León XIII, el Maligno y la protección del arcángel san Miguel

//static.flickr.com/8242/8663104585_dd2ee4475b_mLas personas mayores de cuarenta años recuerdan todavía el rito de la misa vigente antes de la última reforma conciliar. Terminada la Eucaristía, el sacerdote, arrodillado delante del altar, generalmente entonces con el monaguillo a su lado, rezaba tres avemarías, la Salve Regina, una oración implorando la protección de la Virgen y san José, patrón de la Iglesia universal, san Pedro, san Pablo y los santos; una oración a san Miguel Arcángel implorando su protección en la lucha contra Satanás y los otros malignos espíritus, y la triple invocación al Sacratísimo Corazón de Jesús para que tuviera misericordia de nosotros. Nos fijamos particularmente en la oración a san Miguel que textualmente dice: «Arcángel san Miguel defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo y fortaleza contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, príncipe de la celestial milicia, lanza al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros malignos espíritus que vagan por el mundo para la perdición de las almas».

Esta oración fue compuesta y ordenado su rezo al final de la misa por el propio León XIII. Veamos en qué circunstancias, transcribiendo lo publicado por la revista Ephemerides Liturgicae de 1955 mediante el testimonio del padre Domenico Pechenino:

«No recuerdo el año exacto. Una mañana el sumo pontífice León XIII había celebrado la santa misa y estaba asistiendo a otra, de agradecimiento, como era habitual. De pronto, le vi levantar enérgicamente la cabeza y luego mirar algo por encima del celebrante. Miraba fijamente, sin parpadear, pero con un aire de terror y de maravilla, demudado. Algo extraño, grande, le ocurría.

Finalmente, como volviendo en sí, con un ligero pero enérgico ademán, se levanta. Se le ve encaminarse hacia su despacho privado. Los familiares le siguen con premura y ansiedad. Le dicen en voz baja:

«Santo Padre, ¿no se siente bien? ¿Necesita algo?».

Responde: «Nada, nada». Al cabo de media hora hace llamar al secretario de la Congregación de Ritos y, dándole un folio, le manda imprimirlo y enviarlo a todos los obispos diocesanos del mundo. ¿Qué contenía? La oración que rezamos al final de la misa junto con el pueblo, con la súplica a María y la encendida invocación al príncipe de las milicias celestiales, implorando a Dios que vuelva a lanzar a Satanás al infierno».

El Papa, al parecer, compuso las dos oraciones del final de la misa, la dirigida a la Santísima Virgen, san José, los apóstoles y los santos y la más específicamente antidiabólica, la vibrante impetración a san Miguel, textualmente recogida. El Papa dispuso que las oraciones deberían ser rezadas de rodillas y la orden fue expedida a los obispos diocesanos en 1886.

El cardenal Nasalli Rocca, en su carta pastoral para la cuaresma, publicada en Bolonia en 1946 escribe:

«León XIII escribió él mismo esa oración. La frase «(los demonios) que vagan por el mundo para perdición de las almas» tiene una explicación histórica, que nos fue referida varias veces por su secretario particular, monseñor Rinaldo Angeli. León XIII experimentó verdaderamente la visión de los espíritus infernales que se concentraban sobre la Ciudad Eterna (Roma); de esa experiencia surgió la oración que quiso hacer rezar en toda la Iglesia. Él la rezaba con voz vibrante y potente: la oímos muchas veces en la basílica vaticana. No sólo esto, sino que escribió de su puño y letra un exorcismo especial contenido en el Ritual romano (edición de 1954, tít. XII, c. III, pp. 863 y ss. ). Él recomendaba a los obispos y los sacerdotes que rezaran a menudo ese exorcismo en sus diócesis y parroquias. Él, por su parte, lo rezaba con mucha frecuencia a lo largo del día».

