San José Jefe de la Sagrada Familia y Patrón de la Iglesia

//static.flickr.com/8250/8664201542_c2a35e53a3_m«Es preciso comenzar por reconocerlo. No sin un secreto designio de la Providencia, ha sido solamente de un modo tardío que la Iglesia ha tomado, con cierta amplitud, una actuada conciencia de la dignidad y de la santidad eminente de San José, Esposo Virginal de María y Padre putativo de Jesús» (Carta del cardenal Villot. 25 Nov. 1970).

Esta conciencia de la eminente santidad de San José, aunque adquiere una «mayor comprensión» en nuestros días, no puede desvincularse de la tradición secular de la Iglesia, y no podría ser de otro modo pues tiene su origen en la misma Revelación.

Cuando señalamos este origen en la misma Revelación, no afirmamos que San José recibiera desde los primeros momentos culto de ningún tipo. Como señala Cristiani, eso sería ignorar completamente el desarrollo de la devoción cristiana primitiva y la evolución del culto en la Iglesia de los primeros siglos. Pero es evidente que ya en el pensamiento de los primeros cristianos, José ocupaba un lugar destacado. Es aquí, desde la acepción que de la Revelación hacen los primeros cristianos, desde donde se puede señalar una verdadera evolución homogénea en la fe de la Iglesia.

Marín Solá dice que si señalamos una evolución en la fe (evolución homogénea en el mismo sentido y en la misma sentencia) esta no se hará respecto a la Revelación tal como está en la mente de Dios, pues ahí está simplicísimamente, como contenida en sus principios y no admite evolución alguna; tampoco será respecto a como está en la mente de los apóstoles, pues generalmente se ha admitido que ellos por ser los primeros y de quienes dependía la expansión del Evangelio tuvieron un conocimiento de la Revelación pleno, mayor del que alcanzará la Iglesia a lo largo de los siglos; si hay evolución en el conocimiento de la Revelación será según el modo en que los primeros cristianos la recibieron, tal como estaba en la mente de los primeros cristianos. Y esto es lo que pasa con San José. Si bien en un primer momento no recibió culto público alguno, es evidente que ya estaba su importancia contenida de alguna forma implícitamente en el pensamiento de los primeros cristianos, y desde ahí ha ido evolucionando hasta hacerse cada vez más explícito y manifiesto en la vida de la Iglesia.

Esta evolución del dogma, unida a la preeminencia que tenía en los primeros cristianos la vida de Jesús, no dan razón por sí solas sin embargo, del «Secreto designio» por el cual solamente después de mucho tiempo la Iglesia ha tomado una conciencia mucho más plena de la importancia capital de San José; la devoción a San José debía ir progresando poco a poco. Sin embargo, en los últimos tiempos, observamos un cambio cualitativo, que podemos considerar análogo y simultáneo al que se da en la piedad mariana. Es en este contexto donde queremos situar este «Secreto designio», por el cual en esta «era mariana» es «conveniente que el pueblo cristiano se acostumbre a invocar con piedad ferviente y espíritu de confianza, juntamente con la Virgen Madre de Dios, a su castísimo esposo San José, lo que tenemos la certeza de que ha de ser grato y conforme a los deseos de la misma Santísima Virgen» (León XIII Encíclica «Quamquam pluries).

Esta preeminencia de la Vida de Jesús se da también ahora y se dará siempre. Lo que ocurre es que en un principio esta preeminencia, y debido a la novedad del mensaje evangélico ocultaría la piedad del pueblo cristiano hacia lo que estaba conexo con la vida de Cristo. Era casi imposible que el pueblo cristiano adquiriera inmediatamente una comprensión de lo que la Iglesia ha ido profundizando durante siglos. Sin embargo ya hemos señalado que María y José ya ocupaban, aunque no recibieran culto desde el primer momento, un lugar destacado en la fe de aquellos cristianos, y que se ha hecho más explícito a medida que evoluciona (homogéneamente) la fe de la Iglesia.

León XIII nos sitúa en la perspectiva de la estrecha relación entre María y José, por la cual, al tiempo que crece considerablemente la devoción a María, causaría perplejidad que no aumentara la devoción a San José. Esta perplejidad es la que lleva a afirmar a Santa Teresa: «… que no sé cómo se puede pensar que la reina de los Ángeles en el tiempo que tanto tiempo pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ello» (Santa Teresa: «Libro de su Vida»).

La devoción a María debe llevar consigo la devoción a San José. Pero la piedad mariana crece fecundamente en relación al misterio de Cristo. Prueba admirable de la asistencia del Espíritu Santo la encontramos singularmente en el extenso desarrollo que el Concilio Vaticano II hace en la constitución Lumen gentium, señalando el puesto de María en el misterio de Cristo y de la Iglesia, ratificando y consolidando la dirección que el sentir del pueblo cristiano había tomado en los últimos tiempos.

Análogamente a este crecimiento de la piedad mariana en relación a los misterios de Cristo y de la Iglesia, la devoción a San José «tiene su fuente en la piedad y el amor de los católicos hacia el misterio de la Encamación» (Citado por el P. Ramière de un artículo en L’Univers del 17 de febrero de 1870). El amor al misterio de la Encarnación es la raíz de nuestro amor a María y José, y así como el amor a María no nos aparta del amor a Jesús, el amor y la devoción a San José no nos será impedimento para amar cada vez más a Jesús y a María. Así lo señala Benedicto XV: «José nos conduce directamente a María y por medio de María a la fuente de toda santidad, Jesús, que santificó las virtudes familiares por su obediencia a José y María» (Benedicto XV. Breve Bonum Sane).

La predestinación de San José

Pío IX en la Letra Apostólica Inclytum Patriarcham señaló el camino que había de seguir la Iglesia en los próximos tiempos en relación a San José. Al hacerlo, nos descubre también la clave que nos permitirá entender mejor la razón de su Patrocinio Universal: «Dios omnipotente quiso que el gran patriarca San José, elegido sobre todos los demás santos, fuese con verdad en esta tierra Esposo de la Inmaculada Virgen María, y tenido por Padre de su Hijo único Jesucristo. Para cumplir con toda perfección misiones tan sublimes lo enriqueció y colmó con gracias completamente singulares. Por esta razón, ahora que está coronado en el cielo, la Iglesia Católica le dedica los mayores honores y le dirige testimonios de la más tierna piedad» (Pío IX. Letra apostólica «Inclytum Patriarcham).

Dios desde toda la eternidad ha decretado un plan salvífica por el que quiere que todos los hombres se salven. «Él nos eligió antes de la constitución del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante Él en caridad» (Efesios 1, 4). Sin embargo, este plan de Dios para todo hombre, se concreta en cada uno de una manera particular, en su vocación específica. La «llamada de José» constituye en este sentido una vocación especialísima, para la que es elegido «sobre todos los demás santos». Esta «elección singularísima» le coloca en la línea de una «proximidad esencial» al misterio de la encarnación cualitativamente distinta de la que han tenido los otros santos.

La razón por la cual nombramos a San José patrón de la Iglesia Universal estriba en que su santidad es mayor que la de los otros santos, y por lo tanto más próxima y fecunda su intercesión ante Dios. Sin embargo, esta «mayor santidad» no daría por sí sola razón de este Patrocinio sino fuera porque se trata de una santidad especial.

Esta «elección sobre todos los otros santos» señala así un «orden distinto» de pertenecer José a la economía de la salvación. Este orden «superior al común de los santos» es denominado por Suárez «orden de la unión hipostática» (Francisco Suárez. «De Mysteriis vitae Christi» disp. VIII sec. I). (El término unión hipostática es la denominación teológica del misterio de la Encarnación).

León XIII en la encíclica Quamquam pluries señala implícitamente este orden cuando afirma que la «razón específica por la que San José es considerado Patrono de la Iglesia, y ésta espera muchísimo de su tutela y patrocinio, consiste en que él fue Esposo de María y padre, según era considerado, de Jesucristo. De aquí dimana toda su dignidad, gracia, santidad y gloria» (León XIII. Encic. «Quamquam pluries»).

De la proximidad de José al misterio de Cristo deriva toda la grandeza de su santidad, y para esta misión especialísima es elegido desde toda la eternidad sobre los otros santos. La «singularidad» de esta elección hace que los teólogos coloquen a San José como incluido en el decreto mismo de la Encarnación. «La predestinación de José no se distingue del decreto de la Encarnación (…) Estaba decidido desde toda la eternidad que el verbo de Dios hecho carne nacería milagrosamente de María siempre Virgen, unida al justo José por los lazos de un verdadero matrimonio» (Garrigou-Lagrange: «El Salvador»).

