Compendio sobre la fe

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¿Qué creemos los cristianos y cómo hemos de vivirlo? Para intentar responder estas preguntas, el autor ha estructurado la presente obra teniendo en cuenta los cuatro clásicos pilares de la catequesis: lo que hemos de creer, lo que se ha de celebrar, lo que se ha de vivir, lo que se ha de orar. Se ha intentado combinar de manera armónica la profundidad teológica con la sencillez del lenguaje, la altura especulativa y la piedad sencilla. Tiene especial atención en ser un libro que sirva como alimento espiritual, junto con atender a la instrucción cristiana. Su primer destinatario es el catequista y todo cristiano que desee profundizar en el don de Dios que se nos ha hecho en Jesucristo.

Puede verse el libro aquí

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El Padre Orlandis: “Hombre de tres libros”

padre orlandisSegún recordaba el P. José Mª Murall S.I. en un artículo publicado en esta revista en el mes de setiembre de 1958, decía de sí mismo que el P.Ramón Orlandis Despuig S.I. ya en la madurez de su vida, y notando que la maduración lleva consigo la simplicidad y la unidad en el pensamiento, que se consideraba a sí mismo como un hombre de tres libros .

Eran estos: Los Ejercicios espiritualesde San Ignacio de Loyola, la Summa Theologicade Santo Tomás de Aquino, y la que se titulaba entonces " Historia de un alma" de Santa Teresita del Niño Jesús, con otros escritos especialmente algunas poesías de la misma Santa.

Otros trabajos y documentos publicados en este mismo número que el lector tiene en sus manos, le ofrecerán testimonio de la síntesis de espiritualidad y de doctrina por la que el P. Orlandis refería el mensaje de infancia espiritual de entrega al amor misericordioso de la gran Santa Carmelita, a la culminación de los designios providenciales expresados en las revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque, y propuestos y difundidos en la fecunda tarea apostólica del P. Enrique Ramière, definido fundador y orientador del Apostolado de la Oración en su servicio al Reino de Cristo por su Corazón.

Estas líneas se ocuparán únicamente de otro aspecto esencial del carisma apostólico del P.Orlandis, en que se revela también la sencilla unidad de su tarea de magisterio espiritual. Me refiero a la conexión profunda entre su conocimiento de la doctrina de Santo Tomás de Aquino, realmente asumida como sapientia cordisy su admirable comprensión de la doctrina espiritual contenida en el propio texto de los Ejercicios de San Ignacio.

Nada me ha parecido mejor, para poner de manifiesto en qué medida se compenetraban en el P. Orlandis la teología espiritual del Doctor Angélico y su doctrina sobre los Ejercicios del Santo Fundador de la Compañía de Jesús, que atender las palabras del propio Padre Orlandis en un artículo publicado en la Revista Manresa en el año 1936, en un pasaje titulado "De lo Sobrenatural en los ejercicios": y en relación con ellas recordar también el autorizado comentario que el P. Leturia, prestigioso especialista de la espiritualidad ignaciana, incluía en una carta que en 1940 dirigió al P. Ramón Orlandis, y que fue dada a conocer en la revista Cristiandad por el propio P. Murall en un trabajo titulado "Doctrina sobre Ejercicios".

Escribió el P. Ramón Orlandis:

De lo sobrenatural en los Ejercicios

El insigne teólogo dominicano P. Garrigou-Lagrange, tratando de la Mística y de las doctrinas fundamentales de Santo Tomás, escribe: «Muchos ingenios, impresionados por la diferencia que hallan entre los escritos de los grandes teólogos místicos, como Dionisio, Ricardo de S. Víctor, S. Buenaventura, Taulero, San Juan de la Cruz y los de Santo Tomás de Aquino, se asombran de que se busquen en éste los principios de la teología mística… En este artículo querríamos mostrar que este juicio sobre el gran Doctor proviene de una manera enteramente material de leer su obra. Tenemos gran tendencia a materializarlo todo: la doctrina, la piedad, las reglas de conducta, la acción… En estas disposiciones hay tendencia, si no está uno sobre sí, a materializar las doctrinas más altas, es decir a atender a los elementos materiales que se adaptan más a nuestro gusto y a perder de vista el espíritu que es el constitutivo formal o el alma del cuerpo doctrinal… Cuando se sigue este camino, so pretexto de apoyarse en lo tangible, mecánicamente preciso, indiscutiblemente cierto aun para los incrédulos, se llega a explicar lo superior por lo inferior… Se tiende a explicar el alma por el cuerpo… la vida de la gracia por la naturaleza, las doctrinas teológicas por los elementos filosóficos que se han asimilado…

Aun con sincero deseo de instruirse, se puede leer a Santo Tomás desde este punto de vista; y como en su doctrina teológica los elementos materiales o filosóficos, que intenta subordinar a la idea de Dios, autor de la gracia, son en extremo numerosos, si la atención se detiene excesivamente en estos elementos inferiores, accesibles a la razón, en vez de elevarse a la cima de la síntesis, se hallará oposición real entre esta doctrina y la de los grandes místicos, que han tratado sobre toda otra cosa de la unión con Dios…

Se da, pues una manera muy poco sobrenatural y antimística de leer y comentar la Suma de Santo Tomás… A la manera que es cosa muy fácil falsear un instrumento de precisión, y es muy difícil repararlo, así nada más fácil que falsear la doctrina del Santo. Basta recalcar lo que tiene de secundario y material, y exponer de una manera vulgar y sin relieve lo que en ella hay de formal y de principal; de esta suerte se pierden de vista las cumbres luminosas, que deben iluminar lo demás».

No creemos pecar de audaces ni tampoco injuriar a nadie, si lo que dice el P. Garrigou-Lagrange acerca de tan defectuosa manera de leer y exponer las enseñanzas de Santo Tomás, lo aplicamos nosotros a la manera que algunos tienen de entender y explicar las enseñanzas de San Ignacio.

Y a la verdad, tal desviación de criterio en la manera de entender a uno y otro maestro, no deja de parecernos explicable y excusable. De día en día nos parecen más notables y palmarias las semejanzas y afinidades entre el ingenio especulativo-práctico del angélico autor de la Suma y el ingenio práctico-práctico del inspirado autor de los Ejercicios. Podrá ser que influya en este nuestro humilde parecer el aprecio, rayano en culto, que por uno y otro sentimos: no lo creemos así; cuanto más nos esforzamos en ser imparciales y objetivos en el estudio de ambos autores tanto más crece y se corrobora nuestra persuasión.

Nada, por consiguiente, más natural y puesto en razón, dada la manera humana de conocer lo insensible por la analogía de lo sensible, y lo sobrenatural por analogía con lo natural; y dada la necesidad de la intervención de las fuerzas psico-morales del hombre en su vida sobrenatural; que autores tan humanos, ponderados y realistas, como Santo Tomás y San Ignacio, en sus enseñanzas, así especulativas como prácticas, se hagan cargo de numerosos elementos materiales y humanos y les den justa y razonable intervención, siempre con la debida subordinación a lo espiritual y sobrenatural.

Por esta razón creemos deber insistir en la denuncia de un peligro -y tal vez de un hecho- en la manera de entender, de enfocar y de proponer las enseñanzas y prescripciones de San Ignacio en sus Ejercicios.

Nos mueve a recelar este peligro la observación de la importancia excesiva y casi exclusiva que se da tal vez en los Ejercicios, a elementos y procesos en que la vida espiritual se presenta más por su aspecto humano y natural que por el divino y sobrenatural. Algunos ejemplos darán luz a nuestros recelos. El ponderar la solidez y eficacia de la meditación discursiva, llamada, quizás con menos exactitud, método de las tres potencias, dejando en la penumbra otros modos de orar ulteriores, tales como la contemplación de personas, palabras y obras, etc., sin discernirla de la meditación discursiva; el inculcar con más ahínco la meditación y las convicciones intelectuales, que de ella se esperan, que el allegamiento a Dios por medio de la humilde oración; el insistir de una manera predominante en la necesidad del conato e industria del hombre, y no tanto en el valor y virtualidad de la gracia sobrenatural; el hablar de tal manera de las virtudes, que se dé pretexto a pensar que las peculiaridades y características de la vida espiritual son fruto del ejercicio humano y no de la infusión divina sobrenatural; el realzar las ventajas y seguridades de practicar la virtud en el estado de sequedad espiritual y los riesgos de la consolación; el mirar la consolación como un estado de espíritu semi-natural; el ponderar la sabiduría y solidez de las prescripciones que se dan para elegir en el tercer tiempo, pasando quizás como sobre brasas por el primero y el segundo, como si fueran arriesgados y poco menos que inservibles; el hacer resaltar insistentemente que los Ejercicios son para desarraigar las afecciones desordenadas y menos para fomentar santos y sobrenaturales afectos, en especial de amor y caridad; el afirmar que el amor de Dios se ha de poner en las obras y no en las palabras, siendo así que lo que San Ignacio dice es "que el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras" y usa la expresión hablar vocal o mentalmente con Dios como si fuera sinónima de esta otra "affectar (tener afectos) con la voluntad", etc.

Comentaba el P. Leturia en la carta antes mencionada:

Roma, 8 oct. 1940

R. P. Ramón Orlandis. S.I. P. Ch.

Amado en Ch. Padre: Cuando pasé de vuelta por Barcelona, no había aún tenido ocasión de leer despacio los artículos de VR. en Manresa, que tan delicadamente me regaló -y encuadernados- al vernos ahí en julio; es que mis dos meses en España resultaron más apretados de lo que yo planeaba, y no pude así hacer mis propios Ejercicios. De ahí que nada pudiera decir a VR. el día y medio que estuve ahí en septiembre.

Desde el primero, adiviné algo que llevo también yo muy adentro hace años, y que VR. no expresó con claridad hasta el artículo del mes de abril de 1936, páginas 30-31, cuando en forma fina y velada reacciona contra el insistir en la meditación de las tres potencias y olvidar casi las contemplaciones, pasar como por brasas por el segundo tiempo de elección y proponer como "nuestro" el tercero, insistir en la solidez de la virtud seca y apenas hablar de la consolación, etc. , etc. Todo lo que sea insistir en este aspecto del problema en los Ejercicios y reaccionar con justeza y profundidad contra la mecanización semipelagiana y semiestoica de la Vía Ignaciana me encanta, y me parece necesarísimo para mí y para otros. Y creo no engañarme si digo (y lo vi desde el primer artículo) que ahí está el nervio de los estudios de VR. Y no por reaccionar ni por prurito de crítica, sino porque lo otro es no entender y aun deformar nuestro mayor tesoro, los Ejercicios. Y además (¡qué bien lo muestra VR. !), apartarnos de los primeros grandes comentadores. (… / Y si VR. , por un sentimiento de extrema benignidad y deferencia quiere seguir un gusto mío, crea que los lectores damos a VR. en sí misma más autoridad de la que piensa, y que aunque gocemos en ver prueba con La Palma, Gagliardi y Suárez sus ideas, creemos que la raíz principal de donde saca sus profundas observaciones no han sido -al menos al principio- esos autores, sino fuentes más inmediatas y recónditas de los Ejercicios mismos y de la Teología del Angélico, ellos y ella vividos más que leídos…

Y pida mucho por su afmo. in Ch.

PEDRO LETURIA, S.I.

Quedaría por tratar otro aspecto decisivo de la coherencia y unidad simplicísima del magisterio espiritual del P.Ramon Orlandis. Sería este el de la continuidad entre la teología de los dones del Espíritu Santo,contenida en la Summa Theologica de Santo Tomás de Aquino, que él asumía con convicción profunda y amoroso entusiasmo, y la doctrina espiritual que sabía leer en los escritos de Santa Teresita del Niño Jesús, en los que, sin sistematizaciones especulativas, encontraba, por modo vitalmente ejercido, la docilidad a las divinas mociones obradas en el alma cristiana por el "Consolador óptimo y dulce huésped del alma", que es el Amor y Don divino que habita y en las almas y diviniza al cristiano.

