifiesta mi indignidad, más resplandeciente de belleza tu tierna condescendencia! (Ibid. 22, 1, 21-22). Y en otra parte: «Teniendo tu morada en lo más alto de los cielos, en la dulce bondad del Padre, has querido encontrar un albergue en la casa de mi pobreza» (Ibid. 32, 17, 12-14).

Así es como Santa Gertrudis experimenta tanto su miseria como la ternura misericordiosa de su Esposo y las confiesa a ambas inseparablemente. A la luz de esta kénosis de su Dios que viene a habitar en su «corazón de lodo» que Él va a transformar (Ibid. 3, 2, 6), ella descubre, conmovida, la profundidad de este misterio de amor inaudito, ávido de comunicarse. «Me parece, más claro que el día, declara a Jesús, que tú no puedes contener la superabundancia de tu dulzura» (Ibid. 16, 4, 1-2).

A esta fuente que tiene sed de ser bebida, a esta ternura desbordante, que nace sin cesar y salta hasta la vida terna, que no se puede contener ni detener, a este amor misericordioso, Gertrudis sabiéndose pequeña, consciente de su miseria, de su impotencia de amar, se ofrece como víctima de holocausto. Ella se da infinitamente pobre al que es infinitamente rico.

En su corazón de publicano contrito, las olas de ternura de su Dios no pueden más que precipitarse. En la doctrina de la infancia espiritual, ella ha encontrado la manera de desencadenar este dinamismo. Sabe que el amor de Dios realizará en ella una obra de amor, de construcción, pero primeramente de «destrucción». Ella implora que, como gota de agua en este amor que es un océano, río, diluvio, catarata, sea sumergida, ahogada (Ibid. 6, 372-379), o que, como grano de incienso levantado por el viento del Espíritu, ella sea transportada al seno de la ternura infinita (Ibid, 4, 314-329).

Gertrudis se entrega para ser la víctima de este amor que consume y que transforma. Ella espera de esta ofrenda que nace de su corazón de pobre, la muerte, pero una muerte de amor que es vida (Ibid. 4, 345; 314-329):

«Me acerco a ti, fuego consumidor, ¡oh Dios mío! En el ardor encendido de tu amor que me devora (como un) pequeño grano de polvo, consúmeme enteramente y absórbeme en ti» (Ibid. 4, 68-74).

«¡Jesús, llévame hacia la llama de tu vivo incendio!» (Ibid. 4, 303-304).

«Que tú puedas en mí, tan pequeña, con el soplo de tu boca, anular todos los obstáculos a tu voluntad y a tus deseos…, para que muriendo a mí misma, yo viva en ti» (Ex 7, 233-237).

«Un día, durante la Eucaristía, vio a este Jesús amantísimo atraerla hacia sí en la llama de amor de su Corazón traspasado… Se encontró lavada, transformada en el agua y la sangre que corría de este Corazón» (H III 18, 5, 14ss.).

Gertrudis va entonces a obtener la transformación implorada con insistencia. De las cenizas del ser antiguo va a nacer el ser nuevo, va a reencontrar la semejanza perdida. De rosa sin nobleza será transformada en lirio. Plantada en el valle de la humildad, al borde de las aguas de la desbordante caridad, reverdecerá y reflorecerá.

Jesús y Gertrudis van a intercambiar corazón y voluntad. De ahora en adelante todo lo que pertenece a uno pertenecerá al otro. La esposa pequeña va a disponer del amor del Corazón de Jesús para cantar a su Dios una acción de gracias de valor infinito: gracia recibida, gracia que vuelve a su fuente por la acción de gracias y por el amor nacido de este corazón pobre y amantísimo de Gertrudis, esposa de Jesucristo (H II 23, 8; H III 25, 1; 26, 2; 30, 1, 8-11; 53, 1, 9-10; IV 2, 16, 6-15 …).

Teresa en marcha hacia el descubrimiento del amor…

Algunos siglos más tarde, Teresa de Lisieux, también insatisfecha de su correspondencia al amor loco de su Dios, reclamará este favor que fue concedido a su hermana de Helfta, esto es, el don de su Corazón:

«¡Ah! Para amarte, dame mil corazones,

Pero es demasiado poco. Jesús, Belleza suprema,

Dame para amarte tu divino Corazón» (PN 24, 31° estrofa, 21 octubre 1895).

Y enseguida cantará:

«Es tu amor, Jesús, que yo reclamo,

Es tu amor el que me debe transformar,

Introduce en mi corazón tu llama que consume,

Y así podré bendecirte y amarte» (Ibid. 41, 2° estrofa, fin 1896).

A este Dios, Teresa, como Gertrudis, se ofrecerá como víctima de holocausto, y Él va a suplir a la impotencia de niño de la primera de la misma manera que ha suplido la impotencia de la segunda. Pero Teresa en el principio de su vida espiritual todavía no ha llegado a este estado; solamente lo logrará después de haber hecho los dos descubrimientos de Gertrudis: el de su imposibilidad de amar y de llegar a la santidad por sí misma; y la de este amor misericordioso desbordante de ternura de su Esposo que va a suplir su impotencia. Para descubrirlos será necesaria una larga búsqueda personal, correspondiendo a las inspiraciones interiores que la movían a deseos magnánimos. Ella buscará y encontrará: «He buscado, he encontrado», estas palabras van a volver a menudo en su pluma.

Sigámosla en su itinerario. Desde la edad de los 9 años, hacia el 1882, Teresa está bien decidida a llegar a ser una santa y está convencida que lo logrará. Adivina que necesitará sufrir muchísimo, pero no quiere ser santa a medias, y sufrir no la asusta.

A los 14 años, en 1887, un año antes de su entrada al Carmelo, la lectura del libro de Arminjon la transporta. Ella llega a la siguiente conclusión: «Yo querría amar, amar a Jesús con pasión y darle mil muestras de amor» (Ibid. 47 v°). Ella está y permanecerá enamorada, pero hasta 1893 está preocupada de amar de una manera más bien activa, lo que supone el esfuerzo. Para alcanzar la santidad cuenta sobre todo con ella misma. Esto es propio de una etapa de la vida espiritual. En efecto, en 1888 escribe: «Quiero ser una santa»; entonces cita a San Agustín: «No soy perfecto, pero quiero llegar a serlo».

En 1889, ya carmelita desde hace un año, escribe: «La santidad consiste en sufrir, en sufrir por todo. Es necesario conquistarla a punta de espada, es necesario sufrir… ¡es necesario agonizar!». Se preocupaba en particular de practicar la humildad, quería ser el grano de arena bien oscuro, bien escondido a todos los ojos, que solamente Jesús pudiera ver (Ibid. 49). Esta humildad no era todavía la del niño lleno de confianza que se abandona. Todavía se preocupa demasiado de ella misma; teme mucho haber manchado su vestido bautismal. Para pacificarla necesitará del juicio de varios sacerdotes que le repetirán que ella jamás ha cometido pecado mortal. La Madre Inés dirá más tarde: «El temor de ofender a Dios envenenaba la vida de Teresa» (PO 1513).

A partir de 1893, Teresa se encamina progresivamente al descubrimiento de su pequeña vía. Comienza entonces a presentir una nueva manera de amar: la de hacerse receptiva. En efecto, escribe a Celina: «El mérito no consiste en hacer o dar mucho, sino más bien en recibir, en amar mucho… es Jesús que hace todo y yo no hago nada» (Lt 142, 6 julio 1893). Así ella llega a comprender la relación que existe entre recibir y amar.

Sin embargo, permanece insatisfecha. Invadida por deseos desmesurados e impetuosos, está convencida que es el Señor quien los pone en su corazón, y, por tanto, que se realizarán. No se desanima; busca en la Sagrada Escritura una pequeña vía bien recta y corta para llegar a la santidad. A finales de 1894, en el libro de los Proverbios encuentra las siguientes palabras: «Si alguien es pequeñito, que venga a mí» (Prov 9, 4); y en Isaías: «Como una madre acaricia a su niño así yo os consolaré…» (Is 66, 12-13). Al fin ha encontrado lo que buscaba, el fundamento en la Escritura de lo que iba a ser en el futuro la pequeña vía. Maravillada, llegó a la siguiente conclusión: «No necesito crecer, por el contrario, es necesario que permanezca pequeña, que llegue a serlo cada vez más» (MsC 3 r°). Pero no es todavía la plena luz; está llegará el 9 de junio de 1895 durante la Eucaristía, en la fiesta de la Santísima Trinidad. En algunos instantes, en una especie de encandilamiento, Teresa descubre, como Gertrudis, que el amor del Señor es un amor desbordante, una fuente que tiene sed de ser bebida, que tiene sed de prodigarse. «Olas de infinita ternura», dicen ambas, y la carmelita agrega dirigiéndose a Jesús: «…que os sentiríais dichoso de no veros obligado a reprimir» (MsA 84r°).

En un primer tiempo, aun adolescente, había visto un aspecto de la cara de su Dios: Jesús sobre la cruz, mendigando de amor al cual ella pensaba solamente darse; también, por su sacrificio le ofrecía almas (MsA 46 v°). Ella era la que daba. Ahora ha descubierto otro aspecto de la cara de su Dios mendigo de amor: su sed de colmar su creatura, su sed de darse. Por su parte, Teresa se descubre también ella mendiga de amor, la que, pobre, tiene necesidad de recibir, de ser saciada. Ella se descubre, como una pequeña víctima, infinitamente deseada, y a la vez la que desea. Su reacción es inmediata, y con el fin de consolar a su Dios, se ofrece para recibir esas olas de infinita ternura. Su vida espiritual será desde ahora el encuentro entre dos mendigos de amor: «El amor es la sola cosa que (Teresa) ambiciona» (MsB 1 r°). «Ella tiene necesidad de amar hasta el infinito» (PN 53, 2° estrofa):

«Oh mi Dios, Trinidad bienaventurada…, a fin de vivir en un acto de perfecto amor, me ofrezco como víctima de holocausto a vuestro amor misericordioso, suplicándoos que me consumáis sin cesar, dejando desbordar en mi alma las olas de ternura infinita que están encerradas en Vos… si por debilidad caigo a veces, que inmediatamente vuestra divina mirada purifique mi alma consumiendo todas mis imperfecciones como el fuego que transforma todas las cosas en él mismo…»

Y tanto Teresa como Gertrudis piden la muerte de amor («Acto de ofrenda», en Ms p 318).

El Dios al cual se dirige Teresa como el de Gertrudis es el mismo: un Dios mendigo de amor: olas desbordantes de ternura, torrentes, océano. También es el Dios que purifica y transforma: fuego, llama, horno, brasero (MsA 84 r°; MsC 36 r°; PN 17, 6, 10, 14; PN 24 10, 11, 17; PN 54, 3; CSG p 71). Con estas imágenes nuestras santas quieren expresar lo que es la sed del amor divino.

Teresa comprende entonces que el amor como la santidad son dones a recibir, y que todo llega a ser posible al corazón de un niño indigente que se ofrece al desbordamiento de este amor. Llegada al colmo de la felicidad ha descubierto que en respuesta a la sed de su Dios, sus sueños de juventud van a transformarse en realidad. Así declara: «Para amaros (oh Dios) como me amáis, es necesario que me prestéis vuestro propio amor, entonces solamente encontraré el reposo» (MsC 35 r°).

Y agrega:

Oh faro luminoso del amor, he encontrado el secreto de apropiarme de tu llama. No soy más que una niña impotente y débil; sin embargo, es mi debilidad misma la que me da la audacia de ofrecerme como víctima a tu amor, ¡oh Jesús!… Sí, para que el amor sea satisfecho, es necesario abajarse, abajarse hasta la nada, para que Él transforme en fuego esa nada» (MsB 3v°).

Este texto ¿no contiene acaso toda la pequeña doctrina de Gertrudis? El humilde amor del Creador «es atraído» por la humildad de su pequeña creatura…: «¡Un abismo llama a otro abismo!», dice el salmo 41.

Como fue en Gertrudis, así es en Teresa. Por su ofrenda al Amor, culminación de su pequeña vía, su capacidad de amar ha crecido infinitamente. Teresa ha llegado a ser la pequeña que confía y se abandona. Su vida espiritual va a consistir en progresar en esta pequeña vía. La carmelita no olvidará jamás que para recibir el amor -olas de infinita ternura- debe permanecer pequeña y llegar a serlo cada vez más. Debe evitar el orgullo del fariseo que, según la expresión de Santa Gertrudis siguiendo a San Bernardo, «deseca en nosotros la corriente de la gracia».

Llegada a la cima y al término de su «carrera de gigante» (MsA 44 v°), todavía se le escapan imperfecciones que ella va a aprovechar para que su corazón sea cada vez más un corazón pobre. Cuando los demás se sorprenden de sus pequeñas faltas, ella se regocija: «Siento una alegría muy viva no solamente cuando se me encuentra imperfecta, sino sobre todo de sentirme yo mismo así» (Ibid. I 2/8, 6). Y agrega: «Yo soy más feliz de haber sido imperfecta que si, sostenida por la gracia, hubiese sido un modelo de dulzura» (LT 230).

Su alegría es la misma que la de Gertrudis, el gozo de tener un corazón pobre. Felicidad de tener un corazón receptivo en el cual el amor podrá derramarse. Gozo de hacer valer la justicia de su Dios y no la suya propia. Ella confesará: «¡Que feliz soy de verme imperfecta y de tener tanta necesidad de la misericordia de Dios en el momento de la muerte!» (CJ 2/7, 3). Preocupada de evitar el orgullo del fariseo, le dirá al Señor estas palabras de extraordinaria profundidad: «Yo no digo como Pedro, que no os negaré jamás» (Ibid. 9/7, 6). Así como ella ha expresado la alegría de ser la pequeña impotente, va también a expresar de una manera impresionante, sorprendente, el peligro del pecado más grave a sus ojos, el del fariseo, frente al cual ella no se siente protegida:

«¡Oh! Si fuese infiel, si cometiese solamente la menor infidelidad, siento que lo pagaría con problemas horribles; por eso no ceso de decirle al buen Dios: “¡Os ruego, Dios mío, presérvame del mal de ser infiel!”. Apoyarse sobre las propias fuerzas es arriesgarse de caer en el abismo (Ibid. 7/8, 4).

Cerca está el día en que, según su propia expresión, va a recibir una nueva y gran gracia; será con ocasión de su última comunión:

¡Qué grande y nueva gracia he recibido esta mañana!… Me sentía como el publicano, una gran pecadora. ¡Encontraba que el buen Dios era tan misericordioso!… Me siento tan miserable. La confianza no ha disminuido, bien por el contrario, y la palabra “miserable” no es exacta, ya que soy rica en todos los tesoros divinos. Pero es precisamente por eso que yo me humillo cada vez más (Ibid. 12/8, 3).

Con esta confianza de pequeña y publicana que espera todo del amor gratuito del Padre, quiere aparecer ante Él con «las manos vacías», quiere robar el cielo por una especie de juego de amor a la manera del buen ladrón y de los Santos Inocentes que son sus privilegiados y sus protectores (CSG p 41). Dice: «En lugar de sobresalir como el fariseo, repito, llena de confianza, la humilde oración del publicano» (MsC 36 v°). Tiene conciencia de haberse enriquecido en la medida que reconoce su pobreza. Al final de su vida, a ejemplo de Gertrudis, su actitud frente al Señor pasa a ser la del publicano con un alma de niño. Antes de desesperar de sí misma, pone toda su confianza en Dios solo: «No puedo apoyarme en nada, en ninguna de mis obras para tener confianza» (CJ 6/8, 4).

Así Teresa llega a tener un corazón cada vez más pobre, y por lo mismo más capaz de recibir. Y podrá afirmar: «El único camino que conduce a este horno divino (del amor), es el abandono del niño pequeño que se duerme sin temor en los brazos de su Padre» (MsB 1 r°, o LT 196). Y en otra parte dice: «Es la confianza, y solamente la confianza, la que debe conducirnos al Amor» (LT 197).