El papa Pío XI quiso que al rezarse esas oraciones prescritas para después de la Misa se hiciera con especial intención por Rusia y el 19 de marzo de 1930, festividad de S. José dijo «Y a fin de que todos puedan sin fatiga ni incomodidad continuar en esta santa cruzada, disponemos que esas oraciones que nuestro antecesor de feliz memoria, León XIII, ordenó que los sacerdotes y los fieles rezaran después de la misa, sean dichas con esta intención especial, es decir, por Rusia. De lo cual los obispos y el clero secular y regular tendrán cuidado de mantener informados a su pueblo y a cuantos estén presentes en el santo sacrificio, sin dejar de recordar a menudo lo antedicho».

Como puede verse, León XIII aprehendió la tremenda presencia de Satanás en nuestros tiempos, no sólo en virtud de la inspiración ordinaria propia de su magisterio, sino también en virtud de una visión, que impresionó profundamente al Pontífice, hasta el punto de componer una oración al príncipe de la milicia celeste que tenía un cierto carácter liberatorio y exorcístico, y ordenar rezarla de rodillas a la finalización de la Misa.

Habida cuenta de lo relatado, se podrían sacar muchas e importantes conclusiones, entre las que relacionaríamos las siguientes:

1º. León XIII con su propio conocimiento y carisma magisterial, y bajo la inspiración del Espíritu Santo, conoció y enseñó el muy particular empeño diabólico en los tiempos de su pontificado apremiando a los obispos, clero y fieles a rezar oraciones específicas para protección de la Iglesia y de las almas.

2º. León XIII, tuvo una visión particular de esta especial actividad diabólica, que fue recogida y explicada a sus colaboradores inmediatos y que tuvo tal carácter de viveza que le movió a redactar una oración, dedicada a san Miguel, en la que aparecían imágenes de singular viveza, propias de la visión, como «… Satanás y los otros malignos espíritus que vagan por el mundo para la perdición de las almas».

La visión del Papa debió ser muy viva y se reflejó en la oración que compuso inmediatamente, ordenando su rezo, nada menos, que al concluir la misa.

3º. Las circunstancias del momento, no eran las que vulgarmente y de una forma ligera y frívola se entendían como apocalípticas. En los años 80 del siglo XIX estamos en plena «belle époque». El orgullo y optimismo humano, es quizás más elevado que nunca. Europa vive su gran momento aparente. No hay guerras importantes. Han pasado las terribles guerras napoleónicas de principios del siglo. Han pasado las revoluciones de 1830, 1848, y la «Commune» de París. La guerra francoprusiana es un recuerdo. Los países importantes de Europa están en plena expansión colonial. La primera guerra mundial (1914-18) está lejos. Nadie puede imaginar todavía los horrores de la primera mitad del siglo XX, con sus revoluciones, sus campos de concentración, sus «gulags» sus genocidios de todo tipo (empezando por el olvidado de los armenios de 1915) y las espantosas matanzas de las guerras mundiales.

El hombre es optimista con su futuro. No parece el momento adecuado para alarmismos.

4º. Según el testimonio del cardenal Nasalli, la visión de León XIII comprendía los diablos que se concentraban sobre la ciudad de Roma ¿Significa esto las tentaciones gravísimas que iba a sufrir la Iglesia, de género desconocido hasta el momento? La herejía modernista estaba a las puertas: el sucesor de León XIII, san Pío X la condenará como la más peligrosa de todas las herejías. Por primera vez los herejes no abandonan la Iglesia y pretenden continuar en ella. A lo largo del siglo XX y sobre todo en su segunda mitad, los ataques desde el interior de la Iglesia iban a ser constantes, hasta el punto de que ochenta años después Pablo VI iba a hablar de «humo de Satanás penetrando en el interior de la Iglesia» ¿Fue la visión de León XIII, un adelanto de ochenta años a la grave declaración de Pablo VI?

La oración compuesta por León XIII dirigida al arcángel san Miguel, es vibrante, militante y tiene un cierto carácter de exorcismo, pues por medio de san Miguel, príncipe de la celestial milicia, se impetra que Dios lance al infierno a Satanás y los demás espíritus malignos. No es, desde luego, un exorcismo en el sentido estricto del término, tratado en el número 1673 del Catecismo de la Iglesia católica o sea la petición pública y con autoridad, de la Iglesia, para que una persona o un objeto sea protegido de las asechanzas del demonio y sustraído a su dominio. No es un rito exorcista propiamente dicho, pero sí una oración liberadora y de carácter exorcístico.