Su vida mística, aparentemente sencilla y ordinaria, estaba interiormente, cada vez más, dominada por las inspiraciones divinas. El Espíritu Santo la guiaba en todo. La misma Teresa nos ha dejado sobre este punto preciosas confidencias:

«Mi retiro de profesión fue, como los siguientes, un retiro de gran aridez. No obstante, sin ni tan sólo darme cuenta de ello, los medios de agradar a Dios y de practicar la virtud se me revelaban entonces claramente. He notado muchas veces que Jesús no quiere darme provisiones. Me alimenta a cada momentocon un alimento completamente nuevo. Lo hallo en mí sin saber cómo se encuentra allí. Creo sencillamente que es el mismo Jesús,oculto en el fondo de mi pobre corazón, quien obra en míde una manera misteriosa y me inspira todo lo que quiere que haga a cada momento .

Para quien sabe entender las cosas, ésta es una descripción inconsciente de una elevada vida mística bajo el influjo preponderante de los dones.

Francisco Canals

El P. Ramón Orlandis Despuig

padre orlandisQuien haya leído, o lea ahora, el n° 331 (Septiembre de 1958) de Cristiandad, no necesita más noticias sobre el fundador de Schola Cordis Iesu. ¿Pueden superarse las firmas de Mª Asunción López, José Mª Murall S. l., Roberto Cayuela S. l., Francisco Segura S.I., Luis Creus Vidal, Jaime Bofill, Minoves-García Die, Pedro Basil, Francisco Canals Vidal, y algunos más? Tomo, pues, la pluma sin ánimo de enseñar nada nuevo, sino únicamente con el deseo de contribuir a honrar aquel santo y sabio varón a quien traté poco (pero muy intensamente) en vida y a quien velé las noches anteriores a su muerte y fui (con el H. enfermero) el único testigo de su plácido trance en una madrugada pocos momentos después de celebrar la santa Misa "pro agonizantibus", en la capillita que estaba junto a su aposento y desde la cual él había podido -si hubiera en aquellos momentos podido tener conciencia- seguir el Santo sacrificio de Jesús.

A modo de "testimonio histórico", a los datos biográficos que se dan, muy completos, en el mencionado 331 de Cristiandad, queremos añadir (traducido al pie de la letra) el EGO del P. Orlandis. Se llama EGO (título casero y familiar) a un escrito que redactan los candidatos a Jesuitas al ingresar en el noviciado, siguiendo una pauta o esquema prefijado. Comienza siempre como éste del P. Orlandis: "EGO, Raimundus Orlandis et Despuig… Yo Ramón… ". El documento, pues, escrito todo él de puño y letra del novicio, reza así:

«Yo, Ramón Orlandis y Despuig, Español, he sido admitido en la Compañía de Jesús por el R. P. Jaime Vigo, Prepósito Provincial de la Provincia de Aragón.

He ingresado en la casa de probación de Santa María Verulense el día doce del mes de julio del año mil ochocientos noventa y cinco, bajo el Maestro de Novicios Luis Adroer.

Nací de matrimonio legítimo en Palma de Mallorca en la diócesis Mallorquina, provincia Balear, el día dos del mes de Diciembre del año mil ochocientos setenta y tres. Fui bautizado el mismo día en la Parroquia de San Jaime de la misma ciudad. Fui confirmado el día primero del mes de Diciembre del año mil ochocientos setenta y seis, por el Ilustrísimo D. Mateo Jaume y Garau, Obispo de Mallorca. Tengo padres, Ramón Orlandis y Luisa Despuig, difuntos; eran de condición nobles. Tengo dos hermanos, uno célibe y otro casado y una hermana casada.

Pasé mi vida, hasta los doce años, en casa, donde aprendí los rudimentos de gramática con maestro particular. Luego, a los doce años, fui enviado al Colegio de S. José en Valencia, en cuyas aulas, interno, aprendí tres años de Humanidades, de los profesores PP. Ferreres, Traval, y Casas S.I.; estudié un año de Retórica con P. Cubí, me dediqué a la Filosofía dos años bajo los profesores PP. Sedó y Vidal, a saber, el primer año Lógica y Ontología, el segundo Psicología y Ética. Desde el año mil ochocientos noventa y dos me dediqué tres años al Derecho civil y a la Filosofía y Letras en el Colegio de estudios superiores de Deusto, bajo los profesores PP. Pajares, Echeverría y Leza, García Alcalde y Romeo S.I. y Hermanos Arregui Izquierdo, Zarandona y Llera S.I. En la Universidad de Salamanca recibí el grado de "prolytae" [doctorado o licenciatura] en Filosofía y Letras.

Tengo memoria fácil para captar y tenaz para retener. Creo tener entendimiento [o talento] que capta bien lo que estudio.

Siento propensión natural y voluntaria al estudio, principalmente para las letras humanas y la Filosofía.

Por lo que toca a los ministerios [ocupaciones, trabajos] me siento indiferente.

No creo que los estudios hayan dañado mi salud.

Siento que tengo fuerzas espirituales y corporales para los estudios y otras ocupaciones de la Compañía.

Las fuerzas corporales son buenas y firmes.

Mi complexión, creo, es mixa [mezcla] flemática y nerviosa.

No tengo defecto alguno corporal; tengo algo de miopía. En mi familia reinó buena salud.

Mi vocación comenzó el año mil ochocientos noventa y tres, y durante algún tiempo vacilé; por fin, habiéndome aconsejado y bien examinado el asunto, confirmado en mi vocación, fui admitido a la Compañía de Jesús, y con sumo gozo de mi corazón, vine a esta casa de probación de Santa María de Veruela, con ánimo [con el propósito] de vivir y morir en la misma Compañía de Jesús, observando sus reglas y todo lo que se me propone, con la gracia de Dios y la protección de la Santísima Virgen».

A continuación, a manera de cuadro sinóptico, se anotan las asignaturas cursadas, los autores estudiados, el lugar, años o cursos, número de condiscípulos, notas finales y observaciones. Según este cuadro obtuvo el Bachillerato en letras Humanas, y la Licenciatura (prolyta) en Filosofía y Letras. En todas las asignaturas tuvo siempre Meritissimus(Sobresaliente), menos en Filosofía y Matemáticas en el Colegio de Valencia y en Historia Universal en Deusto; la nota fue Mediocris, mediano o mediocre, que equivale a aprobado.

* * *

Este escrito, a pesar de su calidad de "standarismo", tiene un valor singular porque procede de un joven de 22 años que descubre un espíritu reflexivo, serio y veraz. Tiene cuidado en hacer constar que fue bautizado el mismo día de su nacimiento, significando así cuánta importancia daba al nacimiento espiritual, cualidad que durará toda su vida y manifiesta, por ejemplo, con el aprecio con que recomendará "La Divinización del Cristiano" del P. Ramière. Sobre su talento, memoria, vigor corporal… se muestra cauto y humilde con un "creo" (judico, dice él).

No carece de interés la frase: "Propensionem naturalem et voluntariam ad studia sentio, praesertim ad litteras humaniores et ad Philosophiam". Siente inclinación natural y voluntaria. La inclinación o propensión siempre es natural, pero muchos no siguen sus inclinaciones, que tal vez pueden ser desordenadas o inconvenientes. El P. Orlandis acepta voluntariamente lo que la naturaleza espontánea y gratuitamente le da. El estudio no será la satisfacción gozosa y fácil de un instinto o sentimiento, sino la realización consciente de una inclinación que exige esfuerzo y dedicación. El P. Orlandis no estudia por gusto sino con gusto y con el anhelo de procurar el Reinado de Cristo en los corazones; y todos sus esfuerzos irán encaminados a un fin de gloria de Dios, no de satisfacción humana.

Siente además, dice, inclinación especial por las letras humanas y la Filosofía. Por letras humanas se entendía aquellos estudios que tenían como fin educar el "humanismo", es decir, el desarrollo adecuado y ecuánime de las facultades del hombre en cuanto sociable y "asociado", o sea, como miembro de una sociedad que él mismo forma, de la que él mismo es parte y a la que él mismo se debe.

Esta formación "humana" mira al hombre entero: mente y corazón, sentidos y potencias, cuerpo y alma; hombre y Dios. Al mundo de hoy le falta "humanismo", que podríamos denominar, más concretamente, equilibrio. Los griegos lo llamaban sophrosine, los clásicos latinos ne quid ni mis (no pasarse de rosca), los ascetas cristianos virtus o justo medio. La ausencia del estudio del clasicismo, el predominio de las ciencias exactas (matemáticas, química, física, electrónica, etc.) ha deshumanizado a la sociedad. Basta ver la aberración del Arte, del teatro, y hasta de los deportes, que no sólo están desfasados sino que han entrado en el campo peligrosísimo de la política y de la violencia. Hoy, el P. Orlandis no comprendería a esta Humanidad.

Su segunda afición o inclinación voluntaria era la Filosofía. Creo que el P. Orlandis entendía la Filosofía en su sentido etimológico de amante de la sabiduría y también de reflexión. Tomar las cosas con seriedad, no a la ligera. Así, cuando fue Profesor (lo mismo que cuando había sido estudiante) no se limitaba a comentar un texto, como hacían los comentaristas ordinarios de las "Sententiae" o de la "Summa", sino que lo hacía al modo de Sto. Tomás o de Suárez o de los grandes comentaristas, que de tal modo "comentaban" que formaban escuela propia, como los dos grandes maestros mencionados.

Otro rasgo del P. Orlandis, efecto de su ’"filosofismo" o espíritu de reflexión, es el que aparece en su elección de estado. En el "Ego" dice escuetamente que empezó a sentir vocación a la Compañía de Jesús en 1893 y que vaciló durante algún tiempo, pero luego después de asesorarse con buenos consejos y examinada bien su vocación, ingresó en la Compañía de Jesús. Su vocación, pues, le nació en Deusto al cabo de un año de convivir con aquellos doctos y sabios jesuitas que menciona. No se tomó el asunto a la ligera. Consultó, examinó, pensó, y por fin se decidió. Hablando de este asunto con uno de sus discípulos de Schola Cordis Iesu, le dijo que veía algunas cosas en la Compañía de Jesús que no le gustaban, pero que sintió que era su vocación la Orden de S. Ignacio, y la aceptó.

Los datos escuetos, pero pensados, del joven licenciado en Filosofía y Letras y doctor en Derecho, son tales que le reflejan de cuerpo entero y nos dan la clave de toda su vida de Jesuita. Veámoslo en una síntesis tan breve como su "Ego".

* * *

Las calificaciones escolares de Matemáticas e Historia Universal le designan "mediocre". Así había de ser: Las matemáticas son frías, calculadoras; son el polo opuesto del humanismo, por más que el matemático pueda ser una persona muy tratable, comprensiva, "humana". Pero el "humanista" no suele ser muy matemático.

La historia universal, si se estudia en manuales, es una sarta de datos y de fechas capaz de indigestar a la memoria más "fácil en captar y tenaz en retener" como era la del estudiante Orlandis. Tampoco le cuadraba la carrera de historia de datos y fechas.

Pero cuando la historia es filosofía, se convierte en la asignatura más acomodada al temperamento "voluntariamente aceptado" del P. Orlandis. Se convierte en Filosofía de la Historia. Es lo propio de su temperamento "humanista-filósofo".

