Nuevo prenuncio de victoria: «Mi Corazón Inmaculado triunfará»

bvm3«Fátima es la manifestación del Corazón Inmaculado de María al mundo actual. Es en cierto modo la continuación, o mejor, la conclusión de Paray-le-Monial; reúne aquellos dos Corazones -el de Jesús y el de María- que el mismo Dios unió en la obra divina de la redención de los hombres. Es un mensaje que nace de su Corazón de Madre…» (Emmo. Sr. Cardenal-Patriarca de Lisboa)

¡La Madre! Palabra llena de profundo significado, evocadora de los más dulces recuerdos. Ella, la que enseña a andar al pequeñuelo y con amorosa y alegre paciencia le sostiene y dirige en sus primeros, vacilantes pasos. Cuando transcurran los años por venir y aquellos pies, tal vez pródigos, hayan corrido en largas y fatigosas jornadas los caminos escabrosos de la vida, ella, la primera, acudirá a su lado para hacerle oír palabras de perdón, enjugar de nuevo sus lágrimas y de nuevo enseñarle a levantarse y caminar.

Dichoso el hombre que sabe elevar les ojos al Cielo einvocar a la Reina soberana poniendo en sus labios la dulcísima palabra que sólo a María puede aplicarse en toda su plenitud: ¡Madre nuestra!

Mensajes de María

En la mañana del venturoso 8 de diciembre de 1854 una alegría inmensa hace estremecer, hondamente conmovido, el corazón de todos los hijos de la Iglesia; los que han podido acudir a la Ciudad Eterna se agolpan cobijados bajo la cúpula de San Pedro, y en río desbordado llenan la plaza y sus alrededores.

La voz majestuosa del Pontífice supremo, Pío IX, que en estos momentos enseña, infalible, la verdad eterna, se muestra con movida al declarar a María Inmaculada desde su concepción; y los fieles del mundo entero, al acoger las augustas palabras, repiten con renovado y férvido entusiasmo el saludo del Ángel: ¡Ave, gratia plena!

¿Pero es esto todo? En medio de aquella grande y general alegría el Doctor y Pontífice máximo parece concentrar su mirada profunda y presenciar, tal vez no muy en lontananza, aquella última y definitiva lucha descrita en el Apocalipsis con rasgos de vivísimo colorido: duelo a muerte entre la Mujer misteriosa, figura de María, y la Bestia infernal. Y en el momento en que con autoridad suprema ha enseñado al mundo lo que debe creer respecto de su augusta Reina, quiere también expresarle en palabras consoladoras lo que le es dado esperar como resultado de su magnífico triunfo: «esperamos con la más firme esperanza y la confianza más completa, que por el poder de la Bienaventurada Virgen María, la Iglesia nuestra Madre, libre de todos los obstáculos y victoriosa de todos los errores, florecerá en el mundo entero, volverá al camino de la verdad a todas las almas que se extravían, de tal suerte que no habrá ya sino un solo rebaño y un solo pastor».

¡Cómo se conmueve también en el Cielo la Virgen sacrosanta ante la confianza y amor de sus hijos! No tardará en bajar a la tierra, una y otra vez, para mostrar al pueblo fiel que no en vano, siguiendo la orientación y la voz de su Pontífice, ha puesto en Ella todas sus esperanzas como corredentora y medianera para con Jesucristo, mayormente en las horas graves que el mundo atraviesa.

Cierto que al escuchar las palabras alentadoras de Pío IX, «algunos católicos como indica el Padre Ramière esperarían tal vez una intervención inmediata de la Virgen Inmaculada, con la persuasión de que en un momento los enemigos de la Iglesia, derribados como San Pablo en el camino de Damasco, quedarían transformados en servidores files».

Si no es este el plan ordinario de la Providencia en la economía de la gracia respecto de los individuos en particular, menos puede serlo en cuanto a la sociedad entera. El amor de Dios, delicadísimo al respetar el don precioso de la libertad humana para hacer al hombre acreedor, por decirlo así, con perfecto derecho, a sus magníficas y eternas recompensas, se ve frecuentemente rechazado. Pero en su presciencia infinita conoce el curso de los acontecimientos humanos hasta el fin de los tiempos, y nada le impide descubrir por un momento el velo para manifestar al mundo por medio de divinos mensajes si esos hombres y esas sociedades, ahora ciegos y sordos a su voz, volverán por fin un día al redil del Buen Pastor, instados por nuevos y amorosos llamamientos, a la vez que decepcionados y abiertos ya los ojos ante el fracaso de todos los medios humanos en que por tanto tiempo confiaron.

¿No se ha escuchado ya la voz amorosa del Señor manifestándose a la feliz vidente de Paray y prometiendo al mundo que su Corazón divino triunfará?

Cuando llegue la hora señalada, su Madre benditísima será de nuevo la esplendorosa aurora que anuncie y prepare el despertar del nuevo y feliz día en que habrá de reinar en el mundo, como Madre, juntamente con Él, por libre y espontáneo reconocimiento de una sociedad mil veces más dichosa que la nuestra.

Y María prepara los caminos del Señor con maternales mensajes.

Sólo cuatro años han transcurrido desde el momento de la definición dogmática de que hemos hablado y ya desciende a la campiña fresca y risueña de Lourdes; posando su planta virginal en la gruta de Massabielle: «Yo soy la Inmaculada Concepción», declara en solemne confirmación de las palabras del Pontífice; y respondiendo a la vez a sus esperanzas que reclaman la mediación de la celestial Reina, pide al mundo la preparación que le exige, por cuanto necesaria, para derramar sobre él a torrentes las gracias que por voluntad de su divino Hijo le reserva: «Penitencia, penitencia», repite. Y tanto desea inculcar el espíritu de oración que Ella misma, como buena y cariñosa Madre que con su ejemplo ha de enseñar y alentar a sus hijos pequeñitos, va pasando lenta y silenciosamente las cuentas de su Rosario.

¿Entendió el mundo católico su mensaje de oración y penitencia como supo comprender las alegrías y las glorias de su triunfo? ¿Será preciso que nuevas convulsiones sociales y más intensas luchas fratricidas hagan sentir al hombre la trágica inminencia del peligro?

Ciertamente, «el estudio de las vías seguidas por la Providencia en lo pasado induce a creer que el triunfo total de la Iglesia sobre sus enemigos no vendrá sino cuando éstos hayan desatado contra ella todo su furor y parezca que han logrado completa victoria».

Momentos difíciles los que le han de preceder. ¿No hemos entrado tal vez en sus comienzos? Todo parece indicarlo. Pero si un tiempo el pueblo escogido fue salvado del Ángel exterminador en gracia a la señal convenida, marcada en sangre sobre el dintel de sus puertas, ¿dejará de reconocer el Señor en las actuales generaciones el sello de sus divinas misericordias con que nos ha marcado y distinguido, al inspirar a Su Santidad León XIII que consagrara a la Humanidad entera al Corazón de Jesucristo? He aquí nuestro timbre de gloria, si sabemos aprovecharlo, y el motivo de esperanza en medio de tanta humillación.

No; no nos dejará la Virgen Inmaculada. Mostrará que es nuestra Madre, descenderá de nuevo a la tierra.

He aquí que en la primavera de 1917, al tiempo que Europa se desangra en una guerra cruel, cuando en Rusia está próxima a establecerse la era comunista y el Pontífice entonces reinante, Benedicto XV, alarmado ante tanta desgracia, se dispone a ordenar la invocación: «¡Regina Pacis, ora pro nobis!», en el rezo de las letanías lauretanas, se manifiesta María al mundo precisamente en la bendita tierra portuguesa, que acaba de sufrir también la vehemencia del odio anticlerical e irreligioso, y desde allí habla claramente a sus hijos como Medianera de esa paz ansiada, que es prenda y es premio del Reino de Cristo y les ofrece todo su inmenso corazón de madre con la más dulce de las promesas: «mi Corazón Inmaculado triunfará».

¿Lugar que escoge la Reina de los Cielos para este su último y misericordioso mensaje?

¡Fátima!

Pueblecillo pobre y antiguo, de nombre netamente árabe, su origen se pierde en remota y piadosa leyenda. Oculto en uno de los contrafuertes de la Sierra de Aire, a unos 100 kilómetros de Lisboa se halla casi en el centro de la hermosa Nación portuguesa; pero hace tan sólo una veintena de años ¿quién hubiera recordado su nombre? Cierto que sus alrededores fueron en el siglo XII escenario de gloriosas luchas en la guerra contra el Islam, como lo fueron también en las batallas por la independencia portuguesa. En memoria de esta última victoria lograda en la vigilia de la Asunción de María del año 1385, el Rey Juan había levantado un magnífico templo a Nuestra Señora de la Victoria, y anejo un convento que se llamó de la «Batalla», y fue luego confiado a los Padres Dominicos, los cuales con tanto celo propagaron por toda aquella comarca la devoción del Santo Rosario, que arraiga en el pueblo y conservada hasta nuestros días ha sido hermosa preparación a las gloriosas jornadas que hacen que hoy día el eco de Fátima resuene en el mundo entero con el deje de lo sobrenatural.

En lo alto de la sierra

Es el 13 de mayo de 1917. Tres pastorcillos de Aljustrel, aldea dependiente de Fátima, caminan alborozados, pisando brezos y cañejas por lo alto de la Sierra. Lucía, la mayor, cuenta diez años de edad y sus primitos Francisco y Jacinta tienen nueve y siete respectivamente. Hoy han reunido sus ovejas y para apacentarlas se dirigen a la «Cova da Iría», es decir, cuenca o valle de Iria, así llamado por la configuración del terreno que semeja un inmenso anfiteatro. En aquel apartado erial, los parientes de Lucía poseen una pequeña propiedad.

¡Qué bonito domingo de cielo azul y sol esplendoroso! Los tres niños han almorzado ofreciéndose mutuamente sus pequeñas provisiones, pan de centeno, queso y aceitunas. Es la hora del mediodía y no olvidarán el rezo del Rosario. Aunque traviesos y no exentos de los defectos y pasioncillas propias de su edad, aman mucho a la Virgen y a Jesús que saben oculto por su amor en el Sagrario, y les ofrecen sus infantiles sacrificios. Cuando hayan contemplado a la Reina de los Cielos, que ahora les hablará, subirán en rápida ascensión el atajo hacia la santidad. Pero es preciso hacer notar que a las gracias de la celestial Señora han sabido disponerse con su buena voluntad y los pequeños esfuerzos que en su corta edad han podido ofrendar al Señor.

Casi un año ha pasado desde que un Ángel, precediendo a la Reina de los Ángeles en celestial embajada, les había enseñado a orar y ofrecer sacrificios por las almas pecadoras, orientando ya sus pensamientos hacia los grandes problemas del orden sobrenatural. Largo tiempo para aquellas imaginaciones infantiles, diríase que han casi olvidado al celestial mensajero. Hoy, rezada su parte del Rosario, se disponen a comenzar su juego predilecto: la construcción de pequeñas chozas; no les falta abundante material: piedras, ramas secas por el suelo.

Ante la Reina del Cielo «¿Queréis?»

Son las doce y el sol está en el cenit. He aquí que el reflejo vivísimo de una luz, algo así como un relámpago, deja a los niños sobrecogidos.

¿Será una tormenta que se avecina?

Interrogan con su mirada al cielo, pero ni la más tenue nubecilla empaña la inmensidad azul del firmamento. No obstante, temerosos, reúnen sus ovejas y a toda prisa las empujan por la cuesta hacia la derecha. Otra claridad más intensa y sobre la copa de una encina, una aparición celestial que irradia suavísima luz en la que han quedado envueltos. Según descripción de Lucía, «era una Señora vestida de blanco, más brillante que el sol». De sus manos juntas ante el pecho pende un Rosario: Sus labios se abren, acomodando el lenguaje a la tierna edad de los videntes:

«¡No tengáis miedo, yo no os haré ningún daño!»

Lucía se atreve a hablar y se entabla el diálogo.

-«¿Usted de qué pueblo es?»

«Soy del Cielo».

« Y ¿qué es lo que usted me quiere?»

«He venido a pediros que vengáis aquí, a esta misma hora, el 13 de cada mes, por seis veces seguidas, en octubre os diré quién soy y qué cosa quiero de vosotros».

Continúa el diálogo y por fin les dice:

«¿Queréis ofreceros al Señor dispuestos a sacrificaros y aceptar con gusto las penas que él quiera enviaros, en reparación de tantos pecados con los que se ofende a la divina majestad, para alcanzar la conversión de los pecadores y en reparación de las blasfemias y de todas las ofensas hechas al Inmaculado Corazón de María?»

«¡Sí, loqueremos!» responde Lucía en nombre de los tres.

«Tendréis que sufrir» les anuncia la Señora. «Pero la Gracia de Dios os confortará».

Y diciendo esto, separó las manos que tenía juntas, irradiando sobre los videntes un haz de luz misteriosa, tan intensa y a la vez tan íntima que, según testimonio de Lucía, «penetrándonos en el pecho hasta lo más íntimo del alma, nos hizo ver a nosotros mismos en Dios más claramente que en el espejo más terso… Entonces, por impulso irresistible, caímos de rodillas, repitiendo intensamente: ¡Oh Santísima Trinidad, yo os adoro! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Yo os amo!…»

La Señora, como última recomendación, les dice:

«Rezad el Rosario todos los días con devoción para obtener la paz del mundo».

El diálogo, que hemos abreviado, ha durado unos diez minutos.

La paz; la guerra. ¿Qué impresión debieron producir estas ideas en aquellos inocentes niños que sólo conocían sus pequeñas querellas infantiles? Ellos obedecen, y desde aquel día se entregan con austeridad de cenobita a todos los sacrificios que en su sencillo ingenio han sabido inventar.

Y crece en ellos, grande, intenso, el amor a aquella Señora que adivinan ya ser la Virgen María.

Se han prometido mutuamente secreto, mas la pequeña Jacinta, así que llega a su casa, se lo ha contado todo a su madre, que está muy lejos de dar crédito a tan interesantes narraciones.

Permisión de Dios, para sus altos fines. La noticia se divulga y al acudir los niños a la cita en meses sucesivos, eran primero unos cuantos, luego varios miles, las personas que les acompañaron.

Detenernos en cada una de las manifestaciones, sería alargar excesivamente este relato. Ni nos será posible detallar cuánto hubieron de sufrir los pequeños videntes por parte del entonces masón y anticlerical Alcalde de Villa Nova de Ourem, a cuyo distrito pertenece Fátima. Diremos tan sólo que levantó contra los inocentes niños una verdadera persecución, seguida de encarcelamiento y penosos interrogatorios, con la amenaza de arrojarlos a una caldera de aceite hirviendo.

En cuanto a las palabras de la Virgen en las siguientes apariciones, dejando de lado las dirigidas principalmente a bien espiritual de los videntes, transcribiremos las que constituyen propiamente el mensaje de María al mundo. Algunas ideas se repiten en las diferentes manifestaciones: el encargo del rezo del Rosario de ofrecer sacrificio por los pecadores, ya que muchas almas se pierden porque no hay nadie que se sacrifique y ruegue por ellas… la idea de la reparación por tantos ultrajes… la plegaria por la paz…

El Corazón Inmaculado de María

Las más grandes confidencias de la Reina de los Cielos, guardáronlas los niños en secreto, por encargo de la misma Señora; sólo años más tarde, Lucía, que abrazó el estado religioso, obedeciendo a su Director espiritual, así como a nuevos deseos del Señor, y luego al mandato del señor Obispo de Leiría, las fue exponiendo en dos documentos por escrito.

