Compendio sobre la fe

portada

¿Qué creemos los cristianos y cómo hemos de vivirlo? Para intentar responder estas preguntas, el autor ha estructurado la presente obra teniendo en cuenta los cuatro clásicos pilares de la catequesis: lo que hemos de creer, lo que se ha de celebrar, lo que se ha de vivir, lo que se ha de orar. Se ha intentado combinar de manera armónica la profundidad teológica con la sencillez del lenguaje, la altura especulativa y la piedad sencilla. Tiene especial atención en ser un libro que sirva como alimento espiritual, junto con atender a la instrucción cristiana. Su primer destinatario es el catequista y todo cristiano que desee profundizar en el don de Dios que se nos ha hecho en Jesucristo.

Puede verse el libro aquí

Para corresponder a un amor infinito

//static.flickr.com/8266/8663104143_37bcfb753d_mLa aventura de descubrir el amor infinito de Dios

Seis siglos separan a Santa Gertrudis de Santa Teresa del Niño Jesús ¾la primera vivió en el s XIII, la segunda en el XIX¾, y, sin embargo, son muy cercanas.

Santa Gertrudis fue una mística favorecida con revelaciones; conoció el sufrimiento físico y sobre todo el sufrimiento del corazón. Doblegada por la enfermedad, fue frecuentemente privada de la participación activa en la liturgia. Participó también en las numerosas pruebas por las que pasó su comunidad, en particular la excomunión de que fueron objeto por parte de los canónigos ¾por cuestiones de intereses de poder¾, estando vacante la sede episcopal. Pero las pruebas de Gertrudis son siempre acompañadas de la presencia y de las consolaciones de Jesús.

A Santa Teresa del Niño Jesús se la ha llamado «la mística de la noche», ya que desde su entrada en el Carmelo, salvo raras excepciones, ha reconocido estar privada de toda consolación, y, sin embargo, sentirse la más feliz de todas las creaturas (Ms A 73 vº). Hablando de su retiro de profesión dice:

«La aridez más absoluta y casi el abandono fueron mi suerte. Jesús dormía como siempre en mi pequeña navecilla… Él no se despertará, sin duda, antes de mi gran retiro de la eternidad. Pero esto en lugar de causarme pena me da un extremo placer» (Ibid. 75 vº).

Sin embargo, Teresa recibe a veces grandes luces: «No es lo más frecuente durante mis oraciones que ellas sean abundantes, sino en medio de las ocupaciones de mi jornada» (Ibid. 83 vº).

Gertrudis se alimentaba de la Sagrada Liturgia, de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia y de San Bernardo en particular; mientras que Teresa tenía por único libro el Evangelio que ella llevaba día y noche sobre su corazón (cf. CSG p 80); la mayor parte de los otros la dejaban insatisfecha.

Por encima de las diferencias en el camino espiritual de ambas santas, en su vida interior profunda, las dos tenían la misma fe en el amor misericordioso. Ambas se reconocían pobres y sedientas de agradecer las misericordias con que Dios las había colmado, y transformaron su vida en una ofrenda al amor infinito de Dios. Ellas se han sabido amadas por Dios y han querido corresponderle con un amor que raya en la locura, devolverle amor por amor.

Gertrudis, monja de Helfta, a los 26 años vivía en un estado de tibieza cuando Jesús le revela su amor misericordioso, desbordante de ternura. La llama a la conversión en aquella tarde memorable del 27 de enero de 1281. Él, con delicadeza, apacigua la agitación que la traía aproblemada desde hace más de un mes, debido a un prueba que Él mismo había permitido. Con una voz dulce le dice:

«Bien pronto vendrá tu alivio, ¿por qué consumirte de tristeza? Yo te salvaré y te libraré, no temas. Tú has lamido la tierra con mis enemigos, y has chupado entre las espinas algunas gotas de miel. Ven a mí y yo te embriagaré en el torrente de mis delicias divinas (Sal 35.9)» (H II, 1).

En ese instante, de cara a Jesús, Gertrudis ha descubierto simultáneamente la gravedad de su pecado y la compasión llena de ternura de su Salvador. Es un encuentro entre dos mendigos de amor. Desde ahora, en el corazón de su pobre esposa, el Señor podrá hacer desbordar la ternura de su amor infinito.

Este encuentro con Jesús será para Gertrudis el punto de partida de una vida totalmente nueva. Ahora ella va a transformar su existencia en una alabanza infinita como expresión de su amor. Le dice al Señor: «Haz tuya mi vida y une mi alma a tu amor; que toda mi vida y mis acciones canten tu alabanza» (Ex 6.554-556).

Teresa, por su parte, desde la más tierna edad entra en un camino de conversión y santidad llevado, sin tregua, hasta la cima del amor. Dice: «Desde la edad de los tres años, comencé a no rehusar nada de lo que el buen Dios me pedía» (DE p. 717). Siendo ya carmelita, le confía a la Madre Inés como, a los catorce años, Jesús le había revelado su sed de ser amado.

Dice:

«El grito de Jesús sobre la cruz resonaba continuamente en mi corazón: “Tengo sed” (Jn 19.28)» (Ms 45 vº). «Me parecía escuchar a Jesús decirme como a la Samaritana: “Dame de beber”. Es un verdadero intercambio (echange) de amor; a las almas yo les daba la sangre de Jesús, a Jesús le daba esas almas rehechas por su rocío divino; así me parecía que podría saciarlo» (Ibid. 46 vº).

El deseo creciente e insaciable de amar más al Señor llevará a Gertrudis y a Teresa a reconocer la incapacidad de amar desde sí mismas. Este descubrimiento las pone en camino de la pequeña vía, la infancia espiritual, que las conducirá a una ofrenda grandiosa como víctima de holocausto al amor misericordioso, donde serán consumidas por las olas desbordantes de la ternura infinita de Dios.

Una parábola, síntesis de una pequeña doctrina

El 27 de enero de 1281 fue para Gertrudis un día privilegiado. Tuvo una experiencia mística primera, en la cual se encuentra en germen toda su vida futura. A través de ella, Gertrudis aprende la manera de hacer de su vida una acción de gracias agradable al Señor, la acción de gracias de un niño maravillado de ser el sujeto de una ternura gratuita y misericordiosa por parte de Dios. Aquello que relata tiene su inspiración en el comentario de San Bernardo a la parábola del fariseo y del publicano (S. Cant., 51,6). Según el Doctor melifluo, Dios nos prodiga corrientes o ríos de gracias, nosotros debemos hacerlos remontar a su fuente por la acción de gracias, a fin de que ellas vuelvan nuevamente a nosotros sin interrupción.

Pero hay acciones de gracias muy diferentes. En el Sermón 13, sobre el Cantar de los cantares, San Bernardo nos pone en guardia contra el fariseo de la parábola que «honra a Dios con los labios, pero que, en el fondo del corazón comete una ofensa hacia Dios»; la corriente de gracia no sube hacia su fuente, se seca (S. Cant. 51, 6). Es la trampa, agrega él en la cual caen sobre todo los religiosos y los hombres entregados a la vida espiritual (Ibid., 13, 3).

Se comprende que Gertrudis se haya dejado interpelar. Por una parte, ella quiere hacer de toda su vida una acción de gracias, como una forma de correspondencia al amor del Señor; por otra, en su oración, ella vigila para que no vaya a ocurrir que por un «soplo de vanagloria, la corriente de gracia que ella recibe, se seque». Desea ser preservada para siempre de ese soplo de vanidad del fariseo. El remedio le parece muy simple; lo encuentra en el comentario que San Bernardo hace de esta parábola de San Lucas, parábola seguida del episodio de los niños presentados a Jesús.

A partir de esta meditación, ella comprenderá que deberá adoptar la actitud exactamente contraria a la del fariseo que se estimaba mejor que los otros. Ella será entonces el publicano, o mejor aún, el niño más imperfecto en la numerosa familia de Jesús. Así será más colmada que los otros por el Padre, lleno de ternura por el más pequeño. La corriente de gracia que ella recibe no se secará, sino que llegará a ser un torrente por el cual se podrá remontar a la Fuente, a través de la acción de gracias.

En esta «revelación», Gertrudis ha comprendido que Dios la ha escogido para recibir un don infinito, y para hacer de su vida una acción de gracias, de valor también infinito. Ésta será a la vez la del niño y la del publicano, ambos conscientes de ser amados gratuitamente, sin ningún mérito de su parte.

Así aparece Gertrudis en toda su obra, como niño y publicano a la vez; así se presenta ella: como un heraldo escogido por el Señor «a causa de su indigencia».

Ella se llama a sí misma «la última de sus sirvientes, deshecho de todo el universo creado (¡!), el más vil de los átomos» (H II, 20, 1; V 28, 2; 35, 2, etc.). Transmitiendo su doctrina, ella aparece como heraldo, ejemplo, testigo de la ternura divina: pietas divina.

Las oraciones, confesiones y los escritos de Gertrudis son todos cantos a la ternura divina donde se manifiesta la unidad entre lex orandi – lex credendi – lex vivendi.

La pequeña doctrina de Gertrudis, encerrada en la parábola del Padre lleno de ternura por el más pequeño de sus hijos, bien podría resumirse en la definición de la santidad de Santa Teresita:

«La santidad consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños entre las manos del buen Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiantes hasta la audacia en su bondad de Padre» (Novissima verba 3-08-1897; DE p 582).

Desarrollo de la pequeña doctrina

A través de la vida diaria en el monasterio, será Jesús mismo quien se encargará de hacer progresar a su esposa Gertrudis en esta pequeña doctrina que la llevará a ofrecerse como víctima de holocausto a la ternura desbordante de Dios, a su pietas divina. Veamos algunos trozos característicos de ella:

Un día ella rezaba por los perseguidores del monasterio. Jesús le declara que Él ha sido vencido por la ternura de Gertrudis, y va a realizar lo que le pide, a la vez que le manifiesta el deseo de que estos perseguidores vuelvan a Él por la penitencia (H 67, 2, 9).

En el curso de un sermón, ella oye que nadie puede ser salvado sin este amor que consiste en arrepentirse y abstenerse del pecado. El Señor le revela que en el momento de la muerte, Él se muestra al hombre con una tal ternura, que éste es capaz de morir en un acto de amor perfecto sin temor a la condenación.

Como otras veces, ella reza por la salvación de los pecadores; no osa interceder por aquellos que merecen la condenación. El Señor le reprocha su timidez. Maravillada de la generosidad divina, ella pregunta que debía agregar como oraciones supererogatorias para obtener la salvación de ese género de pecadores. «Con toda serenidad y ternura, Él le da esta respuesta maravillosa: “es suficiente la confianza para obtenerlo perfectamente”» (H III 9 n° 5 y 6).

Así Gertrudis progresa en su pequeña doctrina, en su confianza en la pietas divina. Otro día, para probarle que su ternura es un abismo que no se puede agotar, Jesús le promete escucharla mucho más allá de lo que ella le pide. Ella, llena de admiración, llamará a esta ternura: torrente, océano, abismo inagotable.

Incansablemente, Jesús va a enseñar a Gertrudis que su pequeña doctrina consiste en tener fe en la pietas divina de donde nace la confianza. Ella aprende entonces que esta ternura divina es sin límites, que nadie es excluido, que todo hombre puede ser beneficiario. Para penetrar en este torrente infinito, es necesario ser como un niño, que confía incondicionalmente en Dios y que recurre a él en todas sus dificultades.

El día de los Santos Inocentes, estando impedida por el tumulto de sus pensamientos de prepararse convenientemente a la comunión, Gertrudis implora la ayuda divina. El Señor le hace saber cómo esta confianza inquebrantable le es agradable cuando un alma está saltada por la tentación. Le dice citando el Cantar:

«De ella puedo decir: “Única es mi paloma escogida entre mil, con una sola de sus miradas, ha traspasado mi Corazón divino” (Cant 6, 8; 5, 10; 4, 9), al punto que si yo no pudiese socorrerla, mi Corazón tendría una pena tan grande que todos los gozos del cielo serían impotentes para alejarla» (H III 7, 1).

¡El amor del Señor nos desconcierta! Tanto su sufrimiento como su gozo son equiparables a su ternura, es decir, sin medida.

Y Jesús explica a su esposa atónita su extraordinaria compasión hacia el hombre frente al cual se hace solidario por su encarnación. Ya Jesús le había enseñado a Gertrudis que, vencido por su propia ternura, él se sentía constreñido a cuidar del hombre endurecido en su pecado. Sin embargo, el pecador no arrepentido no está receptivo a la ternura de su Dios; su actitud es la de rechazo, no puede recibir los beneficios. Pero no ocurre así con su esposa, con aquella que le hiere el corazón por una confianza inquebrantable.

En una ocasión de poca importancia, habiendo experimentado una pena interior intolerable, ella hace durante la elevación de la hostia, la ofrenda de esa desolación a Dios, en eterna alabanza. Le parece entonces que el Señor atrae su alma hacia sí (a través de esta hostia), haciéndola reposar sobre su pecho y diciéndole:

«Como una tierna madre tiene costumbre de expulsar con sus besos todos las penas de su pequeño hijo, de la misma manera, por mis palabras amantes, quiero alejar todas tus penas y contrariedades» (Ibid. 63, 1, 3-8 y 2, 1-7).

«Un día, en la laxitud que le causaba el agotamiento de sus fuerzas, Gertrudis le dice al Señor: “¿Para qué sirvo, Señor?, ¿en qué me quieres emplear?». Jesús le responde citando la palabra de Is 66, 13, que Teresita descubrirá maravillada: “Como una madre consuela sus hijos, así yo te consolaré” (Ibid. 30, 38, 1-4)».

Gertrudis hace y hará siempre esa experiencia de la ternura divina. De aquí nacerá en ella un abandono y una confianza crecientes en su Esposo.

Un día el Señor le declara: «El amor de mi ternura divina que no se puede contener, me obliga a sufrir profundamente contigo en toda adversidad» (H IV 23, 1, 17-19). Esta es la consolación que nos da el Señor; Él no suprime el sufrimiento, sino que se compadece. Él sufre con nosotros y en nosotros. Como un niño, la esposa se deja instruir, conducir, prestando el oído del corazón, y Jesús le habla al corazón. Gertrudis se preocupa de poner de relieve su debilidad de niño; a veces aproblemada por bagatelas, no puede dominar bien sus obsesiones, sus tentaciones. Una vez, cuenta ella con un poco de humor, que ha pasado un día entero en la paz y en el gozo, pareciendo que gobierna con Jesús todos los reinos del cielo y de la tierra. Mas, hacia la tarde, un incidente banal le causa un gran decaimiento, al punto que todo el bien que había gustado precedentemente se encuentra comprometido. Ella trata de distraerse pero sin resultado, porque pasa una noche en blanco. En esta ocasión, recurre de nuevo a Jesús. Así todo lo ocurrido se transforma en una nueva gracia. Tener, de tiempo en tiempo, la experiencia de sus límites es una necesidad para pasar a la etapa siguiente. Y así se va creciendo en la conciencia de la propia pequeñez. Esta actitud interior atrae a Jesús, quien, a su vez, se muestra «seducido» por todo hombre que se acuerda con acción de gracias de su Encarnación redentora, por aquel que le contempla crucificado, que participa de su Pasión, que sabe que sin Él no puede nada.

El día de la Circuncisión, ella buscaba por el dulce nombre de Jesús calificativos que le traspasaran el Corazón. Mientras que ella penaba en su amorosa búsqueda, el Señor seducido por el ardor de esta ternura, ¡qué digo!, vencido, en la violencia de su amor divino, se inclina hacia ella, y le imprime sobre sus labios un beso (H IV 5, 1, 11-18). Igualmente, el Señor es atraído por la obediencia de las Hermanas, por todo aquello que le dé los menores signos de ternura, de amor hacia Él mismo y hacia el prójimo. El Señor es entonces «vencido», no solamente por su propia ternura, sino también por la ternura de su propia creatura: ¡«Impotencia» del todopoderoso! La esposa, igualmente, es seducida, vencida por la ternura de su Creador: dos ternuras se encuentran, ambas se dejan seducir, se dejan vencer la una por el otro: atracción recíproca, ¡el Creador es vencedor del hombre y el hombre es «vencedor» de su Dios!

De cara a este inconcebible y humilde amor de su Dios, Gertrudis no hace más que ver mejor su pecado. Tanto frente al Señor, como en sus escritos, ella se preocupa de presentarse más imperfecta que los otros, con el alma del publicano (H I 10, 1, 15-27; 11, 2, 2-4). Así ella será el heraldo de Jesús, manifestándonos a través de su vida, la ternura gratuita, misericordiosa, desbordante de su Esposo. Tal será la lección que Jesús nos quiere transmitir por su intermediaria: ser el publicano contrito con alma de niño, objeto de un amor infinito del Corazón de Jesús.