Así pensaba y soñaba el joven licenciado en Salamanca y ahora novicio jesuita en la Casa de Ntra. Sra. de Veruela. Y con este espíritu doble emprende la carrera ascético-científica. Desde este momento la meta no ha de ser el hombre ni la sabiduría, sino el Hombre-Dios que es el Verbo, la Sabiduría humanada. Y este dualismo, que ha convertido en una unidad misteriosa: una Persona divina en dos naturalezas, llenará por completo el ideal del jesuita que va paso a paso reforzando su "humanismo" (ahora ya muy divinizado), y transformando su Filosofía en Teología, y convertirá al historiador "mediocre" en un Doctor en Teología de la Historia. Y así sale el Sacerdote Ramón Orlandis S.I. que sube al altar con un corazón que no aspira más que a ser "secundum Cor Iesu" y procurar con todas sus fuerzas el Reinado de Cristo en la Tierra.

Esta idea del Reinado Social de Cristo lo tenía tan en su entendimiento y en su corazón que empujó a su sobrino, el P. Juan Rovira, eminente Profesor de Sagrada Escritura, a que estudiase y escribiese sobre el Milenarismo. En aquellos momentos era muy mal mirada esta doctrina y el P. Rovira se encontró en un ambiente hostil. El P. Orlandis padeció mucho al ver que por ello su sobrino había perdido la Cátedra, pero el Señor premió al defensor de su Reinado Social en la Tierra, con la gracia del martirio. El P. Rovira estará ahora con los mártires del Apocalipsis, que tanto apreciaba, clamando justicia a Dios (Apoc 6, 1 0).

También al P. Orlandis le costó la pérdida de su docencia de Teología dogmática, Patrología, moral, historia de la Filosofía, que sucesivamente fue enseñando a los estudiantes jesuitas de Teología o Filosofía. Dios le destinaba a su lugar definitivo, allí donde apuntaba su temperamento ya "divinizado": el humanismo teológico concretado en el Reinado del Corazón de Jesús. Desde 1923 vivía en la Residencia de la Calle de Caspe dirigiendo la Obra del Apostolado de la Oración. El curso de 1928-29 vuelve a Sarriá para enseñar historia eclesiástica y patrología a los teólogos, e Historia de la Filosofía a los filósofos. En Agosto de 1929 se traslada definitivamente a Barcelona para dedicarse de lleno al Apostolado de la Oración. Está ya plenamente centrado. Sin embargo los acontecimientos políticos de 1931 con la ocupación de los edificios y bienes de la Compañía de Jesús en 1931-32 y la guerra civil de 1936 a 1939 impidieron al P. Orlandis desarrollar sus planes pero le dieron tiempo para pensar y planear.

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1939-1958. Años proféticos

Se habla mucho de profetismo en nuestros días. Cuando algún "teólogo o escriturista o liberacionista" es amonestado por la Curia Romana o directamente por el Papa, surge un murmullo sordo (no pocas veces un griterío ensordecedor o unos escritos contestatarios). Y a estos les llaman "profetas", queriendo indicar que en su día serán reconocidos, como ocurrió antaño con los auténticos profetas.

Con un espíritu muy distinto llamo yo ahora "Profeta" al P. Orlandis. El no profetizó porque no se consideraba un hombre excepcional, providencialmente enviado por Dios, para anunciar y preparar el Reinado del Corazón de Jesús, como lo fuera S. Juan Bautista respecto del Mesías y Sta. Margarita María, el B. de la Colombière y el P. Bernardo Hoyos para esta devoción. El P. Orlandis más bien se veía como "la voz que clama en el desierto" (Mt 3, 3), pero que con una mirada certera ve un porvenir, un horizonte que presiente cercano aunque el ambiente está tan negro que no ve más allá de unos metros.

El P. Orlandis que ha estudiado a fondo -ayudado también por su sobrino el P. Rovira- la Sagrada Escritura y con ella la Teología de la Historia, no duda de que Cristo ha de Reinar (con mayúscula) en la Tierra, sobre la Humanidad, por más que su Reino no sea de este mundo (Jn 18, 36). Y goza cuando ve que Pío XI, el Vicario de Cristo, el Maestro de la Verdad, instituye la festividad de Cristo Rey del Universo destinada a explicar y preparar el Reinado Social del Corazón de Jesús. Y de nuevo se goza cuando este mismo Sumo Pontífice nos dice dos veces que ya está viendo el tiempo -cercano- en que Cristo Reinará sobre la Tierra. Y ve también el P. Orlandis que su ideal no es el de un soñador, de un iluso, de un hereje, sino el de un fiel hijo de la Iglesia, de un buen teólogo que confronta sus doctrinas con las del Papa y ve que coinciden.

* * *

Han pasado años de paz para España y para la Iglesia, pero de intensas maquinaciones del infierno. En 1917 la Virgen María vaticinaba solemnemente en Fátima: "Pero, al fin mi Corazón Inmaculado triunfará". Con esto anunciaba Ella -evidentemente para pronto- el triunfo del Corazón de Jesús, ya que Ella no es más que la Aurora que anuncia la salida del Sol.

Con la muerte de Pío XII soplaron nuevos vientos en la Iglesia, que hicieron exclamar a Juan XXIII: "he abierto un poco las ventanas para airear el ambiente y ha entrado un huracán". Efectivamente las "portae ínferi", los poderes del Infierno se han desatado y en orden de batalla presentan la más peligrosa y fuerte lucha contra la Iglesia: la apostasía, el ataque desde dentro.

Y en este momento Dios da a la Iglesia el Papa que -permítaseme el atrevimiento, pero a esto iba el título de años proféticos– llena el ideal del P. Orlandis: Juan Pablo II. Es el Papa del Reinado del Corazón de Jesús.

En Consistorio de Navidad de 1989 daba gracias a Dios porque había podido realizar sus viajes apostólicos cumpliendo el encargo de Cristo: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda clase de gentes" y el más específico del Papa: "Confirma a tus hermanos".

Y ¿cuál es el mensaje o predicación del Papa? A una humanidad que gusta tanto de ensalzar la dignidad del hombre, los derechos humanos, etc., pero que materializada hasta el tuétano de los huesos, no sabe más que de injusticias, egoísmos, odios, rencores, guerras…, a esta humanidad grita el Papa: "Gobernantes, hombres todos, ricos y pobres, y el hombre tiene una dignidad que no poseen los demás seres vivientes de la Tierra. Respetad y conservad esta dignidad. Pero no olvidéis que esta dignidad os viene de Cristo. Si no sois de Cristo, si Cristo no está en vosotros, carecéis de dignidad". Esta es la síntesis de la predicación del Papa. No faltan quienes le atacan de demasiado humanismo. Es que no le comprenden. Se quedan en el humanismo y no atienden a la Teología, al Cristo que es el que da vida y dignidad al hombre.

Esto, creo yo, predicaría hoy el P. Orlandis, preparando así, como hace el Papa, el Reinado de Cristo sobre los hombres. Fue, pues, en realidad el profeta del Reinado de Cristo en un tiempo en que el modernismo liberal, fruto amargo y venenoso de la "Ilustración" de la Revolución Francesa y condenado por San Pío X, renovaba e invadía lentamente en la mentalidad universal y dentro de la misma Iglesia, con la Teología nueva pasada rápidamente a Teología antropológica, Antropología teológica, Antropología. Con esto se suplantaba Dios para ensalzar al Hombre.

En el orden político se iban deshaciendo y liquidando las monarquías para dar lugar a las democracias, y una Iglesia Jerárquica se pretendía transformarla en democrática. ¿Quedaba, pues, lugar para el Reinado social y universal de Cristo Rey?

Y el P. Orlandis había intuido todo esto hacía muchos años. Su trayectoria intelectual y ascética la habían llevado, sin darse cuenta, pero "voluntariamente" a la conclusión del futuro Papa Juan Pablo II (que tampoco es hoy día comprendido plenamente por muchos). El P. Orlandis, tan intelectual, tan escolástico, tan tomista… rehúye todas las discusiones de escuela sobre el objeto formal, la esencia, el fin, etc. , de la devoción al Corazón de Jesús, y se coloca en el punto céntrico de la Historia Universal (en la que le calificaron de "mediocre", ¡no lo olvidemos!), y allí encuentra a Cristo, el Dios-hombre (Humanismo y Teología) que nace en una cueva de una pequeña villa de Judea y muere en una cruz en la gran Jerusalén, elevado entre la Tierra y el Cielo, después de haber profetizado: "Y yo, cuando sea elevado sobre la Tierra atraeré a mí todas las cosas" (Jn 12, 32). Y estas cosas son sustancialmente las almas, los hombres. Y la Iglesia lo comprende; y los mártires cantan al morir: "Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat"; y los Concilios ponen nada menos en sus Símbolos o compendios de la fe "cuius Regni non erit finis"; y siempre todo cristiano recitará continuamente la más sublime oración y dirá: ’’adveniat Regnum tuum".

El P. Orlandis, pues, maestro en Teología de la Historia, funda la Schola Cordis lesu, la verdadera Escuela, Teología-Humanista, que se ocupará en estudiar y difundir la verdadera devoción al Corazón de Jesús: que Cristo reine en cada alma, y cada alma se sienta miembro del Cuerpo Místico de la Iglesia, y vaya así realizando el Reinado de Corazón de Jesús en la Tierra.

Han pasado 32 años de la muerte del P. Orlandis. El mundo ha dado un tumbo radical, las dictaduras van cayendo. Los gobernantes se han lanzado a la realización de la idea-madre de la Revolución Francesa: una Europa unida en un sólo sistema (por ahora el Socialismo Internacional), una sola religión (el agnosticismo más o menos paliado), una sola economía, un solo fin: acabar con el Cristianismo.

Pero Dios escribe recto; y con Dios no se juega. Los gobernantes, la humanidad entera podría pretender prescindir de Dios, pero no podrá eliminarle, y Dios sabrá confundirla y de las piedras sacará hijos de Abraham (Mt 3, 9).

¡Al fin, mi Corazón Inmaculado triunfará! Y la "esperanza contra toda esperanza" (Rom 4, 18) del P. Orlandis se perpetúa con su Schola Cordis Iesu, y el Profeta "mediocre" resultará el gran maestro del Reinado de Cristo.

P. Francisco de Paula Solá, S.I.

Mis recuerdos del Padre Orlandis: Su relación con el padre Ignasi Casanovas y su obra

padre orlandisHablando con el padre Orlandis del contraste que yo percibía al leer al padre Ignasi Casanovas, S. I., comparándolo con otros autores jesuitas de su tiempo, me comentó: «El padre Casanovas no era tenido por jesuítico por el clero de la diócesis y por las otras órdenes religiosas. Conmigo ocurre algo parecido».

El padre Orlandis había aceptado una sugerencia del padre Ignasi Casanovas de colaborar en las tareas del Foment de Pietat y de la Balmesiana de entonces. «Sabía que yo no era anticatalanista ni enemigo de su obra», que había tenido ocasión de defender al ser consultado por el padre General de la Compañía. Éste había tenido que venir a Barcelona porque los jesuitas anticatalanistas le aconsejaban la supresión del Foment de Pietat y de todas las obras conexas con él.

El padre Orlandis veía peligros graves en el catalanismo cuando tomaba el camino de «una Cataluña nacional podrá ser católica o librepensadora, centralista o descentralizada, liberal o socialista, pero será catalana», pensamiento de Prat de la Riba que expresa el veneno inoculado en los nacionalismos por la errónea filosofía surgida en el idealismo romántico alemán. Le disgustaban las afectaciones culturales del Noucentisme, con su hostilidad a lo «verdaguerívol». Él admiraba con fervor a Verdaguer, Costa i Llobera, Maria Antònia Salvà… Denunciaba también, por lo mismo, como peligroso el anticatalanismo, y a veces se llamaba a sí mismo «supercatalanista». Pensaba, con el obispo Torras i Bages, de quien era muy amigo el padre Ignasi Casanovas, que «Catalunya serà cristiana o no serà». En todo caso, defendía y apoyaba al padre Ignasi Casanovas contra sus adversarios jesuitas anticatalanistas.