La oración se dirige a san Miguel, que juntamente con san Gabriel y san Rafael, son los tres arcángeles nombrados por su nombre en la Biblia. Su nombre significa «¿Quién como Dios?». Designa al abanderado de Dios en la lucha inicial contra la rebelión angélica, y permanentemente con posterioridad, contra los demonios que intentan seducir al hombre contra Dios. En el Antiguo Testamento es citado en Daniel 10, 13 y 21 y en Daniel 12, 1 en el que es ensalzado como príncipe y defensor de los hijos de su pueblo (Israel) en tiempos de angustia. En el Nuevo Testamento es citado en la carta del apóstol san Judas que lo representa altercando con el Diablo, y en Apocalipsis 12, 7 en el que se dice textualmente «Hubo una batalla en el cielo; Miguel y sus ángeles peleaban con el dragón». Puede verse bíblicamente el carácter guerrero y antidiabólico que la Biblia ha concedido al arcángel san Miguel y que ha sido continuado en toda la tradición de la Iglesia, en su liturgia, particularmente recordatoria de san Miguel en los instantes de lucha, como el decisivo de la hora de la muerte; la piedad del pueblo cristiano ha representado siempre a S. Miguel con espada y escudo, luchando contra espíritus malignos.

Para finalizar: las oraciones prescritas por León XIII para el final de la Misa no son vigentes con arreglo a la reforma litúrgica posterior al Vaticano II. Sin embargo, la especial intervención diabólica que tanto impresionó a León XIII, no parece haber cedido un ápice. No puede disminuirse la impetración al Señor, tomando como intercesora a la Santísima Virgen, máxima enemiga de la serpiente, ya personificada en el Génesis, desde el momento siguiente al pecado original; por intercesor a san José, patrón de la Iglesia universal; y por intercesor también a san Miguel Arcángel, príncipe de la milicia celeste, para que, como decía la oración de León XIII, que debe ser recitada, cuanto más mejor, se envíe al infierno a Satanás y a los otros malignos espíritus que vagan por el mundo para la perdición de las almas.

José Oriol Anguera de Sojo

Anuncios

El Arcángel San Miguel confía al Padre Hoyos ser el encargado de la causa de la devoción del Sagrado Corazón de Jesús en la Tierra

//static.flickr.com/8242/8663104585_dd2ee4475b_mEn los días en que el nieto de Luis XIV, Felipe el animoso, luchaba en España por asegurarse el trono que su abuelo le había dispuesto, nacía en Torrelobatón, a cuatro leguas y media de Valladolid, Bernardo de Hoyos. A los 15 años ingresó en la Compañía de Jesús. En mayo de 1733, a la edad de 22años recibió las primeras noticias acerca de la Devoción al Corazón de Jesús. A la mañana siguiente escribe: “el Señor me dijo clara y distintamente que quería por mi medio extender el culto de su Corazón sacrosanto para comunicar a muchos sus dones”. Once días después, o sea, el 14 de mayo, “pidiendo esta fiesta en especial para España, en que ni aún memoria parece que hay en ella, me dijo Jesús: REINARÉ EN ESPAÑA Y CON MÁS VENERACIÓN QUE EN OTRAS PARTES”. Se ordenó sacerdote el 2 de enero de 1735 a los 24 años, y el 29 de noviembre del mismo año moría santamente en el Colegio de San Ignacio de Valladolid.

El Venerable Padre Bernardo de Hoyos, dos meses antes de su muerte, escribía a su director espiritual P. Juan de Loyola, contándole cómo el 29 de septiembre, día de su fiesta, se le apareció el Arcángel San Miguel:

“Nuestro glorioso protector San Miguel, acompañado de innumerable multitud de espíritus angélicos, me certificó de nuevo estar él encargado de la causa del Corazón de Jesús, como de uno de los mayores negocios de la gloria de Dios y utilidad de la Iglesia, que en toda la sucesión de los siglos se han tratado lo que ha que el mundo es mundo. Porque es una alta idea de aquel gran Dios que, habiendo socorrido al género humano por medio de la Encarnación y Pasión de su amado Hijo Jesucristo, quiere se logren sus frutos más copiosamente que hasta aquí por medio del amor al mismo Dios­ Hombre Cristo-Jesús, el cual se ha de avivar grandemente hasta el fin del mundo, por los maravillosos progresos que ha de ir haciendo sin cesar entre mil oposiciones la devoción al Corazón adorable de nuestro amable Salvador”.