Transcribimos de las referidas versiones:

La celestial Señora les dijo:

«A Jacinta y Francisco vendré a llevármelos pronto. Tú, empero, debes permanecer aquí abajo más tiempo. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado… Este será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios».

En el documento escrito por mandato expreso del señor Obispo explica más tarde la visión que tuvieron del infierno y en la que contemplaron demonios y almas en forma humana semejantes a brasas encendidas, lanzadas en todas direcciones como chispas de un gran incendio. Penosa pero necesaria preparación para que aquellas almas inocentes fueran capaces de comprender la última y principal parte del mensaje.

-«Habéis visto el infierno les dice la señora adonde van a parar las almas de los pobres pecadores. Para salvarlos, el Señor quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado. Si se hiciere lo que os diré, muchas almas se salvarán y vendrá la paz.

La guerra va a terminar; pero si no cesan de ofender al Señor, no pasará mucho tiempo, en el próximo pontificado (de Pío XI) empezará otra peor.

Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que aquello es la gran señal que os da Dios de que está próximo el castigo del mundo por sus tantos delitos, mediante la guerra, el hambre y las persecuciones contra la Iglesia y contra el Santo Padre.

Para impedirlo vendré a pedir la consagración del mundo a mi Corazón Inmaculado y la comunión reparadora los primeros sábados de mes. Si fueran atendidas mis súplicas, Rusia se convertirá y habrá paz. De otra suerte, una propaganda impía difundiría por el mundo sus errores, suscitando guerras y persecuciones contra la iglesia; muchos buenos serán martirizados, y el Padre Santo tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas…

Al fin mi Corazón Inmaculado triunfará» Y da a entender que un día Rusia se convertirá y se concederá al mundo una pausa de paz.

Hasta aquí el relato de Lucía.

También la pequeña Jacinta repetía, próxima a morir, entre enero y febrero de 1920: «Si los hombres no se enmiendan, el Señor enviará al mundo un castigo como nunca se ha visto igual; y primeramente a España». Y hablaba del principio de grandes acontecimientos mundiales para 1940.

Ya anteriormente, en la época de las apariciones, se le había oído exclamar: «¡Lucía! ¿Has visto al Padre Santo? No sé cómo ha sido, pero le he visto en una casa muy grande, arrodillado, con el rostro entre las manos, y lloraba. Afuera había mucha gente; algunos tiraban piedras; otros decían imprecaciones y palabrotas. ¡Pobre Padre Santo!».

Y en otra ocasión: «¡Mira!… ¿no ves muchos caminos, senderos y campos llenos de gente, que llora de hambre y no tiene nada para comer? ¿Y al Padre Santo en una iglesia al lado del Corazón de María, rezando? ¿Y mucha gente rezando con él?» ¡Grande y misericordioso el Señor que revela estas cosas a los pequeñuelos!

Mas era necesario que el mundo diera fe a la palabra de los niños. Y para muchos espíritus prevenidos o poco crédulos, ni el grandioso contenido del mensaje revelado asimples pastorcillos en tan temprana edad, ni el prodigio aun mayor de santidad obrado por María en el alma de los pequeños videntes del que dieron pruebas manifiestas, hubieran bastado a rendirle a la veracidad de sus afirmaciones.

Pero la Virgen, al fin nuestra Madre, siempre buena y misericordiosa: «yo haré un milagro para que todo el mundo pueda creeros», promete a Lucía, que se lo ha pedido, suplicante. Y en la última aparición, que corresponde al 13 de octubre a la hora exactamente señalada, cierra con broche de oro en breves palabras de despedida, y rubrica con el signo del milagro cuanto les ha ya manifestado:

« Yo soy nuestra Señora del Rosario. Yo he venido para exhortar a los fieles a que cambien de vida y no aflijan más con el pecado a nuestro Señor, ya demasiado ofendido; a que recen el Santo Rosario y hagan penitencia por sus pecados».

Y al alejarse, les muestra con un gesto de la mano la dirección del disco solar.

Se produce el hecho portentoso. Cesa al instante la lluvia y el sol comienza a girar vertiginosamente lanzando ráfagas de luz en variadísimo colorido; parece a veces desprenderse del cielo y caer sobre la multitud atemorizada. Acabado el fenómeno solar, toda aquella gente calada por la lluvia, se encuentra súbita y completamente seca.

Aunque en gran manera interesante, no nos hemos detenido en detallar más un hecho ya de todos conocido. Presenciado por más de 70. 000 personas, la Prensa portuguesa y extranjera habló de ello en su día largamente, y con superior autoridad lo describe el señor Obispo de Leiría en su Carta Pastoral sobre el culto a Nuestra Señora del Rosario de Fátima.

¿Ha comprendido el mundo católico el mensaje de su Reina y Señora?

Un peligro nos parece que puede anublarlo ante sus ojos: El dormirse en la confianza cosa que encaja a maravilla con nuestra natural tendencia a la comodidad de que todo lo malo, con tan impresionantes palabras anunciado, ha pasado ya. Confianza que en no pocas ocasiones se acompaña a su vez de un modo de pesimismo que no acierta a vislumbrar pueda venir para nuestro triste mundo ninguna época mejor. Todos los tiempos fueron malos. Es frase consagrada.

¿No será más sensato que apliquemos todo nuestro esfuerzo a cumplir los deseos y atender las graves amonestaciones de nuestra Madre benditísima, suplicándole nos libre de los males inmensos que pueden sobrevenir a esta desgraciada sociedad, si se hace todavía sorda a su voz? ¿Y que sobre todo, por encima de esos temores, pongamos en Ella, toda, toda nuestra confianza?

Sí; lo repetimos alborozados.

¡Su Corazón Inmaculado triunfará!

Y como canta David en su visión profética, añadimos con entusiasmo:

A la derecha del Rey, está la Reina con vestidura recamada en oro y engalanada con variados adornos. (Salmo 44)

María-Luisa de Aranzadi

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El Espíritu Santo y la Santísima Virgen

holyspirEn la primera parte del Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen comienza san Luis Mª Grignion de Montfort por establecer las excelencias de esta devoción y se inspira, como principio fundamental, en que la devoción a la Santísima Virgen forma parte integrante de la voluntad eterna de Dios, esto es, que:

«Habiendo querido Dios empezar y concluir sus más grandes obras por la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará de conducta en el transcurso de los siglos, pues es Dios y no varía en sus sentimientos ni en su proceder».

La más grande obra realizada por Dios al comienzo de su obra redentora es la Encarnación de la que María es condición necesaria con necesidad de medio pues sin María no hubiera habido Encarnación. De María se habla poco en el Evangelio, pero la Encarnación está explicada con mucho detalle. «¡Oh admirable e incomprensible dependencia de un Dios! El Espíritu Santo, para demostrarnos todo su valor, no ha podido pasarla en silencio en el Evangelio».

El plan inmutable de Dios es que así como Cristo vino al mundo, para nuestra salvación, por medio de María, del mismo modo quiere que sea por medio de Ella como ha de producirse la salvación en cada hombre. «El Eterno Padre ha comunicado a María su fecundidad, en cuanto una pura criatura podía recibirla, a fin de darle poder para engendrar a su Hijo y después a todos los miembros de su Cuerpo místico».

Y esto, que es verdad perenne, será más explícitamente manifestado cuando venga el Señor Jesús, en la segunda venida en los últimos tiempos: «Si, pues, como es cierto, el reino de Jesucristo ha de venir al mundo, no será sino consecuencia necesaria del conocimiento del reino de la Santísima Virgen María, que le trajo al mundo la vez primera y le hará resplandecer en la segunda venida».

En la medida en que estamos más cerca de la segunda venida de Cristo hemos de estar más dispuestos a vivir el reinado de María que nos hará capaces de recibir al mismo Señor y su reino definitivo. De hecho, Grignion de Montfort advierte reiteradamente que el conocimiento de María se va revelando paulatinamente a la Iglesia, conforme lo necesitan más los fieles por la dificultad de los tiempos -que san Luis María consideraba ya muy malos en su tiempo.

San Luis María no se detiene en la constatación de hecho de este principio que hemos señalado al comienzo sino que señala la razón del mismo, basándose en el modo concreto como se realizó la Encarnación, esto es, mediante la acción del Espíritu Santo en la humilde Virgen de Nazaret y, a este respecto, escribe estas bellas y profundas palabras, que serán el centro de nuestra atención en esta exposición:

«El Espíritu Santo, que no produce otra persona divina, se ha hecho fecundo por María, con quien se ha desposado. Con Ella, en Ella y de Ella ha producido su obra maestra, que es un Dios hecho hombre; produce todos los días y producirá hasta el fin del mundo los predestinados, que son los miembros del Cuerpo de esta Cabeza adorable; por eso, cuanto más encuentra a María, su cara e indisoluble Esposa, en un alma, tanto más deseoso y decidido se muestra a producir a Jesucristo en esa alma, y a esa alma en Jesucristo».

Este texto se nos antoja el más profundo y el que propiamente da razón de aquellos otros, bien justamente famosos, en que llama a María el «molde» de Jesús, allí donde fácilmente se formará el cristiano a semejanza de Jesucristo porque «ha sido echado en el mismo molde en que se formó un Dios hecho hombre». Esta comparación de María como molde en donde reproducir la imagen de Cristo es muy expresiva y sirve para contrastarla con la acción escultórica en que se pretende, a puro golpe de cincel, modelar una escultura, con todo el riesgo de error que ello conlleva. Esta gráfica idea está expresada en los ns. 219-221. No nos detendremos a comentar estas palabras tan verdaderas y prácticas porque en ellas no se hace mención del Espíritu Santo que es lo que directamente se pretende en este artículo.

La eficacia de la acción salvadora procede del mismo Dios, esto es, del Espíritu Santo, a quien en el Credo llamamos «Señor y dador de vida» porque nos la da y en el más alto grado, la vida de la gracia, la vida sobrenatural. Pero el Santo nos advierte que el Espíritu Santo tanto más realiza esta acción vivificante y santificadora en un alma si ve en ella a María. El Espíritu Santo es el Esposo divino de María, de modo que si pensamos que la santidad es esencialmente el ser «otros Cristos», es muy coherente observar que esta acción engendradora del Dios-hombre la realizará el Espíritu Santo con una prontitud y espontaneidad -diríamos, si vale la expresión paradójica- con una gran «naturalidad» si ve que aquella alma posee a María por su devoción, por su entrega y, en definitiva, por su consagración.

Al decir que el Espíritu Santo se ha hecho fecundo «por» María, añade de inmediato, no se ha de entender que Ella comunique al Espíritu divino esta fecundidad, pues la tiene por esencia, sino que en María encuentra el Espíritu la disposición a recibirlo. Cf. n. 21.

Los cristianos saben que el Espíritu Santo es el Espíritu que Cristo nos envía desde el Padre para que habite en nosotros y nos santifique. Pero pueden no caer en la cuenta de que esta acción «económica» del Espíritu Santo, su misión entre los hombres, la realiza al modo como tuvo su primera acción en el mundo, la cual no fue sin María. Cristo es el primer hombre, la cabeza de la humanidad redimida, el nuevo Adán y no puede ser distinto el modo como actúa el Espíritu Santo en la cabeza y en los miembros. «Una misma madre no da a luz la cabeza sin los miembros».

La solidez de esta doctrina es indiscutible según atestigua la más antigua tradición de la Iglesia y que el Concilio Vaticano II ha recogido expresamente, en palabras de san Agustín, diciendo que «[La Virgen María] es verdadera madre de los miembros (de Cristo)… por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza». La mediación de María en la actuación del Espíritu Santo en cada hombre está afirmada en el Catecismo: «Por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en comunión con Cristo a los hombres». Y de ahí deriva su maternidad espiritual: «Al término de esta misión del Espíritu, María se convierte en la “Mujer”, nueva Eva, “madre de los vivientes”, Madre del Cristo total (cf. Jn 19, 25-27)».

En este artículo se va a poner el texto fundamental de san Luis María, arriba citado, acerca del singular papel de la Virgen María en la actuación del Espíritu Santo sobre cada una de las almas de los cristianos, en relación con un pasaje evangélico de la mayor relevancia como es el comienzo del capítulo tres del Evangelio de san Juan, donde se narra el diálogo entre Jesús y Nicodemo que nos introduce de modo explícito en esta consideración de la acción fecundante del Espíritu Santo en cada alma que la hace nacer a una nueva y superior vida.

Leemos en san Juan la escena del diálogo nocturno entre Jesús y el fariseo Nicodemo, maestro de la Ley, quien atisba la procedencia divina de Jesús manifestada por sus obras extraordinarias y parece como si quisiera entrar en esta nueva doctrina. Nicodemo, incipiente discípulo -que no parece hipócrita, como otros que se cruzan en el camino de Jesús-, descubre que lo que hace Jesús es de Dios «porque nadie -le dice- puede hacer esas señales que tú haces si Dios no está con él». Pero Jesús le sale al paso -como suele hacer siempre-, al ver que Nicodemo está todavía lejos de reconocerlo como verdadero Hijo de Dios. En efecto, no basta reconocer que «Dios está con él (en minúscula)»; hay que llegar a aceptar que el Hijo del hombre es también el Hijo de Dios. Pero es muy sorprendente el modo como lo hace. En efecto, a renglón seguido de la declaración de Nicodemo responde Jesús: «En verdad, en verdad te digo: si uno no fuere engendrado de nuevo no puede ver el reino de Dios».

¿Por qué Jesús le advierte, de sopetón, que es preciso nacer, ser engendrado, de nuevo? La respuesta parece clara: Jesús le enseña -justamente por su buena disposición- que todo ha de ser nuevo en la comprensión y práctica de su doctrina pues de otro modo el discípulo se queda -como tantos judíos que le seguían porque le veían hacer cosas extraordinarias- en lo externo. Estos que no nacen de nuevo son los que rechazarán a Jesús en las dos grandes ocasiones: cuando les hablará de la Eucaristía -que es el pan indispensable de la nueva vida- y cuando le verán perseguido, acusado y sentenciado por los poderes políticos y religiosos -esto es, cuando la salvación se alcanza al precio de la entrega de esta vida terrena-. Es pues necesario nacer de nuevo.

