El modernismo social “Le Sillon”

//static.flickr.com/8251/8663107371_ba00d1f3d8_mEn el primer número dedicado a León XIII se comentaba su Encíclica a los franceses Au milieu des solicitudes y se reproducían extensos fragmentos de la misma. Asimismo comentábamos las dos corrientes opuestas a que la interpretación de dicha Encíclica había dado lugar entre los católicos franceses: la de los colaboracionistas o ralliés y la de los anticolaboracionistas.

Hoy nos interesa estudiar someramente la evolución de los ralliés, y si no de todos ellos, la de una fracción importante de los mismos que se desvió del sano camino y es un ejemplo vivo de los peligros a que puede arrastrar la exageración de la doctrina democrática y liberal. Nos referimos a Le Sillon.

Comienzos de “Le Sillon”

Hacia el año 1890 un grupo de jóvenes se reunía en la cripta del colegio Stanislas, de donde su agrupación tomó el nombre de «La Cripta». Entre ellos sobresalen Paul Renaudin, Etienne Isabelle y Marc Sangnier. Publican una revista, Le Sillon («El Surco») bien orientada y bien escrita.

Marc Sangnier, quizá el mejor dotado de todos, rebosante de ingenio, de gracia, de simpatía y de elocuencia fue, como alférez de ingenieros, destinado a Toul para cumplir sus deberes militares. Allí, con su entusiasmo contagioso realizó una bella labor entre los soldados.

Al terminar su servicio militar, Sangnier vuelve a reunirse con sus compañeros de «La Cripta». Sus actividades derivan cada vez más hacia el campo social. La revista Le Sillon, que dará nombre a todo el grupo, se convierte en una revista de cuestiones sociales. Marc Sangnier empieza sus famosos viajes por Francia y luego por el extranjero.

No podemos seguir paso a paso su evolución, pero marcaremos algunos de los hechos más sobresalientes.

Sus doctrinas

Políticamente sus doctrinas son demócratas y republicanas a todo serlo. Se hallan con frecuencia en sus escritos y discursos expresiones como éstas: «Quien dice democracia dice Cristianismo», «La vitalidad democrática del catolicismo francés», «La democracia no sería concebible sin Cristo». La tentativa era por tanto considerar a la Iglesia infeudada a una forma política, contra la norma de la misma y las enseñanzas concretas de León XIII.

La condenación del americanismo en la carta de León XIII al Cardenal Gibbons, Arzobispo de Baltimore, les hirió en lo vivo y llegaron a decir que con ella el Papa desautorizaba todo su Pontificado.

La Encíclica Aeternis Patris también es vivamente discutida. Se niega todo valor a Santo Tomás, al que creen ampliamente superado. Hubo protestas, y Marc Sangnier tuvo que llamar al orden recordando que la teología y la exegesis no era cosa suya.

Bien pronto hallamos la idea mesiánica. En el Congreso de Tours un ponente dice: «Es que también nosotros hemos oído la palabra de Cristo: Euntes docete omnes gentes. Este movimiento de nuestra época es paralelo a la predicación y acción de los evangelistas: cerrajeros como José, pescadores como Andrés y Pedro, tejedores como Pablo… No nos engañemos, este catolicismo popular aun en mantillas, aun débil de cuerpo, es inmenso en su alma… Marc Sangnier, a quien Charles Brun llamaba sin exagerar Marcos el Evangelista…» En otro lugar le llaman «el nuevo Mesías». Se podrían multiplicar los textos.

Otra desviación más peligrosa: creen en el progreso indefinido de la religión: «Sí, tengo la candidez de creer que el Evangelio no ha dicho su última palabra, que la humanidad es perfectible». «Cristo ha depositado en el alma humana fuerzas morales de las que no hemos descubierto sus últimas aplicaciones sociales».

Hay que formar una élite democrática, que tendrá por característica su formación espontánea. Así dicen: «La emancipación del proletariado saldrá del esfuerzo mismo del proletariado».

Los individuos deben ser educados para que cumplan sus deberes por convicción íntima. Cuando se llegue a este punto las leyes serán inútiles. El Estado no es nada; la iniciativa privada, todo. Estamos frente a un anarquismo cristiano.

El Abbé Desgranges en su apología oficial Les vraies idées du Sillon dice: «Es evidente que nacen formas sociales nuevas y se desenvuelven por todas partes haciendo estallar el molde viejo de nuestras instituciones decadentes. Nuestros actos no deben ser tan sólo un molde nuevo de un organismo viejo, sino piedras de apoyo de la sociedad futura».

¡La sociedad futura! He aquí su bello ideal. Ella exige una inversión de todos los valores sociales: los burgueses y los intelectuales de la hora presente no son capaces de ello. Léxico e ideas socialistas.

Socialismo igualmente en lo que se refiere a la propiedad. Supresión de patronos y obreros. Economía a base de cooperativas.

Marc Sangnier escribió un drama, Par la mort, representado centenares de veces, que sostiene una tesis profundamente inmoral, en perfecta oposición al cuarto mandamiento.

Estas ideas y orientaciones se acentúan especialmente después de 1905, y los Obispos empiezan a dar voces de alarma. Antes gran parte del Episcopado francés lo apoyaba, y es muy comprensible dado el empuje y entusiasmo de los componentes de Le Sillon.

“Le plus grand Sillon”

Entonces dan el último paso que les enajena las simpatías de casi todos los Obispos y que al fin les acarrea la condenación de Roma.

Las teorías sociales por ellos mantenidas les pusieron en contacto con los protestantes, especialmente las «Asociaciones cristianas». Nació la idea de Le plus grand Sillon («El más grande Surco»). Allí ya no se trataba tan sólo de católicos; cabían todos: católicos, protestantes, judíos e incrédulos mientras sintieran ansia de renovación social.

Con el fin de atraerse el mayor número posible de no católicos acentúan su tendencia democrática a expensas del carácter católico, que llegan a negar.

Se convierten en apologistas de la Revolución Francesa, que pese a sus grandes errores, consideraban como esencialmente cristiana, y hallan un gran contenido religioso en Robespierre, Danton y Desmoulins. Estrechan amistad con Jaurés, Seignobos, Loisy y otros destacados anticatólicos.

En 1906, Marc Sangnier dice que «Le Sillon no es un movimiento religioso, sino laico, que quiere realizar en Francia la República democrática».

El Papa empieza a preocuparse y prohíbe a los sacerdotes su ingreso en Le Sillon.

Marc Sangnier quiere dar un golpe de efecto. Va a Roma, solicita audiencia del Papa, la obtiene y luego publica una relación en la que dice una serie de vaguedades sobre Roma y el Vaticano. Pero el mismo Papa refirió al Obispo de Montauban, que lo hizo público, la verdad de la audiencia: El Papa dijo a Marc Sangnier: «Habéis hecho defección. Habéis querido una asociación puramente política y laica. No podemos aprobarlo. Por esto ni vos ni vuestra obra podéis contar con Nuestra bendición».

La condenación

La confusión de espíritus crecía. El Papa no pudo guardar silencio más tiempo. El 25 de agosto de 1910 publica su Encíclica de condenación. Documento de emoción hondísima, modelo de moderación y caridad.

Empieza manifestando su deber de velar por la pureza de la doctrina. Señala un aspecto bueno y otro malo de Le Sillon, que se desvía de la buena doctrina. Le es preciso decir la verdad.

Merece censuras: a) por sustraerse a la dirección de la Iglesia, b) porque pretende la igualdad y nivelación absoluta de las clases.

Analiza las doctrinas esenciales de Le Sillon. Pretende elevar malamente la dignidad humana por la libertad y la igualdad y por la participación del Poder de la democracia.

Refuta estas doctrinas. Sus ideas son erróneas acerca de la autoridad que ellos colocan en el pueblo, quien la delega en los gobernantes, aunque continúa residiendo en él. Esto lo condenó León XIII en la Encíclica Diuturnum illud. Si el pueblo continúa poseyendo el poder, la autoridad no es más que un mito.

Son erróneas acerca de la justicia y la igualdad. Para ellos toda desigualdad es una injusticia, principio contrario a la naturaleza de las cosas. No admiten otra forma de gobierno que la democrática, lo que es injusto para las otras formas. Quiere enfeudar la Iglesia a un partido político.

Se equivocan acerca de la fraternidad humana, que fundamentan en los intereses comunes. La doctrina católica la fundamenta en el amor a Dios.

Se equivocan acerca de la dignidad humana. Serán verdaderamente hombres cuando no necesiten a un guía y obedezcan sólo a sí mismos, cumpliendo su deber sin desviarse por las mayores responsabilidades. ¿Es esto posible, si no cambia la naturaleza humana? ¿Acaso pretendían esta dignidad los Santos?

Pero además estas teorías intentan vivirlas.

Por todo esto «debemos declarar que así por la conducta como por la doctrina, Le Sillon no satisface a la Iglesia».

Y viene el final emocionante. Dice a los Obispos de Francia: «Vosotros, Venerables Hermanos, proseguid activamente la obra del Salvador de los hombres con la imitación de su mansedumbre y de su energía. Inclinaos a todas las miserias, ningún dolor escape a vuestra solicitud pastoral, ninguna queja os halle indiferentes. Pero predicad también denodadamente a grandes y pequeños sus deberes; a vosotros toca formar la conciencia del pueblo y de los poderes públicos. La cuestión social estará muy cerca de su solución cuando unos y otros, menos exigentes en sus derechos, cumplan exactamente sus deberes». Que escojan algunos sacerdotes doctos y bien formados para ponerlos al frente de las obras de acción católica, a los que exhorta a que no se dejen desviar por una falsa democracia.