Un día, avanzando para alimentarse del sacramento de la vida…, ella se postra en tierra en la humildad de su corazón… En respuesta, el Hijo de Dios, inclinándose a su vez como un dulce amante, da a su alma un beso (H III, 18, 1, 1-8). En otra oportunidad, cuando ella desfallecía a la vista de su indignidad…, el Señor se inclina hacia ella en su ternura toda misericordiosa (Ibid. 39, 1, 1-4). Otro día, el recuerdo de sus faltas pasadas la tenía en una tal confusión que ella no buscaba sino esconderse para siempre, y, he aquí que el Señor se inclina hacia ella con tanta reverencia que toda la corte celeste, como presa de asombro trata de detenerlo. A lo que el Señor responde: «No puedo absolutamente impedir de alcanzar a quien, por las cuerdas sólidas de la humildad, atrae hasta ella mi Corazón divino» (Ibid. 30, 39).

Aquí de nuevo, el Creador y la creatura dejándose vencer el uno por la otra, llegan a ser vencedores el uno de la otra. Es adoptando la actitud del publicano de la parábola de San Lucas que Gertrudis llega a ser victoriosa de su Esposo que, esta vez, es vencido tanto por la ternura de su corazón como por la humildad de su creatura. Él es de tal manera constreñido, «obligado», que toda la corte celeste se revela impotente para impedir que se abaje hacia su Gertrudis; es decir que todo poder que tendería a oponerse a los designios de su Corazón, a su proyecto de alianza con todo hombre, se deberá declarar vencido. Es dejándose vencer por su ternura todopoderosa que el Hijo de Dios deviene el gran vencedor: ¡He aquí la «impotencia» del todopoderoso!

A su esposa le declara:

«Debes saber que absolutamente nada del cielo ni sobre la tierra, ni siquiera las exigencias del juicio y de la justicia, me pueden impedir, por la plena satisfacción de mi divino Corazón, de concederte mis beneficios» (Ibid. 18, 3, 9-10).

Jesús trata a su esposa con infinito respeto. Lejos de mirar desde lo alto una débil, que se presenta a Él en la verdad de su ser de creatura limitado y pecador, es atraído, se inclina, vencido por la ternura de su Corazón, constreñido a compadecerse de ella.

El abajamiento de la creatura «provoca» o seduce el abajamiento del Creador. Gertrudis aprende, y nosotros aprendemos que si el hombre tiene necesidad de Dios, Dios «tiene sed» del amor del hombre. Dos sedientos, dos mendigos de amor van a encontrarse: el Creador y la creatura, que mutuamente se van a unir por el amor.

La ofrenda como víctima de holocausto: suma de la pequeña doctrina

Amada por un amor infinito, Gertrudis tiene el alma de un niño para amar locamente, pero se siente insatisfecha de su alabanza. Se acusa constantemente de negligenciar su agradecimiento, de su ingratitud (H II, 23, 12, 7; 23, 15, 2; 23, 18, 8; 23, 20, 6-8; 23, 21, 10; H II, 24, 2, 7). Por su pequeña doctrina, Jesús le ofrece el medio de realizar su sueño: «No te pido más que una cosa, venir a mí, toda vacía, y presta a recibir» (H IV, 26, 9, 26). En efecto, siendo los raudales de ternura divina abundantes, sobreabundantes, desbordantes hasta el punto de no poder contenerse para verterse, no necesitan más que un receptáculo.

En una fiesta de Pentecostés, Gertrudis se prepara con obstinación, mediante la confesión, a excavar en ella ese corazón pobre de publicano que será capacidad, cavidad nunca tan profunda como sería de su deseo, pero que se hace tanto más profundo cuanto ella se juzga más vil. En ella, siempre se trata de una doble confesión, no de un repliegue en sí, sino de una necesidad de amor; en efecto, declara en «tener su gozo en comparar su dureza de esposa a la ternura de su Esposo» (H II 20, 14): «¡Mientras más es manifiesta mi indignidad, más resplandeciente de belleza tu tierna condescendencia! (Ibid. 22, 1, 21-22). Y en otra parte: «Teniendo tu morada en lo más alto de los cielos, en la dulce bondad del Padre, has querido encontrar un albergue en la casa de mi pobreza» (Ibid. 32, 17, 12-14).

Así es como Santa Gertrudis experimenta tanto su miseria como la ternura misericordiosa de su Esposo y las confiesa a ambas inseparablemente. A la luz de esta kénosis de su Dios que viene a habitar en su «corazón de lodo» que Él va a transformar (Ibid. 3, 2, 6), ella descubre, conmovida, la profundidad de este misterio de amor inaudito, ávido de comunicarse. «Me parece, más claro que el día, declara a Jesús, que tú no puedes contener la superabundancia de tu dulzura» (Ibid. 16, 4, 1-2).

A esta fuente que tiene sed de ser bebida, a esta ternura desbordante, que nace sin cesar y salta hasta la vida terna, que no se puede contener ni detener, a este amor misericordioso, Gertrudis sabiéndose pequeña, consciente de su miseria, de su impotencia de amar, se ofrece como víctima de holocausto. Ella se da infinitamente pobre al que es infinitamente rico.

En su corazón de publicano contrito, las olas de ternura de su Dios no pueden más que precipitarse. En la doctrina de la infancia espiritual, ella ha encontrado la manera de desencadenar este dinamismo. Sabe que el amor de Dios realizará en ella una obra de amor, de construcción, pero primeramente de «destrucción». Ella implora que, como gota de agua en este amor que es un océano, río, diluvio, catarata, sea sumergida, ahogada (Ibid. 6, 372-379), o que, como grano de incienso levantado por el viento del Espíritu, ella sea transportada al seno de la ternura infinita (Ibid, 4, 314-329).

Gertrudis se entrega para ser la víctima de este amor que consume y que transforma. Ella espera de esta ofrenda que nace de su corazón de pobre, la muerte, pero una muerte de amor que es vida (Ibid. 4, 345; 314-329):

«Me acerco a ti, fuego consumidor, ¡oh Dios mío! En el ardor encendido de tu amor que me devora (como un) pequeño grano de polvo, consúmeme enteramente y absórbeme en ti» (Ibid. 4, 68-74).

«¡Jesús, llévame hacia la llama de tu vivo incendio!» (Ibid. 4, 303-304).

«Que tú puedas en mí, tan pequeña, con el soplo de tu boca, anular todos los obstáculos a tu voluntad y a tus deseos…, para que muriendo a mí misma, yo viva en ti» (Ex 7, 233-237).

«Un día, durante la Eucaristía, vio a este Jesús amantísimo atraerla hacia sí en la llama de amor de su Corazón traspasado… Se encontró lavada, transformada en el agua y la sangre que corría de este Corazón» (H III 18, 5, 14ss.).

Gertrudis va entonces a obtener la transformación implorada con insistencia. De las cenizas del ser antiguo va a nacer el ser nuevo, va a reencontrar la semejanza perdida. De rosa sin nobleza será transformada en lirio. Plantada en el valle de la humildad, al borde de las aguas de la desbordante caridad, reverdecerá y reflorecerá.

Jesús y Gertrudis van a intercambiar corazón y voluntad. De ahora en adelante todo lo que pertenece a uno pertenecerá al otro. La esposa pequeña va a disponer del amor del Corazón de Jesús para cantar a su Dios una acción de gracias de valor infinito: gracia recibida, gracia que vuelve a su fuente por la acción de gracias y por el amor nacido de este corazón pobre y amantísimo de Gertrudis, esposa de Jesucristo (H II 23, 8; H III 25, 1; 26, 2; 30, 1, 8-11; 53, 1, 9-10; IV 2, 16, 6-15 …).

Teresa en marcha hacia el descubrimiento del amor…

Algunos siglos más tarde, Teresa de Lisieux, también insatisfecha de su correspondencia al amor loco de su Dios, reclamará este favor que fue concedido a su hermana de Helfta, esto es, el don de su Corazón:

«¡Ah! Para amarte, dame mil corazones,

Pero es demasiado poco. Jesús, Belleza suprema,

Dame para amarte tu divino Corazón» (PN 24, 31° estrofa, 21 octubre 1895).

Y enseguida cantará:

«Es tu amor, Jesús, que yo reclamo,

Es tu amor el que me debe transformar,

Introduce en mi corazón tu llama que consume,

Y así podré bendecirte y amarte» (Ibid. 41, 2° estrofa, fin 1896).

A este Dios, Teresa, como Gertrudis, se ofrecerá como víctima de holocausto, y Él va a suplir a la impotencia de niño de la primera de la misma manera que ha suplido la impotencia de la segunda. Pero Teresa en el principio de su vida espiritual todavía no ha llegado a este estado; solamente lo logrará después de haber hecho los dos descubrimientos de Gertrudis: el de su imposibilidad de amar y de llegar a la santidad por sí misma; y la de este amor misericordioso desbordante de ternura de su Esposo que va a suplir su impotencia. Para descubrirlos será necesaria una larga búsqueda personal, correspondiendo a las inspiraciones interiores que la movían a deseos magnánimos. Ella buscará y encontrará: «He buscado, he encontrado», estas palabras van a volver a menudo en su pluma.

Sigámosla en su itinerario. Desde la edad de los 9 años, hacia el 1882, Teresa está bien decidida a llegar a ser una santa y está convencida que lo logrará. Adivina que necesitará sufrir muchísimo, pero no quiere ser santa a medias, y sufrir no la asusta.

A los 14 años, en 1887, un año antes de su entrada al Carmelo, la lectura del libro de Arminjon la transporta. Ella llega a la siguiente conclusión: «Yo querría amar, amar a Jesús con pasión y darle mil muestras de amor» (Ibid. 47 v°). Ella está y permanecerá enamorada, pero hasta 1893 está preocupada de amar de una manera más bien activa, lo que supone el esfuerzo. Para alcanzar la santidad cuenta sobre todo con ella misma. Esto es propio de una etapa de la vida espiritual. En efecto, en 1888 escribe: «Quiero ser una santa»; entonces cita a San Agustín: «No soy perfecto, pero quiero llegar a serlo».

En 1889, ya carmelita desde hace un año, escribe: «La santidad consiste en sufrir, en sufrir por todo. Es necesario conquistarla a punta de espada, es necesario sufrir… ¡es necesario agonizar!». Se preocupaba en particular de practicar la humildad, quería ser el grano de arena bien oscuro, bien escondido a todos los ojos, que solamente Jesús pudiera ver (Ibid. 49). Esta humildad no era todavía la del niño lleno de confianza que se abandona. Todavía se preocupa demasiado de ella misma; teme mucho haber manchado su vestido bautismal. Para pacificarla necesitará del juicio de varios sacerdotes que le repetirán que ella jamás ha cometido pecado mortal. La Madre Inés dirá más tarde: «El temor de ofender a Dios envenenaba la vida de Teresa» (PO 1513).

A partir de 1893, Teresa se encamina progresivamente al descubrimiento de su pequeña vía. Comienza entonces a presentir una nueva manera de amar: la de hacerse receptiva. En efecto, escribe a Celina: «El mérito no consiste en hacer o dar mucho, sino más bien en recibir, en amar mucho… es Jesús que hace todo y yo no hago nada» (Lt 142, 6 julio 1893). Así ella llega a comprender la relación que existe entre recibir y amar.

Sin embargo, permanece insatisfecha. Invadida por deseos desmesurados e impetuosos, está convencida que es el Señor quien los pone en su corazón, y, por tanto, que se realizarán. No se desanima; busca en la Sagrada Escritura una pequeña vía bien recta y corta para llegar a la santidad. A finales de 1894, en el libro de los Proverbios encuentra las siguientes palabras: «Si alguien es pequeñito, que venga a mí» (Prov 9, 4); y en Isaías: «Como una madre acaricia a su niño así yo os consolaré…» (Is 66, 12-13). Al fin ha encontrado lo que buscaba, el fundamento en la Escritura de lo que iba a ser en el futuro la pequeña vía. Maravillada, llegó a la siguiente conclusión: «No necesito crecer, por el contrario, es necesario que permanezca pequeña, que llegue a serlo cada vez más» (MsC 3 r°). Pero no es todavía la plena luz; está llegará el 9 de junio de 1895 durante la Eucaristía, en la fiesta de la Santísima Trinidad. En algunos instantes, en una especie de encandilamiento, Teresa descubre, como Gertrudis, que el amor del Señor es un amor desbordante, una fuente que tiene sed de ser bebida, que tiene sed de prodigarse. «Olas de infinita ternura», dicen ambas, y la carmelita agrega dirigiéndose a Jesús: «…que os sentiríais dichoso de no veros obligado a reprimir» (MsA 84r°).

En un primer tiempo, aun adolescente, había visto un aspecto de la cara de su Dios: Jesús sobre la cruz, mendigando de amor al cual ella pensaba solamente darse; también, por su sacrificio le ofrecía almas (MsA 46 v°). Ella era la que daba. Ahora ha descubierto otro aspecto de la cara de su Dios mendigo de amor: su sed de colmar su creatura, su sed de darse. Por su parte, Teresa se descubre también ella mendiga de amor, la que, pobre, tiene necesidad de recibir, de ser saciada. Ella se descubre, como una pequeña víctima, infinitamente deseada, y a la vez la que desea. Su reacción es inmediata, y con el fin de consolar a su Dios, se ofrece para recibir esas olas de infinita ternura. Su vida espiritual será desde ahora el encuentro entre dos mendigos de amor: «El amor es la sola cosa que (Teresa) ambiciona» (MsB 1 r°). «Ella tiene necesidad de amar hasta el infinito» (PN 53, 2° estrofa):

«Oh mi Dios, Trinidad bienaventurada…, a fin de vivir en un acto de perfecto amor, me ofrezco como víctima de holocausto a vuestro amor misericordioso, suplicándoos que me consumáis sin cesar, dejando desbordar en mi alma las olas de ternura infinita que están encerradas en Vos… si por debilidad caigo a veces, que inmediatamente vuestra divina mirada purifique mi alma consumiendo todas mis imperfecciones como el fuego que transforma todas las cosas en él mismo…»

Y tanto Teresa como Gertrudis piden la muerte de amor («Acto de ofrenda», en Ms p 318).

El Dios al cual se dirige Teresa como el de Gertrudis es el mismo: un Dios mendigo de amor: olas desbordantes de ternura, torrentes, océano. También es el Dios que purifica y transforma: fuego, llama, horno, brasero (MsA 84 r°; MsC 36 r°; PN 17, 6, 10, 14; PN 24 10, 11, 17; PN 54, 3; CSG p 71). Con estas imágenes nuestras santas quieren expresar lo que es la sed del amor divino.

Teresa comprende entonces que el amor como la santidad son dones a recibir, y que todo llega a ser posible al corazón de un niño indigente que se ofrece al desbordamiento de este amor. Llegada al colmo de la felicidad ha descubierto que en respuesta a la sed de su Dios, sus sueños de juventud van a transformarse en realidad. Así declara: «Para amaros (oh Dios) como me amáis, es necesario que me prestéis vuestro propio amor, entonces solamente encontraré el reposo» (MsC 35 r°).

Y agrega:

Oh faro luminoso del amor, he encontrado el secreto de apropiarme de tu llama. No soy más que una niña impotente y débil; sin embargo, es mi debilidad misma la que me da la audacia de ofrecerme como víctima a tu amor, ¡oh Jesús!… Sí, para que el amor sea satisfecho, es necesario abajarse, abajarse hasta la nada, para que Él transforme en fuego esa nada» (MsB 3v°).

Este texto ¿no contiene acaso toda la pequeña doctrina de Gertrudis? El humilde amor del Creador «es atraído» por la humildad de su pequeña creatura…: «¡Un abismo llama a otro abismo!», dice el salmo 41.

Como fue en Gertrudis, así es en Teresa. Por su ofrenda al Amor, culminación de su pequeña vía, su capacidad de amar ha crecido infinitamente. Teresa ha llegado a ser la pequeña que confía y se abandona. Su vida espiritual va a consistir en progresar en esta pequeña vía. La carmelita no olvidará jamás que para recibir el amor -olas de infinita ternura- debe permanecer pequeña y llegar a serlo cada vez más. Debe evitar el orgullo del fariseo que, según la expresión de Santa Gertrudis siguiendo a San Bernardo, «deseca en nosotros la corriente de la gracia».

Llegada a la cima y al término de su «carrera de gigante» (MsA 44 v°), todavía se le escapan imperfecciones que ella va a aprovechar para que su corazón sea cada vez más un corazón pobre. Cuando los demás se sorprenden de sus pequeñas faltas, ella se regocija: «Siento una alegría muy viva no solamente cuando se me encuentra imperfecta, sino sobre todo de sentirme yo mismo así» (Ibid. I 2/8, 6). Y agrega: «Yo soy más feliz de haber sido imperfecta que si, sostenida por la gracia, hubiese sido un modelo de dulzura» (LT 230).