Santo Tomás de Aquino, en su comentario al Evangelio de san Juan advierte que el término latino «denuo» -que nosotros traducimos al castellano por «de nuevo»- es la traducción que san Jerónimo hizo del término griego anothen, el cual propiamente debería traducirse al latín por «desuper» (en castellano, «desde arriba»). Con esta observación nos instala en el núcleo y la intención de las palabras de Jesús. En efecto no se trata meramente de nacer «de nuevo» en el sentido de nacer «otra vez» -¿para qué serviría esto?-, sino de nacer «desde arriba» lo cual a fortiori es un nuevo nacimiento pero no la repetición del anterior. Santo Tomás nos da a conocer que san Juan Crisóstomo señaló que nacer «desde arriba» se diría sólo del mismo Jesús que, siendo Dios, ha nacido «desde arriba» por ser el Hijo unigénito del Padre, pero el Aquinate observa que también se puede decir de los hombres regenerados por Cristo que han nacido «desde arriba», pues como dice san Pablo en su carta a los Romanos «a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, en orden a que fuese el primogénito de muchos hermanos». «Por ello -dice- porque aquella generación [la del Hijo de Dios] es de lo alto (superna) también nuestra generación es desde arriba

Fijémonos de nuevo en el diálogo evangélico. La condición impuesta por Jesús no es fácil de asimilar y las palabras de Nicodemo demuestran esta dificultad aparentemente insoslayable: «¿Cómo puede un hombre nacer, si ya es viejo? ¿Acaso puede entrar segunda vez en el seno de su madre y nacer?». La escena ha llegado rápidamente a su punto culminante. ¿Habla Jesús en parábolas? ¿Se trata sólo de un lenguaje metafórico? ¿Es esta expresión nacimiento una manera de hablar, diríamos, un tanto exagerada, para referirse, en realidad, a una mera «conversión»? En este caso, el nacimiento sería como una «alegoría» usada por Jesús, pero que no habría de ser entendida literalmente.

Pero hemos de agradecer a Nicodemo que lo tomara literalmente y no ocultara su extrañeza, porque dio pie a Jesús para aclarar si verdaderamente se trataba de algo literal o sólo metafórico. A muchos les gustan las lecturas meramente «alegóricas» que huyen, por principio, de la interpretación literal del Evangelio, que, en cambio, tanto provecho ha hecho a los santos.

La respuesta de Jesús muestra que la expresión empleada no es metafórica sino real, con la única precisión que Él no ha dicho que haya de ser un nacimiento «carnal» -esta es la interpretación de Nicodemo- sino simplemente un «nacimiento» y aclara, en su respuesta, que es un nacimiento espiritual, pero nacimiento al fin. E insiste en la precisión del término empleado repitiéndolo: «No te maravilles que te haya dicho: es necesario que nazcáis de nuevo».

Santo Tomás comenta que lo que Nicodemo considera imposible desde el punto de vista carnal, que alguien pueda volver al vientre de su madre, sí es posible espiritualmente porque «cualquiera, por grande que sea, puede, por el bautismo, entrar en el “útero espiritual esto es, en la Iglesia”». Lo que santo Tomás atribuye a la Iglesia, el lugar donde se nace a la vida del Espíritu, lo es, con igual y mayor motivo la Virgen María. En efecto, el Concilio Vaticano II, al hablar de la fecundidad de la Virgen y de la Iglesia, refiere a la Iglesia el hacer la misma función maternal de la Virgen, con estas palabras: «La Iglesia, contemplando su profunda santidad e imitando su caridad y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, se hace también madre…». Según deja claro este texto conciliar no es María quien imita a la Iglesia sino la Iglesia la que imita a María en esta función maternal, pero esta verdad no estaba tan clara en tiempos de santo Tomás.

Las literales palabras de respuesta de Jesús afirman que el nacimiento al que se refiere como venido de lo alto se hace por el agua y el Espíritu Santo: «En verdad, en verdad te digo, quien no naciere de agua y Espíritu no puede entrar en el reino de Dios». La Iglesia ha interpretado siempre este fragmento como una referencia al bautismo. Pero ha de aceptarse que Jesús no habla aquí sólo de la necesidad del bautismo sino que, por el contexto de todo el diálogo, puede sostenerse que Jesús da una doctrina general de lo que significa el nacer a la nueva vida en Cristo.

Toda la cuestión, por tanto, estriba en entender si es legítima la tesis general de san Luis María: siempre que ha de nacer un alma a la nueva vida de la gracia, esto es, a conformarse con Cristo sólo puede hacerse en el seno de la Virgen donde se engendró el Hijo de Dios. Creemos que efectivamente -siempre a la luz del texto montfortiano- la Virgen María estaría representada en el texto del Evangelio de Juan por el «agua». ¿Es aceptable esta interpretación? Naturalmente, sabemos que el agua es la materia del sacramento del bautismo. Pero santo Tomás dice, en la Suma Teológica, al tratar del bautismo, que el agua simboliza la generación. Y como simboliza la generación en el orden natural es adecuada para significar la generación en el orden sobrenatural. Y la misma significación se declara en la liturgia de la noche pascual al bendecir el agua. Y en el Catecismo de la Iglesia Católica se lee: «Desde el origen del mundo el agua, criatura humilde y admirable, es la fuente de la vida y de la fecundidad».

Pero la Virgen Santísima es, sin ninguna duda, nuestra Madre en el orden de la gracia, como dice el Concilio Vaticano II. Luego está muy bien representada por el agua en tanto que el agua simboliza aquello de donde emerge la vida.

Esta interpretación se funda en que San Luis María Grignion de Montfort nos enseña que la revelación de la totalidad de la doctrina acerca de María se hizo de modo gradual pues era preciso que se supiera primero con claridad que el único esencialmente fecundo es el Espíritu Santo, pero que era necesario que se fuera sabiendo de modo más preciso que esta acción salvífica esencial se realiza mediante la disposición que el Espíritu halla en cada hombre que ha de ser salvado, como la halló en María. La gradualidad del conocimiento de la acción salvífica de María se ha ido conociendo cada vez con mayor perfección, tal como lo señala el Concilio: «Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento y la Tradición venerable manifiestan de un modo cada vez más claro la función de la Madre del Salvador en la economía de la salvación y vienen como a ponerla delante de los ojos».

Es muy de advertir la expresión «de un modo cada vez más claro» al ponerla particularmente en relación con la economía de la salvación de todos los hombres. Tal es exactamente el mensaje y la actitud de san Luis Mª Grignion. Y esto es lo que ha hecho el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, poner ante los ojos de los cristianos la necesaria intervención de María en la economía de nuestra salvación.

Volvemos al texto evangélico. Nicodemo, que ya ha entendido que se ha de nacer del Espíritu y no de la carne, sigue sin entender cómo puede haber nacimiento por obra del Espíritu. «Respondió Nicodemo y dijo: ¿Cómo puede ser esto?». Está claro para él que Jesús se empeña en hablar de nacimiento, pero también está claro que él no entiende que pueda haber nacimiento por Espíritu. El Espíritu, piensa Nicodemo, puede «inspirar», puede «iluminar», puede «mover», pero no puede «hacer nacer». Esto ya ha sucedido una vez y para él, que es todavía carnal -«lo que procede de la carne, carne es, lo que procede del Espíritu, es espíritu», dirá Jesús- no hay más nacimiento en el sentido literal de la palabra que el nacimiento carnal. Pero para Jesús la cuestión es esencial y no hay otra palabra que exprese la condición para «ver», esto es, entender y vivir el reino, más que la de un nuevo nacimiento.

La reiterada perplejidad de Nicodemo y su expresa formulación, su «¿cómo puede ser esto?» nos invita a relacionarla con el «¿cómo será esto, pues no conozco varón?» de la Virgen en Nazaret. El tema es muy parecido, pues en ambos casos se trata de un nacimiento de forma no natural, pero con una actitud inversa: lo que en Nicodemo es perplejidad, incomprensión, en María es la respuesta satisfactoria. María sí entiende que el Espíritu hace nacer y puede hacer Madre a una Virgen, porque María está preparada para entender la voz del Espíritu que le transmite el Arcángel. Nicodemo, en cambio, no lo podía entender.

El momento clave de aquel diálogo se manifiesta cuando Jesús le quiere dar a entender que la primacía está siempre en Dios diciéndole: «Nadie ha subido al cielo, si no es el que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre».

Claramente manifiesta Jesús que Él no es un hombre que «hace prodigios porque Dios está con él» sino porque Él mismo es Dios. Dios no se ha fijado en un hombre; Dios se ha hecho hombre. Ahora bien, ¿cómo ha bajado Jesús del cielo? ¿Lo ha hecho de una manera humana de forma que excluya al Espíritu, o de manera «espiritual» de forma que excluya lo humano? Sólo hay una respuesta real: Jesús ha bajado del cielo en María y por María en quien el Espíritu Santo ha obrado toda su fecundidad.

El texto de san Juan es paralelo al comienzo del relato de la Creación del Génesis donde se menciona conjuntamente el agua y el Espíritu: «El Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas». Pero en el comienzo mismo del Nuevo Testamento esta conjunción agua-Espíritu es sustituida por la conjunción María-Espíritu, pues en la anunciación el ángel Gabriel dijo a María el modo cómo se realizaría su maternidad: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cobijará con su sombra; por lo cual también lo que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios».

Y así, tanto en la Creación como en la Redención, está presente este medio indispensable para que se realice la obra de Dios, pero reconociendo un plano superior en todo lo relativo a la Redención, recordando que si maravillosamente creó Dios la humana naturaleza más maravillosamente la restableció, como dice la oración que precede al ofrecimiento del vino, justamente al añadir un poco de agua al vino que ha de convertirse en sangre de Cristo.

Cuando del costado de Cristo brotó sangre y agua, es común interpretación que por el agua se representa la Iglesia, de la que la liturgia dice que nació del costado de Cristo. Santo Tomás dice que todos los sacramentos brotan del costado de Cristo muerto en la cruz. También aquí es evidente el paralelismo con la creación del mundo, pues la Iglesia procede del costado de Cristo como Eva nació del costado de Adán. Pero como hoy sabemos que María es la Madre de la Iglesia, es muy coherente interpretar que el agua es la Madre que Cristo acababa de entregar a Juan desde la cruz, del mismo modo que llamamos a Cristo nuevo Adán y a María nueva Eva. Muchos textos se aplican proporcionalmente a la Iglesia y a María.

El agua, como significación propia, es el medio necesario para que haya vida en el orden natural, como el Espíritu es la causa eficiente de que haya vida así natural como sobrenatural. La mayor maravilla a que nos lleva la acción santificadora, que está por encima y es la culminación de la acción creadora, hace que el agua, que es un elemento natural, sea una figura de una persona humana, y de santidad singular, como es la Virgen María, en la que brilla de modo eminente aquello que el agua simboliza, la pureza -que todo lo purifica- y la humildad -que se hace receptiva de todas las virtudes.

Así, el Concilio Vaticano II, siguiendo a san Epifanio, llama a María «Madre de los vivientes». Y en el plano que afecta de lleno a esta reflexión montfortiana afirma el Concilio «Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia», y poco más adelante, haciendo suyo precisamente el texto de la carta de san Pablo a los Romanos antes citado, dice: «Dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rom 8, 29), esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno». Son textos realmente impresionantes y san Luis María Grignion de Montfort no pretende decir más que estos mismos textos.

La eficacia intrínseca de los sacramentos instituidos por Jesucristo -cuando se realizan con las debidas materia y forma- no puede ser argumento para cerrar el paso a esta otra interpretación de carácter general por la que descubrimos la función maternal de María en la generación de la vida cristiana. La Iglesia declarará formalmente algún día, sin duda, que María es medianera de todas las gracias. Esta verdad indudable no anulará el rito del bautismo ni de la confesión ni ningún otro sacramento. Ella, ciertamente, no sustituye a los sacramentos, antes al contrario, nos lleva a ellos porque Ella ve en ellos la gracia que nos mereció Jesucristo, pero Ella es medianera también de estas gracias que, según san Luis María, atrae para bien de los hombres al atraer al Espíritu Santo; y nos ayuda con su protección a conservar la eficacia de los sacramentos una vez recibidos. Pero los que, porque ya tienen los sacramentos, se niegan a descubrir el papel singular de la Virgen María son, en definitiva, los nuevos jansenistas. Olvidan algo muy importante, y es que la Virgen María, si sabemos tomarla como verdadera Madre, es la principal garante de la virtud más fundamental, la humildad, sin la cual ninguna virtud se engendra ni se conserva.

A este respecto escribe san Luis María Grignion de Montfort: «¡Ah! ¡Cuántos cedros del Líbano y estrellas del firmamento se han visto caer miserablemente y perder toda su alteza y claridad en poco tiempo! ¿De qué ha procedido este extraño cambio? No fue falta de gracia, que a nadie falta, sino que fue falta de humildad. Se han juzgado más fuertes y más poderosos de lo que eran, más capaces de guardar sus tesoros; se han fiado y apoyado en sí mismos, han creído bastante segura su casa y bastante fuertes sus cofres para guardar el precioso tesoro de la gracia, y a consecuencia de esta confianza insensata que en sí tenían, aunque les pareciera que se apoyaban sobre la gracia de Dios únicamente, el Señor justamente ha permitido que hayan sido robados, abandonándolos a sí mismos. ¡Ay! Si hubiesen conocido la admirable devoción a María, hubieran confiado su tesoro a la Virgen poderosa y fiel, que se lo hubiera guardado como su bien propio, haciéndolo como un deber de justicia».

La Virgen María es el agua del Nuevo Testamento, la única dispuesta a recibir el Espíritu precisamente por su humildad. La humildad de María atrajo hacia sí la mirada de la Trinidad y la colmó de gracia hasta el punto de hacerla digna esposa del Espíritu. Esto es lo que dice el canto de adoración y acción de gracias de la Virgen: «Porque puso sus ojos en la bajeza de su esclava». Ella, haciendo de Madre, nos atrae la gracia de Cristo y es la garante de nuestra imprescindible humildad.

José María Petit

La Inmaculada Concepción esperanza de la cristiandad

immaculate_conceptionPío IX, Vicario de Jesucristo, con el aplauso unánime del mundo católico, rodeado del Episcopado que, como nunca, aparecía íntimamente unido y dócilmente sumiso a su Cabeza, otorgó este triunfo magnífico a María, que proyectó un brillo incomparable sobre las prerrogativas del Pontificado y sobre las perspectivas de la Iglesia.

Y entonces, en nombre de esta misma santa Iglesia de la que es a la vez intérprete y doctor, después de enseñarle con infalible autoridad lo que precisa creer con respecto a la Concepción de María, expresó con las siguientes consoladoras palabras lo que le es dado esperar como resultado del triunfo otorgado a su augusta Reina: Confiamos, con certísima esperanza y absoluta fe, que la bienaventurada Virgen quiera hacer que tú Santa Madre Iglesia, libre ya de dificultades y victoriosa de todo error, florezca en todas las naciones, para que las almas erradas vuelvan a la senda de la verdad, y se haga un solo rebaño y un solo Pastor.

Mas, ¿qué relación habrá entre la definición de un dogma que sólo interesa a la piedad de una selección, y el triunfo de la Iglesia por medio de la conversión del universo?

En primer lugar, podemos aducir el sentimiento unánime de esta multitud de almas sencillas y despreciables, según el mundo, que forman la parte principal y, sobre todo, la parte más selecta del cuerpo de la Iglesia.

Tenemos también la eficacia de la mediación de María. Se ha dicho que así como Jesucristo vino al mundo por la Santísima Virgen, también por Ella deberá reinar en el mismo. Efectivamente, Dios, que gusta de hacer el honor a sus criaturas de que colaboren con Él en todas sus obras, quiso que la Humanidad no permaneciera extraña a la más divina de todas y de la que le provendría su salvación; y fue María, pura por excepción entre nuestra raza culpable, la que proporcionó a Dios esta colaboración tan gloriosa para ella y para nosotros. Fue la humana mediadora en la concepción del divino Mediador. Tal es su misión y, al mismo tiempo, la explicación de sus incomparables prerrogativas.