“Este misterio escondido a los siglos, este sacramento manifiesto nuevamente al mundo, este designio formado desde la eternidad en la mente divina a favor de los hombres y descubierto ahora a la Iglesia, es uno de los que, por decirlo así, se llevan las atenciones de un Dios cuidadoso de nuestro bien y de la gloria del Salvador; pero para que ésta sea mayor y la obra salga más primorosa permite el Señor las que parecen oposiciones, y son voces que publican ser este asunto todo de la mano del Muy Alto, que saldrá con la suya (así me explicó), con admiración del mundo, que verá cómo juega su eterna sabiduría con los hombres, conduciendo sus encontrados designios a la mayor gloria de su eterno destino”.

“Por esto, pues, es también éste uno de los principales encargos del Príncipe de la Iglesia San Miguel, según me significó; pero lo trata conforme a los consejos de la Divina Providencia. Todo esto entendí el día de su fiesta de Septiembre”.

Este texto del Venerable Padre Hoyos, cuyo proceso de beatificación se halla muy avanzado, da una idea certera de lo que es y será la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

El hecho de que la causa del Corazón de Jesús haya sido encargada a San Miguel es significativo, pues, “es el gran luchador contra el Dragón, su grito de guerra se convirtió en su nombre propio: Mi-ca-el: ¿Quién como Dios? Es quien reivindica los derechos inalienables de Dios”.

También es significativo que San Miguel, encargado de la devoción al Corazón de Jesús en la tierra sea a su vez el custodio especial del pueblo de Israel. Así consta en la Sagrada Escritura, cuando el ángel tutelar de los persas intentaba retener en el desierto a los israelitas por el bien espiritual que de ello resultaba a Persia, mientras el ángel que velaba por el pueblo judío se oponía a ello: “Nadie­ -dijo a Daniel- ha venido en mi ayuda, sino Miguel vuestro príncipe”.

Juan Pablo II peregrinaba el 24 de mayo de 1987 al monte Gargano, donde desde hace quince siglos se da culto al Arcángel. Allí le invocó como “Guardián del pueblo elegido… protector y defensor del Reino de Dios sobre la tierra”.

Con mayor claridad se ve esta misión de San Miguel en la profecía de Daniel: cuando dice: “Y en aquel tiempo se levantará Miguel, el gran Príncipe, que está por los hijos de tu pueblo; y será un tiempo de angustia cual nunca se vio desde que existen gentes hasta entonces; mas en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallaren escritos en el libro”.

Es pues San Miguel el encargado de Israel y de la devoción del Sagrado Corazón en la tierra. ¿Sería aventurado esperar que la vuelta del pueblo elegido a su Dios y su entrada en la Iglesia se realice por el Corazón de Jesús?, como dice Zacarías: “En aquel día derramaré sobre el linaje de David y los habitantes de Jerusalén un espíritu de amor y benevolencia, y entonces me dirigirán la mirada a mí, a quien traspasaron y llorarán como se llora por la muerte de un hijo único. Y habrá una fuente abierta en aquellos días para lavar el pecado y la impureza de la casa de David” (Zacarías 1 2.13).

En un Oficio local del Corazón de Jesús se contiene esta oración:

‘’¡Oh Jesús restaurador del universo!, ved aquí que ha llegado aquel desdichado tiempo en que abundó la iniquidad y se enfrió el amor. ¡Ea! Señor, por el culto de tu Corazón, que en estos miserables tiempos te has dignado revelar como remedio de tantos males, instaura y renueva nuestros corazones: haz que vuelvan los dorados siglos de la caridad primitiva; crea una tierra nueva; renuévalo todo, a fin de que con el nuevo incendio de caridad que arde en tu Corazón, la vejez de los crímenes se borre, y ardan nuestros corazones en tu amor”.

