La actualidad a la que aspiramos

//static.flickr.com/8242/8663106961_a1076c46fb_mEn las columnas de El Correo Catalán, benemérito y veterano paladín de la buena causa católica y tradicionalista, se publicó el 10 de septiembre del corriente año, un artículo titulado «La revista Cristiandad». Firmábalo el joven e inteligente director del periódico Claudio Colomer Marqués. Cristiandad se ha abstenido hasta ahora de reproducir en sus columnas los no pocos juicios laudatorios que acerca de ella han ido apareciendo en la prensa nacional y extranjera. Pero no hay regla sin excepción, y esta excepción habrá de recaer, por haberlo rogado nosotros a la dirección de la Revista, sobre el artículo del señor Colomer; de manera que nuestros lectores podrán leerlo en las columnas de este número.

Esta excepción verá el lector, así lo confiamos, que nada tiene de arbitraria o de caprichosa. Además, ningún menosprecio significa o implica con respecto a los otros juicios laudatorios que de veras agradecemos y que deseamos fervorosamente convertirlos de benévolos en merecidos.

Si reproducimos el artículo de «El Correo Catalán» es para confesar una deficiencia de Cristiandad; es porque Cristiandad, al pretender en varias ocasiones dar razón de sí misma y de sus procedimientos, en un punto no poco importante, tal vez no ha sabido explicarse con bastante precisión y lucidez; tal vez ha gastado sobra de palabras para expresar un pensamiento, que el señor Colomer capta y transmite al lector en una frase breve, pero certera y pregnante. En algo, con todo, hemos de disentir del señor Colomer, es a saber: en que él da por supuesto que Cristiandad realiza ya lo significado en su feliz expresión, mientras nosotros tenemos conciencia de que en ella, sí, se expresa nuestra aspiración, nuestro ideal, pero por lo que toca a su realización distamos no poco de alcanzarlo.

De actualidad, sí; de actualidades, no

La frase en la cual el periodista, como profesional que es, intenta cifrar la índole característica de Cristiandad, y en la cual, cosa innegable, a través de una realidad imperfecta, sorprende un auténtico pensamiento, es la citada en el epígrafe.

Pregúntase el señor Colomer: «¿Se trata de una revista de actualidad? Entendámonos: de actualidad, sí; de actualidades, no». ¡Actualidad! ¡Actualidades! Si es así, quien vaya a caza de actualidades puede pasar de largo, no se pare a leer Cristiandad; mas quien sienta el deseo de conocer la actualidad, en este deseo comparte el de Cristiandad; este deseo alienta en Cristiandad, y en sus páginas hallará, si no el rico venero de la actualidad, por lo menos amigos y compañeros, que con él trabajarán para satisfacer el deseo.

Corrijámonos. Este rico venero de la actualidad lo podrá hallar el lector benévolo y paciente, en Cristiandad, si no en los escritos propios de la Redacción, en el selecto documental que en todos los números suele insertarse, y que se debe considerar como su núcleo distintivo y substancial. Allí el lector hallará la actualidad, la verdadera y definitiva actualidad según que la señala y declara el Magisterio auténtico de la Iglesia de Jesucristo, y según la entienden y comentan los doctores y escritores cristianos de valor reconocido.

Actualidades, no

Cristiandad no quiere ser, en efecto, una revista de actualidades; no que por sistema tenga en menos las publicaciones que honesta y prudentemente informan al público de los acontecimientos del día; empero jamás fue éste el ideal que la llevó a la existencia.

Nunca jamás fue su propósito el satisfacer en el lector el prurito de enterarse de cuanto ocurra. El hombre moderno siente de esto una manera de necesidad; y ésta se satisface con el conocimiento de lo exterior de los sucesos, con lo «cortical» de los sucesos, como dice, el señor Colomer, ora tenga esta necesidad su origen en el mero instinto de curiosidad innata en el hombre, ora esté acuciada por simpatías o antipatías, por filias y por fobias, por intereses más o menos limitados. Esta necesidad no crea la tendencia a la unidad, conténtase con lo múltiple, conténtase con la noticia del suceso, poco se preocupa por las causas, por las relaciones, por los resultados del suceso, si para conocerlo es necesario pensar.

Actualidad,

Como explicación de su frase el señor Colomer propone ejemplos. «… [Cristiandad] no es una revista cortical que le preocupe el último discurso del estadista éste o la última reunión del comité aquél. Precisemos nuevamente; el discurso y la reunión no le preocupan y le preocupan al mismo tiempo. No le preocupan en sí como hechos fugaces y limitados, pero le preocupan en cuanto síntomas o expresiones de la permanente realidad histórica y doctrinal que la revista va sorprendiendo a lo largo de sus números».

Acierta el perspicaz articulista. Cristiandad presume de amar la seriedad, y, no obstante lo limitado de sus fuerzas y de sus recursos, no sabe contentarse con lo cortical, y trabaja porfiadamente por llegar a penetrar hasta el fondo de las actualidades. Ellas aparecen a simple vista inconexas, en un mero sincronismo o en una sucesión casual o carente de sentido, y al pretender explicarlas o motivarlas, en la mayoría de los casos la miopía presuntuosa de un vidente, en amistosa alianza con la frivolidad petulante, se jacta de su perspicacia, cuando en realidad no ha penetrado más allá de lo cortical; y una muchedumbre de alumnos matriculados en la escuela del filosofante sentirán al ritmo de su batuta, optimismo o pesimismo; preverán catástrofes tremebundas o soluciones de inesperado favor; soluciones que se admiten con facilidad y simpatía tanto mayor cuanto que, si no prometen estabilidad de paz y bienestar, por lo menos ofrecen ciertas perspectivas en que sea dado vivir y aún disfrutar de la vida.

Cristiandad para alcanzar a penetrar en el fondo de las actualidades procura en cuanto puede -distando mucho de alcanzarlo siempre- aquilatar el valor sincero de personas, de cosas, de sucesos; las promesas y amenazas que en sí entrañan o que por sus relaciones aportan; el derrotero que siguen al actuarse; el término más o menos previsible hacia el cual se les ve avanzar; etc., etc.

En su trabajo incesante, que si es penoso es fructuoso, Cristiandad se pone en guardia contra las intuiciones instantáneas; contra las visiones de campo limitado, que sólo atiendan a aspectos parciales del acontecer histórico o actual, así como de los factores y elementos que lo engendran o condicionan. Sólo con estas cautelas y con otras parecidas se podrá llegar a vislumbrar o a rastrear lo que se denomina el sentido de la historia; la razón formal, eficiente y final de las vicisitudes vitales del género humano, complicadas y multiplicadas, podemos decir, hasta lo infinito. Y lo que decimos del pasado histórico, no menos debe aplicarse a las actualidades fugitivas de lo presente.

Un ejemplo de la labor de Cristiandad, nos lo señala y sugiere el propio señor Colomer, cuando en su artículo recuerda que «unos cuantos hombres -jóvenes eran entonces, muy jóvenes, amigo señor Colomer, puesto que aún ahora distan de ser viejos- unos cuantos hombres hace varios lustros se impusieron la tarea de entrenarse para ver con claridad los nudos de la confusión político-social que agobia al mundo con la Revolución francesa».

Bien informado está el señor Colomer; en realidad, de aquel grupo de jóvenes, casi niños entonces, han salido la mayor parte de los que hoy forman el modesto núcleo de la redacción de Cristiandad.

¿A dónde iban aquellos ensayos y tentativas?, ¿qué podían prometerse? Lo que podían esperar de sus afanes era por de pronto el alcanzar a formarse concepto propio y definitivo de lo que en realidad de verdad fue la Revolución francesa, de su mentalidad auténtica, de su espíritu genuino. Y era tiempo bien empleado. Porque quien no conoce tal como fue aquella Revolución, jamás poseerá los datos esenciales para darse cuenta exacta de la época en que nos ha tocado vivir. Están saturados nuestros tiempos de la influencia de la Revolución; su mentalidad y su espíritu se imbuyen clandestinamente aun en los medios que le profesan mayor animadversión. La Revolución ha conseguido prolongarse en los tiempos que la siguieron y el ciclo de estos tiempos todavía no se ha cerrado.

Mas he aquí que la mentalidad, el espíritu de la Revolución dista no poco de la simplicidad, es algo no poco complejo; por donde han podido surgir discusiones interminables, no ya solamente sobre su bondad o maldad, sino aun sobre su esencia misma. ¿Qué fue la Revolución francesa? ¿Cuál fue su verdadero objeto? ¿Qué mudanza es la que intentó?, ¿qué es lo que quiso destruir, qué es lo que quiso implantar?

Dejando a un lado a revolucionarios y liberales declarados, hijos reconocidos de la Revolución, que en ella no ven sino bienes -ya que a su parecer los males que en ella hubo comparados con los bienes son como si no fueran- entre los que se profesan católicos no ha habido ni hay uniformidad al enjuiciar la Revolución. Entre ellos la inmensa mayoría no tan sólo la condena en sí misma y en su objeto, mas también la detesta; una minoría -quizá más o menos infiltrada de liberalismo católico- la excusa y aun la absuelve en sí misma y en su objeto propio y directo, aunque abominando de los crímenes e impiedades de los revolucionarios. Para los primeros, la Revolución es en su espíritu y en su mentalidad, impía y antisocial y por ende inexcusable e incapaz de purificación; para los segundos, la Revolución en sí misma no fue sino una conmoción social cuyo objeto fue el derribo de instituciones arcaicas, inservibles y nocivas; los crímenes y las impiedades no fueron efectos de la Revolución en sí misma, sino abusos lamentables, de la misma índole de los acostumbrados en las conmociones populares, aunque de gravedad mayor que la ordinaria.

Para los primeros la Revolución es mala, impía y antisocial en sí misma, en su espíritu y en su mentalidad, reconociendo con todo que ocasional y secundariamente ha podido hacer algún bien, sobre todo quitando graves abusos y tal vez haciendo desaparecer instituciones y procedimientos inadecuados a los tiempos nuevos, que por lo menos reclamaban urgentemente reforma.

No es éste el lugar de reconstruir el examen de los considerandos que preparan a la inteligencia para poder dar dictamen de este problema; lo cual no significa que no tengamos acerca de él juicio formado; cualquier lector medianamente asiduo de Cristiandad lo habrá echado de ver y aun en este mismo artículo habremos de hablar como partidarios decididos de la opinión adversa que a nuestro parecer es la única conforme a los datos que suministra la historia y la única que concuerda con la manera de hablar de la Iglesia.

Mas, prescindiendo en este momento de nuestra manera de pensar, todos cuantos hayan querido y podido dedicar un poco de atención serena, pero seria y ahincada, al examen de la época que se extiende desde el principio del siglo XIX hasta nuestros días; al lapso de tiempo que se conoce con el nombre de mundo actual o contemporáneo, no podrán menos de confesar de consuno que la vida del género humano en este período está casi en su totalidad influida por la Revolución francesa, por su espíritu, por sus ideas. Decimos que todos: así los que en mayor o menor grado la aprueban, la admiran y la aman, por tener abiertas las entradas a su influencia; como los que la condenan, porque aun prescindiendo de las infiltraciones inconscientes de las cuales es casi imposible librarse, para luchar contra ella y sus herederos, se han visto obligados a reformar sus armas, así defensivas, como ofensivas, para adaptarlas a las circunstancias de esta nueva guerra.

Mas ya es hora de sacar las consecuencias de esta digresión. Todo lo dicho patentiza que los jóvenes aludidos, como todos los que se han dedicado al estudio de los tiempos actuales, han de haber sacado el convencimiento de que la Revolución francesa no ha llegado a su término; que perdura en sus efectos, en su influjo poco menos que universal, que es por tanto una verdadera actualidad, una actualidad que actualiza y unifica actualidades del tiempo contemporáneo, por entrañar en sí la explicación y la motivación de su casi totalidad.

La actualidad y nuestros lectores

Más de una vez ha llegado hasta nosotros un benévolo consejo: que actualicemos a Cristiandad; que le demos actualidad. En cambio, el señor Colomer dice de ella que es revista de actualidad, pero no de actualidades, y hemos visto cuán bien y atinadamente acierta a distinguir ambos conceptos. Con riesgo de aburrir al paciente lector hemos trabajado en este artículo en la distinción de uno y otro concepto, hasta hacerlos asunto de una manera de disquisición filosófica.