Su alegría es la misma que la de Gertrudis, el gozo de tener un corazón pobre. Felicidad de tener un corazón receptivo en el cual el amor podrá derramarse. Gozo de hacer valer la justicia de su Dios y no la suya propia. Ella confesará: «¡Que feliz soy de verme imperfecta y de tener tanta necesidad de la misericordia de Dios en el momento de la muerte!» (CJ 2/7, 3). Preocupada de evitar el orgullo del fariseo, le dirá al Señor estas palabras de extraordinaria profundidad: «Yo no digo como Pedro, que no os negaré jamás» (Ibid. 9/7, 6). Así como ella ha expresado la alegría de ser la pequeña impotente, va también a expresar de una manera impresionante, sorprendente, el peligro del pecado más grave a sus ojos, el del fariseo, frente al cual ella no se siente protegida:

«¡Oh! Si fuese infiel, si cometiese solamente la menor infidelidad, siento que lo pagaría con problemas horribles; por eso no ceso de decirle al buen Dios: “¡Os ruego, Dios mío, presérvame del mal de ser infiel!”. Apoyarse sobre las propias fuerzas es arriesgarse de caer en el abismo (Ibid. 7/8, 4).

Cerca está el día en que, según su propia expresión, va a recibir una nueva y gran gracia; será con ocasión de su última comunión:

¡Qué grande y nueva gracia he recibido esta mañana!… Me sentía como el publicano, una gran pecadora. ¡Encontraba que el buen Dios era tan misericordioso!… Me siento tan miserable. La confianza no ha disminuido, bien por el contrario, y la palabra “miserable” no es exacta, ya que soy rica en todos los tesoros divinos. Pero es precisamente por eso que yo me humillo cada vez más (Ibid. 12/8, 3).

Con esta confianza de pequeña y publicana que espera todo del amor gratuito del Padre, quiere aparecer ante Él con «las manos vacías», quiere robar el cielo por una especie de juego de amor a la manera del buen ladrón y de los Santos Inocentes que son sus privilegiados y sus protectores (CSG p 41). Dice: «En lugar de sobresalir como el fariseo, repito, llena de confianza, la humilde oración del publicano» (MsC 36 v°). Tiene conciencia de haberse enriquecido en la medida que reconoce su pobreza. Al final de su vida, a ejemplo de Gertrudis, su actitud frente al Señor pasa a ser la del publicano con un alma de niño. Antes de desesperar de sí misma, pone toda su confianza en Dios solo: «No puedo apoyarme en nada, en ninguna de mis obras para tener confianza» (CJ 6/8, 4).

Así Teresa llega a tener un corazón cada vez más pobre, y por lo mismo más capaz de recibir. Y podrá afirmar: «El único camino que conduce a este horno divino (del amor), es el abandono del niño pequeño que se duerme sin temor en los brazos de su Padre» (MsB 1 r°, o LT 196). Y en otra parte dice: «Es la confianza, y solamente la confianza, la que debe conducirnos al Amor» (LT 197).

Confianza y abandono van a la par. Así recibirá ella el amor perfecto tan ardientemente deseado. A la santidad, que con tanto ardor ha deseado alcanzar, se llega por este sencillo camino de confianza y abandono en las manos del buen Dios.

Termina por comprender que todo lo bueno que hay en ella es don de Dios hecho a su pequeña:

Esta palabra de Job me ha encantado desde mi niñez: “¡Aun cuando Dios me matara, yo esperaría en Él!” (Job 13, 15). Pero me he demorado mucho en llegar a este grado de abandono. Ahora que ya estoy en él, el buen Dios me ha tomado en sus brazos y me ha puesto en este lugar» (CJ 7/7, 3).

Teresa ha comprendido que sin su Dios es absolutamente impotente. Ha descubierto su tabla de salvación: es su pequeña vía, aquella de la confianza y del abandono.

El Dios de Gertrudis y de Teresa

Un Dios mendigo de amor

Habiendo llegado a la infancia espiritual, teniendo un corazón de pequeño, nuestras santas han desencadenado las olas de la ternura divina. Han encontrado el medio de disponer de este amor violento e impetuoso, que no se puede contener, de este amor humilde que rehúsa utilizar la fuerza para conquistar el corazón de su pequeña creatura. Para conquistarla, Dios se abaja, se humilla y se hace mendigo de amor. Así Él ha mendigado el corazón de Gertrudis y de Teresa. «Bien amada, dame tu corazón», dice a la primera (H III 66, 1, 1-2).

Teresa, escribiendo a Sor María del Sagrado Corazón, nos da un comentario de esta palabra de Jesús:

«Jesús no ha temido mendigar un poco de agua a la Samaritana. Él tenía sed. Pero diciendo “Dame de beber“, es al amor de su pobre creatura la que pedía el Creador del universo».

Y ella cantará: «Tú mendigas mi amor» (MsB 1 v°; PN 36, 5).

De nuevo, como un mendigo, el Señor confía a Gertrudis lo que espera de su creatura: «Que actúe a una con Él, de manera que Él pueda moldearla según el deseo de su Corazón» (H IV 58, 2, 20-22).

Un domingo de Ramos, llegada la tarde, Gertrudis se ofrece a Jesús para que descienda en la pequeña hospedería de su corazón y le pide que le ayude a prepararlo convenientemente para recibirlo. Jesús le responde: «Si tú me das esa libertad, dame la llave de tu voluntad propia» (Ibid. 23, 9). Está claro que mendigando el corazón de su creatura, Jesús mendiga a la vez el poder de actuar en ese corazón con toda libertad, y eso en vista de transformarla a su imagen y semejanza. Le dirá: «Aprende de mí, que mi amor te santifique; que nuestra unión te transforme» (H III 8, 1, 23-24 y 26-27).

Y Gertrudis le contestará:

«Es en ti y en ti solo que nosotros podemos volver a hacernos a la imagen y semejanza de nuestro primer estado… ¡Oh horno potente, cuya acción transforma las escorias en oro puro y precioso!» (H II 7, 2, 8-13).

Jesús le enseña cuáles son los efectos de su mirada de amor:

Esta mirada «como el sol, produce en el alma blancura… la vuelve más brillante que la nieve… Él enternece el alma como el calor del sol reblandece la cera haciendo posible que se pueda imprimir en ella un sello» (H III 38, 2, 13-21).

En múltiples ocasiones, Jesús va marcando o renovando la marca de su imagen y semejanza en el alma de su esposa. Así en la fiesta de la Purificación, Gertrudis sabe que su alma, semejante a una cera resblandecida por el calor del fuego, fue marcada con el sello de la resplandeciente y toda serena Trinidad… (H II 7, 1, 13-18; H II 6, 2, 10-25; 21 n° 1 y 3; H IV 14, 7, 4-15).

Aquello que Gertrudis experimenta en la luz, Teresa lo ve en la noche de la fe. Para ella también el amor es fuego transformante. En su acto de ofrenda, ella implora al Señor la gracia concedida con anterioridad a Gertrudis:

«Si por debilidad caigo a veces, que vuestra divina mirada purifique mi alma, consuma todas mis imperfecciones como el fuego que transforma todas las cosas en sí mismo» (Acto de ofrenda).

Maravillada, ella constata que ha sido escuchada:

«Desde ese día (de mi ofrenda), me parece que el amor me penetra y me envuelve, que a cada instante este amor misericordioso me renueva, purifica mi alma y no deja ninguna traza de pecado» (MsA 84 r°).

Un Dios «sufriente»

Este Dios mendigo de amor, creador, recreador, Amor purificante, transformante, es, como nos muestra algunas páginas del Evangelio, «vulnerable», y sufre por el pecado de los hombres. Él mismo se presenta a Gertrudis como Cabeza del Cuerpo Místico, buscando la compasión de su esposa (H I 7, 3). Le dice: «Mis enemigos son también mis miembros… Estoy constreñido por mi propia ternura de cuidar de ellos, y tengo un deseo muy grande de que vuelvan a mí por la penitencia» (H III 67, 1). Jesús sufre también por el pecado de su esposa: una noche ella había cedido a un movimiento de cólera; a la mañana siguiente, Él se le apareció vagabundo y privado de toda fuerza (H II 12, 2).

En otra ocasión, Él enseña a su esposa que es constreñido a compadecerse del alma asaltada por la tentación. Ella manifiesta a Jesús su sorpresa: «¿Cómo tu Humanidad toda pura… puede constreñirte a la compasión hacia nuestras múltiples miserias?». Jesús responde a la cuestión de su esposa citando la palabra de la Carta a los Hebreos: «Él tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos para ser misericordioso» (H III 7, 7-19; 4, 1, 16-17; 5, 1, 15-17. Vd. Hb 4, 15 y 2, 17).

Este Dios que sufre por los pecados de los hombres, y así se lo manifiesta a Gertrudis, será el mismo de Teresa; porque desde el comienzo de su vida espiritual hasta su muerte, Teresa ha sentido la necesidad de consolar a Jesús. El 9 de junio de 1895 ha descubierto un Dios desconocido, rechazado, despreciado. En su ofrecimiento al amor misericordioso, ella manifiesta una vez más su deseo ardiente de consolar a su Dios.

Jesús mediador

Conforme a sus «pequeñas doctrinas» y «pequeñas vías», Jesús mendigo de amor se ofrece a nuestras dos santas como mediador. Es por Él que ambas irán al Padre, utilizando una «astucia de amor»:

«Un día, con toda la devoción que ella podía, Gertrudis participaba en la Eucaristía. En el momento del Kyrie eleison, el ángel de su guarda pareció tomarla en sus brazos como un pequeño niño para presentarla a la bendición de Dios Padre diciendo “Bendecid, Señor Dios Padre, vuestra pequeña hija. Pero como Dios Padre guardaba un largo silencio, pareciendo que estimaba indigno de bendecir una tal nada, ella entra en sí misma con confusión y se puso a considerar su bajeza y su indignidad. Entonces el Hijo de Dios, levantándose, intercedió por ella. Gertrudis apareció entonces, estando vestida de ropajes espléndidos y ricamente adornados, haber crecido hasta alcanzar la estatura perfecta de Cristo. Entonces Dios Padre, inclinándose con una misericordiosa benevolencia le da una triple bendición… Luego, en acción de gracias, ella ofreció a Dios Padre, todos los méritos de su Hijo único. Inmediatamente todos los adornos de su vestido se entrechocaron pareciendo producir una música muy dulce y deleitable, a la alabanza eterna de Dios Padre (H III 23, 1, 1-21).

Gertrudis siempre sedienta de rendir a su Creador una alabanza perfecta, y sin olvidar su impotencia, su pecado, toma espontáneamente la actitud del publicano con alma de pequeño. Así ella es justificada, embellecida por su Mediador, y a través de su Corazón divino, como un lirio o un turíbulo, Gertrudis ofrecerá a su Dios y también a María una alabanza de valor infinito (Ex 6, 372-379; H IV 26, 7; 41, 4-7; 50, 9, 16-18; 51, 2, 25-28).

En cuanto a Teresa ella se compara al pequeño pájaro que en su dulce canto confía, cuenta en detalle sus infidelidades al Señor, segura así de atraer más plenamente el amor de Aquél que no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Así, como un pequeño pájaro, ella será la presa del águila divina; así volará ella hacia el sol del amor, llevada sobre las alas de su águila adorada (MsB 5 v°). O, como ella también lo decía, será como un pequeño niño que se encuentra en la parte baja de una escalera o de la montaña del amor, donde los brazos de Jesús serán para ella «el ascensor» (MsC 3 r°).

En la vida de nuestras santas, Jesús se muestra como un mendigo de amor que llama a su creatura a una unión esponsal, a una colaboración en el designio salvífico de su Corazón para con la humanidad. Habiendo sido «vencido» por su propio amor y por las ternuras de sus esposas, Jesús ha llegado a ser el gran vencedor, haciendo partícipe a nuestras santas de su victoria pascual.

El Padre Orlandis: “Hombre de tres libros”

padre orlandisSegún recordaba el P. José Mª Murall S.I. en un artículo publicado en esta revista en el mes de setiembre de 1958, decía de sí mismo que el P.Ramón Orlandis Despuig S.I. ya en la madurez de su vida, y notando que la maduración lleva consigo la simplicidad y la unidad en el pensamiento, que se consideraba a sí mismo como un hombre de tres libros .

Eran estos: Los Ejercicios espiritualesde San Ignacio de Loyola, la Summa Theologicade Santo Tomás de Aquino, y la que se titulaba entonces " Historia de un alma" de Santa Teresita del Niño Jesús, con otros escritos especialmente algunas poesías de la misma Santa.

Otros trabajos y documentos publicados en este mismo número que el lector tiene en sus manos, le ofrecerán testimonio de la síntesis de espiritualidad y de doctrina por la que el P. Orlandis refería el mensaje de infancia espiritual de entrega al amor misericordioso de la gran Santa Carmelita, a la culminación de los designios providenciales expresados en las revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque, y propuestos y difundidos en la fecunda tarea apostólica del P. Enrique Ramière, definido fundador y orientador del Apostolado de la Oración en su servicio al Reino de Cristo por su Corazón.

Estas líneas se ocuparán únicamente de otro aspecto esencial del carisma apostólico del P.Orlandis, en que se revela también la sencilla unidad de su tarea de magisterio espiritual. Me refiero a la conexión profunda entre su conocimiento de la doctrina de Santo Tomás de Aquino, realmente asumida como sapientia cordisy su admirable comprensión de la doctrina espiritual contenida en el propio texto de los Ejercicios de San Ignacio.

Nada me ha parecido mejor, para poner de manifiesto en qué medida se compenetraban en el P. Orlandis la teología espiritual del Doctor Angélico y su doctrina sobre los Ejercicios del Santo Fundador de la Compañía de Jesús, que atender las palabras del propio Padre Orlandis en un artículo publicado en la Revista Manresa en el año 1936, en un pasaje titulado "De lo Sobrenatural en los ejercicios": y en relación con ellas recordar también el autorizado comentario que el P. Leturia, prestigioso especialista de la espiritualidad ignaciana, incluía en una carta que en 1940 dirigió al P. Ramón Orlandis, y que fue dada a conocer en la revista Cristiandad por el propio P. Murall en un trabajo titulado "Doctrina sobre Ejercicios".

Escribió el P. Ramón Orlandis:

De lo sobrenatural en los Ejercicios

El insigne teólogo dominicano P. Garrigou-Lagrange, tratando de la Mística y de las doctrinas fundamentales de Santo Tomás, escribe: «Muchos ingenios, impresionados por la diferencia que hallan entre los escritos de los grandes teólogos místicos, como Dionisio, Ricardo de S. Víctor, S. Buenaventura, Taulero, San Juan de la Cruz y los de Santo Tomás de Aquino, se asombran de que se busquen en éste los principios de la teología mística… En este artículo querríamos mostrar que este juicio sobre el gran Doctor proviene de una manera enteramente material de leer su obra. Tenemos gran tendencia a materializarlo todo: la doctrina, la piedad, las reglas de conducta, la acción… En estas disposiciones hay tendencia, si no está uno sobre sí, a materializar las doctrinas más altas, es decir a atender a los elementos materiales que se adaptan más a nuestro gusto y a perder de vista el espíritu que es el constitutivo formal o el alma del cuerpo doctrinal… Cuando se sigue este camino, so pretexto de apoyarse en lo tangible, mecánicamente preciso, indiscutiblemente cierto aun para los incrédulos, se llega a explicar lo superior por lo inferior… Se tiende a explicar el alma por el cuerpo… la vida de la gracia por la naturaleza, las doctrinas teológicas por los elementos filosóficos que se han asimilado…

Aun con sincero deseo de instruirse, se puede leer a Santo Tomás desde este punto de vista; y como en su doctrina teológica los elementos materiales o filosóficos, que intenta subordinar a la idea de Dios, autor de la gracia, son en extremo numerosos, si la atención se detiene excesivamente en estos elementos inferiores, accesibles a la razón, en vez de elevarse a la cima de la síntesis, se hallará oposición real entre esta doctrina y la de los grandes místicos, que han tratado sobre toda otra cosa de la unión con Dios…

Se da, pues una manera muy poco sobrenatural y antimística de leer y comentar la Suma de Santo Tomás… A la manera que es cosa muy fácil falsear un instrumento de precisión, y es muy difícil repararlo, así nada más fácil que falsear la doctrina del Santo. Basta recalcar lo que tiene de secundario y material, y exponer de una manera vulgar y sin relieve lo que en ella hay de formal y de principal; de esta suerte se pierden de vista las cumbres luminosas, que deben iluminar lo demás».

No creemos pecar de audaces ni tampoco injuriar a nadie, si lo que dice el P. Garrigou-Lagrange acerca de tan defectuosa manera de leer y exponer las enseñanzas de Santo Tomás, lo aplicamos nosotros a la manera que algunos tienen de entender y explicar las enseñanzas de San Ignacio.