Pasamos a considerar detenidamente los aspectos principales que se contienen en este decreto respecto a San José, y que nos descubrirán más aún la razón de su Patrocinio Universal.

José, esposo de María

«Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1, 16).

José ha sido predestinado por Dios a ser esposo de su Madre. La Encíclica Quamquam pluries se mueve en este punto en la línea de manifestar los beneficios que obtuvo José de este matrimonio verdaderísimo: «Es cierto que la dignidad de la Madre de Dios es tan alta que nada podría superarla. Sin embargo, como entre San José y la Virgen María mediaba el vínculo conyugal, no hay duda de que San José se acercó más que nadie a aquella excelentísima dignidad por la que la Madre de Dios es superior a Todas las naturalezas creadas. Porque el matrimonio es la más íntima sociedad y parentesco, y le conviene por su naturaleza la comunicación de los bienes de un cónyuge a otro. Por lo cual, si Dios dio a la Virgen a San José por Esposo, se lo dio no sólo como compañero de su vida, testigo de su virginidad, protector de su honestidad, sino también como participante de su excelsa dignidad por razón de aquel mismo vínculo conyugal» (León XIII. Encic. «Quamquam pluries»).

El matrimonio de San José con María se ordena a la Encarnación del Hijo de Dios. Cristo había de nacer de un matrimonio virginal. En la narración evangélica de San Mateo se descubre precisamente la preocupación de este autor por mostrar que «el matrimonio virginal es algo intrínseco al mesianismo de Jesús, es algo que hay que demostrar para que se pruebe que Jesús es el enviado de Dios, el esperado de Israel, el Mesías, en quien se cumple la profecía de Isaías» (Francisco de P. Solá: «Mt. 1-2 y las relaciones que establecen entre San José y el misterio de Cristo»).

Este matrimonio virginal notiene pues otra finalidad más que la concepción de Jesús, pero para alcanzar este fin se requiere el consentimiento de José. Gracias a «este consentimiento de San José en la virginidad y matrimonio de María, ésta recibe la disposición próxima y última para la maternidad divina» (Bonifacio Llamera O. P. «Relación de San José con el orden hipostático»).

Algunos han presentado la objeción de que no podría darse matrimonio verdadero entre María y José pues ambos estaban ligados por el voto de la virginidad colocando así al Santo Patriarca como algo extraño, incluso ajeno, al misterio de la Encarnación. El voto de virginidad en María parece evidente, y así lo han entendido tradicionalmente todos los exégetas católicos en las palabras «¿Cómo podrá ser esto si no conozco varón?» (Lc 1, 34). El voto de virginidad en San José es también generalmente aceptado y así afirma San Jerónimo: «Tú dices que María permaneció virgen. Yo digo aún más. También José fue virgen por María, para que del matrimonio virginal naciera el Hijo Virgen» (Bonifacio Llamera O. P. «Relación de San José con el orden hipostático»). Sabemos que si hay algo que va contra la esencia del matrimonio hace nulo a éste, y eso parece que es lo que ocurre en el voto de virginidad emitido por María y José.

Para responder a esta objeción no debe perderse de vista la perspectiva de que este matrimonio se «realizó por inspiración divina» (Ubertino de Casale «Arbor vitae crucifixae Iesu»). La solución que se da comúnmente con Santo Tomás de Aquino es que José y María hicieron voto de virginidad condicionado, consintiendo en el uso del matrimonio «Si así Dios lo quería». Dice Santo Tomás: «la bienaventurada Virgen, antes de contraer matrimonio con José, fue cerciorada sobrenaturalmente de que José tenía el mismo propósito (esto es, que había hecho voto de virginidad condicionado); mas, después de celebradas las nupcias de común acuerdo con suesposo emitió con él el voto de virginidad (ahora ya absoluto)» (Sto. Tomás S. Th. III, q. art. 4 ad 3.).

El matrimonio entre José y María estaba ordenado por Dios y realizado por inspiración del Espíritu Santo. Pero en todo lo que Dios ordena a un fin cuida también de que se den los medios para alcanzarlo. Cristo tenía que nacer como hemos visto de un matrimonio virginal. Mediante el decreto de la Encarnación Dios ordena a José y a María a este matrimonio, y en respuesta a la voluntad divina consienten en el mismo, sin excluir expresamente el uso de éste «si así Dios lo quiere».

Tenemos así que el matrimonio entre María y José es verdaderísimo y se ordena a recibir en él a Cristo, que tenía que nacer de una Virgen. Esta «íntima sociedad y parentesco entre José y María» debía reportar grandes bienes a José y le acercaría más que cualquier otro Santo a la «santidad eminente» de la Madre de Dios. Pero también hay una cooperación directa de José, pues en el designio divino estaba incluido que aquel matrimonio fuera virginal. Pero esto sólo fue posible por el consentimiento de San José, que coopera así de un modo necesario a la realización del decreto de la Encarnación.

La paternidad de San José

En la relación que hace León XIII de la santidad eminente de San José respecto al misterio de la Encarnación, señala que «igualmente sobresale entre todos con una dignidad augustísima, por el hecho de haber sido custodio del Hijo de Dios, y tenido en opinión de los hombres como padre suyo» (León XIII encic. «Ouamquam pluries»).

La paternidad de José es algo profundamente misterioso. No nos vamos a detener aquí a considerar la indudable superioridad de su «paternidad respecto a Cristo» sobre su «matrimonio virginal con María».

El principio de la «josefología» o tratado teológico sobre San José no es su matrimonio con María sino el oficio que realizó como «padre de Jesús». El título de ’Patriarca’ desde siglos generalizado, y la evolución de la liturgia, nos permiten orientar la teología de San José según el principio de su referencia a Cristo como ’cabeza’ y ’padre’ de la Familia de Nazaret, que contenía los principios del Pueblo de Dios de la Nueva Alianza, del nuevo Israel del Espíritu.

Sin embargo, no podemos desvincular esta paternidad de la ordenación de aquel matrimonio. Así, si María fue Madre y Virgen, también a San José debía corresponderle una paternidad virginal (25). Es en este punto iluminadora la posición de San Agustín: «Lo mismo, pues, que su enlace con José era verdadero matrimonio, y matrimonio sin desintegridad alguna, ¿Por qué a ese modo, la castidad del esposo no habría de recibir lo que había producido la castidad de la esposa? si Ella es Madre sin concupiscencia carnal, él es padre sin conmistión. Pueden por consiguiente, subir por él o bajar hasta él las generaciones. No le separaremos porque le haya faltado la concupiscencia carnal; a mayor pureza, paternidad más genuina (…) el Espíritu Santo, que descansaba en la justicia de ambos, entrambos les dio un Hijo; al sexo debido concedióle dar a luz, y al marido la paternidad de lo que la esposa paría».

Contra las herejías que hubo en los primeros siglos que suponían una participación física de San José en el misterio de la Encarnación, debemos afirmar que la paternidad de José respecto a Cristo (y de la que derivaremos su patrocinio sobre la Iglesia) es de un orden superior a la paternidad natural humana, es de orden sobrenatural. ¿Cómo denominaremos esta paternidad? Ante las distintas denominaciones que ha recibido parece que una es la más conveniente, y es la de «José, Padre de Jesús según el Espíritu». Esta denominación nos señala con mayor propiedad que ninguna otra la realidad de la paternidad de San José. Indica por un lado que fue verdadera paternidad, y por otro que no lo fue al modo humano. Dios, al ordenar el matrimonio virginal de José y María a la recepción de Cristo, establecía que la paternidad de José, en la cual no podía tener concurso físico, sería verdaderamente tal si José cooperaba y consentía en la Maternidad divina de María. «Si el parto conveniente a Dios es virginal y obra del Espíritu Santo, hay que afirmar que la paternidad humana conveniente al Hijo de Dios es esta asociación de José a María en la renuncia y la disponibilidad para el plan divino». Y así señala Juan Gerson que «El Espíritu Santo le suscitó una descendencia más valiosa que la de la carne» (Sermón sobre la natividad de María en el Concilio de Constanza).

San José, jefe de la Sagrada Familia

«De esta doble dignidad -esposo de María y padre de Cristo- se derivaban los deberes que la misma naturaleza señalan a los padres de familia, de tal modo que la casa divina que San José presidía, tenía en él el custodio, cabeza y defensor legítimo y natural, misiones y deberes que él verdaderamente ejerció durante su vida mortal. Con grande amor y perseverante asiduidad se esforzó en mirar por su esposa y por el divino Niño; procuró con su trabajo lo necesario para el sustento de ambos; yevitó buscando un asilo seguro el peligro de la vida causado por la envidia de un rey; en las incomodidades de los caminos y las amarguras del destierro fue perpetua compañía, ayuda y consuelo para la Virgen y para Jesús» (León XIII Encic. Quamquam pluries).