Y si un amigo lector lleno de buena intención y dotado de sentido práctico, pensara y con franqueza nos dijera que lo conveniente es hacer interesante a la Revista con actualidad o con actualidades, que lo conducente es hacerse leer hasta conseguir aquella amplitud de difusión que baste para hacer que la vida de Cristiandad sea robusta, segura y provechosa al mayor número posible de lectores, le responderíamos: su observación, lector amable, merece atención y gratitud. Nosotros no podemos dejar de desear y de procurar por los medios legítimos y sensatos la mayor difusión de la Revista. De la que ha alcanzado hasta el presente no podemos estar quejosos, ya que supera la que en sus previsiones nos pronosticaban nuestros amigos. Pero a la verdad, lector amigo, si para ganar suscripciones, hubiera de convertirse de revista de actualidad en revista de actualidades, nos condenaríamos a nosotros mismos como a traidores a nuestro ideal.

Buscar la actualidad en las actualidades múltiples e inconexas, es no contentarse con las noticias y con las explicaciones que de ellas se den, en una palabra, con lo cortical, sino procurar llegar al fondo para descubrir su razón de ser y consiguientemente su unidad, que es donde halla descanso la inteligencia. Nosotros tenemos de nuestros lectores tal aprecio que no tan sólo los juzgamos capaces de este proceso de adentramiento que partiendo de las actualidades alcance la actualidad, sino que además no podemos menos de pensar que son tales que sepan disfrutar de la fruición intelectual, que es premio del trabajo que el tal proceso importa.

El ejemplo de la Revolución francesa como actualidad de las actualidades contemporáneas, puede aplicarse a otros muchos casos con toda razón y verdad. Y la persona que educa su inteligencia en labores de tanto provecho intelectual, alcanzará como fruto la verdad humana, que es la de más valor después de la divina, llegará a apasionarse por los nobilísimos goces intelectuales y además implantará y hará arraigar en su espíritu los hábitos de valor inapreciable de la seriedad en el pensar y del acierto en el juzgar modesto y seguro. Bien premiada se sentiría Cristiandad, si con sus desvelos y sacrificios alcanzara que, a la par de sus redactores, sus lectores progresaran en esta afición educativa, en el culto austero de la verdad, de que nos habla el insigne Donoso Cortés.

Confiamos en que Cristiandad jamás se desviará de su ideal de seriedad. Su deber y su honor lo exigen. Mas eso no quiere decir que no deba al propio tiempo poner empeño en hacerse agradable a sus lectores. La seriedad no es rigidez. La perfección a que aspiramos consistirá en la junta, en la fusión de lo serio del fondo con lo agradable y atractivo de la forma y de la expresión. ¿La alcanzaremos? Dios lo quiera. Nuestra obligación es procurarla con la bendición de Dios y el auxilio de nuestros amigos.

La realeza de Cristo, suprema actualidad

Cuando Cristiandad ha llegado al número 62 de su publicación puede parecer tiempo y trabajo perdido el que gastemos en precaver a nuestros lectores contra una comprensión deficiente de lo que hemos ido diciendo en el presente artículo. Mal interpretaría nuestro pensamiento aquel que se forjara la imaginación de que Cristiandad quiere ser una revista, diríamos, de filosofía de la historia. Ciertamente, el ejemplo de estudio sobre la Revolución francesa, su índole y su actualidad que hemos aducido, si en él nos detuviéramos ofrecería fundamento a esta clasificación.

Mas él no significa, sino que Cristiandad admite en sus columnas los estudios de la filosofía de la historia, que la aprecia en su verdadero valor, y que la reconoce como una preparación y un camino para un más allá.

Actualidad, sí; pero la actualidad cuyo conocimiento aprecia en grado sumo, que desde el primer número declaró querer confesar y propagar como ideal, es la suprema actualidad de la Realeza de Cristo. En dos artículos de Cristiandad, hemos demostrado y declarado esta suprema actualidad, sin más mérito que el de ir poco menos que transcribiendo las palabras de los romanos pontífices.

La actualidad de la Realeza de Cristo en la época actual no es tal como la de la Revolución francesa, tal como la hemos visto dominando la vida toda del género humano. La característica de los tiempos actuales es la rebelión contra la Realeza de Cristo, el intento porfiado de las naciones de emanciparse de Cristo Rey. La libertad proclamada y propagada por la Revolución francesa es la negación más o menos hipócrita de la fe de Cristo, porque encadena la razón; de la obediencia a la Iglesia de Cristo, porque es contraria a la dignidad del hombre e impide su desarrollo perfectivo. Con Jesucristo en abstracto tal vez se transigiría, pero con Jesucristo, que confió al Papa el mandato exclusivo de representarle en su autoridad divina ante el género humano, con la afirmación de que la Iglesia católica es la única Iglesia de Jesucristo, no hay transacción posible. Que abdique el Papa su autoridad exclusiva, es decir, que deje de ser Papa y el mundo nacido de la Revolución francesa le reconocerá como jefe de una de las religiones legítimas, más aún, como elprimus inter pares. Que Jesucristo destruya su obra, que renuncie a su soberanía, o la delegue en la humanidad, que otorgue una Constitución democrática, que la asamblea de la humanidad tenga potestad para modificar y abrogar leyes divinas y naturales a su talante, y el problema religioso planteado por la Revolución quedará resuelto automáticamente.

Este es, lector querido, el espíritu, la mentalidad que la Revolución francesa ha inoculado en las venas de la humanidad. Este es el laicismo, que en expresión de Pío XI es una peste, una infección que va invadiendo el cuerpo social.

Entonces, ¿en qué consistirá la actualidad suprema de la soberanía de Jesucristo? Consiste precisamente en que la soberanía de Cristo, su acatamiento por los pueblos y naciones, por el género humano, es el único remedio del mundo actual, el antídoto contra el veneno de rebelión inoculado por la Revolución. Sujétese el mundo a este divino régimen y recobrará la salud, y alcanzará la verdadera paz. Pax Christi in Regno Christi.

Mas la soberanía de Cristo, no tan sólo es actualidad de remedio, es además actualidad de esperanza. Lector amigo, si quieres convencerte de ello, lee y medita los artículos arriba citados, es decir, las palabras de los vicarios de Cristo, de las cuales no quisieran ser sino un eco, un altavoz, las páginas de Cristiandad.

P. Ramón Orlandis, S.I.

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Una profecía social: “Reinaré a pesar de mis enemigos”

//static.flickr.com/8248/8664216760_5c99875880_mAl exponer, en el primer número de nuestra revista, el ideal de la Cristiandad, escribía Pedro Basil Sanmartí, que la suprema promesa en que se basa nuestra esperanza se encierra en la frase: «Reinaré, a pesar de mis enemigos»; y añadía: «He ahí el Ideal de la Cristiandad, que es mucho más que un hecho histórico: es un Ideal histórico».

Aprovechemos la oportunidad de este mes de junio para comentar dicha promesa, sin salir, no obstante, del único terreno en que me es dado considerarla, esto es, haciéndome eco de las voces autorizadas de la Iglesia y añadiendo los comentarios que ellas han hecho brotar en nuestras tertulias.

La devoción al Sagrado Corazón se caracteriza por una serie de promesas vinculadas a la misma y que nos fueron transmitidas por Santa Margarita María, junto con las Revelaciones. Este aspecto nos la hace en particular atrayente en nuestros días de anemia espiritual, y nos muestra la magnanimidad de la divina misericordia, así como su admirable adecuación a las necesidades de cada época.

Pero si las promesas nos alientan en el aspecto individual de tal devoción, ¿qué será en el aspecto social de la misma?

Cristiandad viene insistiendo, precisamente, en este aspecto social, por varias razones: por ser el menos divulgado y, por tanto, apreciado, de los eficaces recursos que la Revelación del Sagrado Corazón nos proporciona; por la trascendencia que, una vez aceptado, ha de tener en nuestros tiempos de cataclismo social, y por ser el más adecuado al fin de nuestra Revista.

Sea dicho, de una vez para siempre, que, al referirnos a estas Revelaciones, las tomamos con el carácter que tienen en la Iglesia: como Revelaciones privadas, cuya autenticidad la Iglesia no define, pero incorporadas al sentir unánime de la misma con una fuerza tal, que debería tenerse, no ciertamente por hereje, pero sí, al menos, por persona muy temeraria, a quien las pusiera en duda.

La Revelación del Sagrado Corazón a Santa Margarita

Al glosar la primera carta Encíclica de S.S. Pío XII, hicimos patente la autoridad que nuestro Pontífice daba al aspecto social de que tratamos, cuando escribía:

«Aquella consagración universal a Cristo Rey se manifiesta cada vez más a Nuestro Espíritu…, al mismo tiempo, en la previsora sabiduría que mira a curar y ennoblecer toda humana sociedad y promover el verdadero bien».

También en aquel lugar relacionábamos esta frase con la que escribió S.S. León XIII en la Carta «Annum Sacrum»:

«Consagrándonos a Él (al Sagrado Corazón de Jesús), reconocemos y recibimos, sinceros y gustosos, su imperio…»

Esta íntima relación entre la Realeza de Cristo y nuestra Consagración a su Sagrado Corazón, es considerada y reconocida constante y unánimemente por nuestros Pontífices, y Dios mediante, tendremos ocasión de verlo con más detalle al estudiar las gloriosas figuras de León XIII, Pío X y Pío XI. Veremos, entonces, además cómo refieren esta unidad entre la idea del reinado de Jesucristo (aspecto social de que hablábamos) y las consagraciones al Corazón de Jesús, a las Revelaciones de Paray-le-Monial.

No desplacerá, seguramente, al lector que comprobemos esta relación. Para ello véase cómo refiere Santa Margarita la segunda de las grandes Revelaciones que tuvo, hecho que debió ocurrir en un primer viernes de mes del año 1674. El estilo que emplea es difícil y lleno de incisos, como corresponde a la majestad del tema. Nos limitaremos, no obstante, a transcribir una traducción lo más literal posible, para no desfigurar el sentido:

«Este divino Corazón me fue presentado en un trono de llamas, más reluciente que un solo y transparente como el cristal; con esta llaga adorable, y rodeado de una corona de espinas que significaban las heridas que le producen nuestros pecados, y una cruz encima para representar que desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que fue formado este Sagrado Corazón, la Cruz que en Él plantada, y fue lleno desde los primeros instantes de todas las amarguras que debían causarle las humillaciones, pobreza, dolor y menosprecio que su Humanidad Sagrada debía sufrir durante todo el curso de su vida y en su Santa Pasión. Y me hizo comprender que el ardiente deseo que sentía de ser amado de los hombres y de apartarles del camino de perdición donde Satanás les lleva como rebaño, le había hecho formar este designio de manifestar su Corazón a los hombres con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación y de salud que contenía, con el fin de que a cuantos quisieran rendirle y procurarle todo el amor, honor y gloria que esté en su mano, les enriqueciese con abundancia y profusión de estos divinos tesoros del Corazón de Dios, de los que era la fuente…»

Y, más adelante:

«(Me hizo comprender) que esta devoción era como un último esfuerzo de su amor, que quería favorecer a los hombres en estos últimos siglos con una tal redención amorosa, para apartarles del imperio de Satanás, al que pretendía arruinar para ponernos bajo la dulce libertad del imperio de su amor, el que quería restablecer en el corazón de cuantos quisieran abrazar esta devoción».

Por si nos quedara alguna duda sobre las intenciones del Sagrado Corazón en esta su manifestación, en una carta de Santa Margarita, escrita en 1690, hallamos las siguientes aclaraciones:

«Reinará por fin el divino Corazón, a pesar de los que a ello querrán oponerse. Satanás quedará confuso con todos sus partidarios. ¡Dichosos aquellos de quienes será servido para establecer su imperio! Paréceme que Él es semejante a un rey que no piensa en dar sus recompensas mientras va haciendo sus conquistas y triunfando de sus enemigos, pero sí cuando reine victorioso en su trono.

El adorable Corazón de Jesús quiere establecer su reinado de amor en todos los corazones y destruir y arruinar el de Satanás».