Y a la verdad, tal desviación de criterio en la manera de entender a uno y otro maestro, no deja de parecernos explicable y excusable. De día en día nos parecen más notables y palmarias las semejanzas y afinidades entre el ingenio especulativo-práctico del angélico autor de la Suma y el ingenio práctico-práctico del inspirado autor de los Ejercicios. Podrá ser que influya en este nuestro humilde parecer el aprecio, rayano en culto, que por uno y otro sentimos: no lo creemos así; cuanto más nos esforzamos en ser imparciales y objetivos en el estudio de ambos autores tanto más crece y se corrobora nuestra persuasión.

Nada, por consiguiente, más natural y puesto en razón, dada la manera humana de conocer lo insensible por la analogía de lo sensible, y lo sobrenatural por analogía con lo natural; y dada la necesidad de la intervención de las fuerzas psico-morales del hombre en su vida sobrenatural; que autores tan humanos, ponderados y realistas, como Santo Tomás y San Ignacio, en sus enseñanzas, así especulativas como prácticas, se hagan cargo de numerosos elementos materiales y humanos y les den justa y razonable intervención, siempre con la debida subordinación a lo espiritual y sobrenatural.

Por esta razón creemos deber insistir en la denuncia de un peligro -y tal vez de un hecho- en la manera de entender, de enfocar y de proponer las enseñanzas y prescripciones de San Ignacio en sus Ejercicios.

Nos mueve a recelar este peligro la observación de la importancia excesiva y casi exclusiva que se da tal vez en los Ejercicios, a elementos y procesos en que la vida espiritual se presenta más por su aspecto humano y natural que por el divino y sobrenatural. Algunos ejemplos darán luz a nuestros recelos. El ponderar la solidez y eficacia de la meditación discursiva, llamada, quizás con menos exactitud, método de las tres potencias, dejando en la penumbra otros modos de orar ulteriores, tales como la contemplación de personas, palabras y obras, etc., sin discernirla de la meditación discursiva; el inculcar con más ahínco la meditación y las convicciones intelectuales, que de ella se esperan, que el allegamiento a Dios por medio de la humilde oración; el insistir de una manera predominante en la necesidad del conato e industria del hombre, y no tanto en el valor y virtualidad de la gracia sobrenatural; el hablar de tal manera de las virtudes, que se dé pretexto a pensar que las peculiaridades y características de la vida espiritual son fruto del ejercicio humano y no de la infusión divina sobrenatural; el realzar las ventajas y seguridades de practicar la virtud en el estado de sequedad espiritual y los riesgos de la consolación; el mirar la consolación como un estado de espíritu semi-natural; el ponderar la sabiduría y solidez de las prescripciones que se dan para elegir en el tercer tiempo, pasando quizás como sobre brasas por el primero y el segundo, como si fueran arriesgados y poco menos que inservibles; el hacer resaltar insistentemente que los Ejercicios son para desarraigar las afecciones desordenadas y menos para fomentar santos y sobrenaturales afectos, en especial de amor y caridad; el afirmar que el amor de Dios se ha de poner en las obras y no en las palabras, siendo así que lo que San Ignacio dice es "que el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras" y usa la expresión hablar vocal o mentalmente con Dios como si fuera sinónima de esta otra "affectar (tener afectos) con la voluntad", etc.

Comentaba el P. Leturia en la carta antes mencionada:

Roma, 8 oct. 1940

R. P. Ramón Orlandis. S.I. P. Ch.

Amado en Ch. Padre: Cuando pasé de vuelta por Barcelona, no había aún tenido ocasión de leer despacio los artículos de VR. en Manresa, que tan delicadamente me regaló -y encuadernados- al vernos ahí en julio; es que mis dos meses en España resultaron más apretados de lo que yo planeaba, y no pude así hacer mis propios Ejercicios. De ahí que nada pudiera decir a VR. el día y medio que estuve ahí en septiembre.

Desde el primero, adiviné algo que llevo también yo muy adentro hace años, y que VR. no expresó con claridad hasta el artículo del mes de abril de 1936, páginas 30-31, cuando en forma fina y velada reacciona contra el insistir en la meditación de las tres potencias y olvidar casi las contemplaciones, pasar como por brasas por el segundo tiempo de elección y proponer como "nuestro" el tercero, insistir en la solidez de la virtud seca y apenas hablar de la consolación, etc. , etc. Todo lo que sea insistir en este aspecto del problema en los Ejercicios y reaccionar con justeza y profundidad contra la mecanización semipelagiana y semiestoica de la Vía Ignaciana me encanta, y me parece necesarísimo para mí y para otros. Y creo no engañarme si digo (y lo vi desde el primer artículo) que ahí está el nervio de los estudios de VR. Y no por reaccionar ni por prurito de crítica, sino porque lo otro es no entender y aun deformar nuestro mayor tesoro, los Ejercicios. Y además (¡qué bien lo muestra VR. !), apartarnos de los primeros grandes comentadores. (… / Y si VR. , por un sentimiento de extrema benignidad y deferencia quiere seguir un gusto mío, crea que los lectores damos a VR. en sí misma más autoridad de la que piensa, y que aunque gocemos en ver prueba con La Palma, Gagliardi y Suárez sus ideas, creemos que la raíz principal de donde saca sus profundas observaciones no han sido -al menos al principio- esos autores, sino fuentes más inmediatas y recónditas de los Ejercicios mismos y de la Teología del Angélico, ellos y ella vividos más que leídos…

Y pida mucho por su afmo. in Ch.

PEDRO LETURIA, S.I.

Quedaría por tratar otro aspecto decisivo de la coherencia y unidad simplicísima del magisterio espiritual del P.Ramon Orlandis. Sería este el de la continuidad entre la teología de los dones del Espíritu Santo,contenida en la Summa Theologica de Santo Tomás de Aquino, que él asumía con convicción profunda y amoroso entusiasmo, y la doctrina espiritual que sabía leer en los escritos de Santa Teresita del Niño Jesús, en los que, sin sistematizaciones especulativas, encontraba, por modo vitalmente ejercido, la docilidad a las divinas mociones obradas en el alma cristiana por el "Consolador óptimo y dulce huésped del alma", que es el Amor y Don divino que habita y en las almas y diviniza al cristiano.

Su vida mística, aparentemente sencilla y ordinaria, estaba interiormente, cada vez más, dominada por las inspiraciones divinas. El Espíritu Santo la guiaba en todo. La misma Teresa nos ha dejado sobre este punto preciosas confidencias:

«Mi retiro de profesión fue, como los siguientes, un retiro de gran aridez. No obstante, sin ni tan sólo darme cuenta de ello, los medios de agradar a Dios y de practicar la virtud se me revelaban entonces claramente. He notado muchas veces que Jesús no quiere darme provisiones. Me alimenta a cada momentocon un alimento completamente nuevo. Lo hallo en mí sin saber cómo se encuentra allí. Creo sencillamente que es el mismo Jesús,oculto en el fondo de mi pobre corazón, quien obra en míde una manera misteriosa y me inspira todo lo que quiere que haga a cada momento .

Para quien sabe entender las cosas, ésta es una descripción inconsciente de una elevada vida mística bajo el influjo preponderante de los dones.

Francisco Canals

El P. Ramón Orlandis Despuig

padre orlandisQuien haya leído, o lea ahora, el n° 331 (Septiembre de 1958) de Cristiandad, no necesita más noticias sobre el fundador de Schola Cordis Iesu. ¿Pueden superarse las firmas de Mª Asunción López, José Mª Murall S. l., Roberto Cayuela S. l., Francisco Segura S.I., Luis Creus Vidal, Jaime Bofill, Minoves-García Die, Pedro Basil, Francisco Canals Vidal, y algunos más? Tomo, pues, la pluma sin ánimo de enseñar nada nuevo, sino únicamente con el deseo de contribuir a honrar aquel santo y sabio varón a quien traté poco (pero muy intensamente) en vida y a quien velé las noches anteriores a su muerte y fui (con el H. enfermero) el único testigo de su plácido trance en una madrugada pocos momentos después de celebrar la santa Misa "pro agonizantibus", en la capillita que estaba junto a su aposento y desde la cual él había podido -si hubiera en aquellos momentos podido tener conciencia- seguir el Santo sacrificio de Jesús.

A modo de "testimonio histórico", a los datos biográficos que se dan, muy completos, en el mencionado 331 de Cristiandad, queremos añadir (traducido al pie de la letra) el EGO del P. Orlandis. Se llama EGO (título casero y familiar) a un escrito que redactan los candidatos a Jesuitas al ingresar en el noviciado, siguiendo una pauta o esquema prefijado. Comienza siempre como éste del P. Orlandis: "EGO, Raimundus Orlandis et Despuig… Yo Ramón… ". El documento, pues, escrito todo él de puño y letra del novicio, reza así:

«Yo, Ramón Orlandis y Despuig, Español, he sido admitido en la Compañía de Jesús por el R. P. Jaime Vigo, Prepósito Provincial de la Provincia de Aragón.

He ingresado en la casa de probación de Santa María Verulense el día doce del mes de julio del año mil ochocientos noventa y cinco, bajo el Maestro de Novicios Luis Adroer.

Nací de matrimonio legítimo en Palma de Mallorca en la diócesis Mallorquina, provincia Balear, el día dos del mes de Diciembre del año mil ochocientos setenta y tres. Fui bautizado el mismo día en la Parroquia de San Jaime de la misma ciudad. Fui confirmado el día primero del mes de Diciembre del año mil ochocientos setenta y seis, por el Ilustrísimo D. Mateo Jaume y Garau, Obispo de Mallorca. Tengo padres, Ramón Orlandis y Luisa Despuig, difuntos; eran de condición nobles. Tengo dos hermanos, uno célibe y otro casado y una hermana casada.

Pasé mi vida, hasta los doce años, en casa, donde aprendí los rudimentos de gramática con maestro particular. Luego, a los doce años, fui enviado al Colegio de S. José en Valencia, en cuyas aulas, interno, aprendí tres años de Humanidades, de los profesores PP. Ferreres, Traval, y Casas S.I.; estudié un año de Retórica con P. Cubí, me dediqué a la Filosofía dos años bajo los profesores PP. Sedó y Vidal, a saber, el primer año Lógica y Ontología, el segundo Psicología y Ética. Desde el año mil ochocientos noventa y dos me dediqué tres años al Derecho civil y a la Filosofía y Letras en el Colegio de estudios superiores de Deusto, bajo los profesores PP. Pajares, Echeverría y Leza, García Alcalde y Romeo S.I. y Hermanos Arregui Izquierdo, Zarandona y Llera S.I. En la Universidad de Salamanca recibí el grado de "prolytae" [doctorado o licenciatura] en Filosofía y Letras.

Tengo memoria fácil para captar y tenaz para retener. Creo tener entendimiento [o talento] que capta bien lo que estudio.

Siento propensión natural y voluntaria al estudio, principalmente para las letras humanas y la Filosofía.

Por lo que toca a los ministerios [ocupaciones, trabajos] me siento indiferente.

No creo que los estudios hayan dañado mi salud.

Siento que tengo fuerzas espirituales y corporales para los estudios y otras ocupaciones de la Compañía.

Las fuerzas corporales son buenas y firmes.

Mi complexión, creo, es mixa [mezcla] flemática y nerviosa.

No tengo defecto alguno corporal; tengo algo de miopía. En mi familia reinó buena salud.

Mi vocación comenzó el año mil ochocientos noventa y tres, y durante algún tiempo vacilé; por fin, habiéndome aconsejado y bien examinado el asunto, confirmado en mi vocación, fui admitido a la Compañía de Jesús, y con sumo gozo de mi corazón, vine a esta casa de probación de Santa María de Veruela, con ánimo [con el propósito] de vivir y morir en la misma Compañía de Jesús, observando sus reglas y todo lo que se me propone, con la gracia de Dios y la protección de la Santísima Virgen».

A continuación, a manera de cuadro sinóptico, se anotan las asignaturas cursadas, los autores estudiados, el lugar, años o cursos, número de condiscípulos, notas finales y observaciones. Según este cuadro obtuvo el Bachillerato en letras Humanas, y la Licenciatura (prolyta) en Filosofía y Letras. En todas las asignaturas tuvo siempre Meritissimus(Sobresaliente), menos en Filosofía y Matemáticas en el Colegio de Valencia y en Historia Universal en Deusto; la nota fue Mediocris, mediano o mediocre, que equivale a aprobado.

* * *

Este escrito, a pesar de su calidad de "standarismo", tiene un valor singular porque procede de un joven de 22 años que descubre un espíritu reflexivo, serio y veraz. Tiene cuidado en hacer constar que fue bautizado el mismo día de su nacimiento, significando así cuánta importancia daba al nacimiento espiritual, cualidad que durará toda su vida y manifiesta, por ejemplo, con el aprecio con que recomendará "La Divinización del Cristiano" del P. Ramière. Sobre su talento, memoria, vigor corporal… se muestra cauto y humilde con un "creo" (judico, dice él).

No carece de interés la frase: "Propensionem naturalem et voluntariam ad studia sentio, praesertim ad litteras humaniores et ad Philosophiam". Siente inclinación natural y voluntaria. La inclinación o propensión siempre es natural, pero muchos no siguen sus inclinaciones, que tal vez pueden ser desordenadas o inconvenientes. El P. Orlandis acepta voluntariamente lo que la naturaleza espontánea y gratuitamente le da. El estudio no será la satisfacción gozosa y fácil de un instinto o sentimiento, sino la realización consciente de una inclinación que exige esfuerzo y dedicación. El P. Orlandis no estudia por gusto sino con gusto y con el anhelo de procurar el Reinado de Cristo en los corazones; y todos sus esfuerzos irán encaminados a un fin de gloria de Dios, no de satisfacción humana.

Siente además, dice, inclinación especial por las letras humanas y la Filosofía. Por letras humanas se entendía aquellos estudios que tenían como fin educar el "humanismo", es decir, el desarrollo adecuado y ecuánime de las facultades del hombre en cuanto sociable y "asociado", o sea, como miembro de una sociedad que él mismo forma, de la que él mismo es parte y a la que él mismo se debe.

Esta formación "humana" mira al hombre entero: mente y corazón, sentidos y potencias, cuerpo y alma; hombre y Dios. Al mundo de hoy le falta "humanismo", que podríamos denominar, más concretamente, equilibrio. Los griegos lo llamaban sophrosine, los clásicos latinos ne quid ni mis (no pasarse de rosca), los ascetas cristianos virtus o justo medio. La ausencia del estudio del clasicismo, el predominio de las ciencias exactas (matemáticas, química, física, electrónica, etc.) ha deshumanizado a la sociedad. Basta ver la aberración del Arte, del teatro, y hasta de los deportes, que no sólo están desfasados sino que han entrado en el campo peligrosísimo de la política y de la violencia. Hoy, el P. Orlandis no comprendería a esta Humanidad.

Su segunda afición o inclinación voluntaria era la Filosofía. Creo que el P. Orlandis entendía la Filosofía en su sentido etimológico de amante de la sabiduría y también de reflexión. Tomar las cosas con seriedad, no a la ligera. Así, cuando fue Profesor (lo mismo que cuando había sido estudiante) no se limitaba a comentar un texto, como hacían los comentaristas ordinarios de las "Sententiae" o de la "Summa", sino que lo hacía al modo de Sto. Tomás o de Suárez o de los grandes comentaristas, que de tal modo "comentaban" que formaban escuela propia, como los dos grandes maestros mencionados.

Otro rasgo del P. Orlandis, efecto de su ’"filosofismo" o espíritu de reflexión, es el que aparece en su elección de estado. En el "Ego" dice escuetamente que empezó a sentir vocación a la Compañía de Jesús en 1893 y que vaciló durante algún tiempo, pero luego después de asesorarse con buenos consejos y examinada bien su vocación, ingresó en la Compañía de Jesús. Su vocación, pues, le nació en Deusto al cabo de un año de convivir con aquellos doctos y sabios jesuitas que menciona. No se tomó el asunto a la ligera. Consultó, examinó, pensó, y por fin se decidió. Hablando de este asunto con uno de sus discípulos de Schola Cordis Iesu, le dijo que veía algunas cosas en la Compañía de Jesús que no le gustaban, pero que sintió que era su vocación la Orden de S. Ignacio, y la aceptó.

Los datos escuetos, pero pensados, del joven licenciado en Filosofía y Letras y doctor en Derecho, son tales que le reflejan de cuerpo entero y nos dan la clave de toda su vida de Jesuita. Veámoslo en una síntesis tan breve como su "Ego".

* * *

Las calificaciones escolares de Matemáticas e Historia Universal le designan "mediocre". Así había de ser: Las matemáticas son frías, calculadoras; son el polo opuesto del humanismo, por más que el matemático pueda ser una persona muy tratable, comprensiva, "humana". Pero el "humanista" no suele ser muy matemático.

La historia universal, si se estudia en manuales, es una sarta de datos y de fechas capaz de indigestar a la memoria más "fácil en captar y tenaz en retener" como era la del estudiante Orlandis. Tampoco le cuadraba la carrera de historia de datos y fechas.