«Es extraño que el padre Casanovas no fuese tomista -decía el padre Orlandis- porque todos los jesuitas que él admiraba, el padre Lebreton y otros franceses, eran tomistas». Yo le comenté que, seguramente, su entusiasmo por Balmes explicaba este hecho. Añado, incidentalmente, algo sobre el sentido del balmesianismo del padre Casanovas, del que tengo un recuerdo muy preciso por lo que me dijo también el padre Orlandis.

Me refirió que, en una conversación circunstancial con el padre Florí, discípulo de Casanovas y conocido estudioso de Balmes, le dijo el padre Orlandis: «Yo soy más balmesiano que ustedes». «¿Cómo?» -preguntó el padre Florí. «Porque a Balmes le importaba, más que la negación de la distinción real de la esencia y la existencia, el tener una actitud de pensar con libertad. Esto es lo que yo hago con mi tomismo, y por esto he podido ser tomista».

Sobre el tomismo del padre Orlandis escribí en Cristiandad nº 811-812 (enero-febrero 1999). Recordé entonces que él decía que, de los tres «epítetos» con los que se calificaba -o se quería a veces descalificar- su obra, los de tomista, integrista y milenarista, era el primero, precisamente el único que él aceptaba sin reservas, aquel por el que más frecuentemente los jesuitas de su provincia religiosa tendían a pensar su tarea como algo carente de futuro y no integrado en los ambientes apostólicos más característicos de los jesuitas de entonces.

Le oí decir muchas veces que la distancia y enfrentamiento que, durante siglos, se habían dado entre los dominicos y los jesuitas no tenían su punto nuclear en cuestiones metafísicas como la de la distinción real entre la esencia y el ser, de que tanto se habló a fines del siglo XIX y en el siglo XX. En metafísica, la escolástica escotista de los franciscanos se oponía al tomismo tanto o más radicalmente que el suarismo de los jesuitas. Pero «los frailes» dominicos y franciscanos se sentían entre sí cercanos. Era usual que un franciscano predicase un panegírico sobre santo Domingo en una iglesia de los frailes predicadores, o que un dominico hablase sobre san Francisco de Asís en una iglesia franciscana.

Los jesuitas eran sentidos como «otra cosa». El padre Orlandis notaba que la razón de la distancia no era metafísica. «No era eso, era otra cosa, que no sabría decir qué es» («No és això. És una altra cosa, no sabria dir el què és»). Sus palabras, precisas y decididas en lo que negaban, y tan explícitamente perplejas en lo que constataba que no se le había mostrado claramente, han quedado para mí inolvidables, y me han dado siempre mucho que pensar.

El padre Orlandis juzgaba muy desacertada la negación de la moción divina en las causas segundas y el llamado «concurso simultáneo». Recordemos que, según Suárez, hablando de la causa divina y de las causas creadas, «ninguna de estas causas influye con prioridad a la otra, porque ninguna influye en la otra, sino que una y otra influyen en el efecto o en la acción, y ninguna aplica a la otra o la hace obrar, en virtud de este concurso» (Suárez, Opúsculo I. De Concursu Libro I cap. 15, nº 7). De esta tesis del concurso simultáneo, y de su expresión clásica «como cuando dos arrastran una nave», decía coloquialmente el padre Orlandis: «És un renec», lo que la descalifica casi como una blasfemia, pero con un sentido más irónico que condenatorio.

Y porque la tesis del concurso simultáneo fue pensada para remover la tesis tomista de la «premoción» -y con la preocupación de excluir la «predeterminación»-, y porque, después de las polémicas de auxiliis, la oposición de las escuelas había tendido a excluir, con la predeterminación física como explicación de la eficacia de la gracia, también la misma tesis teológica de la eficacia intrínseca de la gracia, se llegó a la situación que, ya en los primeros años del siglo XVIII, describía el dominico Billuart:

«Que la eficacia de la gracia consista en una predeterminación física, y que esta predeterminación deba extenderse a los actos naturales y a lo «material» del pecado, son cuestiones puramente metafísicas e incidentales respecto de la tesis de que la gracia eficaz lo es por sí misma e intrínsecamente.

Pero que la gracia es eficaz por sí misma e intrínsecamente, con independencia de la cooperación de la criatura y de una ciencia media, lo enseñamos los tomistas como un dogma teológico intrínsecamente conexo con los principios de la fe, y próximo a la definibilidad, y con nosotros todas las escuelas, a excepción de la molinista.» (Billuart, De Deo, dissertatio V).

Más de un siglo antes de que el representativo dominico escribiese este juicio tan preciso, san Roberto Belarmino, el eminente jesuita, Doctor de la Iglesia, que combatió la tesis de los dominicos sobre la predeterminación física, pero que sostenía su posición propia contra los que, entre los jesuitas molinistas, tendían a apartarse de la doctrina del propio Belarmino, según la cual la divina predestinación es gratuita y antecedente a los méritos humanos y la eficacia de la gracia no puede explicarse como un efecto de la buena voluntad humana, decía:

«Siguiendo esta tesis, estaremos conformes con los dominicos, franciscanos y agustinos, cosa muy de desear. De otro modo, estaremos en guerra con todas las órdenes. » (citado por Raúl de Scorraille, El padre Francisco Suárez, S. I., Barcelona, 1917; pp. 442-443).

San Roberto Bellarmino y el dominico Billuart advierten acerca del hecho de una escuela que se sitúa frente a todas las demás en una temática excepcionalmente nuclear, no sólo en el campo de la ciencia teológica, sino en la práctica comprensión del sentido de la vida cristiana. Escribió también Bellarmino, contradiciendo por anticipado la futura hegemonía del llamado «molinismo puro» en los jesuitas a partir de la mitad del siglo XVII y en siglo XVIII:

«Algunos opinan que la eficacia de la gracia se constituye por el asentimiento y la cooperación humana, de modo que, por su resultado, se llama eficaz, a saber, porque obtiene su efecto, y lo obtiene porque la voluntad humana coopera. Esta opinión es absolutamente ajena a la doctrina de san Agustín, y en cuanto a lo que yo juzgo, incluso ajena a la doctrina de las divinas Escrituras.» (De gratia et libero arbitrio I , cap. XII).

La atención a estos textos me va llevando a pensar que aquella razón profunda y misteriosa que durante siglos hacía sentir distantes a los jesuitas de las otras escuelas y familias religiosas, que no era un tema metafísico -como advertía el padre Orlandis- se situaba, precisamente, en este núcleo de la doctrina católica referente a la iniciativa misericordiosa de la gracia divina en la vida del cristiano, es decir, del hombre redimido por Cristo de la herencia y de la herida del pecado.

Una experiencia reciente me ha confirmado en esta perspectiva. He encontrado un texto de la Concordia de Molina que dice:

«Mira a la exaltación, alabanza y honor de Cristo y de Su Santísima Madre, algo que a mí me parece totalmente verosímil: que a sus Sacratísimas almas, no sólo Dios decretó darles dones más excelentes, sino que también había previsto que usarían mejor que otras de aquellos dones, por su innata libertad y usando de su arbitrio, y que, por esta razón, fueron elegidas para tal gran dignidad, más bien que otras. » (Parte VII, Qu. 25, disp. 1ª, memb. 11, nº 43).

Ante este texto, que se mueve al margen del dominio de la voluntad divina sobre la voluntad humana de Jesucristo, y desconoce, por lo mismo, que la humanidad asumida es instrumento unido a la divinidad, y así, con la voluntad humana de Cristo, «Dios nos ha amado con Corazón de hombre», según la profunda y precisa expresión del Concilio Vaticano II, he podido hablar con algunos sacerdotes diocesanos y algún jesuita, y he podido advertir la misma reacción en todos: «Esto es nestoriano», «Esto roza la herejía», «Esto se mueve en una desorientación profunda».

El padre Orlandis estaba convencido de que, en el futuro, se haría cada vez más patente la fecundidad orientadora de la síntesis doctrinal de santo Tomás de Aquino, y que se evidenciaría su necesidad. Pero discernía también, en la creciente reacción «antimolinista» y en la hostilidad de la «teología nueva» hacia lo postridentino, y en especial hacia la escolástica de los jesuitas, una corriente que no tendía a corregir las desviaciones «hacia la derecha» de aquella tradición, sino que abría paso a lo que llegaría pronto: un difundido «izquierdismo» teológico.

Al emplear los términos que aluden a la derecha y a la izquierda, no pienso, en primer lugar, en su significado político (aunque fuese frecuente la opción molinista entre legitimistas contrarrevolucionarios y entre los sectores intransigentes y anti-liberales del ultramontanismo), sino a un texto del Libro de los Proverbios y al comentario que de él hizo san Agustín:

«No te desvíes a la derecha ni a la izquierda: aparta tu pie del mal, porque los caminos que están a la derecha, el Señor los conoce: pero son perversos los caminos que están a la izquierda.» (Prov. IV, nº 27).

Comenta san Agustín:

«Desviarse hacia la derecha es querer asignar a sí mismo, y no a Dios, las mismas obras buenas que pertenecen a los caminos que están a la derecha… cuando te mandan «haz rectos los caminos para tus pies y dirige los caminos» entiéndelo de modo que sepas que, si lo haces, es Dios que te otorga el que lo hagas. Así no te desviarás a la derecha, cuando andes por los caminos que están a la derecha, porque no confiarás en tu vigor. » (Carta a Valentín, año 427).

El haberse puesto conscientemente, el padre Orlandis y el padre Ignasi Casanovas, en la escuela y el camino de santa Teresita del Niño Jesús hermana a los dos eminentes jesuitas en aquella fidelidad a santo Tomás de Aquino que el padre Orlandis adivinaba, en lo profundo, en el «balmesiano» Ignasi Casanovas. La liberación de la lectura del gran libro del magisterio espiritual de san Ignacio de «mecanización semipelagiana y semiestoica», que reconocía el padre Leturia, S. I. haber obrado el padre Orlandis en sus estudios, y la serena seguridad con que el padre Ignasi Casanovas podía vindicar los Ejercicios ante quienes los acusaban de «matemáticas espirituales», están en relación profunda con aquella fidelidad esencial a santo Tomás.

Un gran estudioso dominico, M. M. Philipon O. P., en su obra El mensaje de Teresa de Lisieux (publicado en castellano en 1960, en Barcelona, por la Editorial Balmes), demuestra documentadamente la coherencia profunda entre la orientación espiritual de la Santa carmelita y la teología expuesta por Santo Tomás, en especial en la acción divina según los dones del Espíritu Santo en el alma cristiana.

Las reflexiones sugeridas vienen al caso por una razón muy profunda. Leyendo los volúmenes de la Biblioteca d´Exercicis del padre Casanovas, sentiremos lo que dos biógrafos y comentaristas de su obra constataron y expresaron en la forma más inequívoca: la penetración de la espiritualidad de santa Teresa del Niño Jesús en el estudio ignaciano del padre Casanovas. El padre Batllori dice que «en los once tomos muy valiosos de su Biblioteca d´Exercicis, la Rosa de Lisieux dejó un perfume inconfundible» y el padre Ignacio Corrons, el traductor a la lengua castellana de la obra del padre Casanovas, reconoce «una inconfundible huella teresiana que se percibe -oculta o patente, según los casos- en su comentario a los Ejercicios de San Ignacio» (véase las referencias en mi artículo «Ignasi Casanovas Camprubí. Su espiritualidad y acción apostólica» en Cristiandad, nº 777-778 (marzo-abril 1996, pág. 35).