El orden sobrenatural no destruye el orden natural. Si bien es cierto que el matrimonio de José yMaría tenía una ordenación divina superior, también lo es que esto no se hizo destruyendo el orden de la naturaleza y así en el orden natural, Dios ha establecido que el padre sea la cabeza de la familia. Igualmente pues, en la Sagrada Familia de Nazaret, con María y Jesús, José debía ser el jefe independientemente de la superior santidad a la que estaba ordenada la Madre de Dios. Juan Gerson, resume atinadamente esta potestad de José sobre la Sagrada Familia: «Puesto que la gracia y la gloria no destruyen la naturaleza, sino que la levantan y perfeccionan meditemos con pía devoción que si por vínculo natural surge la obligación del hijo a la madre, y de la madre a su esposo, yde uno y otro a su fidelísimo, vigilantísimo, y prudente custodio y nutricio José, que fue cabeza de María, teniendo por tanto cierta autoridad, principado, dominación o imperio sobre María, así como María lo tenía a su modo a su Hijo Jesús, por derecho natural de Maternidad».

Esta potestad que tenía por derecho de matrimonio sobre la Sagrada Familia, nos ayuda a comprender mejor la paternidad que habíamos señalado de José respecto a Jesús. Si José era dueño del cuerpo de María, lo que engendrase María tendría que ser también suyo. Así lo expresa San Francisco de Sales con una bella metáfora: «Acostumbrado a decir que si una paloma lleva en su boca un dátil y Jo deja caer en un jardín, ¿no decimos que la palmera es propiedad del jardinero? Pues si esto es así ¿Quién podrá dudar de que el Espíritu Santo habiendo dejado caer este divino dátil, como divina paloma, en el jardín cerrado de la Santísima Virgen que pertenece a José, como la mujer o esposa pertenece al esposo; quién dudará, digo, que se pueda afirmar con verdad que la divina palmera que produce frutos de inmortalidad, pertenece al excelso San José?».

María yJesús le estaban sometidos y le obedecían. León XIII señala una serie de aspectos en los que se puede ver el ejercicio prudente y responsable de la potestad paterna de San José en la Sagrada Familia: en el trabajo, en la huida a Egipto, en la educación de Jesús… Este cuidado prudente de la Familia de Nazaret ha llevado a los teólogos a afirmar no sólo la cooperación de San José a la realización de la Encarnación, sino también la cooperación a la conservación del mismo orden hipostático: «Está claro que el ministerio de San José tuvo como fin directo e inmediato el cuidado y custodia, la defensa y mantenimiento de la vida santísima de Jesús» (Bonifacio Llamera O. P. «Relación… » p. 60). Y Sinibaldi afirma: «La vida de San José anteriormente a la Encarnación del Verbo, fue sin duda una preparación para este ministerio. Realizada la Encarnación, toda esa vida fue por Jesús y para Jesús. El ministerio de José tuvo, como única razón y objeto la conservación de la vida del Verbo humanado, manteniendo una relación directa, inmediata y necesaria con el orden de la uniónhipostática».

León XIII tampoco quiere dejar de señalar que debido a esta potestad paterna de José respecto a Cristo, «a San José le estuvo sujeto humildemente el Verbo de Dios, y fue obediente a sus mandatos, y le honró del modo que los hijos deben honrar a sus padres».

La intercesión de San José

Los Santos en el cielo están rogando por nosotros. En el orden establecido por Dios, ha querido que alcancemos las gracias que necesitamos por intercesión de los Santos. Esta sabia ordenación de ’Dios es razonada así por Santo Tomás:

«Se ha de saber que este orden está divinamente establecido en las cosas, a fin que todas se dirijan a Dios por los medios más aptos y próximos a Él. De ahí que, como los Santos que están en la Patria están más cerca de Dios, la ordenación de la Ley divina requiere que nosotros, mientras vivamos en el cuerpo peregrinando hacia Dios, nos lleguemos a Él por mediación de los Santos. Lo que en verdad acontece infundiendo por ellos la divina bondad su efecto en nosotros. Más nuestro retorno a Dios debe responder al proceso de sus bondades en nosotros, y, como mediante los sufragios de los Santos nos vienen los beneficios de Dios, así conviene nos volvamos a Dios, para recibir repetidas veces sus beneficios mediante los Santos. Por eso los constituimos nuestros intercesores y como mediadores ante Dios cuando les pedimos rueguen por nosotros» (Sto. Tomás. Suppl. q. 12art. 2 in c.).

La oración de los Santos en lo que está de su parte es siempre eficaz. «Los Santos en el cielo impetran loque Dios quiere realizar por su oración. Y piden esto porque estiman que sus oraciones han de ser cumplidas, según la voluntad de Dios» (Sto. Tomás. S. Th. II-II q. 83 art. II ad 2). Pero la mayor o menor eficacia de su intercesión dependen del grado de caridad a la que han llegado. En este sentido podemos ya entender cuán grande debe ser la eficacia de la intercesión de San José. Será la más grande después de la de la Santísima Virgen. La paternidad respecto a Jesús, y su virginal matrimonio con María nos han puesto en la perspectiva de su pertenencia al «Orden hipostático», orden superior como se señaló al de los otros Santos. Por eso su intercesión ha de ser cualitativamente distinta de la de los demás Santos. Así, Santa Teresa, reconociendo esta intercesión especialísima de San José, señala: «No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros Santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas» (Sta. Teresa. Libro de su vida).

San José, patrón de la Iglesia universal

Recapitulando las cosas ya modo de conclusión descubrimos:

a) Por un lado que el decreto eterno de Dios respecto a la Encarnación incluye a San José y le coloca en una dignidad eminentísima. De esta dignidad, que hemos visto en una doble línea, ya en su matrimonio con María, ya en su paternidad respecto a Jesús, hemos hecho derivar la potestad de San José como Jefe de la Sagrada Familia.

b) Por un camino paralelo hemos comprobado que la eficacia de la intercesión de San José es superior y cualitativamente distinta a la de los otros Santos.

De cada uno de estos dos puntos podemos hacer derivar la conveniencia de que San José sea Patrón de la Iglesia Universal. José era el jefe de la Sagrada Familia, pero como afirma León XIII: «La casa que José gobernó con potestad paterna contenía los principios de la Iglesia naciente. La Virgen Santísima, por ser Madre de Jesucristo, es Madre de todos los cristianos, a los que engendró en el Calvario entre los tormentos del Redentor, y también porque Jesucristo es el primogénito de los cristianos, que son sus hermanos por adopción y redención. De aquí que el bienaventurado Patriarca tenga confianza así, por una razón singular, toda la multitud de los cristianos de que la Iglesia consta, a saber, esta familia innumerable extendida por toda la tierra sobre la cual goza como de una autoridad paterna por ser esposo de María y padre de Jesucristo».

El argumento no podía ser más sencillo. José es el jefe de la Sagrada Familia de Nazaret, que contiene los principios de la Iglesia, con Jesucristo primogénito de los cristianos y María, que por los méritos de Jesucristo se hace corredentora en el Calvario y Madre de todos los hombres. Pues bien, como José supo custodiar santamente esa Sagrada Familia es justo y conveniente que ahora, en nuestros días, se encargue de «defender y proteger con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo». Karol Wojtyla, entonces Obispo auxiliar de Cracovia describe admirablemente el sentido de este Patrocinio Universal de San José: «’San José que fue durante su vida en la tierra el tutor del Cristo histórico, tiene que ser ahora necesariamente el tutor del Cristo místico, esto es, de la Santa Iglesia».

También señalamos que su intercesión ante Dios es más eficaz que la de los otros Santos. Este es también un motivo para considerar su Patrocinio Universal. Evidentemente, tomaremos como más adecuado para este oficio a quien mejor pueda obtenernos beneficios de Dios en el cielo. Y este es San José, que después de la Santísima Virgen, ha alcanzado el más alto grado de santidad.

Una mirada retrospectiva nos haría comprender que estos dos puntos -Jefe de la Sagrada Familia y eficacia de su intercesión- confluyen para designar su Patrocinio Universal. En efecto, por el decreto de la Encarnación José queda vinculado al misterio de Cristo, y situado en un «orden superior» del que deriva toda su dignidad y gloria. Este «Orden superior» contenía la predestinación de San José a ser custodia de la Sagrada Familia por su potestad sobre María y el Niño.

En consecuencia, la santidad eminente de José deriva de esta potestad paterna con que gobernó la casa de Nazaret, que contenía los principios de la Iglesia. Y por eso, San José, debe ser nombrado Protector Universalis Ecclesiae.