Pero cuando la historia es filosofía, se convierte en la asignatura más acomodada al temperamento "voluntariamente aceptado" del P. Orlandis. Se convierte en Filosofía de la Historia. Es lo propio de su temperamento "humanista-filósofo".

Así pensaba y soñaba el joven licenciado en Salamanca y ahora novicio jesuita en la Casa de Ntra. Sra. de Veruela. Y con este espíritu doble emprende la carrera ascético-científica. Desde este momento la meta no ha de ser el hombre ni la sabiduría, sino el Hombre-Dios que es el Verbo, la Sabiduría humanada. Y este dualismo, que ha convertido en una unidad misteriosa: una Persona divina en dos naturalezas, llenará por completo el ideal del jesuita que va paso a paso reforzando su "humanismo" (ahora ya muy divinizado), y transformando su Filosofía en Teología, y convertirá al historiador "mediocre" en un Doctor en Teología de la Historia. Y así sale el Sacerdote Ramón Orlandis S.I. que sube al altar con un corazón que no aspira más que a ser "secundum Cor Iesu" y procurar con todas sus fuerzas el Reinado de Cristo en la Tierra.

Esta idea del Reinado Social de Cristo lo tenía tan en su entendimiento y en su corazón que empujó a su sobrino, el P. Juan Rovira, eminente Profesor de Sagrada Escritura, a que estudiase y escribiese sobre el Milenarismo. En aquellos momentos era muy mal mirada esta doctrina y el P. Rovira se encontró en un ambiente hostil. El P. Orlandis padeció mucho al ver que por ello su sobrino había perdido la Cátedra, pero el Señor premió al defensor de su Reinado Social en la Tierra, con la gracia del martirio. El P. Rovira estará ahora con los mártires del Apocalipsis, que tanto apreciaba, clamando justicia a Dios (Apoc 6, 1 0).

También al P. Orlandis le costó la pérdida de su docencia de Teología dogmática, Patrología, moral, historia de la Filosofía, que sucesivamente fue enseñando a los estudiantes jesuitas de Teología o Filosofía. Dios le destinaba a su lugar definitivo, allí donde apuntaba su temperamento ya "divinizado": el humanismo teológico concretado en el Reinado del Corazón de Jesús. Desde 1923 vivía en la Residencia de la Calle de Caspe dirigiendo la Obra del Apostolado de la Oración. El curso de 1928-29 vuelve a Sarriá para enseñar historia eclesiástica y patrología a los teólogos, e Historia de la Filosofía a los filósofos. En Agosto de 1929 se traslada definitivamente a Barcelona para dedicarse de lleno al Apostolado de la Oración. Está ya plenamente centrado. Sin embargo los acontecimientos políticos de 1931 con la ocupación de los edificios y bienes de la Compañía de Jesús en 1931-32 y la guerra civil de 1936 a 1939 impidieron al P. Orlandis desarrollar sus planes pero le dieron tiempo para pensar y planear.

* * *

1939-1958. Años proféticos

Se habla mucho de profetismo en nuestros días. Cuando algún "teólogo o escriturista o liberacionista" es amonestado por la Curia Romana o directamente por el Papa, surge un murmullo sordo (no pocas veces un griterío ensordecedor o unos escritos contestatarios). Y a estos les llaman "profetas", queriendo indicar que en su día serán reconocidos, como ocurrió antaño con los auténticos profetas.

Con un espíritu muy distinto llamo yo ahora "Profeta" al P. Orlandis. El no profetizó porque no se consideraba un hombre excepcional, providencialmente enviado por Dios, para anunciar y preparar el Reinado del Corazón de Jesús, como lo fuera S. Juan Bautista respecto del Mesías y Sta. Margarita María, el B. de la Colombière y el P. Bernardo Hoyos para esta devoción. El P. Orlandis más bien se veía como "la voz que clama en el desierto" (Mt 3, 3), pero que con una mirada certera ve un porvenir, un horizonte que presiente cercano aunque el ambiente está tan negro que no ve más allá de unos metros.

El P. Orlandis que ha estudiado a fondo -ayudado también por su sobrino el P. Rovira- la Sagrada Escritura y con ella la Teología de la Historia, no duda de que Cristo ha de Reinar (con mayúscula) en la Tierra, sobre la Humanidad, por más que su Reino no sea de este mundo (Jn 18, 36). Y goza cuando ve que Pío XI, el Vicario de Cristo, el Maestro de la Verdad, instituye la festividad de Cristo Rey del Universo destinada a explicar y preparar el Reinado Social del Corazón de Jesús. Y de nuevo se goza cuando este mismo Sumo Pontífice nos dice dos veces que ya está viendo el tiempo -cercano- en que Cristo Reinará sobre la Tierra. Y ve también el P. Orlandis que su ideal no es el de un soñador, de un iluso, de un hereje, sino el de un fiel hijo de la Iglesia, de un buen teólogo que confronta sus doctrinas con las del Papa y ve que coinciden.

* * *

Han pasado años de paz para España y para la Iglesia, pero de intensas maquinaciones del infierno. En 1917 la Virgen María vaticinaba solemnemente en Fátima: "Pero, al fin mi Corazón Inmaculado triunfará". Con esto anunciaba Ella -evidentemente para pronto- el triunfo del Corazón de Jesús, ya que Ella no es más que la Aurora que anuncia la salida del Sol.

Con la muerte de Pío XII soplaron nuevos vientos en la Iglesia, que hicieron exclamar a Juan XXIII: "he abierto un poco las ventanas para airear el ambiente y ha entrado un huracán". Efectivamente las "portae ínferi", los poderes del Infierno se han desatado y en orden de batalla presentan la más peligrosa y fuerte lucha contra la Iglesia: la apostasía, el ataque desde dentro.

Y en este momento Dios da a la Iglesia el Papa que -permítaseme el atrevimiento, pero a esto iba el título de años proféticos– llena el ideal del P. Orlandis: Juan Pablo II. Es el Papa del Reinado del Corazón de Jesús.

En Consistorio de Navidad de 1989 daba gracias a Dios porque había podido realizar sus viajes apostólicos cumpliendo el encargo de Cristo: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda clase de gentes" y el más específico del Papa: "Confirma a tus hermanos".

Y ¿cuál es el mensaje o predicación del Papa? A una humanidad que gusta tanto de ensalzar la dignidad del hombre, los derechos humanos, etc., pero que materializada hasta el tuétano de los huesos, no sabe más que de injusticias, egoísmos, odios, rencores, guerras…, a esta humanidad grita el Papa: "Gobernantes, hombres todos, ricos y pobres, y el hombre tiene una dignidad que no poseen los demás seres vivientes de la Tierra. Respetad y conservad esta dignidad. Pero no olvidéis que esta dignidad os viene de Cristo. Si no sois de Cristo, si Cristo no está en vosotros, carecéis de dignidad". Esta es la síntesis de la predicación del Papa. No faltan quienes le atacan de demasiado humanismo. Es que no le comprenden. Se quedan en el humanismo y no atienden a la Teología, al Cristo que es el que da vida y dignidad al hombre.

Esto, creo yo, predicaría hoy el P. Orlandis, preparando así, como hace el Papa, el Reinado de Cristo sobre los hombres. Fue, pues, en realidad el profeta del Reinado de Cristo en un tiempo en que el modernismo liberal, fruto amargo y venenoso de la "Ilustración" de la Revolución Francesa y condenado por San Pío X, renovaba e invadía lentamente en la mentalidad universal y dentro de la misma Iglesia, con la Teología nueva pasada rápidamente a Teología antropológica, Antropología teológica, Antropología. Con esto se suplantaba Dios para ensalzar al Hombre.

En el orden político se iban deshaciendo y liquidando las monarquías para dar lugar a las democracias, y una Iglesia Jerárquica se pretendía transformarla en democrática. ¿Quedaba, pues, lugar para el Reinado social y universal de Cristo Rey?

Y el P. Orlandis había intuido todo esto hacía muchos años. Su trayectoria intelectual y ascética la habían llevado, sin darse cuenta, pero "voluntariamente" a la conclusión del futuro Papa Juan Pablo II (que tampoco es hoy día comprendido plenamente por muchos). El P. Orlandis, tan intelectual, tan escolástico, tan tomista… rehúye todas las discusiones de escuela sobre el objeto formal, la esencia, el fin, etc. , de la devoción al Corazón de Jesús, y se coloca en el punto céntrico de la Historia Universal (en la que le calificaron de "mediocre", ¡no lo olvidemos!), y allí encuentra a Cristo, el Dios-hombre (Humanismo y Teología) que nace en una cueva de una pequeña villa de Judea y muere en una cruz en la gran Jerusalén, elevado entre la Tierra y el Cielo, después de haber profetizado: "Y yo, cuando sea elevado sobre la Tierra atraeré a mí todas las cosas" (Jn 12, 32). Y estas cosas son sustancialmente las almas, los hombres. Y la Iglesia lo comprende; y los mártires cantan al morir: "Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat"; y los Concilios ponen nada menos en sus Símbolos o compendios de la fe "cuius Regni non erit finis"; y siempre todo cristiano recitará continuamente la más sublime oración y dirá: ’’adveniat Regnum tuum".

El P. Orlandis, pues, maestro en Teología de la Historia, funda la Schola Cordis lesu, la verdadera Escuela, Teología-Humanista, que se ocupará en estudiar y difundir la verdadera devoción al Corazón de Jesús: que Cristo reine en cada alma, y cada alma se sienta miembro del Cuerpo Místico de la Iglesia, y vaya así realizando el Reinado de Corazón de Jesús en la Tierra.

Han pasado 32 años de la muerte del P. Orlandis. El mundo ha dado un tumbo radical, las dictaduras van cayendo. Los gobernantes se han lanzado a la realización de la idea-madre de la Revolución Francesa: una Europa unida en un sólo sistema (por ahora el Socialismo Internacional), una sola religión (el agnosticismo más o menos paliado), una sola economía, un solo fin: acabar con el Cristianismo.

Pero Dios escribe recto; y con Dios no se juega. Los gobernantes, la humanidad entera podría pretender prescindir de Dios, pero no podrá eliminarle, y Dios sabrá confundirla y de las piedras sacará hijos de Abraham (Mt 3, 9).

¡Al fin, mi Corazón Inmaculado triunfará! Y la "esperanza contra toda esperanza" (Rom 4, 18) del P. Orlandis se perpetúa con su Schola Cordis Iesu, y el Profeta "mediocre" resultará el gran maestro del Reinado de Cristo.

P. Francisco de Paula Solá, S.I.

Nuevo prenuncio de victoria: «Mi Corazón Inmaculado triunfará»

bvm3«Fátima es la manifestación del Corazón Inmaculado de María al mundo actual. Es en cierto modo la continuación, o mejor, la conclusión de Paray-le-Monial; reúne aquellos dos Corazones -el de Jesús y el de María- que el mismo Dios unió en la obra divina de la redención de los hombres. Es un mensaje que nace de su Corazón de Madre…» (Emmo. Sr. Cardenal-Patriarca de Lisboa)

¡La Madre! Palabra llena de profundo significado, evocadora de los más dulces recuerdos. Ella, la que enseña a andar al pequeñuelo y con amorosa y alegre paciencia le sostiene y dirige en sus primeros, vacilantes pasos. Cuando transcurran los años por venir y aquellos pies, tal vez pródigos, hayan corrido en largas y fatigosas jornadas los caminos escabrosos de la vida, ella, la primera, acudirá a su lado para hacerle oír palabras de perdón, enjugar de nuevo sus lágrimas y de nuevo enseñarle a levantarse y caminar.

Dichoso el hombre que sabe elevar les ojos al Cielo einvocar a la Reina soberana poniendo en sus labios la dulcísima palabra que sólo a María puede aplicarse en toda su plenitud: ¡Madre nuestra!

Mensajes de María

En la mañana del venturoso 8 de diciembre de 1854 una alegría inmensa hace estremecer, hondamente conmovido, el corazón de todos los hijos de la Iglesia; los que han podido acudir a la Ciudad Eterna se agolpan cobijados bajo la cúpula de San Pedro, y en río desbordado llenan la plaza y sus alrededores.

La voz majestuosa del Pontífice supremo, Pío IX, que en estos momentos enseña, infalible, la verdad eterna, se muestra con movida al declarar a María Inmaculada desde su concepción; y los fieles del mundo entero, al acoger las augustas palabras, repiten con renovado y férvido entusiasmo el saludo del Ángel: ¡Ave, gratia plena!

¿Pero es esto todo? En medio de aquella grande y general alegría el Doctor y Pontífice máximo parece concentrar su mirada profunda y presenciar, tal vez no muy en lontananza, aquella última y definitiva lucha descrita en el Apocalipsis con rasgos de vivísimo colorido: duelo a muerte entre la Mujer misteriosa, figura de María, y la Bestia infernal. Y en el momento en que con autoridad suprema ha enseñado al mundo lo que debe creer respecto de su augusta Reina, quiere también expresarle en palabras consoladoras lo que le es dado esperar como resultado de su magnífico triunfo: «esperamos con la más firme esperanza y la confianza más completa, que por el poder de la Bienaventurada Virgen María, la Iglesia nuestra Madre, libre de todos los obstáculos y victoriosa de todos los errores, florecerá en el mundo entero, volverá al camino de la verdad a todas las almas que se extravían, de tal suerte que no habrá ya sino un solo rebaño y un solo pastor».

¡Cómo se conmueve también en el Cielo la Virgen sacrosanta ante la confianza y amor de sus hijos! No tardará en bajar a la tierra, una y otra vez, para mostrar al pueblo fiel que no en vano, siguiendo la orientación y la voz de su Pontífice, ha puesto en Ella todas sus esperanzas como corredentora y medianera para con Jesucristo, mayormente en las horas graves que el mundo atraviesa.

Cierto que al escuchar las palabras alentadoras de Pío IX, «algunos católicos como indica el Padre Ramière esperarían tal vez una intervención inmediata de la Virgen Inmaculada, con la persuasión de que en un momento los enemigos de la Iglesia, derribados como San Pablo en el camino de Damasco, quedarían transformados en servidores files».

Si no es este el plan ordinario de la Providencia en la economía de la gracia respecto de los individuos en particular, menos puede serlo en cuanto a la sociedad entera. El amor de Dios, delicadísimo al respetar el don precioso de la libertad humana para hacer al hombre acreedor, por decirlo así, con perfecto derecho, a sus magníficas y eternas recompensas, se ve frecuentemente rechazado. Pero en su presciencia infinita conoce el curso de los acontecimientos humanos hasta el fin de los tiempos, y nada le impide descubrir por un momento el velo para manifestar al mundo por medio de divinos mensajes si esos hombres y esas sociedades, ahora ciegos y sordos a su voz, volverán por fin un día al redil del Buen Pastor, instados por nuevos y amorosos llamamientos, a la vez que decepcionados y abiertos ya los ojos ante el fracaso de todos los medios humanos en que por tanto tiempo confiaron.

¿No se ha escuchado ya la voz amorosa del Señor manifestándose a la feliz vidente de Paray y prometiendo al mundo que su Corazón divino triunfará?

Cuando llegue la hora señalada, su Madre benditísima será de nuevo la esplendorosa aurora que anuncie y prepare el despertar del nuevo y feliz día en que habrá de reinar en el mundo, como Madre, juntamente con Él, por libre y espontáneo reconocimiento de una sociedad mil veces más dichosa que la nuestra.

Y María prepara los caminos del Señor con maternales mensajes.

Sólo cuatro años han transcurrido desde el momento de la definición dogmática de que hemos hablado y ya desciende a la campiña fresca y risueña de Lourdes; posando su planta virginal en la gruta de Massabielle: «Yo soy la Inmaculada Concepción», declara en solemne confirmación de las palabras del Pontífice; y respondiendo a la vez a sus esperanzas que reclaman la mediación de la celestial Reina, pide al mundo la preparación que le exige, por cuanto necesaria, para derramar sobre él a torrentes las gracias que por voluntad de su divino Hijo le reserva: «Penitencia, penitencia», repite. Y tanto desea inculcar el espíritu de oración que Ella misma, como buena y cariñosa Madre que con su ejemplo ha de enseñar y alentar a sus hijos pequeñitos, va pasando lenta y silenciosamente las cuentas de su Rosario.

¿Entendió el mundo católico su mensaje de oración y penitencia como supo comprender las alegrías y las glorias de su triunfo? ¿Será preciso que nuevas convulsiones sociales y más intensas luchas fratricidas hagan sentir al hombre la trágica inminencia del peligro?

Ciertamente, «el estudio de las vías seguidas por la Providencia en lo pasado induce a creer que el triunfo total de la Iglesia sobre sus enemigos no vendrá sino cuando éstos hayan desatado contra ella todo su furor y parezca que han logrado completa victoria».