María del Divino Corazón

Nació en Munster (Alemania) de los Condes Droste zu Vischering, y murió superiora del Buen Pastor en Oporto (Portugal), año de 1899. Alma extraordinaria, de quien se sirvió el Corazón de Jesús tras muchas apariciones para inducir a León XIII a la consagración del mundo.

En su carta al Soberano Pontífice escribe:

“La víspera de la Inmaculada Concepción N. Señor me dio a conocer que en virtud de este nuevo desenvolvimiento que tendrá el culto de su divino Corazón hará resplandecer una nueva luz sobre el mundo entero; y me penetraron el corazón aquellas palabras de la tercera Misa de Navidad: “Quía hodie descendit lux magna super terram”. Parecióme ver (interiormente) que esta luz, el Corazón de Jesús, este sol adorable, derramaba sus rayos sobre la tierra, primero en un espacio reducido y luego se extendían hasta iluminar el mundo entero, y me dijo: “con el resplandor de esta luz los pueblos y naciones serán iluminados y con su ardor recalentados’”’.

Pío XI

Muy dulcemente sonarán a los oídos deseosos del reino universal del Corazón de Jesús las palabras de este Romano pontífice en su Encíclica “Miserentíssimus Redemptor”, de 8 de mayo de 1928.

“Y mientras esto hacíamos, no solamente poníamos de relieve aquel imperio sumo que Cristo tiene sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y doméstica y sobre cada uno de los hombres, sino que también ya entonces saboreamos de antemano las alegrías de aquel día venturoso, en que todo el orbe, de voluntad y con gusto, se someterá obediente al imperio suavísimo de Cristo Rey”.

Tenemos, pues, afirmado por el Papa el futuro reinado universal del Corazón de Jesús, porque como consta del contexto, el Cristo Rey de esta fiesta no es otro que el divino Corazón.

Al leer las palabras del Pontífice se vienen sin querer a la memoria aquellos pasajes numerosísimos, en que los libros sagrados describen el imperio del Mesías:

“Y dominará de mar a mar; desde el río (Jordán o Éufrates) hasta los confines de la tierra” (Salmo71, 5).

“Y doblarán sus rodillas ante El todos los reyes de la tierra; todas las gentes le servirán” (id.11).

“Y se acordarán y se convertirán al Señor todos los confines de la tierra, y se humillarán ante El todas las familias de las gentes” (Sal.21, 28).

José Javier Echave-Sustaeta del Villar

¿Por qué invocar a San Miguel?

//static.flickr.com/8242/8663104585_dd2ee4475b_mDesde el principio hasta el fin del mundo el “Arcángel San Miguel” con sus ángeles está y estará siempre en lucha contra el demonio.

“Y fue hecha una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y lidiaban el dragón y sus ángeles, pero no prevalecieron y fueron arrojados del cielo. Y fue lanzado fuera aquel gran dragón, la serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, el cual engaña a todo el mundo; fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él” (Ap 12, 7-10).

Este pasaje emocionante y terrorífico del Apocalipsis de San Juan evoca dos realidades que no nos impresionan bastante a nosotros cristianos del siglo XX: presencia del demonio y sus ángeles en el mundo como dos ejércitos que combaten y luchan. Este combate cuya mayor parte se desenvuelve de modo secreto e invisible pero no por ello menos real, no cede en su ardor y violencia. Es una lucha a muerte y sin cuartel cuya “puesta” es el hombre inmortal, hecho a imagen de Dios, rescatado por la sangre de Jesucristo y llamado a gozar para siempre de la presencia de Dios en la visión beatífica. Lucifer, como le llama la tradición que lo considera el capitán de los ángeles, es el más bello y más perfecto de entre ellos. Engreído con sus cualidades llegó al punto de querer bastarse por sí mismo, prescindiendo de Dios. Se rebela contra su Creador e intenta arrastrar consigo a los demás ángeles cuya mayoría, sin embargo, permanece fiel. Su nombre suena como grito de combate y contraseña en las tinieblas confusas que incita a la rebelión a los espíritus e inteligencias. “Quién como Dios” es la réplica victoriosa de Miguel contra el ángel malo que quiere hacerse igual a Dios. Empieza la batalla gigantesca entre los espíritus angélicos. Miguel y sus ángeles derrotados. ¿Por qué sobre la tierra? ¿Por qué no encerrarlos a todos en el infierno donde no pueden dañar al hombre? Ahí está el misterio del gobierno divino… se podrían encontrar varias razones que sería largo desarrollar aquí. Señalemos solamente que localizar a los espíritus puros es una cosa aún bastante misteriosa para nosotros, y que no podemos tener más que concepciones analógicas. Por otra parte la misma tierra antes del pecado pudo ser considerada como un terreno neutro donde el bien y el mal podrían enfrentarse para probar al hombre y hacerle capaz de mostrar a Dios su fidelidad y amor.