A los jefes de Le Sillon dice: «Volviéndonos ahora, pues, a los jefes de Le Sillón, con la confianza de un padre que habla a sus hijos, les pedimos por su bien, por el de la Iglesia y de Francia, que os cedan su puesto. Nos medimos ciertamente la extensión del sacrificio que de ellos solicitamos, pero sabemos que son bastante generosos para realizarlo, y de antemano, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, de quien somos el representante indigno, les damos Nuestra bendición». Quiere que continúen trabajando, pero agrupados por diócesis y bajo la inspección de los obispos y que tomen el nombre de Sillon católico y sus miembros sillonistas católicos. Contra los que no se sometan y continúen en sus errores se procederá con prudencia, pero con firmeza. Los sacerdotes estarán totalmente apartados de los grupos disidentes; en cuanto a los grupos católicos, aunque los favorecerán y secundarán, no se agregarán a ellos.

Tales son las providencias prácticas con que hemos creído necesario sancionar esta Carta acerca de Le Sillon y de los sillonistas. Que el Señor se digne, como se lo rogamos del fondo del alma, hacer entender a esos hombres y a esos jóvenes las graves razones que la han dictado, que les dé docilidad de corazón con el valor de probar a la faz de la Iglesia la sinceridad de su fervor católico; y a vosotros, Venerables Hermanos, que Él os dé a sentir para con ellos, pues son en adelante vuestros, los afectos de un corazón verdaderamente paternal».

Los sillonistas se sometieron. La agrupación por diócesis desarticuló toda su fuerza, pero seguramente sería posible hallar en algunas zonas de los católicos franceses, todavía, algunas reminiscencias de las antiguas concepciones sillonistas.

Domingo Sanmartí Font

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El obispo Torras y Bages ante la encíclica «Pascendi»

//static.flickr.com/8242/8663101609_9daeafcc33_mDurante los primeros años del siglo XX, los más destacados adeptos al movimiento heterodoxo del modernismo teológico querían forzar, a través de sus escritos, la transformación de la Iglesia católica para adaptarla a los tiempos modernos, en un atrevido intento de racionalización de la fe cristiana, a base de introducir en los contenidos sobrenaturales de la revelación una metodología puramente racional y positivista. En Cataluña, situados de lleno en este contexto, la revista de los capuchinos Estudios Franciscanos, deseosa de colaborar en la lucha antimodernista, secundando las indicaciones de su fundador, el neoescolástico Miquel d’Esplugues, solía comentar en algunos de sus números la literatura antimodernista que se iba publicando en Europa. Por ejemplo, una vez publicada la encíclica Pascendi, en la que se condenó el modernismo, se reseñaba de esta manera, en Estudios Franciscanos la monografía que monseñor Cavallanti dedicó al modernismo teológico:

«Las palabras modernismo y modernistas tienen otra significación muy diferente, por cierto, de la que hemos apuntado. Con ella se quiere significar la perniciosa tendencia de aquellos que, sin razón alguna y contra todos los principios establecidos, quisieran dar un nuevo giro a las cuestiones religiosas. Modernismo e Modernisti es un libro de palpitante actualidad y que ha fluido de la pluma de aquellas palabras de san Agustín: combatir el error y amar al que yerra».

Situados en el mismo contexto, y durante el año 1910, en la solemne ocasión de los actos conmemorativos del centenario balmesiano, promovidos desde Vic por su obispo Josep Torras i Bages, se concedió un premio (otorgado por el cardenal capuchino Vives i Tutó) al trabajo teológico que, con textos de Jaime Balmes y de Juan Duns Scoto, consiguiese refutar los errores modernistas. El premio fue concedido al capuchino Francesc de Barbens, con notable fama de científico, a la vez que acérrimo enemigo de algunos inventos modernos, como el cine, en el que veía, proféticamente, un fermento de la perversión y de la inmoralidad que imperan en nuestros días.

Hay que destacar que a lo largo de su pontificado el obispo Torras i Bages mostró una gran preocupación ante las desviaciones doctrinales. Por esto, a raíz de la publicación, el 8 de septiembre de 1907, de la encíclica Pascendi del papa san Pío X, el obispo de Vic, con gran solicitud apostólica, publicó, el 29 de enero de 1908, una carta pastoral contra los peligros del modernismo teológico, en la cual el doctor Torras aportó unos precisos y sólidos comentarios a la doctrina pontificia en beneficio del pueblo fiel de la diócesis de Vic y por extensión de toda la Cristiandad de Cataluña.

A lo largo de esta instrucción pastoral, titulada La Vida, el obispo de Vic ponía de manifiesto la arrogancia y la soberbia de buena parte de los pensadores modernistas, a la vez que reivindicaba fervorosamente la sobrenaturalidad de la vida de la Iglesia, señalando que en el texto de la encíclica Pascendi se pone de relieve «la vanidad de un gran número de hombres modernos […] Los modernistas condenados por Pío X no pueden comprender estas cosas, estas influencias vitales e inmortalizadoras, porque son gente preocupada y sueñan que son dioses, les falta humildad. Buscan la vida en el desarrollo de sí mismos». De esta manera el obispo de Vic se esforzaba por ayudar a sus diocesanos a saber discernir correctamente y, a la vez, «a tener un verdadero concepto de la vida», recordándoles que, a propósito del misterio de la sobrenaturalidad, «los cristianos tenemos nuestros misterios; como los modernistas, que niegan la creencia en los dogmas de la fe católica, tienen también sus misterios. Pero nuestros misterios son misterios de vida, los suyos son misterios de nada, fantasías de literatos que toman la vida como un tema que sirve para urdir bellas teorías y escribir páginas elocuentes. No saben hallar la fuente de la vida». Y, tal como hace habitualmente en sus escritos, el prelado pasa a afrontar la crisis modernista en perspectiva sobrenatural y escribe que: «La herejía hace brillar más la verdad de la revelación cristiana. Es cierto que el hereje es también un instrumento de Dios, un medio involuntario que inconscientemente contribuye a la acción divina en la humanidad».

No resultó nada extraño que en el funeral celebrado en la catedral de Barcelona, el 17 de noviembre de 1913, en sufragio del cardenal Vives i Tutó, que tan intensamente había luchado contra el modernismo teológico desde una honda comunión de ideales con el papa san Pío X, predicara, a petición de los capuchinos de Cataluña, el doctor Josep Torras i Bages, el cual, con admiración y gratitud, afirmó durante la oración fúnebre que el cardenal capuchino de Llavaneres le recordaba muchísimo la figura de san Jerónimo por su gran humildad, inteligencia y austeridad de vida, un talante y comportamiento totalmente inversos a la tozuda arrogancia y vanidad de algunos modernistas, que el obispo de Vic había censurado contundentemente a lo largo del texto de la instrucción pastoral La Vida, uno de los mejores comentarios publicados en Cataluña sobre la encíclica Pascendi.

El obispo Torras i Bages en la visita efectuada a Roma el año 1906 (en ocasión de la beatificación del mártir dominico Pere Almató) había captado la fuerte preocupación de la Santa Sede por el modernismo teológico, especialmente a partir de las conversaciones que mantuvo con el cardenal Vives i Tutó quien, sobre todo a partir de la publicación de la encíclica Pascendi, sería, juntamente con el cardenal De Lai y el cardenal Merry del Val, uno de los principales debeladores del modernismo teológico, y uno de sus principales adversarios. El doctor Serra Esturí, que acompañó a Torras i Bages en el viaje a Roma de 1906, atestigua las largas conversaciones de Torras i Bages con el cardenal capuchino, y el interés de ambos en la lucha antimodernista, en comunión con el gran papa san Pío X.

El modernismo religioso

//static.flickr.com/8240/8663114563_37b1e410ec_m«Ciertamente, no se apartará de la verdad quien los tenga como los más perniciosos adversarios de la Iglesia» (Enc. Pascendi).

El espectáculo de un jefe autocrático que se ve obligado, en un momento dado, no sólo a prescindir, sino a enjuiciar y a sancionar gravemente a sus más íntimos colaboradores, es altamente dramático.

¡Qué emociones debían embargar, por ejemplo, a Mussolini cuando se vio traicionado incluso por su yerno! Si la memoria de Julio César pasó en aquel momento por su mente, tan propensa de seguro a estas analogías, el «Tu quoque, fili mi!» debía, naturalmente, presentársele.

¿Quién no compartió un poco estas emociones? ¿Quién no había sentido otra parecida en 1938, cuando Stalin mandó fusilar a casi todos los miembros de su vieja guardia? El 30 de junio de 1934 (Hitler).

Me imagino, en momentos semejantes, a un jefe de Prensa anunciando con un rostro muy serio, muy pálido, muy impasible, la noticia de la traición sofocada a los periodistas encargados de transmitir al país: «La Patria se ha librado hoy de un grave peligro».

* * *

Esta misma mezcla de sentimientos encontrados: congoja, escalofrío, aturdimiento y cólera se experimenta al ver a Pío X, el gran Pontífice de principios de siglo, ejecutar un acto semejante con la publicación de la Encíclica Pascendi, que nunca más le han perdonado sus enemigos.

Toda ella, en efecto, no hace más que sugerir un grito: «La Iglesia se ha librado hoy de un grave peligro».

Una traición perversa, en efecto, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia se esforzaba por aniquilar las energías vitales de la Iglesia. Y la infiltración era tan extensa, que bien podría decirse, adaptando una frase escrita a propósito de la herejía de Arrio: «El mundo católico despertó, y se encontró, aterrado, que era modernista».

Y el Papa sale al paso a tanto mal. Energía en la réplica, emoción contenida en el tono, ausencia absoluta de sensiblería ante el peligro que amenazaba al rebaño de Cristo.

«Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilaciones el silencio, es la circunstancia de que al presente no es menester ya ir a buscar a los fabricadores de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y esto es precisamente objeto de grandísima ansiedad y angustia, en el seno mismo y dentro del corazón de la Iglesia…»

Y fulmina:

«Cualesquiera Rectores o Maestros de los Seminarios o Universidades Católicas que de algún modo estuviesen imbuidos de modernismo sean apartados de su cargo, así de regir como de enseñar, sin miramiento de ninguna clase…, así como los que encubierta o descubiertamente favorecen al modernismo alabando a los modernistas o excusando su culpa…, asimismo los amigos de novedades en Historia, en Arqueología o en los estudios bíblicos…»

Con semejante severidad y vigilancia han de ser examinados y elegidos los que piden las órdenes sagradas; ¡lejos, lejos vaya de las órdenes sagradas el amor de las novedades!

Es asimismo deber de los Obispos cuidar que los escritos de los modernistas (o que saben a modernismo o lo promueven) si han sido publicados no sean leídos, y si no lo hubieran sido, no se publiquen… Ni hay que formar otro juicio de los escritos de algunos católicos, hombres por lo demás no de mala intención que, ignorantes de la ciencia teológica y empapados en la filosofía moderna se esfuerzan por concordar ésta con la fe, pretendiendo, como dicen, promover la fe por este camino…

De semejantes escritos ha crecido tanto su número que no hay fuerza capaz de catalogarlos a todos…»

¿Queréis algo más? Leed:

«Los Obispos no permitirán en lo sucesivo que se celebren Asambleas de Sacerdotes sino rarísima vez, y si las permitieren, sea bajo la condición de que no se trate en ellas de cosas tocantes a los Obispos o a la Sede Apostólica;… y que no se hable en ninguna manera de cosa alguna que tenga sabor de modernismo, presbiterianismo o laicismo…»

Modernismo en los libros, modernismo en las cátedras, modernismo entre el clero, modernismo entre la juventud… Ciertamente, la lectura de la Encíclica Pascendi provoca inmediatamente este comentario espontáneo: «La Iglesia se ha librado hoy de un grave peligro».

«¡El Papa estaba mal informado!»

Este es el santo y seña de todo heresiarca, desde que el jansenismo inauguró la sorprendente táctica de obstinarse en pertenecer a la Iglesia.

Para evitar esta evasiva, Pío X dedica páginas extensas a exponer, con el mayor detalle, la doctrina modernista.

«En toda esta exposición de la doctrina de los modernistas, venerables hermanos, pensará por ventura alguno que nos hemos detenido demasiado; pero era todo punto necesario, ya para que no nos recusaran, como suelen, diciendo que ignoramos su doctrina; ya para que sea manifiesto que, cuando hablamos del modernismo, no tratamos de doctrinas vagas y sin ningún vínculo de unión entre sí, sino de un cuerpo definido y compacto, en el cual, si se admite una cosa de él, siguen las demás por necesaria consecuencia».

El modernismo es, pues, una escuela -o, si se prefiere, un espíritu- bien sistematizada. ¿Cuáles son los postulados en que se funda?

El principal -exponente común de la filosofía post-kantiana- es el agnosticismo. Podría resumirse éste diciendo: que el conocimiento intelectual humano, no sólo tiene su punto de partida en el mundo de las impresiones sensibles -o como dicen, en el mundo fenomenal-, sino que no puede rebasarlo. Todo conocimiento científico, racional, de Dios le está, pues, vedado.

Sin embargo, la fe existe como un hecho. ¿De qué manera se puede explicar? Un segundo postulado entra entonces en juego, el de la inmanencia vital, que explica la religión como una serie de teoremas basados en los actos vitales subjetivos del hombre, y en especial en el sentimiento religioso.

«En el sentimiento religioso se descubre una cierta intuición del corazón, merced a la cual, y sin necesidad de medio alguno, alcanza el hombre la realidad de Dios y tal persuasión de su existencia dentro y fuera del ser humano, que traspasa con mucho toda persuasión científica».

Sería imposible, ahora, seguir al modernista en todos los campos. Pues es de saber que «cada modernista representa a la vez variedad de personajes, y los como mezcla entre sí: es filósofo, creyente, teólogo, historiador, crítico, apologista, restaurador…»

El Papa les va siguiendo en todos estos recodos, pues «la táctica de los modernistas, táctica, a la verdad, insidiosísima, consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes».

Este proceder da a su conducta y a sus obras un aspecto desorientador:

«…muchos de sus escritos y dichos, en efecto, parecen contrarios… De aquí que tropecemos en sus libros con cosas que los católicos aprueban completamente; mientras que en la siguiente página hay otras que se dirían dictadas por un racionalista.

De aquí que cuando escriban de Historia no hagan mención de la Divinidad de Jesucristo; pero predicando en los templos lo confiesan firmísimamente».

No es necesario decir más para hacer apreciar cuán peligrosa es esta táctica.

Jesucristo y la Iglesia: idealización y evolución

Unas palabras finales para indicar de qué manera, como diría el papa, «aplican el hacha a las raíces mismas de la fe».

Las ironías de Voltaire o de los racionalistas quedan bien pobres, bien inofensivas, ante la evidente penetración psicológica que revelan los modernistas en su crítica histórica.

Han observado, en efecto, un hecho que se da en todas las literaturas: la idealización de sus héroes. Y aplican esta teoría a Jesucristo.

Han considerado a la Iglesia como fruto de la necesidad de comunicar a otros nuestro sentimiento religioso: la autoridad no puede, por lo mismo imponer órdenes a este sentimiento.

Han definido a la Religión como un hecho «vital»; su característica será, por lo tanto, una perpetua evolución y progreso.

(¿Qué diría a esto el historiador de las Variaciones del Protestantismo?)

Todo ello presidido por un supuesto inalterable: que lo sobrenatural no puede darse como hecho histórico, puesto que no es otra cosa que lo incognoscible. Jesucristo, pues, no puede ser para un historiador más que un moralista, como lo han sido -¿quién no ha visto insinuada esta comparación?- Sócrates, verbigracia, o Sakia-Muni.

Ved un ejemplo de las razones, ora decididas, ora insinuantes, con que apoyan su labor disolvente, en un texto de Loisy:

«Hay un cierto número de conclusiones que la crítica no católica no abandonará ya, porque hay razones poderosas que llevan a considerarlas como definitivamente adquiridas por la Ciencia. Tales son, entre otras, las siguientes:

El Pentateuco, en la forma que ha llegado hasta nosotros, no puede ser obra de Moisés.

Los primeros capítulos del Génesis no contienen una historia real y exacta de los orígenes de la humanidad.

No todos los libros del Antiguo Testamento, ni las diversas partes de un mismo libro, tienen siempre el mismo carácter histórico.

Todos los libros históricos de la Escritura, incluso los del Nuevo Testamento, han sido redactados por procedimientos más libres que los de la historiografía moderna, y por lo tanto, una cierta libertad de interpretación es consecuencia legítima de la que reina en su composición».

¿Quién no se encontraría inclinado a admitir este último párrafo, por ejemplo, si no le hubiera alarmado un poco el vecindaje de los que le preceden? ¿No parece su conclusión muy razonable, muy natural?

Añadid a esto que los modernistas se distinguían externamente, por llevar una vida muy piadosa; que nadie impugnaba tanto el racionalismo como ellos. Así, cuando Harnack publica, en mayo de 1900, su obra La esencia del Cristianismo, Loisy se siente «avergonzado» por la Iglesia, y, presentándose como su campeón, se dispone a recoger el guante que el racionalista alemán había lanzado…

* * *

«La Iglesia se ha librado hoy de un grave peligro».

Ya lo había señalado León XIII; pero Pío X es el encargado de darle la batalla definitiva.

Esta se traba, principalmente, por medio de dos documentos: el llamado «Sílabo de Pío X» (Decreto Lamentabili) y la Encíclica Pascendi, junto con el llamado «juramento antimodernista».

Hace de ello casi cuarenta años… ¿Puede decirse que se trata de un problema ya histórico, o siguen flotando en el aire tendencias modernistas?

Séanos permitido contestar con un texto célebre de la filosofía medieval: «altíssimum enim negotium est huiusmodi, et maioris egens inquisitionis…» Es éste un asunto muy grave y que necesita de mayor estudio.

Jaime Bofill i Bofill

Talis decet partus Deum

Veni Redemptor gentium,
Ostende partum Virginis,
Miretur omne saeculum,
Talis decet partus Deum.

annunEn el examen, por el Papa Celestino I y un concilio tenido en Roma en el año 430, sobre la enseñanza del Patriarca de Constantinopla Nestorio, que se negaba a reconocer a María el título de Madre de Dios, se citó en apoyo de la Tradición recibida en la Iglesia, las palabras de un himno compuesto por San Ambrosio: «Ven Redentor de las gentes, manifiesta el parto de la Virgen. Admírense todos los siglos, pues tal es el parto que conviene a Dios».

Celestino I, en las cartas dirigidas aquel año 430 a Nestorio, al clero de Constantinopla, al Patriarca Juan de Antioquia, y a San Cirilo de Alejandría, se apoya en este argumento para rechazar como herética la negación de la Maternidad divina. En aquellas cartas no emplea la expresión Madre de Dios, sino que insiste en que el fruto que nace del parto virginal es Dios. Dios dispuso el parto congruente a su venida al mundo hecho hombre para redimimos.

La concepción virginal de Cristo y la virginidad de María al concebir y dar a luz a Dios hecho hombre, en modo alguno se discutían en aquella polémica. Por el contrario la virginidad del parto de María se proclama como un título inseparable del hecho de que naciera Dios mismo. Es decir, el Papa Celestino I y el concilio romano de 430 se apoyan en la virginidad de María para probar la divina maternidad.