En este último párrafo podemos ver resumida la gran promesa social. En efecto, destruir y arruinar el imperio de Satanás no puede significar, solamente, el triunfo de la Gracia en el corazón de los individuos como tales, cosa que siempre ha ocurrido en la Iglesia. Su significación debe buscarse en el triunfo que ha de traer necesariamente consigo la aceptación, por los individuos, de esta soberanía y que debe llegar hasta la total reducción de esta peculiar rebeldía moderna de la sociedad, cuyo fondo es la impiedad y que, bajo la denominación genérica de Revolución, presenta la particularidad, desconocida hasta los tiempos modernos, de la apostasía social. Queda, pues, justificada la necesidad que tiene la Iglesia de una protección especial, en estos «últimos tiempos», contra la revolución satánica extendida a todo el mundo, y queda también patente la táctica del Sagrado Corazón al preparar a su Iglesia no tan sólo para una defensiva en repliegue -máxima esperanza del liberalismo infiltrado entre los cristianos-, sino, audazmente, para una ofensiva que destruya el imperio de Satanás y establezca en su lugar la dulce libertad de otro imperio: el del divino amor. Y esto, sin otra limitación que la prudente y confinada observación que añade Santa Margarita:

«Es ésta una devoción que no quiere ser forzada ni violentada. Basta darla a conocer y después dejar al divino Corazón el cuidado de penetrar los corazones que Él mismo ha destinado para Sí con la unción de su gracia. ¡Felices los que serán de este número!»

Esta esperanza en el reinado del Corazón de Jesús, que llena los escritos de Santa Margarita, no es sólo un deseo de la Santa, fundado en una promesa condicionada del Salvador que quiera reinar, supuesta tal o cual condición, en cuyo caso, nuestra falta de confianza, de debilidad o pesimismo podrían sugerirnos la idea de si nunca tales condiciones previas llegarán a realizarse en la afligida Humanidad. No; la esperanza de Santa Margarita es absoluta. En 1689 escribe a su director espiritual, el Padre Croisset:

«Yo creo que se cumplirán aquellas palabras que hacía oír de continuo al oído del corazón de su indigna esclava, entre las dificultades y oposiciones que fueron grandes en los principios de esta devoción: “¡Reinaré, a pesar de mis enemigos y de todos aquellos que se opondrán a ello!”».

En otra ocasión, escribiendo también al Padre Croisset, insiste:

«Él me fortificaba con estas palabras, que oía yo en lo más íntimo de mi corazón con un regocijo inconcebible: “¡Reinaré, a pesar de mis enemigos y de todos los que a ello querrán oponerse!”».

La promesa adquiere, pues, el carácter de profecía, y eco de esta profecía son las palabras de consuelo con que, en repetidas ocasiones, los Romanos Pontífices de nuestros tiempos alimentan al mundo, abocado a terribles calamidades y sumergido en tinieblas de pesimismo. Tales las de S.S. León XIII, en la encíclica «Annum Sacrum»:

«Entonces, por fin, podrán sanarse tantas heridas; entonces, todo derecho recobrará su vigor antiguo en provecho de la autoridad, y se restituirán los bienes y el ornato de la paz, caerán las espadas, y las armas se escurrirán de las manos cuando todos acepten de buen grado la Soberanía de Cristo y a Él obedezcan, y toda lengua confiese que Nuestro Señor Jesucristo está en la Gloria de Dios Padre».

El Imperio de Dios y de Satanás

Posteriormente a Santa Margarita, la Revolución francesa, episodio el más culminante, hasta aquella fecha, en esta rebeldía social, vino a proyectar una nueva, aunque trágica luz, en esta lucha entre los dos Imperios de que nos hablaba Santa Margarita: el imperio de Dios y el de Satanás.

En el siglo pasado, Ramière, cuyas iniciativas y actuación tan decisivas fueron en este resurgimiento y propagación de la devoción al Divino Corazón, y cuya figura presentamos a nuestros lectores en el número anterior de Cristiandad, concreta admirable la cuestión, al escribir:

«En una palabra: la Revolución es la repudiación completa de Jesucristo, la completa separación entre la humanidad y su divino Jefe, la rebelión declarada del mundo contra el Cielo. La devoción al Corazón de Jesús es la unión perfecta de los hombres con el Dios-Hombre, el vínculo más estrecho que puedo ligar el mundo al Cielo, los miembros a su Jefe, las almas y las sociedades a su único Salvador. Ella es, en consecuencia, bajo todas sus formas, el supremo antídoto contra la peste revolucionaria, el remedio más eficaz para los males de las sociedades modernas, la salud del mundo y la promesa del triunfo de la Iglesia».

Con su acostumbrada actividad, uniendo la acción a la idea, emprendió Ramière la magna obra de la difusión, no sólo de las consagraciones individuales al Sagrado Corazón, como venía practicándose, sino también de las consagraciones familiares y sociales, y las de las ciudades y naciones; y, por último, a través de la organización del Apostolado de la Oración, ya extendida a todo el mundo, y de la que era Director, impetra del Soberano Pontífice, Pío IX, la consagración universal. No accede éste, de momento, mas al crecer en la iglesia tal deseo, y después de larga reflexión, en junio de 1875 -segundo centenario de la revelación principal de Paray- invitará a los Obispos de todo el mundo a que consagren sus respectivas diócesis al divino Corazón. Pues bien: una idea de cómo el Papa apoyó el sentir del P. Ramière en esta cuestión, nos la dará el saber que encomendó al mismo el cuidado de escribir a todos los Obispos del orbe para comunicarles tal decisión, y que la fórmula elegida para esta consagración fue redactada también por Ramière.

Desde entonces, como hemos dicho al principio, la Consagración al Sagrado Corazón y el Reinado Social de Jesucristo son dos ideas que todos los Pontífices que se han sucedido en el gobierno de la Iglesia han presentado como íntimamente asociadas, y será interesante hacer un día un estudio comparado de las fórmulas de consagración que han utilizado en sus Encíclicas, para ver los puntos de contacto con la primera consagración colectiva de la Iglesia, de la que hemos dicho fue instrumento el P. Ramière y que deriva, como de su fuente natural, de las revelaciones de Paray.

José María Minoves Fusté

Mis recuerdos del Padre Orlandis: acerca de su esíritu de cruzada

padre orlandis«Buscad en todo la unidad» decía insistentemente el Padre Orlandis. Por inspiración suya la revista Cristiandad tituló una de sus secciones habituales con el lema Plura ut unum.

Me parece que puede ayudar a comprender el dinamismo unitario de sus actitudes de afirmación práctica de la «integridad» de la doctrina social católica y de la certeza de la esperanza de «la culminación del Reino de Cristo en la tierra» la atención a su sentido de cruzada.

Mi convicción de la unidad vital entre su adhesión ferviente e incondicional al sistema de doctrina religioso-político-social «programa del Reino de Cristo», contenido en el Magisterio pontificio, y su «convicción cierta» del cumplimiento del designio divino de instauración de todas las cosas en Cristo, se apoya ciertamente en mi experiencia personal de catorce años.

Pero la podré comunicar más eficazmente invitando a la lectura de lo que dejó escrito sobre «El sentido de cruzada en Íñigo de Loyola». En aquellos artículos, que escribió para Cristiandad en relación con la Cruzada internacional de Oración y Penitencia que promovió en 1950 la Dirección General del Apostolado de la Oración, encontramos la clave de la perspectiva que el propio Padre Orlandis inspiró a nuestra revista el tema de las Cruzadas.

En aquel año 1950 artículos de Pablo López Castellote sobre «El primer emperador cruzado» o de Domingo Santmartí Font sobre la «Pervivencia en España del espíritu de cruzada» ponen de manifiesto una convicción que ahora parece a muchos problemática.

La convicción del Padre Orlandis sobre la licitud y la santidad de las guerras de cruzada ha sido sin duda la de la Iglesia. Esta ha recordado en su liturgia muchas victorias liberadoras: fiestas como la de la Nuestra Señora del Rosario, el 7 de octubre, la del Nombre de María, en 12 de septiembre, o la de la exaltación de la Santa Cruz, el 14 de septiembre, conmemoraban las victorias de Lepanto, en 1571, de Viena, en 1683, o la liberación de Jerusalén del dominio persa en el año 629.

Ha declarado Doctores a santos, como San Bernardo de Claraval o San Lorenzo de Brindisi, que exhortaron a los cristianos a luchas militares de reconquista de la Tierra Santa o de defensa del mundo cristiano ante la agregación del Imperio turco.

Los artículos aludidos del Padre Orlandis, en un marco de encuadre histórico de la biografía de la juventud de Íñigo de Loyola, tienen el carácter explícito de una continuación, profundizadora en la perspectiva de las actitudes personales del santo, de sus estudios sobre los Ejercicios. El Padre Orlandis se propone a través de ellos penetrar en la intención de San Ignacio de Loyola en una de las meditaciones centrales de sus Ejercicios: aquella por la que «el llamamiento del Rey temporal ayuda a contemplar la vida del Rey eternal».

Ciertamente el núcleo y objetivo final de aquella «meditación del Reino» es considerar «a Cristo Nuestro Señor Rey eterno, y delante de Él todo el universo mundo, al cual y a cada uno en particular llama y dice: mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre…» (Ejercicios, n°95).

Pero, como ayuda a aquella contemplación de «la vida del Rey eternal» San Ignacio propone una «parábola» sobre «el llamamiento del Rey temporal». Leamos su texto íntegro:

«El primer punto es poner delante de mí un rey humano, elegido de mano de Dios Nuestro Señor; a quien hacen reverencia y obedecen todos los príncipes y todos hombres cristianos.

El segundo punto: mirar cómo este rey habla a todos los suyos, diciendo: Mi voluntad es de conquistar toda la tierra de infieles, por tanto quien quisiera venir conmigo ha de ser contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc.; asimismo ha de trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etc.; porque así después tenga parte conmigo en la victoria como la ha tenido en los trabajos.

Considerar que deben responder los buenos súbditos a rey tan liberal y tan humano; y, por consiguiente, si alguno no aceptase la petición de tal rey, cuanto sería digno de ser vituperado por todo el mundo y tenido por perverso caballero» (Ejercicios, 92, 93, 94).

No han faltado entre los comentaristas de los Ejercicios de San Ignacio algunos que han visto como anecdótico y accidental a la contemplación de la vida del Rey eternal el ejemplo del rey humano y temporal cuyo designio es la conquista de la tierra de infieles.

En los artículos del Padre Orlandis se da por supuesto algo que también le oí personalmente expresar: que la «analogía» entre este rey humano que llama a sus súbditos a una guerra de cruzada, y el Rey eterno, Cristo Nuestro Señor, cuya voluntad es conquistar todo el mundo es exigida para la comprensión auténtica de la meditación del Reino, clave de los mismos Ejercicios Espirituales, junto con la de las «dos banderas»: «una de Cristo, sumo capitán y Señor Nuestro, y otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra humana natura».

La ambientación histórica de los artículos se dirige precisamente a hacer patente los sentimientos e ideales personales de Íñigo de Loyola, para ayudar a comprender aquella analogía entre el rey temporal y humano y el Rey eterno, que para el Padre Orlandis resultaba por lo demás teológicamente obvia.

«Siendo, como es evidente el llamamiento del Rey temporal la proclamación de una cruzada ideal, se ve claramente que el Santo experimenta en sí mismo que… lejos de serle estorbo para subir al conocimiento de Cristo y de su obra y al deseo de imitarle y de servirle y de amarle, le había ayudado positivamente a ello.

Sin duda percibió la relación de analogía que existe entre lo uno y lo otro. Lo primero se desarrolla dentro de la órbita de lo natural, por más que la intervención manifiesta de Dios y la intención última de los que interviene la hagan rozar con lo sobrenatural; lo segundo es todo en sí mismo sobrenatural.

Entre lo natural y lo sobrenatural no se da semejanza estricta sino aquella manera de relación que los escolásticos denominan analogía» (Cristiandad, núm. 149, 1 de junio de 1950).

En la tarea formativa del Padre Ramón Orlandis era tema central la responsabilidad del cristiano de asumir todas las realidades naturales y de trabajar por su ordenación al fin último sobrenatural del universo y de la vida cristiana.

Por lo mismo, distinguía en el orden mismo de las cosas naturales, de aquellas tareas legítimas y honestas cuyo fin intrínseco e inmediato era un bien de orden humano, natural, aquellas que denominaba «lo natural sobrenaturalizado».