Antonio Amado

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San José esposo de la Santísima Virgen

//static.flickr.com/8242/8664200750_db79c24064_mMediada la Cuaresma nos llega una dulce alegría: San José, el Esposo de María, el Padre nutricio del Hijo de Dios al descender a la tierra para revestirse de nuestra humanidad, necesitaba una Madre; esta madre no podía ser sino la más pura de las Vírgenes, y la maternidad divina no debía alterar en nada su incomparable virginidad.

Hasta que el Hijo de María fue reconocido como Hijo de Dios, el honor de la Madre pedía un protector: un hombre debía pues ser llamado a la gloria de Esposo de María. Y fue José, el más casto de los hombres.

No fue su única gloria el haber sido escogido para proteger a la Madre del Verbo encarnado; fue también llamado a ejercer una paternidad adoptiva sobre el mismo Hijo de Dios.

Los judíos llamaban a Jesús, hijo de José. En el templo, en presencia de los doctores de la ley, a quienes el divino Niño acababa de maravillar por la sabiduría de sus respuestas y de sus preguntas, María dirigía la palabra a su hijo de esta manera: «Tu padre y yo te buscábamos llenos de inquietud» (Lc 11, 48); y el Santo Evangelio añade que Jesús estaba sumiso a José como a María.

Grandeza de San José

¿Quién podría concebir y explicar dignamente los sentimientos que llenaron el corazón de este hombre que el Evangelio nos describe en una sola palabra, llamándole hombre justo?

¿Un afecto conyugal cuyo objeto era la más santa y perfecta de las criaturas de Dios; el aviso celestial dado por el Ángel que le reveló que su Esposa llevaba en su seno el fruto de la salvación, y le asoció como único testigo en la tierra a la obra divina de la Encarnación; las alegrías de Belén cuando asistió al Nacimiento del Niño, honró a la Virgen Madre, y oyó los conciertos angélicos; cuando vio llegar junto al recién nacido, a los pastores, pronto seguidos por los Magos; las alarmas que tan prontamente vinieron a interrumpir tanta dicha, cuando en medio de la noche tuvo que huir a Egipto con el Niño y la Madre; los rigores de este destierro, la pobreza, el desprendimiento de todo, de los que fue víctima el Dios escondido, de quien era nutricio, y la Esposa virginal cuya dignidad comprendía cada día mejor; el retorno a Nazaret, la vida humilde y laboriosa que llevó en esta ciudad, donde tantas veces sus ojos enternecidos contemplaron al Creador del mundo compartiendo con él su duro trabajo; en fin, las delicias de esta existencia sin igual, en la casa que embellecía la presencia de la Reina de los Ángeles, y santificaba la majestad del Hijo eterno de Dios; considerando ambos con deferencia a José como jefe de esta familia que reunía a su alrededor con los vínculos más queridos, al Verbo encarnado, Sabiduría del Padre, y a la Virgen, obra maestra incomparable del poder y santidad de Dios?

No, jamás hombre alguno de este mundo podrá penetrar todas las grandezas de José. Sería preciso para comprenderlas abarcar toda la extensión del misterio con el que su misión aquí abajo le puso en relación, como instrumento necesario.

No nos sorprenda pues que este Padre nutricio del Hijo de Dios haya sido figurado en la Antigua Alianza bajo la fisonomía de un Patriarca del pueblo escogido. San Bernardo ha expresado muy bien esta semejanza: «El primer José, dice, vendido por sus hermanos, y en esto figura de Cristo, fue conducido a Egipto; el segundo, huyendo de la envidia de Herodes, llevó a Cristo a Egipto. El primer José guardando fidelidad a su amo, respetó a su esposa; el segundo, no menos casto, fue el guardián de su Soberana, de la Madre de su Señor, y el testigo de su virginidad. Al primero le fue dada la inteligencia de los secretos revelados en los sueños; el segundo recibió la confidencia de los misterios del mismo cielo. El primero conservó las cosechas de trigo, no para sí mismo, sino para todo el pueblo; el segundo recibió en custodia el Pan vivo descendido del cielo, para sí mismo y para el mundo entero» (San Bernardo -2° Homilía sobre el «Missus est»).

Muerte de San José

Una vida tan llena de maravillas, debía terminarse con una muerte digna de ella. Llegaba el momento en que Jesús debía salir de la oscuridad de Nazaret y manifestarse al mundo. En adelante sus obras iban a dar testimonio de su origen celestial; el ministerio de José estaba pues acabado. Era ya tiempo que saliera de este mundo, para esperar, en el reposo del seno de Abraham, el día en que la puerta del cielo se abriría a los justos. Junto a su lecho de muerte velaba el dueño de la vida; con frecuencia le había llamado Padre; su último suspiro fue recibido por la más pura de las vírgenes, su Esposa. En medio de sus cuidados y asistido por ellos, se durmió José en un sueño de paz. Ahora, el Esposo de María, el Padre nutricio de Jesús, reina en el cielo con una gloria inferior sin duda a la de María, pero lleno de prerrogativas a las cuales nadie más sin duda es admitido.

Protector de la Iglesia

Y desde allí derrama sobre los que le invocan, su poderosa protección. Dentro de unas semanas, una solemnidad especial será consagrada a honrar el Patrocinio de José; pero ya desde ahora quiere la Iglesia que la fiesta de hoy, diga a todos, la confianza que tiene y que quiere inspirarnos en el alto poder del Esposo de María. El 8 de diciembre de 1870, Pío IX proclamó a San José Patrón de la Iglesia Universal. Bendito sea este decreto aparecido como un arco iris. Gracias sean dadas al Pontífice que ha querido que la santa Iglesia más combatida que nunca por el furor de sus enemigos, reciba el derecho de apoyarse en el brazo de este hombre a quien Dios confió la misión de salvar de la tiranía de Herodes a la Virgen-Madre y su Hijo apenas aparecido en el mundo.

Dignaos interceder por nosotros ante el Dios hecho hombre. Pedidle nos conceda aquella humildad que os hizo llegar a tantas grandezas, y que será en nosotros la base de una sincera conversión. Por orgullo hemos pecado, por orgullo nos hemos preferido a Dios; sin embargo Él nos perdonará si le ofrecemos «el sacrificio de un corazón contrito y humillado». Obtenednos esta virtud, sin la cual no existe la verdadera penitencia.

Rogad también, oh José, para que seamos castos. Sin la pureza del corazón y de los sentidos, no podemos acercarnos al Dios de toda santidad, que no sufre cerca de sí nada impuro o manchado. Por su gracia, quiere hacer de nuestros cuerpos templos del Espíritu Santo: ayudadnos a alcanzar esta elevación, a restablecerla en nosotros, si la hemos perdido.

Encomendadnos, en fin, a nuestra Madre. Si echa solamente una mirada sobre nosotros en estos días de reconciliación, seremos salvos: pues es ella la Reina de la misericordia, y Jesús su Hijo, el que os llamó Padre, no espera para perdonarnos, para convertir nuestro corazón, más que el sufragio de su Madre. Obtenédnoslo ¡oh José!, recordadle a María, Belén, Egipto, Nazaret, donde su valor se apoyaba en vuestra abnegación; decidle que os amamos, que también nosotros os honramos: y María se dignará recompensar con nuevas bondades para nosotros, los homenajes que rendimos a aquél que le fue dado por el cielo para ser su protector y su apoyo.

Dom Prosper Guéranger

San José y la historia de la Salvación

//static.flickr.com/8249/8664200830_209cfc002e_mHablar de la Sagrada Familia exige profundizar en el papel de san José en esta verdadera familia, tanto en cuanto verdadero esposo de María como en cuanto verdadero padre de Jesús.

Como dice Francisco Canals «es un método inadecuado la invocación de vacilaciones ya superadas contra las certezas adquiridas» y esto parece que con san José se cumple a cada paso. Ciertas verdades sobre el bendito Patriarca no se pueden decir sin que causen perplejidad o extrañeza en el interlocutor, que si es «letrado» las más de las veces las rechaza como maximalismos josefinos, y si no lo es, por lo general las acoge con admiración y entusiasmo.

En estos tiempos en que la teología presume de ser más bíblica que nunca, que presume de un «retorno a las fuentes»… se asustan muchos al oír hablar de José como padre de Jesús. Conviene recordar que es la manera de hablar del Evangelio. En cinco textos José es llamado explícitamente padre de Jesús: «Y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él»; «Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía de él»; «Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua»; «El niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres»; «Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando».