La virginidad de María -que el Papa Paulo IV en 1555 enumera entre «los fundamentos mismos de la fe» pertenece de tal modo a la fe de la Iglesia, y es de tal manera propuesta por su Magisterio y creída por los fieles como perteneciente al Misterio revelado, que ha de ser considerada como situada entre «las verdades principales que por su misma evidencia no son puestas en litigio, y por tanto no provocan definiciones del Magisterio solemne» (Cf. Bartolomé M. a Xiberta, D. C. EL YO DE JESUCRISTO, p. 110).

Desde la antigüedad cristiana hasta hoy la negación de la concepción virginal de Cristo se ha dado en ambientes que más que «heréticos» habría que considerar simplemente no cristianos.

Algunos Santos Padres distinguían con frecuencia entre «herejes» y «judíos», es decir, aquellos que pretendían de algún modo reconocer la mesianidad de Jesús, pero le consideraban como un mero hombre, con lo que desconocían también por completo el sentido de la salvación por la gracia de Dios recibida por el Sacrificio Redentor de Cristo.

En nuestros días, los sedicentes cristianos que en el mundo protestante son conocidos como «liberales» y en el mundo católico prolongan el «modernismo» que condenó San Pío X, deberían ser considerados, como lo han afirmado expresamente teólogos protestantes que mantienen la fe tradicional en el nacimiento virginal del Señor, como pertenecientes a «Otra religión»: una «religión» humanística, desconocedora de lo milagroso y preternatural, en razón de su rechazo de la sobrenaturalidad de la economía redentora y divinizante que nos ha venido por Jesucristo.

Una pseudo-religión que ha venido a ser ciega para la sobrenaturalidad del mensaje evangélico, por haberse cerrado previamente, en el orden filosófico, a la afirmación de la trascendencia y de la personalidad de Dios, del que se desconoce así su libertad en la creación y en la elevación del hombre, y su señorío y providencia sobre el mundo creado.

También en este punto la presencia de María, Madre de Dios, es garantía y antídoto contra todos los errores «heréticos» o «humanísticos».

En cuanto a los que profesan ser teólogos o escrituristas y que, en nombre de malentendidas y desorientadas «hermenéuticas», quieren entender como míticos o legendarios los hechos de la virginidad «biológica» de María o también de la Resurrección «física» o corporal de Jesucristo, hay que reconocer que ellos «salieron de entre nosotros pero no eran de los nuestros», para decirlo con la expresión del Apóstol Juan.

Parecen pertenecer a la Iglesia visible pero pertenecen en verdad a una «iglesia aparente», la que denunciaba con fortaleza y clarividencia en su encíclica Pascendi el Santo Pontífice Pío X.

Francisco Canals

La condenación del modernismo por san Pío X

Se cumple este año el centenario de la subida al solio pontificio del Papa San Pío X, el Papa sencillo, de humilde origen, de escasa relevancia intelectual o diplomática, pero profundamente enamorado de Cristo y de su Iglesia. Sustituyó al «sabio» -y en tantos sentidos verdaderamente grande- León XIII, pero su labor eclesial supera incluso la de su predecesor. Basta leer el elogio que hizo de él Su Santidad Pío XII al beatificarlo. Bastaría también recordar que es por ahora el único Papa declarado santo desde los tiempos de San Pío V en el ya lejano siglo XVI. Nos detendremos aquí solamente en una sucinta memoria de uno de sus documentos más clarividentes, la larga y elaborada encíclica Pascendi dominici gregis.

El 3 de julio del año 1907, en el quinto año de su pontificado, publicó Pío X a través de la Sagrada Congregación del Santo Oficio el decreto llamado Lamentabili, que contenía una lista de sesenta y cinco errores de lo que se daba en llamar «modernismo». El 8 de septiembre siguiente daba a la luz la encíclica Pascendi, que contenía no sólo la condenación sino toda la explicación y el desarrollo del mismo modernismo a partir de su núcleo originario y en todas sus consecuencias. Nunca antes una encíclica había explicado un error con tal detalle. Siempre la herejía ha fingido no ser conocida por el magisterio que la condenaba, pero este conocimiento tan explícito del modernismo por parte del documento pontificio exasperó aún más a los fautores de aquel inmenso error.

La encíclica, en efecto, constituye un documento casi inédito en las enseñanzas pontificias de todos los tiempos en las enseñanzas pontificias de todos los tiempos, por cuanto contiene una explicación global y completa del sistema -porque se trata, en verdad, de un sistema- cuya caracterización, con el ambiguo y accidental nombre de modernismo, constituía en el seno de la Iglesia católica el papel que en la pura filosofía había desempeñado el idealismo del que surge. En palabras de la encíclica, «del consorcio de la falsa filosofía con la fe ha nacido el sistema modernista» (núm. 42). Tal sistema no podía ser condenado sin ser explicado, por cuanto no se hubiera entendido su núcleo filosófico, su intención fuertemente racionalista, y su inmersión total y absoluta en el seno de los dogmas y de la totalidad de los elementos que constituyen la religión, convirtiéndose, además, en una corriente que todo lo atravesaba hasta convertirse en el mismo ateísmo.

Hacía más difícil la denuncia del error modernista el hecho de que había que explicar algo cuya naturaleza misma es la «evolución» de lo que pretende explicar. En efecto, el modernismo sostiene como tesis fundamental de su sistema que, siendo la religión algo en constante e imparable evolución, la explicación de la misma ha de consistir en una constante evolución. De ahí que el modernismo no se deje fijar en determinadas proposiciones.

//static.flickr.com/8246/8664210672_d403592872_mEs así que la explicación pontificia de la naturaleza del modernismo se hace en la encíclica de forma a la vez analítica y sintética, mostrando todas las fases del desarrollo y poniendo de relieve sus diversas conclusiones en los distintos ámbitos de la religión. Por la explicación del documento pontificio pasan el modernista filósofo, el modernista creyente, el modernista teólogo, incluso el modernista apologista, el modernista historiador, el modernista crítico y, sobre todo, el modernista reformador de la Iglesia, sin olvidar las consecuencias sociales del modernismo, que no son otras que el liberalismo más craso. En efecto, como leemos a este respecto en la encíclica, «no le satisface a la escuela de los modernistas que el Estado esté separado de la Iglesia… en los negocios temporales la Iglesia debe someterse al Estado» (núm. 24). Lo segundo se deriva necesariamente de lo primero y por ello en todos los asuntos humanos -matrimonio, familia, educación, vida social, etc.- será únicamente el Estado quien dicte las leyes y las normas de conducta. Una de las notas que caracterizan al modernismo son los constantes y mutuos elogios que se prodigan la sociedad laica y los modernistas.

Hace la encíclica especial mención de una cuestión esencial: el modernismo, por la índole misma de su gestación y de su autoalimentación, anida principalmente en los lugares de estudio, es decir, en los seminarios y universidades católicas. Nada menos que en los lugares donde se han de formar los futuros sacerdotes y los clérigos más influyentes. Leemos en la encíclica: «En los seminarios y universidades andan a la caza de las cátedras, que convierten poco a poco en cátedras de pestilencia. Aunque sea veladamente inculcan sus doctrinas predicándolas en los púlpitos de las iglesias; con mayor claridad las publican en sus reuniones y las introducen y realzan en las instituciones sociales» (núm. 44). Esta presencia en los estudios y esta táctica de gradualidad en las manifestaciones modernistas convertían el modernismo en una herejía de una influencia y de una universalidad desconocida hasta entonces en la Iglesia.

La encíclica no sólo explica y condena sino que advierte y, como hace el buen pastor -cuyo oficio se recuerda en las primeras palabras de la encíclica- pretende evitar que los católicos de buena fe se dejen enredar por un sistema que ya había hecho estragos en el seno de la comunidad protestante y que aspiraba a hacer lo mismo con el catolicismo, según la última de las proposiciones condenadas en el mencionado decreto: «El catolicismo actual no puede conciliarse con la verdadera ciencia, si no se transforma en un cristianismo no dogmático, es decir, en protestantismo amplio y liberal».

Tal documento no se entiende plenamente si no se atiende al punto de vista que le anima, que no es otro que la necesidad de sostener en todos los campos de la religión la primacía de lo sobrenatural. En efecto, siendo el modernismo, a la vez la «explicación» racional del «fenómeno» religioso, consistente todo él en un sentimiento humano de alienación respecto a lo absoluto, y desplegándose, por tanto, en una continua elaboración y a la vez rectificación de las fórmulas religiosas, la única manera efectiva de luchar contra su multiforme manifestación es la de sostener firmemente la supremacía de la revelación divina sobre la naturaleza humana. La naturaleza del hombre es la condición de dicha revelación, el necesario sujeto pasivo de la misma, pero su fundamento positivo es la revelación que trasciende toda filosofía, como enseñaba reiterada e incansablemente san Pablo y preconiza el Evangelio en sus relatos de cada discusión de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, frente a los fariseos ufanos de poseer la Ley y los Profetas como adquisición propia. Para los fariseos, como para los modernistas, la piedra de toque era la negación de la divinidad de Jesús. Como aquellos interlocutores de Jesús que hicieron suya la religión, los modernistas afirman lo que se contiene en la proposición 27 del decreto Lamentabili: «La divinidad de Jesucristo no se prueba por los Evangelios, sino que es un dogma que la conciencia cristiana derivó de la noción de Mesías».

La tarea de publicar esta memorable e inmortal encíclica sólo podía salir de aquel Papa en verdad manso y humilde, del todo entregado a su oficio de Pastor supremo de la Iglesia, que no ponía su esperanza más que en Dios y que sabía que frente a la malicia del error no cabe más que la afirmación de la verdad más clara. Cualquier concesión hubiera dado al modernista más ánimos.