Confianza y abandono van a la par. Así recibirá ella el amor perfecto tan ardientemente deseado. A la santidad, que con tanto ardor ha deseado alcanzar, se llega por este sencillo camino de confianza y abandono en las manos del buen Dios.

Termina por comprender que todo lo bueno que hay en ella es don de Dios hecho a su pequeña:

Esta palabra de Job me ha encantado desde mi niñez: “¡Aun cuando Dios me matara, yo esperaría en Él!” (Job 13, 15). Pero me he demorado mucho en llegar a este grado de abandono. Ahora que ya estoy en él, el buen Dios me ha tomado en sus brazos y me ha puesto en este lugar» (CJ 7/7, 3).

Teresa ha comprendido que sin su Dios es absolutamente impotente. Ha descubierto su tabla de salvación: es su pequeña vía, aquella de la confianza y del abandono.

El Dios de Gertrudis y de Teresa

Un Dios mendigo de amor

Habiendo llegado a la infancia espiritual, teniendo un corazón de pequeño, nuestras santas han desencadenado las olas de la ternura divina. Han encontrado el medio de disponer de este amor violento e impetuoso, que no se puede contener, de este amor humilde que rehúsa utilizar la fuerza para conquistar el corazón de su pequeña creatura. Para conquistarla, Dios se abaja, se humilla y se hace mendigo de amor. Así Él ha mendigado el corazón de Gertrudis y de Teresa. «Bien amada, dame tu corazón», dice a la primera (H III 66, 1, 1-2).

Teresa, escribiendo a Sor María del Sagrado Corazón, nos da un comentario de esta palabra de Jesús:

«Jesús no ha temido mendigar un poco de agua a la Samaritana. Él tenía sed. Pero diciendo “Dame de beber“, es al amor de su pobre creatura la que pedía el Creador del universo».

Y ella cantará: «Tú mendigas mi amor» (MsB 1 v°; PN 36, 5).

De nuevo, como un mendigo, el Señor confía a Gertrudis lo que espera de su creatura: «Que actúe a una con Él, de manera que Él pueda moldearla según el deseo de su Corazón» (H IV 58, 2, 20-22).

Un domingo de Ramos, llegada la tarde, Gertrudis se ofrece a Jesús para que descienda en la pequeña hospedería de su corazón y le pide que le ayude a prepararlo convenientemente para recibirlo. Jesús le responde: «Si tú me das esa libertad, dame la llave de tu voluntad propia» (Ibid. 23, 9). Está claro que mendigando el corazón de su creatura, Jesús mendiga a la vez el poder de actuar en ese corazón con toda libertad, y eso en vista de transformarla a su imagen y semejanza. Le dirá: «Aprende de mí, que mi amor te santifique; que nuestra unión te transforme» (H III 8, 1, 23-24 y 26-27).

Y Gertrudis le contestará:

«Es en ti y en ti solo que nosotros podemos volver a hacernos a la imagen y semejanza de nuestro primer estado… ¡Oh horno potente, cuya acción transforma las escorias en oro puro y precioso!» (H II 7, 2, 8-13).

Jesús le enseña cuáles son los efectos de su mirada de amor:

Esta mirada «como el sol, produce en el alma blancura… la vuelve más brillante que la nieve… Él enternece el alma como el calor del sol reblandece la cera haciendo posible que se pueda imprimir en ella un sello» (H III 38, 2, 13-21).

En múltiples ocasiones, Jesús va marcando o renovando la marca de su imagen y semejanza en el alma de su esposa. Así en la fiesta de la Purificación, Gertrudis sabe que su alma, semejante a una cera resblandecida por el calor del fuego, fue marcada con el sello de la resplandeciente y toda serena Trinidad… (H II 7, 1, 13-18; H II 6, 2, 10-25; 21 n° 1 y 3; H IV 14, 7, 4-15).

Aquello que Gertrudis experimenta en la luz, Teresa lo ve en la noche de la fe. Para ella también el amor es fuego transformante. En su acto de ofrenda, ella implora al Señor la gracia concedida con anterioridad a Gertrudis:

«Si por debilidad caigo a veces, que vuestra divina mirada purifique mi alma, consuma todas mis imperfecciones como el fuego que transforma todas las cosas en sí mismo» (Acto de ofrenda).

Maravillada, ella constata que ha sido escuchada:

«Desde ese día (de mi ofrenda), me parece que el amor me penetra y me envuelve, que a cada instante este amor misericordioso me renueva, purifica mi alma y no deja ninguna traza de pecado» (MsA 84 r°).

Un Dios «sufriente»

Este Dios mendigo de amor, creador, recreador, Amor purificante, transformante, es, como nos muestra algunas páginas del Evangelio, «vulnerable», y sufre por el pecado de los hombres. Él mismo se presenta a Gertrudis como Cabeza del Cuerpo Místico, buscando la compasión de su esposa (H I 7, 3). Le dice: «Mis enemigos son también mis miembros… Estoy constreñido por mi propia ternura de cuidar de ellos, y tengo un deseo muy grande de que vuelvan a mí por la penitencia» (H III 67, 1). Jesús sufre también por el pecado de su esposa: una noche ella había cedido a un movimiento de cólera; a la mañana siguiente, Él se le apareció vagabundo y privado de toda fuerza (H II 12, 2).

En otra ocasión, Él enseña a su esposa que es constreñido a compadecerse del alma asaltada por la tentación. Ella manifiesta a Jesús su sorpresa: «¿Cómo tu Humanidad toda pura… puede constreñirte a la compasión hacia nuestras múltiples miserias?». Jesús responde a la cuestión de su esposa citando la palabra de la Carta a los Hebreos: «Él tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos para ser misericordioso» (H III 7, 7-19; 4, 1, 16-17; 5, 1, 15-17. Vd. Hb 4, 15 y 2, 17).

Este Dios que sufre por los pecados de los hombres, y así se lo manifiesta a Gertrudis, será el mismo de Teresa; porque desde el comienzo de su vida espiritual hasta su muerte, Teresa ha sentido la necesidad de consolar a Jesús. El 9 de junio de 1895 ha descubierto un Dios desconocido, rechazado, despreciado. En su ofrecimiento al amor misericordioso, ella manifiesta una vez más su deseo ardiente de consolar a su Dios.

Jesús mediador

Conforme a sus «pequeñas doctrinas» y «pequeñas vías», Jesús mendigo de amor se ofrece a nuestras dos santas como mediador. Es por Él que ambas irán al Padre, utilizando una «astucia de amor»:

«Un día, con toda la devoción que ella podía, Gertrudis participaba en la Eucaristía. En el momento del Kyrie eleison, el ángel de su guarda pareció tomarla en sus brazos como un pequeño niño para presentarla a la bendición de Dios Padre diciendo “Bendecid, Señor Dios Padre, vuestra pequeña hija. Pero como Dios Padre guardaba un largo silencio, pareciendo que estimaba indigno de bendecir una tal nada, ella entra en sí misma con confusión y se puso a considerar su bajeza y su indignidad. Entonces el Hijo de Dios, levantándose, intercedió por ella. Gertrudis apareció entonces, estando vestida de ropajes espléndidos y ricamente adornados, haber crecido hasta alcanzar la estatura perfecta de Cristo. Entonces Dios Padre, inclinándose con una misericordiosa benevolencia le da una triple bendición… Luego, en acción de gracias, ella ofreció a Dios Padre, todos los méritos de su Hijo único. Inmediatamente todos los adornos de su vestido se entrechocaron pareciendo producir una música muy dulce y deleitable, a la alabanza eterna de Dios Padre (H III 23, 1, 1-21).

Gertrudis siempre sedienta de rendir a su Creador una alabanza perfecta, y sin olvidar su impotencia, su pecado, toma espontáneamente la actitud del publicano con alma de pequeño. Así ella es justificada, embellecida por su Mediador, y a través de su Corazón divino, como un lirio o un turíbulo, Gertrudis ofrecerá a su Dios y también a María una alabanza de valor infinito (Ex 6, 372-379; H IV 26, 7; 41, 4-7; 50, 9, 16-18; 51, 2, 25-28).

En cuanto a Teresa ella se compara al pequeño pájaro que en su dulce canto confía, cuenta en detalle sus infidelidades al Señor, segura así de atraer más plenamente el amor de Aquél que no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Así, como un pequeño pájaro, ella será la presa del águila divina; así volará ella hacia el sol del amor, llevada sobre las alas de su águila adorada (MsB 5 v°). O, como ella también lo decía, será como un pequeño niño que se encuentra en la parte baja de una escalera o de la montaña del amor, donde los brazos de Jesús serán para ella «el ascensor» (MsC 3 r°).

En la vida de nuestras santas, Jesús se muestra como un mendigo de amor que llama a su creatura a una unión esponsal, a una colaboración en el designio salvífico de su Corazón para con la humanidad. Habiendo sido «vencido» por su propio amor y por las ternuras de sus esposas, Jesús ha llegado a ser el gran vencedor, haciendo partícipe a nuestras santas de su victoria pascual.

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Santa Teresita y sus «vocaciones»

santa teresita 2Sería un absurdo decir que Santa Teresita es desconocida, pues desde el momento de su muerte, se extendió la fama de su santidad y se la veneró en todas partes, tributándosele a porfía homenajes y alabanzas, que lejos de desvanecerse y disminuir, fueron adquiriendo con el tiempo mayor extensión y brillantez.

Cuando a los 28 años de su muerte, como gloriosa excepción a la regla establecida, fue canonizada, este hecho constituyó un triunfo sin igual, que respondía no sólo a los deseos del mundo cristiano, reiteradamente manifestados, sino a la voz de Dios, que con toda su fuerza y magnificencia se dejó oír por medio de la Iglesia, rivalizando todos en la exaltación de su virtud y santidad.

Pío XI, al proclamar sus virtudes heroicas y milagros probados, la llama «la niña querida de su corazón» y le otorga la rosa de oro, ofrenda que S.S. reservaba sólo a las reinas; príncipes de la Iglesia la llaman también «la delicia del género humano», y multitudes de todas las partes del mundo, no menos enamoradas de la maravillosa armonía de su belleza que de sus virtudes, se sienten irresistiblemente atraídas hacia esa santita encantadora, que prometió mandar una lluvia de rosas y pasar su cielo haciendo bien a la tierra.

Mas este halo luminoso de belleza y virtud que la rodea y la hace tan familiar por la suavidad de sus maneras y su sonrisa angelical, al propio tiempo que favorece la expansión espontánea de su culto de un modo extraordinario, hasta el punto de que puede decirse que no hay iglesia ni capilla donde no se la venere, hace que con mucha mejor intención que acierto, se interpreten sus doctrinas de un modo dulzón, y hasta tal vez con una simplicidad morbosa, desviándose del camino por ella señalado y ocultando y reduciendo la profundidad y amplitud de su espíritu, con lo cual queda desfigurada la sublime pequeñez de la infancia espiritual, por una minimización de la santidad que se caracteriza únicamente por lo pequeño.

Por lo tanto, si no puede decirse que es desconocida, sin vacilar puede afirmarse que a pesar de lo extendido que esta su culto, no son pocas las personas que tienen de ella un conocimiento menos exacto.

En realidad, no es Santa Teresita la santita de los diminutivos empalagosos; su lluvia de rosas, no se limita a unos pétalos perfumados aunque descendidos milagrosamente; ni tampoco el bien que desde el cielo ha de hacer a la tierra se reduce a pequeños favores individuales aunque éstos sean muy apreciables y numerosos; es por el contrario la gran santa, cuya vocación universal y eterna, absorbe en sus múltiples manifestaciones, al par que lo grande y lo heroico, los pequeños actos de la vida ordinaria elevándolos al nivel de lo sobrenatural. No se empequeñece ni al descender a las cosas pequeñas, ni con su caminito de infancia espiritual, sino que estas mismas cosas pequeñas se hacen grandes por el valor que adquieren al influjo de su doctrina celestial, la cual no es más que un eco del Corazón Divino y la manifestación de su misericordia.

Sin embargo, para evitar estas desviaciones morbosas que ocultan la sublimidad mostrando sólo la pequeñez, no es preciso hacer conjeturas. Ella misma se nos muestra tal cual es al explicar sus vocaciones, que implican precisamente el conocimiento íntimo de la modalidad especial de su santidad. En el capítulo XI de su vida nos dice así:

«Ser vuestra esposa, ¡oh Jesús!, ser carmelita, ser por mi unión con Vos madre de las almas, debía bastarme. Pero yo siento en mí otras vocaciones: la de guerrero, la de sacerdote, la de apóstol, la de doctor, la de mártir… Querría llevar a cabo las obras más heroicas, me siento con el valor de un cruzado y querría morir en el campo de batalla en defensa de la Iglesia.

La vocación del sacerdote, ¡con qué amor, oh Jesús, os tendría en mis manos cuando mi voz os hiciera bajar desde el cielo!, ¡con qué amor os daría a las almas! Pero, ¡ay!, con todo el deseo de ser sacerdote, admiro y envidio la humildad de San Francisco de Asís, y siento la vocación de imitarle rechazando la sublime dignidad del sacerdocio. ¿Cómo realizar estos contrastes?

Querría iluminar las almas como los profetas y los doctores. Recorrer el mundo, anunciar vuestro nombre y plantar en tierra de infieles vuestra cruz gloriosa, ¡oh mi Bienamado! Pero una sola misión no me basta; querría anunciar el Evangelio en todas las partes del mundo, llegando hasta las islas más remotas. Querría ser misionero, no solamente algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y continuar siéndolo hasta la consumación de los siglos.

i Oh!, más que nada querría ser mártir. ¡El martirio!: he aquí el sueño de mi juventud; este sueño ha crecido conmigo en la pequeña celda del Carmen. Pero esto es otra locura, pues no deseo una sola clase de suplicio; para satisfacerme las necesito todas…

Querría morir desollada como San Bartolomé; como San Juan ser sumergida en aceite hirviendo; deseo como San Ignacio de Antioquía, ser triturada por los dientes de las fieras para convertirme en pan digno de Dios; con Santa Inés y Santa Cecilia querría ofrecer mi cuello a la espada del verdugo, y con Juana de Arco, ardiendo en una hoguera murmurar el nombre de Jesús.

Si dirijo el pensamiento a los tormentos inauditos que padecerán los cristianos en tiempos del Anticristo, siento que mi corazón se estremece, y querría que fueran reservados para mí todos estos tormentos. ¡Abrid, Jesús mío, vuestro Libro de la Vida donde se consignan las acciones de todos los santos; todas querría haberlas cumplido por Vos!»

La lectura de estos párrafos evidencia la aberración que se comete al considerar en ella sólo lo diminutivo y lo pequeño, porque demuestran, como remontándose con el vuelo majestuoso del águila, otea el infinito y descubre el magnífico panorama de todas las heroicidades y abnegaciones precisas para hacer triunfar la causa de Dios y se lanza valientemente a la liza indicando el camino a las multitudes innumerables que han de seguirla.

Tanto como la excelencia y sublimidad de estas vocaciones la caracteriza la certeza de que todas se cumplirán. Es de todo punto necesario que esta certeza estuviera sostenida por la fuerza sobrenatural de Dios, pues era tal, que no la hizo vacilar ni el presentimiento de su temprana muerte, ni el ver que siendo carmelita desde los quince años y cumpliendo con todo rigor y exactitud las reglas y encerramientos prescritos por nuestra Santa Teresa, se anulaba para la acción exterior que al parecer requería aquel cumplimiento.

Tampoco logró hacerla dudar el leer en las epístolas de San Pablo, que el cuerpo de la Iglesia se compone de diferentes miembros y que el ojo no puede ser la mano.

Entonces en vez de considerar temerarias estas aspiraciones de serlo todo, afirmase más la certeza de que lo será, y el contraste entre la quietud de su vida y los hechos que esto requiere, sólo hace que acuda a sus labios la misma discreta pregunta que la Virgen de Nazaret dirigió al ángel, cuando lo que le anunciaba tampoco podía verificarse por ninguna vía natural. ¿Cómo puede ser esto? Y como no tenía un ángel que con su contestación le resolviera la duda, buscó la respuesta atendiendo la voz de Dios por medio de las Sagradas Escrituras, y en las mismas epístolas de San Pablo encontró la solución. Veamos también cómo nos lo dice ella misma.