Momentos difíciles los que le han de preceder. ¿No hemos entrado tal vez en sus comienzos? Todo parece indicarlo. Pero si un tiempo el pueblo escogido fue salvado del Ángel exterminador en gracia a la señal convenida, marcada en sangre sobre el dintel de sus puertas, ¿dejará de reconocer el Señor en las actuales generaciones el sello de sus divinas misericordias con que nos ha marcado y distinguido, al inspirar a Su Santidad León XIII que consagrara a la Humanidad entera al Corazón de Jesucristo? He aquí nuestro timbre de gloria, si sabemos aprovecharlo, y el motivo de esperanza en medio de tanta humillación.

No; no nos dejará la Virgen Inmaculada. Mostrará que es nuestra Madre, descenderá de nuevo a la tierra.

He aquí que en la primavera de 1917, al tiempo que Europa se desangra en una guerra cruel, cuando en Rusia está próxima a establecerse la era comunista y el Pontífice entonces reinante, Benedicto XV, alarmado ante tanta desgracia, se dispone a ordenar la invocación: «¡Regina Pacis, ora pro nobis!», en el rezo de las letanías lauretanas, se manifiesta María al mundo precisamente en la bendita tierra portuguesa, que acaba de sufrir también la vehemencia del odio anticlerical e irreligioso, y desde allí habla claramente a sus hijos como Medianera de esa paz ansiada, que es prenda y es premio del Reino de Cristo y les ofrece todo su inmenso corazón de madre con la más dulce de las promesas: «mi Corazón Inmaculado triunfará».

¿Lugar que escoge la Reina de los Cielos para este su último y misericordioso mensaje?

¡Fátima!

Pueblecillo pobre y antiguo, de nombre netamente árabe, su origen se pierde en remota y piadosa leyenda. Oculto en uno de los contrafuertes de la Sierra de Aire, a unos 100 kilómetros de Lisboa se halla casi en el centro de la hermosa Nación portuguesa; pero hace tan sólo una veintena de años ¿quién hubiera recordado su nombre? Cierto que sus alrededores fueron en el siglo XII escenario de gloriosas luchas en la guerra contra el Islam, como lo fueron también en las batallas por la independencia portuguesa. En memoria de esta última victoria lograda en la vigilia de la Asunción de María del año 1385, el Rey Juan había levantado un magnífico templo a Nuestra Señora de la Victoria, y anejo un convento que se llamó de la «Batalla», y fue luego confiado a los Padres Dominicos, los cuales con tanto celo propagaron por toda aquella comarca la devoción del Santo Rosario, que arraiga en el pueblo y conservada hasta nuestros días ha sido hermosa preparación a las gloriosas jornadas que hacen que hoy día el eco de Fátima resuene en el mundo entero con el deje de lo sobrenatural.

En lo alto de la sierra

Es el 13 de mayo de 1917. Tres pastorcillos de Aljustrel, aldea dependiente de Fátima, caminan alborozados, pisando brezos y cañejas por lo alto de la Sierra. Lucía, la mayor, cuenta diez años de edad y sus primitos Francisco y Jacinta tienen nueve y siete respectivamente. Hoy han reunido sus ovejas y para apacentarlas se dirigen a la «Cova da Iría», es decir, cuenca o valle de Iria, así llamado por la configuración del terreno que semeja un inmenso anfiteatro. En aquel apartado erial, los parientes de Lucía poseen una pequeña propiedad.

¡Qué bonito domingo de cielo azul y sol esplendoroso! Los tres niños han almorzado ofreciéndose mutuamente sus pequeñas provisiones, pan de centeno, queso y aceitunas. Es la hora del mediodía y no olvidarán el rezo del Rosario. Aunque traviesos y no exentos de los defectos y pasioncillas propias de su edad, aman mucho a la Virgen y a Jesús que saben oculto por su amor en el Sagrario, y les ofrecen sus infantiles sacrificios. Cuando hayan contemplado a la Reina de los Cielos, que ahora les hablará, subirán en rápida ascensión el atajo hacia la santidad. Pero es preciso hacer notar que a las gracias de la celestial Señora han sabido disponerse con su buena voluntad y los pequeños esfuerzos que en su corta edad han podido ofrendar al Señor.

Casi un año ha pasado desde que un Ángel, precediendo a la Reina de los Ángeles en celestial embajada, les había enseñado a orar y ofrecer sacrificios por las almas pecadoras, orientando ya sus pensamientos hacia los grandes problemas del orden sobrenatural. Largo tiempo para aquellas imaginaciones infantiles, diríase que han casi olvidado al celestial mensajero. Hoy, rezada su parte del Rosario, se disponen a comenzar su juego predilecto: la construcción de pequeñas chozas; no les falta abundante material: piedras, ramas secas por el suelo.

Ante la Reina del Cielo «¿Queréis?»

Son las doce y el sol está en el cenit. He aquí que el reflejo vivísimo de una luz, algo así como un relámpago, deja a los niños sobrecogidos.

¿Será una tormenta que se avecina?

Interrogan con su mirada al cielo, pero ni la más tenue nubecilla empaña la inmensidad azul del firmamento. No obstante, temerosos, reúnen sus ovejas y a toda prisa las empujan por la cuesta hacia la derecha. Otra claridad más intensa y sobre la copa de una encina, una aparición celestial que irradia suavísima luz en la que han quedado envueltos. Según descripción de Lucía, «era una Señora vestida de blanco, más brillante que el sol». De sus manos juntas ante el pecho pende un Rosario: Sus labios se abren, acomodando el lenguaje a la tierna edad de los videntes:

«¡No tengáis miedo, yo no os haré ningún daño!»

Lucía se atreve a hablar y se entabla el diálogo.

-«¿Usted de qué pueblo es?»

«Soy del Cielo».

« Y ¿qué es lo que usted me quiere?»

«He venido a pediros que vengáis aquí, a esta misma hora, el 13 de cada mes, por seis veces seguidas, en octubre os diré quién soy y qué cosa quiero de vosotros».

Continúa el diálogo y por fin les dice:

«¿Queréis ofreceros al Señor dispuestos a sacrificaros y aceptar con gusto las penas que él quiera enviaros, en reparación de tantos pecados con los que se ofende a la divina majestad, para alcanzar la conversión de los pecadores y en reparación de las blasfemias y de todas las ofensas hechas al Inmaculado Corazón de María?»

«¡Sí, loqueremos!» responde Lucía en nombre de los tres.

«Tendréis que sufrir» les anuncia la Señora. «Pero la Gracia de Dios os confortará».

Y diciendo esto, separó las manos que tenía juntas, irradiando sobre los videntes un haz de luz misteriosa, tan intensa y a la vez tan íntima que, según testimonio de Lucía, «penetrándonos en el pecho hasta lo más íntimo del alma, nos hizo ver a nosotros mismos en Dios más claramente que en el espejo más terso… Entonces, por impulso irresistible, caímos de rodillas, repitiendo intensamente: ¡Oh Santísima Trinidad, yo os adoro! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Yo os amo!…»

La Señora, como última recomendación, les dice:

«Rezad el Rosario todos los días con devoción para obtener la paz del mundo».

El diálogo, que hemos abreviado, ha durado unos diez minutos.

La paz; la guerra. ¿Qué impresión debieron producir estas ideas en aquellos inocentes niños que sólo conocían sus pequeñas querellas infantiles? Ellos obedecen, y desde aquel día se entregan con austeridad de cenobita a todos los sacrificios que en su sencillo ingenio han sabido inventar.

Y crece en ellos, grande, intenso, el amor a aquella Señora que adivinan ya ser la Virgen María.

Se han prometido mutuamente secreto, mas la pequeña Jacinta, así que llega a su casa, se lo ha contado todo a su madre, que está muy lejos de dar crédito a tan interesantes narraciones.

Permisión de Dios, para sus altos fines. La noticia se divulga y al acudir los niños a la cita en meses sucesivos, eran primero unos cuantos, luego varios miles, las personas que les acompañaron.

Detenernos en cada una de las manifestaciones, sería alargar excesivamente este relato. Ni nos será posible detallar cuánto hubieron de sufrir los pequeños videntes por parte del entonces masón y anticlerical Alcalde de Villa Nova de Ourem, a cuyo distrito pertenece Fátima. Diremos tan sólo que levantó contra los inocentes niños una verdadera persecución, seguida de encarcelamiento y penosos interrogatorios, con la amenaza de arrojarlos a una caldera de aceite hirviendo.

En cuanto a las palabras de la Virgen en las siguientes apariciones, dejando de lado las dirigidas principalmente a bien espiritual de los videntes, transcribiremos las que constituyen propiamente el mensaje de María al mundo. Algunas ideas se repiten en las diferentes manifestaciones: el encargo del rezo del Rosario de ofrecer sacrificio por los pecadores, ya que muchas almas se pierden porque no hay nadie que se sacrifique y ruegue por ellas… la idea de la reparación por tantos ultrajes… la plegaria por la paz…

El Corazón Inmaculado de María

Las más grandes confidencias de la Reina de los Cielos, guardáronlas los niños en secreto, por encargo de la misma Señora; sólo años más tarde, Lucía, que abrazó el estado religioso, obedeciendo a su Director espiritual, así como a nuevos deseos del Señor, y luego al mandato del señor Obispo de Leiría, las fue exponiendo en dos documentos por escrito.

Transcribimos de las referidas versiones:

La celestial Señora les dijo:

«A Jacinta y Francisco vendré a llevármelos pronto. Tú, empero, debes permanecer aquí abajo más tiempo. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado… Este será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios».

En el documento escrito por mandato expreso del señor Obispo explica más tarde la visión que tuvieron del infierno y en la que contemplaron demonios y almas en forma humana semejantes a brasas encendidas, lanzadas en todas direcciones como chispas de un gran incendio. Penosa pero necesaria preparación para que aquellas almas inocentes fueran capaces de comprender la última y principal parte del mensaje.

-«Habéis visto el infierno les dice la señora adonde van a parar las almas de los pobres pecadores. Para salvarlos, el Señor quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado. Si se hiciere lo que os diré, muchas almas se salvarán y vendrá la paz.

La guerra va a terminar; pero si no cesan de ofender al Señor, no pasará mucho tiempo, en el próximo pontificado (de Pío XI) empezará otra peor.

Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que aquello es la gran señal que os da Dios de que está próximo el castigo del mundo por sus tantos delitos, mediante la guerra, el hambre y las persecuciones contra la Iglesia y contra el Santo Padre.

Para impedirlo vendré a pedir la consagración del mundo a mi Corazón Inmaculado y la comunión reparadora los primeros sábados de mes. Si fueran atendidas mis súplicas, Rusia se convertirá y habrá paz. De otra suerte, una propaganda impía difundiría por el mundo sus errores, suscitando guerras y persecuciones contra la iglesia; muchos buenos serán martirizados, y el Padre Santo tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas…

Al fin mi Corazón Inmaculado triunfará» Y da a entender que un día Rusia se convertirá y se concederá al mundo una pausa de paz.

Hasta aquí el relato de Lucía.

También la pequeña Jacinta repetía, próxima a morir, entre enero y febrero de 1920: «Si los hombres no se enmiendan, el Señor enviará al mundo un castigo como nunca se ha visto igual; y primeramente a España». Y hablaba del principio de grandes acontecimientos mundiales para 1940.

Ya anteriormente, en la época de las apariciones, se le había oído exclamar: «¡Lucía! ¿Has visto al Padre Santo? No sé cómo ha sido, pero le he visto en una casa muy grande, arrodillado, con el rostro entre las manos, y lloraba. Afuera había mucha gente; algunos tiraban piedras; otros decían imprecaciones y palabrotas. ¡Pobre Padre Santo!».

Y en otra ocasión: «¡Mira!… ¿no ves muchos caminos, senderos y campos llenos de gente, que llora de hambre y no tiene nada para comer? ¿Y al Padre Santo en una iglesia al lado del Corazón de María, rezando? ¿Y mucha gente rezando con él?» ¡Grande y misericordioso el Señor que revela estas cosas a los pequeñuelos!

Mas era necesario que el mundo diera fe a la palabra de los niños. Y para muchos espíritus prevenidos o poco crédulos, ni el grandioso contenido del mensaje revelado asimples pastorcillos en tan temprana edad, ni el prodigio aun mayor de santidad obrado por María en el alma de los pequeños videntes del que dieron pruebas manifiestas, hubieran bastado a rendirle a la veracidad de sus afirmaciones.

Pero la Virgen, al fin nuestra Madre, siempre buena y misericordiosa: «yo haré un milagro para que todo el mundo pueda creeros», promete a Lucía, que se lo ha pedido, suplicante. Y en la última aparición, que corresponde al 13 de octubre a la hora exactamente señalada, cierra con broche de oro en breves palabras de despedida, y rubrica con el signo del milagro cuanto les ha ya manifestado:

« Yo soy nuestra Señora del Rosario. Yo he venido para exhortar a los fieles a que cambien de vida y no aflijan más con el pecado a nuestro Señor, ya demasiado ofendido; a que recen el Santo Rosario y hagan penitencia por sus pecados».

Y al alejarse, les muestra con un gesto de la mano la dirección del disco solar.

Se produce el hecho portentoso. Cesa al instante la lluvia y el sol comienza a girar vertiginosamente lanzando ráfagas de luz en variadísimo colorido; parece a veces desprenderse del cielo y caer sobre la multitud atemorizada. Acabado el fenómeno solar, toda aquella gente calada por la lluvia, se encuentra súbita y completamente seca.

Aunque en gran manera interesante, no nos hemos detenido en detallar más un hecho ya de todos conocido. Presenciado por más de 70. 000 personas, la Prensa portuguesa y extranjera habló de ello en su día largamente, y con superior autoridad lo describe el señor Obispo de Leiría en su Carta Pastoral sobre el culto a Nuestra Señora del Rosario de Fátima.

¿Ha comprendido el mundo católico el mensaje de su Reina y Señora?

Un peligro nos parece que puede anublarlo ante sus ojos: El dormirse en la confianza cosa que encaja a maravilla con nuestra natural tendencia a la comodidad de que todo lo malo, con tan impresionantes palabras anunciado, ha pasado ya. Confianza que en no pocas ocasiones se acompaña a su vez de un modo de pesimismo que no acierta a vislumbrar pueda venir para nuestro triste mundo ninguna época mejor. Todos los tiempos fueron malos. Es frase consagrada.

¿No será más sensato que apliquemos todo nuestro esfuerzo a cumplir los deseos y atender las graves amonestaciones de nuestra Madre benditísima, suplicándole nos libre de los males inmensos que pueden sobrevenir a esta desgraciada sociedad, si se hace todavía sorda a su voz? ¿Y que sobre todo, por encima de esos temores, pongamos en Ella, toda, toda nuestra confianza?

Sí; lo repetimos alborozados.

¡Su Corazón Inmaculado triunfará!

Y como canta David en su visión profética, añadimos con entusiasmo:

A la derecha del Rey, está la Reina con vestidura recamada en oro y engalanada con variados adornos. (Salmo 44)

María-Luisa de Aranzadi

El Espíritu Santo y la Santísima Virgen

holyspirEn la primera parte del Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen comienza san Luis Mª Grignion de Montfort por establecer las excelencias de esta devoción y se inspira, como principio fundamental, en que la devoción a la Santísima Virgen forma parte integrante de la voluntad eterna de Dios, esto es, que:

«Habiendo querido Dios empezar y concluir sus más grandes obras por la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará de conducta en el transcurso de los siglos, pues es Dios y no varía en sus sentimientos ni en su proceder».

La más grande obra realizada por Dios al comienzo de su obra redentora es la Encarnación de la que María es condición necesaria con necesidad de medio pues sin María no hubiera habido Encarnación. De María se habla poco en el Evangelio, pero la Encarnación está explicada con mucho detalle. «¡Oh admirable e incomprensible dependencia de un Dios! El Espíritu Santo, para demostrarnos todo su valor, no ha podido pasarla en silencio en el Evangelio».

El plan inmutable de Dios es que así como Cristo vino al mundo, para nuestra salvación, por medio de María, del mismo modo quiere que sea por medio de Ella como ha de producirse la salvación en cada hombre. «El Eterno Padre ha comunicado a María su fecundidad, en cuanto una pura criatura podía recibirla, a fin de darle poder para engendrar a su Hijo y después a todos los miembros de su Cuerpo místico».

Y esto, que es verdad perenne, será más explícitamente manifestado cuando venga el Señor Jesús, en la segunda venida en los últimos tiempos: «Si, pues, como es cierto, el reino de Jesucristo ha de venir al mundo, no será sino consecuencia necesaria del conocimiento del reino de la Santísima Virgen María, que le trajo al mundo la vez primera y le hará resplandecer en la segunda venida».

En la medida en que estamos más cerca de la segunda venida de Cristo hemos de estar más dispuestos a vivir el reinado de María que nos hará capaces de recibir al mismo Señor y su reino definitivo. De hecho, Grignion de Montfort advierte reiteradamente que el conocimiento de María se va revelando paulatinamente a la Iglesia, conforme lo necesitan más los fieles por la dificultad de los tiempos -que san Luis María consideraba ya muy malos en su tiempo.