Reiterando lo que escribí entonces, sostengo que me parecen identificables, en el estudio sobre Santa Teresa del Niño Jesús y en el comentario sobre los Ejercicios del padre Ignasi Casanovas, líneas muy centrales de su doctrina, profundamente acordes con la teología espiritual de Santo Tomás de Aquino, e incluso en algunos momentos, con características tesis metafísicas del propio Doctor Angélico. Así en la interpretación del padre Casanovas sobre las palabras de San Ignacio según el cual «Dios trabaja y labora por mí en todas las cosas»:

«También es Dios el que obra en esta vida superior, que es la vida humana: no hay ni verdad ni belleza, ni moralidad que no venga de Dios; incluso los actos contrarios, producidos por una voluntad enloquecida que ignora su fin, no serían sin la acción de Dios, que respeta las libres determinaciones de los seres que ha creado y ha querido libres, y aquí hay maravillas que eclipsan lo que hasta ahora hemos considerado. Dios es el agente principal, y con su acción no estorba ni ata la libertad de la criatura. » (Biblioteca d´Exercicis, vol. IX, p. 330, trad. castellana padre Corrons).

La unidad de intención y de espíritu entre la tarea de estudio de los Ejercicios y la espiritualidad de la infancia espiritual y el abandono filial y confiado al amor misericordioso de Dios, que fue el mensaje de santa Teresa del Niño Jesús, nos muestran como muy cercanos a aquellos dos eminentes jesuitas, el padre Orlandis y el padre Casanovas. Para los dos, santa Teresa del Niño Jesús fue como la «estrella de su tarea apostólica», por decirlo con expresión análoga a la inequívoca del papa Pío XI, que insistía en presentar a aquella joven carmelita como «la estrella de su pontificado».

No dejaré de decir que, en los tiempos en que el padre Orlandis comenzaba la formación de los que pertenecerían a Schola Cordis Iesu, o en que el padre Casanovas creaba, apoyando a Mossén Eudald Serra, el Foment de Pietat y toda la constelación de instituciones y tareas orientadas hacia lo que hoy llamaríamos «la inculturación de la fe católica» en la sociedad catalana, el hecho mismo del puesto central de santa Teresita del Niño Jesús en sus respectivas vidas y actividades apostólicas que acercaba y hermanaba a aquellos dos eminentes religiosos de la Compañía, insignes estudiosos de san Ignacio de Loyola, también constituía la razón probablemente más profunda de aquel hecho de que no fuesen considerados como «jesuíticos» por el clero diocesano y por los religiosos de otras órdenes, ni tampoco -lo cual sería causa de íntimos sentimientos dolorosos y de desconcertantes malentendidos- por sus hermanos en religión de la entonces provincia de Aragón de la Compañía de Jesús.

Un dato institucional importante es el del proyecto del padre Casanovas de crear en Barcelona una institución análoga al Instituto Católico de París o a la Universidad Católica de Milán. En orden a ello, dirigió una memoria a los obispos de la provincia eclesiástica Tarraconense. En ella se contiene el texto de unos «Estatutos de la Facultad Filosófica fundada por la autoridad apostólica en la Institución Balmesiana de Barcelona». El artículo treinta y seis de aquellos Estatutos estaba redactado así:

«Se enseñará la filosofía escolástica, y de tal manera que los que siguen sus cursos sean formados con una síntesis doctrinal plena y coherente, según el método de los principios de santo Tomás de Aquino; desde esta doctrina, serán examinados los diversos sistemas filosóficos» (citado en Obras del Pare Ignasi Casanovas. relíquies literàries, Barcelona, Balmes, 1960, p. 354)

Quiero completar este recuerdo sobre el padre Orlandis en su relación con el padre Ignasi Casanovas reiterando lo que expresé ante el entonces arzobispo de Barcelona, el cardenal Narcís Jubany Arnau, cuando recibió a un grupo de laicos, entre los que estaban algunos miembros del patronato de la Fundación Balmesiana, como Eudaldo Forment y José María Petit, y algunos otros de Schola Cordis Iesu. Tratábamos de afirmar ante nuestro arzobispo la congruencia de que Schola Cordis Iesu fuese acogida en los locales e instituciones de la Balmesiana, y la oportunidad con que se podrían iniciar tareas de colaboración útiles para ambas instituciones. Hablé al cardenal Jubany del paralelismo de dos vidas que tuvieron, en su tiempo, actitudes poco frecuentemente unidas: el espíritu de san Ignacio en sus Ejercicios y el camino de la infancia espiritual y la entrega al amor misericordioso de Dios de santa Teresita. Recuerdo que dije, con convicción muy profunda: «En su vida bienaventurada, en la patria celestial, el padre Casanovas y el padre Orlandis se sentirán gozosos y nos apoyarán con su oración, y obtendrán de Dios gracias y auxilios providenciales para esta tarea común de servicio a la Iglesia».

Francisco Canals

La filiación divina del cristiano

Introducción

En la extensa obra del obispo Torras y Bages, son muchísimas las pastorales que podrían ser elegidas como representativas de una labor que mereció el elogio del santo papa Pío X, cuando, tras la publicación de la pastoral que lleva por título Dios y el César, le escribe diciendo que «has instruido en la sana doctrina al pueblo que se te confió, acomodándola perfectamente a las circunstancias de la sociedad, exponiendo e ilustrando magníficamente los principios conforme a los cuales les corresponde a ambas potestades, la eclesiástica y la civil, ajustar sus mutuos intereses» ( ILLM. SR. DR. D. JOSEP TORRAS I BAGES, BISBE DE VICH. «Carta de Nostre Santíssim Pare el Papa Pius X al Sr. Bisbe de Vich amb motiu de la Pastoral “Déu i el César”», a De la Ciutat de Déu i l’Evangeli de la Pau, Obres completes, Vol. I (Pastorals. Part 1ª), Editorial Ibérica, Barcelona, 1913, p. VII. ).

Con la intención de mostrar la perenne actualidad del mensaje del obispo Torras, presento a continuación una selección de la pastoral De la nostra filiació. Contra el principi masònic, que orienta sobre la filiación divina del cristiano.

La filiación divina del cristiano

En esta pastoral, escrita al comienzo de su episcopado -que inicia en 1899 y que termina al morir en 1916-, el obispo Torras se pregunta por el verdadero origen y destino del hombre, por su «linaje», como dirá él, en una época en que la ciencia decía encontrar pruebas del origen común del hombre con los animales -Darwin había publicado El origen de las especies en 1859-, y en que la técnica, la industrialización y el rápido crecimiento de las ciudades trastocaban el modo de vida familiar tradicional. El pastor solícito que él era se preocupaba por arrojar luz sobre aquella problemática -que en buena medida sigue siendo todavía la nuestra- diciendo «es un hecho general en el hombre particular que, sobre todo cuando ya es rico, le entran deseos de linaje, busca una filiación, aspira a enlazar su existencia, parece que no ha de necesitar a los demás y no sabe prescindir de ellos, y siente un vivo anhelo de alargar su existencia por la parte de antes buscando antecesores, y por la de después buscando sucesores; en una palabra, quiere formar parte de un linaje, y esto no sólo ocurre en las sociedades donde predomina el carácter aristocrático, sino también incluso en las sociedades que hacen gala de democráticas.

Y este hecho del hombre particular es el eco de una ley general de la humanidad. Todos los pueblos, todas las razas, todas las civilizaciones han investigado, han discurrido y estudiado su origen, de dónde proviene el linaje humano; y los hombres que por desgracia no tienen fe, los espíritus volátiles que no parecen ligados a ningún afecto humano, no están por encima de esta aspiración y sienten en su corazón esa curiosidad que en ellos es un elemento que nunca se evapora, una aspiración hacia el Padre, impresa en el centro de nuestros sentimientos por la misma mano de la naturaleza» («De la nostra filiació. Contra el principi masònic», Vol. I, cit. , pp. 307-343, pp. 310-311. La pastoral está fechada en «Vic, 10 de febrero, fiesta de la gloriosa Virgen Santa Escolástica, Patrona de la presente Ciudad, de 1903» (p. 343), dentro de las meditaciones de cuaresma de ese año. La misma pastoral puede hallarse en la edición de la Abadía de Montserrat (JOSEP TORRAS I BAGES, Obres completes, Vol. IV, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 1987, pp. 724-762). ).

Lógicamente, este deseo natural del hombre por conocer su origen se dejó sentir especialmente con el nacimiento de la paleontología como ciencia a finales del siglo XIX, su posterior desarrollo doctrinal, y la difusión final de sus conclusiones entre el público no especializado, o simplemente ignorante. Así pues, ocurrió que «nuestra época positivista no se libra de esta noble y necesaria preocupación, y a pesar del individualismo imperante, del epicureísmo dominante y del escepticismo que se ha apoderado de tantos espíritus, la investigación sobre el principio u origen del linaje está más viva que nunca, prueba de que la impronta dejada por la mano del Creador en el centro de nuestras afecciones, en nuestro corazón, no se ha borrado; el sentimiento filial del linaje llega a aberraciones monstruosas, bestiales, no en sentido metafórico, sino propio y directo, pues es sabido que ha sido aplaudido como un avance de la ciencia el sueño de que el hombre venía de la bestia. Ni en los tiempos de la gentilidad habían estado tan desencaminados los hombres en este punto, pues entonces el error nacía simplemente de la ignorancia humana, y ahora nace de la soberbia humana, que no quiere aceptar las lecciones de la Sabiduría divina y se aparta de ella y, rebelde, no quiere reconocer a Dios como Padre» (Ibíd. , p. 311. ).

Una vez referida la problemática del origen y filiación del hombre, Torras y Bages conduce esta pastoral hacia la necesidad de afirmar la filiación divina de los hombres contra quienes la niegan, ya que en realidad «podemos decir que siempre ha habido en el mundo como dos partidos, el partido de Dios y el partido de la bestia, una parte de hombres que, respondiendo a estímulos nobilísimos de su naturaleza, han buscado su filiación en Dios y han seguido un camino que diviniza al hombre, y la otra parte de hombres que, obedeciendo a instintos poderosísimos, pero groseros, han creído ser hermanos de la bestia, procedentes de un mismo origen, y en el transcurso de la vida han querido seguir caminos de exacto paralelismo con los demás animales y rebajar la naturaleza humana, oponiéndola a la elevación de vida» (Ibíd. , íd. ), declarando que la masonería instiga la segunda clase de filiación al entender que «el masón rompe su filiación divina, borra la relación que lo ligaba con el Padre celestial, es el hijo rebelde que odia a su Padre; y su afectada neutralidad, su indiferencia hacia Dios es supuesta y aparente como lo demuestra la experiencia, pues cuando se le presenta la ocasión se convierte en perseguidor de los fieles discípulos de Jesucristo, de cuantos se confiesan hijos de Dios y quieren glorificar su santo nombre» (Ibíd. , p. 314. ).

En toda su crudeza, esta segunda filiación conduce a la bestialidad que consideró ser su origen: «el masón, al renunciar a la filiación divina, se ha hecho hijo de la bestia apocalíptica que el Vidente de Patmos (Ap 11, 13) nos describe devorando a los hijos de la Iglesia» (Ibíd. , p. 314-315. ). Y es que «entre la bestia y el espíritu maligno hay una íntima relación; por eso el arte cristiano simboliza al demonio en la figura de una bestia, y aunque para ejercer sus seducciones suele revestirse no sólo de elegancia y de gracia mundana, sino también transformarse en ángel de luz (2 Cor 11, 14) con el fin de insinuarse más fácilmente a espíritus generosos, no obstante, toda su intención se dirige a bestializar a los hombres, a hacerlos decaer en su dignidad, a rebajar su vida y a separarlos de Dios, haciéndoles perder la calidad de hijos del Altísimo» (Ibíd. , p. 315. ). Como tendremos ocasión de comprobar, la segunda filiación se reviste también con los falsos ropajes de la luz y con los de la vana sabiduría y de la ciencia.