«El Apóstol explica cómo los dones más perfectos no son nada sin el amor y que la caridad es el camino más excelente para encontrar a Dios.

Considerando el cuerpo místico de la Santa Iglesia, no me había reconocido en ninguna de los miembros descritos por San Pablo, o mejor quería reconocerme en todas. La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo compuesto de diferentes miembros, el más necesario, el más noble de todos los órganos no había de faltarle, comprendí que sólo el amor movía los miembros y que si este amor se apagara, ni los apóstoles anunciarían el evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abraza todos los tiempos y todos los lugares porque es eterno».

Y «la paz fue su patrimonio, la paz plácida y serena del navegante que divisa el faro que le indica el puerto». Es decir, tuvo la seguridad de serlo todo y de cómo había de hacer para serlo.

Entonces sintió que el amor la consumía e hizo su solemne ofrenda como víctima del Amor Misericordioso, sumiéndola durante unos días en una especie de arrobamiento que la abstraía de todo cuanto la rodeaba. A partir de este momento, al influjo de los ímpetus de este amor, su alma fue adquiriendo la plena madurez mientras su cuerpo minado por la enfermedad caminaba con lenta rapidez hacia la muerte.

La voz de Dios le daba la íntima persuasión de que su ofrenda era aceptada y la guiaba «sin ruido de palabras y sin confusión de pareceres»; todos sus pensamientos y acciones convergían hacia el cumplimiento de su misión expresada en sus múltiples vocaciones y una seguridad siempre creciente le hacía decir: «En el cielo, Dios cumplirá todas mis voluntades porque jamás he cumplido mi voluntad en la tierra».

En cierta ocasión, no reparando en que su espíritu de sacrificio era lo único que físicamente la sostenía en pie, pues la fiebre la abrasaba, una de las hermanas le pidió su ayuda para un pesado trabajo de pintura. La Santa no pudo reprimir un ligero movimiento que denotaba cuanto le dolía esta incomprensión, y a continuación transcribimos una carta en la que ella comenta el hecho con su hermana y superiora, la Madre Inés de Jesús, que había sido testigo del mismo, y que además de demostrarnos que poseía la humildad que conoce los secretos que Dios vela cuidadosamente a los soberbios, este Dios que jamás se deja vencer en generosidad, no sólo le aseguraba que se cumplirían todos sus deseos, sino que cada vez le daba más prendas de esta seguridad.

«Madre bien amada: De pronto vuestra hija ha derramado dulces lágrimas; lágrimas de arrepentimiento y más aún de confianza y de amor. Hoy os he mostrado mi virtud, los tesoros de mi paciencia. ¡Yo que tan bien enseño a las demás! Estoy contenta de que hayáis visto mi imperfección. No me habéis reñido… pero lo merecía; de todos modos vuestra dulzura me ha dicho mucho más que las palabras severas; sois para mí la imagen de la divina misericordia.

Sí, mi hermana S…, por el contrario, es ordinariamente la imagen de la severidad del buen Dios. Pues bien, acabo de encontrarla. En lugar de pasar fríamente junto a mí, me ha abrazado y me ha dicho: «¡Pobre hermanita, me habéis dado lástima, dejad el trabajo que os he pedido, he hecho mal!»

Mas yo sentía en mi corazón la contrición perfecta, me he sorprendido al no recibir ningún reproche. Estoy convencida de que en el fondo me encuentra imperfecta; me ha hablada así porque cree que mi muerte está próxima. Mas no importa, no he oído más que las palabras dulces y tiernas que salían de su boca; entonces la he encontrado muy buena, y yo me encuentro muy mala!

Al entrar en mi celda me preguntaba qué es loque Jesús pensaba de mí. De pronto he recordado lo que dijo un día a la mujer adúltera: «¿nadie te ha condenado?», y yo con los ojos llenos de lágrimas le he respondido: «Nadie, Señor…, ni mi madrecita imagen de vuestra ternura, ni mi hermana S… imagen de vuestra justicia; y yo siento que puedo irme en paz, pues Vos tampoco me condenaréis».

¡Oh! Madre amadísima, oslo aseguro, estoy más contenta de haber sido imperfecta que si, sostenida por la gracia hubiera sido un modelo de paciencia. Esto me ha hecho tanto bien porque he visto como Jesús es siempre tan dulce, tan tierno para mí, por ello hay que morir de reconocimiento y de amor.

Madrecita, comprenderéis que esta tarde, el vaso de la misericordia divina se ha derramado para vuestra hija.

¡Oh! desde este momento, lo reconozco, sí, todas mis esperanzas serán cumplidas… sí, el Señor hará por mí maravillas que sobrepujarán infinitamente a mis inmensos deseos».

Por lo tanto desde este día ya sabe que no solamente se cumplirán todos sus deseos, sino que «Dios hará maravillas por ella que los sobrepujarán».

Y como si un raudal de luz divina proyectándose sobre el futuro, señalase vagamente los acontecimientos pero sin definirlos ni perfilarlos, ante sus ojos, próximos a cerrarse para las cosas de este mundo, van concretándose algunos conceptos; ya son los santos del cielo que la animan y le dicen: «Mientras eres prisionera no puedes cumplir tu misión; más tarde, después de tu muerte, este será el tiempo de tus conquistas». Ya ella misma asegura que no tendrá descanso hasta que el ángel diga «no hay tiempo», porque entonces el número de los elegidos estará completo; ya escribe a sus hermanos misioneros que «En el cielo no estará inactiva; trabajad por la Iglesia y por las almas y deseará lo mismo que ha deseado en la tierra amar a Dios y hacerle amar», O ya, al preguntarle sus novicias si las mirará desde el cielo, les contesta resuelta sin hacer ninguna reserva: «¡No, bajaré!».

Esta confianza culmina en la hora de la muerte, cuando ya siente próxima la voz del Esposo que le dice «Ven amada mía, paloma mía, ya el arrullo de la tórtola se ha oído, ya ha pasado el invierno…» exclama «no muero, entro en la vida» y «siento que mi misión va a empezar».

No es posible al hombre penetrar los arcanos de la Providencia, los designios de Dios como sus juicios son inescrutables, mas confiemos que en esta vida de Santa Teresita y en esta misión que empezaba al morir, se realizarán las maravillas de sus «Vocaciones» de un modo que sobrepujarán a sus inmensos deseos. Pero no podemos hacer otra cosa que creer y preguntarnos ¿cómo podrá ser esto?, ¿cuándo será?

María Asunción López

En torno al libro: el carisma de Teresa de Lisieux

//static.flickr.com/8266/8663104143_37bcfb753d_mNo me propongo realizar un análisis del contenido del libro que presentamos, si no despertar en los que me oigan el deseo de buscar en su lectura la vida en su itinerario espiritual tal como su autor la sabe presentar desde los manuscritos autobiográficos, abundantemente citados y únicos destacados en una tipografía muy visible.

La originalidad del libro presentado hoy aquí es precisamente el centrarse casi únicamente sobre la biografía auténtica tal como se nos revela en los escritos de la propia Santa, y pasarlos desde la doctrina de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz, ambos, con posterioridad a la vida de Santa Teresita del Niño Jesús, declarados Doctores de la Iglesia, y que en realidad tuvieron carisma de expresar en distinto estilo la doctrina católica sobre la vida mística.

* * *

Enseguida conviene hacer unas precisiones: solemos entender inadecuadamente por vida mística algunos acontecimientos extraordinarios: revelaciones, éxtasis, visiones, «locuciones», que Dios obra en algunos casos en los santos para bien de la Iglesia.

Pero, si la entendiésemos así, la vida mística no pertenecería a la santidad del cristiano, sino a aquellos dones carismáticos que Dios da a unos para bien de la comunidad de los fieles, pero que en sí mismos no santifican al que los recibe, y que por lo mismo no pertenecen a la vocación ordinaria del cristiano, a la vocación universal a la santidad.

De aquí que ya en el título se sugiere que el autor se propone hablar de aquella «palabra de sabiduría y de ciencia» de que Dios dotó a una jovencita que murió a los veinticuatro años de edad, para que sus escritos fuesen instrumento de una influencia espiritual profunda y extensamente beneficiosa. Se habla del carisma, pero enseguida en el subtítulo se nos dice que se va a presentar el ejemplo vivido de la doctrina de Teresa del Niño Jesús en su itinerario espiritual, aquel que vamos a tratar de comprender a la luz de la doctrina de los dos grandes Doctores.

Y en realidad el carisma de Teresa de Lisieux fue muy esencialmente el carisma doctoral y cuasi profético de recordar y como reencontrar en la Iglesia una verdad esencial y nuclear, que Pío XII decía que era «el corazón mismo del Evangelio» lo que ella había reencontrado.

Esta verdad esencial es, como lo ha recordado Juan Pablo II, y lo recuerda nuevamente el Cardenal Jubany, la filiación nuestra respecto a Dios nuestro Padre. Paternidad divina y filiación, por la que llamamos a Dios Padre, que Teresa de Lisieux volvió a anunciar, y que de alguna manera anunció como nunca hasta hoy se había hecho, con el «mensaje nuevo» de la infancia espiritual.

* * *

Ni la santidad es una vocación singular o selectiva, que destaque a los santos de entre los hombres al modo de «élite» distinguida y superior en cualidades a los demás hombres, ni la infancia espiritual es, como algunos han entendido, o mejor malentendido, una especie de camino supletorio o sucedáneo, apto para almas débiles y pequeñas, pero que no tiene por qué ser propuesto a los que pueden emprender heroicamente la empresa de la perfección cristiana.

Uno y otro concepto son erróneos. Es muy dañoso para la vida cristiana, y muy engañoso para quienes tienen una responsabilidad de servicio a la Iglesia, en el ministerio sacerdotal o episcopal o pontificio, o en la vida religiosa, o en el apostolado laical asociado, pensar que un santo es alguien «excelente», «distinguido», «importante» en lo humano.

Y no menos erróneo es pensar que los llamamientos que hallamos en la escritura: «Si alguno es pequeño venga a mí», «Venid a mí los que pasáis trabajos y estáis cargados» se dirigen a unos hombres «inferiores», pequeños y que sienten el trabajo como pesado por carecer de fuerzas para llevar la carga.

Si el primer concepto fuese válido, no podríamos entender nunca el misterio de la santidad de Jesús, María y José en Nazareth. Si el segundo concepto fuese válido, desmentiríamos a la palabra de Dios: «sin mí nada podéis hacer»: «la fuerza de Dios se ejercita en nuestra ausencia de fuerza»: «no yo sino la gracia de Dios conmigo».

* * *

Para entender el mensaje de Santa Teresita, que predica la sencillez del niño que todo lo confía de su padre y sabe que nada puede por sí mismo; y que remueve la idea de que la santidad consista en lo que se llamaba obras de «superrogación»: cosas extraordinarias, penitencias, etc., mientras insiste en el sencillo y cotidiano cumplimiento de la divina voluntad, convendrá precisar un punto doctrinal perfectamente aclarado por Santo Tomás de Aquino.

A este propósito será oportuno recordar la enumeración de Santa Teresita, muy poco tiempo antes de morir: ¿No es en la oración en la que los santos Pablo, Agustín, Juan de la Cruz, Tomás de Aquino, Francisco, Domingo y tantos otros Amigos ilustres de Dios encontraron esta ciencia divina que admira a los más grandes genios? ¡Admirable sentido de Iglesia y de su historia, que pocos especialistas en Patrología o en historia de la Teología o de la espiritualidad hubieran igualado en una enumeración diríamos improvisada!

Según Santo Tomás, aunque los carismas pertenezcan a pocos y la gracia santificante esté destinada a todos, no hay que deducir de esto que los carismas tengan mayor excelencia que la gracia; la dignidad o excelencia no se mide por la «particularidad» o escaso número, si no por el orden de las cosas: las de menor perfección se ordenan a las de mayor dignidad y perfección.

En la economía de la salvación, todo carisma se ordena a la gracia santificante, es decir lo que tienen pocos, se ordena a lo que todos están llamados a tener lo particular se ordena a lo más común, que es precisamente lo más excelente.

Según Santo Tomás, la perfección cristiana no consiste esencialmente en la práctica de los consejos, sino en el cumplimiento perfecto de los preceptos. El Nuevo Catecismo, reiterando algo que estaba ya en el Catecismo Tridentino, subraya que el «Sacerdocio ministerial» se ordena al «sacerdocio común» de que todo cristiano participa como miembro de Cristo y partícipe de su dignidad regia, profética y sacerdotal.

Santa Teresita tuvo el carisma de anunciar esta vocación universal a la santidad y este consistir la santidad en el cumplimiento de la voluntad divina. Cantaba a María:

«El estrecho sendero de los cielos
Tú lo has hecho accesible, practicando
las virtudes sencillas de los pobres».

Recordemos también la intencionada alusión en la poesía: «la rosa deshojada»:

«Señor, en tus altares hay más de una rosa fresca
a quien le gusta brillar.
Ella se entrega a Ti, pero yo sueño otra cosa:
deshojarme».

Digamos enseguida que este «deshojarse» tiene que ver con aquella práctica definición del amor. «¿Qué es el amor?», le preguntan, y responde: «Es la inmolación de sí mismo». Y también que «es propio del amor abajarse» para hacer bien, para comunicar el bien.

* * *

En el prólogo del libro cita el Cardenal Jubany una frase de André Combes: «En el régimen del Evangelio todo pecador es un santo que desconoce su vocación». Por cierto que Sta. Teresita está mucho en esta convicción, pero más expresamente hallamos en ella afirmaciones que podríamos resumir diciendo: en la actual economía de la humanidad redimida por Cristo todo santo es un redimido, consciente de ser un pecador redimido. «Si dijéramos que no tenemos pecado no está en nosotros la verdad de Dios y somos mentirosos». «No he venido a salvar a los justos sino a los pecadores». «Son los enfermos y no los sanos los que tiene necesidad de médico».

En Santa Teresita, que se nos muestra en lo visible como la Santa más parecida a María, brilla admirablemente con el reconocimiento agradecido de haber sido preservada por la gracia de Dios del pecado, y de no haber negado nunca nada a nuestro Señor; la conciencia de ser objeto de misericordia, de no deber nada a su propio mérito, de haber sido escogida liberalmente, gratuitamente, por el amor misericordioso de Dios.

De aquí que en su mensaje de infancia espiritual, es central la afirmación de que «es la confianza y sólo la confianza la que debe llevarnos hasta el amor» como escribe a su hermana María del Sagrado Corazón a la que dice: «Si no me comprendéis es porque sois un alma demasiado grande». Es sumamente importante la afirmación suya de que no es por haber sido preservada del pecado por lo que siente confianza, puesto que confiaría aunque estuviera cargada de pecados; y cita un pasaje de la vida de los padres del desierto, que fue lo que ya no pudo escribir con su lápiz, porque se le aceleraba la debilidad que le llevó a la muerte.

Esta inocencia, absolutamente humilde y agradecida a la misericordia de Dios, recuerda a María. Santa Teresita cita precisamente las palabras del Magníficat al decirle a la priora María de Gonzaga: «soy ahora demasiado pequeña para tener vanidad, y también soy demasiado pequeña para saber construir bellas frases dirigidas a hacer creer que es mucha mi humildad; prefiero convenir con sencillez que «el Todopoderoso ha obrado en mí grandes cosas»; y la mayor es haberme mostrado mi pequeñez, mi impotencia para todo bien».