El modernismo parte del supuesto de que la religión no tiene otro fundamento que el sentimiento religioso y de ahí que considere la Escritura como mero testimonio de una cierta conciencia social de tal sentimiento. Pero tal conciencia no queda bien reflejada en las formulaciones dogmáticas; por ello el modernismo estuvo -y está- especialmente presente en el campo bíblico, donde rige, como norma habitual, la proposición condenada en el número 61 del citado decreto Lamentabili: «Se puede decir sin paradoja que ningún capítulo de la Escritura desde el primero del Génesis hasta el último del Apocalipsis, contiene doctrina totalmente idéntica a la que enseña la Iglesia sobre el mismo punto y, por ende, ningún capítulo de la Escritura tiene el mismo sentido para el crítico que para el teólogo». Según la doctrina modernista, la Iglesia ha formulado a lo largo de los siglos dogmas que no expresan ya la verdadera «vivencia» religiosa y han de ser rectificados y reconducida su interpretación por el crítico. Es tarea esencial del modernista hacer que la crítica bíblica sea la norma de la interpretación de las fórmulas de la teología dogmática, cuyo contenido debe cambiar sustancialmente, aun cuando no pueda cambiarse su formulación -básicamente, porque la autoridad infalible de la Iglesia no lo permitiría y, por otra parte, porque dicho cambio dejaría al modernista al descubierto ante el pueblo fiel, que sigue creyendo en las fórmulas dogmáticas y su natural sentido.

Sería muy ciego no reconocer hoy el gran mal que evitó la encíclica Pascendi, al denunciar y condenar sin paliativos el modernismo, su contenido, sus intenciones y su táctica. Sería -o quizá simplemente, es- muy injusto no agradecer a San Pío X el conjunto verdaderamente exhaustivo de disposiciones que se contienen al final de la misma encíclica a fin de evitar la propagación de un error que la propia encíclica calificó de «suma de todas las herejías». El modernismo, después de San Pío X, no puede presentarse abiertamente en la Iglesia.

El silencio acerca de estos reconocimientos y el generalizado silencio hacia San Pío X no pueden interpretarse más que como manifestación taimada de simpatías por el modernismo. Es evidente que, a pesar de San Pío X, -y sería ingenuo el desconocerlo-, el modernismo ha llegado a ser la herejía hoy más presente en la Iglesia en su multiforme manifestación, según aquellas palabras de Pablo VI en su habitual estilo interrogativo «¿no es el progresismo actual lo mismo que el modernismo?».

Toda verdadera y profunda regeneración en la Iglesia pasa necesariamente por el recuerdo positivo de la doctrina manifestada en el decreto Lamentabili y la encíclica Pascendi y por la aplicación de aquellas disposiciones que el Santo Papa promulgó.

José María Petit

A los cien años de la encíclica «Pascendi»

st_pius_x_armsEl año 1907 el papa san Pío X publicó la encíclica Pascendi dominici gregis, condenando la doctrina modernista. Esta carta constituye un acto magisterial único en su especie pues el Pontífice no sólo condena un error sino que, detalladamente y desde sus raíces más profundas se dedica a exponer la doctrina que condena. En efecto, las doctrinas modernistas no habían sido presentadas por sus autores como un sistema orgánico sino que se enseñaban sin aparente unidad abarcando campos y tendencias diversas. Sin embargo, en la encíclica el Pontífice muestra cómo aquella aparente diversidad responde a una raíz común que encierra grave peligro para la fe católica. Por la naturaleza y profundidad del documento bien pudo decir el historiador jesuita Ludwig Hertling que la encíclica Pascendi «es una obra maestra en su género, digna de ocupar un puesto al lado del Tomus ad Flavianum de León el Grande y del decreto tridentino sobre la justificación» (L. Hertling, Historia de la Iglesia, Herder, Barcelona 1984.); Gonzalo Redondo, por su parte, señala que la Pascendi es «un documento capital para el entendimiento de la vida de la Iglesia en el mundo contemporáneo» (G. Redondo, La Iglesia en el mundo contemporáneo, Eunsa, Pamplona, 1979, vol II, pg 123.). También se tiene noticia de la sorpresa que causó entre los mismos modernistas el conocimiento que el Pontífice mostró tener de la doctrina que condenaba. El hecho sorprendente de que en el último tiempo no sea frecuente ninguna referencia a este documento no parece ser motivo suficiente para no ponderar con atención las razones presentadas por Pío X en su análisis de la corriente que vino a definir como «compendio de todas las herejías». Aunque situado en un determinado momento histórico, la atención reflexiva sobre aquella encíclica puede iluminar el fondo común a no pocas aventuras teológicas que no guardan fidelidad al supremo magisterio de la Iglesia.

Origen de la crisis modernista

Para encontrar la raíz de la crisis modernista hay que atender al predominio del racionalismo y del idealismo en la cultura europea durante el siglo XIX. Es conocido cómo el influjo de estas corrientes afectó de manera particular al mundo protestante dando lugar a una forma de teología que, dependiendo muy estrechamente de aquellas corrientes filosóficas, negó la divinidad de Cristo, la institución por Cristo de la Iglesia y los Sacramentos, la inerrancia de las Sagradas Escrituras, etc. Estas ideas del protestantismo liberal si bien originariamente toman cuerpo en Alemania son rápidamente introducidas en el resto del mundo católico. De esta manera lo que el protestantismo liberal fue en Alemania es el modernismo en el mundo católico (Un estudio interesante sobre el modernismo es la obra de Ramón García de Haro, Historia teológica del modernismo, Eunsa 1972. Este libro, así como el análisis que hace en la Enciclopedia GER bajo la voz «Modernismo; teología», ha servido de apoyo para algunos puntos capitales de nuestro trabajo.).

Podemos situar los orígenes de la crisis modernista a partir del último cuarto del siglo XIX con algunos nombres como Duschene, Loisy, Hébert, Von Hügel, Houtin, Tyrrell, Turmel, Le Roy etc. , dedicados unos a la revisión de la historia de la Iglesia, otros a la apologética o a la filosofía, y con el propósito común de elevar la cultura eclesiástica por medio de las ciencias profanas para dialogar con la mentalidad de la época. Debe advertirse que quienes se adhirieron al modernismo siguieron después de la condena del Pontífice caminos muy diversos y que no se puede dudar de una sincera intención apologética y de amor a la Iglesia en alguno de ellos («En un movimiento tan complejo como el modernismo -nuevo rebrote gnóstico; nuevo intento de racionalizar la fe cristiana, de adaptarla a la mentalidad del hombre moderno, «purificando» el contenido de la Revelación mediante los métodos racional-positivista- es comprensible que convivan personalidades de muy distinta índole: desde aquéllas que se integran más o menos a él sin percibir todo lo que supone, hasta las que conscientemente lo impulsan por entender que los planteamientos últimos de la Iglesia precisan un cambio -en razón del mismo cambio de los tiempos-, y es la concepción modernista la llamada a realizarlo». G. Redondo, La Iglesia en el mundo contemporáneo, pg 120.); sin embargo conviene advertir también que el Pontífice nunca identificó ingenuamente al modernista con quien asume elementos de las ciencias naturales para los estudios eclesiásticos, sino que lo toma siempre en el sentido formal de quien ha hecho suyos los principios de la filosofía inmanentista. Entre aquellos hombres la figura más destacada y que gozaba de mayor prestigio era, sin lugar a dudas, Alfred Loisy, quien se dedicaba preferentemente de la exégesis bíblica. Fue una obra de este autor, L´Évangile et l´Eglise la que sirvió de catalizador para que detonara la crisis.

Ahora bien, para entender en qué consistió aquella crisis y cómo se origina debe tenerse presente que, desde el punto de vista psicológico (Este sentimiento psicológico respondía -como se intentará mostrar- a un debilitamiento intrínseco de la fe que en virtud de un resentimiento transformó a aquellos hombres en incansables trabajadores para transformar la Iglesia a imagen del mundo olvidando la intrínseca llamada a configurar desde la Iglesia el mundo según Dios.), había un sentimiento de inferioridad en muchos católicos ante el desarrollo del pensamiento moderno. «El modernismo es una apertura, un intento de diálogo con el mundo contemporáneo, pero dominado por un sentimiento de inferioridad, consecuencia lógica de sus componentes: se parte de una sensibilidad para los problemas y tensiones que el pensamiento moderno plantea a la fe; a la vez, se aprecia la importancia de los medios y adquisiciones del hombre, sus aportaciones y descubrimientos, etc. ; pero no se valora lo que se posee: lo que se es capaz de dar, la superioridad del don sobrenatural sobre cualquier conquista humana; más aún, su poder de potenciarlas y juzgarlas» (Ramón García de Haro, Historia teológica del modernismo, pg. 111-112.). Las raíces de aquel sentimiento se pueden remontar al impacto producido por las Críticas de Kant (La doctrina modernista no se puede reducir únicamente al agnosticismo kantiano. Además de éste se debe reconocer la influencia del sentimentalismo religioso de Schleiermacher y del evolucionismo histórico moderno.) en el pensamiento cristiano, que si por una parte parece invalidar la posibilidad de la metafísica por otra pretende dar fundamento seguro a las otras ciencias. Este impacto hace dudar, por una parte, de la filosofía tradicional, y por otra aficiona a los espíritus a un cultivo cada vez más amplio de las ciencias profanas. El Pontífice, como ya hemos señalado, nunca pondrá el acento en la legitimidad y oportunidad del cultivo de las ciencias profanas, sino en la subordinación de la fe y del orden sobrenatural a las mismas («Lo seguro, lo siempre válido es la ciencia: la doctrina católica, en definitiva, no goza de la seguridad que sólo aquella puede tener en el rigor de sus afirmaciones: todo debe rendirse ante la certeza de la ciencia» (Ramón García de Haro, Historia teológica del modernismo, pg. 82).). «Esta amplia gama de vidas y hombres, tan distintos entre sí, algunos de los cuales abandonaron y otros conservaron su fe, tenían, sin embargo, un proyecto en común: poner de acuerdo la fe con el «pensamiento moderno». Un proyecto que implicaba -ha dicho Buonaiutti- «una actitud del alma» y que les llevó a formar, a pesar de que a veces se encontraron sólo en relaciones epistolares, «un pequeño mundo tremendamente compacto». García de Haro llega a hablar de una «necesidad vitalmente sentida» de presentar el cristianismo de modo que pueda responder a las objeciones del mundo moderno (Cf. ibid, pg. 41). Sin embargo, si esa necesidad deriva en la doctrina modernista esto sucede por el carácter de una filosofía que no es capaz de dar razón de cómo cualquier adquisición de la ciencia humana, si verdaderamente es tal, no puede contradecir la verdad de fe.