Mas esta misión de su Madre, no se limitará al nacimiento del Verbo encarnado; proseguirá, no tan sólo durante la vida mortal del divino Salvador, sino también en todas las fases de esta segunda existencia por la que vive en la Iglesia y que empieza al terminar su vida mortal. Es más: aun antes de nacer, María se nos muestra como la mediadora por la que el Salvador debía revelarse y darse al mundo.

Recordemos la promesa que rehabilitó, después de su caída, a nuestro primer padre, y en virtud de la cual el mundo antiguo ha podido participar de los frutos de la Redención futura. Y al llegar al cumplimiento de la promesa, al realizarse en el tiempo la obra divina, siempre y en todas partes veremos a María preceder y abrir paso a Jesús. Entre sus brazos se mostró a los pastores, primicias de la Iglesia de los judíos, como a los magos, primicias de la de los gentiles. Apóstol dé los Apóstoles y Evangelista de los Evangelistas, ella reveló por su medio a la Iglesia entera las circunstancias de la Encarnación y Nacimiento del Hijo de Dios. Cuando este divino Salvador deberá, con su sangre, poner el último sello a su alianza, María estará allí para testimoniar tal alianza en nombre de la Humanidad, y recibirá esta sangre y agua salidas del Corazón entreabierto de Jesús, que, según los Santos Padres, han sido como las fuentes de vida de la Iglesia. Su seno será, pues, la tierra bendita que, luego de recibir el grano de trigo destruido por la muerte, lo hará renacer centuplicado; será, finalmente, el paraíso terrenal en donde será formada la esposa del nuevo Adán, sacada, como la primera Eva, del costado de su esposo, adormecido con misterioso sueño. Y cuando, más adelante, esta Iglesia, concebida en el Calvario, nazca en el Cenáculo y reciba el Espíritu de Vida en su plenitud, será también por las plegarias e intercesión de María que este Espíritu se derramará sobre ella.

¿No es todo ello suficiente para establecer los derechos al título de Corredentora que la Iglesia siempre le dispensó? ¿Va a extrañarnos que, después de recibir de esta misericordiosa Medianera a Jesucristo, autor de su vida, y al divino Espíritu que es de ella principio, la Iglesia haya siempre reconocido con tanta confianza su patronato?

La economía de la Providencia es siempre la misma: Jesús mostrándose al mundo en brazos de María.

Y en la actualidad, ¿qué queda por hacer? Completar la Redención por la realización de todos sus frutos, con la plena manifestación de Jesús al mundo, disipando todas las nubes que ocultan aún a la vista de los hombres la belleza de su divino rostro, y removiendo los obstáculos que se oponen al pleno advenimiento de su Reinado. Tan gran acontecimiento no puede producirse sin un preludio digno de él. Mas, ¿cómo hallar mejor preludio que la manifestación completa de todos los privilegios de María y, principalmente, de este privilegio incomparable que precedió a todos los demás, en el tiempo, y que ha sido como la piedra angular del edificio magnífico de Gracia que Dios ha levantado en el alma de tan gloriosa Virgen: su Inmaculada Concepción?

Finalmente, para acabar de comprender las relaciones que existen entre este dogma de la Inmaculada y las esperanzas que la Iglesia ha puesto en su solemne definición, consideremos este dogma en sí mismo y veremos que si su definición debe ser para la sociedad señal de gran renovación, será al mismo tiempo el remedio indicado para curar los males que la aquejan.

Por esta definición dogmática propone la divina Providencia a la sociedad moderna una conciliación. Nuestro siglo es, ante todo, orgulloso. Sus conquistas sobre la materia, sus descubrimientos, los prodigios de su industria, lo han infatuado hasta el delirio. No puede hablársele de caída ni de corrupción original, de inclinaciones a combatir ni de sacrificios a realizar; según él, el mal no existe en los individuos, sino sólo en la mala organización de la sociedad, y su redención consistirá en renovarla, encontrando una organización en que todas las pasiones hallen su entera satisfacción.

Pues bien, al obligar a este siglo a celebrar como un privilegio incomparable la Concepción Inmaculada de María, la misericordiosa Providencia le ha obligado al mismo tiempo a reconocer la reprobación que pesa sobre toda nuestra estirpe. Equivale, pues, por parte de la Iglesia, a una solemne condenación de los errores modernos, y, por parte de la sociedad, a una solemne retractación; y la Iglesia nos proporciona, al mismo tiempo, el medio de salir del infortunio y de lavar nuestras manchas, al mostrarnos el Corazón de esta Madre Inmaculada como una fuente de pureza que anhela regenerar al mundo.

P. Enrique Ramière, S.I.

María, medianera de todas las gracias

//static.flickr.com/8245/8664211556_0bb5c890f0_mSi Inmaculada, también Medianera

Él titulo dulcísimo de «Concepción Inmaculada» está indisolublemente unido a la grata memoria de Pío IX. Quizá nunca el pueblo cristiano ha recibido con mayor júbilo ningún documento pontificio que la Bula dogmática «lneffabilis Deus», en que Pío IX define la Concepción Inmaculada de la Virgen María. Ahora bien, en esta misma Bula, el inmortal Pontífice enseña, aunque sin intención de definirla, la Mediación universal de la Santísima Virgen. De sus enseñanzas se colige una consoladora paridad entre la Concepción Inmaculada y la Mediación universal: paridad que puede expresarse en estos términos: Si, por su inefable unión con Jesucristo, María es Inmaculada en su Concepción, por esta misma unión es Medianera universal. Esta paridad deseamos ahora poner de manifiesto, por ser un argumento incontrastable de la Mediación universal de María: argumento que, a su valor intrínseco, junta la comprobación pontificia.

¿Por qué María fue Inmaculada en su Concepción? Entre todos los argumentos de Escritura y Tradición que en su Bula enumera Pío IX, el más poderoso, el que más ampliamente desenvuelve y más veces insinúa, es el de Segunda Eva, íntimamente asociada al Nuevo Adán, Jesucristo. Escuchemos las magníficas palabras del inmortal Pontífice:

«Los Padres y escritores eclesiásticos… al explicar las palabras con las cuales Dios, anunciando ya en los mismos principios del mundo los remedios de su misericordia preparados para la reparación de los hombres, rebatió la audacia de la serpiente engañadora y levantó maravillosamente la esperanza de nuestro linaje, diciendo: Pondré enemistades entre ti y la Mujer, entre tu descendencia y su Descendencia…, enseñaron que Dios, por este oráculo, mostró de antemano, clara y abiertamente, al misericordioso Redentor del linaje humano, a saber, al Unigénito Hijo de Dios, Jesucristo, y designó a su Santísima Madre, la Virgen María, y juntamente expresó y puso de relieve la indivisible enemistad de entrambos con el diablo. Por lo cual, así como Cristo, Mediador de Dios y de los hombres, habiendo tomado la naturaleza humana, borró el documento y decreto de nuestra condenación y lo clavó triunfalmente en la cruz, así también la Virgen Santísima, unida a Él con vínculo estrechísimo e indisoluble, a una con Él y por Él, actuando su eterna enemistad contra la venenosa serpiente y triunfando plenísimamente de ella, con su pie inmaculado le quebrantó la cabeza».

Veamos cómo de las palabras del Génesis colige el Pontífice la Concepción Inmaculada de María. La Virgen, dice, fue Inmaculada, porque su enemistad con Satanás fue perpetua, y su unión con Cristo fue estrechísima e indisoluble. Esto es, existen dos campos enemigos, irreconciliables: el de Satanás y el de Cristo, el del pecado y el de la gracia. Respecto del campo de Satanás, la Virgen estuvo en hostilidad perpetua, nunca militó en él: por eso estuvo siempre exenta de todo pecado; respecto del campo de Cristo, siempre estuvo de su parte, ni un instante militó contra Él: por eso siempre participó de la gracia. Por tanto, si nunca en pecado, si siempre en gracia, Inmaculada y santa fue, necesariamente, su misma Concepción.

Tal es, en sustancia, la argumentación de Pío IX. Examinemos ahora si puede hacerse semejante raciocinio para deducir del Génesis la Mediación universal.

Los dos campos, de Satanás y de Cristo, no son simplemente dos posiciones opuestas, dos símbolos, pasivos de significación contraria: son dos huestes en lucha encarnizada. De ahí que la situación de la Virgen respecto de estos dos campos no es simplemente pasiva: no se limita la Virgen a estar perpetuamente frente a frente de Satanás y de la parte de Cristo. La Virgen participa de la hostilidad y de la lucha. Contra la serpiente está continuamente actuando su eterna enemistad, triunfa constantemente de ella, quebranta su cabeza. Asociada a la obra de Cristo, participa de sus luchas y de sus victorias. En suma, la parte de la Virgen en la obra de Cristo contra Satanás no es pasiva, sino muy activa. Ahora bien, ¿cuál es, según el Pontífice, el carácter de Jesucristo en esta obra? El de Mediador entre Dios y los hombres. De ahí se sigue manifiestamente que la Virgen, activamente asociada al Mediador, y unida a Él con lazos estrechísimos e indisolubles, participa activamente de su mediación. Por esto, como la mediación de Cristo es inmediata y universal, inmediata también y universal es la mediación de la Virgen. Que no son dos mediaciones, sino una sola mediación, en la cual Cristo tiene la parte principal, porque Él es quien pone todo su valor y mérito, y la Virgen tiene una parte secundaria, porque todo cuanto ella pone lo ha recibido de Jesucristo.

Dos cosas conviene advertir aquí, que harán ver la fuerza incontrastable de esta argumentación. Primeramente, es de notar cuán estrecha y absoluta sea la unión de la Virgen con. Cristo, para que, en virtud de esta unión, la Virgen no haya estado un solo instante sin gracia. Para que esta unión pueda ser tan eficaz, es menester que no conozca límites: que si limites tuviera o pudiera tener, ya no sería legítima la consecuencia. Pues bien, semejante ausencia de límites ha de tener igualmente respecto de la mediación: poner límites seria aflojar esta unión y, consiguientemente, privar de un firme apoyo a la Concepción Inmaculada. Asociada, pues, ilimitadamente, la Virgen a la mediación de Jesucristo, necesario es que participe de su universalidad inmediata. Es, por tanto, universal e inmediata la mediación de la Virgen.

En segundo lugar, hay que advertir que esta aplicación que hemos hecho de la argumentación de Pío IX a la mediación universal, no es una mera paridad, como la hemos llamado al principio, sino una verdadera consecuencia «a fortiori», como dicen. Queremos decir que del pasaje del Génesis la mediación universal se deduce más directa y explícitamente que la Inmaculada Concepción. La razón de ésta que pudiera parecer paradoja es bastante clara. La fuerza de una y otra consecuencia está, según hemos indicado, en la estrecha unión de la Virgen a Cristo: la Inmaculada Concepción se deduce de la unión a Cristo como principio de santidad; la mediación universal, de la unión a Cristo como Mediador. Ahora bien, de estos dos oficios o caracteres de Cristo, el de Mediador, según la explicación de Pío IX, está más explícito y saliente que el de Santificador. Luego, en el pasaje citado del Génesis, la Virgen, por su unión a Cristo, aparece más visiblemente aún como Medianera universal que como Inmaculada en su Concepción.

Toda esta argumentación es confirmada maravillosamente, si se considerase que, según San Pablo, el Segundo Adán es, precisamente en cuanto tal, Mediador universal. Pero no es menester, para nuestro objeto, salirnos de la bula «lneffabilis Deus». Para concluir, notaremos que en la Bula, el inmortal Pontífice, después de reproducir la definición dogmática, como no cabiendo en sí de júbilo por haber proclamado Inmaculada la Concepción de María, prorrumpe en una fervorosa exhortación a todos los hijos de la Iglesia, en la cual, realmente, les propone a la Virgen como Medianera universal en la economía de la gracia, y les alienta e impele a que acudan a su omnipotente valimiento e intercesión. Porque ella es la Madre dulcísima de la misericordia y de la gracia en todos los peligros, angustias y necesidades … Que nada hay que temer, nada que desesperar, siendo ella nuestra guía…, nuestra protectora; ella, que, teniendo para con nosotros Corazón de Madre, y tomando a su cargo los negocios de nuestra salud, extiende su solicitud sobre todo el género humano…, y, colocada a la diestra de su Hijo Unigénito, Nuestro Señor Jesucristo, intercede potentísimamente con sus maternales súplicas.

Él corazón de la Medianera

«Uno es el Mediador entre Dios y los hombres; un Hombre, Cristo Jesús», decía San Pablo (1 Tim. 2, 5). Pero esta mediación del Nuevo Adán, lejos de excluir la mediación de la Segunda Eva, antes bien la reclama. Única es la mediación; pero la ejercen, si bien con títulos y méritos desiguales, el Nuevo Adán, como Mediador principal, y la Segunda Eva, como Medianera secundaria, asociada a Jesucristo. Jesucristo tiene en sí y de sí lo que le constituye Mediador; si la Virgen no lo tiene de su cosecha, mas al fin lo tiene, recibido de Jesucristo por asociación a la persona y a la obra del Mediador. Por esto, todas las gracias, si vienen de Jesucristo como de fuente, se nos comunican por manos de María. De ahí la importancia ascética de la devoción a la Virgen Medianera de las gracias.

Pero en la Virgen, lo mismo que en Jesucristo, la mediación es función del Corazón. La mediación se ejerce por el sacrificio y por la intercesión. ¿Y quién, si no el amor de su Corazón, movió a la Virgen a sacrificarse con Jesucristo por los hombres y a interceder con Jesucristo por ellos?

Además, la mediación de María es mediación de Madre; y la madre mira por sus hijos y se sacrifica por ellos, impulsada y gobernada por el amor de su corazón.

De ahí que la devoción a María Medianera lleve naturalmente a la devoción al Corazón de María: como el amar y gratitud a Cristo Mediador se resuelve naturalmente en devoción a su Corazón amorosísimo. O, en otros términos: como la mediación de María es una expansión o derivación de la mediación de Jesucristo, así la devoción al Corazón de María es también una expansión y como complemento de la devoción al Corazón de Jesús. En este sentido podemos decir que, así como el Corazón de María, tan estrechamente unido y compenetrado con el Corazón de Jesús, forma con él el medio único de gracia y de Espíritu para los hombres, de la misma manera la devoción a entrambos Corazones es principio universal y fecundo de la vida espiritual y de la ascética cristiana.

P. José María Bover, S.I.

San José esposo de la Santísima Virgen

//static.flickr.com/8242/8664200750_db79c24064_mMediada la Cuaresma nos llega una dulce alegría: San José, el Esposo de María, el Padre nutricio del Hijo de Dios al descender a la tierra para revestirse de nuestra humanidad, necesitaba una Madre; esta madre no podía ser sino la más pura de las Vírgenes, y la maternidad divina no debía alterar en nada su incomparable virginidad.

Hasta que el Hijo de María fue reconocido como Hijo de Dios, el honor de la Madre pedía un protector: un hombre debía pues ser llamado a la gloria de Esposo de María. Y fue José, el más casto de los hombres.

No fue su única gloria el haber sido escogido para proteger a la Madre del Verbo encarnado; fue también llamado a ejercer una paternidad adoptiva sobre el mismo Hijo de Dios.