El Evangelio lo afirma, san Agustín lo argumenta: «Pues como el suyo era matrimonio y matrimonio virginal, así lo que la Esposa dio a luz virginalmente, ¿por qué no iba a aceptarlo castamente el esposo? Pues lo mismo que la Esposa lo era en castidad, en castidad era el esposo; y lo mismo que ella fue casta Madre, él fue casto padre».

El magisterio de Juan Pablo II lo confirma: «José, que desde el principio aceptó mediante la “obediencia de la fe” su paternidad humana respecto a Jesús, siguiendo la luz del Espíritu Santo, que mediante la fe se da al hombre, descubría ciertamente cada vez más el don inefable de su paternidad»; y dice también: «encarnación perfecta de la paternidad en la familia humana y al mismo tiempo sagrada». ¿Cómo vamos a llamar encarnación perfecta de la paternidad a uno al que le negamos por otro lado el título de verdadero padre?

Al avanzar en la comprensión de san José debemos preguntarnos: ¿no valen para él ciertos argumentos que se han usado al hablar de María? Si la que iba a ser Madre de Jesús mereció ser adornada por las más excelentes virtudes, ¿no debía esto suceder con su padre?

Cuando al hablar de María en Fulgens corona Pío XII recoge el texto de santo Tomás de Aquino: «Puesto que la Santísima Virgen es Madre de Dios, del bien infinito, que es Dios, recibe cierta dignidad infinita», ¿no puede de un modo análogo aplicarse este principio a José?

Para un correcto avance de la teología debemos investigar lo oscuro a partir de lo claro, y no rechazar lo claro para explicar lo oscuro. Dejemos por asentado el papel de san José como padre y esposo, y volvamos a los santos Padres, no para rechazar el progreso ya logrado, sino para encontrar textos que no han sido desarrollados en profundidad respecto a San José.

Quizás se ha pasado por alto un texto de san Jerónimo de donde podemos extraer que trata a san José como un nuevo Adán: «La ruina del mundo se produjo a través de cuatro elementos: un varón, una mujer, un leño y una serpiente; y su restauración se realizó a través de otros cuatro: Cristo, María, la cruz y un varón, que es José». La comparación es clara: frente a la Serpiente, Cristo; frente al árbol del pecado, la cruz; frente a Adán y Eva, José y María.

La comparación entre estas dos parejas es reafirmada por Pablo VI:

«En esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento de la nueva Alianza. Y he aquí que en el umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja. Pero, mientras la de Adán y Eva había sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José y María constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce por toda la tierra. El Salvador ha iniciado la obra de la salvación con esta unión virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad de purificar y santificar la familia, santuario de amor y cuna de la vida».

No hay que asustarse por poner a José como un nuevo Adán, no quita nada a Cristo. Es cierto que tradicionalmente se ha hablado de Cristo como un nuevo Adán y de María como la nueva Eva, pero las tipologías permiten referirlas al mismo tiempo a más de un sujeto, lo cual sucede muchas veces con María y con la Iglesia. Si se nos permite el atrevimiento creo que el binomio para comparar a Adán y Eva, con el nuevo Adán y la nueva Eva es así: Adán-Cristo, Eva-la Iglesia; y en otra dimensión: Adán-José, Eva-María. Porque cuando hablamos de Cristo como nuevo Adán, su esposa es la Iglesia, y así lo reconocen los Santos Padres al decir que al igual que del costado de Adán dormido nació su esposa, Eva, del costado del Nuevo Adán en la cruz, surgió su esposa la Iglesia -la nueva Eva- representada por el agua y la sangre.

Por otro lado, si por la desobediencia de un primer matrimonio entró el pecado en el mundo, por la obediencia de otro matrimonio entra la salvación en el mundo, ¿o es que el «fiat» sin palabras de José no era necesario para la Encarnación del Verbo?

María y José son inseparables, así lo creía la doctora de la Iglesia santa Teresita, que afirma: «Rogué también a san José que velase por mí. Desde mi niñez le tenía una devoción que se confundía con mi amor a la Santísima Virgen».

San Josemaría Escrivá -gran devoto de san José- unió los nombres de José y María para significar expresivamente que eran inseparables.

Todas estas reflexiones deben llevarnos a pensar en el papel que quiere Dios que san José tenga en su Iglesia. Decía Juan XXIII: «José, fuera de algún brillo de su figura que aparece alguna vez en los escritos de los Padres, permaneció siglos y siglos en su característico ocultamiento, casi como una figura decorativa en el cuadro de la vida del Salvador. Y hubo de pasar algún tiempo antes de que su culto penetrase de los ojos al corazón de los fieles y de él sacasen especiales lecciones de oración y confiada devoción. Estas fueron las alegrías fervorosas, reservadas a las efusiones de la Edad Moderna -¡cuán abundantes e impresionantes!»

Pues bien, no pensamos que sea sólo la Iglesia la que mira a José, sino que es también José el que vela por su Iglesia y bendice al mundo. De nuevo unas palabras aplicadas a María vamos a referirlas a José. Oigamos la argumentación, conocida por todos nosotros, de san Luis María:

«La forma en que procedieron las tres divinas personas de la Santísima Trinidad en la Encarnación y primera venida de Jesucristo, la prosiguen todos los días, de manera invisible, en la santa Iglesia, y la mantendrán hasta el fin de los siglos en la segunda venida de Jesucristo». De ahí se sigue que María, presente en el misterio de Cristo, interviene también en el misterio de la Iglesia, es decir en las fases subsiguientes en que se desarrolla la historia de la salvación, pero ¿y José? Si, como hemos aceptado, también él -y lo afirma el Magisterio- colaboró de forma insustituible en la Encarnación del Verbo, de la misma manera tiene un papel fundamental e insustituible en la actual economía de la Salvación. Pío IX declaró solemnemente al Patriarca san José patrono de la Iglesia católica, poniéndose a sí mismo y a todos los fieles bajo el poderosísimo patrocinio del Patriarca. ¿No se toma en serio su misión?

Sí, al igual que María intercede por nosotros y vela como Madre de la Iglesia, san José lo hace al modo paterno, con su peculiar carisma.

Un reflejo claro de esto lo tenemos en Fátima: María se aparece a unos pastorcillos, habla con ellos y les transmite un mensaje de Madre, una invitación a la conversión mediante la oración y la penitencia. Pero en ocasiones se nos pasa de largo la aparición de san José en Fátima: «Desaparecida la Virgen en la inmensa lejanía del firmamento, vimos al lado del sol, a san José con el Niño Jesús y a Nuestra Señora vestida de blanco, con un manto azul. San José con el Niño parecían bendecir al mundo con unos gestos que hacían con la mano en forma de cruz». San José aparece el día del milagro del sol, milagro que simboliza el triunfo del Inmaculado Corazón de María. José no habla, María sí. La misión de José continúa con las mismas características que en el Evangelio, no habla, pero actúa. Bendice al mundo y trae al Niño, a Cristo.

También en la aparición de la Virgen en Knock, Irlanda (1879) se aparece san José.

Los signos de los tiempos deben ser interpretados a la luz de la fe. La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo que le va llevando a la verdad plena, comprende cada día más la misión sublime que tuvo san José en la Encarnación del Verbo y ve cómo esta misión la continúa en la historia de la Salvación.

«Id a José». Él con María nos trae a Cristo, nuestra verdadera salvación.

Luis Petit Gralla

Ejemplaridad cotidiana de san José

sagrada familiaSi san José es, por una parte, un santo escogido para un servicio singularísimo a la obra de la Redención de la humanidad (un servicio esponsal para la Madre Virgen, María, y un servicio paterno hacia Jesús, el Verbo encarnado), por otra es también alguien a quien el plan divino destina a lo ordinario y cotidiano dentro de sus excelsas misiones. El papel de José no es nunca de brillo ni de desarrollo extraordinario de tareas excepcionalmente alejadas de las responsabilidades cotidianas de los hombres.

San José tiene que encontrar en un pesebre situado dentro de una cueva la cuna del Niño Rey que habrá de ser adorado como la esperanza de Israel y del mundo, pero puesto sobre paja y envuelto en pañales. Se habrá de librar de la persecución de Herodes por un silencioso viaje a Egipto, por caminos de silencio y ocultamiento. Huirá y se librará del odio y el orgullo de ambiciosos y grandes por la pequeñez y ocultamiento por los caminos del desierto.

Después de narrarnos los riesgos de aquellas huidas, los Evangelios pueden describir sin detalles una vida de trabajo en familia duradera hasta que se hace cercana la aparición de Jesús. Todos los años de Nazaret podemos contemplarlos en nuestra memoria de algún modo como monótonos o faltos de incidentes.