San Luis María no se detiene en la constatación de hecho de este principio que hemos señalado al comienzo sino que señala la razón del mismo, basándose en el modo concreto como se realizó la Encarnación, esto es, mediante la acción del Espíritu Santo en la humilde Virgen de Nazaret y, a este respecto, escribe estas bellas y profundas palabras, que serán el centro de nuestra atención en esta exposición:

«El Espíritu Santo, que no produce otra persona divina, se ha hecho fecundo por María, con quien se ha desposado. Con Ella, en Ella y de Ella ha producido su obra maestra, que es un Dios hecho hombre; produce todos los días y producirá hasta el fin del mundo los predestinados, que son los miembros del Cuerpo de esta Cabeza adorable; por eso, cuanto más encuentra a María, su cara e indisoluble Esposa, en un alma, tanto más deseoso y decidido se muestra a producir a Jesucristo en esa alma, y a esa alma en Jesucristo».

Este texto se nos antoja el más profundo y el que propiamente da razón de aquellos otros, bien justamente famosos, en que llama a María el «molde» de Jesús, allí donde fácilmente se formará el cristiano a semejanza de Jesucristo porque «ha sido echado en el mismo molde en que se formó un Dios hecho hombre». Esta comparación de María como molde en donde reproducir la imagen de Cristo es muy expresiva y sirve para contrastarla con la acción escultórica en que se pretende, a puro golpe de cincel, modelar una escultura, con todo el riesgo de error que ello conlleva. Esta gráfica idea está expresada en los ns. 219-221. No nos detendremos a comentar estas palabras tan verdaderas y prácticas porque en ellas no se hace mención del Espíritu Santo que es lo que directamente se pretende en este artículo.

La eficacia de la acción salvadora procede del mismo Dios, esto es, del Espíritu Santo, a quien en el Credo llamamos «Señor y dador de vida» porque nos la da y en el más alto grado, la vida de la gracia, la vida sobrenatural. Pero el Santo nos advierte que el Espíritu Santo tanto más realiza esta acción vivificante y santificadora en un alma si ve en ella a María. El Espíritu Santo es el Esposo divino de María, de modo que si pensamos que la santidad es esencialmente el ser «otros Cristos», es muy coherente observar que esta acción engendradora del Dios-hombre la realizará el Espíritu Santo con una prontitud y espontaneidad -diríamos, si vale la expresión paradójica- con una gran «naturalidad» si ve que aquella alma posee a María por su devoción, por su entrega y, en definitiva, por su consagración.

Al decir que el Espíritu Santo se ha hecho fecundo «por» María, añade de inmediato, no se ha de entender que Ella comunique al Espíritu divino esta fecundidad, pues la tiene por esencia, sino que en María encuentra el Espíritu la disposición a recibirlo. Cf. n. 21.

Los cristianos saben que el Espíritu Santo es el Espíritu que Cristo nos envía desde el Padre para que habite en nosotros y nos santifique. Pero pueden no caer en la cuenta de que esta acción «económica» del Espíritu Santo, su misión entre los hombres, la realiza al modo como tuvo su primera acción en el mundo, la cual no fue sin María. Cristo es el primer hombre, la cabeza de la humanidad redimida, el nuevo Adán y no puede ser distinto el modo como actúa el Espíritu Santo en la cabeza y en los miembros. «Una misma madre no da a luz la cabeza sin los miembros».

La solidez de esta doctrina es indiscutible según atestigua la más antigua tradición de la Iglesia y que el Concilio Vaticano II ha recogido expresamente, en palabras de san Agustín, diciendo que «[La Virgen María] es verdadera madre de los miembros (de Cristo)… por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza». La mediación de María en la actuación del Espíritu Santo en cada hombre está afirmada en el Catecismo: «Por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en comunión con Cristo a los hombres». Y de ahí deriva su maternidad espiritual: «Al término de esta misión del Espíritu, María se convierte en la “Mujer”, nueva Eva, “madre de los vivientes”, Madre del Cristo total (cf. Jn 19, 25-27)».

En este artículo se va a poner el texto fundamental de san Luis María, arriba citado, acerca del singular papel de la Virgen María en la actuación del Espíritu Santo sobre cada una de las almas de los cristianos, en relación con un pasaje evangélico de la mayor relevancia como es el comienzo del capítulo tres del Evangelio de san Juan, donde se narra el diálogo entre Jesús y Nicodemo que nos introduce de modo explícito en esta consideración de la acción fecundante del Espíritu Santo en cada alma que la hace nacer a una nueva y superior vida.

Leemos en san Juan la escena del diálogo nocturno entre Jesús y el fariseo Nicodemo, maestro de la Ley, quien atisba la procedencia divina de Jesús manifestada por sus obras extraordinarias y parece como si quisiera entrar en esta nueva doctrina. Nicodemo, incipiente discípulo -que no parece hipócrita, como otros que se cruzan en el camino de Jesús-, descubre que lo que hace Jesús es de Dios «porque nadie -le dice- puede hacer esas señales que tú haces si Dios no está con él». Pero Jesús le sale al paso -como suele hacer siempre-, al ver que Nicodemo está todavía lejos de reconocerlo como verdadero Hijo de Dios. En efecto, no basta reconocer que «Dios está con él (en minúscula)»; hay que llegar a aceptar que el Hijo del hombre es también el Hijo de Dios. Pero es muy sorprendente el modo como lo hace. En efecto, a renglón seguido de la declaración de Nicodemo responde Jesús: «En verdad, en verdad te digo: si uno no fuere engendrado de nuevo no puede ver el reino de Dios».

¿Por qué Jesús le advierte, de sopetón, que es preciso nacer, ser engendrado, de nuevo? La respuesta parece clara: Jesús le enseña -justamente por su buena disposición- que todo ha de ser nuevo en la comprensión y práctica de su doctrina pues de otro modo el discípulo se queda -como tantos judíos que le seguían porque le veían hacer cosas extraordinarias- en lo externo. Estos que no nacen de nuevo son los que rechazarán a Jesús en las dos grandes ocasiones: cuando les hablará de la Eucaristía -que es el pan indispensable de la nueva vida- y cuando le verán perseguido, acusado y sentenciado por los poderes políticos y religiosos -esto es, cuando la salvación se alcanza al precio de la entrega de esta vida terrena-. Es pues necesario nacer de nuevo.

Santo Tomás de Aquino, en su comentario al Evangelio de san Juan advierte que el término latino «denuo» -que nosotros traducimos al castellano por «de nuevo»- es la traducción que san Jerónimo hizo del término griego anothen, el cual propiamente debería traducirse al latín por «desuper» (en castellano, «desde arriba»). Con esta observación nos instala en el núcleo y la intención de las palabras de Jesús. En efecto no se trata meramente de nacer «de nuevo» en el sentido de nacer «otra vez» -¿para qué serviría esto?-, sino de nacer «desde arriba» lo cual a fortiori es un nuevo nacimiento pero no la repetición del anterior. Santo Tomás nos da a conocer que san Juan Crisóstomo señaló que nacer «desde arriba» se diría sólo del mismo Jesús que, siendo Dios, ha nacido «desde arriba» por ser el Hijo unigénito del Padre, pero el Aquinate observa que también se puede decir de los hombres regenerados por Cristo que han nacido «desde arriba», pues como dice san Pablo en su carta a los Romanos «a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, en orden a que fuese el primogénito de muchos hermanos». «Por ello -dice- porque aquella generación [la del Hijo de Dios] es de lo alto (superna) también nuestra generación es desde arriba

Fijémonos de nuevo en el diálogo evangélico. La condición impuesta por Jesús no es fácil de asimilar y las palabras de Nicodemo demuestran esta dificultad aparentemente insoslayable: «¿Cómo puede un hombre nacer, si ya es viejo? ¿Acaso puede entrar segunda vez en el seno de su madre y nacer?». La escena ha llegado rápidamente a su punto culminante. ¿Habla Jesús en parábolas? ¿Se trata sólo de un lenguaje metafórico? ¿Es esta expresión nacimiento una manera de hablar, diríamos, un tanto exagerada, para referirse, en realidad, a una mera «conversión»? En este caso, el nacimiento sería como una «alegoría» usada por Jesús, pero que no habría de ser entendida literalmente.

Pero hemos de agradecer a Nicodemo que lo tomara literalmente y no ocultara su extrañeza, porque dio pie a Jesús para aclarar si verdaderamente se trataba de algo literal o sólo metafórico. A muchos les gustan las lecturas meramente «alegóricas» que huyen, por principio, de la interpretación literal del Evangelio, que, en cambio, tanto provecho ha hecho a los santos.

La respuesta de Jesús muestra que la expresión empleada no es metafórica sino real, con la única precisión que Él no ha dicho que haya de ser un nacimiento «carnal» -esta es la interpretación de Nicodemo- sino simplemente un «nacimiento» y aclara, en su respuesta, que es un nacimiento espiritual, pero nacimiento al fin. E insiste en la precisión del término empleado repitiéndolo: «No te maravilles que te haya dicho: es necesario que nazcáis de nuevo».

Santo Tomás comenta que lo que Nicodemo considera imposible desde el punto de vista carnal, que alguien pueda volver al vientre de su madre, sí es posible espiritualmente porque «cualquiera, por grande que sea, puede, por el bautismo, entrar en el “útero espiritual esto es, en la Iglesia”». Lo que santo Tomás atribuye a la Iglesia, el lugar donde se nace a la vida del Espíritu, lo es, con igual y mayor motivo la Virgen María. En efecto, el Concilio Vaticano II, al hablar de la fecundidad de la Virgen y de la Iglesia, refiere a la Iglesia el hacer la misma función maternal de la Virgen, con estas palabras: «La Iglesia, contemplando su profunda santidad e imitando su caridad y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, se hace también madre…». Según deja claro este texto conciliar no es María quien imita a la Iglesia sino la Iglesia la que imita a María en esta función maternal, pero esta verdad no estaba tan clara en tiempos de santo Tomás.

Las literales palabras de respuesta de Jesús afirman que el nacimiento al que se refiere como venido de lo alto se hace por el agua y el Espíritu Santo: «En verdad, en verdad te digo, quien no naciere de agua y Espíritu no puede entrar en el reino de Dios». La Iglesia ha interpretado siempre este fragmento como una referencia al bautismo. Pero ha de aceptarse que Jesús no habla aquí sólo de la necesidad del bautismo sino que, por el contexto de todo el diálogo, puede sostenerse que Jesús da una doctrina general de lo que significa el nacer a la nueva vida en Cristo.

Toda la cuestión, por tanto, estriba en entender si es legítima la tesis general de san Luis María: siempre que ha de nacer un alma a la nueva vida de la gracia, esto es, a conformarse con Cristo sólo puede hacerse en el seno de la Virgen donde se engendró el Hijo de Dios. Creemos que efectivamente -siempre a la luz del texto montfortiano- la Virgen María estaría representada en el texto del Evangelio de Juan por el «agua». ¿Es aceptable esta interpretación? Naturalmente, sabemos que el agua es la materia del sacramento del bautismo. Pero santo Tomás dice, en la Suma Teológica, al tratar del bautismo, que el agua simboliza la generación. Y como simboliza la generación en el orden natural es adecuada para significar la generación en el orden sobrenatural. Y la misma significación se declara en la liturgia de la noche pascual al bendecir el agua. Y en el Catecismo de la Iglesia Católica se lee: «Desde el origen del mundo el agua, criatura humilde y admirable, es la fuente de la vida y de la fecundidad».

Pero la Virgen Santísima es, sin ninguna duda, nuestra Madre en el orden de la gracia, como dice el Concilio Vaticano II. Luego está muy bien representada por el agua en tanto que el agua simboliza aquello de donde emerge la vida.

Esta interpretación se funda en que San Luis María Grignion de Montfort nos enseña que la revelación de la totalidad de la doctrina acerca de María se hizo de modo gradual pues era preciso que se supiera primero con claridad que el único esencialmente fecundo es el Espíritu Santo, pero que era necesario que se fuera sabiendo de modo más preciso que esta acción salvífica esencial se realiza mediante la disposición que el Espíritu halla en cada hombre que ha de ser salvado, como la halló en María. La gradualidad del conocimiento de la acción salvífica de María se ha ido conociendo cada vez con mayor perfección, tal como lo señala el Concilio: «Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento y la Tradición venerable manifiestan de un modo cada vez más claro la función de la Madre del Salvador en la economía de la salvación y vienen como a ponerla delante de los ojos».

Es muy de advertir la expresión «de un modo cada vez más claro» al ponerla particularmente en relación con la economía de la salvación de todos los hombres. Tal es exactamente el mensaje y la actitud de san Luis Mª Grignion. Y esto es lo que ha hecho el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, poner ante los ojos de los cristianos la necesaria intervención de María en la economía de nuestra salvación.

Volvemos al texto evangélico. Nicodemo, que ya ha entendido que se ha de nacer del Espíritu y no de la carne, sigue sin entender cómo puede haber nacimiento por obra del Espíritu. «Respondió Nicodemo y dijo: ¿Cómo puede ser esto?». Está claro para él que Jesús se empeña en hablar de nacimiento, pero también está claro que él no entiende que pueda haber nacimiento por Espíritu. El Espíritu, piensa Nicodemo, puede «inspirar», puede «iluminar», puede «mover», pero no puede «hacer nacer». Esto ya ha sucedido una vez y para él, que es todavía carnal -«lo que procede de la carne, carne es, lo que procede del Espíritu, es espíritu», dirá Jesús- no hay más nacimiento en el sentido literal de la palabra que el nacimiento carnal. Pero para Jesús la cuestión es esencial y no hay otra palabra que exprese la condición para «ver», esto es, entender y vivir el reino, más que la de un nuevo nacimiento.

La reiterada perplejidad de Nicodemo y su expresa formulación, su «¿cómo puede ser esto?» nos invita a relacionarla con el «¿cómo será esto, pues no conozco varón?» de la Virgen en Nazaret. El tema es muy parecido, pues en ambos casos se trata de un nacimiento de forma no natural, pero con una actitud inversa: lo que en Nicodemo es perplejidad, incomprensión, en María es la respuesta satisfactoria. María sí entiende que el Espíritu hace nacer y puede hacer Madre a una Virgen, porque María está preparada para entender la voz del Espíritu que le transmite el Arcángel. Nicodemo, en cambio, no lo podía entender.

El momento clave de aquel diálogo se manifiesta cuando Jesús le quiere dar a entender que la primacía está siempre en Dios diciéndole: «Nadie ha subido al cielo, si no es el que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre».

Claramente manifiesta Jesús que Él no es un hombre que «hace prodigios porque Dios está con él» sino porque Él mismo es Dios. Dios no se ha fijado en un hombre; Dios se ha hecho hombre. Ahora bien, ¿cómo ha bajado Jesús del cielo? ¿Lo ha hecho de una manera humana de forma que excluya al Espíritu, o de manera «espiritual» de forma que excluya lo humano? Sólo hay una respuesta real: Jesús ha bajado del cielo en María y por María en quien el Espíritu Santo ha obrado toda su fecundidad.

El texto de san Juan es paralelo al comienzo del relato de la Creación del Génesis donde se menciona conjuntamente el agua y el Espíritu: «El Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas». Pero en el comienzo mismo del Nuevo Testamento esta conjunción agua-Espíritu es sustituida por la conjunción María-Espíritu, pues en la anunciación el ángel Gabriel dijo a María el modo cómo se realizaría su maternidad: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cobijará con su sombra; por lo cual también lo que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios».

Y así, tanto en la Creación como en la Redención, está presente este medio indispensable para que se realice la obra de Dios, pero reconociendo un plano superior en todo lo relativo a la Redención, recordando que si maravillosamente creó Dios la humana naturaleza más maravillosamente la restableció, como dice la oración que precede al ofrecimiento del vino, justamente al añadir un poco de agua al vino que ha de convertirse en sangre de Cristo.

Cuando del costado de Cristo brotó sangre y agua, es común interpretación que por el agua se representa la Iglesia, de la que la liturgia dice que nació del costado de Cristo. Santo Tomás dice que todos los sacramentos brotan del costado de Cristo muerto en la cruz. También aquí es evidente el paralelismo con la creación del mundo, pues la Iglesia procede del costado de Cristo como Eva nació del costado de Adán. Pero como hoy sabemos que María es la Madre de la Iglesia, es muy coherente interpretar que el agua es la Madre que Cristo acababa de entregar a Juan desde la cruz, del mismo modo que llamamos a Cristo nuevo Adán y a María nueva Eva. Muchos textos se aplican proporcionalmente a la Iglesia y a María.

El agua, como significación propia, es el medio necesario para que haya vida en el orden natural, como el Espíritu es la causa eficiente de que haya vida así natural como sobrenatural. La mayor maravilla a que nos lleva la acción santificadora, que está por encima y es la culminación de la acción creadora, hace que el agua, que es un elemento natural, sea una figura de una persona humana, y de santidad singular, como es la Virgen María, en la que brilla de modo eminente aquello que el agua simboliza, la pureza -que todo lo purifica- y la humildad -que se hace receptiva de todas las virtudes.