Siguiendo con esta segunda filiación, que lucha contra la filiación divina del cristiano, el obispo Torras nos dice que «hoy es un hecho evidente que en todo el mundo la Masonería trabaja para echar a perder la forma cristiana de la sociedad. A la forma cristiana, que es la forma propia de nuestra naturaleza sobrenaturalizada por Jesucristo y la ratificación y purificación de la antigua tradición humana, la secta propone su forma de vida puramente animal; quiere borrar el “Padre nuestro que estás en el cielo”. Esta lección que Jesucristo dio a la humanidad, esta aspiración suprema que siempre ha estado viva en el corazón de todos los hombres y a la cual quitó la vaguedad, concretó y formuló el divino Autor de la sociedad cristiana, es todo el tema central contra el cual debate la Masonería, y toda la razón de ser de esta secta es destruir este principio: que Dios sea el Padre del linaje humano. Hasta ahora, este principio era la ley social de la humanidad, la fuente del derecho natural, la base del derecho internacional, un axioma social y el germen de todo sistema legislativo. Implícito o explícito, todos lo admitían y todos le rendían vasallaje» ( Ibíd. , p. 315-316. ).

El impacto social del enfrentamiento de esta doble filiación es evidente: «Si quitáis el “Padre nuestro que estás en el cielo”, la humanidad no tiene ningún lazo de unión y se disgrega y deshace como una gavilla a la que se le rompe la atadura; el sentimiento humano desaparece, porque el sentimiento humano es el sentimiento fraternal, el afecto que nace de la idéntica procedencia de los hombres, de la derivación de una misma fuente, de constituir una misma familia y, por consiguiente, de reconocer a un mismo Padre. Donde no hay padre no hay familia; donde no hay padre no puede haber hermanos, ni por consiguiente, sentimientos fraternos» (Ibíd. , p. 316. ). En efecto, donde no hay padre o madre no hay familia, y por tanto la sociedad no comparte los mismos fines e intereses. No se siente amiga, sino enemiga. No hay vínculos de parentesco y de ayuda mutua, sino que el prójimo es un desconocido del que hay que sacar provecho. No hay hermandad sino enemistad, y la sociedad se destruye a sí misma necesariamente. Ese será el horizonte de la primera guerra mundial que no tardará en aparecer en Europa y de la cual se ocupará también nuestro autor (Además de las referencias que aparecerán más adelante, pueden verse las dos pastorales dedicadas específicamente a esta temática: «L’enigma de la guerra» y «El internacionalismo papal», ambas de 1915, en la referida edición de la Abadía de Montserrat, Vol. VI. ).

Pero si la principal torpeza está en la mala elección de nuestra filiación, entonces «la principal necesidad espiritual de nuestro tiempo es fortalecer en el corazón de los cristianos el sentimiento de la paternidad divina, sin la cual el melancólico pesimismo, la sensualidad y el desequilibrio intelectual se apoderan de los hombres, y desaparece la fraternidad entre los hijos de Adán» (De la nostra filiació, cit. , p. 316. ), puesto que «la influencia masónica trabaja para extirpar esta doctrina de la filiación divina de los hombres, y puede decirse que este es el objeto esencial de la secta» (Ibíd. , íd. ), intentando evitar toda manifestación pública de la religión que ayude a educar en esa dirección («Tiranizando a los pueblos, las leyes masónicas dificultan o impiden que a la infancia se la instruya en la religión en las escuelas, que en los hospitales y casas benéficas los pobres y los enfermos sean asistidos por personas revestidas de la caridad cristiana […]» (Ibíd. , p. 324). ).

De algún modo, el espíritu del mundo es el que hay que vencer, pues «la Masonería se funda, como toda secta, en un vicio de la naturaleza humana; la soberbia y la sensualidad son sus fundamentos; sobre ellos se construye su edificio, su mundana ciudadela, que es cátedra y ejército al mismo tiempo, desde donde quiere hacerse dueña de la humanidad con el sofisma y la violencia, disfrazándose de mil maneras según las circunstancias para facilitar el engaño. La Masonería es el espíritu del mundo sistematizado y movilizado» (Ibíd. , p. 325.).

Este espíritu mundano que orgullosamente presume de sabio es, en realidad, un espíritu ignorante y estrecho de miras: «Los hijos del siglo son hombres fracasados, se han encerrado dentro de un estrecho círculo, tienen los corazones deficientes y las inteligencias incompletas. Son como los habitantes de ciertas comarcas situadas en el interior de las regiones montañosas, viviendo en un horizonte limitado, sin comunicación o con muy escasa comunicación con los demás hombres, con poco conocimiento de otros países, educados por el contacto con unos mismos objetos no saben vivir fuera de aquellos límites, se entristecen, se añoran y mueren» (Ibíd. , p. 326. ).

Podríamos inscribir a las ciencias de la naturaleza y a la técnica dentro de ese círculo que limita el horizonte del conocimiento del «hijo del siglo», sobre todo después de que éste asumiera como «verdades» esos ámbitos del conocimiento a partir del siglo XVIII, con razón denominado Siglo de la Ilustración o de las Luces, porque con él creyó erróneamente el ilustrado haber alcanzado un conocimiento definitivo mediante la luz que emanaba sólo de su razón.

Así, habiendo creído ganar en rigor, circunscribiendo a lo empírico y a lo práctico el ámbito de su conocimiento, los hijos del siglo (de todos los siglos, y en particular del nuestro, donde el positivismo puede representar exactamente esta misma actitud) no hicieron sino extraviarse encerrados en sí mismos, sin comunicarse con los demás en las diversas y fecundas regiones del conocimiento humano. Les ocurrió, en efecto, como a los habitantes de aquellas regiones aisladas de las que habla el autor, quienes no pueden vivir y mueren fuera de ellas. Presumiendo de ilustrados y sabios, los hijos del Siglo de las Luces no han sido más que pobres ignorantes. Y es que, en definitiva, «los hijos del siglo se creen seres superiores y no son más que espíritus poco desarrollados, las altas ideas de luz intensa, los grandes sentimientos de cálido atractivo no penetran en su inteligencia ni en su corazón. Por eso las grandes empresas humanitarias y de transformación social no son obra de los hijos del siglo, sino de los hijos de la eternidad» (Ibíd. , íd. ). La verdadera luz, podríamos terminar diciendo, tiene un origen muy alto, viene de Dios y del cielo, no del sol ni del hombre.

La tesis de la filiación divina del cristiano, defendida en esta pastoral, es una forma de sabiduría avalada por las Sagradas Escrituras y la Tradición de la Iglesia en contraposición a la sabiduría del mundo, pues mientras «todos los escritores heterodoxos, naturalistas y filósofos que en el siglo pasado han tratado de buscar la filiación de nuestro linaje, no llegan a ser maestros de un siglo, sino de un fragmento de siglo y, dentro de éste, sólo de una porción de hombres», en cambio «los Apóstoles y los Evangelistas son los maestros eternos de la humanidad» (Ibíd. , p. 329. ). En efecto, «el evangelista san Juan, al explicar nuestra genealogía y al consignar nuestra adopción de hijos de Dios, no entra en nuestra inteligencia mediante la intervención de argumentos sutiles, ni el alegato de hechos convincentes; y no obstante, nos deja iluminados con una luz misteriosa, de origen celestial» (Ibíd. , p. 329. El autor hace referencia aquí al primer capítulo del Evangelio de san Juan. ).

En el mismo sentido se expresa nuestro obispo en otra pastoral, cuando incide en la pugna entre la sabiduría del mundo y la sabiduría de la Cruz, diciendo que «es necesario estudiar y discutir la dirección del sentimiento de adoración en los corazones modernos. Por desgracia, no se dirige a la Cruz; y, no obstante, la Cruz tiene que ser la coronación y el fin de toda civilización humana, es decir, de la ilustración, de la nobleza de vida, del bienestar social, y sólo en ella nos hemos de gloriar los discípulos de Jesucristo, y sólo por medio de ella es posible obtener la salvación» («La potència de la Creu», en De la ciutat de Déu. . . (Obres completes, Vol. I), cit. , pp. 183-204, p. 193. Esta pastoral está fechada en Vic, el 10 de febrero de 1901. ).

En esta pugna, la historia ha demostrado que, frente a la sabiduría humana, la de la Cruz ha obtenido la victoria a través de apóstoles que no tenían ninguna instrucción en la sabiduría humana, pues «desde antiguo la Cruz ha sido apreciada de distinta forma, y el apóstol san Pablo nos da un admirable compendio de estas apreciaciones en sus cartas a los Romanos y primera a los Corintios, cuando nos habla de la bancarrota moral de la sabiduría griega y de la victoria de la cruz de Jesucristo. En nuestros días ha corrido por la prensa de todo el orbe civilizado la misma idea de san Pablo expresada por un eminente escritor francés, el cual sin duda que no pensaba en la carta del gran Apóstol cuando la escribía. Al hablar el escritor francés de la bancarrota de la ciencia, tenía presente en su espíritu, implícita e inconscientemente, la cruz de Cristo, signo de la fe cristiana, que iluminaba su entendimiento, y así vio claramente las deficiencias de la ciencia» (Ibíd. , íd. En el umbral del siglo XX, algunos descubrimientos científicos obligaron a abandonar ciertos principios de la física, inamovibles hasta entonces, dando pie a una «bancarrota de la fe en la ciencia» que hizo tambalear al positivismo basado en dicha ciencia. ).

En este sentido, «el elocuentísimo san Juan Crisóstomo […] confiesa plenamente que los griegos tenían una ilustración literaria superior a los predicadores del Evangelio, a Pedro, el pescador; a Pablo, embalador; a Mateo, cambista, y a todos los demás, sencillos artesanos de Judea. Es más; el gran arzobispo de Constantinopla […] refiere haber oído en cierta ocasión una disputa entre un griego y un cristiano sobre cuál elocuencia era mayor, si la de Platón o la de san Pablo, sosteniendo el primero que Platón ganaba en elocuencia a san Pablo, y a la inversa el cristiano. Y afirma el gran arzobispo constantinopolitano que ambos argumentaban lo contrario de lo que debían argumentar para sostener cada uno su principio, que era la superioridad del cristianismo o del helenismo, respectivamente. La superioridad la demuestra la victoria, el que gana es el más fuerte; y si san Pablo y sus discípulos con pocas letras vencieron la sabiduría griega, queda demostrada la superioridad de la gracia sobre la ciencia; así en nuestros días, después de haber oído las voces de los sabios modernos de diferentes naciones, confesando la bancarrota de la ciencia, nosotros podemos proclamar su impotencia, en contraste con la potencia de la gracia cristiana» (Ibíd. , p. 195. ). No es por la lógica humana por la que los filósofos fueron superados por los pescadores, dirá el obispo Torras citando de nuevo a san Juan Crisóstomo, sino por la fuerza de la gracia divina (Ibíd. , p. 196, nota 1. ).