Al ser asumidas con intención sobrenatural, las realidades humanas no son «desnaturalizadas», sino perfeccionadas en sí mismas. El ejemplo más grandioso de esto, que se apoya en el misterio de la divina dispensación, es el matrimonio, elevado a sacramento, que representa y significa la unión entre Cristo y su Iglesia, precisamente al ser restablecido en la perfección originaria en que había sido constituido en la Creación del hombre.

La educación cristiana, misión esencial de los padres, y de la que participan los educadores en tantas obras fundadas en la Iglesia, contiene también esencialmente múltiples dimensiones de orden humano y natural, emprendidas al servicio de la educación en la fe, y en concreto inseparables de ella.

Se ha de reconocer como una tarea natural sobrenaturalizada la filosofía cristiana, según el concepto expresado en las dos encíclicas pontificias dedicadas a la filosofía: la Aeterni Patris, y la reciente Fides et ratio de Juan Pablo II.

También las tareas hoy llamadas de «inculturación de la fe» se contienen en su mayor parte en este ámbito de orientación de lo natural sobrenaturalizado.

Como afirmó Pío XII, los movimientos católicos surgidos en el mundo posterior a la Revolución Francesa trataban de suplir «la bienhechora influencia de la unión entre la Iglesia y el Estado», que creaba como una atmósfera de espíritu cristiano. Así pues, el Estado católico, las monarquías cristianas y el sacro imperio habían sido, como tales sociedades políticas, una realidad sobrenaturalizada. Y lo fueron también las múltiples actividades en que se desplegaron aquellos movimientos: prensa católica, universidades católicas, «partidos católicos» al servicio de la libertad de la Iglesia.

Montalambert, el gran dirigente del partido católico francés proclamaba hacia 1843, bajo la monarquía orleanista, en su campaña por la libertad de enseñanza, «nosotros somos los hijos de los Cruzados».

El Padre Orlandis veía también como actividad «natural sobrenaturalizada» las guerras de Cruzada. He aquí lo que escribía sobre el contenido de la «parábola» ignaciana del llamamiento del Rey temporal:

«Al pretender la conquista de toda la tierra de infieles no le mueve ambición ni voluntad de poder, sino celo y caridad. Caridad para con los cristianos cautivos, caridad para los que viven sujetos bajo el yugo injusto y tiránico de los infieles; caridad para los desgraciados infieles a los cuales sus tiránicos señores hacen gemir bajo la coyunda intolerable del despotismo y son injustamente por ellos impedidos para que no puedan abrazar la fe cristiana.

La conquista, no hay remedio, se ha de hacer mediante una guerra. Esta guerra será justa… esta guerra será humana, cuanto pueda serla la guerra… esta guerra será santa, porque siendo en sí misma justa será santificada por la intención religiosa que a ella mueve y por la bendición de la Iglesia, que no puede menos de bendecir aquello que con tantas veras ha pedido a los príncipes cristianos y con tanta fuerza de autoridad ha intimado.

Por decirlo de una vez, esta guerra será una Cruzada, una Cruzada sin precedentes por el régimen que la guiará, por la unidad que la fortalecerá, por la totalidad que la hará invencible, por el espíritu que la sobrenaturalizará» (Ídem).

El Padre Orlandis no interpretaba como algo unívoco la semejanza entre la empresa a que llama el Rey temporal, y la vocación de Cristo «a conquistar todo el mundo y todos los enemigos». Pero si ciertamente afirmaba expresa y formalmente una verdadera analogía.

En un artículo posterior al que acabamos de citar, y bajo el título de «De cruzado temporal a cruzado espiritual» escribió:

«Para subir a la contemplación de la vida y misterios de Jesucristo… le sirvió a guisa de peldaño el sentido de Cruzada que palpita en la parábola del Rey temporal; y esto en virtud de la analogía que existe entre realidades espirituales o sobrenaturales de orden superior y realidades materiales o naturales de orden inferior.

Esta analogía se da entre una guerra justa y de fin noble y elevado y la guerra espiritual a la cual nos llama Cristo contra los enemigos del alma: mundo, demonio y carne. Y ¿no será esta semejanza o proporción más próxima y señalada, cuando la guerra justa y noble queda, por la intención y por el fin, elevada hasta lo sobrenatural y religioso? ¿Y no es éste mi buen lector el caso de la Cruzada?»

Pero el Padre Orlandis, en el artículo que estamos citando (n° 150) no se detuvo en esta tan explícita formulación doctrinal. Podríamos decir que «enseñó todas sus cartas», y continuó escribiendo, dirigiéndose a su lector.

«Yo apelo a tu buen sentido. Entre un cristiano aburguesado, que se goza en su buena vida y en el confort, y un joven de temple patriótico e idealista, ¿a cuál escogerías, pensando humanamente, para llevarle a una vida de entrega total a Dios, de austeridad y heroísmo cristiano? Vamos a dar un paso más; supón que dicho joven no es solamente un patriota e idealista, sino que es uno de aquellos que, en el mes de julio de 1936, impelidos por el entusiasmo religioso, por el amor al prójimo y a la patria, sin titubeos ni cálculos, se alzaron a campaña con el espíritu auténtico cruzado, ¿qué no esperarías de él en la vida y en la lucha espiritual? ¡Hay!, que quizás algunos de aquellos héroes debamos, tú el que puedas leer esto; yo, el que haya podido escribirlo».

* * *

Tratando de comprender en su intención unitaria las actitudes y tareas apostólicas del Padre Orlandis, creo que podrían hacerse sobre ellas las siguientes precisiones.

En primer lugar: su apostolado en el orden de lo sobrenatural, en el orden de la «cruzada espiritual», en el espíritu de la contemplación de San Ignacio sobre la vida del Rey eternal, tenía su núcleo en el mensaje de amor misericordioso del Corazón de Jesús, inspirador de la «movilización» al servicio de su Reinado en los hombres y en las sociedades.

A esto tendía su esfuerzo en impedir que las contaminaciones naturalistas y las minimizaciones hipócritas, que sirven disimuladamente al «espíritu del mundo», hiciesen olvidar prácticamente a los cristianos de nuestro tiempo «la integridad de la doctrina tradicional católica» -según expresión del Concilio Vaticano II- sobre «el deber de los individuos y las sociedades hacia la religión y la única Iglesia de Cristo».

Las circunstancias del ambiente explican que su tarea en este orden de cosas, que él sentía, de acuerdo con el Magisterio pontificio, como perteneciendo a la evangelización del Reino de Cristo por su amor, fuese incomprendida y descalificada con la acusación de integrismo.

En segundo lugar: era consciente de que aquel espíritu mundano distrae la atención de los católicos hacia los designios divinos de «la instauración en Cristo de todas las cosas, las celestes y las terrenas», y conduce a la renuncia práctica a su deber de «militar bajo las banderas de Cristo Rey y defender todos los derechos de Dios sobre los individuos y las sociedades» -como había expresado Pío XI-.

Toda su tarea de estudio y formación en la Teología de la Historia, se orientaba a mantener ferviente el deseo esperanzado del advenimiento del Reino en el mundo y del cumplimiento de la divina voluntad en la tierra como en el cielo.

También las circunstancias del ambiente explican que este optimismo nuclear del que afirmaba deberían participar todos los cristianos, y a cuyo servicio se ordenaba aquel estudio de la Teología de la Historia, diese el pretexto a algunos a la descalificación de su pensamiento como milenarismo.

En tercer lugar: quería que se ordenasen a los fines de esta actividad apostólica, en su doble dimensión sobrenaturalista y de proclamación del Reinado de Cristo en la sociedad, todas las diversas tareas, filosóficas, históricas, políticas, literarias o estéticas, que inspiró o aconsejó a sus discípulos en el ámbito de lo «natural sobrenaturalizado».

Expresión colectiva de estas tareas, orientadas por el ideal del Reino de Cristo por su Corazón, quiso que fuese la revista Cristiandad, que él no fundó, sino que alentó e inspiró, y de la que tuvo siempre la convicción de que tenía que ser una obra de iniciativa laical, y que pudiese abarcar, con libertad de espíritu y desde la responsabilidad de sus redactores, todo aquello a que actualmente damos el nombre de «inculturación de la fe».

Una acción que nunca hubiese admitido que se intentase realizar por la atenuación del imperativo sobrenatural, o según confusiones de planos que rebajasen el ideal del Reino de Cristo en el mundo, por la inmersión en las ideas, inmanentistas y antropocéntricas, que habían llevado al mundo actual al divorcio entre la fe y la cultura y la vida de los pueblos.

Francisco Canals

Perfección natural y perfección sobrenatural en la doctrina del Reino de Cristo

//static.flickr.com/8254/8663101797_a6c6ce7a13_mPara comprender mejor la acción de la Iglesia en la Sociedad humana será útil, creemos, compararla con la acción de la Gracia en el hombre.

La Gracia produce en el hombre un doble efecto: primeramente, lo eleva al orden sobrenatural, constituyéndolo, de mera criatura que es, en partícipe de la Naturaleza divina, y este efecto es el principal: pero también produce un segundo resultado, no por complementario de poca importancia, a saber: regenerarlo a la plena dignidad de su naturaleza humana, fomentando en él, hasta el heroísmo, las virtudes naturales.

Porque la condición del hombre, desde la caída de nuestros primeros padres, es a la vez la de un enfermo y la de un desheredado. Enfermo por el entenebrecimiento de su inteligencia, por la deformación de su carácter, por la malicia de su voluntad, desheredado, desde el momento en que el primer pecado no tan sólo le privó del señorío sobre sí mismo, sino que borró además la marca divina por la cual Dios le reconocía como hijo suyo, y heredero, como tal, de una eterna bienaventuranza.

La Gracia reimplanta al hombre de alguna manera en el plan primitivo de Dios al restituirle a la par su dignidad humana y natural y su dignidad divina y sobrenatural: y ello se realiza, en el orden actual de la Providencia, de modo tan íntimamente solidario que, ni puede el hombre alcanzar la salud eterna sin una conducta honesta, ni conservará por mucho tiempo la plena honestidad de su vida moral si rompe su superior ordenación a la vida eterna.

¿Cuál de estos dos efectos es inferior? Podemos preguntarnos ahora. Y hay que responder: vige aquí una ley profunda: cuando dos elementos concurren en la constitución de un mismo ser o perfección, uno a modo de materia o sujeto que la recibe, otro a modo de forma que la infunde, cada uno de ellos dice prioridad en su respectivo orden: el menos perfecto es anterior en el tiempo, el más perfecto en la intención del autor: y así, bajo el influjo de la gracia, el hombre empezará por purificar su alma de todo pecado y de todo apego al pecado, pero el fin a que ella tiende de sí es una vida mística, de plena intimidad con Dios.

Ahora bien: lo mismo que la gracia al hombre, la Iglesia transforma a la sociedad de una doble manera: elevándola al orden sobrenatural, –Mundus supernaturaliter transformatus, la define el Cardenal Franzelni- y restituyéndole su salud civil con su exponente característico: la paz. Precisamente porque Ella tiene esta doble virtualidad: sanadora en lo natural, elevadora a lo sobrenatural, su Jefe supremo el Romano Pontífice y la Jerarquía a él unida gozan en su magisterio de una autoridad que se extiende no sólo al depósito de las verdades reveladas, al depósito de la fe, sino también a las costumbres, al Derecho natural.

¿Cuál de estos dos efectos es anterior (podemos preguntarnos siguiendo nuestro paralelo) para la total reintegración del Mundo al primitivo plan divino? ¿La aceptación y práctica del derecho y la moral naturales o una vida sobrenatural de fe y caridad?

Tiene de nuevo vigencia aquí el principio de la prioridad relativa que hemos enunciado. Y así, puede pasarse legítimamente, sin contradicción alguna, de uno a otro de estos dos elementos: cabe, en efecto, una enseñanza y un apostolado de tipo ascendente, que apoyándose en las virtudes naturales de un pueblo se proponga elevarlo a la vida sobrenatural de la fe, lo mismo que una enseñanza y un apostolado de tipo descendente que, entusiasmando a los hombres con la belleza de un ideal sobrenatural, les intime luego el cumplimiento de todos sus deberes humanos.