La Trinidad terrena, como durante siglos llamaron a Jesús, María y José sus devotos, la hemos de contemplar, precisamente por ser terrena, sin atender siquiera a resplandores milagrosos ni a iniciativas inesperadas de la divina Providencia. Lo que está obrando la Providencia de Dios es la presencia de la divinidad en lo más sencillo y cotidiano de la vida humana. La sublimidad del Sermón de la Montaña la hallamos vivida en el silencio y pobreza de la carpintería de Nazaret.

Hemos pasado siglos de cultura cristiana sin que se pusiese en primer término esta vida de Jesús, María y José. La acción de san Francisco de Asís y de sus hijos sobre los fieles cristianos, nos llevó a contemplar aquella sencilla vida doméstica y de trabajo humano, en la que se nos iba a revelar silenciosamente el Rey del universo en su vida de familia y de trabajo sencillo. La modesta vida de vecindario galileo, la cotidianidad que quiso asumir el Hijo de Dios hecho Hijo del Hombre, hijo de Abraham y de David, que era el hijo de José.

Cuando acertemos a mirar las cosas según lo que son y para lo que son destinadas podremos encontrar los más eficaces y sencillos ejemplos de santidad en cada uno de aquellos días que había de vivir Jesús solícitamente atendido por María y por José en su silenciosa casita, sin estridencias ni grandezas humanas.

La sociedad cristiana había de tardar siglos en advertir la ternura, la renuncia, la pobreza y el amor, el amor humano, en que el Amor eterno de Dios quiso manifestarse cuando mostró la benignidad y el amor a los hombres de Dios nuestro Salvador, cuando lo mostró en Dios Niño y joven, en la Virgen Madre, María, en José, el hijo de David, ejerciendo de carpintero de Nazaret.

Francisco Canals

José, introductor al evangelio de las Bienaventuranzas

«Considero, en efecto, que si volviera a reflexionar sobre la participación del esposo de María en el misterio divino, podría la Iglesia, en camino hacia el futuro junto con toda la humanidad, encontrar su identidad en el ámbito del designio redentor, que tiene su fundamento en el misterio de la Encarnación». Juan Pablo II escribió estas palabras en la introducción a la exhortación apostólica Redemptoris custos, de 15 de agosto de 1989, en «Sobre la misión y figura de san José en la vida de Cristo y de la Iglesia». Las palabras de Juan Pablo II son misteriosas y, a la vez, estimulantes y alentadoras. El Papa expresa en ellas una actitud de decidida invitación a la Iglesia a reflexionar «de nuevo» sobre san José, como partícipe, con su esposa María, del misterio divino, y asegura que la Iglesia, si tomase de nuevo el camino de la reflexión sobre san José, podría encontrar continuamente su identidad.

Los implícitos de estas palabras son tremendos y no hemos de temer explicitarlos: un cierto abandono del pensamiento sobre san José (que el Papa, recordemos, invita «de nuevo» a emprender) y la seguridad de que, reemprendiéndolo, la Iglesia podría encontrar continuamente su identidad. Se observa, pues, cierta urgencia en la toma de conciencia para evitar la pérdida de identidad (es decir, la ignorancia o, por lo menos, la desatención a la esencia de la Iglesia y a sus caminos, que tiene que realizar «con toda la humanidad») de la Iglesia, que se mueve en el ámbito del designio redentor, fundado en la Encarnación. Reiteremos, pues: si la Iglesia piensa de nuevo en san José, será de nuevo consciente de su esencia y de su misión redentora, fruto de la Encarnación del Hijo de Dios.

No recuerdo si algún otro documento pontificio se inicia con consideraciones de tanta trascendencia y gravedad. Pero, en fin, éste, ciertamente, se introduce con las advertencias de Juan Pablo II que inequívocamente invitan a un renovado pensamiento sobre san José, del que la Iglesia espera el reencuentro con su naturaleza misma y con la finalidad redentora de la humanidad.

Si alguien juzga que esta actitud de Juan Pablo II es algo sorprendente, algo nuevo, algo así como si dijéramos «sin precedentes», y que se quiere con ella llamar la atención sobre san José de una forma nunca hecha hasta ahora, estará, precisamente, fuera del ambiente de lo que ha sido el magisterio de la Iglesia y la conciencia del pueblo cristiano.

El papa Paulo VI, de quien recordamos siempre la estupenda declaración de «María como Madre de la Iglesia», nos orientó sobre la reflexión en torno a san José con una advertencia decisiva: este Papa nos invitó a contemplar a san José como «introductor al evangelio de las Bienaventuranzas». Paulo VI explicita, con profundas consideraciones, esta determinación o calificación del papel de José en la historia de la Salvación:

«Hubiéramos podido suponer en él un hombre poderoso, en actitud de abrir el camino a Cristo que llega al mundo; o acaso un profeta, un sabio, un hombre de actividad sacerdotal, para acoger al Hijo de Dios entrado en la generación humana y en medio de nosotros. Por el contrario, se trata de lo más corriente, modesto y humilde que pueda pensarse. Está bien que meditemos el aspecto singular que revistió la venida de Jesús a la tierra. Fue Él quien dispuso que el cuadro privado y personal para esa su venida fuese de extrema sencillez.

Y ahora otro pensamiento: puesto que José pertenecía a la descendencia de David, podría creerse que se tratara de alguien que estuviera relacionado con los que suelen rodear un trono, y que se levantase en el marco de algún acontecimiento guerrero, o dentro del drama de la contienda política. Por el contrario, nos hallamos en el umbral de un misérrimo taller de artesano de Nazaret.

Éste es José, que pertenece, sí, al linaje de David, pero que, sin que por ello le alcance ningún título o género de gloria, sino que, por verdadero contraste, se halla nivelado con el común de los hombres, sin historia y sin renombre. No sólo esto: sino que, a pesar de su cualidad de jefe de la familia humana dentro de la cual se dignó vivir Jesús, el Evangelio nada nos dice en particular sobre él: un hombre silencioso, pobre, esclavo del deber a pesar de su ascendencia real. «Fue justo». Es éste el único atributo que le atribuye el Evangelio, pero es suficiente para trazar el cuadro social elegido por Nuestro Señor para sí.

//static.flickr.com/8242/8664200750_db79c24064_mPodríamos, por ello, ignorar su figura y no detenernos ante ella de ninguna manera, pero entonces no comprenderíamos la doctrina que el Divino Maestro nos enseñaba: la Buena Nueva enseñada de una forma característica desde sus principios, la de ser anunciada a los pobres, a los humildes y a cuantos tienen necesidad de ser consolados y redimidos. Por eso, el evangelio de las Bienaventuranzas comienza con un introductor que se llama José. Nos hallamos ante un cuadro encantador y que nosotros, aunque fuéramos artistas, correríamos el riesgo de idealizar inadecuadamente. Por esto es el mismo Señor el que nos presenta a este introductor en las formas más humanas, las menos solemnes y las más accesibles a todos.

Por otra parte, hay otro aspecto especial que merece ser tratado y comprendido. La modesta vida, que se entrelaza con la de Jesús naciente y con la de la bienaventurada Virgen, tiene cierto colorido característico, más bello y misterioso. Recordemos el pasaje de san Mateo que hemos leído. Por tres veces en el Evangelio se habla de coloquios de un ángel con José durante el sueño. José era guiado y aconsejado en su intimidad por el mensajero celestial, según un dictado de la voluntad de Dios que se anteponía a sus acciones. Y, por lo mismo, su ordinario comportamiento estaba movido por un diálogo arcano que le señalaba lo que debía hacer: «¡José, no temas, haz esto! ¡Ve! ¡Vuelve!».

¿Qué es, entonces, lo que entrevemos en nuestro querido y modesto personaje? Vemos en él la docilidad, excepcional prontitud en obedecer y en ejecutar, no discute, no duda, no aduce derechos o aspiraciones. Se somete totalmente a la palabra que se le dirige. Sabe que su vida ha de desenvolverse a la manera de un drama, aunque transfigurado a un nivel extraordinario de pureza y de sublimidad, y muy superior al de todo anhelo o cálculo humano. José acepta su destino porque se le ha dicho: «No temas recibir a María como a tu esposa, puesto que el que ha nacido en ella es obra del Espíritu Santo».

Había sido también Paulo VI el que, en una alocución en una audiencia ordinaria, y dirigiéndose a un grupo llamado Équipes de Notre Dame, había caracterizado la pareja humana matrimonial de José y María como el instrumento elegido para introducir en la humanidad la gracia divina salvadora, contraponiéndola a la pareja de Adán y Eva, a quienes Dios permitió que introdujesen en la humanidad los efectos del pecado original. Juan Pablo II citó de nuevo las palabras de Paulo VI en la misma Redemptoris custos.