Los judíos llamaban a Jesús, hijo de José. En el templo, en presencia de los doctores de la ley, a quienes el divino Niño acababa de maravillar por la sabiduría de sus respuestas y de sus preguntas, María dirigía la palabra a su hijo de esta manera: «Tu padre y yo te buscábamos llenos de inquietud» (Lc 11, 48); y el Santo Evangelio añade que Jesús estaba sumiso a José como a María.

Grandeza de San José

¿Quién podría concebir y explicar dignamente los sentimientos que llenaron el corazón de este hombre que el Evangelio nos describe en una sola palabra, llamándole hombre justo?

¿Un afecto conyugal cuyo objeto era la más santa y perfecta de las criaturas de Dios; el aviso celestial dado por el Ángel que le reveló que su Esposa llevaba en su seno el fruto de la salvación, y le asoció como único testigo en la tierra a la obra divina de la Encarnación; las alegrías de Belén cuando asistió al Nacimiento del Niño, honró a la Virgen Madre, y oyó los conciertos angélicos; cuando vio llegar junto al recién nacido, a los pastores, pronto seguidos por los Magos; las alarmas que tan prontamente vinieron a interrumpir tanta dicha, cuando en medio de la noche tuvo que huir a Egipto con el Niño y la Madre; los rigores de este destierro, la pobreza, el desprendimiento de todo, de los que fue víctima el Dios escondido, de quien era nutricio, y la Esposa virginal cuya dignidad comprendía cada día mejor; el retorno a Nazaret, la vida humilde y laboriosa que llevó en esta ciudad, donde tantas veces sus ojos enternecidos contemplaron al Creador del mundo compartiendo con él su duro trabajo; en fin, las delicias de esta existencia sin igual, en la casa que embellecía la presencia de la Reina de los Ángeles, y santificaba la majestad del Hijo eterno de Dios; considerando ambos con deferencia a José como jefe de esta familia que reunía a su alrededor con los vínculos más queridos, al Verbo encarnado, Sabiduría del Padre, y a la Virgen, obra maestra incomparable del poder y santidad de Dios?

No, jamás hombre alguno de este mundo podrá penetrar todas las grandezas de José. Sería preciso para comprenderlas abarcar toda la extensión del misterio con el que su misión aquí abajo le puso en relación, como instrumento necesario.

No nos sorprenda pues que este Padre nutricio del Hijo de Dios haya sido figurado en la Antigua Alianza bajo la fisonomía de un Patriarca del pueblo escogido. San Bernardo ha expresado muy bien esta semejanza: «El primer José, dice, vendido por sus hermanos, y en esto figura de Cristo, fue conducido a Egipto; el segundo, huyendo de la envidia de Herodes, llevó a Cristo a Egipto. El primer José guardando fidelidad a su amo, respetó a su esposa; el segundo, no menos casto, fue el guardián de su Soberana, de la Madre de su Señor, y el testigo de su virginidad. Al primero le fue dada la inteligencia de los secretos revelados en los sueños; el segundo recibió la confidencia de los misterios del mismo cielo. El primero conservó las cosechas de trigo, no para sí mismo, sino para todo el pueblo; el segundo recibió en custodia el Pan vivo descendido del cielo, para sí mismo y para el mundo entero» (San Bernardo -2° Homilía sobre el «Missus est»).

Muerte de San José

Una vida tan llena de maravillas, debía terminarse con una muerte digna de ella. Llegaba el momento en que Jesús debía salir de la oscuridad de Nazaret y manifestarse al mundo. En adelante sus obras iban a dar testimonio de su origen celestial; el ministerio de José estaba pues acabado. Era ya tiempo que saliera de este mundo, para esperar, en el reposo del seno de Abraham, el día en que la puerta del cielo se abriría a los justos. Junto a su lecho de muerte velaba el dueño de la vida; con frecuencia le había llamado Padre; su último suspiro fue recibido por la más pura de las vírgenes, su Esposa. En medio de sus cuidados y asistido por ellos, se durmió José en un sueño de paz. Ahora, el Esposo de María, el Padre nutricio de Jesús, reina en el cielo con una gloria inferior sin duda a la de María, pero lleno de prerrogativas a las cuales nadie más sin duda es admitido.

Protector de la Iglesia

Y desde allí derrama sobre los que le invocan, su poderosa protección. Dentro de unas semanas, una solemnidad especial será consagrada a honrar el Patrocinio de José; pero ya desde ahora quiere la Iglesia que la fiesta de hoy, diga a todos, la confianza que tiene y que quiere inspirarnos en el alto poder del Esposo de María. El 8 de diciembre de 1870, Pío IX proclamó a San José Patrón de la Iglesia Universal. Bendito sea este decreto aparecido como un arco iris. Gracias sean dadas al Pontífice que ha querido que la santa Iglesia más combatida que nunca por el furor de sus enemigos, reciba el derecho de apoyarse en el brazo de este hombre a quien Dios confió la misión de salvar de la tiranía de Herodes a la Virgen-Madre y su Hijo apenas aparecido en el mundo.

Dignaos interceder por nosotros ante el Dios hecho hombre. Pedidle nos conceda aquella humildad que os hizo llegar a tantas grandezas, y que será en nosotros la base de una sincera conversión. Por orgullo hemos pecado, por orgullo nos hemos preferido a Dios; sin embargo Él nos perdonará si le ofrecemos «el sacrificio de un corazón contrito y humillado». Obtenednos esta virtud, sin la cual no existe la verdadera penitencia.

Rogad también, oh José, para que seamos castos. Sin la pureza del corazón y de los sentidos, no podemos acercarnos al Dios de toda santidad, que no sufre cerca de sí nada impuro o manchado. Por su gracia, quiere hacer de nuestros cuerpos templos del Espíritu Santo: ayudadnos a alcanzar esta elevación, a restablecerla en nosotros, si la hemos perdido.

Encomendadnos, en fin, a nuestra Madre. Si echa solamente una mirada sobre nosotros en estos días de reconciliación, seremos salvos: pues es ella la Reina de la misericordia, y Jesús su Hijo, el que os llamó Padre, no espera para perdonarnos, para convertir nuestro corazón, más que el sufragio de su Madre. Obtenédnoslo ¡oh José!, recordadle a María, Belén, Egipto, Nazaret, donde su valor se apoyaba en vuestra abnegación; decidle que os amamos, que también nosotros os honramos: y María se dignará recompensar con nuevas bondades para nosotros, los homenajes que rendimos a aquél que le fue dado por el cielo para ser su protector y su apoyo.

Dom Prosper Guéranger

A María por Jesús

//static.flickr.com/8239/8663109201_cea7e67c2f_mCuando la Santísima Virgen acompañada de su divino hijo iba a visitar alguna de las personas conocidas de Nazaret, o cuando por las fiestas de la Pascua se encontraban los familiares y amigos en Jerusalén, o en muchas de aquellas ocasiones, que a diario se ofrecen de toparse personas que no se habían visto desde hacía tiempo, en semejantes casos ¡cuántas veces habría escuchado la Santísima Virgen estas o semejantes palabras referidas a Jesús: «Qué bendición de Dios es este niño tan bello que tienes; es idéntico a ti» Y los mismos nazaretanos y conocidos de la Sagrada familia, sin duda que muchísimas veces ponderarían la semejanza que mediaba entre María y su Hijo. La tradición conservó este recuerdo, y Nicéforo expresamente recuerda que Jesús era «persimilis per omnia divinae et immaculatae suae genitrici» (PG 145, 750). Ignoraban ellos la causa fisiológica de semejante similitud: Jesús no tenía principio somático más que de su madre, por tanto no podía referir semejanza con otra persona de la tierra.

Pero cuando el transcurso de los siglos borró el recuerdo exacto de la fisonomía corporal de Jesucristo y de su bendita Madre, quedó en todos la idea de que había de ser excelente la figura de aquel que era el más hermoso entre los hijos de los hombres y, en consecuencia, se deducía que su madre habría de ser también excelentísima.

Este pasar de Jesús a María resulta naturalísimo y necesario. Es una consecuencia lógica, que se traduce en un principio casi axiomático, o por lo menos de tal evidencia práctica, que nadie lo pondrá en duda. El principio nos lo formula la Iglesia misma en la oración del día de la Inmaculada: «Deus, qui per inmaculatam Virginis conceptionem dignum Filio tuo habitaculum praeparasti»… o más expresamente en esta otra: «omnipotens sempiterne Deus, qui gloriosae Virginis Matris Mariae corpus et animam, ut dignum Filii tui habitaculum effici mereretur, Spiritu Sancto cooperante praeparasti…»: En donde se afirma que Dios preparó a María un cuerpo y un alma que fuesen dignos de hospedar a su Hijo Jesús. Es que Dios no quería substraerse a las leyes naturales de semejanza entre los Padres y los Hijos, y tratándose de Jesús, Hijo único de Dios Padre en la generación divina, y de María Virgen en la generación humana, era preciso que este hijo tuviese una Madre que no desdijese de la dignidad que le correspondía.

Principio fecundísimo

De tal puede calificarse el que acabamos de enunciar. Porque él nos sirve de guía segurísima y orientadora en la investigación de las grandezas de María. Puede afirmarse que es el primer principio mariano. Cierto es que todas las grandezas de la Virgen radican en su dignidad de Madre de Dios: su concepción original, la plenitud de gracia de que fue adornada, su virginidad unida a la maternidad, su mediación universal, etc. , todo absolutamente todo se basa en la voluntad de Dios de escogerse y prepararse una Madre digna de su Hijo. Si a esta voluntad decidida de Dios se junta la omnipotencia divina llegaremos a un resultado sorprendente. Combinemos, en efecto, estos elementos: voluntad de Dios, omnipotencia de Dios, dignidad de Dios; en todos ellos entra el elemento de infinitud e indefectibilidad y, en consecuencia, el efecto ha de contener también estas cualidades. Si ellas faltan será debido a que la naturaleza de la obra producida por Dios no es capaz de ellas.

Pongamos los ojos en María Santísima. Es pura criatura y por lo mismo no puede llegar a la infinitud de Dios. Pero por otro lado vemos a Dios como empeñado en producir una obra digna de sí, no sólo como creador, sino como redentor. Jesucristo, el Hijo muy amado, en quien el Padre tiene puestas todas sus complacencias, participa de lo infinito porque es verdadero Dios, quien aunque ha tomado naturaleza humana no ha podido menguar en modo alguno la infinitud de su naturaleza divina. Pero la Madre de este su Hijo tan amado, amada ella también con amor de predilección, no tiene la naturaleza divina, sino que como pura creatura es limitada.

De aquí se sigue que hemos de limitar también de alguna manera los privilegios de María; no puede ella alcanzar el infinito absoluto, y esto por imposibilidad intrínseca a su naturaleza. Si Dios no le concede gracias simplemente infinitas, no es (hablando con terminología humana) por falta de deseos, sino porque Dios no puede contradecirse a sí mismo obrando lo imposible. Pero todo cuanto se acerque a la infinitud de Dios será digno de Él; y esto será ya posible en María. Si, pues Dios, quiso y pudo hacer de la Virgen Santísima una morada digna de su Hijo, la hubo de acercar lo más posible a la infinitud de este su Hijo. Con razón podíamos afirmar que el principio de la dignidad que correspondía a la Madre de Dios era un principio fecundísimo para el conocimiento de María.

Principio de comparación

Otro procedimiento para llegar al conocimiento de las perfecciones de la Virgen es el que usan con frecuencia los Santos y Teólogos al investigar las perfecciones de Dios. Como quiera que el entendimiento humano es limitado, no puede llegar al conocimiento intuitivo de lo infinito que es Dios; pero para poderse formar una idea lo más exactamente posible de sus perfecciones examina cuidadosamente todas las que observa en las criaturas, les quita todas las imperfecciones y la limitación que en ellas encuentra, las eleva -como puede- al infinito, y dice: esta es la idea más acabada que puedo formarme de Dios, sin que le haya llegado a comprender exacta y perfectamente tal cual en sí mismo es.

Pues, con las consiguientes salvedades, se procede de manera semejante para apreciar la grandeza de María. Se hace un recuento de todas las perfecciones espirituales que admiramos en los Santos, se acumulan todos los privilegios a ellos concedidos, se suman las gracias con que Dios les ha dotado, etc., y se formula este principio: No hay que negar a la Virgen ninguno de los dones que Dios ha concedido a los demás santos, a no ser que estén contendidos en mayores perfecciones a ella otorgadas. Y de este argumento usan con frecuencia los Teólogos para afirmar de la Virgen ciertos dones y carismas que no nos consta expresamente por las Sagradas Escrituras que los poseyera. Y San Ignacio de Loyola lo emplea al exponer la Aparición de Jesús a su Santísima Madre después de resucitado: «Primero, dice, apareció a la Virgen María, lo cual aunque no se diga en la Escriptura, se tiene por dicho, en decir que apareció a tantos otros; porque la Escriptura supone que tenemos entendimiento, como está escripto: ¿También vosotros estáis sin entendimiento?» (Ejerc. Esp. , 299).

Este principio, sin embargo, de comparación con los otros Santos, será útil para ciertos casos concretos, por ejemplo, para determinar si la Virgen Santísima conoció tales o cuales misterios de Dios, si gozó alguna vez de la visión beatifica, etc. Porque diremos: si, según opinión de muchos Padres y Teólogos, Moisés o San Pablo gozó por algún momento de la visión intuitiva de Dios, no hemos de negar esta gracia a la Santísima Virgen. Pero de esta fórmula no sacaremos el grado de intensidad, por así decirlo, de los privilegios concedidos a la Virgen. Es, por tanto, un principio útil, pero menos fecundo que el primero, de la dignidad de Madre de Dios.

Ad Mariam per Jesum

Sentados estos dos principios, sobre todo el de la dignidad que corresponde a la Virgen por ser Madre de Dios, limitada solamente por las imperfecciones intrínsecas a la naturaleza humana (imperfecciones si se comparan con la perfección purísima de Dios, pero que no importan imperfección alguna de orden moral); queremos buscar en este trabajo que redactamos una norma que nos ilumine más concretamente la intensidad de la grandeza de la Virgen. Ya hemos dicho que no podíamos usar estrictamente para la Virgen del método que empleamos para apreciar de alguna manera la perfección absoluta de Dios, porque nos encontramos con las limitaciones que la pequeñez de la naturaleza nos exige; tampoco nos basta el exaltar a la santísima Madre de Dios sobre todos los Ángeles y Santos justos, porque ello nos llevaría tal vez a un concepto que nos parecería elevado y sería en realidad mezquino. El método apetecido lo encontramos en Jesús.

Hemos dicho anteriormente que Dios quiso formarse una Madre digna de su Hijo, y que María Santísima se asemejaba muchísimo a Jesús. Pero Jesús participa de las dos naturalezas: divina y humana. Por cuanto es Dios trasciende nuestro alcance y comprensión y entra de lleno en el terreno vedado a nuestro entendimiento; pero en cuanto es hombre participa por completo de las limitaciones de nuestra naturaleza, al mismo tiempo que la levanta por encima de los ángeles uniéndola hipostáticamente con la divinidad en unión substancial, estrechísima, perfectísima, como ninguna otra unión creada. Por otra parte, de Jesús nos habla muchísimo la Sagrada Escritura, la Iglesia nos enseña sus perfecciones divina y humana, los Santos Padres nos ilustran y completan las enseñanzas de la Iglesia, y los teólogos sistematizan estas doctrinas. Tratándose de Jesucristo no estamos rodeados de tinieblas, sino de luz vivísima; la lucha plurisecular con los herejes no ha hecho más que perfilar más y más la imagen espléndida de nuestro Redentor, y las manifestaciones del mismo a su confidente Santa Margarita (por no citar más que un ejemplo) han contribuido a que se estudiase científica y místicamente las riquezas inagotables de su sacratísimo Corazón.