Y todo ello se contiene en la doctrina del Reino de Cristo. Porque Cristo reina en efecto sobre los individuos y las sociedades por su Espíritu, pero también por la verdad, por la justicia, por el amor naturales, dignificados, ampliados, perfeccionados, esto sí, por su contacto y continuidad con una vida superior, a cuya órbita pasan a pertenecer.

Si reflexionamos a la luz de estas consideraciones sobre el modo como los Sumos Pontífices se dirigen a los hombres, caeremos en la cuenta entonces, de cómo ellos tejen, como fino brocado, por este doble movimiento ascendente y descendente, la doctrina del Reino. Teniéndolo presente, se desvanecerá incluso la posibilidad de una mala interpretación de su pensamiento, cuál sería la de atribuir a cambios de orientación lo que sólo es una diversidad de método, delicadamente adaptado en cada caso a las circunstancias de lugar, tiempo y personas. Así resalta la profunda unidad de su Magisterio en la transmisión de un Mensaje a la vez natural, pero siempre igualmente divino, dirigido a los hombres y a las sociedades para su bien perfecto y total.

Jaime Bofill i Bofill

¿Somos pesimistas?

Una súplica reiterada del director de Cristiandad me ha obligado a escribir el artículo que se sigue, en este día, tercer aniversario de la publicación de la Revista. La razón que ha tenido para hacerme esta petición ha sido el deseo de que la revista se haga cargo de una observación benévola y caritativa, hecha por una persona de calidad y dignísima no sólo de toda nuestra atención y respeto, sino también de nuestro agradecimiento, ya que manifiesta su interés por nuestra obra con palabras y con obras. Y por cierto que entre estas pruebas de interés no pondríamos en último lugar el que se haya dignado hacer la observación de que Cristiandad se hace cargo, con toda la atención y la buena voluntad de que es capaz.

El que subscribe este artículo, en los pocos que ha publicado en la Revista, para nombrarse siempre se ha valido del pronombre plural «nosotros»; no era su intención que el tal pronombre fuera el llamado mayestático, bastante caído en desuso, sino la creencia de que en aquel momento hablaba como intérprete de la mente de todos los que forman el núcleo de la Redacción. Hoy me propongo usar el pronombre singular porque tal vez diré algo que sólo a mi persona singular se puede atribuir.

Debo advertir que como no he tenido el honor de conferir personalmente con quien ha hecho la observación que recogemos, no conozco su pensamiento en forma precisa y clara. Y así no adivino con suficiente seguridad qué es lo que ha hallado en la Revista que pueda haber motivado la observación a que en este artículo se atiende.

Se refiere esta observación a cierto pesimismo que nota en Cristiandad quien nos la hace y que pudiera, según él, producir en los lectores un efecto de acobardamiento con la consiguiente inercia. A través del intermediario así concibo yo el pensamiento de quien nos hace la observación; pero he de confesar que no adivino si este efecto pesimista nace de lo que dice la Revista o de lo que calla, o del tono con que lo dice. Tal vez hubiera sido más conveniente antes de escribir el artículo, procurar una más exacta información; pero por una parte se me urge para que lo redacte, y por otra, aun sin conocer con precisión la observación que lo ocasiona, me será dado poner ciertos puntos, a nuestro parecer de importancia, en su debido lugar.

Hagamos, pues, la suposición de que se nos dice de Cristiandad que es pesimista en sus maneras de ver, juzgar y hablar, y que esto puede engendrar en los lectores caimiento de espíritu e inacción.

Conste que Cristiandad no tan sólo agradece esta observación y cualquiera otra que se le haga, sino que además tiene propósito firme de examinarse con toda sinceridad y exacción para enmendarse en cuanto le sea posible. Y el que subscribe este artículo, que como en otra ocasión dijo, se considera como el curador espiritual de Cristiandad en su menor edad, se siente en la obligación de tener participación en este examen, cuyo resultado habrá de recaer no poco sobre su propia responsabilidad.

Dos puntos de consideración son, a lo que creo, los que ha de poner ante sí al examinar su propio espíritu por lo que se refiere al pesimismo o al optimismo.

1° ¿Los criterios, los modos de ver y de juzgar de Cristiandad son en realidad de verdad pesimistas?

2° Dado que no lo sean ¿falta a Cristiandad aquella prudencia que ordena que no todo aquello que es verdad se diga, para no ocasionar males que del conocimiento de lo verdadero pueden seguirse?

Dos pesimismos

En primer lugar ¿los criterios y los modos de ver de Cristiandad son en realidad pesimistas? Advirtamos ante todo que este calificativo puede tener dos sentidos, lo cual si no se tiene en cuenta, al aplicarse engendra confusión.

Un médico visita a un enfermo y juzga con serena objetividad que la enfermedad es incurable: se dice del dictamen del médico que es pesimista. Hablando con propiedad habría que aplicar el calificativo no al médico ni a su dictamen, sino a la realidad del mal; el dictamen del médico no hace sino afirmar un mal que en realidad existe; tal vez no habrá sido bastante mirado o prudente al manifestar su juicio delante de personas a quienes la verdad podría ocasionar males, pero esto nada merma de lo acertado del dictamen.

Otro médico se ha ganado merecida fama de impresionable, de imaginativo, de misántropo; visita a un enfermo y diagnostica que el mal es grave, que se ha de temer lo peor. En medio de su aflicción, a la familia del enfermo le queda una esperanza. El médico consultado todo lo ve negro; ¡es un pesimista!, tal vez se equivoca, sin duda exagera.

Esta distinción es absolutamente necesaria para instituir un examen de conciencia en orden a averiguar si en un espíritu o en una conducta influye o interviene el auténtico pesimismo, del cual no es ejemplar el primer médico, sino el segundo.

Presupuesto

Cristiandad , como cualquier publicación que no se avenga a ser anodina, se halla en la necesidad de tener opinión, de manifestarla y de sostenerla, y esto no tan sólo en los problemas generales de doctrina y de principios, sino también en los de hecho. Cristiandad, por ejemplo, con la debida prudencia y moderación, aun a riesgo de equivocarse, ha de intentar comprender la actual situación del mundo y de sus constituyentes y desentrañar los bienes y males, las venturas y desdichas de que para un futuro más o menos próximo o lejano está prefijado el mundo actual. Que en los juicios de hecho y de valor a que aludimos pueda influir el sentimiento o el prejuicio es indiscutible, y que en casos aislados influyan es poco menos que inevitable. En tales casos puede decirse que suele errar más quien menos piensa que yerra. Por esto será gran remedio y gran preventivo para no errar o siquiera para errar menos el prestar siempre atención al parecer de los demás, aun de los adversarios, cuánto más de las personas sensatas y benévolas.

De aquí que Cristiandad ante la insinuación amistosa que la nota de pesimismo, no puede menos de preguntarse: ¿en realidad soy pesimista?, ¿influye en mis criterios y apreciaciones ese humor negro, enfermedad de espíritus decadentes y engendrador de anemia e inactividad espiritual?, ¿me parezco al segundo médico?

Optimismo nuclear

A quienquiera que haya leído con atención siquiera mediana los números de Cristiandad publicados hasta ahora, le habrá debido de entrar por los ojos la expresión insistente de una idea, la reiteración incesante de una esperanza: la idea de la realeza de Cristo, la esperanza de una realización del reinado de Cristo sobre la tierra con una perfección mayor que la que ha alcanzado hasta ahora. Esta idea y esta esperanza estructuradas, o por mejor decir, organizadas, vitalizadas, constituyen un ideal: ideal es éste de luz y de fuerza, ideal de vigoroso optimismo cristiano. Ideal que en lo que tiene de nuclear y esencial no es sino la herencia recibida por la Iglesia, de Cristo y de sus Apóstoles, que encierra el impulso de expansión vital de la verdad evangélica hasta conseguir la adecuación del Reino de Cristo de hecho con el de derecho, o lo que es lo mismo, la aceptación plena del encargo de Jesucristo docete omnes gentes: haced que todas las naciones acepten y acaten vuestro magisterio, admitan la buena nueva de que sois mensajeros, disfruten de los bienes que en esta buena nueva se les ofrecen.

Cada vez se ve con luz más clara que el deseo de Jesucristo manifestado en su Iglesia y por su Iglesia es que este ideal saludable y levantado penetre no tan sólo en el alma de los sacerdotes y de los religiosos consagrados a Él con vínculos especiales, sino que también oriente y vitalice el espíritu de todo cristiano. No es otra la significación de la Acción Católica. ¿No se habría de definir la Acción Católica como la movilización general del pueblo cristiano? Y, ¿es posible una auténtica movilización general sin que el pueblo movilizado sienta vitalmente el ideal que le moviliza? y ¿es posible el entusiasmo por un ideal, sin la fe en este ideal, en su virtualidad, en la posibilidad de su realización?

Todos los números de Cristiandad son una profesión de fe y de esperanza en este ideal y si en ellos a las veces transpira la indignación contra los malminoristas, por ejemplo, contra los católicos liberales, no es porque Cristiandad ignore u olvide que en ciertas ocasiones, en sobradas ocasiones, por desgracia, es necesario y lícito contentarse y aun acogerse al mal menor, sino porque los católicos liberales de ayer y no menos los de hoy, prácticamente por lo menos, hacen de la hipótesis tesis, alaban y encarecen el bienestar de la Iglesia en las naciones en que se vive en la hipótesis, menosprecian como visionarios a los que aún hoy en día osan hablar del ideal y no pocas veces achacan a la intransigencia de éstos, para ellos visionarios, a su falta de cultura, de comprensión y de caridad, casi todos los males del mundo y de la Iglesia; la severidad y la dureza de trato la guardan para los intransigentes, mientras que la amabilidad y aun la melosidad untuosa la reservan para los que hacen necesaria la hipótesis. A los intransigentes a duras penas les otorgan la opinión de buena fe, que prodigan a manos llenas a los incrédulos, a los herejes, a los cismáticos. De la condescendencia con éstos parecen esperar todo el bien, por lo menos el escaso bien con que se contentan.

¿Esta táctica, esta manera de pensar podrá dar otro resultado que el obscurecerse en la mente de los cristianos sencillos la convicción cristiana, que debe rechazar con dignidad todo error en la fe, toda mutilación en la verdad cristiana? Y esas tácticas de esperar el bien de la Iglesia de la alianza con los que, si no están abiertamente contra ella, por lo menos es cierto que están fuera de ella ¿no será causa de que se debilite el espíritu sobrenatural, la esperanza en los medios eficacísimos, en realidad los únicos eficaces, que son patrimonio exclusivo de la Iglesia?

Perdóneme el lector la digresión. Decíamos que Cristiandad, los que forman el núcleo de su redacción, llevan en su corazón el ideal cristiano, y añado ahora que tienen la persuasión de que cuanto más dista el mundo de la plena realización de este ideal, cuanto mayores son las exigencias malaventuradas de la hipótesis, más necesario es conservar puro y vivo en la mente y en el corazón este ideal, y profesarlo públicamente.

León XIII, el gran León XIII, en su luminosa encíclica Libertas esto encarga cuando reconoce la necesidad eventual de la hipótesis, la necesidad de acogerse al sistema de las llamadas libertades modernas. Quod sentit de ipsis Ecclesia, idem ipsi sentiant, lo mismo que de estas libertades siente la Iglesia, sientan ellos, los católicos que viven en una nación en que la hipótesis es necesaria.

Por lo mismo, ¿por qué disimularlo?, Cristiandad siente su espíritu encogerse, al llegar a su noticia ciertas alabanzas sin ningún género de distingos, de naciones en que por necesidad se vive en la hipótesis, alabanzas que celebran el bienestar, la cultura de aquellas naciones, como si fueran espejo en que las demás se han de mirar, ejemplar que han de imitar, ideal que han de emular.

El optimismo de que acabamos de hablar es, como decimos, nuclear, substancial; de él habrían de participar todos los cristianos, porque no es sino la flor de las virtudes teologales, la flor fructífera del celo por la gloria de Dios, la exaltación de la Iglesia y el bien del género humano. Ahora preguntamos: si Cristiandad es fruto de esta flor, siquiera fruto humilde, ¿cómo podría ser substancialmente engendradora de pesimismo? Una sola explicación se podría dar de ello: la ineptitud de los que la redactan, la falta de dotes naturales, la falta de formación, o tal vez la falta de espíritu sobrenatural, que esteriliza las obras apostólicas que más fruto habrían de dar.