Juan XXIII llama al matrimonio de María y José «unión virginal y santa» y afirma que por ella ha querido el Salvador iniciar la obra de Salvación. Resultando, desgraciadamente, cierto que los cristianos somos tentados a no comprender y «no dar importancia» a José en razón de aquella pequeñez y «nada» con que se nos presenta el aspecto humano de la historia de la Salvación, las reflexiones de Paulo VI, asumidas por Juan Pablo II, sobre José y María como instrumento divino de la comunicación a la humanidad de la gracia de Dios nos llevan a comprender que es la infancia espiritual el camino único para recibir el evangelio de las Bienaventuranzas. La iluminada reflexión de Paulo VI nos hace comprender el ejemplo de san José: la ausencia de grandeza y de brillo, la ausencia de proyectos humanos como el camino de la aceptación modesta y humilde de la gracia de Dios.

Las inspiradas palabras de Paulo VI aportan, podríamos decir, una comprensión psicológica de la docilidad y disponibilidad de José al cumplimiento de la voluntad divina, es decir, nos describen, en un nivel de profundidad que sintoniza plenamente con la narración evangélica, la actitud de correspondencia a la voluntad divina del modesto y humilde Patriarca. Bastaría el hecho de haber sido pronunciadas estas palabras por un Papa para desterrar de nosotros todo pesimismo y minimalismo sobre el tema josefino. Lo que es de desear es que expresiones de este tipo no resten incomprendidas o silenciadas; por el contrario, unas palabras como las de Paulo VI merecen ser puestas en el centro de la atención para orientar y para alimentar nuestra devoción hacia el santo.

El artesano de Nazaret, cuya pequeñez era alegada por los espiritualmente pedantes para expresar la inverosimilitud de que Aquel fuera «el Hijo del carpintero» o «el carpintero» (como le llama san Marcos, tal vez aludiendo a la situación posterior a la muerte de san José, en la que Jesús es visto como el heredero de su profesión artesana en aquella aldea de Galilea de la que nadie sospechaba que pudiese salir nada bueno) es descrito por el papa Paulo VI en una perspectiva desde la que la sencillez y la pequeñez, lejos de ser algo a objetar contra la espiritualidad salvadora, son, precisamente, la garantía indispensable de la presencia de la acción divina («Si nos hicierais como niños no entraréis en el Reino de los cielos»).

Tenemos, pues, que abrir nuestro corazón para admitir, con asentimiento fervoroso, que la simplicidad, y tendríamos que atrevernos a decir la «nihilidad» de José, son el signo del camino tan semejante a la pequeñez de María, en la que se había complacido la mirada divina -«Porque miró Dios la pequeñez de su esclava, he aquí que desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones». Este es el camino por el que Dios introduce en el mundo la gracia salvadora a través de la pareja de que hablaba Paulo VI, José y María, el Nuevo Adán y la Nueva Eva, quienes, en contraste con aquella primera pareja humana, viven enteramente de la fe obediente a los misterios divinos, sin resistencia ni pretensión alguna, con entrega agradecida y total.

Estas consideraciones entiendo que nos llevan a comprender la enseñanza evangélica de la Doctora de la Iglesia Teresita del Niño Jesús, cuya devoción a san José se confundía con la de María y cuya admiración hacia los padres de la Familia de Nazaret se centraba en que aceptaron vivir una vida del todo ordinaria. Si aceptáramos plenamente la grandeza de lo pequeño y la primacía de lo último admiraríamos y veneraríamos la simplicidad y la vida del Patriarca José como la cima desde la que desciende sobre la humanidad el don generoso de la gracia divina que nos hace hijos de Dios.

Francisco Canals

San José, ejemplo de abandono confiado a la Divina Providencia

Eminentísima dignidad de San José

//static.flickr.com/8249/8664200830_209cfc002e_m“No hay duda -afirma León XIII en su encíclica Quamquam pluries de 15 de agosto de 1889- de que San José se acercó más que nadie a la excelentísima dignidad por la que la Madre de Dios es superior a todas las naturalezas creadas”.

“La casa que José gobernó con potestad paterna contenía los principios de la Iglesia naciente… de aquí que el bienaventurado Patriarca tenga confiada, por una razón singular, la multitud de los cristianos de que consta la Iglesia, esta familia innumerable extendida por toda la tierra, sobre la que goza como de una autoridad paterna, por ser esposo de María y padre de Jesucristo”.

Paulo VI, el que proclamó a María Madre de la Iglesia, contrapuso a Adán y Eva, “fuente del mal que ha inundado al mundo”, la pareja humana formada por José y María, “vértice desde el cual la santidad se esparce por toda la tierra”. El texto es citado y reafirmado por Juan Pablo II en la Redemptoris custos de 15 de agosto de 1989.

Pío XI habló de la “omnipotencia suplicante” de San José (19 de marzo de 1938) y, comentando el largo silencio que ha rodeado durante siglos la dignidad y la misión de San José, al que ha sucedido el clamor y la voz de la gloria, advertía que “donde es más profundo el misterio, y más espesa la noche que lo cubre, donde es más profundo el silencio, es precisamente allí donde es más alta la misión” y pasa a hablar de la misión de San José en estos términos:

“Esta misión única, grandiosa, la de custodiar al Hijo de Dios y Rey del universo, la misión de custodiar la virginidad, la santidad de María, la misión de cooperar, como único llamado a participar en la conciencia del gran misterio, escondido a los siglos, en la Encarnación divina y en la salvación del género humano” (19 de marzo de 1928).

No tendríamos que extrañarnos, pues, de que Santa Teresita del Niño Jesús afirmara: “Mi devoción hacia San José, desde mi infancia, se confundía con mi amor a la Santísima Virgen” (Historia de un alma, cap. 16).

“La Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen, María, asunta en cuerpo y alma a los cielos, Reina del universo y Madre de la Iglesia” tiene, en la obra de la salvación de la humanidad, una misión singular y excelsa, por la que cooperó, precisamente por ser la Madre de Dios, a la Encarnación redentora del Hijo de Dios hecho hombre. Dios dispuso que José, como esposo suyo y padre de Jesucristo, participase inseparablemente también en este designio de comunicar la vida divina a los hombres. Por esto, desde siglos, se ha ido extendiendo en la teología, y muy en especial en el sentido de la fe del pueblo cristiano, el reconocimiento de esta dignidad y misión que Suárez llamó “pertenencia al orden hypostático” que contempló como “Trinidad terrena” a Jesús, María y José y llevó a la devoción a la Sagrada Familia de Nazaret, vista como “originaria de la Iglesia”.

Santidad universalmente imitable de San José

La afirmación de León XIII de la cercanía de José a la dignidad de María, superior a la de todas las criaturas -es decir, Reina también de los Ángeles- ratifica el progreso, en la conciencia del pueblo cristiano, de la superior excelencia de su misión, más excelente que la de los antiguos Patriarcas, a los que se prometió la salvación de todas las naciones por su descendencia. Superior, también, a la de los Profetas y Apóstoles, sobre cuyo fundamento se edifica la Iglesia, se construye el Cuerpo cuya Cabeza es Jesucristo, Rey del universo.

Nuestro reconocimiento de esta dignidad y nuestra acción de gracias a Dios por la Venida redentora de Su Hijo, y el servicio prestado a ella por María y José, tendrían que ayudarnos a no sentir perplejidad, sino comprender íntimamente el mensaje del Señor al oir a Jesús responder al elogio dirigido a Su Madre, “Bienaventurado el vientre que te llevó, y los pechos que te amamantaron”, con la exhortación: “Más bien bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”. Decía Santa Teresita que carece de sentido presentar a María como admirable y no hacerla ver como imitable: “lo más ejemplar para mí es imaginarme su vida del todo corriente” (Novissima verba, 20 de agosto), “lo que más me edifica es la idea de una vida del todo ordinaria” (Consejos y recuerdos, n1 99). La Santa Doctora de la Iglesia nos ilumina con práctica eficacia, a la vez que lleva nuestra contemplación a lo más estimulante para nuestro amor.