* * *

También aquí podemos notar que es Santo Tomás de Aquino quien, afirmando que la perfección consiste esencialmente en la caridad teologal, y que el fundamento de la «justificación», obra de la gracia operante que nos traslada del pecado a la adopción divina de hijos, es la fe, advierte también que, en la disposición del sujeto, la humildad, parte de la modestia, es decir virtud en el orden moral de menor entidad que la justicia, la prudencia o la fortaleza, y la parte más sencilla de la templanza, la más fácil -lo difícil es la soberbia y por esto es tan culpable- la humildad es también, en un sentido más «básico», el fundamento de la vida cristiana. Sin humildad no se recibe la gracia de la justificación por la fe ni se puede tener esperanza teologal, que requiere el confiar sólo en Dios y la total desconfianza de sí mismo, y por lo mismo no se puede llegar al amor por la confianza filial en Dios sin ser humilde. «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes».

Santa Teresita habla un lenguaje preciso y verdadero cuando dice que sólo por la confianza se llega al amor, y habla también con precisión al calificar como la mayor gracia recibida la del conocimiento de su impotencia para todo bien, de su pequeñez.

* * *

Probablemente nos iluminará mucho considerar también las palabras de Teresita del Niño Jesús a su hermana María, entristecida y en el fondo «envidiosa» por la grandeza de deseos de martirio por el cielo grande como el universo que Santa Teresita expresa en su carta.

Le dice: «Mis deseos de martirio no son nada. Podrían ser aquellas riquezas de iniquidad que hacen injusto si uno se apoya en ellos y piensa que son algo grande». Aquí Santa Teresita, ciertamente guiada por su único director que es Jesús, nos enseña lo mismo que el gran Doctor Juan de la Cruz nos enseñó: la pobreza de espíritu como exigencia de no sentirnos propietarios y no sentirnos ensoberbecidos por nuestras virtudes o por los dones divinos que hayamos recibido.

* * *

Mi maestro el P. Orlandis decía que Santa Teresita había sido la mensajera de una «democracia» divina en la vida espiritual. Enseña a no buscar los primeros lugares y enseña a encontrar a Dios donde quiera que estemos, y a buscar preferentemente el único lugar no envidiado, que es el último; y enseña el modo de no turbarse por ninguna tentación de vanidad. Si creemos que por nosotros mismos podemos ser algo grande, nos daremos cuenta de que sin la ayuda de Dios nada podemos, y nuestro remedio será reconocernos frágiles, y dirigir nuestra súplica a la misericordia del Señor.

Esta actitud, por la que nos alineamos con los débiles vanidosos en cuanto sentimos la vanidad, llega a la mayor audacia cuando Santa Teresita habla en primera persona del plural de las tentaciones de los incrédulos, cuando Dios la hizo sentar en la mesa de éstos, en amarga y oscura y prodigiosa tentación contra la fe que llenó casi el último período de su vida.

El misterioso designio de Dios por Santa Teresita está todavía por revelarse en su plenitud; sólo podemos entrever algo de este misterio. En los anhelos de salvación de los pecadores, de los incrédulos, en la invocación y «conjuro» a que Dios dirija su mirada sobre una legión de almas pequeñas, parece contenerse un mensaje no sólo doctoral sino profético. Nos quedamos silenciosos y expectantes a la escucha del llamamiento divino.

Francisco Canals

La ausencia de la Infancia espiritual

//static.flickr.com/8266/8663104143_37bcfb753d_mSe necesita que un cristiano sea muy miope en los ojos del alma, o los tenga caliginosamente oscurecidos por el humo de Satanás, para no darse cuenta de que nuestra época se distingue desdichadamente por la ausencia, o carencia, o falta de la verdadera infancia espiritual en las almas y en la vida de muchos cristianos, aun de los que presumen de seguir y profesar el Evangelio. Es un lamentable hecho, que se impone por la evidencia.

Y lo cierto y triste es que esta tan extendida ausencia de la infancia espiritual es funesto origen de muchos errores doctrinales y de frecuentes desviaciones morales.

No lo creerá la mayor parte quizás de los hombres modernos; y si se lo decimos y aseveramos, nos mirarán con mirada de compasión y con sonrisa despectiva, pues sus criterios van por otros derroteros.

Son muchos, efectivamente, los que en libros, revistas y periódicos, lo mismo que en discursos y homilías, denuncian y ponen de relieve los errores que en materia de fe y costumbres cunden en nuestra época; como también las desviaciones prácticas morales, los pecados y los vicios, a donde llevan los falsos criterios y las erróneas doctrinas.

Hay también quienes, además de denunciar esos errores y desviaciones, se afanan por descubrir y poner de manifiesto las causas de donde proceden, como de su origen viciado y fuente infecta, todas esas perniciosas consecuencias. Y en ello hay quienes aciertan, y hay quienes se equivocan, o no dan en las verdaderas causas de nuestra grave crisis actual.

Son ciertamente varias las causas de nuestros males doctrinales y morales; pero entre ellas, quisiéramos llamar la atención sobre una, que siendo muy común, y siendo también origen muy frecuente de tanto error y tanto desorden moral, no vemos que sea bastantemente aducida ni considerada; pero que sin duda es una de las principales causas de lo que tanto lamentamos. Nos referimos a la triste realidad de la ausencia frecuentísima de la verdadera infancia espiritual en las mentes y en la vida de muchos cristianos de nuestra época.

Con certera visión de las realidades actuales, y con inspirado intento de llevar luz a las almas, está aprovechando Cristiandad la oportuna ocasión del reciente centenario de Santa Teresa del Niño Jesús, para poner en buena luz lo que es y lo que significa la verdadera infancia espiritual; y dar voces acertadas de alerta contra las graves derivaciones de la ausencia o carencia de ella en las almas cristianas.

Y deseamos nosotros secundar el noble y necesario apostolado de esta Revista, que teniendo por lema promover el Reino de Cristo, y combatir con las armas de la verdad todo lo que a él se opone, está llamando la atención de sus queridos lectores a la consideración de la infancia espiritual, como a un tema de suma importancia en el Reino de Cristo.

Uniendo, pues, nuestra débil voz a la más poderosa y elocuente de otros ilustres redactores, deseamos proponer en qué consiste y cuánto vale e importa en la vida cristiana la infancia espiritual; y juntamente señalar y probar que la ausencia o carencia de ella es uno de los más directos y eficaces orígenes de errores doctrinales y desviaciones morales de nuestros días.

La verdadera infancia espiritual

Es la del Evangelio. La tomó primeramente en sí mismo, y la realizó con plena perfección, el Divino Salvador; y después la enseñó paladinamente con palabras terminantes, y como cosa necesaria para la eterna salvación. Lo hizo sin respetos humanos, y a la faz de la soberbia de muchos de sus oyentes.

La ocasión de esta importantísima enseñanza del Evangelio fue una escena encantadora. "Y le presentaron unos niños, para que pusiese sus manos sobre ellos, y orase por ellos. Más los Discípulos, al verlo, reñían a los niños y a los que los presentaban. Jesús, que lo vio, lo llevó a mal; y llamando hacia Sí a los pequeñuelos, dijo a los Discípulos: dejad que los niños vengan a Mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el Reino de Dios. En verdad os digo que quien no recibiere el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y abrazándolos y poniendo sus manos sobre ellos, los bendecía" (Mt., 19, 13-15; Mc., 10, 13-16; Lc., 18, 15-17).

Como se ve, los tres evangelistas sinópticos nos refieren el hecho; y nos han trasmitido las palabras mismas del Divino Maestro.

Y también los mismos tres Evangelistas, San Mateo, San Marcos y San Lucas, nos relatan otro pasaje, en el que Jesús completó su pensamiento y su doctrina sobre la infancia espiritual.

Es el pasaje al que con toda propiedad se ha dado el título de "Júbilos del Corazón de Jesús"; y contiene una inusitada expresión del gozo íntimo del Señor, y las palabras que en ese gozo pronunció, al oír contar a los 72 Discípulos lo que ellos referían, contentos y satisfechos, por las grandes cosas que habían realizado, en nombre del mismo Jesús, en la singular misión a que les había enviado, para prepararle los caminos.

"En aquellos momentos, Jesús se estremeció de gozo en el Espíritu Santo y dijo: -Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque encubriste estas cosas a los ojos de los sabios y de los prudentes; y las descubriste a los pequeñuelos. Sí, Padre; que tal ha sido tu beneplácito" (Mt., 11, 25-26; Mc., 13, 16-17; Lc., 10, 21-22).

Realmente, de la plenitud rebosante del corazón habla la boca; y en aquella ocasión, de la plenitud de sabiduría y de dulzura, que rebosa del Corazón de Cristo, brotaron estas palabras luminosas y llenas de encanto. Recojámoslas amorosamente, pues con ellas nosmanifestó Jesús las complacencias divinas en los que se hacen espiritualmente como niños en la humildad, sencillez y docilidad; y nos descubren los efectos de estas complacencias del Padre, aun en la vida presente, y como preparación para que entremos en el Reino de los Cielos.

Mientras Jesús bendice al Padre, da, como Maestro, a sus Discípulos una gran lección, tan alta como provechosa y necesaria, sobre la norma que Dios tiene en la revelación de sus soberanos misterios. El "Señor del cielo y de la tierra" reparte sus dones según su divino beneplácito. Si de su parte otorga sus gracias y revela sus misterios y sus designios por pura bondad y misericordia; pero, de parte nuestra, tiende principalmente al humilde acatamiento del hombre, a su dócil sinceridad. Donde ve altivez, esconde su mano; donde halla un corazón sincero y humilde, "abre su mano, y sacia con largueza a todo ser viviente" (Ps. 144, 16). La lluvia del cielo, que desciende de las empinadas cimas, se recoge en los profundos valles. Por esto, a los que se tienen por intelectuales y sabios, a los hinchados con su ciencia mundana, les esconde el Señor celosamente sus misterios; empero a los que reconocen humildemente la verdad de lo que son, y se tienen por pequeños a sus propios ojos, a los que ante la Majestad de Dios sienten la verdad de su limitación y la necesidad que tienen de Dios para creer y para obrar conforme a la fe; a los tales les descubre generosamente sus secretos y las maravillas de su amor.

Nadie quizá ha expuesto tan acertadamente el significado y valor de esta infancia espiritual del Evangelio, como el Papa San León Magno. Oigámosle, «Toda la enseñanza y la práctica de la sabiduría cristiana, amadísimos, no consiste en la abundancia de palabras, ni en la habilidad para discutir, ni en el afán de alabanza y gloria de los hombres; sino en la sincera y voluntaria humildad, que el Señor Jesucristo escogió y enseñó, como la grande y verdadera fuerza, desde el seno de su Madre hasta el suplicio de la Cruz.

Pues cuando sus Discípulos disputaban entre sí, como refiere el Evangelio, sobre quién de ellos sería el más grande en el Reino de los Cielos, Él, llamando hacía Sí a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: En verdad os digo: si no osconvertís, haciéndoos como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos; pues el que se humillare hasta hacerse como un niño, ése será el más grande en el Reino de los Cielos.

Cristo ama la infancia, que Él mismo asumió en su alma y en su cuerpo desde un principio. Cristo ama la infancia, maestra de humildad, norma de inocencia, modelo de dulzura. Cristo ama la infancia, y de tal manera que hacia ella orienta las costumbres de los mayores; hacía ella conduce aun la misma ancianidad; y así, a los que eleva al Reino eterno, antes los ha atraído a su propio ejemplo.

Mas si queremos ser capaces de comprender perfectamente cómo se puede llegar a un cambio y conversión tan admirable, y por qué transformación voluntaria hemos de ir a la edad y condición de los niños, dejemos que San Pablo nos instruya y nos diga: No seáis niños en el juicio; sed párvulos sólo en la malicia; pero adultos en el juicio (1 Cor., 14, 20).

No se trata, pues, de volver a los juegos de los niños, ni a las imperfecciones de los primeros años; sino se trata de que adoptemos una manera de vida que convenga también a los años de la madurez. Es decir, que pasen pronto nuestras agitaciones interiores, que rápidamente encontremos la paz; que no guardemos resentimientos por las ofensas, ni codiciemos las dignidades; sino que amemos vernos unidos, y guardemos una igualdad que sea conforme a lo que somos por la naturaleza.

Es ciertamente un gran bien que no sepamos alimentar ni tener gusto por el mal; pues inferir y devolver las injurias es propio de la sabiduría de este mundo; y por el contrario, no devolver mal por mal es propio de la infancia espiritual, toda llena de ecuanimidad cristiana.

Amen, pues los fieles la humildad, y eviten todo orgullo y engreimiento; cada cual prefiera a su prójimo a sí mismo; y nadie busque su propio interés, sino el del otro; de manera que cuando estén todos llenos del espíritu de benevolencia, no se encuentre en ninguno el veneno de la envidia; pues el que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado (Lc., 14, 11); como lo atestigua Nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos» (Hom. 7. in Epiph. Dom.).

¿Cómo se podría expresar mejor el pensamiento de Cristo sobre la infancia espiritual? Y concuerdan con San León Magno los demás Santos Padres, que unánimemente entendieron la doctrina evangélica sobre el hacernos como niños, en el sentido primario de la virtud fundamental del cristiano, que es la sincera humildad; mas no tan sólo en esto; sino también en el sentido de la ingenuidad y la inocencia; y, sobre todo, en el sentido de la sencillez de ánimo y en la sinceridad y docilidad con que los niños se muestran ajenos de toda ambición, orgullo y egoísmo.

En una palabra: que los adultos hagamos por virtud, con el vencimiento y el dominio propio, para imitar a Cristo, y con su gracia, lo que por condición natural son y hacen los niños.

Y notemos atenta y cuidadosamente que el Divino Maestro nos enseña y nos recomienda la infancia espiritual, no tan sólo como una cosa de consejo, sino como disposición y aun condición necesaria para entrar en el reino de los Cielos.

Sí, en la infancia del espíritu, bien entendida, ha señalado Jesús las disposiciones morales que deben tener los que han de entrar en la vida eterna de la Gloria; es a saber, la sencillez, la inofensividad, el candor, la confianza, el sentido de la propia pequeñez y de la natural limitación; la sincera humildad; "porque de los tales es el Reino de los Cielos".

Ni solamente la virtud necesaria para no ser excluidos del Reino de Dios; sino también la más excelsa santidad, la ha cifrado Jesús en la infancia espiritual. No es ella un camino para llegar a las cumbres de la santidad cristiana; es el único camino.

Los más grandes Santos, los que son considerados como gigantes en la santidad, se han distinguido siempre por su sencillez espiritual. Y es interesante que los pasajes patrísticos de la Liturgia, que más enaltecen la infancia evangélica, sean precisamente de los colosos de la sabiduría y de la santidad. Lo hemos visto en San León Magno; y lo podríamos confirmar con palabras parecidas de San Agustín, de San Hilarío, de San Jerónimo, de San Gregorio el Grande. Y el Papa que beatificó y canonizó a Santa Teresa del Niño Jesús, la pequeña Santa y gran Santa de Lisieux, fue Pío XI, grande entre los grandes Papas de la Iglesia.

Esta es, pues, la verdadera infancia espiritual, porque es la de Cristo, la del Evangelio. Y en nuestros tiempos, como acabamos de recordar; tiempos tan necesitados de ella, tan alejados de ella, ha querido la inefable Providencia del Señor darnos un gran ejemplo de ella; ejemplo sumamente admirable, y a la vez amable e imitable. Es el de Santa Teresa del Niño Jesús.

Ilustrada con luz celestial, comprendió lo que es y lo que significa la infancia espiritual; la puso en práctica con suma perfección; y la enseñó a todos con firme constancia, a la par que con virginal delicadeza. Oigamos lo que de este acabado modelo de infancia espiritual, la Santa de Lisieux, nos dice la Santa Madre Iglesia, por boca del Papa Pío XI.

«Para agradar más al Altísimo, y habiendo leído en las Sagradas Escrituras aquel aviso: Quien sea pequeñuelo y sencillo, venga a Mí (Prov. , 4, 3), quiso ser párvula en el espíritu; de lo cual procedió que con filial confianza se entregó perpetuamente a Dios, como a Padre amantísimo. Esta vía de la infancia espiritual, según las enseñanzas del Evangelio, la enseñó a otros; en especial a las novicias, que por obediencia recibió para formarlas en la práctica de las virtudes religiosas. Y así, repleta de celo apostólico, mostró al mundo, hinchado de soberbia y ávido de vanidades, el camino llano de la sencillez evangélica».