El optimismo del padre Ramière

Mas, adelantemos un paso: los redactores ordinarios de Cristiandad, los que constituyen el núcleo de la Redacción, deben en buena parte su formación a los libros en que el padre Enrique Ramière nos ha legado su pensamiento y su espíritu. Cristiandad no se considera, ni se puede legítimamente considerar, como órgano oficial ni oficioso del Apostolado de la Oración, cuyo segundo y definitivo fundador fue el padre Ramière; pero hay que reconocer que trae su origen del Apostolado, que en el Apostolado halla su fuerza y que en el Apostolado encuentra la concreción de su espíritu.

Pues bien, ¿quién habrá, por poco versado que esté en los libros del padre Ramière, por poco que conozca su vida y su actuación, que pueda tacharle de pesimista? En vida se le echó en cara una excesiva benevolencia para con los católicos liberales de aquel tiempo y aquí mismo, en Barcelona, vio la luz un libro en que por esta razón se atacaba duramente una de sus obras fundamentales La soberanía social de Jesucristo. Por otra parte, su optimismo no se limitaba a lo substancial que hemos descrito, no relegaba las esperanzas de la Iglesia para la otra vida, sino que pasó su vida inculcando en los lectores de sus libros la confianza en un triunfo de la Iglesia en este mundo, triunfo de que las luchas actuales de la Iglesia no le hacían dudar, antes al contrario le aseguraban en su convicción.

Esto no dejó también de acarrearle contradicción, porque se puso tacha en su doctrina como afín al milenarismo. Verdad es que, con algunos recortes, sus libros vencieron la oposición y de aquel en que con más amplitud declara y defiende su manera de pensar Les espérances de l’Église, se publicaron varias ediciones, una de ellas encabezada por una carta de Pío IX. Ahora bien, ¿hay para qué disimularlo?, los que forman el núcleo de la Redacción de Cristiandad participan de este pensamiento del padre Ramière, lo cual si no es para ellos el motivo substancial de su trabajo y sacrificio no escaso, no deja de alentarles y consolarles.

Es por otra parte indudable que si yo mismo, con quien ellos tan íntimamente y por tanto tiempo han convivido, hubiera desacreditado con mis censuras estas ideas del padre Ramière, no se hubieran a ellas aficionado.

Pero ¿cómo podía yo hacerlo así, cuando lejos de serle contrario, compartía su parecer? Antes de haber leído ninguna obra de dicho autor, ya me había formado mi sistema, en lo substancial, idéntico al suyo.

He de confesar que desde el primer momento me intranquilizaba algún tanto una manera de escrúpulo. No se me ocultaban las graves censuras que veía fulminar por no pocos autores serios contra el milenarismo; pero, por otra parte, notaba que al proponer el estado de la cuestión, no concordaban entre sí y atribuían a los milenaristas absurdos y ridiculeces tan grandes que ni siquiera valían la pena de tomarlas en consideración. Ejemplo de esto puede ser la descripción y refutación del milenarismo que el que fue cardenal Billot nos ha dejado en el tratado De Novissimis. Lo que yo pensaba nada tenía que ver con aquellas ridiculeces. Averiguando más, hallé que autores serios, en obras publicadas a la luz del día, por ejemplo, el conocido teólogo padre Palmieri, venían a decir substancialmente lo que yo pensaba. Después advertí que también coincidía el mío con el pensamiento del padre Ramière, se entiende también en lo substancial, y sabiendo quién era el padre Ramière aún me tranquilicé más. Estudié las fuentes y me pareció que mi sistema resolvía muchas incoherencias, muchas aparentes antinomias. Y por fin, cuando el inmortal Pío XI publicó sus encíclicas sobre el Reino de Cristo y sobre el Corazón de Jesús me convencí de que substancialmente mis ideas, lejos de contradecir a las del Romano Pontífice, en ningún punto esencial discrepaban de la palabra del Papa. No hay para qué discutir en este momento el valor doctrinal de los documentos pontificios a que me refiero, sólo observaré que si éstos no tienen fuerza de definición ¿no sería por lo menos injurioso y peligroso decir que el Papa en ellos afirma, sea como sea, cosas que linden con el error milenario?

Pío XI, en la encíclica Miserentissimus Redemptor, como término y consiguiente de una exposición de hechos concienzuda e intencionada, llega a afirmar que en la institución de la fiesta de Cristo Rey ha querido dar un anticipo de aquel día faustísimo en que el mundo espontáneamente se sujetará al suavísimo Imperio de Cristo; gaudia iam tum illius diei praecepimus auspicatissimi quo die omnis orbis libens volensque Christi Regís suavissimae dominationi parebit. Si se tienen en cuenta los bienes que según el mismo Romano Pontífice en sus anteriores encíclicas Ubi arcano Dei y Quas primas afirmaba ser fruto natural de la aceptación por el mundo de la soberanía de Cristo, entre los cuales no era el menor la paz social y la internacional, ¿qué más es lo que esperaba el padre Ramière y el autor de este artículo? Tanto es así que dos artículos que he publicado en Cristiandad en que circunstancialmente hube de declarar mis ideas, no fueron otra cosa sino un comentario de las encíclicas de Pío XI Ubi arcano Dei, Quas primas y Miserentissimus, de la encíclica Annum Sacrum de León XIII, precedente obligado de las de Pío XI, y de la Summi Pontificatus del actual pontífice, complemento de todas éstas, ya que en ella a todas las citadas las hace suyas.

La teología de la historia

Formados, los que constituyen el núcleo de la Redacción, en Schola Cordis Iesu, y por ende en el seno del Apostolado de la Oración, cuyo lema se expresa en aquella petición «Adveniat Regnum tuum», es obvio que concibieran vivos deseos de entender a fondo la idea contenida en la fórmula universalmente admitida «El Reinado social de Jesucristo». Natural fue que para ello acudieran a las obras del padre Ramière. Éste, en sus luminosos tratados intelectuales no se encierra en el círculo de las verdades y de los principios abstractos; hace ver las normas y las leyes de la Providencia divina actuando en la vida de los pueblos y de todo el género humano, y acude a la revelación divina para rastrear los planes que Dios ha trazado a la humanidad y para sondear con humilde osadía lo que en lo porvenir estos planes le reservan. Y para esto, estudia la historia no tan sólo a la luz de la razón, sino también a la luz más poderosa de la revelación divina. Y si no crea una ciencia que ya cultivaron por ejemplo san Agustín y Bossuet, fue quien primero le dio el nombre adecuado y lleno de significación de teología de la historia.

Ahora bien, los miembros de Schola Cordis Iesu se aficionaron a esta ciencia y se esforzaron en adquirirla con ecuánime seriedad. De aquí tuvo origen una serie de conferencias o lecciones dadas por mí con libertad de espíritu, porque tenía bien conocida la capacidad, la prudencia de mis oyentes y su inquebrantable y humilde adhesión a la autoridad y a las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia. En estas lecciones hubimos de tratar de todo: de historia, de filosofía, de sociología, de política, de teología, de Escritura. Con qué provecho, podránlo juzgar los lectores de Cristiandad.

Cuando se me preguntaba qué me proponía en estas conferencias, solía yo contestar: mi intento no es otro sino el de formar celadores del Apostolado de la Oración, y ante la extrañeza de quien preguntaba, respondía yo que el Apostolado, la idea del padre Ramière, sobre todo entre los varones, no tenía tanta aceptación como merecía, porque se miraba por muchos así como una beatería, lo cual era absoluta perversión de la concepción del padre Ramière y suponía una incomprensión lamentable de la devoción al Corazón de Jesús, de las revelaciones de Paray-le-Monial y de su fin providencial, todo lo cual constaba con toda certeza por los documentos pontificios.

La sujeción a la Iglesia

En toda esta mi actuación he procurado siempre fomentar en los que me rodeaban aquel sano optimismo cristiano que hemos denominado nuclear, pero supuesto que la opinión descrita en el párrafo que hemos titulado «el optimismo del padre Ramière» sea probable y defendible, ¿quién no echará de ver que, dada la condición humana y el espíritu social de nuestros tiempos, proporcionará un nuevo y valioso elemento de luz y de vigor en orden a la intensificación de la actividad de celo y de apostolado? ¿Por qué, pues, no aquilatar los grados de probabilidad en que tal esperanza puede fundarse? ¿Por qué no compartir con el segundo fundador del Apostolado de la Oración este incentivo, siquiera accidental, de optimismo?

Ante todo era preciso purificar dicha esperanza de toda ilusoria imaginación. Lejos de nosotros las esperanzas claramente heterodoxas condenadas por la Iglesia, de una era paradisíaca, sin pecado original ni concupiscencia. Lejos de nosotros fantasear una era de una santidad dulzona, sin cruz ni mortificación. Fuera de nosotros la idea de un cambio en la organización de la Iglesia, ni la de un enriquecimiento esencial de la misma. La Iglesia que posee la sangre de Cristo y el don del Espíritu no puede ser más rica, porque su riqueza es infinita.

Mas, de estas riquezas de la Iglesia no participan todos los hombres llamados a ser miembros de ella, y aun los que de ellas participan, podrían adquirirlas y poseerla en grado superior a aquél en que las poseen. Y entonces puede ocurrir un problema que tendría visos de malsana curiosidad. ¿Hasta qué grado puede esperarse que llegará la Iglesia en este su posible perfeccionamiento extensivo e intensivo?

¿Se puede esperar, por ejemplo, que haya en el mundo una época en que no se cometan pecados mortales? Imaginémonos, para hacernos cargo lo que sucedería, si todo el mundo fuera como se cuenta de las Reducciones del Paraguay, de las que la fama decía que allí no se pecaba mortalmente. Claro es que aquellas gentes podían pecar, pero si la fama era verdadera, la gracia de Dios, la educación y las cautelas les preservaban. Mas esperar esto para el mundo entero es no sólo gratuito, sino, además, según lo que yo entiendo, contrario a los datos de la revelación divina.

Los que tenemos la discutible esperanza de que hablamos, no esperamos (por lo menos puedo asegurarlo de mí) sino aquello de lo cual Pío XI nos dice que es anticipo la institución de la fiesta de Cristo Rey: la aceptación voluntaria por las naciones de la Soberanía Social de Jesucristo, de todas las naciones por lo menos con una totalidad moral.

Y llegamos ahora al punto crucial. ¿Podríase admitir como probable la presencia visible de Cristo Rey en la tierra, como defienden los milenaristas? En modo alguno; porque ni esto se funda en la revelación, ni es compatible con la institución indefectible del Pontificado en los sucesores de Pedro. ¿Para qué un virrey en donde reside el mismo Rey?

Y llegó un día a nuestros oídos la noticia de la prohibición del milenarismo, aun del mitigado. Y antes de conocer el decreto del Santo Oficio anuncié en público la existencia del decreto, añadiendo que si en él se proscribía cualquiera proposición que hubiera yo sostenido, la dieran por retractada, y añadí que sería para mí un placer, porque siempre lo es el salir de una equivocación.

Mas llegó a mis manos el decreto y en él hallé lo que ya sabía: la prohibición del milenarismo aun del mitigado, pero hallé algo más: la virtual absolución del padre Ramière, etc. Porque el Santo Oficio, al prohibir el milenarismo mitigado, no prohíbe una vaguedad, sino que precisa lo que prohíbe y lo que entiende por milenarismo mitigado. ¿Y en qué consiste éste según el decreto de prohibición? En el sostener que Jesucristo, antes del juicio final vendrá visiblemente a esta tierra para reinar. Nunca jamás, que sepamos, el padre Ramière enseñó lo que prohíbe el decreto. De mí ciertamente me dice la conciencia que jamás lo he enseñado ni pensado.

Perdónenos el buen amigo que ha dado ocasión a este artículo, si no halla en él lo que tenía derecho a esperar. Creo que sin este artículo previo no me hubiera sido posible declarar mi pensamiento sobre el optimismo o el pesimismo de Cristiandad.