De este conocimiento más acabado que tenemos de Cristo Jesús, hemos de deducir el de María, que podríamos formular de esta manera: Como quiera que Dios quiso que Madre e Hijo se asemejaran, todas las perfecciones que encontremos en Jesús y no sean exclusivas de su divinidad o de su misión mesiánica las hemos de aplicar a la Madre divina en el grado que una pura creatura pueda soportar. San Alberto Magno, como tendremos oportunidad de decir más adelante, aducirá en este sentido las palabras de Cristo: «Por el fruto se conoce el árbol. Esta fórmula es, más o menos desarrollada, lo que los filósofos y teólogos califican con el nombre de Principio de analogía, pero con la atenuante, de que este principio en Mariología, por lo general se emplea para limitar los privilegios, no para ensancharlos. Así, cuando decimos que la Virgen Santísima posee una plenitud de gracia análoga, no unívoca a la de Jesús, queremos significar que de alguna manera hay que restringir esta plenitud en María, mientras que en Jesucristo se habla de una plenitud sin restricciones. De todos modos, la analogía supone semejanza, y en este aspecto ella se convierte en principio orientador; y así es como lo tomamos ahora, aunque no rechazamos las limitaciones que nos impone.

Según esto, podremos tener una idea bastante acabada de la Virgen si miramos a su Hijo. Como los nazaretanos, que conocieron primero a María, comprendían por ella a Jesús, así nosotros, que hemos conocido primero a Jesús, hemos de llegar por Él al conocimiento de la Virgen. En otro lugar de esta Revista (núm. 75 [1947], págs. 194-196) aplicamos este procedimiento para esbozar la realeza de María. De la misma manera se podría determinar su Mediación, Sacerdocio, Intercesión, etc. Ahora, manteniéndonos más estrictamente en el plano de los principios, vamos a concretar los que podemos aplicar para comparar a María con Jesús. Son éstos los que modernamente se ha dado en llamar «principios marianos o de Mariología, que son, además del de la divina maternidad, los de asociación, recirculación y solidaridad. De ellos para nuestro caso el más importante es el de asociación, que en cierta manera puede encerrar los otros dos.

Principio de asociación. Es principio muy complejo y no fácil de definir, si se quiere científicamente separar de los otros principios anunciados de divina maternidad, recirculación y solidaridad; pero podemos determinarla con una fórmula· sacada de San Bernardo: «Et quidem sufficere poterat Christus… sed nobis bonum non erat hominem esse solum… Iam itaque nec ipsa mulier, benedicta inter mulieribus, videbitur otiosa; invenietur equidem locus eius in hac reconciliatione». «El prudentísimo y clementísimo artífice -añade- no rompió lo que estaba resquebrajado, sino que mirando a la utilidad, lo rehízo, de suerte que del viejo Adán nos formó uno nuevo, y a Eva la refundió en María. Cierto es que bastaba Cristo, pero a nosotros no nos convenía que el hombre estuviera solo… Porque muy fiel y poderoso mediador entre Dios y nosotros es Cristo, pero en él los hombres temen reverencialmente su majestad divina… Era necesario una mediación para con el mediador. Ni podía hallarse otra más provechosa que María… ¿Qué va a temer la flaqueza humana de acercarse a María? Nada existe en ella de austeridad, nada terrible; toda essuavidad que a todos ofrece mercedes abundantes…» (ML 183, 429-430).

Tenemos, pues, a la Virgen relacionada con Cristo no solamente por el hecho de ser su madre, sino también por estar asociada a Él a la obra propia para la que fue enviado al mundo: la Redención. Por tanto, ya no son solamente títulos honrosos los que se deben a María, ni gracias especiales que la hagan digna de la Madre de Dios, sino también cualidades que la asemejan enteramente a su Hijo para que con Él pueda cooperar a la obra de la Redención de la humanidad.

Un principio así concebido alcanza unos límites a primera vista insospechados. Porque examinemos las propiedades que a Jesucristo le corresponden como a Redentor. Cuatro suelen enumerar principalmente los teólogos: Sacerdote, Profeta, Cabeza, Rey. Y todos estos cuatro oficios, con las limitaciones que el grado de coadyuvadora impone, han de hallarse en María. Dejemos el de Profeta (que no hace tanto a nuestro intento) y el de Rey (de que hablamos en el núm. 75 de Cristiandad), para fijar nuestra atención en los otros dos: Sacerdote y Cabeza.

El sacerdocio de Cristo

Como nuestro fin es hablar de la Virgen, solamente apuntaremos las prerrogativas que en Cristo supone el oficio de Sacerdote. Es el sacerdocio de Cristo, como dice San Pablo, el que le constituye entre Dios y los hombres para interceder por ellos. Así, Sacerdote y Mediador son términos convertibles. Pero la Mediación, Cristo la ejerce de dos maneras: uniendo las dos naturalezas que el pecado separó, divina y humana (mediación ontológica), y reconciliándolas (mediación moral).

¿Puede la Virgen Santísima participar de esta Mediación sacerdotal ?La mediación ontológica no puede propiamente tenerla: sería menester que se uniera hipostáticamente con la divinidad. Pero en cierta manera participa ella de esta prerrogativa. No olvidemos que es la Madre de Dios, que en su seno tuvo unido a sí, de la manera que las madres participan de la vida de sus hijos comunicándoles su ser corporal y formando su cuerpecito, al Verbo de Dios hecho carne el cual precisamente se iba allí disponiendo un cuerpo apto para la obra redentora. Aquel «corpus autem aptasti mihi» que San Pablo pone en boca del Verbo humanado dirigiéndoselo a su Padre celestial, ¡qué significación tan propia tiene en labios de la Virgen Santísima! Si todos los cristianos que participan de la Santísima Eucaristía pueden llamarse divinos, porque se alimentan de manjar divino, el cuerpo y la sangre de Cristo Jesús, ¡qué hay que decir de la Virgen, que formó y alimentó este cuerpo unido hipostáticamente a la divinidad! Y lo que es más, esta humanidad de Cristo, que estaba tan estrechamente unida a la divinidad, se iba formando a expensas del cuerpo de la Virgen, tomando substancia de su substancia, carne de su carne, sangre de su sangre, vida de su vida.

Por este motivo hay títulos muy elevados que relacionan especialmente a la Madre del Redentor con la Santísima Trinidad. No explanaremos aquí estos conceptos, bástenos recordar que se la denomina frecuentemente en los libros de los Padres y Doctores de la Iglesia: Hija o Esposa del Padre, Madre del Hijo, Esposa del Espíritu Santo, complemento de la Trinidad (locución, no obstante, que no pocos rechazan), primera después de la Trinidad augusta. Santo Tomás afirma que la Santísima Virgen es allegada de Dios (22 q. 103 a. 4 ad 2); y Cayetano, comentando este pasaje del Angélico, añade: «Por esto el culto de hiperdulía se debe exclusivamente a la bienaventurada Virgen, que es la única que tocó los límites de la divinidad por propia operación natural cuando concibió a Dios, lo parió, lo engendró y alimentó con su propia leche (sola ad fines deitatis propria operatione naturali attigit, cum Deum concepit, peperit, genuit, et proprio lacte pavit)» . Por semejante manera se expresan con frases muy significativas y casi diríamos atrevidas Hugo de S. Víctor: «Dios habita por identidad en sólo la Virgen» Pedro de Blois: «La Virgen está mucho más allegada a Dios que lo están los ángeles, porque ella y Dios su Hijo son dos en una carne» etc. Y anteriormente los SS. Agustín, Germán de Constantinopla, Modesto de Jerusalén, Efrén de Siria, Tarasio, etc., habían ponderado estas relaciones de María con la Trinidad augusta. Todo lo cual resume breve pero expresivamente el doctor eximio Suárez, con estas sencillas palabras: «Esta dignidad [la maternidad divina] es de un orden superior porque pertenece en cierta manera al orden de unión hipostática; como quiera que intrínsecamente se refiere a ella, y con ella guarda necesaria conexión».

De aquí se desprende en qué punto participa la Virgen de la Mediación ontológica: no es ella, como Cristo, una persona divina con dos naturalezas, pero está muy allegada con Dios, es la Madre de Dios verdadera, y puede decir ella: «Dios tiene mi carne y mi sangre».

Pero en los planes de la Economía divina acerca de los hombres no se había de obrar la Redención con sólo la mediación ontológica de Cristo; era menester que este Mediador que materialmente juntaba en sí los dos extremos opuestos, los juntase también en el orden de la reconciliación moral aportando sus merecimientos como valor substitutivo de la gloria que los hombres habían arrebatado a Dios por el pecado. Dios exigía un rescate completo y, por lo mismo, de valor infinito.

De nuevo nos encontramos con el elemento de la infinitud. ¿Es ésta posible en María, pura criatura? Si atendemos al infinito absoluto, tendremos que reconocer la imposibilidad; pero al relacionar a la Virgen con Jesús escucharemos a San Alberto Magno que nos dice: «Concedamos también que su Hijo la precedió en todos los privilegios; pero esto no disminuye la honra de la madre, sino que la exalta por haber engendrado un Hijo, no sólo igual, sino infinitamente mejor; lo cual hace también, por esta parte, infinita en cierto modo la bondad de la madre, pues todo árbol se conoce por sus propios frutos; y, por tanto, si la bondad del fruto bonifica al árbol, la infinita bondad del fruto también pone de manifiesto la infinita bondad del árbol.

De todas maneras, no era menester que la Virgen nos redimiera de lamisma manera que Cristo, ya que ella le estaba solamente asociada a la obra de la Redención. Basta que ella tenga las cualidades suficientes para acompañar a Cristo. Pero aquí no es nuestro intento demostrar por los textos estas cualidades en la Virgen, sino deducirlas de los principios asentados. Es decir: si María ha de asemejarse a Cristo, al ver lo que es Cristo, hemos de descubrir en ella los mismos elementos. Cristo es Sacerdote en la forma indicada; luego, maría también lo ha de ser según su proporción. Esta proporción nos la declaran los Santos Padres.

Tenemos, pues, que siendo Cristo Sacerdote y ejerciendo el Sacerdocio de las dos formas antedichas, María era menester que participara de ellas. Lo cual nos la ha puesto en contacto con la divinidad, haciéndola muy afín a Dios, y llegando a darle cierta infinitud.

Ahondemos un poco más. Cristo fue Sacerdote y, al mismo tiempo, víctima u hostia. Inmoló y fue inmolado; sacrificó sacrificándose a sí. Esta misma inmolación o Sacerdocio correspondía a la Virgen: Ella tendrá que ser, como su Hijo, Sacerdote que ofrece a Dios una hostia al mismo tiempo que se ofrece a sí misma. Luego, en la obra de la Redención, los planes de Dios exigieron también la inmolación de la Virgen. Si atendemos al Sagrado Evangelio encontraremos todavía una identidad mayor en el Sacrificio de Jesús y el de María: Cristo se inmola a sí, como Hostia principal; pero al mismo tiempo ofrece también a su madre con inmolación doble: material («Ecee mater tua»; entrega su Madre a los hombres, como desprendiéndose de ella) y afectiva, ofreciendo en su corazón al Padre los dolores que le causa el ver padecer a su Madre al pie de la Cruz. Por su parte, la Virgen se une o identifica con esta misma doble oblación: inmola al Padre su hijo tan querido, desprendiéndose por completo de Él; y se inmola afectivamente a sí misma al mismo tiempo que acepta el cambio de hijo («Ecce filius tuus»). María, pues, sacrifica con y como Jesús. ¡Qué no supone tal sacrificio en la Madre! Si el Redentor había de ser infinito y sus méritos infinitos, ¡qué tal será la Corredentora y cuáles sus méritos!

La Inmaculada

El Sacerdocio de Cristo exigía en él la carencia absoluta de pecado. El destructor del pecado, el reconciliador de los hombres con Dios, el Mediador entre la criatura pecadora y el Creador ofendido, era menester que careciese del pecado que era precisamente lo que había roto las relaciones humano-divinas. Por esto Cristo se asemejó en todo a nosotros fuera del pecado (Hebr., 4, 15). ¿Podría la Madre, tan igual al Hijo, estar, siquiera por un instante, manchada del pecado ?¡Imposible! El solo pecado original la hubiera distanciado más de su Hijo Jesús, que sus privilegios actuales la separan de los demás hombres. En esto podían Madre e Hijo asemejarse perfectamente; luego no le hemos de regatear esta paridad, antes debemos afirmarla; así loexige el principio asentado.

Por semejante manera podríamos recorrer los demás privilegios de María calcándolos en los de Jesús, de quien los deduciríamos. Pero pasemos al otro oficio de Cristo:

Cristo es cabeza

Que Cristo sea Cabeza de toda la Iglesia lo afirma San Pablo (Efes., 1, 22; 4, 15, y en muchos otros lugares) y nadie lo disputará jamás. Igualmente es cabeza de los Ángeles (Colos., 2, 10) y de toda la Creación. Pero, como decíamos del Sacerdocio de Cristo, así hemos de afirmar de su Capitalidad: que no es solamente una dignidad, sino que la tiene con verdadera eficiencia: «por quien [Cristo] todo el cuerpo bien concertado y trabado, gracias al intimo contacto que suministra el alimento al organismo, según la actividad correspondiente a cada miembro, va obrando su propio crecimiento en orden a su plena formación en virtud de la caridad» (Ef., 4, 16). Cristo es la vid, nosotros los sarmientos; y si no estamos unidos a la vid solamente serviremos para el fuego (lo., 15, 1, 6); porque el Padre «recapituló todas las cosas en Cristo (Efes., 1, 10) y sin él nada podemos hacer (Jo., 15, 5). De aquí que todas las gracias nos vengan de Cristo y por Cristo (per Christum Dominum N. ruega la Iglesia continuamente); y como la gracia es la vida del alma, sin esta vida recibida de Cristo, seríamos miembros muertos, amputados del cuerpo, destinados al exterminio eterno.

De esta Capitalidad participará también la Virgen Santísima. Ella cooperará a su manera -manera excelente- a la unión de los miembros con el cuerpo y en la adquisición y distribución de las gracias. A ella nos hemos de unir también si queremos participar de la vida. Los Santos la llaman cuello, canal, acueducto… de la gracia, con lo que no quieren significar un conducto material o, en el orden moral, una mera participación en la distribución de las gradas, sino que a la manera que en nuestro organismo el cuello está estrechamente unido a la cabeza constituyendo el medio de unión de ella con los demás miembros del cuerpo, así la Virgen nos comunica con Cristo la vida divina.

La Capitalidad de Cristo, que se extiende a todas las cosas creadas sin excluir de ellas a los ángeles, se comunica a la Virgen constituyéndola también Reina y Señora de los coros angélicos, que la veneran y honran como a ser superior a todos ellos.

Todo se recapitula en Cristo y todo ha de recapitularse también en María… Por lo que hace al linaje humano, Cristo es el nuevo Adán, María será la nueva Eva; Cristo es principio de vida, María lo será también; y siempre que queramos conocer la parte que la Virgen tiene en nuestra Santificación y salvación, pongamos los ojos en Cristo y adecuadamente apliquemos a su Madre la plenitud de poderes que en Él observemos.