Desde los tiempos, tan cercanos a los nuestros, de la gran Santa de Lisieux, se ha hecho mucho más necesario volver al Evangelio, y aprender del ejemplo y de la doctrina de CristoJesús el amor y la práctica de la verdadera infancia espiritual.

Y cuando es más necesaria, vemos que hay en muchísimos cristianosuna deplorable ausencia o carencia de ella; siendo así que ello es el origende gran parte de los errores doctrinales y de las desviaciones morales que vemos y lamentamos. Es lo que vamos a considerar en resumidas consideraciones.

La ausencia de la infancia espiritual, origen de muchos males en fe y costumbres

En campo tan dilatado, y donde hay tanta cizaña, sembrada por el maligno enemigo, será preciso reducirnos a unos pocos como capítulos de males doctrinales y morales, que minan ahora la vida cristiana, como efectos perniciosos de la falta o ausencia de la verdadera infancia espiritual.

a)Y, ante todo, el subjetivismo. -Los más conspicuos escritores de la Historia Eclesiástica; los que no limitándose a consignar los hechos, han indagado y han puesto de manifiesto las causas de ellos, que es lo propio de la Historia, no sólo como Arte, sino también como Ciencia, están contestes en afirmar que todos los errores dogmáticos y todas las herejías han tenido su origen en el subjetivismo de los que ateniéndose tan sólo a sus propias opiniones y a sus pareceres subjetivos, los han preferido y antepuesto a las claras enseñanzas del Magisterio de la Iglesia; y aun después de ser propuestas estas enseñanzas y aun definidas como doctrina de fe, han sostenido pertinazmente lo que subjetivamente se habían ellos elaborado y lo habían publicado.

Pues lo que siempre ha sucedido con los heresiarcas y los fautores de errores dogmáticos, lo vemos ahora en muchas personas que con increíble presunción mantienen y proclaman sus opiniones subjetivas en contra de la autoridad doctrinal de la Iglesia. Saben ellos mucho más que los teólogos insignes; más que los Obispos más doctos; más que el mismo Sumo Pontífice.

Y en la doctrina y práctica de la vida moral se difunde hoy día, como un veneno corrosivo y como una plaga destructora, la opinión de que laconciencia subjetiva de cada uno es la norma suprema y aun única de los actos humanos.

Pues, ¿quién no ve que este orgulloso proceder se debe a la falta de la auténtica humildad cristiana, una de las características de la verdadera infancia espiritual?

b) La autosuficiencia y criticismo. -Ambas cosas van del brazo del subjetivismo. Los que pretenden llevar adelante suspropias opiniones, aun en contra de pareceres y juicios muy autorizados, es porque se figuran que saben de todo, que pueden dictaminar aun sobre cosas muy altas y difíciles, y que por lo mismo pueden criticarlo y juzgarlo todo. Y esto se ve aun en personas de pocas luces y de poca formación; lo cual es lo más lamentable, pues como alguien dijo con plena razón, "no hay cosa peor que una medianía infatuada, una mediocridad engreída".

¡Y hay en nuestra época tantos así! Son muchos los que en conversaciones y diálogos, al proponerse asuntos graves y difíciles, y que piden mucho estudio y mucha experiencia, en vez de atenerse a lo que, de niños, aprendimos en el Catecismo: "eso no me lo preguntéis a mí, que no tengo suficiente preparación para dar una opinión acertada; Doctores tiene la Santa Madre Iglesia, que os sabrán responder", selanzan a dictaminar sobre las cosas más arduas, o sobre asuntos delicados, según lo que seles ocurre en aquel momento, o lohan soñado con anterioridad.

Muy lejos están los tales de seguir aquel sabio consejo de laDivina Escritura: "No estribes en tu propia inteligencia" (Prov., 3, 5). Y así, aun en las otras cosas humanas, en las que no hay tanto peligro como en el error doctrinal o en la desviación moral, sienten de consuno loshombres en realidad sabios que es prudencia verdadera no fiarse uno de su propia prudencia; y especialmente en las cosas de cada uno, donde no suelen ser los hombres comúnmente buenos jueces por la pasión, que oscurece y anubla el entendimiento y llega a trastornar el corazón.

Pues siendo así que todo hombre sensato debe atenerse al parecer de personas prudentes, o a lo menos contar ese parecer ajeno para sopesar el propio suyo en sus cosas; y esto, aun cuando las tales personas, aun siendo prudentes, no tienen autoridad doctrinal; ¡cuánto más si se trata de las enseñanzas de la Iglesia, que ha recibido de suDivino Fundador la autoridad para interpretar con plena seguridad las verdades reveladas, o las que se refieren a ellas!

Y así, era común sentir de losantiguos ascetas que "con ningún otro vicio trae tanto el demonio al cristiano a despeñarle en su perdición, como cuando le persuade que, desechados losconsejos de los que tienen más autoridad y son más experimentados, se fíe en su propio juicio, resolución y ciencia.

c) Crisis de fe y de obediencia. -Quien ha entendido bien lo que es y lo que significa la verdadera infancia espiritual, verá como cosa evidente que a la falta de ella se debe atribuir la actual pavorosa crisis de fe y de obediencia. Casi huelga demostrarlo. Tan sólo notaremos que la fe es don de Dios, y la obediencia es una virtud que procede de la gracia de Dios; y Dios, que resiste a los soberbios, da su gracia a los humildes. Y ya hemos oído de labios del Divino Maestro que Dios oculta la revelación de sus misterios a los que presumen de inteligentes, entendidos y sabios según el mundo, y la descubre a los que se reconocen como pequeñuelos, necesitados de la luz y de la fuerza del Señor para creer y para obedecer.

d)La decadencia en la verdadera devoción a la Santísima Virgen María. -También esta triste y patentemente innegable realidad de nuestra época se debe a la ausencia de la verdadera infancia espiritual. En efecto; el cristiano, por muy adelantado y aun avanzado que sea en edad, está siempre en período de formación, de educación espiritual, de desarrollo y crecimiento en la vida sobrenatural de la gracia; por lo cual, es evidente que así como en la vida natural, el niñoy el adolescente necesita de los cuidados de la madre, lo mismo, y mucho más, el cristiano en la vida sobrenatural. Y en ella, nuestra Madre es la Virgen María, de cuyos maternales cuidados tenemos absoluta necesidad para crecer y perfeccionarnos en la vida cristiana; pues María, con su ejemplo e intercesión nos ayuda maravillosamente para que Cristo se vaya formando en nosotros; ya que en esto consiste propiamente el desarrollo de nuestra vida sobrenatural; y nadie mejor que María realiza esta obra, pues para esto nos la ha dado Cristo por Madre; y Ella, del todo llena de Cristo, y poseyendo el mismo amor y Corazón de Cristo, coopera maternalmente con la gracia divina para que, según la frase de San Pablo, "se forme Cristo en nosotros" (Gal., 4, 19).

Si, pues, en la vida sobrenatural cristiana, todos somos siempre como niños y adolescentes, todos en edad de formación espiritual, es cosa clara que durante toda nuestra peregrinación terrena necesitamos de la ayuda maternal de la Virgen María; a la que, por consiguiente, todos y en toda edad hemos de invocar y la hemos de imitar.

Pero, ¡ay!, son muchos los que ahora piensan que se pueden desentender de la devoción a la Virgen María, porque se creen adultos y en la madurez de la vida cristiana; se figuran estar ya del todo formados; y viven tan seguros de sí mismos, que no les hace falta recurrir a la Madre. Está ausente de ellos la auténtica infancia espiritual.

¿Seguirán así, tan desatentadamente, los que no recurren a la que es Madre de todos, y por toda nuestra vida en la tierra, porque piensan que no necesitan de Ella? Quizás no; quizás vengan, por la misericordia de Dios y la intervención de la que es "vida, dulzura y esperanza nuestra", tiempos mejores.

La reciente "Exhortación Apostólica" del Papa Pablo VI sobre el culto y devoción que todos debemos tener a María, ha sido una nueva luz que ha descendido del Cielo a la tierra; ha sido una voz divina, que ha de resonar en lo íntimo del corazón de todos los fieles de Cristo, hijos de la Virgen María. Pues bien: "Sí hoy escucháis su voz, no queráis endurecer vuestros corazones" (Ps. 94, 7-8).

La infancia, en la vida humana, es su primavera. Y la infancia espiritual, según el Evangelio, podemos esperar que va a ser aquélla "primavera de la Iglesia", anunciada por Pío XII; el nuevo "Pentecostés de amor", profetizado por Juan XXIII; una primavera cristiana que nos traiga la llena de gracia, la bendita entre todas las mujeres; la que siendo Hija predilecta del Padre, y Madre del Divino Hijo hecho Hombre, es Esposa del Espíritu Santo; una primavera cristiana que anuncie una madurez de vida sobrenatural, y una cosecha de frutos abundantes e insospechados de vivir los cristianos el Evangelio, y de extenderse el Reino de Cristo por toda la tierra.

Y, en verdad, de todo lo que hemos expresado se deduce claramente que así como la ausencia o falta de la verdadera infancia espiritual en muchísimos cristianos es origende los más graves males de nuestra época; así, por el contrario, la presencia o práctica de la santa infancia del espíritu, conforme al Evangelio, será un gran remedio de tantos errores doctrinales y desviaciones morales como ahora nos aquejan y nos contristan.

P. Roberto Cayuela, S.I.

Un «caminito» muy recto y muy corto

//static.flickr.com/8266/8663104143_37bcfb753d_m“···Todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida, y a través de todo eso, se santificarán más cada día si lo aceptan todo con fe de la mano del Padre Celestial y colaboran con la voluntad divina, haciendo manifiesta a todos, incluso en su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo.” (Lumen Gentium, 41.)

Confiados hasta la audacia en la bondad de nuestro Padre

Nada constituye un obstáculo para la santidad. Todos los temperamentos, todas las situaciones humanas, pueden llegar a ser materia de santidad. Basta con amar y con entregarse a Dios por amor a través de las cosas. La santidad, nos dirá santa Teresita, consiste en una disposición del corazón, que nos hace humildes y pequeños entre los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre. Todo es una ofrenda al amor.

La santidad teresiana es sencillamente la vida diaria divinizada por el amor; una santidad que se puede encontrar y practicar en todas partes; en las calles, en el despacho, en la fábrica, en el almacén, en familia… lo mismo que en el silencio del claustro y en la soledad del desierto.

Un santo vive entre nosotros, lleva nuestros trajes, nuestros calzados de casa, de montaña, de trabajo, parece como nosotros y es todo de Dios.

“¡Es tan grande todo en la religión!… ¡Recoger un alfiler por amor puede convertir a un alma! ¡Qué misterio! Sólo Jesús puede dar tal precio a nuestras acciones.”

La Providencia se ha complacido en recordar al mundo moderno, ávido de vanagloria y de exhibicionismo, que la verdadera grandeza, no consiste en el brillo exterior, sino en la fidelidad silenciosa de una vida toda de Dios. Teresita de Lisieux queda como modelo imitable para la gran multitud de hombres y mujeres que llevan en la tierra una oscura existencia de trabajo, destinada a permanecer siempre desconocida. Teresa nos dice:

“No creáis que para llegar a la perfección sea necesario hacer cosas grandes. Nuestro Señor no necesita del esplendor de nuestras obras ni de hermosos pensamientos… Ama la sencillez… las obras más brillantes nada son sin el amor.”

Todo el mundo puede amar, y Dios no pide más

El camino de la infancia espiritual es una escuela de puro amor, que enseña a las almas a multiplicar los actos de amor de Dios y a transformar las acciones más indiferentes en actos de puro amor. No todo el mundo puede ayunar, disciplinarse ni llevar a cabo acciones brillantes, pero todo el mundo puede amar, y Dios no pide más.

El supremo beneficio de la espiritualidad teresiana, es haber conducido la santidad a su invariable esencia: el triunfo del amor. Su mensaje es todo un mensaje de amor. El deber esencial del hombre consiste en amar a Dios. Todo lo demás es accidental:

“Amar y ser amada y volver a la tierra para hacer amar al Amor.”

Tal fue el sueño supremo de Teresa del Niño Jesús. Para la mayor parte de nuestros temperamentos modernos, debilitados y nerviosos, no es ya la hora de las grandes mortificaciones de otros tiempos. Pero no por eso hemos de desesperar y restringir a una porción escogida el llamamiento a la santidad. Es para nosotros el momento de volver, con Teresa, a la simplicidad del Evangelio. No aspiremos a maravillar por una virtud sobrehumana, pongámonos sencillamente en el lugar en que Dios nos ha colocado.

En la misión que cada uno recibimos se cifra esencialmente la forma de santidad que se nos da y exige. El cumplimiento de esa misión se identifica con la santidad. Dios tiene de cada cristiano una idea que le marca su puesto dentro de la comunidad de la Iglesia. Realizar esta idea que descansa en Dios es el supremo fin del cristiano. Así Teresa ora:

“Yo deseo cumplir perfectamente vuestra voluntad y llegar al grado de gloria que me habéis preparado en vuestro Reino; en una palabra, yo deseo ser santa.”

Un caminito para almas muy pequeñas

“No me habéis escogido vosotros a mí, sino que os he escogido yo a vosotros.” (Jn 15.)

Teresa de Lisieux encarna en la Iglesia el heroísmo de la pequeñez. Pertenece a aquella categoría de santos, a la vez admirables e imitables, que quedan a nuestro alcance. Se ha dicho y repetido, después de Pascal, que la infinita pequeñez, no es menos sorprendente que la infinita grandeza y no menos reveladora de la omnipotencia divina.

Teresa nos hace una observación parecida:

“El amor de nuestro Señor, igualmente se revela en el alma más sencilla que en el alma más sublime.”

Ella siempre querrá clasificarse entre “estas almas sencillas” y su misión será suscitar en el mundo una multitud de otras “pequeñas almas” que, a su manera, y lo mismo que las almas grandes, trabajarán por la gloria del Creador.

Teresa de Lisieux descubrió este nuevo camino de santidad al contacto con la Escritura. Soñaba en un caminito muy recto y muy corto, en un caminito enteramente nuevo, preferible por su simplicidad y su carácter accesible a todos, a la “ruda escalera de la perfección” de los santos de otros tiempos:

“Estamos en un siglo de inventos, ya no es menester subir las gradas de una escalera, un buen ascensor lo reemplaza ventajosamente. Yo quisiera también un ascensor para elevarme hasta Jesús, porque soy demasiado pequeña para subir la escalera de la perfección. Entonces pedí a los libros santos que me indicasen el ascensor, objeto de mis deseos y leí estas palabras, salidas de los labios de la Sabiduría eterna: ‘Si alguno es pequeño, que venga a mí’: Me acerqué, pues, a mi Dios, adivinando que había descubierto lo que buscaba. La lectura del Evangelio acabó de iluminarla: ‘ En verdad en verdad os digo, que si no os hacéis como estos pequeñuelos, no entraréis en el Reino de los cielos’.”(Mt 18,3.)

Santa Teresita encarnó un hermoso y nuevo modelo de santidad heroica, carente de ascética violencia, de mortificaciones excepcionales, ausente de métodos de oración, sin aparentes carismas místicos ni acciones extraordinarias.

Su mensaje y su vida misma, podríamos decir, son inseparables. Su doctrina, apoyada en la autoridad de la Iglesia no son tanto sus escritos, como su propia vida; ya que por otro lado, estos escritos, no revelan otra cosa que su vida.

Su existencia es de valor ejemplar. El Espíritu Santo se apoderó de ella y de ella se ha servido para demostrar por su medio perspectivas nuevas sobre el Evangelio.

Es la espiritualidad teresiana el “espíritu de infancia” en todas nuestras relaciones con Dios y está constituido por la conciencia de nuestra pequeñez y de nuestra nada ante Dios; el amor, el agradecimiento, el abandono a la Providencia, es decir, la fe más confiada y audaz en la Paternidad divina; la fidelidad absoluta y sonriente a nuestro deber de estado y en el lugar donde Dios nos ha colocado; la sencillez…; Incluso las mismas caídas escapadas a la propia debilidad ayudan al alma a elevarse a Dios.