Es fácil comprender, entonces, que las publicaciones de aquellos autores despertaran interés y entusiasmo en los espíritus que esperaban un avance de la teología. Sin embargo la publicación de L’Évangile et l´Eglise (1902) presentaba aspectos que se apartaban radicalmente de la doctrina católica; inmediatamente a la publicación de la obra otros autores se hicieron partidarios de Loisy y éste, en vez de atenuar su posición insistió en ella en Autour d´un petit livre (1903). «Más significativa, aún, es la acogida inicial -pese a sus abundantes afirmaciones, donde tantos valores íntimos de la Revelación quedan en entredicho- que obtienen Loisy y, en general, los autores modernistas en los medios eclesiásticos: sus escritos suelen despertar gran entusiasmo; se entrevé en ellos el ansiado camino abierto a un diálogo con el mundo moderno: sus más audaces negaciones se consideran como prueba de que ha acertado con el signo de los tiempos». Llama la atención que en el decreto Lamentabili (3 de julio de 1907) se hable de un «gran número» de escritores católicos adheridos a las doctrinas modernistas cuando era una polémica que prácticamente pasaba desapercibida entre la mayoría del pueblo cristiano; igualmente la Pascendi habla de un «gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología» (Pascendi, n. 1). Conviene sin embargo advertir, como señala Petit que «el modernismo, por la índole misma de su gestación y su alimentación, anida principalmente en los lugares de estudio, es decir, en los seminarios y universidades católicas» (J. M. ª Petit, Cristiandad, n 868-869, pag, 4-5). Es decir, introducida la doctrina modernista en aquellos lugares tendría una eficacia que ninguna herejía había alcanzado hasta aquel momento; fue así providencial la intervención de san Pío X. Con posterioridad al decreto Lamentabili, y creemos que en un esfuerzo por identificar la doctrina modernista en su raíz, el Pontífice publicó la encíclica Pascendi; ahora no se trata sólo de enumerar errores (en parte los modernistas no se sentían identificados con las proposiciones condenadas) sino de presentar una respuesta adecuada a la táctica modernista: «Y como una táctica de los modernistas (así se les llama vulgarmente, y con mucha razón), táctica, a la verdad, la más insidiosa, consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes; ante todo, importa presentar en este lugar esas mismas doctrinas en un conjunto, y hacer ver el enlace lógico que las une entre sí, reservándonos indicar después las causas de los errores y prescribir los remedios más adecuados para cortar el mal» (Pascendi, n. 3).

Merece la pena advertir que la decidida intervención de san Pío X consiguió el fruto deseado. A partir de aquel momento, los verdaderos modernistas empezaron a abandonar la Iglesia católica sin esperanza alguna de poder reformarla «desde dentro» según su criterio para adecuarla al mundo moderno. No debe olvidarse que algunos de ellos «durante años practican -ejemplarmente en apariencia- una fe con la que han roto de modo más radical en su corazón – así lo confesarán más tarde-, a cuya destrucción consagran todas sus energías» (Ramón García de Haro, Enciclopedia GER, voz modernismo; teología.).

La clave de la actitud modernista

Antes de analizar algunas de las principales tesis de los modernistas merece la pena desgranar lo que consideramos un doble aspecto en la actitud modernista con evidentes relaciones con el pensamiento de Kant. Escribe Loisy en su diario: «La Iglesia se ha de exterminar como el gran enemigo del progreso humano, si no es susceptible de enmienda» (Citado por Ramón García de Haro, Historia teológica del modernismo, pg. 92.); esta sencilla afirmación de Loisy muestra aquella doble actitud de la que vive el modernista.

El progreso del género humano es un hecho; se impone a la evidencia. La idea racionalista del progreso interroga a la Iglesia. Este progreso necesario del género humano exige una actitud en la Iglesia y esta no puede ser otra que adaptarse al pensamiento moderno. La Iglesia no es ya la Maestra que juzga de las distintas corrientes filosóficas a la luz de la Revelación divina, sino que su doctrina debe ser juzgada a la luz de la filosofía moderna. El pontífice señalará sobre este aspecto: «Amalgamando en sus personas al racionalista y al católico, lo hacen con habilidad tan refinada, que fácilmente sorprenden a los incautos» (Pascendi, n. 2.). El modernista aparece en muchas ocasiones preocupado de salvar al verdadero cristianismo, pero éste no puede sostenerse sin doblar la cerviz ante la filosofía racionalista. Por eso, y aquí aparece el segundo aspecto, hay que reformar a la Iglesia desde dentro, mostrar que la Iglesia está sometida al progreso del género humano. Adviértase que a los ojos del modernista la Iglesia es susceptible de enmienda, no debe ser exterminada, se puede reformar si se modifican los estudios eclesiásticos y se ordenan en coherencia con el pensamiento moderno. Con acierto señala el Pontífice esta actitud de los modernistas: «con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo» (Pascendi, n. 1.).

El modernista no quiere abandonar la Iglesia, pero se hace inevitable para adecuarse al progreso del género humano que el orden sobrenatural se reduzca al orden natural, pues el primero es incompatible con la filosofía moderna. En esto empleará sus esfuerzos y quizás está ahí la radical desorientación de todo su empeño filosófico y teológico. Llama la atención la fuerza con que Loisy afirma que hay que defender la Iglesia en el contexto de aquel progreso humano: «Hay que sostenerla, defenderla y hacerla resplandecer por todos los medios, si es todavía la gran reserva moral de la civilización» (Citado por Ramón García de Haro, Historia teológica del modernismo, pg. 92.).

Ahora bien, en general todos los racionalistas que afirmaban el progreso del género humano señalaban también a la Iglesia como la culpable de la oscuridad que se cernía sobre tantos pueblos; la ciencia y el progreso debía deshacer la superstición y acabar con el sacerdote. Para entender la manera en que el modernista insiste en reformar a la Iglesia desde dentro es preciso señalar otra filiación en sus ideas. Se trata de mostrar la compatibilidad entre pensamiento moderno y fe de manera que se pueda ser coherentemente católico trabajando por el bien de la civilización. Ya no se trata de la primacía de la gracia para la salvación y renovación del mundo, sino la primacía de un pensamiento filosófico para adecuarse al desarrollo de la civilización. Es evidente que en tal modo de pensar se encuentra la influencia del pensamiento kantiano; sin ir más lejos, su obra La religión dentro de los límites de la mera razón, deja a toda religión histórica o eclesial (como el cristianismo o los musulmanes) sometida a la pura razón de manera que éstas tengan valor en la medida que preparan la pura fe racional. El mismo Kant señala que en el paso de la «pura fe religiosa a la fe racional consiste el advenimiento del Reino de Dios» (Kant, La religión dentro de los límites de la mera razón, Primera parte, primera sección, n. 7. Alianza Editorial, Madrid, 1986.), es decir, el constitutivo intrínseco y profundo de aquella filosofía inmanentista da soporte a poder repensar la fe como algo que se puede situar en los meros límites de la razón humana. En relación directa con esta actitud de fidelidad al pensamiento moderno y disposición para renovar la Iglesia desde dentro dice García de Haro: «El fracaso por dar una respuesta cristiana a los problemas del pensamiento moderno, toma el tono de una salida airosa: la condena de la Iglesia, por eso, no prueba su error, sino que han sido fieles al proyecto de procurar el bien religioso de la humanidad». Obviamente, el verdadero cristiano -por el contrario- trabaja por el progreso de la cultura humana y trata de poner a Dios en la «cima de todas las actividades humanas».

De esta doble actitud del modernista brotaría aquella caracterización psicológica que se expresa en la encíclica Pascendi: «Juntan a esto, y es lo más a propósito para engañar, una vida llena de actividad, constancia y ardor singulares hacia todo género de estudios, aspirando a granjearse la estimación pública por sus costumbres, con frecuencia intachables. Por fin, y esto parece quitar toda esperanza de remedio, sus doctrinas les han pervertido el alma de tal suerte, que desprecian toda autoridad y no soportan corrección alguna; y atrincherándose en una conciencia mentirosa, nada omiten para que se atribuya a celo sincero de la verdad lo que sólo es obra de la tenacidad y del orgullo» (Pascendi, n. 2.).

La doctrina modernista

Conviene ahora atender a algunas de las principales tesis modernistas que debieron ser condenadas en la encíclica. Téngase presente que no todos los autores calificados de modernistas caen en todos los errores que se enumeraran; sin embargo, la actitud de fondo que es posible identificar en aquellos autores muestra que por ilación lógica son consecuencias que se derivan necesariamente aunque no en todos ellos hubiera adhesión subjetiva. Vamos a presentar únicamente algunos errores señalados en el decreto Lamentabili pero tomados de modo textual de los libros modernistas. Nos referiremos únicamente a algunas tesis de orden teológico para analizar en otro apartado la raíz de todos estos errores.