Esta Capitalidad constituye a Cristo en el orden que San Pablo llama de las primicias por el cual le corresponde a Él la primera participación en los dones de glorificación y goce eterno, principalmente en la resurrección. En este orden colocaremos también a María y la encontraremos en un lugar primero o principal en el cielo, y como su Hijo disfrutará de la primacía temporal en su resurrección glorificada en cuerpo y alma muy pronto luego de su muerte. Ella será la Reina que está sentada al lado del Rey, la Madre colocada junto a su Hijo, la Hija del Padre que recibe el ósculo de amor paterno, la Esposa del Espíritu Santo que descansa cobijada por su poder omnipotente.

Conclusión

Hemos querido poner unos pocos ejemplos de las consecuencias mariológicas que se siguen del principio, que hemos llamado de comparación con Cristo. Para terminar trasladémonos a la visión de conjunto que nos apunta San Pablo en la carta primera a los de Corinto (15, 24 ss.). Cristo ha vencido a todos sus enemigos terrenales, su reino en este mundo está consumado ya; el último de sus adversarios, la muerte, ha sido destruida; en un instante, en un pestañear de ojos y al son de la última trompeta (pues sonará la trompeta), los muertos resucitan incorruptibles y los siervos fieles quedan transformados… Deinde finis; ha llegado el fin. Cristo baja del cielo llevando la señal del Hijo del hombre (Mt., 24, 30) a juzgar a los vivos y a los muertos, y hecha discriminación de los predestinados y de los precitos, precipitados éstos a los abismos infernales, sube glorioso, cual capitán triunfador, a presentar a su Padre el botín de la feroz batalla. El cielo presenta el aspecto más glorioso que podemos figurarnos, y ante el trono de la majestad infinita de Dios rodeado de ejércitos innumerables de espíritus angélicos, depone Jesucristo su espada vencedora. Los Santos todos, redimidos por él, y los ángeles que por Rey le aclaman, entonan himnos de alabanza al vencedor: «Digno es el Cordero, que fue muerto, de recibir el poder y la divinidad y la sabiduría y la fortaleza y el honor y la gloria y la bendición. El reino del mundo se ha convertido ya en reino de Cristo y destruido el pecado, reinará por los siglos de los siglos. Gracias te tributamos, ¡oh Señor Dios todopoderoso!, a ti que eres y que eras ya antes… porque has hecho alarde de tu gran poderío y has entrado en posesión de tu reino. He aquí el tiempo de la salvación y del poder y del reino de nuestro Dios y del poder de su Cristo: porque ha sido ya precipitado el acusador de nuestros hermanos… y ellos le vencieron por los méritos de la sangre del Cordero, por tanto, regocijaos, ¡oh cielos!, y los que en ellos moráis Alleluia, porque tomó ya posesión del reino el Señor Dios nuestro Omnipotente. Gocémonos y saltemos de júbilo y démosle la gloria, pues son llegadas las bodas del Cordero y su Esposa se ha puesto de gala». (Apoc., 1, 12; 7, 12; 11, 15-17; 12, 10; 19, 6-7-8). En medio de estos cánticos de gloria, el Padre, estrechando dulcemente a su Hijo, le dice aquellas palabras pronunciadas tantos siglos antes por el Profeta: Sede a dextris meis (Ps., 109, 1), siéntate a mi diestra; y lo coloca en el trono esplendoroso de su gloria.

Pero Cristo no va solo. No ha sido Él solo el triunfador; a Él estuvo asociada la Santísima Virgen, su Madre, a quien corresponden también las alegrías de la victoria del Hijo y propia. Para ella se dispone un trono junto al Rey y se sienta a su derecha (3 Reg., 2, 19), mientras los ángeles y Santos cantan: «Astitit Regina a dextris tuis, in vestitu deaurato, circumdata varietate». Y aparece la Virgen en medio de tanta magnificencia, como revestida de la luz del mismo sol, con la luna por escabel de sus pies y por corona las estrellas del firmamento (Apoc., 12). Y allí, en la inmensidad de los cielos, formando el armonioso conjunto de grados y jerarquías celestiales, por encima de todas las cosas criadas, y en una categoría singular, la primera de las puras criaturas, la primera después de Cristo está la Virgen inmaculada, Madre digna de Dios, la más semejante a Jesucristo, la más cercana a la divinidad.

P. Francisco de Paula Solá, S.I.

La Inmaculada Concepción de la Virgen María en «Las esperanzas de la Iglesia»

//static.flickr.com/8245/8664211556_0bb5c890f0_mEl Padre Enrique Ramière publica la primera edición de su inspirado libro «Las Esperanzas de la Iglesia», alentado por la ola de confianza que despertó en todo el mundo católico, la solemne definición dogmática de la Inmaculada Concepción de la Virgen María concretada en las palabras de Pío IX:

«Nos, con firmísima esperanza y absoluta confianza, nos esforzamos en conseguir de la Bienaventurada Virgen María, que se digne otorgarnos que la Iglesia, desaparecidas todas las dificultades y deshechos todos los errores, florezca en el universo entero, para que todos los extraviados vuelvan al camino de la verdad, y se forme un solo rebaño y un solo pastor».

Ya anteriormente había logrado superar dificultades de censura por parte de quienes entendían excesivas sus afirmaciones sobre el reinado de Cristo en el mundo, demostrando que lo que él afirmaba en su libro no era muy distinto de cuanto había escrito Luis María Grignon de Montfort, y de cuyas obras la Sagrada Congregación de Ritos acababa de decretar (12 de mayo de 1853) la perfecta ortodoxia, en el proceso de virtudes heroicas del entonces venerable.

En la reedición de la obra y frente a la decepción de algún impaciente, comienza Ramière por estudiar los caminos de la Providencia:

«Quizá algunos católicos aguardaban una súbita intervención de la Virgen Inmaculada y se imaginaban que, en un momento, los enemigos de la Iglesia, derribados como San Pablo en el camino de Damasco, serían transformados en fieles servidores. Por lo que a nosotros toca, jamás hemos alimentado esperanza semejante; hasta en el libro que hoy reeditamos hemos afirmado que, estudiando los caminos seguidos en el pasado por la Providencia, sentíase uno inducido a creer que Dios aguardaría, para hacer triunfar a su Iglesia, a que sus enemigos hubiesen desplegado contra ella todo su furor y a que creyesen que habían conseguido sobre ella completo triunfo».

Pío IX había condenado en 1864 los errores anticristianos que inspiran el llamado mundo moderno, a través de la Encíclica «Quanta Cura» y el «Syllabus». Ramière desde la perspectiva de los planes de Dios no ve contradicción con la proclamación de La Inmaculada de 1854, sino continuidad:

«¡Cuán lejos ¡ay! cuán lejos estamos de las bellas perspectivas de 1854! Nos atrevíamos entonces a prometernos el triunfo universal de la verdad; y hoy nada parece que pueda impedir el triunfo universal del error. Y, para que el contraste sea, por así decirlo, más impresionante, la Providencia ha permitido que el mismo Pontífice que entonces hacía resonar, hasta los últimos confines del mundo cristiano, las magníficas esperanzas cuya expresión acabamos de releer, diez años después, día tras día, haya sido obligado, por el deber de su cargo, a herir con su anatema no menos resonante ese montón de errores que invaden en este momento la sociedad cristiana. La realidad de los peligros presentes no debilita la firmeza de nuestras esperanzas; porque la actitud pontificia respecto de los errores modernos es la prenda del triunfo prometido a la verdad en la definición de la Inmaculada Concepción. La realidad de estos peligros no quita nada a la certeza de nuestras esperanzas, y el gran acto que en 1864 hizo rugir de furor a los enemigos de la Iglesia, no es, en modo alguno, la retractación de aquel que, diez años antes, transportaba de gozo a todos sus fervorosos hijos. Nosotros, por el contrario, vemos, en el segundo de estos actos, la continuación del primero y encontramos la confirmación de nuestras esperanzas en los tristes sucesos que han acaecido desde el día en que aquéllas fueron solemnemente proclamadas».

«Podemos ciertamente esperar que la universal victoria de la Iglesia será el resultado del ataque general que sostiene en este momento y el fruto próximo de la completa manifestación de las glorias de María».

«La antigua serpiente, de la que se predijo que, en el momento mismo en que la mujer predestinada le aplastase la cabeza, haría un supremo esfuerzo por morder su pie victorioso, ¿no cumple esta profecía a juzgar por la violencia con que nos ataca? ¿No la ha medio vencido María al obligarle a mostrarse en sus rasgos horrorosos? y ¿no es verdad que razonablemente consideramos como prenda del triunfo prometido en 1854 a la verdad, el acto con que, en 1864, el Vicario de Cristo ha aplastado con un solo golpe todos los errores modernos?».

(… ) Ese completo triunfo del Salvador y de su Iglesia nos parece predicho desde luego, con bastante claridad, en la primera de todas las profecías, que tuvo por teatro el del primer pecado y por objeto consolar al hombre despojado de los privilegios que acababa de perder. «Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, dice el Señor a la serpiente, y entre tu linaje y el suyo; ella te aplastará la cabeza y tú le morderás el calcañal».

Esta predicción encierra dos partes muy distintas: primeramente la lucha entre la serpiente y la mujer, entre el fruto bendito de ésta y la raza maldita de aquélla; en segundo lugar el triunfo definitivo de la mujer y de su descendencia sobre la serpiente y sus satélites».

(… ) «Por lo que atañe a la primera parte de la profecía, su cumplimiento es manifiesto y es difícil ver qué falta para que éste sea perfecto; (…) mas la segunda, el aplastamiento de la cabeza de la serpiente, ¿se ha realizado también completamente? No puedo persuadirme de ello.

Bien sé que desde el primer instante de su existencia, por su concepción inmaculada, la nueva Eva ha puesto su pie sobre esa cabeza maldita; no se me oculta tampoco que, por su muerte, el hijo de María, el Nuevo Adán le ha dado un golpe mortal; desde entonces la victoria está asegurada; mas por lo mismo, ¿está terminada? Evidentemente que no, puesto que precisamente desde ese momento data la lucha secular cuyas peripecias han sido tan sangrientas».

«No, no se puede decir que la cabeza de la serpiente haya sido totalmente aplastada, y que la vemos reinar en la mayor parte del universo con un imperio más absoluto que nunca; ya que, de las cinco partes del mundo, tres le están casi enteramente sometidas, y, en las otras dos, ha causado, desde hace tres siglos, al corazón de la Iglesia las más profundas heridas que recibió jamás».

«Parece incomparablemente más razonable admitir que esa profecía, que comenzó a realizarse en la Concepción Inmaculada de María, recibirá perfecto cumplimiento, cuando la plena manifestación de ese glorioso privilegio le permita producir todos sus frutos. Así, al menos, la han entendido todos los que han utilizado este texto para confirmar las esperanzas fundadas en esa definición solemne. Tenemos, pues, perfecto derecho a entenderla también nosotros de la misma manera.

Sí, esta profecía nos permite creer que entra en los planes de la Divina Providencia que la humanidad tome de su infernal seductor un desquite completo. Vencida en la persona de su primera cabeza por medio de una mujer, será vengada por los merecimientos de su segunda cabeza, pero por la mediación de otra mujer. Podemos añadir que, vencida la humanidad en la tierra, debe también vencer en la tierra; porque si su triunfo completo estuviese reservado para el cielo, las condiciones de la lucha no serían iguales, y de consiguiente la venganza no sería completa».

«Por otra parte, si la cabeza de la serpiente no hubiese de ser quebrantada sino en el último día por medio de la intervención victoriosa de Jesucristo, la victoria podría muy bien atribuirse al Divino Salvador, y sólo muy impropiamente a su Madre, a pesar de que la Sagrada Escritura le atribuye a ella la gloria de la misma. El orden de la venganza debe, en efecto, corresponder al de la derrota. Como la mujer fue la primera vencida, también ella debe conseguir la primera victoria. Como el pecado del primer hombre fue mucho más decisivo para la humanidad que el de la primera mujer, también el triunfo del Nuevo Adán será más decisivo que el conseguido para la Iglesia por la intercesión especial de María. Mas éste deberá sin embargo preceder a aquél; la primera ha de destruir en la tierra entera el poder que el demonio ha comenzado a conseguir por su victoria sobre nuestra primera madre; y sólo entonces se realizará, con gran gozo de la humanidad, la promesa que consoló los primeros días de su peregrinación: Ipsa conteret caput tuum.

Hay finalmente otra razón para no dejar para la eternidad el completo triunfo prometido a la nueva Eva y a su descendencia, y es que ese triunfo debe ser conseguido en el momento mismo en que la serpiente armará emboscadas a aquélla, y se esforzará por coger en su trampa el talón que le aplastará. Gran número de intérpretes entienden por ese talón victorioso las últimas generaciones de la humanidad que serán, respecto de ese gran cuerpo, lo que el talón en relación con el cuerpo humano. Es fácil ver cuán perfectamente concuerda esa interpretación con la doctrina que intentamos demostrar. Ella nos autoriza a creer que la guerra entre la serpiente y la mujer rematará, al fin de los tiempos con una lucha suprema en la cual el monstruo infernal pondrá por obra todos sus embustes con el intento de conseguir su última victoria; mas al propio tiempo nos manifiesta cómo el linaje de la nueva Eva hace, por la virtud de ésta, un supremo esfuerzo y destruye, no sólo en sus instrumentos, sino en su principio mismo, el poder del enemigo».

Ramière ve en la definición de la Inmaculada Concepción de María el último fundamento de las esperanzas de la Iglesia.

«He aquí la última señal de la restauración universal y del completo advenimiento del reino de Jesucristo por medio de su Iglesia.

Desde las primeras líneas de esta obra, hemos visto con qué firmeza, con qué alarde de esperanza el Vicario de Jesucristo ha desplegado esta bandera a los ojos del mundo, y como se ha prometido para una época, que no parece estar muy lejana, una dimensión abundante de las gracias celestiales sobre la tierra».

«Ya no nos resta sino investigar, en la definición misma de la Inmaculada Concepción de María, el último fundamento de las esperanzas que el sentimiento universal de los fieles apoya en ese gran acontecimiento. ¿Qué relación existe entre la definición de un dogma, que no interesa sino a la piedad de la minoría, y el triunfo de la Iglesia por medio de la conversión del universo?

(… ) «En el concilio general de Éfeso, en el siglo V, la definición de la Maternidad divina de María bastó, sin necesidad de ningún símbolo, para asestar un golpe mortal a las herejías que negaban la divinidad de Jesucristo. Siempre la misma economía de la Providencia; Jesús mostrándose al mundo en brazos de María.

Y ¿qué queda ahora por hacer? Acabar la Redención, hacerla fructificar plenamente, completar la manifestación de Jesús al mundo, disipar todas las nubes que oscurecen todavía a la vista de los hombres la hermosura de su divino rostro y deshacer los obstáculos que se oponen al pleno advenimiento de su reino. Este gran advenimiento no puede realizarse sin un preludio digno de él. Mas este preludio, ¿cuál puede ser sino la manifestación completa de todos los privilegios de María, y principalmente del privilegio incomparable que en el tiempo ha precedido a los demás y que ha sido como la primera base del magnífico edificio de gracia que Dios ha levantado en el alma de la gloriosa Virgen, de su Inmaculada Concepción?».