“Yo lo escojo todo”

La “Historia de un alma” ha popularizado todos los detalles de la infancia de Teresita. Se nos manifiesta allí como una santa que vive entre nosotros con sus sencillas y espontáneas alegrías y con sus pequeñas penas de niña. Nada que se salga de lo ordinario:

“Dios se ha complacido en rodearme siempre de amor. Mis primeros recuerdos guardan la huella de los más tiernos cariños y sonrisas.”

En efecto, su medio familiar fue para ella una verdadera escuela de perfección cristiana. Unos “padres santos”, unas hermanas destinadas todas ellas a consagrarse a Dios en la vida religiosa, velaron sobre su alma de niña. En esta atmósfera excepcional, se moldeó espontáneamente siguiendo el ejemplo de sus hermanas mayores.

“Cuando oía decir que Paulina sería religiosa, sin saber demasiado qué era esto, pensaba: también yo seré religiosa.”

No le consentían ningún capricho, ningún defecto. En su relato Teresa se reconoce de una sensibilidad extremada, de una ternura excesiva, necesitada de luchar con el amor propio:

“Con mi manera de ser, de haberme educado unos padres sin virtud,… yo hubiera salido muy mala y tal vez me hubiera perdido.”

Pero todos estos defectos reprimidos desde el primer momento le sirvieron para crecer en la perfección:

“Un día Leonia, viéndose ya demasiado mayor para seguir jugando a las muñecas, vino a nuestro encuentro, con una cesta llena de vestiditos y de preciosos retales para hacer otros nuevos. Encima de todo llevaba acostada a su muñeca: ‘Tomad, nos dijo, escoged lo que queráis; os lo doy todo’. Celina echó la mano y cogió un pequeño mazo de presillas que le gustaban. Tras un momento de reflexión también yo eché la mano, diciendo: ‘Yo lo escojo todo’. Y cogí la cesta sin más ceremonia.”

Este episodio de los cuatro años es el resumen de toda su vida:

“Más tarde cuando se me manifestó la perfección, comprendí que para llegar a ser santa era necesario sufrir mucho, buscar siempre lo más perfecto y olvidarse de sí misma. Comprendí que en la perfección había muchos grados y que cada alma era libre de responder a las insinuaciones del Señor, libre de hacer poco o mucho por él. En una palabra: libre de escoger entre los sacrificios que Jesús pide. Entonces, como en los días de mi infancia yo exclamé: ‘Dios mío, lo escojo todo’. No quiero ser santa a medias. No me asusta el sufrir por ti. Sólo me asusta una cosa: conservar mi propia voluntad. Tómala, pues yo escojo todo lo que Tú quieras.”

“¡Qué feliz era yo en aquella edad!, empezaba ya a gozar de la vida se me hacía agradable la virtud…”

“Verdaderamente todo me sonreía en la tierra. Hallaba flores a cada paso que daba. Mi excelente carácter contribuía también a hacerme agradable la vida. Pero un nuevo periodo iba a abrirse para mi alma. Tenía que pasar por el crisol de la adversidad. Tenía que sufrir desde mi infancia para poder ser ofrecida cuanto antes a Jesús.”

Y así fue como el acontecimiento de la muerte de su madre y algunos otros trastornaron profundamente su vida. Ocurrió cuando contaba cuatro años y medio:

“Yo, tan viva, tan expansiva antes, me hice tímida, dulce y en extremo sensible. Bastaba una mirada para provocarme las lágrimas. Nadie había de ocuparse de mí, si querían verme contenta. No podía soportar la compañía de ninguna persona extraña, y sólo en la intimidad del hogar recobraba mi alegría.”

Sobre sus años de colegio nos dice que en absoluto fueron para ella, como son frecuentemente para los demás, los mejores y más felices:

“Los cinco años que pasé en él, fueron para mí los más tristes de mi vida… A causa de mi carácter dulce y tímido no sabía defenderme y me contentaba con llorar en silencio, sin quejarme de lo que sufría. Pero me faltaba la suficiente virtud para sobreponerme a aquellas miserias de la vida, y mi pobre corazón sufría lo indecible.”

No tenía aún la edad de diez años cuando una nueva aflicción destrozó el corazón de Teresa: su hermana Paulina iba a entrar carmelita:

“¿Cómo podré expresar la angustia de mi corazón? En un instante vi lo que era la vida. Nunca hasta entonces me había parecido tan triste… Lloré lágrimas muy amargas, pues no conocía aún el gozo que encierra el sacrificio. Era débil, tan débil, que considero una gracia extraordinaria la de haber podido resistir un dolor que parecía estar muy por encima de mis fuerzas.”

Llegó a sufrir tanto que confiesa que no tiene comparación con los sufrimientos que hubo de soportar después. Como consecuencia una rara enfermedad puso en peligro su vida, pero la Santísima Virgen se le apareció sonriente y la curó milagrosamente. Después de tal gracia la Virgen entró para siempre en su vida. Desde entonces, Teresa recurre a Ella. En toda circunstancia se lo confía todo: sus penas y alegrías de niña, sus temores de joven, sus peligros, su vocación, su pureza. Sí, el alma de Teresa como la de todos los santos fue un alma mariana:

“¡Cuánto me hubiera gustado ser sacerdote, para predicar sobre la Virgen María!”

‘’Me gusta ocultar mis penas a Dios porque con Él quiero parecer siempre contenta de lo que hace. Pero a la Virgen no le oculto nada. Se lo digo todo.”

Después Teresa se preparó para la primera comunión. Este primer encuentro con Cristo terminó en una verdadera fusión:

“…Me hallé inundada de tan grandes consolaciones, que las considero como una de las gracias más extraordinarias que he recibido en mi vida. El sufrimiento se convirtió para mí en un ensueño dorado… Hasta entonces había sufrido sin amar el sufrimiento; desde entonces sentí por él un verdadero amor.”

La Eucaristía ocupará ya el primer puesto en su vida. Durante el retiro de su segunda comunión, se vio asaltada por la terrible enfermedad de los escrúpulos:

“Es necesario haber pasado por este martirio para comprenderlo. Indecible es lo que sufrí durante año y medio. Todos mis pensamientos, mis acciones más sencillas se convertían en motivos de turbación.”

De tal modo la asaltaron, que llegó a enfermar.

A pesar de su vivo deseo de practicar la virtud, muchas imperfecciones se deslizaban aún en sus actos, a causa de su sensibilidad extrema. La noche de Navidad de 1886 recibió una extraordinaria gracia de fortaleza:

“Desde aquella noche bendita nunca más fui vencida de ningún combate. Por el contrario, marché de victoria en victoria. Comencé, por así decirlo. ‘Una carrera de gigante’.”

“La obra que yo no había conseguido realizar en diez años, Jesús la consumó en un instante, contentándose con mi buena voluntad, que por decirlo así nunca me había faltado.”

“Jesús hizo de mí un pescador de almas. Sentí un gran deseo de trabajar por la conversión de los pecadores deseo que nunca hasta entonces había sentido tan fuertemente. Sentí que entraba en mi corazón la caridad, la obligación de olvidarme de mí misma por complacer a los demás. Desde entonces fui dichosa.”

“…Mi deseo de salvar almas creció de día en día.”

Teresa sostenía su vida espiritual con la comunión eucarística, con la oración cotidiana, con pequeños pero continuos sacrificios:

“Porque era pequeña y débil, Jesús se abajaba hasta mí y me instruía secretamente. ¡Ah!, si los sabios que vivieron entregados al estudio me hubieran examinado, ciertamente habrían quedado sorprendidos al ver a una niña de catorce años penetrar los secretos de la perfección, secretos que toda su ciencia no sería capaz de descubrirlos nunca, porque para poseerlos, es necesario ser pobre de espíritu.”

El carmelo

Apenas entrada en el Carmelo en abril de 1888, la invadió una inmensa paz que no debía dejarla ya. No se extrañó de ningún sacrificio, se mostró fiel en las más pequeñas cosas. El postulantado fue duro. Nada se le ahorró a esta niña de quince años. Sor Teresa lo aceptaba todo sonriendo. Nadie sospechaba su oculto heroísmo:

“Durante cinco años, éste fue mi camino, pero mi sufrimiento no se transmitía al exterior; y tanto más doloroso era, cuanto sólo de mí conocido.”

Dos meses después de su entrada en el Carmelo, el R. P. Pichon, que había ido a predicar el retiro anual a la comunidad, se sintió sorprendido por la acción de Dios en su alma. Pero ella no veía mérito alguno por su parte. Se sentía débil e imperfecta. Y sólo el agradecimiento llenaba su corazón:

“Recuerdo que al principio de mi vida espiritual, a los 13 ó 14 años, me preguntaba a mí misma qué progresos podría hacer más tarde, pues creía entonces imposible comprender mejor la perfección. No tardé en convencerme de que cuanto más adelanta uno en ese camino, tanto más lejos se cree del término. Por eso, ahora me resigno a verme siempre imperfecta y encuentro en ello mi alegría.”

El noviciado prosiguió en la sequedad espiritual, nota habitual de su intimidad con Dios, durante casi toda su vida de carmelita. Pero Sor Teresa del Niño Jesús, a través de todos los sacrificios entre los que destacaba la penosa enfermedad de su padre, avanzaba en la unión divina. El Espíritu Santo la guiaba en todo:

“Creo, que es sencillamente Jesús mismo escondido en el fondo de mi pobre corazón, quien obra en mí, dándole a entender en cada momento lo que quiere que yo haga.”

“Justamente en el momento que la necesito, me hallo en posesión de luces cuya existencia ni siquiera habría sospechado y no es precisamente en la oración donde se me comunican abundantemente tales ilustraciones; la más de las veces es en medio de las ocupaciones del día.”

Un retiro la liberó del todo del excesivo temor de ofender a Dios, que la detenía en sus impulsos de amor:

“¡Qué dicha experimenté al escuchar esta consoladora palabra! Nunca había oído decir que las faltas pudiesen no desagradar a Dios. Aquella seguridad me colmó de alegría…

Su vida espiritual tomó un impulso definitivo, el “amor no sólo le hará correr sino volar” por decirlo con una frase suya. La confianza le condujo al total abandono, forma suprema del puro amor:

“Al presente, no tengo ya ningún deseo sino es el amar a Jesús con locura…Ya no deseo ni el sufrimiento ni la muerte, aunque sigo amándolos. Ahora sólo el abandono me guía….Ya no me es posible pedir nada con ardor, excepto el cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios sobre mi alma.”

Dios encaminaba así a Sor Teresa hacia la ofrenda al Amor Misericordioso, síntesis de su vida interior y de su espiritualidad. El 9 de junio de 1895, bajo el influjo de una inspiración divina, hizo el ofrecimiento no a la justicia divina, ni al sufrimiento, sino al Amor:

“A fin de vivir en un acto de perfecto Amor, yo ME OFREZCO COMO VÍCTIMA DE HOLOCAUSTO A VUESTRO AMOR MISERICORDIOSO, suplicándoos me consumáis sin cesar,… para que así llegue yo a ser mártir de vuestro Amor.”

Dios no tenía más que acabar en el alma de Teresa su obra. Esta será el sufrimiento. El jueves santo de 1896 tuvo su primer ataque de hemoptisis, pero a pesar de ello, se entregó durante más de un año a todas las austeridades del Carmelo. Un espíritu de fortaleza invencible la animaba:

“Venida la noche, la pobre niña tenía que subir sola la escalera del dormitorio, deteniéndose a cada peldaño para tomar aliento. Alcanzaba penosamente su celda a donde llegaba tan agotada que, como confesó más tarde, necesitaba a veces una hora para desnudarse.”

A este dolor físico vino a unirse el sufrimiento moral con lo que la configuración con el crucificado fue perfecta:

“Durante los días gozosos del tiempo Pascual, Jesús me hizo comprender que hay verdaderamente almas sin fe, almas que por el abuso de las gracias pierden este precioso tesoro, única fuente de alegrías puras y verdaderas.

Permitió que mi alma se viese invadida por las más densas tinieblas y que el pensamiento del cielo tan dulce para mi no fuera ya más que un motivo de combate y de tormento.”

“Creo haber hecho más actos de fe en un año que durante toda mi vida.”

Así Teresa iba avanzando. El año anterior a su muerte llega aún a profundizar y comprender más lo que es la caridad:

“Este año me ha concedido la gracia de comprender lo que es la caridad. También antes lo comprendía, es verdad pero sólo de una numera imperfecta. No había profundizado esas palabras de Jesús: ‘El segundo mandamiento es parecido al primero: amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Mt 22,39). Me dedicaba principalmente a amar a Dios.”

“Cuanto más unida estoy a ti, tanto más amo a mis hermanas.”

Los últimos escritos, nos cuentan día tras día las últimas disposiciones de esta vida que va terminando:

“No tengáis pena de mí. He llegado a un punto en que ya no puedo sufrir, porque me es dulce todo padecimiento.’’

“Cuando sufro mucho, decía, cuando me suceden cosas penosas, desagradables, en lugar de adoptar una expresión de tristeza, las recibo con una sonrisa. Al principio no siempre lograba hacerlo; pero ahora es ya una costumbre en mí y me alegro mucho de haberla adquirido.”

A su hermana Celina, que le pedía unas palabras de “adiós”, le dijo:

“Lo he dicho todo: todo se ha consumado. Sólo cuenta el amor.”

“Sólo la caridad puede ensanchar mi corazón, Jesús, desde que esa dulce llama lo consume, corro con alegría por el camino de vuestro ‘mandamiento nuevo’.

Y en efecto es lo que siempre deseó:

“Sabéis, Dios mío, que nunca he deseado otra cosa sino amaros; no ambiciono otra gloria. Vuestro amor me previno desde la infancia, creció conmigo y ahora es un abismo cuya profundidad me es imposible medir.

En la tarde del 30 de septiembre, día lluvioso y oscuro, Teresa entre frases de amor a Dios fijó sus ojos en el cielo y los cerró con una indecible expresión de gratitud. Había muerto.

“Las nubes se disiparon rápidamente y muy pronto se vieron brillar las estrellas en un cielo purísimo.”

Begoña de Thevenet

El camino de la infancia espiritual

«A nuestro Venerable Hermano Francisco Picaud, Obispo de Bayeux y de Lisieux:

Pío Papa XII

Venerable Hermano, Salud y Bendición Apostólica.

//static.flickr.com/8266/8663104143_37bcfb753d_mNos ha llenado de paternal alegría la noticia de la celebración de un Congreso Nacional con motivo del cincuentenario de la bienaventurada muerte de Santa Teresita del Niño Jesús, en el que será estudiado y divulgado por escogidos oradores el mensaje espiritual de la Santita de Lisieux, cuya oportunidad en el transcurso de este medio siglo se nos manifiesta siempre en aumento. Son demasiados los caros recuerdos que Nos unen personalmente a la que Nos hemos tenido la satisfacción de dar recientemente por segunda patrona a vuestra querida patria, para que dejemos de aportar a los congresistas Nuestros alientos y Nuestra Bendición. Incluso desearíamos aprovechar la ocasión para repetir brevemente cuán importante Nos parece, en las actuales circunstancias, que todos, grandes y pequeños, sabios e ignorantes, sigan los ejemplos de la Santa Carmelita que quiso y supo vivir tan perfectamente acá en la tierra, como verdadera hija del Padre Celestial.

El camino de la infancia espiritual, que tras de muchos otros santos vino a recordarnos, es el que el Salvador recomendó a sus Apóstoles con estas palabras: «En verdad os digo que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3).

Muchos se imaginan que es éste un camino especial reservado a inocentes almas de jóvenes novicias, para guiarlas solamente en sus primeros pasos, pero que no conviene a personas ya formadas, las cuales necesitan de mucha prudencia dadas sus grandes responsabilidades. Mas olvidan que el mismo Señor ha recomendado este camino a todos los hijos de Dios, aun a los que tienen, como los Apóstoles a quienes formaba, la mayor de las responsabilidades, la de las almas.