De todos modos nosotros encontramos al ángel caído bajo la forma de “serpiente” desde el principio de la creación del hombre. Está junto a Eva incitándola a la rebelión contra Dios. “Por la envidia del diablo la muerte ha entrado en el mundo” (Sb 2, 24), nos dice el Libro de la Sabiduría. La envidia, porque él y sus ángeles, criaturas privilegiadas más inteligentes que el hombre están privadas, por su rebelión, de esta Presencia, de esta visión divina a que el hombre está destinado. La envidia porque el hombre, que es carne y espíritu, vulnerable en su cuerpo y en su alma, como criatura menos perfecta, aunque como él hecha a imagen de Dios, está llamado a suplantarle entre los que “alaban a Dios”.

Entonces apela a toda su inteligencia, a toda su astucia para arrastrar al hombre tras de sí hacia la desdicha y la maldición. Para ello se apoya en el orgullo: “seréis como Dios” (Gn 2, 5).

Apela a los deseos de los sentidos: “la mujer vio que el árbol era apetitoso para comer y seductor a la vista” (Gn 2, 6). Aguza la curiosidad orgullosa de la inteligencia “vio el árbol deseable al entendimiento” (Gn 2, 6) y quiso tener ese “conocimiento del bien y del mal” (Gn 2, 5). Y así arrastró a la primera pareja humana y toda su descendencia haca la Rebelión contra Dios.

La tradición cristiana sitúa muy acertadamente a Miguel y sus ángeles entre los “querubines” (Gn 2, 24) encargados de ejecutar el edicto de maldición de Dios sobre los primeros hombres y no es raro verle entre nuestra imaginaria rodeado de sus ángeles impidiendo la entrada en el Paraíso a nuestros primeros padres “con una espada de fuego” en la mano.

Le encontramos de nuevo en los textos bíblicos del Antiguo Testamento acudiendo en auxilio de los hebreos en su lucha contra los persas (Dn 10, 13). “Mas el príncipe del reino de Persia se puso contra mí veintiún días, y he aquí Miguel, uno de los principales príncipes, vino en mi ayuda” (Dn 10, 13). La tradición judeo-cristiana ve en este pasaje no solamente un episodio de las dificultades que los judíos encontraron con sus vecinos sino sobre todo un testimonio auténtico de la lucha que Miguel no cesa de sostener contra todos los enemigos de los elegidos de Dios. Algo más adelante leemos también en el mismo profeta Daniel: “Y ninguno hay que se esfuerce conmigo en estas cosas sino Miguel vuestro príncipe” (Dn 10, 21). “Y en aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está por los hijos de tu pueblo” (Dn 10, 1).

Por estos textos vemos que Dios ha puesto, por así decirlo, a Miguel al servicio del pueblo judío, el pueblo elegido para defenderle. Es una verdadera atribución. Miguel viene a ser “vuestro príncipe”; está entre vosotros como un buen maestro, un buen jefe para serviros y defenderos.

Está a vuestro lado pronto a intervenir. A la menor dificultad, al menor ataque del enemigo “se levantará” para combatir y defenderos. Señalemos desde ahora que en el combate espiritual que hemos de sostener Miguel representa para nosotros la fuerza y el valor: tomemos conciencia de este capital de energía que permanece ocioso porque olvidamos invocar con confianza a San Miguel.

Charles de Blic