Avanzando en la significación de la filiación divina del cristiano, conviene en primer lugar recordar que ser hijo de Dios es contrario a ser su esclavo, pues «antes de la Encarnación, las relaciones existentes y visibles entre Dios y los hombres eran muy distintas de lo que han sido después de la Encarnación. Dios se ha hecho de la familia humana», y «en la contemplación de la historia vemos con claridad la distinta categoría del hombre cristiano y del hombre no cristiano en su relación con Dios, con el Ser Omnipotente que gobierna el mundo. El sentimiento que expresa la relación entre el hombre y Dios en los pueblos no cristianos, es sentimiento de terror: en ellos la idea de Dios es aterradora; de aquí nacieron los sacrificios humanos, de aquí proviene el horror supersticioso que domina a tantos hombres modernos que se creen librepensadores; sienten el terror del misterio divino y quedan oprimidos por la omnipotencia del Dios ignoto» («De la nostra filiació», cit. , p. 330. Negando la divinidad de Cristo, Isaac Newton vuelve a la idea de dominación -frente a la filiación que defiende Torras- en el escolio general con el que finaliza sus Principia: «Este elegantísimo sistema del Sol, los planetas y los cometas sólo puede originarse en el consejo y dominio de un ente inteligente y poderoso. […] Este rige todas las cosas, no como alma del mundo, sino como dueño de los universos. Y debido a esa dominación suele llamársele señor dios, pantocrátor, o amo universal. Pues dios es una palabra relativa que se refiere a los siervos, y deidad es denominación de dios, no sobre el cuerpo propio -como piensan aquellos para los cuales dios es alma del mundo-, sino sobre siervos». ).

En la oración por excelencia que es el padrenuestro, el cristiano hace profesión de fe de su filiación divina. En realidad, «la vida cristiana es una vida superior y divina, de la cual sólo son capaces los hijos de Dios; para participar de esta vida se necesita una aptitud de espíritu que deriva del Espíritu infinito, porque la fe es una función divina realizada por una criatura humana y exige un motor sobrenatural; para que podamos dirigirnos a Dios y llamarle Padre se necesita que el Espíritu de Dios habite en nuestro corazón. El apóstol san Pablo [Gál 4, 6] hace todavía más profundo este grito filial del hombre cuando, dirigiéndose a Dios clama “¡Oh, Padre!”. Porque expresamente enseña que este grito, esta exclamación que sale de nuestra boca es proferida por el Espíritu del Hijo que el Padre ha enviado a nuestro corazón» (Ibíd. , pp. 332-333. ).

Así pues, si lejos de la esclavitud y del servilismo antiguo, «somos hijos de Dios, y nuestro Padre está en el cielo, pero ya desde ahora participamos de su herencia» (Ibíd. , p. 333. ), podemos preguntar qué relación existe entre la filiación y la herencia, para responder que una y otra están íntimamente interrelacionadas: «La moderna ciencia, en gran parte heterodoxa, al proclamar tan categóricamente el hecho de la herencia como una ley, ha comentado admirablemente y ha ratificado la sentencia de san Pablo que dice: “Si sois hijos, también seréis herederos”, ratificando también la doctrina católica cuando enseña que Dios tiene reservada la gloria eterna a todos aquellos que en este mundo se hayan investido de la dignidad de hijos de Dios, mediante la adopción de Jesucristo» (Ibíd. , p. 342. ).

Finalmente, podemos preguntarnos también en qué consiste esa herencia, para responder que la filiación divina tiene como objeto divinizar primero la espiritualidad del cristiano, y después todas sus actividades: «la verdadera característica del linaje divino, de los hombres hechos hijos de Dios por la adopción de Jesucristo, es la elevación de espíritu. No es el ingenio mercantil, ni la penetración filosófica, ni el gusto artístico, ni el talento político; […] La característica de los hijos de Dios […] no tiene por objeto hacer activos comerciantes, ni filósofos eminentes, ni artistas inspirados, ni políticos poderosos; su objeto es hacer del pobre hijo de la tierra un hijo del cielo, convertir al hombre animal en espiritual, hacerlo parecido a Dios para que pueda disfrutar de una felicidad semejante a la divina. Queda claro que entonces el comercio, la filosofía, el arte y la política, que son cosas humanas, con la divinización del hombre, ellas también se divinizan» (Ibíd. , p. 340. El lector atento no habrá pasado por alto la sintonía de esta pastoral con la obra del padre Enrique Ramière, S. J. , que lleva por título El Corazón de Jesús y la divinización del cristiano, en especial su primera parte, capítulos III y IV. ).

José María Romero Baró

Sobrenaturalizarlo todo

//static.flickr.com/8242/8663103733_57ba678fa9_m«Esta es la necesidad más urgente de nuestro tiempo: sobrenaturalizarlo todo», nos enseñó el Padre Orlandis. Esto es así porque el mal más insidioso de nuestro siglo es el naturalismo, aquel que penetra la sociedad por cada una de sus hendiduras: en el ámbito político bajo la forma de liberalismo; en filosofía como racionalismo; en teología como modernismo; en espiritualidad tomando la forma de un pelagianismo encubierto; en la pastoral, reduciendo la acción de la Iglesia a pura acción social… y podría continuarse con esta enumeración largo tiempo.

Sobrenaturalizarlo todo… dejar que la fe penetre cada uno de los aspectos de la vida humana, reconocer nuestra condición de creaturas redimidas y volvernos al Señor: este es el remedio que el Padre Orlandis consideraba más urgente para nuestro tiempo.

La Providencia de Dios ha querido darnos por Sumo Pontífice en estos tiempos a S.S. Francisco I. En la recientemente concluida Jornada Mundial de la Juventud, acaecida en Río de Janeiro, el Vicario de Cristo nos ha dejado una preciosa lección de sobrenaturalidad, tanto en sus palabras como en su acción concreta.

Por la extensión de todas sus palabras, sería imposible abarcarlas en un solo artículo. Pero se pueden recalcar algunas ideas centrales que pueden ayudar a profundizar en aquel remedio urgente que consiste en la visión sobrenatural.

La evangelización

Ya desde el comienzo de su visita a Brasil, el Santo Padre nos pone en esta perspectiva sobrenatural: «traigo conmigo lo más valioso que se me ha dado: Jesucristo» [1]. Él se sabe portador de Cristo, anunciador de su evangelio.

¿En qué consiste este anuncio? Él mismo nos lo dice: «evangelizar es dar testimonio en primera persona del amor de Dios» [2]. Este es el camino que nuestro Señor en su amorosa Providencia ha querido darnos para remediar el moderno naturalismo: la devoción a su Preciosísimo Corazón. Nos ha mostrado el amor que nos tiene, y nos llama a dar nosotros testimonio de esto ante el mundo. «El Señor busca a todos, quiere que todos sientan el calor de su misericordia y de su amor» [3].

Justamente por esto, el mandato misionero «nace de la fuerza del amor, del hecho que Jesús ha venido antes a nosotros y nos ha dado, no nos dio algo de sí, sino se nos dio todo Él, Él ha dado su vida para salvarnos y mostrarnos el amor y la misericordia de Dios» [4].

Nos recuerda también el Papa que ser misionero es una exigencia intrínseca de la vida cristiana. Esto no solo se hace en provecho del prójimo; tiene como primer beneficiado al que evangeliza. Efectivamente, «la fe es una llama que se hace más viva cuanto más se comparte, se transmite, para que todos conozcan, amen y profesen a Jesucristo, que es el Señor de la vida y de la historia» [5].

También nos recuerda el Papa que la fuerza, el motor de la misión no es el hombre, sino Dios. Sin su gracia, sin su compañía y ayuda es imposible que la labor humana de frutos de vida eterna: «Es precisamente la vida en Cristo que garantiza nuestra eficacia apostólica y la fecundidad de nuestro servicio» [6], «no es la creatividad, por más pastoral que sea, no son los encuentros o las planificaciones los que aseguran los frutos, si bien ayudan y mucho, sino lo que asegura el fruto es ser fieles a Jesús, que nos dice con insistencia: Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes» [7].

Por esta razón podemos lanzarnos con valentía y confianza a la labor evangelizadora. Lo hacemos no fiados de nuestras fuerzas o capacidades, sino de Dios. Con plena y absoluta confianza en Él es que podemos ser fecundos. Así, nos invitaba el Papa a «no tener miedo. Cuando vamos a anunciar a Cristo, es Él mismo el que va por delante y nos guía» [8]. Para ilustrar esto, nos pone ante la vista a San Pedro, el cual en su vida «entendió sobre todo que nunca estaba solo en el camino; con él estaba siempre aquel Jesús que lo había amado hasta morir» [9].

El Papa nos enseña esto con su ejemplo. Lo dijo el día que fue electo y lo ha vuelto a repetir en numerosas ocasiones: «se lo pido de corazón, necesito, necesito de la oración de ustedes, necesito mucho» [10]. Él nos muestra la necesidad de la oración para cualquier fecundidad en la vida cristiana, especialmente en la obra de la evangelización. Por eso no duda en repetir a tiempo y a destiempo que necesita de la oración de todos los cristianos.

Cristo, Señor de la historia

Un aspecto hermoso que tal vez podríamos pasar por alto es el hermoso título con que el Santo Padre llama a Jesús: Señor de la vida y de la historia [11]. Ante el hombre ufano, que cree que la historia y la vida no tienen nada que ver con Cristo, y que quiere expulsarlo del orden público y social, para relegarlo a la vida privada, el Papa le dice: Cristo es Señor de la historia. Él es el «alfa y la omega», principio y fin de la historia, nada tiene sentido fuera de Él.

¡Qué hermosas palabras! El hombre de hoy busca la vida: ¡Ahí está el Señor de la vida!Los jóvenes buscan sentido a la existencia: ¡Ahí está el Señor de la historia, el que desvela sus misterios y nos abre el futuro! [12]. Por esto, insiste casi suplicante: «si queremos [que nuestra vida] tenga realmente sentido y sea plena, como ustedes desean y merecen, les digo a cada uno y a cada una de ustedes: Pon fe y tu vida tendrá un sabor nuevo, la vida tendrá una brújula que te indicará la dirección» [13].

Fuera de Cristo la historia no tiene sentido. Esto se aplica tanto a la historia universal como a la particular de cada individuo. Nuestra historia personal, nuestra vida, solo cobra sentido pleno con la luz de la fe. «Confiemos en Dios. Alejados de Él, el vino de la alegría, el vino de la esperanza, se agota» [14]. Nuestra vida se oscurece sin la luz de la fe, perdemos la alegría y la esperanza que solo Cristo puede darnos.

Él está siempre con nosotros, acompañándonos, guiándonos, levantándonos en las caídas. Es el Señor de nuestra vida, el amigo fiel que nunca nos abandona. Por esta razón, «por más grandes que parezcan [las dificultades], Dios nunca deja que nos hundamos (…) Tengan siempre en el corazón esta certeza: Dios camina a su lado, en ningún momento los abandona» [15].

Pero va más allá todavía. No solo el Señor da sentido a las dificultades que en esta vida podamos padecer. «Jesús nos ofrece la posibilidad de una vida fecunda y feliz, y también un futuro que no tendrá fin, allá en la vida eterna» [16]. Nos abre la perspectiva de una nueva vida, dando sentido a todas nuestras acciones, al bien que hagamos y al mal que podamos sufrir. Lo pone todo en una perspectiva sobrenatural, eterna.

La fe nos da una nueva visión, nuevos ojos para ver y juzgar de la realidad. Con ella podemos mirar sobrenaturalmente. «Jesús nos trae a Dios y nos lleva a Dios, con Él toda nuestra vida se transforma, se renueva y nosotros podemos ver la realidad con ojos nuevos, desde el punto de vista de Jesús, con sus mismos ojos» [17]. Ya no hay espacio para el juicio puramente naturalista de la realidad. Cristo nos ha transformado, y quiere que todo sea elevado: la sociedad, la familia… toda la existencia del hombre se transfigura por la acción de Dios.

Insiste el Papa en esta idea. Cristo es el que da sentido a la vida y hace posible la esperanza: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle. Por tanto, si por una parte es Jesús el que nos acoge; por otra, también nosotros queremos acogerlo, ponernos a la escucha de su palabra, porque precisamente acogiendo a Jesucristo, Palabra encarnada, es como el Espíritu nos transforma, ilumina el camino del futuro, y hace crecer en nosotros las alas de la esperanza para caminar con alegría» [18].