También olvidamos con demasiada frecuencia que para ver claramente el complejo de las cuestiones que hoy día atormentan a la Humanidad es necesario, junto con la prudencia, aquella superior sencillez que comunica la sabiduría, y que Santa Teresa de Lisieux nos muestra de la manera más amable y con tan profundo atractivo, que arrastra a todos los corazones. El mundo actual, desviado por tantas causas y particularmente por el orgullo de sus adelantos científicos, por su exclusiva preocupación por los bienes terrenos y por los encontrados intereses que derivan de ello, tenía gran necesidad de oír este mensaje de humildad, de sobrenatural elevación y de sencillez.

Mas, para comprenderlo, precisa no olvidar la gran sabiduría de esta Santita, su conocimiento profundo de las cosas divinas, sus internos sufrimientos, soportados con heroísmo y que la condujeron a una muy íntima unión con Dios. Su vida nos demuestra que el camino de la infancia espiritual, cual lo concibió bajo la inspiración del Espíritu Santo, lleva las almas a los actos más difíciles y más elevados, como es la ofrenda total de sí mismas para hacer fecundo el apostolado de los misioneros y trabajar con efectividad por la conversión de los pecadores.

Esta espiritualidad recuerda la de Santa Catalina de Siena y la de la gran Santa Teresa de Ávila. Nos recuerda también aquella frase de la Imitación (Lib. III, capítulo XL, 5): «La verdadera gloria y la santa alegría consiste en glorificarse en Vos, Señor, y no en sí mismo, en celebrar vuestra grandeza y no la propia virtud, en no encontrar placer en criatura alguna más que por vuestra causa».

Este camino de infancia, con ser tan elevado, es el que conviene a todo hijo de Dios, por avanzada que sea su edad.

A Santa Teresa de Lisieux la ha impresionado vivamente el parecido que existe entre la infancia ordinaria y la infancia espiritual; pero ha distinguido muy bien sus diferencias.

Los parecidos son manifiestos. Generalmente, el niño es sencillo, sin duplicidad, sin inútiles complicaciones; tiene además conciencia de su debilidad, ya que necesita recibirlo todo de sus padres. De ahí su credulidad hacia cuanto le diga su madre, su absoluta confianza en ella y su amor total por ella. Por consiguiente, si su madre es cristiana y le habla con frecuencia de Dios, el niño pronto ejercita las tres virtudes teologales, esto es, cree en Dios, espera en Él y le ama, antes de conocer la fórmula escrita de los actos de fe, esperanza y caridad.

Pero la infancia espiritual se distingue de la otra por la madurez de juicio, sobrenaturalmente inspirado por el Maestro interior: «No seáis como niños en el uso de la razón; sed, sí, niños en la malicia, pero en la cordura, hombres hechos» (1 Cor XIV, 20). Además -como hace notar Santa Teresita siguiendo a San Francisco de Sales-, mientras que, en el orden natural, al crecer, el niño debe aprender a bastarse por sí mismo, en el orden de la gracia, los hijos de Dios, al crecer, van comprendiendo, cada vez más, que nunca podrán bastarse a sí mismos, que deben vivir en una docilidad superior a su actividad personal guiada por la prudencia, docilidad que les introducirá finalmente al seno del Padre, «in sinu Patris», por toda la eternidad.

Este camino de la infancia, bien entendido, nos recuerda, pues, la superior sencillez del alma que va derecha a Dios, con pureza de intención. Nos confirma la importancia de la humildad que conduce a pedir la Gracia de Dios, ya que «sin Él nada podemos» en el orden de la salvación.

Al seguir, pues, este camino sentimos nuestra fe más viva, penetrante y sabrosa, ya que Dios se complace en iluminar a los que le escuchan. Nuestra esperanza se hace más y más confiada, tendiendo con certeza hacia la salvación: «certitudinaliter tendit in suum finem» dice Santo Tomás (II-II q. 18, a. 4); nos preserva del desánimo recordándonos que el Señor, precisamente por causa de nuestra flaqueza, vela atentamente por nosotros y quiere socorrer a los que le imploran. Por este camino, la caridad nos lleva con más rapidez a amar a Dios de todo corazón, más que a nuestra perfección personal, a amarle exclusivamente por Sí mismo y para que reine en las almas, vivificándolas y atrayéndolas fuertemente a Sí.

Por último, los hijos de Dios, si bien son sencillos con Dios y sus santos, son también, bajo la inspiración del don del consejo, muy prudentes con los que no merecen confianza. Y si bien son conscientes de su debilidad, son al mismo tiempo muy firmes por el don de fortaleza cuando es preciso perseverar en medio de las mayores dificultades. Recuerdan las palabras de S. Pablo: «cum enim infirmor, tunc potens sum» (2 Cor XII, 10); cuando me siento débil, entonces soy fuerte, ya que solamente en Dios pongo mi confianza.

Este mensaje, según las palabras de Jesús, es en primer lugar «revelado a los pequeños» (Cf. Lc X, 21), que de esta manera son invitados a santificarse por la fidelidad a la gracia del momento presente en las cosas más corrientes de la vida y que por la aceptación de los sacrificios cotidianos pueden llegar a la unión constante con Dios. Estos «pequeñuelos», después de haber puesto en práctica este mensaje, son llamados a comunicarlo a los demás, a todos cuantos tienen necesidad de oírlo, a los que no se dan cuenta de su miseria y que recibirían la vida abundantemente si su corazón se abriese para recibirla. El camino de la infancia espiritual nos evita el peligro de este «activismo» tan natural y excesivo que impide la reflexión interior y la plegaria y que no puede producir los frutos sobrenaturales de santificación y de salud.

Las almas que lo comprenden han hallado la perla preciosa de que nos habla el Evangelio; ven que la verdadera vida cristiana es el inicio de la vida eterna, y Dios opera en ellas para reinar más profundamente en las inteligencias y en los corazones.

Que el Espíritu Santo se digne conceder abundantemente sus gracias a cuantos tomen parte más o menos directa en el próximo Congreso y que aspiran a vivir así más íntimamente de la verdad que nos hace libres.

Esto os indicará cuáles son nuestros votos para el éxito sobrenatural de estas reuniones teresianas. Como antiguo peregrino de Lisieux, conservamos muy profundo el recuerdo de las santas impresiones recibidas en la gloriosa tumba de Teresita del Niño Jesús para no dejar de secundar con todas nuestras fuerzas la difusión de un mensaje espiritual, tan oportunamente encargado por el Cielo a la santa Carmelita en una época que tan necesitada se halla del mismo.

Así pues, con el corazón lleno de una dulce confianza, Nos concedemos a todos los miembros del Congreso, empezando por vos, Venerable Hermano, y por los abnegados organizadores de estas fiestas conmemorativas, Nuestra Bendición Apostólica.

Pío XII

Santa Teresa de Lisieux y la devoción al Sagrado Corazón en nuestro tiempo

santa teresita 2Fiada en la promesa de su fundador, la Iglesia va superando una tras otra todas las herejías. Sin embargo, siempre quedan restos de ellas en la vida de los fieles. Pasaron ya muchos siglos de la herejía pelagiana, pero son muchos los que siguen creyendo que la santidad es asunto de puños. Sólo cuando avanzan en la vida espiritual se persuaden que es, sobre todo, obra de rodillas.

En muchas de estas personas, sobre todo en la vida religiosa, la conversión gira sobre dos goznes: el culto al Sagrado Corazón y la devoción a santa Teresa del Niño Jesús. En ambos un denominador común: la confianza.

Pero la confianza no podía ser más que un indicador. En frase de Pío X, Teresa es la mayor santa de los tiempos modernos. Pío XI diría más tarde de la devoción al Sagrado Corazón que es la norma de vida más perfecta. ¿Podrá la santa carmelita ignorar esta devoción? Lectores superficiales, no sabemos con qué intención, no han vacilado en afirmarlo. Fácil cosa es probar la falsedad de este enunciado. Nosotros vamos más lejos.

Presentamos a santa Teresa del Niño Jesús como un modelo acabado y perfecto de esta devoción y especialmente para nuestros días.

En el alma de Teresa Martin hay una disposición primitiva que será siempre fundamental: el amor de Dios. Pero el Dios que ama Teresa con todo su corazón no es un Dios abstracto, el dios de los filósofos y de los sabios. Es el Dios hecho hombre: El Verbo Encarnado. Contemplando su evangelio aprende la esencia del amor. A nuestra generación pagada de sus progresos técnicos, pero que no sabe encontrar paz, le sale al paso y le dice: lo propio del amor es abajarse. Nadie hasta ahora había dado una definición tan profunda. San Juan había dicho: «Dios es amor». Teresa de la conducta de Dios deduce: lo propio del amor es abajarse. Ella por eso será «un granito de arena».

Este amor no es en ella un sentimiento, una emoción, una ternura de corazón compatible con todas las debilidades, todos los caprichos de la infancia. Es en ella algo del orden de la voluntad mucho más que del orden sensible. Cristaliza en una docilidad perfecta a la voluntad de Dios que le permitirá decir:

«Desde los tres años no he negado nada a Dios» (Manuscritos autobiográficos. Ms C, folio 35 r.).

En esta fórmula negativa, pero de contenido positivo, se define una situación psicológica de esencia mística. Se declara que toda la iniciativa de esta conducta pertenece a Dios. Así Teresa, desde el primer ejercicio de su amor a Dios, ha sabido que su decisión no era más que una respuesta, pues ella había sido amada primero.

Pero ¿qué amor es éste que ha obsesionado a Teresa durante su vida? Ella misma nos lo dice en carta de 21 de junio de 1897 al abbé Bellière:

«¡Ah!, querido hermano, desde que se me ha dado comprender el amor del Corazón de Jesús, confieso que he arrojado de mi corazón todo temor» (Cf. o. c., Ms A, folio 70 r – 74 r.).

Teresa de Lisieux siente, pues, en ella esa llama de amor devorador. Mística profunda, sabe que todo cuanto es y cuanto tiene es un don de su divino Esposo. El clima es indicado para el deseo espontáneo de entrega y de consagración. Una consagración que sólo puede hacerse al Amor. Tal es su «Acto de ofrenda al Amor misericordioso», que llevará siempre sobre su pecho. En ella pide al Padre, apoyándose en que siendo Jesús su Esposo todos los méritos de Él son suyos, que no le mire ya sino a través del Corazón de Jesús ardiendo de amor. Y más adelante insiste en que lo que le mueve a la consagración no es el reunir méritos para el cielo, sino consolar al Sagrado Corazón. La entrega total y la intención reparadora hacen de ella una fórmula perfectísima.

La santa carmelita intuye como san Ignacio las maravillas que haría Dios en las almas si éstas no le pusieran impedimentos. Y Teresa sabe que Dios le llama a una gran santidad. Pronto pisotea el mundo y las criaturas. Es cota fácil de superar en la vida religiosa. Pero hay otro pedestal que derribar: el amor propio. Ella nos dirá del suyo que lo tenía exagerado, sólo porque a la edad de tres años no quiso ganar cinco céntimos que su madre le ofrecía por besar el suelo. A él atribuye en su humildad el no volver a caer en la misma falta. Muchas veces, como Santa Teresa de Lisieux y la devoción al Sagrado Corazón en nuestro tiempo los que preceden a su profesión, no pasan de ser primeros movimientos. No importa. Teresa ha entendido a la perfección el dicho de san Agustín: «el abandono es el fruto delicioso del amor». Hasta qué punto lo penetró Teresa nos lo dice con elocuencia su carta de fin de abril de 1890 a su hermana Sor Inés:

«¡Oh, cómo desea (el grano de arena), ser reducido a nada, desconocido de todas las criaturas, pobre, pequeño, no desea ya nada, nada más que el olvido…! ¡Nada de desprecios, ni injurias, sería demasiado para un grano de arena! Sí, deseo ser olvidada y no sólo de las criaturas, sino también de mí misma. Quisiera de tal manera ser reducida a la nada que no tenga ya ningún deseo…» (Cf. o. c., Ms C, folio 22 r – 22 v.).

Nos resulta costoso interrumpir la cita, pero lo hacemos para seguir leyendo unos días después:

«Que el grano de arena esté siempre en su sitio, es decir a los pies de todos. Que nadie piense en él; que su existencia sea por decirlo así ignorada…, el grano de arena no desea ser humillado. Esto es demasiado glorioso pues habría que ocuparse de él. No, desea otra cosa: ser olvidada, tenida por nada. Pero desea ser vista por Jesús» (Cf. o. c., Ms C. folio 36 r.).

¿Pero dónde se esconderá Teresa para lograr sus deseos? Ella misma nos lo dice glosando la frase de san Agustín, en una poesía que titula Abandono:

El abandono me entrega
En tus brazos dulce Esposo
y el pan de los elegidos
Me da y con él me conforto.
Gustándolo, ya otra cosa
En el mundo no ambiciono,
que una mirada divina
De los más divinos ojos.
Y después de sonreírte
Me recuesto y me abandono
En tu Corazón, diciéndote
Que aun dormida, yo te adoro
(Carta de 18 julio de 1897 al abbé Bellière.).

Cuan perfecto fuese este abandono en el Sagrado Corazón lo proclama a los cuatro vientos aquella paz íntima que constituye como la herencia de Teresa y que es el fruto inmediato del alma que olvidada totalmente de sí no tiene ya nada que perder.

Aunque encerrada en su convento desde los quince años, Teresa Martin sabe lo que algunos teólogos quieren ignorar hoy. En el mundo existe el pecado. Y este pecado exige expiación. Por eso en ella junto al amor florece el sufrimiento. Es que -escribe a su hermana Celina- «existe un amor cuya única prenda son las lágrimas» (Novissima verba, 11.7.3). Sus cartas son un tratado perfecto de la cruz. Tan identificada está su vida con el sufrimiento, que escribe al abbé Bellière:

«El sufrimiento unido al amor es lo único que me parece deseable en el valle de lágrimas. Es cierto que la cruz me ha seguido desde la cuna, pero esta cruz, Jesús me la ha hecho amar con pasión» (Folio 84 r.). Y al día siguiente, 14 de julio de 1897, descubre ingenuamente al padre Roulland el problema que el sufrimiento le plantea:

«Desde hace tiempo el sufrimiento se ha hecho mi cielo aquí abajo. Y me cuesta concebir cómo podré aclimatarme en un país en que reina la alegría sin ninguna mezcla de tristeza. Será preciso que Jesús transforme mi alma y le dé capacidad de gozar. Si no, no podré soportar las delicias eternas» (Folio 84 r.).

Pero el hacer de su vida un continuo sacrificio, un martirio de amor, es para consolar a Jesús. Alma intensamente mística, siente como suyos los sufrimientos de Jesús y necesita expansionarse. Por eso el consolar a Jesús será el tema preferido de sus cartas a Celina. Además para Teresa consolar a Jesús es salvarle almas. Sabe que el cristianismo no es una idea muerta. Es vida que se perpetúa en el Cuerpo Místico que es la Iglesia. Y aunque en su oración y sacrificios ocupen un lugar eminente los sacerdotes por ser los pescadores de almas, sabe también que la Iglesia no son sólo los curas y que Dios concertó el cuerpo dando mayor honor a los que más lo necesitaban. Por eso sus predilectos serán los infieles y los descreídos. Y como en la actual providencia no hay redención sin encarnación, vivirá íntimamente la noche de la fe. Esta será su forma suprema de reparación:

«Vivir tras ese muro que se alza hasta los cielos y que oculta el firmamento estrellado» (Acto de ofrenda, o. c., 318.).

Su inmolación es silenciosa. Sólo su priora y su confesor conocen sus sufrimientos. Por eso no es una revelación para su hermana Paulina oírle exclamar:

«Nunca hubiera creído que se pudiese sufrir tanto. ¡Nunca! ¡Nunca! No me lo puedo explicar sino por los ardientes deseos que he tenido de salvar almas… » (O. c., Ms B, folio 1 v.).