P. Ramón Orlandis, S.I.

La paz de Cristo en el Reinado del Sagrado Corazón

christ_the_king_2En su obra “La Soberanía Social de Jesucristo” escribía E. Ramière a mediados del siglo pasado:

“En vano será que la sociedad moderna llame a la paz uno y otro día: la paz no vendrá; proclamará la libertad y su esclavitud irá en aumento, mientras no restablezca en su Trono al único verdadero libertador y al único verdadero pacificador”.

S.S. Pío XI, cuya misión se desarrolla en una época en que la Sociedad se debate entre este deseo de paz y el fracaso de los intentos para conseguirla -como se estudia en otros artículos de este número- nos lleva con su autoridad a la misma conclusión, al escribir en su primera Encíclica “Ubi arcano Dei”:

“Síguese, pues, que la paz digna de tal nombre, es a saber, la tan deseada paz de Cristo, no puede existir si no se observan fielmente por todos en la vida pública y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo…”.

La premisa que establece es bien clara y categórica, como también la consecuencia que de ella deduce:

“… y una vez así constituida, ordenadamente, la Sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divino encargo, hacer valer los derechos todos de Dios, lo mismo sobre los individuos que sobre las sociedades.

En esto consiste lo que con dos palabras llamamos reino de Cristo”.

He aquí una fórmula clásica en la Iglesia, pero que ahora concreta una idea y una esperanza:

no podemos nosotros trabajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el reino de Cristo”.

Y así lo efectúa Pío XI sintiéndose en esta labor continuador de sus antecesores, pues dice:

Cuando el Papa Pío X se esforzaba por restaurar todas las cosas en Cristo, como si obrara inspirado por Dios, estaba preparando la obra de pacificación que fue después el programa de Benedicto XV.

Nos, insistiendo en lo mismo que se propusieron conseguir Nuestros dos Predecesores, procuraremos también, con nuestras todas nuestras fuerzas, lograr la paz de Cristo en el reino de Cristo, plenamente confiados en la gracia de Dios, que al hacernos entrega de este supremo poder Nos tiene prometida su perpetua asistencia”.

Esta fórmula irá desarrollándola Pío XI en el curso de su Pontificado. En su primera Encíclica citada, nos la resume ya en tres proposiciones, que vamos a transcribir por extenso, y que representan la aplicación completa de la doctrina del “reino de Cristo” en cuanto dice relación con los individuos, las familias y la sociedad civil, respectivamente. Dicen así:

“Reina Jesucristo en la mente de los individuos por sus doctrinas, reina en los corazones por la caridad, reina en toda la vida humana por la observancia de sus leyes y por la imitación de sus ejemplos.

Reina también en la sociedad doméstica cuando, constituída por el sacramento del matrimonio cristiano, se conserva inviolada como una cosa sagrada, en la que el poder de los padres sea un reflejo de la paternidad divina, de donde nace y toma el nombre; donde los hijos emulan la obediencia del Niño Jesús, y el modo todo de proceder hace recordar la santidad de la familia de Nazareth.

Reina, finalmente, Jesucristo en la sociedad civil, cuando, tributando en ella a Dios los supremos honores, se hacen derivar de Él el origen y los derechos de la autoridad, para que ni en el mandar falte norma ni en el obedecer obligación y dignidad; cuando, además, le es reconocido a la Iglesia el alto grado de dignidad en que fue colocada por su mismo autor, a saber, de sociedad perfecta, maestra y guía de las demás sociedades; es decir, tal que no disminuya la potestad de ellas -pues cada una en su origen es legítima-, sino que les comunique la conveniente perfección, como hace la gracia con la naturaleza; de modo que esas mismas sociedades sean a los hombres poderoso auxiliar para conseguir el fin supremo, que es la eterna felicidad, y con más seguridad provean a la prosperidad de los ciudadanos en esta vida mortal”.

Esta exposición, precisa, a modo de programa, nos invita más a considerarla en sus mismas palabras que a comentarla. Lo único que queremos hacer resaltar en ella es la forma, tan opuesta a las tendencias liberales modernas, con que sienta Pío XI una tesis concreta frente a las dificultades actuales, poniendo ante nuestra mirada un Ideal, es decir una fórmula realizable a la que debemos tender y por la cual debemos anhelar, aunque solo consigamos alcanzarla en parte; cosa muy diferente de las utopías, con que suele engañarse a sí propio el género humano, basadas en abstracciones y en imaginarias hipótesis.

Ya hemos indicado que durante su Pontificado S.S. Pío XI fue desarrollando esta fórmula. En efecto, a fines del año Jubilar de 1925, como complemento y colofón de a serie de grandes solemnidades que “de varias maneras concurrieron a ilustrar el reino de Cristo” introdujo en la sagrada liturgia una fiesta especial de Jesucristo Rey. Con tal ocasión publicó la Encíclica “Quas Primas” en que expone los fundamentos, la naturaleza y modalidad de la realeza de Cristo, así como las ventajas que su reconocimiento ha de aportar a los individuos y a los pueblos. Todo ello con la solidez de argumentos y lógica exposición que suelen caracterizar las Cartas pontificias en general y las de Pío XI de un modo particular.

Otra vez en esta Encíclica queda patente la significación social de esta soberanía que reconocemos en Cristo-Rey, y que el Papa expresamente subraya, al afirmar:

Ni hay diferencia entre los individuos y el consorcio civil, porque los individuos, unidos en sociedad, no por eso están menos bajo la potestad de Cristo que lo están cada uno de ellos separadamente. Él es la fuente de la salud privada y pública. Y no hay salvación en algún otro, ni ha sido dado debajo del cielo a los hombres otro nombre en el cual podamos ser salvos”.

Al mismo tiempo cabe hacer resaltar el que esta soberanía social de Cristo se extiende a todo el género humano. Y, aquí, el argumento que el Papa esgrime está precisamente tomado de S.S. León XIII cuando justificó, al finalizar el siglo pasado, la consagración universal al Sagrado Corazón de Jesús:

El dominio de nuestro Redentor abraza todos los hombres como lo confirman estas palabras de nuestro predecesor, de inmortal memoria, León XIII, palabras que hacemos nuestras: “El imperio de Cristo se extiende no solamente a los pueblos católicos y aquellos que regenerados en la fuente bautismal, pertenecen en rigor y por derecho a la Iglesia, aunque erradas opiniones los tengan alejados o la disensión los separe de la caridad, sino que abraza también a todos los que están privados de la fe cristiana; de modo que todo el género humano está bajo la potestad de Jesucristo”.”

Y para que se vea la actualidad que apuntábamos, de la fórmula que Pío XI nos propone y como no se trata de combatir fantasmas, leamos como justifica la oportunidad para la nueva vida de esta doctrina:

Ahora, si mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos a las necesidades de los tiempos presentes, aportando un remedio eficacísimo a la peste que infesta la humana sociedad”.

¿Cuál será esta peste que según el Papa infesta la humana sociedad? Él mismo nos lo dice, y no olvidemos que esta afirmación proviene de quien une a la autoridad doctrinal de Vicario de Jesucristo un conocimiento humano, de todos reconocido, de las virtudes y miserias del siglo que estamos viviendo. Pues bien, no hace todavía veinte años que S.S. Pío XI escribía:

La peste de nuestra edad es el llamado laicismo, con sus errores y sus impíos incentivos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que desde hace mucho tiempo se incubaba en las vísceras de la sociedad…

Expone finalmente el Pontífice los frutos que la Iglesia, los fieles y la sociedad civil reportarán de la fiesta que instituye y dice, tratando de esta última:

La celebración de esta fiesta, que se renovará todos los años, será también advertencia para las naciones de que el deber de venerar públicamente a Cristo y de prestarle obediencia se refiere no solo a los individuos particulares, sino también a todos los magistrados y a los gobernantes; traerá a estos al pensamiento del juicio final en el cual Cristo, arrojado de la sociedad o solamente ignorado y despreciado, vengará acerbamente tantas injurias recibidas; como quiera que reclama su Real dignidad que la sociedad entera se uniforme a los divinos mandamientos y a los principios cristianos, ya al establecer leyes, ya al administrar justicia, ya, finalmente, en la formación del alma de la juventud en la sana doctrina y en la santidad de las costumbres”.

Vemos pues que el anhelo expuesto por S.S. Pío XI en su primera Carta Encíclica y que resumía en su lema “La paz de Cristo en el reino de Cristo” le movió más adelante a instituir la fiesta de Cristo Rey. Ella comprende, en magistral fórmula, lo que esperamos en orden a la verdadera paz, que -como no se cansa de inculcarnos dicho Pontífice- sólo el reconocimiento de la soberanía de Jesucristo puede lograrnos. Sigamos ahora el camino que él mismo nos desbroza en su otra Encíclica “Miserentíssimus Redemptor”, escrita ésta en 1928, y llegaremos a la última conclusión a que nos conduce Pío XI, es decir, al entronque luminoso del reinado social que pertenece a Cristo-Rey con el verdadero significado de la devoción reparadora al Divino Corazón, según el sentido de las revelaciones del mismo a Santa Margarita María en Paray-le-Monial.

Para comprender en todo su sentido la relación que establece Pío XI no olvidemos el concurso capital y decisivo que sólo la Caridad puede aportar para el logro de la verdadera paz. Y transcribamos:

Entre todos los testimonios de la infinita benignidad de Nuestro Redentor, resplandece singularmente el de que, cuando la caridad de los fieles se iba entibiando, la misma caridad de Dios se presentó para ser honrada con culto especial, y se abrieron del todo los tesoros de su bondad por aquella forma de devoción con que damos culto al Corazón Sacratísimo de Jesús “en quien están escondidos todos los tesoros de su sabiduría y de su ciencia” (Col 2, 3)”.

Y refiriéndose a la consagración universal ordenada por S.S. León XIII, a que antes nos referíamos, recoge aquella magnífica comparación que ya conocen nuestros lectores pero que siempre es grata de releer:

Precisamente Nuestro Predecesor León XIII, de feliz memoria, en su Encíclica Annum Sacrum, admirando la oportunidad del culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, no vaciló en afirmar: “cuando la Iglesia, en los tiempos cercanos a su origen era oprimida por el yugo de los Césares, la Cruz, vista en la altura, fue a un joven emperador signo y causa a un mismo tiempo de la amplísima victoria lograda inmediatamente. Ved otro signo, que se ofrece hoy a nuestros ojos, faustísimo y divinísimo, a saber: el Sacratísimo Corazón de Jesús con la Cruz sobrepuesta, resplandeciendo entre llamas, con espléndido fulgor. En Él han de colocarse todas las esperanzas; en Él hay que buscar y esperar la salvación de los hombres”.

Para corroborar tal esperanza, que por otra parte se desprende de las mismas prerrogativas bien claramente atribuidas por Pío XI a la realeza de Cristo, va él mismo a dejarnos entrever su presentimiento que, en este caso, por la grandeza del objeto a que se refiere, debe merecer de nosotros la máxima atención, al mismo tiempo que nos proporciona una entera confianza en la realización del mismo. Dice así, refiriéndose al perfeccionamiento y complemento que aquella consagración del género humano al Sagrado Corazón halló cuando “al término del año jubilar, instituimos la fiesta de Cristo Rey del universo, para celebrarse en todo el orbe cristiano”:

Al hacer esto, no sólo hemos declarado el supremo imperio que Jesucristo tiene sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, sino que también presentíamos el júbilo de aquel día faustísimo en que el mundo entero, espontáneamente y de buen grado, se ha de someter a la dominación suavísima de Cristo Rey”.

José María Minoves Fusté

Si debe ser esperada la consumación del Reino de Cristo en la tierra en cuanto a la difusión de la fe

La estatura y magnitud del varón perfecto

Que ha de ser esperada esta consumación del reino de Cristo en cuanto a la difusión de la fe o esta difusión universal del reino de Cristo se puede probar de muchos modos.

De las palabras del Apóstol (Ef. 4, 11):

«Y Él mismo constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a éstos evangelistas, a aquellos pastores y doctores para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo: hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, cual varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños, que fluctúan y se dejan llevar de todo viento de doctrina por el engaño de los hombres, que para engañar emplean astutamente los artificios del error. Al contrario, abrazados a la verdad, en todo crezcamos en caridad, llegándonos a Aquel que es nuestra cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren para la operación propia de cada miembro, crece y se perfecciona en la caridad.