Así, el Concilio Vaticano II, siguiendo a san Epifanio, llama a María «Madre de los vivientes». Y en el plano que afecta de lleno a esta reflexión montfortiana afirma el Concilio «Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia», y poco más adelante, haciendo suyo precisamente el texto de la carta de san Pablo a los Romanos antes citado, dice: «Dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rom 8, 29), esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno». Son textos realmente impresionantes y san Luis María Grignion de Montfort no pretende decir más que estos mismos textos.

La eficacia intrínseca de los sacramentos instituidos por Jesucristo -cuando se realizan con las debidas materia y forma- no puede ser argumento para cerrar el paso a esta otra interpretación de carácter general por la que descubrimos la función maternal de María en la generación de la vida cristiana. La Iglesia declarará formalmente algún día, sin duda, que María es medianera de todas las gracias. Esta verdad indudable no anulará el rito del bautismo ni de la confesión ni ningún otro sacramento. Ella, ciertamente, no sustituye a los sacramentos, antes al contrario, nos lleva a ellos porque Ella ve en ellos la gracia que nos mereció Jesucristo, pero Ella es medianera también de estas gracias que, según san Luis María, atrae para bien de los hombres al atraer al Espíritu Santo; y nos ayuda con su protección a conservar la eficacia de los sacramentos una vez recibidos. Pero los que, porque ya tienen los sacramentos, se niegan a descubrir el papel singular de la Virgen María son, en definitiva, los nuevos jansenistas. Olvidan algo muy importante, y es que la Virgen María, si sabemos tomarla como verdadera Madre, es la principal garante de la virtud más fundamental, la humildad, sin la cual ninguna virtud se engendra ni se conserva.

A este respecto escribe san Luis María Grignion de Montfort: «¡Ah! ¡Cuántos cedros del Líbano y estrellas del firmamento se han visto caer miserablemente y perder toda su alteza y claridad en poco tiempo! ¿De qué ha procedido este extraño cambio? No fue falta de gracia, que a nadie falta, sino que fue falta de humildad. Se han juzgado más fuertes y más poderosos de lo que eran, más capaces de guardar sus tesoros; se han fiado y apoyado en sí mismos, han creído bastante segura su casa y bastante fuertes sus cofres para guardar el precioso tesoro de la gracia, y a consecuencia de esta confianza insensata que en sí tenían, aunque les pareciera que se apoyaban sobre la gracia de Dios únicamente, el Señor justamente ha permitido que hayan sido robados, abandonándolos a sí mismos. ¡Ay! Si hubiesen conocido la admirable devoción a María, hubieran confiado su tesoro a la Virgen poderosa y fiel, que se lo hubiera guardado como su bien propio, haciéndolo como un deber de justicia».

La Virgen María es el agua del Nuevo Testamento, la única dispuesta a recibir el Espíritu precisamente por su humildad. La humildad de María atrajo hacia sí la mirada de la Trinidad y la colmó de gracia hasta el punto de hacerla digna esposa del Espíritu. Esto es lo que dice el canto de adoración y acción de gracias de la Virgen: «Porque puso sus ojos en la bajeza de su esclava». Ella, haciendo de Madre, nos atrae la gracia de Cristo y es la garante de nuestra imprescindible humildad.

José María Petit

Santa Teresita y sus «vocaciones»

santa teresita 2Sería un absurdo decir que Santa Teresita es desconocida, pues desde el momento de su muerte, se extendió la fama de su santidad y se la veneró en todas partes, tributándosele a porfía homenajes y alabanzas, que lejos de desvanecerse y disminuir, fueron adquiriendo con el tiempo mayor extensión y brillantez.

Cuando a los 28 años de su muerte, como gloriosa excepción a la regla establecida, fue canonizada, este hecho constituyó un triunfo sin igual, que respondía no sólo a los deseos del mundo cristiano, reiteradamente manifestados, sino a la voz de Dios, que con toda su fuerza y magnificencia se dejó oír por medio de la Iglesia, rivalizando todos en la exaltación de su virtud y santidad.

Pío XI, al proclamar sus virtudes heroicas y milagros probados, la llama «la niña querida de su corazón» y le otorga la rosa de oro, ofrenda que S.S. reservaba sólo a las reinas; príncipes de la Iglesia la llaman también «la delicia del género humano», y multitudes de todas las partes del mundo, no menos enamoradas de la maravillosa armonía de su belleza que de sus virtudes, se sienten irresistiblemente atraídas hacia esa santita encantadora, que prometió mandar una lluvia de rosas y pasar su cielo haciendo bien a la tierra.

Mas este halo luminoso de belleza y virtud que la rodea y la hace tan familiar por la suavidad de sus maneras y su sonrisa angelical, al propio tiempo que favorece la expansión espontánea de su culto de un modo extraordinario, hasta el punto de que puede decirse que no hay iglesia ni capilla donde no se la venere, hace que con mucha mejor intención que acierto, se interpreten sus doctrinas de un modo dulzón, y hasta tal vez con una simplicidad morbosa, desviándose del camino por ella señalado y ocultando y reduciendo la profundidad y amplitud de su espíritu, con lo cual queda desfigurada la sublime pequeñez de la infancia espiritual, por una minimización de la santidad que se caracteriza únicamente por lo pequeño.

Por lo tanto, si no puede decirse que es desconocida, sin vacilar puede afirmarse que a pesar de lo extendido que esta su culto, no son pocas las personas que tienen de ella un conocimiento menos exacto.

En realidad, no es Santa Teresita la santita de los diminutivos empalagosos; su lluvia de rosas, no se limita a unos pétalos perfumados aunque descendidos milagrosamente; ni tampoco el bien que desde el cielo ha de hacer a la tierra se reduce a pequeños favores individuales aunque éstos sean muy apreciables y numerosos; es por el contrario la gran santa, cuya vocación universal y eterna, absorbe en sus múltiples manifestaciones, al par que lo grande y lo heroico, los pequeños actos de la vida ordinaria elevándolos al nivel de lo sobrenatural. No se empequeñece ni al descender a las cosas pequeñas, ni con su caminito de infancia espiritual, sino que estas mismas cosas pequeñas se hacen grandes por el valor que adquieren al influjo de su doctrina celestial, la cual no es más que un eco del Corazón Divino y la manifestación de su misericordia.

Sin embargo, para evitar estas desviaciones morbosas que ocultan la sublimidad mostrando sólo la pequeñez, no es preciso hacer conjeturas. Ella misma se nos muestra tal cual es al explicar sus vocaciones, que implican precisamente el conocimiento íntimo de la modalidad especial de su santidad. En el capítulo XI de su vida nos dice así:

«Ser vuestra esposa, ¡oh Jesús!, ser carmelita, ser por mi unión con Vos madre de las almas, debía bastarme. Pero yo siento en mí otras vocaciones: la de guerrero, la de sacerdote, la de apóstol, la de doctor, la de mártir… Querría llevar a cabo las obras más heroicas, me siento con el valor de un cruzado y querría morir en el campo de batalla en defensa de la Iglesia.

La vocación del sacerdote, ¡con qué amor, oh Jesús, os tendría en mis manos cuando mi voz os hiciera bajar desde el cielo!, ¡con qué amor os daría a las almas! Pero, ¡ay!, con todo el deseo de ser sacerdote, admiro y envidio la humildad de San Francisco de Asís, y siento la vocación de imitarle rechazando la sublime dignidad del sacerdocio. ¿Cómo realizar estos contrastes?

Querría iluminar las almas como los profetas y los doctores. Recorrer el mundo, anunciar vuestro nombre y plantar en tierra de infieles vuestra cruz gloriosa, ¡oh mi Bienamado! Pero una sola misión no me basta; querría anunciar el Evangelio en todas las partes del mundo, llegando hasta las islas más remotas. Querría ser misionero, no solamente algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y continuar siéndolo hasta la consumación de los siglos.

i Oh!, más que nada querría ser mártir. ¡El martirio!: he aquí el sueño de mi juventud; este sueño ha crecido conmigo en la pequeña celda del Carmen. Pero esto es otra locura, pues no deseo una sola clase de suplicio; para satisfacerme las necesito todas…

Querría morir desollada como San Bartolomé; como San Juan ser sumergida en aceite hirviendo; deseo como San Ignacio de Antioquía, ser triturada por los dientes de las fieras para convertirme en pan digno de Dios; con Santa Inés y Santa Cecilia querría ofrecer mi cuello a la espada del verdugo, y con Juana de Arco, ardiendo en una hoguera murmurar el nombre de Jesús.

Si dirijo el pensamiento a los tormentos inauditos que padecerán los cristianos en tiempos del Anticristo, siento que mi corazón se estremece, y querría que fueran reservados para mí todos estos tormentos. ¡Abrid, Jesús mío, vuestro Libro de la Vida donde se consignan las acciones de todos los santos; todas querría haberlas cumplido por Vos!»

La lectura de estos párrafos evidencia la aberración que se comete al considerar en ella sólo lo diminutivo y lo pequeño, porque demuestran, como remontándose con el vuelo majestuoso del águila, otea el infinito y descubre el magnífico panorama de todas las heroicidades y abnegaciones precisas para hacer triunfar la causa de Dios y se lanza valientemente a la liza indicando el camino a las multitudes innumerables que han de seguirla.

Tanto como la excelencia y sublimidad de estas vocaciones la caracteriza la certeza de que todas se cumplirán. Es de todo punto necesario que esta certeza estuviera sostenida por la fuerza sobrenatural de Dios, pues era tal, que no la hizo vacilar ni el presentimiento de su temprana muerte, ni el ver que siendo carmelita desde los quince años y cumpliendo con todo rigor y exactitud las reglas y encerramientos prescritos por nuestra Santa Teresa, se anulaba para la acción exterior que al parecer requería aquel cumplimiento.

Tampoco logró hacerla dudar el leer en las epístolas de San Pablo, que el cuerpo de la Iglesia se compone de diferentes miembros y que el ojo no puede ser la mano.

Entonces en vez de considerar temerarias estas aspiraciones de serlo todo, afirmase más la certeza de que lo será, y el contraste entre la quietud de su vida y los hechos que esto requiere, sólo hace que acuda a sus labios la misma discreta pregunta que la Virgen de Nazaret dirigió al ángel, cuando lo que le anunciaba tampoco podía verificarse por ninguna vía natural. ¿Cómo puede ser esto? Y como no tenía un ángel que con su contestación le resolviera la duda, buscó la respuesta atendiendo la voz de Dios por medio de las Sagradas Escrituras, y en las mismas epístolas de San Pablo encontró la solución. Veamos también cómo nos lo dice ella misma.

«El Apóstol explica cómo los dones más perfectos no son nada sin el amor y que la caridad es el camino más excelente para encontrar a Dios.

Considerando el cuerpo místico de la Santa Iglesia, no me había reconocido en ninguna de los miembros descritos por San Pablo, o mejor quería reconocerme en todas. La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo compuesto de diferentes miembros, el más necesario, el más noble de todos los órganos no había de faltarle, comprendí que sólo el amor movía los miembros y que si este amor se apagara, ni los apóstoles anunciarían el evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abraza todos los tiempos y todos los lugares porque es eterno».

Y «la paz fue su patrimonio, la paz plácida y serena del navegante que divisa el faro que le indica el puerto». Es decir, tuvo la seguridad de serlo todo y de cómo había de hacer para serlo.

Entonces sintió que el amor la consumía e hizo su solemne ofrenda como víctima del Amor Misericordioso, sumiéndola durante unos días en una especie de arrobamiento que la abstraía de todo cuanto la rodeaba. A partir de este momento, al influjo de los ímpetus de este amor, su alma fue adquiriendo la plena madurez mientras su cuerpo minado por la enfermedad caminaba con lenta rapidez hacia la muerte.

La voz de Dios le daba la íntima persuasión de que su ofrenda era aceptada y la guiaba «sin ruido de palabras y sin confusión de pareceres»; todos sus pensamientos y acciones convergían hacia el cumplimiento de su misión expresada en sus múltiples vocaciones y una seguridad siempre creciente le hacía decir: «En el cielo, Dios cumplirá todas mis voluntades porque jamás he cumplido mi voluntad en la tierra».

En cierta ocasión, no reparando en que su espíritu de sacrificio era lo único que físicamente la sostenía en pie, pues la fiebre la abrasaba, una de las hermanas le pidió su ayuda para un pesado trabajo de pintura. La Santa no pudo reprimir un ligero movimiento que denotaba cuanto le dolía esta incomprensión, y a continuación transcribimos una carta en la que ella comenta el hecho con su hermana y superiora, la Madre Inés de Jesús, que había sido testigo del mismo, y que además de demostrarnos que poseía la humildad que conoce los secretos que Dios vela cuidadosamente a los soberbios, este Dios que jamás se deja vencer en generosidad, no sólo le aseguraba que se cumplirían todos sus deseos, sino que cada vez le daba más prendas de esta seguridad.

«Madre bien amada: De pronto vuestra hija ha derramado dulces lágrimas; lágrimas de arrepentimiento y más aún de confianza y de amor. Hoy os he mostrado mi virtud, los tesoros de mi paciencia. ¡Yo que tan bien enseño a las demás! Estoy contenta de que hayáis visto mi imperfección. No me habéis reñido… pero lo merecía; de todos modos vuestra dulzura me ha dicho mucho más que las palabras severas; sois para mí la imagen de la divina misericordia.

Sí, mi hermana S…, por el contrario, es ordinariamente la imagen de la severidad del buen Dios. Pues bien, acabo de encontrarla. En lugar de pasar fríamente junto a mí, me ha abrazado y me ha dicho: «¡Pobre hermanita, me habéis dado lástima, dejad el trabajo que os he pedido, he hecho mal!»

Mas yo sentía en mi corazón la contrición perfecta, me he sorprendido al no recibir ningún reproche. Estoy convencida de que en el fondo me encuentra imperfecta; me ha hablada así porque cree que mi muerte está próxima. Mas no importa, no he oído más que las palabras dulces y tiernas que salían de su boca; entonces la he encontrado muy buena, y yo me encuentro muy mala!

Al entrar en mi celda me preguntaba qué es loque Jesús pensaba de mí. De pronto he recordado lo que dijo un día a la mujer adúltera: «¿nadie te ha condenado?», y yo con los ojos llenos de lágrimas le he respondido: «Nadie, Señor…, ni mi madrecita imagen de vuestra ternura, ni mi hermana S… imagen de vuestra justicia; y yo siento que puedo irme en paz, pues Vos tampoco me condenaréis».

¡Oh! Madre amadísima, oslo aseguro, estoy más contenta de haber sido imperfecta que si, sostenida por la gracia hubiera sido un modelo de paciencia. Esto me ha hecho tanto bien porque he visto como Jesús es siempre tan dulce, tan tierno para mí, por ello hay que morir de reconocimiento y de amor.

Madrecita, comprenderéis que esta tarde, el vaso de la misericordia divina se ha derramado para vuestra hija.

¡Oh! desde este momento, lo reconozco, sí, todas mis esperanzas serán cumplidas… sí, el Señor hará por mí maravillas que sobrepujarán infinitamente a mis inmensos deseos».

Por lo tanto desde este día ya sabe que no solamente se cumplirán todos sus deseos, sino que «Dios hará maravillas por ella que los sobrepujarán».

Y como si un raudal de luz divina proyectándose sobre el futuro, señalase vagamente los acontecimientos pero sin definirlos ni perfilarlos, ante sus ojos, próximos a cerrarse para las cosas de este mundo, van concretándose algunos conceptos; ya son los santos del cielo que la animan y le dicen: «Mientras eres prisionera no puedes cumplir tu misión; más tarde, después de tu muerte, este será el tiempo de tus conquistas». Ya ella misma asegura que no tendrá descanso hasta que el ángel diga «no hay tiempo», porque entonces el número de los elegidos estará completo; ya escribe a sus hermanos misioneros que «En el cielo no estará inactiva; trabajad por la Iglesia y por las almas y deseará lo mismo que ha deseado en la tierra amar a Dios y hacerle amar», O ya, al preguntarle sus novicias si las mirará desde el cielo, les contesta resuelta sin hacer ninguna reserva: «¡No, bajaré!».

Esta confianza culmina en la hora de la muerte, cuando ya siente próxima la voz del Esposo que le dice «Ven amada mía, paloma mía, ya el arrullo de la tórtola se ha oído, ya ha pasado el invierno…» exclama «no muero, entro en la vida» y «siento que mi misión va a empezar».

No es posible al hombre penetrar los arcanos de la Providencia, los designios de Dios como sus juicios son inescrutables, mas confiemos que en esta vida de Santa Teresita y en esta misión que empezaba al morir, se realizarán las maravillas de sus «Vocaciones» de un modo que sobrepujarán a sus inmensos deseos. Pero no podemos hacer otra cosa que creer y preguntarnos ¿cómo podrá ser esto?, ¿cuándo será?

María Asunción López