La caridad fraterna

Una gran tentación en nuestros días es reducir la acción de la Iglesia a acción social e intentar dar solución a todos los problemas del mundo moderno al margen de Cristo. Contra esto nos pone en guardia el Papa, advirtiéndonos en primer lugar que «la Iglesia no puede ser una ONG» [19] y que «sólo en Cristo muerto y resucitado encontramos la salvación y redención» [20].

Además, nos recuerda el verdadero sentido cristiano que tiene la ayuda al más necesitado. No es simplemente amor natural, es caridad, que se hace movidos por un amor sobrenatural que brota del costado traspasado de Cristo y del que somos capaces por la acción de la gracia en nosotros.

Por esta razón, «en cada hermano y hermana en dificultad abrazamos la carne de Cristo que sufre» [21]. Es una idea en que insiste repetidas veces el Santo Padre. Cuando el cristiano trabaja por el prójimo, «en él ve el rostro de Cristo, porque él es la carne de Cristo que sufre» [22], «es un servicio que se hace a Cristo, presente en el prójimo» [23].

Sobrenaturalizarlo todo. «Todos tenemos necesidad de mirar al otro con los ojos de amor de Cristo» [24]. Nuestro amor es caridad, nuestra mirada sobrenatural, vemos en el otro al Señor y lo amamos no con nuestro pequeño y, a veces, mezquino amor natural, sino con caridad, con el mismo amor con que Dios lo ama.

Pero va más allá el Papa. Nos recuerda que «hay también un hambre más profunda, el hambre de una felicidad que sólo Dios puede saciar» [25]. La misión primera que el Señor da a los apóstoles y a nosotros sus discípulos es saciar esta hambre más profunda… es llevar a Dios a aquellos que no lo conocen aún, mostrarles la maravilla de su amor, hacerles partícipes de aquella buena noticia: Él nos ha salvado.

Lo mismo sucede con la acción del cristiano en la sociedad. No puede éste limitarse a obrar como aquellos que no tienen esperanza. Su acción ha de ser la de un hombre de fe, «superando la apatía y ofreciendo una respuesta cristiana a las inquietudes sociales y políticas que se van planteando en diversas partes del mundo» [26].

El escándalo de la Cruz

Muchos ídolos se nos presentan hoy que quieren reemplazar a Jesús el Señor: «hoy en día, todos un poco, y también nuestros jóvenes, sienten la sugestión de tantos ídolos que se ponen en el lugar de Dios y parecen dar esperanza: el dinero, el éxito, el poder, el placer» [27]. E insiste con viveza el Papa: «es tal el culto que ha hecho [la sociedad] al dios del dinero» [28].

Pero hay también otro ídolo, tal vez más peligroso que los mencionados antes, que se ha hecho la modernidad: el mismo hombre. «Todos tenemos muchas veces la tentación de ponernos en el centro, de creernos que somos el eje del universo, de creer que nosotros solos construimos nuestra vida» [29].

A esto da el Papa una respuesta en abierta oposición a las filosofías de la modernidad: «la fe en nuestra vida hace una revolución que podríamos llamar copernicana, nos quita del centro y pone en el centro a Dios» [30]. Por esto, afirma que «La juventud tiene que ser fuerte, alimentarse de su fe, y no empacharse de otras cosas. ¡Pon a Cristo en tu vida, pon tu confianza en Él y no vas a quedar defraudado!» [31].

Dios es el centro de la existencia, de la vida, de la historia. Él nos ha amado primero. Este amor misericordioso se manifiesta especialmente en la Cruz. Ella «deja un bien que nadie nos puede dar: la certeza del amor fiel de Dios por nosotros» [32], «en la Cruz de Cristo está todo el amor de Dios, está su inmensa misericordia. Y es un amor del que podemos fiarnos, en el que podemos creer» [33].

Sin embargo, el hombre moderno no quiere creer, quiere una fe hecha a su medida. La Cruz le parece locura, y se prefiere a sí mismo o a la obra de sus manos. La fe le parece algo antiguo, que no puede darnos lo que buscamos en lo íntimo del corazón. Sin embargo, nos advierte el Papa, «la fe en Jesucristo no es broma, es algo muy serio. Es un escándalo que Dios haya venido a hacerse uno de nosotros; es un escándalo, y que haya muerto en la Cruz, es un escándalo: El escándalo de la Cruz. La Cruz sigue siendo escándalo, pero es el único camino seguro: el de la Cruz, el de Jesús, la encarnación de Jesús». Y, a continuación, nos urge: «Por favor, no licuen la fe en Jesucristo. Hay licuado de naranja, hay licuado de manzana, hay licuado de banana, pero, por favor, no tomen licuado de fe. La fe es entera, no se licua. Es la fe en Jesús. Es la fe en el Hijo de Dios hecho hombre, que me amó y murió por mí» [34].

No podemos sino «dejar que nuestra vida se identifique con la de Jesús, tener sus sentimientos, sus pensamientos, sus acciones» [35]. Sobrenaturalizarlo todo. Buscar ser en todo como Él, dejarnos por Él transformar y guiar, mirando su Corazón que tanto nos ha amado y se ha entregado por nosotros. He ahí la invitación que nos ha hecho el Santo Padre en esta Jornada Mundial de la Juventud.


[1] Palabras del Santo Padre en la ceremonia de bienvenida, 22 de julio de 2013.

[2] Homilía en la Santa Misa para la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, 28 de julio de 2013.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Homilía en la Santa Misa para la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, 28 de julio de 2013.

[6] Homilía en la Santa Misa con los Obispos, sacerdotes, religiosos y seminaristas, 27 de julio de 2013.

[7] Ídem.

[8] Homilía en la Santa Misa para la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, 28 de julio de 2013.

[9] Palabras del Santo Padre en el Vía Crucis con los jóvenes, 26 de julio de 2013.

[10] Palabras del Santo Padre en el encuentro con los jóvenes argentinos, 25 de julio de 2013.

[11] Homilía en la Santa Misa para la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, 28 de julio de 2013.

[12] Cf. S.S. Francisco I, carta encíclica Lumen Fidei 4.

[13] Homilía en la fiesta de acogida a los jóvenes, 25 de julio de 2013.

[14] Homilía en la Santa Misa en la Basílica del Santuario de nuestra Señora de Aparecida, 24 de julio de 2013.

[15] Ídem.

[16] Palabras del Santo Padre en la Vigilia de oración con los jóvenes, 27 de julio de 2013

[17] Homilía en la fiesta de acogida a los jóvenes, 25 de julio de 2013

[18] Ídem.

[19] Palabras del Santo Padre en el encuentro con los jóvenes argentinos, 25 de julio de 2013.

[20] Palabras del Santo Padre en el Vía Crucis con los jóvenes, 26 de julio de 2013.

[21] Palabras del Santo Padre en la visita al hospital San Francisco de Asís de la Providencia, 24 de julio de 2013

[22] Ídem.

[23] Ídem.

[24] Ídem.

[25] Palabras del Santo Padre en la visita a la comunidad de Varginha, 25 de julio de 2013.

[26] Palabras del Santo Padre en la Vigilia de oración con los jóvenes, 27 de julio de 2013.

[27] Homilía en la Santa Misa en la Basílica del Santuario de nuestra Señora de Aparecida, 24 de julio de 2013.

[28] Palabras del Santo Padre en el encuentro con los jóvenes argentinos, 25 de julio de 2013.

[29] Homilía en la fiesta de acogida a los jóvenes, 25 de julio de 2013.

[30] Ídem.

[31] Ídem.

[32] Palabras del Santo Padre en el Vía Crucis con los jóvenes, 26 de julio de 2013.

[33] Ídem.

[34] Palabras del Santo Padre en el encuentro con los jóvenes argentinos, 25 de julio de 2013.

[35] Homilía en la Santa Misa para la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, 28 de julio de 2013.

Naturalismo moderno y sobrenaturalismo de León XIII

//static.flickr.com/8259/8664203714_9e009c977a_m«Sucede en nuestros días que se levanta constantemente un muro entre la Iglesia y la Sociedad civil. En la constitución y gobierno de las naciones no se tiene en cuenta para nada la autoridad del derecho divino y canónico, con el deliberado intento de apartar toda influencia religiosa de las costumbres populares».

Estas palabras de la Encíclica que León XIII estimaba ser «el acto más importante de su pontificado»: la Encíclica Annum Sacrum en que consagró «todo el linaje humano al Augistísimo Corazón de Jesús», ponen de manifiesto dos cosas; por un lado «el grande error de nuestros tiempos, a saber: el indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos»; y por otro que «esta conducta, muy a propósito para arruinar toda religión, singularmente la católica, que como única verdadera, no sin suma injuria puede igualarse a las demás» obedece a un plan consciente de sectarismo.

Toda una encíclica había dedicado ya antes el mismo Pontífice a desenmascarar este plan: la importantísima Humanus Genus, sobre la masonería y sociedades afines, «cuyo último y principal intento es destruir hasta los cimientos todo el orden religioso y civil establecido por el Cristianismo, levantando a su manera otro nuevo con fundamentos y leyes sacados del naturalismo».

Indiferencia religiosa, fundamentación naturalista de la sociedad, he aquí el plan del sectarismo con que ha de enfrentarse la Iglesia, y cuya «horrorosa y torpe fealdad» es inexplicable por las solas pasiones humanas.

Este intento se manifiesta en todos los órdenes. En el político, tendiendo no solo a partir del Estado toda influencia de la Iglesia, sino persiguiéndola a Ella y a sus Instituciones a menudo «con leyes en apariencia no muy violentas» pero siempre «acomodadas expresamente para atarle las manos»; en el orden filosófico, «destruyendo o debilitando las principales verdades conocidas por la luz natural»; en la educación, con la «educación laica, independiente, libre»; en el arte, con el «realismo»; en la vida doméstica, «cambiando la naturaleza del matrimonio en unión instable y pasajera», etc., etc.

Todo esto lo está maquinando la masonería «con todas sus fuerzas e intereses desde hace mucho tiempo», «empeñándose a reducirlo a costumbre y práctica» «con mentidas apariencias y arte constante de fingimiento».

A cada uno de los aspectos de este único propósito naturalista, ha dedicado León XIII su atención en un momento u otro. De ahí ha brotado el cuerpo admirable de sus Encíclicas. Y ellas nos manifiestan asimismo un único propósito sobrenaturalista.

Esta observación nos lleva de nuevo a la Encíclica Annum Sacrum, con uno de cuyos fragmentos ha dado comienzo esta nota. El Pontífice señala en ella el lazo indisoluble que une la devoción al Corazón de Cristo con su Reinado sobre los hombres agrupados en Naciones y Estados; y por lo mismo, «no sólo en el futuro siglo», «sino también en esta vida mortal».

¿Qué bienes traería al mundo este Reinado Social de Jesucristo? Oigamos al Pontífice: «Si todos aceptan gustosamente este Imperio de Cristo, entonces podrá restituirse a todo derecho legítimo su vigor, restaurarse los ornamentos de la paz; entonces se escurrirán las armas de las manos…», dice evocando con esta última frase la célebre visión de la paz mesiánica del profeta Isaías.

Y en un magnífico arranque de confianza en el medio que para conseguirla nos pone, exclama: «Cuando la Iglesia estaba oprimida por el yugo de los Césares, en sus tiempos primitivos, una cruz se manifestó en lo alto al joven Emperador como auspicio y causa de la victoria que luego alcanzó. He aquí que hoy se ofrece a nuestros ojos otro signo faustísimo y divinísimo: el Santísimo Corazón de Jesús, con la cruz sobrepuesta, resplandeciendo entre llamas con muy brillante fulgor. En él hay que colocar nuestra confianza; a él deben pedir, y de él deben esperar la salvación de los hombres, su salud».

En estas concepciones de León XIII habrá encontrado el lector atento toda la médula y razón de ser de Cristiandad.