Afirma Santo Tomás, comparando los carismas -que tienen los taumaturgos, los Doctores de la Iglesia …- con la gracia santificante (que tenemos todos desde el Bautismo, y que puede un cristiano que la haya perdido recuperarla al ser absuelto en una buena confesión, y que puede recuperar después de muchos años de perdida, un moribundo con un movimiento sincero de contricción y amor, o recibiendo debidamente la Unción de los enfermos) dice que, aunque los carismas los tengan pocos y la gracia santificante muchos, no hay que pensar que sean aquéllos más excelentes que la gracia santificante. En la naturaleza, lo más numeroso suele ser inferior a lo menos numeroso; así, los animales irracionales no tienen la dignidad de ser personas, que tenemos los hombres. Pero es que, en este orden, todo lo no racional se ordena a lo racional, y en nosotros mismos, el conocimiento sensible que conpartimos con los animales no racionales se ordena al conocimiento racional, que es superior. Pero, en el orden de la gracia, lo que es menos común se ordena a lo más común (S. Th. I0 Secundae, Qu. 101, art1 51, ad tertium).

En el Catecismo se afirma que el sacerdocio “ministerial” se ordena al sacerdocio regio de todos los bautizados (n1 1547). La práctica de los consejos en el estado de perfección se ordena al perfecto cumplimiento de los preceptos, porque la santidad, que es vocación universal, no es de consejo, sino de precepto y consiste, principalmente, en el amor a Dios y al prójimo (S. Th. II0 Secundae, art1 31-41). Nadie es santo por ninguna cualidad humana eminente, ni por ningún carisma excelente, ni por alguna misión jerárquica elevadísima, sino por la fidelidad con que, por amor, desempeña sus deberes y sirve a su prójimo. También es una vocación universal la del apostolado, como enseña muy clara y fundamentadamente el Concilio Vaticano II, pero el mismo Concilio dice que el apostolado especializado y activo, en asociaciones apostólicas, se ordena al apostolado individual, que consiste, esencialmente, en el mismo ejemplo cotidiano de la vida cristiana. Todo apostolado asociado se ordena al apostolado individual, que no puede ser sustituído por aquél.

Pensando en esta doctrina, comprenderemos a los teólogos que, reconociendo que la Maternidad divina de María es la razón de ser de todos sus privilegios y dignidades, no obstante, podemos pensar en la superioridad eminente del hecho de haber sido concebida sin pecado original. El singularísimo don de ser Madre del Hijo de Dios está providencialmente destinado a la vocación universal de todos los hombres a ser hechos hijos de Dios por Cristo, y María tiene, en forma plena y perfectísima, desde el primer instante de su concepción, aquello que todos estamos llamados a tener.

Esto significa también que la santidad de María y de José, por la que son imitables, es, de alguna manera, más excelente que su singular elección para pertenecer al orden hypostático de la Encarnación redentora.

Ahora vamos a pensar, y es muy rápido y sencillo de hacer, en la santidad de San José, y la vamos a ver por la lectura del Evangelio. Es un falso tópico decir que sabemos poco de San José porque en la Escritura se habla poco de él. Leamos el texto de San Mateo 1, 18-25 y atendamos a los versículos 24 y 25:

Despertado José del sueño, hizo como le ordenó el Ángel del Señor, y recibió consigo a su mujer”“Y, nacido el Hijo, él le puso por nombre Jesús”. También en esto cumple literalmente lo que se le había dicho: “Le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará al pueblo de sus pecados”.

Leamos ahora a San Lucas:

“Subió también José desde Galilea de la ciudad de Nazaret, a la Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, por ser él del linaje y familia de David, para inscribirse en él, juntamente con María, su esposa” (Luc 2, 4-5).

“Y, cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle le pusieron por nobre Jesús, como había sido llamado por el Ángel antes de que fuese concebido en el seno materno” (Luc. 2, 21). “Y, cuando se les cumplieron los días de la purificación, le subieron a Jerusalén para presentarlo al Señor” (Luc. 2, 22). “Y he aquí que había un hombre en Jerusalén llamado Simeón, temeroso de Dios y justo, que esperaba la consolación de Israel” (Luc. 2, 25-28) “y, cuando sus padres introducían al niño Jesús para cumplir las prescripciones de la Ley, Simeón lo recibió en sus brazos, y bendijo a Dios … y su padre y su madre estaban admirados por las cosas que les decían. Y los bendijo Simeón y dijo a María, su Madre … A ti misma una espada te traspasará el alma” (Luc. 2, 33-35).

La profecía de participar en la Pasión se dirige a María, que había de estar al pie de la Cruz. La bendición de Simeón de parte de Dios es para “su padre y su madre”. El Evangelista añade después:

“Y así que cumplieron todas las cosas ordenadas en la Ley del Señor, se volvieron a Galilea” (Luc. 2, 39).

Volvamos a San Mateo, quien, después de narrar la Adoración de los Magos, dice:

“Así que partieron, un Ángel del Señor se aparece en sueños a José diciéndole: Levántate, toma contigo al Niño y a Su Madre y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te diga … Él, levantándose, tomó consigo al Niño y a Su Madre de noche, y huyó a Egipto, y estuvo allí hasta la muerte de Herodes” (Mat. 2, 13.15).

“Habiendo muerto Herodes, he aquí que un Ángel del Señor se aparece en sueños a José: “Levántate y toma al Niño y a Su Madre, y marcha a tierras de Israel, porque han muerto ya los que atentaban contra la vida del Niño” … Él, levantándose, tomó al Niño y a Su Madre y entró en tierras de Israel. Mas, habiendo oído que reinaba en Judea el hijo de Herodes, temió ir allá; pero, avisado por Dios en sueños, se retiró a la región de Galilea y, llegado allá, se estableció en una ciudad llamada Nazaret” (Mat. 2, 19-23).

Y, en San Lucas, encontraremos el último de los hechos narrados por los Evangelistas, la pérdida en el Templo de Jerusalén, entre los Doctores:

“El Niño crecía y se robustecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él. Iban sus padres cada año a Jerusalén por la fiesta de Pascua. Y, cuando fue de doce años, habiendo ellos subido, según la costumbre de la fiesta, y acabados los días, al volverse ellos, se quedó el Niño Jesús en Jerusalén sin que lo advirtiesen sus padres. Y, creyendo ellos que él andaría en la comitiva, caminaron una jornada, y le buscaban entre los parientes y conocidos y, no hallándole, se volvieron a Jerusalén para buscarle. Y sucedió que, después de tres días, le hallaron en el Templo. Sus padres, al verle, quedaron atónitos, y le dijo Su Madre: “Hijo, )por qué lo hiciste así con nosotros? Mira que tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando”. Díjoles Él: “Pues, )por qué me buscábais? )No sabíais que había Yo de estar en la Casa de Mi Padre?” Y ellos no habían comprendido la palabra que les había dicho. Y bajó en su compañía, y se fue a Nazaret y vivía sometido a ellos, y Su Madre guardaba todas estas cosas en su corazón, y Jesús progresaba en sabiduría, en edad y gracia ante Dios y los hombres” (Luc. 2, 40-51).

De José, al que llama el Evangelista Mateo, narrando las palabras del Ángel, “Hijo de David” (único en todo el Evangelio, con el propio Jesús, en ser llamado con este título mesiánico) leemos en el Evangelio, inequívocamente, que era el esposo de María, que era el padre de Jesús y que era varón justo. Los dos primeros títulos hablan de su dignidad de asociado a la Encarnación redentora. El último define su santidad. “El justo vive por la fe” y la fe se manifiesta en las obras al obedecer a los divinos mandatos (Iac. 2, 21-26; Heb. 11, 1-40).

También en el Evangelio, José es presentado como “el artesano o carpintero” y Jesús como “el hijo del carpintero”, lo que se dice expresando la sorpresa de los vecinos de Nazaret de que Jesús pudiese ser tan sabio. Lo que quiere decir que José no tenía prestigio de hombre “enterado” y experto en el conocimiento de las Sagradas Escrituras. José, en el diario trabajo en un ambiente aldeano, nos muestra la santidad en lo cotidiano.

La Liturgia de las Horas de la Solemnidad de San José pone estos textos de la fe como principio de la salvación que viene de Dios, que vive y se manifiesta en la obediencia a la voluntad divina.

De la lectura del Evangelio parece que se nos manifiesta este hecho: José no tomó nunca ninguna iniciativa, no se refieren de él deliberaciones que precedan a propósitos o decisiones. Sólo se nos narran, reiteradamente, hechos en los que le vemos haciendo lo que se la ha dicho de parte del Señor, sin vacilar, sin dudar, una vez conocida la voluntad divina. Con una obediencia heroica, y una fe incondicionada. Aquella imagen que ponía Santa Teresita, que quería ser la “pelotita del Niño Jesús”, la vemos cumplida en José, que está siempre en manos de Dios y en su vida patentiza la fe obediente, y el abandono confiado a la providencia paterna de Dios.

María y José fueron destinados por Dios a una misión única en la economía salvífica. Pero la cumplieron en lo oculto y silencioso de la vida cotidiana.

Francisco Canals