Sólo nos queda escuchar de ella misma cuál fue el altar de su sacrificio:

Para contemplar tu gloria cara a cara y sin cendales
Pasar debo por las llamas de un incendio abrasador.
Yo escogí por purgatorio tus entrañas paternales
Ese Corazón Sagrado, Volcán vivo del amor
(O. c., Ms B, folio 1 r.).

Al sorprender en Teresa el amor, la consagración y la reparación, nos hemos topado frecuentemente con el Corazón de Jesús. Es el tema preferido de sus poesías. En ellas encontramos con sorpresa que lo es todo para ella. Unas veces, como en «Mi cántico de hoy», dirá:

Ocúltame en tu pecho y allí no habrá temores
Del pérfido enemigo que ronda mi mansión
Que sea mi morada y hogar de mis amores
Tu santo Corazón
(O. c., Ms C, 36 v.).

Otras veces, como en «Vivir de Amor», la imagen es dinámica:

En tu gran Corazón mar de dulzura
Navega el mío a velas desplegadas
Ligera surco el mar con mi tesoro
Llevo de lastre amor, y amor de carga
(Id., p. 652.).

La misma imagen del mar, ahora agitado, se repite en «Acuérdate mi Amor». Pero nos interesa más en ella ver cómo Teresa, mística profunda, nos señala cómo ha de realizarse nuestra respuesta al amor:

Mas si me das tu Corazón amado
Con Él te podré amar cuanto yo quiera
Con Él te sabré amar hasta que muera
(Id., p. 669.).

Sabiendo lo que en la vida de Teresa representa el Amor, y oyéndola en la poesía «A mis hermanitos del cielo»:

Oh capullos perfumados recogidos en la aurora
De la flor el sol bello que os despliega, que os matiza y os colora
Es el Corazón divino. Sol ardiente del Amor
(O. c. Poesías, p. 715.).

…no es necesario multiplicar las citas. Sólo añadiremos que su poesía «Al Sagrado Corazón», larga de 16 estrofas de verso mayor, es una síntesis poética, mediocre de forma, profunda de inspiración mística, de su manera original entonces de ver esta devoción. Pero de esta aportación personal extraordinaria de Teresa a la devoción al Sagrado Corazón hablaremos más adelante.

Del examen de sus cartas se deduce que le eran muy familiares la vida y las apariciones del Sagrado Corazón a santa Margarita María. Una de sus tías había sido visitandina, y su hermana Leonia, tras varios intentos, profesó finalmente, en la Visitación de Caen.

Encontramos en ellas con frecuencia esta expresión de despedida:

«Queda muy unida en el Corazón de Jesús…» (Cartas, 130, 136, 153, 187, 188, 201, 202.).

Es natural que sean sus cartas más íntimas las que aborden este tema que exige cierta temperatura espiritual. Se encuentra a menudo en la correspondencia con sus tíos, la familia Guérin. A su prima María Guérin, luego sor María de la Eucaristía, escribe:

«Estoy segura que mi pequeña María está muy adelantada en su Corazón» (Cartas, 37.).

Y cuando más tarde, aquejada de escrúpulos, acuda en demanda de auxilio a Teresa ésta le contestará:

«Lo que más ofende a Jesús, lo que le hiere en el Corazón, es la falta de confianza» (Cartas, 71.).

A su tía escribe para su santo:

«Es lo que pedía hace un momento (en la comunión) a aquel cuyo Corazón golpeaba al unísono del mío» (Cartas, 42.).

Y al año siguiente, cuando la enfermedad de su padre llega a la cima insiste en la felicitación de año nuevo:

«Considerando el tiempo que acaba de pasar doy gracias a Dios, pues si su mano nos ha presentado un cáliz de amargura, su Corazón divino ha sabido sostenemos en la prueba y nos ha dado la fuerza necesaria para beber su cáliz hasta las heces» (Cartas, 78.).

Y cuando quiere agradecerle sus cuidados maternales desde la muerte de su madre:

«Yo sé muy bien que Dios ha puesto algo del amor que desborda su Corazón en el corazón de las madres…» (Cartas, 131.).

Es natural que el Sagrado Corazón centre toda su correspondencia con su hermana Leonia. Cuando el 23 de junio de 1893 entra por segunda vez en la Visitación, Teresa le felicita:

«Jesús ha extendido su mano divina y tomando a su prometida la ha colocado sobre su Corazón, en el tabernáculo de su Amor» (Cartas, 126.).

Más tarde le expone su «Caminito» como algo muy del Corazón de Jesús:

«Cómo temer a Aquel que se deja encadenar por un cabello que vuela sobre nuestro cuello (Cantar de los Cantares, 4, 9). Sepamos pues retener a este Dios que se hace mendigo por nuestro amor. Diciéndonos que es un cabello lo que puede obrar este prodigio, nos enseña que las acciones más pequeñas, hechas por amor, son las que encantan su Corazón » (Cartas, 171.).

No podía faltar este tema en las cartas más íntimas de Teresa, las cartas a Celina.

«El que ama a Jesús encuentra en este Corazón único, que no tiene nada semejante, todo lo que desea. Encuentra en Él su cielo» (Cartas, 109.).

Su carta de 14 de octubre de 1890, cuando Celina peregrina a Paray en el segundo centenario de santa Margarita, entreabre una rendija para penetrar el profundo misterio de Teresa:

«Ruega mucho al Sagrado Corazón. Sabes, yo no veo el Sagrado Corazón como los demás. Pienso que el Corazón de mi esposo, es sólo mío, como el mío es de Él, y yo le hablo entonces, en la soledad de este delicioso corazón a corazón, esperando contemplarle un día cara a cara» (Cartas, 102.).

Consciente también de la eficacia de esta devoción, la siembra oportuna e importuna a sus hermanos misioneros. Escribe al abbé Bellière: matizándole perfectísimamente su manera personal de ver esta devoción:

«Cuando veo a Magdalena avanzar entre los numerosos convidados, regar con sus lágrimas los pies de su Maestro adorado que toca por vez primera, siento que su Corazón ha comprendido los abismos de amor y de misericordia del Corazón de Jesús, y que, pecadora como es, este Corazón de amor, está no solamente dispuesto a perdonarle, sino aun a prodigarle los beneficios de su intimidad divina, a elevarla hasta las más altas cumbres de la contemplación» (Cartas, 220.).

Más tarde, el 18 de julio de 1897, le anima:

«Ah, ¿cómo haceros comprender la ternura del Corazón de Jesús, lo que Él espera de Ud?» (Cartas, 229.).

Y ocho días después insiste de nuevo:

«Hace tiempo olvidó Él sus infidelidades. Sólo vuestros deseos de perfección están presentes para regocijar su Corazón»… El Corazón divino se entristece más por las mil pequeñas indelicadezas de sus amigos que de las faltas, aun graves, que cometen las personas del mundo» (Cartas, 231.).

Acabamos de ver que lo mismo en sus cartas que en sus poesías, la expresión Sagrado Corazón representa unas veces la persona total de Jesús, pero iluminada siempre por la antorcha del amor. Otras veces, sobre todo en la comunión, ese Corazón golpea al unísono del suyo. La cosa es, pues, tan evidente que es necesaria mala voluntad o un desconocimiento total del epistolario y de las poesías.

El 9 de junio de 1895, en la fiesta de la Trinidad, Teresa se ofrece como víctima de holocausto al Amor misericordioso. Ella misma nos dice en su fórmula el móvil de este acto de ofrenda:

«No quiero reunir méritos para el cielo, quiero trabajar por vuestro solo amor, con el único fin de agradaros, de consolar a vuestro Corazón Sagrado y salvar almas que os amarán eternamente (Cartas, Acto de Ofrenda, p. 444.). A fin de vivir en un acto de perfecto amor, me ofrezco como víctima a vuestro Amor Misericordioso, suplicándoos que me consumáis sin cesar, dejando desbordar en mi alma, las olas de infinita ternura que se encierran en Vos y que así me hagan mártir de vuestro Amor, ¡Oh Dios mío!» (Cartas, Acto de Ofrenda, p. 445.).

Analicemos la maniobra de Teresa. El Corazón de Jesús es un océano de amor. Pero las almas no se dejan invadir por este amor. Unos le rechazan, otros permanecen indiferentes. Teresa se ofrecerá como víctima, no para recibir los golpes de la Justicia, sino para sumergirse en el torrente de amor infinito represado en el Corazón de Cristo. Sabe que eso es el martirio. Pero todo eso es accesorio. Lo importante es que el Amor Misericordioso de Dios tenga al menos un alma donde pueda volcarse sin medida. Por eso ella no se inmola ni a la Justicia ni a la Misericordia. Su ofrenda será al Amor.

Queda bien claro que el tema del Amor misericordioso es para nosotros el principio supremo de inteligibilidad de los manuscritos autobiográficos, al mismo tiempo que la llave de oro que nos abre el alma de Teresa. Es también el eje en torno del cual girará la devoción al Sagrado Corazón en adelante y la puerta grande por la que entrarán en Él todos los agobiados con trabajos y cargas.

Al terminar nuestro recorrido de los elementos esenciales de la devoción al Sagrado Corazón en santa Teresa del Niño Jesús, nos encontramos de nuevo en el punto de partida: la confianza. Su importancia en esta devoción la ha comprendido muy bien el pueblo cristiano al plasmarla en la jaculatoria milagrosa: «Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío».

No sólo el pueblo. Santa Margarita María, el apóstol del Sagrado Corazón, es a la vez vocero infatigable de la confianza. De todos conocido es el «Acto de Confianza al Sagrado Corazón», de Claudio la Colombière. ¿Qué extraño, pues, que Teresa, la doctora de la confianza, haya penetrado hasta lo más hondo del Corazón divino? Ya vimos que a su prima María Guérin le escribe para consolarla de sus escrúpulos: «Lo que más ofende a Jesús, lo que más le hiere en el Corazón es la falta de confianza» (Cartas, 71.).

«La santidad -dice Teresa- no consiste en talo cual ejercicio virtuoso, sino en una disposición del corazón que nos hace humildes y niños en brazos de Dios, conscientes de nuestra flaqueza y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre» (O. c. Novissima verba, p. 417.). En esta confianza audaz pone Teresa uno de los fundamentos de la santidad y esta nota de audacia, que es como el coronamiento de las tres virtudes teologales, es también una de las cumbres más elevadas de la devoción al Sagrado Corazón. A él se refiere en aquellas atrevidas líneas, que su hermana sor Inés no se atrevió a publicar, pero que hoy el texto autógrafo nos permite saborear plenamente:

«Querida hermana, comprended por favor a vuestra hija, comprended que para amar a Jesús, para ser su víctima de amor, cuanto más débil es uno, sin deseos ni virtudes, más cerca se está de las operaciones de ese Amor que consume y transforma. El sólo deseo de ser víctima basta, pero es preciso consentir en permanecer siempre pobre y sin fuerza, y esto es lo difícil, pues ¿dónde encontrar al verdadero pobre de espíritu? Es preciso encontrarle muy lejos, dice el salmista. No dice que hay que encontrado entre las almas grandes, sino muy lejos, es decir en la bajeza, en la nada» (Cartas, 176, p. 341.).

Tras esta síntesis de la devoción al Sagrado Corazón en santa Teresa del Niño Jesús, señalemos brevemente las aportaciones y matices con que ella la enriquece. Más cerca de nosotros en el tiempo, su modo de expresión está libre de ese barroquismo que se manifiesta en los escritos de otros devotos y que alcanza su máxima expresión en nuestro padre Hoyos. Nada de esto se encuentra en Teresa cuya prosa sencilla se lee con agrado. Aparece también su profundo humanismo y el lector se consuela al ver en ella las mismas luchas y la misma impotencia que él también experimenta. Por todo ello santa Teresa se hace amable. Ya lo había predicho ella cuando, al releer sus cuadernos en el lecho de muerte, decía a su hermana Paulina:

«Estas páginas serán muy edificantes… Todo el mundo me amará» (O. c. Novissima verba, p. 414.).

Sabe penetrar a través del Corazón toda la vida intelectual y afectiva de Jesús, pero evita la imposición machacona del símbolo y toda repetición innecesaria de la expresión Sagrado Corazón, que constituye para muchos un obstáculo de esta devoción. Conocedora profunda del Corazón de Dios, sabe que este culto es el tesoro escondido del Evangelio. Por eso el tratar de El exige un clima de fervor e intimidad que no se da en todas las ocasiones. Se sirve también, para llegar al Corazón, de la Santa Faz. Si el rostro es el espejo del alma, la faz del más hermoso de los hombres será también reflejo de un Corazón de belleza infinita. A través del rostro penetró hasta lo más íntimo del Corazón de Cristo, como él mismo lo atestigua, el santo portero san Alonso Rodríguez.

Teólogo profundo, alcanza por un lado la esencia última de la criatura, su contingencia. Y al encontrarse con su nada comprende que todo ha de recibirlo. Por eso, el trampolín para su salto de la nada hasta el Corazón de Dios es su confianza. Una confianza tanto más audaz cuanto mayor es el profundo sentimiento de su miseria. Por otro lado llega a la definición misma del Dios de la revelación: Dios es Amor. Y al examinar la conducta del Dios hecho hombre en el Evangelio, deduce por una inducción tan completa como puede desear que lo propio del amor es abajarse. Ya está justificada su audacia. Cuando más deba abajarse Dios, más amor. Por eso ella no aspira a otra cosa que a ser un grano de arena escondido en la Santa Faz.

Las consecuencias de esta intuición teológica son fecundísimas. El no tener nada que ofrecer, no es un obstáculo, antes un estímulo, para una consagración que, hecha al Corazón de Jesús, es una consagración al Amor, que busca precisamente la nada. A este Amor responde Teresa no con una entrega de sierva como santa Margarita, sino de esposa, que supone mucha mayor intimidad y confianza.

La reparación, el coco de la devoción, al ir precedida por la confianza, la hace Él y nosotros ayudados por Él. Así a la vez que se evita el peligro de propia suficiencia y de pelagianismo, se vence por el apoyo en Él el temor de nuestra carne flaca al sufrimiento. Esta reparación es ante todo para Teresa consolar a Jesús. Y esta mística eminentemente objetiva entiende que consolar a Jesús es salvarle almas. En primer lugar las de los sacerdotes, pescadores de almas, atendiendo así a la eficiencia. Después las de los ateos y paganos que viven la noche de la fe. Todo ello muy conforme con el sentido religioso de nuestros días.

Finalmente, Teresa, guiada única y exclusivamente por el mismo Jesús, cuando el Amor pida una víctima, no se inmolará en el altar de la Justicia, como la santa de Paray-le-Monial, sino en el de la Misericordia. Pero ¿cómo concibe ella la misericordia? Los grandes santos manejan conceptos mucho más ricos que los nuestros. El estudio profundo de san Pablo nos enseña que el concepto de Justicia de Dios, que él ofrece en sus cartas, está muy lejos del «sum cuique» que nosotros imaginamos. Lo mismo ocurre en Teresa. Su concepto de misericordia no es un concepto estrecho de comprensión, que presupone miseria y acude a su remedio. Teresa habla de una misericordia identificada con el Amor, amplia, preveniente, que atiende no sólo la desgracia sino los mínimos deseos del alma, misericordia que se reconoce hasta en el gesto creador y en toda iniciativa divina.

La puerta, que es la herida de ese Corazón que tanto ha amado a los hombres, no tiene ya las proporciones, enormes sí, pero limitadas que le señala la justicia. La misericordia dilatará hasta el infinito, no sólo la altura y la anchura del brocal, sino también la profundidad de ese inmenso abismo de Amor. Así, con esta proyección de infinitud, santa Teresa del Niño Jesús se nos brinda hoy, aun a los más miserables pecadores, como guía experimentado y seguro, al par que atrayente «Ut possimus comprehendere eum omnibus sanctis, quae sit latitudo, et longitudo, et sublimitas et profundum: Scire etiam supereminentem scientiae caritatem Christi, ut impleamini in omnem plenitudinem dei» (Eph. 3, 18-19.).

José Fz. de Retana, S.I.