«La esperanza de las naciones no será defraudada esta vez, como no lo fue en el advenimiento del Salvador. Así como entonces la aparición de la estrella de Jacob anunció a los judíos y a los gentiles el nacimiento del Rey de los reyes, así el nuevo astro que acaba de nacer en el firmamento de la Iglesia y completar la radiante diadema de María, será para nosotros el primer rayo de luz del gran día que ha de iluminar el advenimiento total del Salvador y la absoluta derrota de la serpiente infernal.

No nos maravillemos de que ese monstruo se agite en supremas convulsiones y acumule todo su furor para morder el pie que le aplasta; no hace sino cumplir la parte de la profecía que le corresponde y garantizarnos el cumplimiento de la otra parte que toca a su gloriosa triunfadora».

Aduce en favor de sus esperanzas el testimonio de los entonces venerables Leonardo de Puerto Mauricio y Luis María Grignon de Montfort.

«Y sin embargo, esta esperanza tan insensata no es tan sólo proclamada por el vulgo y por las almas ignorantes, sino también por los doctores y por los santos. Ni ignorante, ni vulgar era el bienaventurado Leonardo de Puerto Mauricio, el cual, a mediados del último siglo, en el momento en que la ola de la impiedad que cubrió Europa de ruinas se hinchaba con irresistible empuje, anunciaba la paz universal como el fruto cierto de ese solemne homenaje tributado a laReina del cielo».

El Santo Leonardo de Porto-Mauricio nos anuncia esta gloriosa paz en los siguientes términos «Roguemos, pues, que el Espíritu Santo inspire a nuestro santísimo Padre la resolución de emprender con ardor obra de tanta importancia, de la cual depende la tranquilidad del mundo, con la seguridad de que si se tributa tan insigne honor a la soberana Emperatriz, reinará en breve una paz universal. ¡Oh qué felicidad, qué felicidad! Una vez le hablé de ello manifestándole cuánto se inmortalizaría en el mundo y cuán bella corona de gloria adquiriría para el cielo; pero es preciso que le ilumine un rayo de luz celestial. Mientras no se le conceda esta luz, señal es de que no ha llegado aún el tiempo determinado por la Providencia, y es forzoso resignarse a permanecer inmobles espectadores de los desórdenes que agitan el mundo». (Obrasdel Bienaventurado, t. 11, p. 56)

Tercera garantía de estas promesas: la Maternidad de María

«Podremos, en este estudio, tomar por guía a un apóstol cuyo celo no ha brillado menos en Francia que el de San Leonardo de Puerto Mauricio en Italia. Nos referimos al B. Grignon de Montfort. Sus escritos, como los de todos los santos personajes citados más arriba, han sido, de parte de la Iglesia, el objeto de un examen riguroso, y no se ha encontrado en ellos nada reprensible. Ahora bien, en el más conocido de sus escritos, el siervo de Dios predice con perfecta claridad el completo advenimiento del reino de Jesucristo en el mundo. Mas afirma que este advenimiento dichoso ha de ser el resultado del conocimiento y del reino de la santísima Virgen. Y da la razón de ello: «Por la santísima Virgen María, dice, vino Jesús al mundo; por ella debe reinar en el mundo».

«El B. Grignon de Montfort nos va a dirigir en un nuevo orden de consideraciones que nos hará penetrar todavía más profundamente en los motivos de conexión que los presentimientos de la Iglesia establecen entre el triunfo de María y su propio triunfo.

«María, dice, ha producido con el Espíritu Santo la cosa más grande que ha existido y existirá jamás, un Dios Hombre, y producirá consiguientemente las mayores cosas que existirán en los últimos tiempos. Le está reservada la formación y educación de los grandes santos que existirán al fin del mundo, pues sola esta Virgen singular y milagrosa puede producir, en unión con el Espíritu Santo, las cosas singulares y extraordinarias.

Jesús es, en todas partes y siempre, el fruto y el hijo de María, y María es, en todas partes y siempre, el árbol verdadero que produce el fruto de la vida y la verdadera madre que lo produce de siglo en siglo y particularmente al fin del mundo. Los mayores santos, las almas más ricas en gracias y en virtudes serán las más asiduas en rogar a la Santísima Virgen, y en tenerla siempre presente como a su perfecto modelo que imitar y su ayuda poderosa a quien acudir en demanda de socorro» .

«Estudiemos esta nueva función de María en relación con la Iglesia, y esforcémonos por comprender perfectamente toda la realidad del título de madre que los cristianos le han dado siempre, y cuya trascendencia estaba reservada a nuestro siglo conocer plenamente».

«Si, como de sobra hemos demostrado, Dios tiene preparado para la tierra otro nuevo Pentecostés, en el que ha de realizar la gran obra de la unión de las lenguas y de los pueblos, comenzada en el cenáculo ¿no es preciso que María ocupe en él un lugar preeminente? Esta efusión de la vida divina, como hemos visto, ha de coincidir por el mismo motivo, con los cristianos; mas ¿no ha de coincidir, por el mismo motivo, con la plena inteligencia de la maternidad de María?

¿No están íntimamente unidas estas cosas? y si la proclamación de la maternidad divina de la santísima Virgen fue en el siglo V la señal de la derrota de los errores que destruían la unión de la divinidad y de la humanidad en la persona del Hijo de Dios, ¿no podemos esperar que la proclamación de su maternidad humana señale la caída de los errores que parodian la unión de la humanidad entera con Dios?».

«Por lo demás, ¿quién no ve la conexión íntima de este misterio con el de la Inmaculada Concepción que la Iglesia acaba de proclamar? ¿No es éste la preparación necesaria de aquél? ¿No debió María ser llena de gracia desde el primer instante de su existencia porque debía ser la Madre de la misma e inundar de su plenitud la humanidad entera? ¿No es verdad que no pudo sucumbir a los dardos de la muerte, porque debía ser por Jesucristo el principio de nuestra vida? Dedúcense necesariamente estos dos privilegios, y puesto que éste acaba de manifestársenos en todo su esplendor, no dudamos que aquél recibirá pronto su completa manifestación. No dudamos tampoco que, al promover un extraordinario aumento de devoción a la Madre de gracia, éste promueva por parte de Dios, según la predicción del B. Grignon de Montfort, una efusión desacostumbrada de gracias sobre la Iglesia»

(… ) «Podemos pues, creer que cuando llegare el momento señalado por la Providencia para detener el diluvio de los errores y de las pasiones que invaden la tierra, María aparecerá de nuevo y suscitará en la Iglesia defensores cuyo aliento será proporcionado a las dificultades. ¡Ah! ¡Ojalá vengan muy pronto esos elegidos de Dios y de María! ¡Ojalá se muestren dóciles al llamamiento de María todos los que ella llame a esta gran misión! Mas ¿qué? ¿No se dirige este llamamiento a todos los cristianos, y no debemos todos, cada uno en su medida, contribuir a la gran obra? Sí, todos, con tal que nos apoyemos fuertemente en la Madre de gracia, y por su medio nos unamos íntimamente al Corazón de Jesús, podemos estar seguros de vencer en el puesto que se nos ha señalado, y de tener por consiguiente nuestra parte en el triunfo general que aguardamos».

La Inmaculada, ideal de nuestro siglo

«Nuestro siglo es por encima de todo orgulloso… Jamás la palabra de la serpiente: seréis como dioses, había sido tomada más en serio… A semejante siglo no le hablemos de caída y de corrupción original, de inclinaciones que combatir, de sacrificios que hacer; para él todas las pasiones son igualmente santas, todas las inclinaciones legítimas; el mal no existe en el individuo, sino únicamente en la mala organización de la sociedad; de consiguiente la redención del hombre consiste en derrumbar la sociedad y en dar con la organización que satisfaga totalmente todas sus pasiones.

¿Cómo se las va a arreglar la Divina Misericordia para volver al buen camino un siglo que, a pesar de sus manchas, se obstina en tenerse por inmaculado, y que, a pesar de sus miserias, espera encontrar la felicidad en la satisfacción de todas las culpables concupiscencias?

Le presentará, bajo los amables rasgos de una madre, la humanidad inmaculada que sueña; le invitará a celebrar esa pureza incomparable; hará resonar en los confines del globo el himno de alabanza entonado por el Vicario de Jesucristo. Ningún acontecimiento de este siglo habrá tenido semejante resonancia (…).

Ahora bien, es manifiesto que la Misericordiosa Providencia, al obligar a este siglo a celebrar como un incomparable privilegio la Inmaculada Concepción de María, le ha obligado al mismo tiempo, por la más divina estratagema, a reconocer la condenación que pesa sobre nuestra raza; pues, si no naciésemos todos culpables, la exención de la Madre de Dios no sería un privilegio tan glorioso.

(…) La Iglesia, al recordarnos que éramos culpables y caídos, nos suministra el medio de levantarnos de nuestra caída y de lavarnos de nuestras manchas; nos muestra el corazón de esa Madre Inmaculada como una fuente de pureza dispuesta a brotar sobre el mundo.

(…) Sí, verdaderamente el misterio de la pureza sin mancha de la Madre de los hombres es un misterio de salvación para sus hijos manchados. Al constreñirles a reconocer su triste estado, les muestra el camino para salir de él, y su definición solemne, al mismo tiempo que completa el triunfo de María y la manifestación de sus privilegios, prepara el completo triunfo de Jesús y la total revelación de sus misericordias».

De la muerte que contemplamos por doquier saldrá vida. Dios obrará ese milagro

Ramière, inspirándose en Donoso Cortés, concluye: «Dios prepara una creación nueva en medio de este caos en que se sumergen las sociedades antiguas. Una sociedad que por una apostasía sin ejemplo en la historia, se ve ahogada por la muerte».

«¡La muerte! vémosla por fin en la sociedad. ¡Sí! Donoso Cortés tuvo muchísima razón al decir: la sociedad está herida de muerte; y esta herida se la infligió ella misma, cuando dijo a Dios y a su Cristo: no tengo necesidad de vosotros para regular las relaciones de mis miembros».

«La muerte triunfa en la sociedad cristiana; y, por cierto, como triunfa en la mayoría de los cristianos, principalmente en cierto período de su vida. Mas, ¿qué prueba eso, sino que, para regenerar esa sociedad, Dios habrá de hacer lo que cada día realiza en muchedumbres de cristianos, un milagro del orden moral que le haga amar lo que ahora odia, y odiar lo que ha amado; un milagro que abra sus ojos a las claridades que rehúye ver, y le devuelva el sentido de las realidades que se le han hecho insensibles?

¿Obrará Dios ese milagro? De eso se trata precisamente. Esta cuestión hemos examinado y resuelto afirmativamente. El lector que ha tenido la paciencia de seguirnos dirá si las pruebas, en las cuales hemos apoyado esa solución, están desprovistas de valor. Por lo que a nosotros se refiere, las juzgamos irresistibles y, no sólo con indecible gozo sino también con profunda convicción, aceptamos la esperanza que nos hacen concebir para lo futuro, a pesar de contemplar con ojos entristecidos el baldón presente».

«Hay, en efecto, un pueblo del que se ha predicho: «Por siempre conservaré para él mi benevolencia, y mi alianza con él quedará estable; y haré que su descendencia continúe siempre y su trono tenga la duración de los cielos. Si sus hijos abandonaren mi ley, y no siguieren mis preceptos, si violaren mis estatutos y no observaren mis mandamientos, castigaré con vara su pecado y con azotes su delito; pero no le retiraré mi benevolencia, ni desmentiré mi fidelidad; ni violaré mi pacto, ni cambiaré nada de cuanto he dicho. Una cosa juré por mi santidad: no faltaré a la palabra dada a David. Su descendencia durará eternamente».

«Aquel a quien se han hecho estas magníficas promesas, no es el David antiguo, sino… al nuevo Israel, a la nueva Jerusalén, a… Roma, cabeza del mundo cristiano».

El exceso de nuestros crímenes, unido al exceso de los males que son para nosotros sus frutos amargos, nos ofrece el más poderoso de los motivos para creer que nuestra redención está próxima. Porque por todas partes veo esa doble señal dada por el Señor mismo como el presagio infalible de su advenimiento.

«Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; animad a Jerusalén, y gritadle que se acabó su servidumbre, y han sido expiados sus pecados, y que ha recibido de la mano de Yahvé el doble por todos sus crímenes. Una voz grita: Abrid camino a Yahvé en el desierto, allanad en la soledad el camino de vuestro Dios».

«Despierta, Jerusalén, despierta, levántate, tú que has bebido de la mano de Yahvé el cáliz de su ira, tú que has apurado hasta las heces el cáliz que aturde. No hubo nadie que la guiara, de todos los hijos que ella parió; ninguno la sostuvo con su mano, de cuanto hijos crió. Cayeron sobre ti estos dos males: ¿Quién se dolerá de ti? Ruina y azote, hambre y espada, ¿quién te consolará? Tus hijos yacen desfallecidos en las encrucijadas de las calles, como antílopes cazados a lazo, ebrios de la ira de Yahvé, de los furores de tu Dios: Oye, pues, malaventurada, ebria, pero no de vino. Así habla tu Señor, Yahvé, tu Dios, que pleitea por su pueblo: Yo tomaré de tu mano la copa embriagadora, el cáliz de mi ira, y no lo beberás ya más. Yo pondré en la mano de los tiranos, en la mano de tus opresores, de los que dicen: Encórvate para que pasemos por encima de ti, cuando pisan tu dorso como se pisa la tierra, como camino de los que pasan.

«Levántate, levántate, revístete de fortaleza, ¡oh Sión!, viste tus vestiduras de fiesta, Jerusalén, ciudad santa; que ya no entrará más dentro de ti incircunciso ni inmundo. Sacúdete el polvo, levántate, Jerusalén cautiva. Desata las ataduras de tu cuello, cautiva, hija de Sión. Así dice Yahvé: De balde fuisteis vendidos, y sin precio seréis rescatados. Pues así dice Yahvé: A Egipto bajó mi pueblo en otro tiempo para habitar allí como peregrino, y Asur le cautivó sin razón. ¿Qué he de hacer yo, pues, dice Yahvé, ahora que ha sido tomado gratis mi pueblo? Sus opresores aúllan y continuamente, dice Yahvé, es blasfemado mi nombre. También mi pueblo conocerá mi nombre, y que yo soy quien hace esto».

«Nada tendríamos que decir al que se persuadiese que esas consolaciones y esas promesas no se refieren sino a la antigua Jerusalén y al que no quisiese permitir a Dios tratar con tanta misericordia a los miembros de su Divino Hijo con cuanta trató a los siervos de la ley de temor y a los hijos carnales de Abrahán; mas seguramente la obstinación de su desesperación no conmovería en modo alguno la firmeza de nuestras esperanzas, y no nos impediría repetir con Pío IX:

«Nos, con firmísima esperanza y absoluta confianza nos esforzamos en conseguir de la Bienaventurada Virgen María, que se digne otorgamos que la Santa Madre Iglesia, desaparecidas todas las dificultades y deshechos todos los errores, florezca en el universo entero, para que todos los extraviados vuelvan al camino de la verdad, y se forme un solo rebaño con un solo Pastor».

¡Amén, amén!

P. Enrique Ramière, S.I.