En relación con la Sagrada Escritura los autores modernistas negaban o ponían entre paréntesis el origen sobrenatural de la Escritura, de manera que el exégeta debía estudiarla del mismo modo que los otros documentos humanos (Lamentabili, n. 12). En relación con esto sometían el juicio de la Iglesia al de los exégetas y teólogos (Ibid, n. 2), y como los dogmas formulados por la Iglesia se apoyan en un juicio tan endeble «no pueden conciliarse con los orígenes verídicos de la religión cristiana» (Ibid, n. 3) y «puede existir y de hecho existe oposición entre los hechos que se cuentan en la Sagrada Escritura y los dogmas de la Iglesia que en ellos se apoyan» (Ibid. , n. 23). Es importante advertir que en estricta coherencia el modernismo negaba autoridad a la Iglesia para emitir un juicio sobre las disciplinas humanas, de tal manera que lo que el modernista alcanzaba por medio de aquella disciplina debía ser admitido por la jerarquía eclesiástica.

Las tesis modernistas sobre la Iglesia corren por un camino paralelo. En primer lugar niegan que Cristo tuviera la intención de instituir la Iglesia como sociedad que hubiera de lugar hasta el fin de los tiempos. Esta tesis la vinculan a la conciencia de Cristo que juzgado como puro hombre creía ser inminente el fin del mundo (Ibid. n. 52). Loisy llega a afirmar en una frase célebre que «Cristo vino a anunciar el Reino de Dios pero en su lugar apareció la Iglesia». A estas tesis se sigue la reducción de la Iglesia a una institución meramente humana que debe evolucionar al modo de las otras instituciones; no tiene así una constitución inmutable. A la par que la Iglesia están sometidos a evolución el dogma y los sacramentos: «históricamente hablando -dirá Loisy- no admito que Cristo haya fundado la Iglesia ni los sacramentos; profeso que los dogmas se han ido formando gradualmente y no son inmutables. Los sacramentos sirven para mover a la piedad e incentivar el sentimiento religioso pero no son instituídos por Jesucristo sino elaboraciones de los cristianos».

Los Evangelios no nos muestran la divinidad de Cristo; desde el punto de vista de la historia es un hombre -esto ya lo había advertido Hegel- en quien se encuentra de modo más elevado el sentimiento moral de la humanidad. Todo lo sobrenatural es negado en Jesús así como las formulaciones con las que la Iglesia ha profesado a lo largo de los siglos su verdadera humanidad y su verdadera divinidad. En Cristo negaban además su concepción virginal y su resurrección.

La actitud del papa san Pío X

La actitud modernista y las tesis que presentaban exigían la intervención del Magisterio. El humilde pontífice estaba llamado a intervenir para poner freno a lo que con seguridad era una grave amenaza para la fe. San Pío X, cuyo lema era «instaurar todas las cosas en Cristo» no podía dejar su labor de servicio y cuidado de la grey encomendada e intervino con una fuerza y una claridad que quizás alcanzaron mayor eficacia por su personal sencillez y mansedumbre. «La tarea de publicar esta memorable e inmortal encíclica sólo podía salir de aquel Papa en verdad manso y humilde, del todo entregado a su oficio de Pastor supremo de la Iglesia, que no ponía su esperanza más que en Dios y que sabía que frente a la malicia del error no cabe más que la afirmación de la verdad más clara. Personal y profundamente enamorado de Cristo san Pío X interviene en el momento oportuno cuando ya sería imprudente guardar silencio. Es misión primordial del sucesor de Pedro «guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe, tanto frente a las novedades profanas del lenguaje como a las contradicciones de una falsa ciencia» (J. M. ª Petit, Cristiandad, n. 868-869, pg 4-5).

Pareciera que la fe sencilla y madura del Romano Pontífice descubriera en el modernismo una forma de hablar que no era coherente con la tradición y el lenguaje de Iglesia. La continua denuncia al «afán de novedades» de los modernistas aparece unido al encandilamiento por una falsa ciencia. Se debe intervenir para obedecer al encargo del Señor: «Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de nuestro ministerio» (Pascendi, n. 1).

La energía y fuerza de su intervención aparece nuevamente cuando habla de que los modernistas son con seguridad «enemigos de la Iglesia, y no se apartará de lo verdadero quien dijere que ésta no los ha tenido peores» (Pascendi, n. 2); sin embargo no se trata de juzgar las intenciones reservadas únicamente al juicio de Dios (Cf. Pascendi n. 2). El Pontífice manifiesta su dolor por la gravedad del mal: «han aplicado la segur no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas» (Pascendi, n. 2) y por el hecho de ser una doctrina que se enseña desde las entrañas mismas de la Iglesia: «ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros días, el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas» (Pascendi, n. 2). Impresionante sigue siendo el modo como juntando piedad paterna y amor por la Iglesia se determina a intervenir para bien de toda la Iglesia: «A la verdad, Nos habíamos esperado que algún día volverían sobre sí, y por esa razón habíamos empleado con ellos, primero, la dulzura como con hijos, después la severidad y, por último, aunque muy contra nuestra voluntad, las reprensiones públicas. Pero no ignoráis, venerables hermanos, la esterilidad de nuestros esfuerzos: inclinaron un momento la cabeza para erguirla en seguida con mayor orgullo. Ahora bien: si sólo se tratara de ellos, podríamos Nos tal vez disimular; pero se trata de la religión católica y de su seguridad. Basta, pues, de silencio; prolongarlo sería un crimen. Tiempo es de arrancar la máscara a esos hombres y de mostrarlos a la Iglesia entera tales cuales son en realidad» (Pascendi, n. 3).

La condena del modernismo en la encíclica «Pascendi»

El carácter singular y podemos decir genial de la Pascendi radica en haber captado y expuesto de manera admirable el carácter unitario del modernismo. Yendo más allá del decreto Lamentabili, publicado dos meses antes, no se dedica únicamente a enumerar ciertos errores sino que muestra la conexión de los mismos con el principio en el que se originan. Los modernistas no exponen sus doctrinas de modo metódico, pero el Pontífice ha sido capaz de descubrir el fondo permanente de las mismas; por eso la primera y más extensa parte de la encíclica está dedicada a la exposición del modernismo. Se reparará más en el esfuerzo que supone la presente encíclica si se advierte, como señala Petit el carácter central que tenía en la doctrina modernista el concepto de «evolución», de manera que escapaban a todo intento de fijar una posición de modo definitivo. «Hacía más difícil la denuncia del error modernista el hecho de que había que explicar algo cuya naturaleza misma es la ‘evolución’ de lo que pretende explicar. En efecto, el modernismo sostiene como tesis fundamental de su sistema que, siendo la religión algo en constante e imparable evolución, la explicación de la misma ha de consistir en una constante evolución. De ahí que el modernismo no se deje fijar en determinadas proposiciones» ( J. M. ª Petit, Cristiandad, n. 868-869, pg. 4-5).

La exposición de la doctrina modernista debía abarcar las doctrinas aparentemente dispersas de sus autores y al mismo tiempo mostrar el desarrollo de aquellas doctrinas desde un principio común. De este modo partiendo por el modernista filósofo, al que reduce todos los demás, serán analizados por el Pontífice el modernista creyente, el teólogo, el historiador, el crítico, el apologeta y el reformador.

Partiendo por el modernista filósofo la encíclica le asigna dos características fundamentales: el agnosticismo y la inmanencia vital. El primero representa el aspecto negativo de su doctrina y afirma la incapacidad del alma humana para elevarse hasta Dios encerrada como está en el ámbito de los fenómenos. «De donde infieren dos cosas: que Dios no puede ser objeto directo de la ciencia; y, por lo que a la historia pertenece, que Dios de ningún modo puede ser sujeto de la historia» (Pascendi, n. 4). Evidentemente la postura agnóstica imposibilita la teología natural, niega los motivos de credibilidad y no reconoce la capacidad de la inteligencia humana para llegar a conocer racionalmente la existencia de Dios. Además el modernista con facilidad y sin consecuencia lógica pasa del agnosticismo al ateísmo pues, en palabras del Pontífice «por qué derecho de raciocinio, desde ignorar si Dios ha intervenido en la historia del género humano hacen el tránsito a explicar esa misma historia con independencia de Dios . . . conózcalo quien pueda» (Pascendi, n. 4).

La inmanencia vital, por su parte representa el aspecto positivo de la filosofía modernista. ¿Cómo se llega a esta inmanencia vital? Ya que no es posible demostrar racionalmente la existencia de Dios (agnosticismo) la explicación de la religión (ya no interesa si natural o sobrenatural) debe buscarse en el interior del hombre y en la indigencia de la vida. Se establece el principio de la inmanencia religiosa.

«En efecto, todo fenómeno vital -y ya queda dicho que tal es la religión- reconoce por primer estímulo cierto impulso o necesidad, y por primera manifestación ese movimiento del corazón que llamamos sentimiento» (Pascendi, n. 5). Previo a todo acto de conciencia se encuentra por consiguiente, a nivel de subconciencia, el fundamento de la religión. Mediante este sentimiento puedo acceder a lo que pudiera estar más allá de la experiencia sensible y a lo que está por debajo de mi conciencia. Al sentimiento íntimo que se forma en mi interior ante lo incognoscible a causa de la indigencia de lo divino los modernistas le llaman fe bajo el «doble concepto de objeto y de causa íntima del sentimiento» (Pascendi, n. 5). Ahora bien, como expresa el Pontífice en ese sentimiento no sólo encuentra el modernista la fe sino también la Revelación, pues «¿no es ya una Revelación, o al menos un principio de ella, ese sentimiento que aparece en la conciencia, y Dios mismo, que en ese preciso sentimiento religioso se manifiesta al alma, aunque todavía de un modo confuso?» (Pascendi, n. 6). Si consideramos el sentido del análisis de san Pío X, la filosofía modernista presa del agnosticismo queda encerrada en el ámbito del sentimiento y por consiguiente condenada a una continua evolución según las variadas formas que ese sentimiento adquiera en la vida de los hombres. Toda religión, aun la sobrenatural se origina en el sentimiento religioso, es decir, es fruto espontáneo de la naturaleza. «Y nadie piense que la católica quedará exceptuada: queda al nivel de las demás en todo. Tuvo su origen en la conciencia de Cristo, varón de privilegiadísima naturaleza, cual jamás hubo ni habrá, en virtud del desarrollo de la inmanencia vital y no de otra manera» (Pascendi, n. 8).

Con posterioridad al sentimiento tiene su lugar la inteligencia, pues «el hombre religioso debe pensar la fe». Mediante la inteligencia el hombre traduce lo que siente en su interior. «En este proceso la mente obra de dos maneras: primero, con un acto natural y espontáneo traduce las cosas en una aserción simple y vulgar; después, refleja y profundamente, o como dicen, elaborando el pensamiento, interpreta lo pensado con sentencias secundarias, derivadas de aquella primera fórmula tan sencilla, pero ya más limadas y más precisas. Estas fórmulas secundarias, una vez sancionadas por el magisterio supremo de la Iglesia, formarán el dogma» (Pascendi, n. 9). Estos dogmas, como expresamente enseña la doctrina modernista son símbolos que no contienen ninguna verdad absoluta y sometidos a una continua evolución. Aquellas fórmulas que en una determinada época sirvieron para expresar la experiencia religiosa común deben ser reinterpretados para que puedan servir en otra ocasión.

Si nos hemos extendido sobre el modernista filósofo es porque a él hay que reducir a los otros modernistas. El modernista creyente, por ejemplo, afirmará la realidad de lo divino con independencia del sujeto, pero forzado por el principio agnóstico no podrá dar otra razón de su realidad más que el propio sentimiento. Curiosamente gracias a esta afirmación el modernista creyente no puede tener conflictos entre fe y ciencia pues pertenecen a un campo completamente distinto: «la ciencia trata de los fenómenos en los que no hay lugar para la fe; ésta, por el contrario, se ocupa enteramente de lo divino, que la ciencia desconoce por completo» (Pascendi, n. 15).

Pasando al modernista teólogo también es manifiesta, a los ojos del Papa, la dependencia de la filosofía agnóstica. En efecto, según el filósofo el principio de la fe que hemos llamado sentimiento es inmanente al hombre; pero el creyente señala que ese principio es Dios; en consecuencia Dios es inmanente al hombre (Cf. Pascendi, n. 18). Por otra parte las representaciones del objeto de la fe son sólo símbolos inadecuados según el Filósofo; y para el creyente el objeto de la fe es Dios en sí; luego, concluye el teólogo, las representaciones de la realidad divina son simbólicas. De ahí la preocupación modernista para que el creyente no se adhiera excesivamente a las fórmulas (dogmas). De los errores antes señalados el Pontífice deduce lo que los modernistas piensan sobre el culto, los sacramentos, los libros sagrados y la Iglesia, etc.

El modernista historiador aplicará también los principios del agnosticismo a su investigación. En efecto, la historia como las otras ciencias se ocupa de fenómenos. Dios y las realidades divinas no pueden estar presentes en la historia y se relegan al ámbito de la fe. «Por tanto si se encuentra algo que conste de dos elementos, uno divino y otro humano -como sucede con Cristo, la Iglesia, los sacramentos y muchas otras cosas de este género-, de tal modo se ha de dividir y separar, que lo humano vaya a la historia, lo divino a la fe. De aquí la conocida división que hacen los modernistas, del Cristo histórico y el Cristo de la fe; de la Iglesia de la historia, y la de la fe; de los sacramentos de la historia, y los de la fe; y otras muchas de este tenor» (Pascendi, n. 28).

En fin, también la obra del modernista crítico y del apologista son obra del modernista filósofo. En efecto, el primero, que tiene que estudiar la Sagrada Escritura descarta, en coherencia con el agnosticismo toda posibilidad de lo sobrenatural. Sólo queda el elemento humano que además ha sido transfigurado y deformado. Se debe estudiar, consiguientemente la Sagrada Escritura como los demás libros y para alcanzar lo verdaderamente científico en ella se deben excluir los añadidos de la fe y todo aquello que no parece responder a la lógica de los hechos. El segundo, el apologista, también depende del filósofo; este debe defender la fe católica de sus impugnadores y conducir a los hombres a la religión católica; sin embargo, en relación directa con el agnosticismo, «la nueva apología debe dirimir las controversias de religión por medio de investigaciones históricas y psicológicas» (Pascendi, n. 33). Además será tarea propia del modernista conducir al hombre que no tiene fe a aquella experiencia vital que es el único fundamento de la religión. Para realizar esto basta mostrar que lo que hoy hay en la religión, debidamente purificado y entendido es lo mismo fundado por Cristo y que responde, según las leyes de la evolución a lo que nosotros, hoy día, podemos experimentar. En ese proceso, para conducir al hombre a la fe deberá reconocer el apologista que muchas cosas están viciadas o son contrarias a la ciencia; pero no importa, porque «las ciencias y la historia son allí a manera de envoltura, con la que se cubren las experiencias religiosas y morales, para difundirlas más fácilmente en el vulgo» (Pascendi n. 34).

Las causas del modernismo

Después de un análisis tan radical y fundamentado de la doctrina modernista el Pontífice se dedica a examinar las causas de este error tratando de buscar los remedios más eficaces. «La causa próxima e inmediata es, sin duda, la perversión de la inteligencia. Se le añaden, como remotas, estas dos: la curiosidad y el orgullo. La curiosidad, si no se modera prudentemente, basta por sí sola para explicar cualesquier errores» (Pascendi n. 41). Es digno de ser notado que el Pontífice no se coloca en una posición defensiva frente a la aparente erudición y ciencia de los pensadores modernistas, y llega incluso a afirmar que la causa intelectual del modernismo es la ignorancia (Cf. Pascendi n. 42). En efecto, la Iglesia no ha temido nunca a la verdadera ciencia y reconoce la imposibilidad de contradicción entre ésta y la fe pues ambas tienen su principio en el único Dios. Sin embargo el «afán de novedades», la presunción de querer saber más de lo que se debe saber y el entusiasmo por corrientes filosóficas incompatibles con la fe hacen que la inteligencia pueda naufragar en su camino de búsqueda de la verdad. En efecto, sintetizando el origen del modernismo, el Pontífice advierte que «del consorcio de la falsa filosofía con la fe ha nacido el sistema de ellos, inficionado por tantos y tan grandes errores» (Pascendi n 42). Ahora bien, estos errores se alimentaban y crecían por el orgullo «que se halla como en su propia casa en la doctrina del modernismo» (Pascendi n. 41) y es el «camino más expedito para el modernismo» (Pascendi n. 41).

Si los errores modernistas tomaban su principio en una falsa filosofía parece que también en ese orden se debe buscar el remedio. El Pontífice advierte que los modernistas son enemigos de la filosofía escolástica y señala que su completa ignorancia «les privó del instrumento necesario para suprimir la confusión en las ideas y para refutar los sofismas» (Pascendi n. 41).

Por consiguiente señalará el inmortal Pontífice como remedio eficaz contra la doctrina modernista «queremos, y definitivamente mandamos, que la filosofía escolástica se ponga por fundamento de los estudios sagrados» (Pascendi n. 46). San Pío X además señala que entiende por filosofía escolástica principalmente la que enseñó santo Tomás y advierte gravemente a los maestros que «apartarse del Doctor de Aquino, en especial en las cuestiones metafísicas, nunca dejará de ser de gran perjuicio» (Pascendi n. 46).

Fundados los estudios eclesiásticos en la filosofía escolástica el Papa pide que los alumnos de los seminarios tengan estima por la teología, también la positiva y exhorta a investigar en la historia y las ciencias naturales, advirtiendo sin embargo que éstas ocupen el lugar debido, pues «cuanto mayor es el fervor con que se cultivan las ciencias naturales, tanto más han decaído las disciplinas más graves y elevadas, de las que algunas casi yacen olvidadas de los hombres; otras se tratan con negligencia y superficialmente y (cosa verdaderamente indigna) empañando el esplendor de su primera dignidad, se vician con doctrinas perversas y con las más audaces opiniones» (Pascendi n. 48).

Conclusión

La acertada y pronta intervención de san Pío X cortó en su raíz lo que se hubiera trans formado en un problema gravísimo para la vida de la Iglesia. Sin embargo no se puede dejar de reconocer que muchos elementos de la actitud modernista se pueden reconocer en el tiempo posterior a la Pascendi, y que la preocupación por una adecuada filosofía sigue presente en el corazón de la Iglesia; así lo confirma la encíclica de Pío XII Humani generis, las disposiciones del Concilio Vaticano II y del Derecho canónico sobre los estudios eclesiásticos y la encíclica Fides et ratio de Juan Pablo II. Sin embargo parece que el núcleo del problema modernista fue una desconfianza del don recibido, una desfiguración radical de la vida sobrenatural a la que es injertado el cristiano, y en consecuencia un sentido de inferioridad frente al mundo que les lleva a adoptar la filosofía moderna sin el debido discernimiento.

Nosotros hemos querido, en el presente artículo destacar principalmente la vinculación del modernismo con la filosofía agnóstica pues creemos que es el principal elemento que señala san Pío X. La relectura de la encíclica puede servir para meditar sobre la fidelidad con la que se guardan las disposiciones de la Iglesia sobre la enseñanza de la filosofía y en qué sentido se comprende el alcance profundo del pensamiento de la Pascendi: la verdad de la fe exige una filosofía capaz de alcanzar de manera definitiva verdades sobre Dios, el hombre y el mundo.

Antonio Amado