Estas palabras de san Pablo muestran que Cristo Señor instituyó diversos grados de jerarquía, cuando dice: Y Él mismo constituyó a unos, apóstoles, a otros, profetas, a éstos, evangelistas, a aquellos, pastores y doctores. Después indica la razón y el fin de la jerarquía, con las palabras: para la perfección consumada de los santos, para la obra del ministerio, esto es, para que los santos se dispongan y se adapten, de forma razonable, cada uno en su cargo para la obra del ministerio eclesiástico. A continuación propone el fin de estos ministerios eclesiásticos: Para la edificación del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Por último asigna la meta que es evidente debe alcanzarse: Hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, etc.

Por eso los diversos trabajos y las obras del ministerio jerárquico tienden a la edificación del cuerpo de Cristo, esto es, al presente para la edificación de la Iglesia como afirma S. Agustín, esto es, para que los hombres se conviertan a la fe y accedan a Cristo la piedra viva, sean sobreedificados al mismo Cristo como casa espiritual, 1 Ped 2, 4-5, como moradas de Dios en el Espíritu, Ef 2, 22, y así se hagan miembros del cuerpo de Cristo. Sin embargo esto: Hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, cual varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo, esto es, hasta que todos los hombres, al menos de un modo moral, ingresen en la Iglesia, y en ella, en unidad de la misma fe se reúnan y constituyan conjuntamente, al mismo tiempo con Cristo cabeza, un varón perfecto, hasta que la Iglesia llegue a aquella medida de edad o más bien la magnitud y extensión que es propia de la plenitud de Cristo, esto es, a una estatura y perfección de cuerpo perfecto, así para que con Cristo, única cabeza, realicen como aquel varón perfecto. Sin duda sería indecoroso si a la cabeza magna y perfecta, que es Cristo, se le adjuntara un cuerpo pequeño y exiguo. Debe, pues, el cuerpo responder a la cabeza, y así la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo y su plenitud, Ef 1, 23, debe alcanzar la perfección propia de la plenitud de Cristo, medida del cuerpo perfecto, para que así Cristo, única cabeza, realice con ella un varón perfecto.

Pero esta estatura y perfección de la Iglesia incluyen, como es evidente, tres cosas: la unidad y la universalidad de la fe, y la firmeza en la misma fe; estas tres cosas salen de las restantes palabras de san Pablo.

Evidentemente, al comienzo el cuerpo del varón perfecto tiene su estatura y magnitud razonable y conveniente. Pues a esto corresponde en la Iglesia universal; porque la Iglesia es con justo título universal, y por consiguiente entonces alcanzará su medida de estatura o extensión razonable, cuando será universal de hecho, al menos de modo moral. La cual universalidad expresan aquellas palabras del Apóstol: Hasta que todos alcancemos.

Luego el cuerpo del varón perfecto tiene una unidad conjunta con los miembros entre sí y con la cabeza. Sin embargo a esta corresponde en la Iglesia una unidad perfecta en la fe, aquella unidad que quita y excluye de la universalidad de la Iglesia las herejías, los cismas y las disensiones en la doctrina de la fe. La cual unidad la expresan aquellas palabras del Apóstol: Hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios.

Por último el cuerpo del varón perfecto requiere y ha de tener firmeza en sus miembros. Pues a esto corresponde, en la Iglesia, el logro de su perfección en la firmeza y estabilidad de la fe. La cual firmeza se expresa en aquellas palabras del Apóstol: Para que ya no seamos niños, que fluctúan y se dejan llevar de todo viento de doctrina por el engaño de los hombres.

Pues como de todas estas palabras del Apóstol se deduce, puede admitirse una cierta consumación de la Iglesia, en la que alcanzará su perfección y llegará a la medida de edad o estatura que será adecuada para ser el cuerpo perfecto de Cristo, de tal manera que en ella se descubrirán al mismo tiempo la plena universalidad, la unidad y la firmeza o estabilidad en la fe.

Sin embargo aquellas palabras que siguen: Abrazados a la verdad, en todo crezcamos en caridad, llevándonos a Aquel que es nuestra cabeza, Cristo, etc., describe el aumento del cuerpo de Cristo en caridad. Pero esto será tratado más abajo cuando se trate de la consumación del reino de Cristo en cuanto a la intensidad de justicia y caridad.

La extensión universal de la Iglesia en el Antiguo Testamento

También se puede probar de las palabras de las Sagradas Escrituras en las que se muestra la extensión universal del reino mesiánico. Será suficiente tomar entre los muchos otros textos: Así Ps 2, 7-8:

El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y haré de las gentes tu heredad y te daré en posesión los confines de la tierra.

En las que las palabras del Padre prometen a su Hijo, Cristo, el dominio y el imperio sobre el universo y no en modo de dominio, sino también de posesión y aprehensión. Y en este sentido se entiende perfectamente a los intérpretes y a los Santos Padres. Así, dice Maluenda: «La vocación de las gentes y la difusión del amplísimo reino de Cristo por todo el orbe como se predijo»

De igual manera deben entenderse las palabras del salmo Ps 71, 8:

Dominará de mar a mar, desde el río hasta los confines de la tierra.

Porque la expresión hebrea que significa los confines de la tierra es la misma que en el otro salmo, y siempre significa toda la tierra. Y así la entendieron los Santos Padres y los mejores intérpretes de la Escritura. Porque el sentido de aquellas palabras del salmo, en muchos casos, se restringen de alguna forma no bastante correcta y se las entienden del mundo conocido en tiempos del templo de Salomón, pero realmente son palabras generales dichas con anterioridad y significan toda la tierra, el orbe universal.

Pues así lo demuestran aquellas palabras del profeta Daniel, 2, 35:

Mientras que la piedra que había herido a la estatua se hizo una gran montaña.

Pues aquella piedra, conforme a la interpretación del mismo Daniel es el reino nuevo suscitado por Dios, que no se disipará, Dan 2, 44 y es el reino mesiánico. Pues según impacte aquella piedra con la tierra universal, así el reino mesiánico se extenderá por todo el orbe.

A esta predicción añade el mismo profeta con otra predicción, Dan 7, 27:

Dándole el reino, el dominio y la majestad de todos los reinos de debajo del cielo, al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino será eterno y le servirán y obedecerán todos los señoríos.

Por último esto mismo se extrae de las palabras de la profecía de Zacarías, Zac 14, 9:

Y reinará Yavé sobre la tierra toda y Yavé será único y único su nombre.

Estas palabras son suficientemente claras y en vano tienden a oscurecerlas aquellos que las quieren explicar que no es toda la tierra universal sino sólo la tierra palestina.

La extensión del reino mesiánico o Iglesia en los Santos Padres

También los Santos Padres y los mejores y más rigurosos intérpretes entienden de la misma forma la extensión del reino universal del Señor sobre todo el orbe. Así Tirimo «El Señor Dios será rey. Y será honrado como rey por toda la tierra, no sólo en Judea sino por todo el orbe, es decir a través de Cristo surgirá inmediatamente el reino. Y, derribados los ídolos, se venerará a un solo Señor en todo lugar y por todo el orbe, es decir, el nombre de Cristo. Así opinan S. Jerónimo Remigio, Ruperto, Haymo, Vatabl, Ribera etc. Alápide.» También se pueden añadir algunos más como G. Sánchez, Knabenbauer.

Así san Jerónimo, citado por Trino:

«Entonces el Señor será rey sobre toda la tierra, y diremos ¡El Señor ha reinado, exulte la tierra!, (Sal 96, 1), y también Pregonad entre los pueblos que el Señor ha reinado. Pues ha enderezado el orbe de la tierra y ya no se moverá, (Sal 95, 10) (S. Jeremías, In Zach, Lib. Ill, c14, 8-9, B. A. C., tomo 172, pg….. ).

San Agustín (citado por Ribera) también afirma esto. «En Zacarías así está: Salen las aguas vivas de Jerusalén; la mitad de ellas al mar oriental y la mitad de ellas al mar novísimo; esto es de Jerusalén hasta el fin de la tierra serán verano e invierno; esto es en todo tiempo. Y será el Señor rey en toda la tierra, Zac 14, 8-9, esto es Cristo dominará toda la tierra, no Donato. Esta es la posesión, esta es la herencia de Cristo, que es venerado por los santos y riega como fuente perenne, de quien está dicho: Haré de las gentes tu heredad y te daré en posesión los confines de la tierra, Sal 2, 8. » (Así San Agustín o posiblemente el incierto autor del libro contra Fulgencio Donatista, c. 5.)

El mismo san Agustín afirma y proclama en muchos lugares la universalidad de la Iglesia de Cristo contra los donatistas. Así en el lugar citado más arriba, n. 7, así también el mismo doctor hablando de la visión de san Pedro y de la conversión del centurión Cornelio:

«Que esta visión significa la conversión de los gentiles, no necesitamos suponerlo; el mismo apóstol nos lo explicó hablando del mantel que se le ofreció. Pues al entrar en la casa donde estaba Cornelio y donde se habían reunido muchos, les dijo Pedro: Sabéis que a un judío le está prohibido tener trato con los extranjeros o entrar en su casa; pero a mí me ha enseñado Dios a no llamar impuro o manchado a ningún hombre (Act 10, 28). Así explicó aquella vez que, referida a los animales que se mostraron en el mantel, había oído: Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú impuro. ¿Quién no ve en aquel mantel se significaba el orbe de la tierra con todos los pueblos? Por eso estaba atado por los cuatro ángulos, que significaban las cuatro partes bien conocidas del orbe, oriente, occidente, septentrión y mediodía, que cita con tanta frecuencia la Escritura. (S. Agustín, Epist contra Donatistas o Libro de la Unidad de la Iglesia, c. 11, n. 30, B. A. C. tomo 30, pg. 704)

Y también en el mismo libro y sobre lo mismo, san Agustín repite e insiste con frecuencia y procura probar de muchos diversos textos y por último concluye:

«Se nos ha anunciado que la Iglesia se había de extender por todo el orbe. Y el mismo Señor que ha testificado que esto se hallaba anunciado en la Ley, en los Profetas y en los Salmos, predijo también que había de empezar por Jerusalén y difundirse por todas las gentes, y al subir al cielo anunció que había de tener testigos en Jerusalén y en toda la Judea y en Samaría, hasta los confines del mundo. Los hechos se siguieron a estas palabras. Las santas Escrituras nos demuestran a continuación cómo empezó la Iglesia por Jerusalén, se propagó luego por Judea y Samaría y de allí a todo el mundo, donde continúa creciendo, hasta que, finalmente, conquiste todas las gentes, donde aún no existe. Quien evangelizase otra cosa sería anatema. (Epist. contra Donatistas o Libro de la Unidad de la Iglesia, c. 12, n. 32, B. A. e., tomo, 30, pg. 710)

La conversión universal de las gentes en el Antiguo Testamento

Lo mismo se confirma desde textos de la Sagrada Escritura, en los que se predice la conversión universal de las gentes y de su sumisión al imperio del Mesías rey, Is 2, 2-3:

En los últimos tiempos sucederá que el monte de la casa de Señor será confirmado como cabeza de los montes y será ensalzado sobre los collados y correrán a él todas las gentes y vendrán muchedumbres de pueblos, diciendo: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, y Él nos enseñará sus caminos y nosotros iremos por sus sendas porque de Sión ha de salir la ley y de Jerusalén la palabra del Señor».

De forma parecida en Sal2, 7-8:

El Señor me ha dicho: «Tu eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Pídeme y haré de las gentes tu he­ redad, te daré en posesión los confines de la tierra».

También así en Sal 21, 28-29:

Se acordarán y se convertirán al Señor todos los confines de la tierra, le adorarán todas las familias de las gentes. Porque del Señor es el reino, y Él dominará a las gentes.

Así el Sal 71, 10-11:

Los reyes de Tarsis y las islas le ofrecerán sus dones y los reyes de Seba y Saba le pagarán tributo. Y le adorarán a Él todos los reyes de la tierra y le servirán todos los pueblos.

E igualmente Sal 85, 9:

Todas las gentes que tú hiciste, vengan, ¡oh Señor!, y te adoren y honren tu nombre. Pues tú eres grande y obras maravillas; tú eres el solo Dios.

Por último, Sal101, 16-23:

Y todas las gentes temerán el nombre del Señor y todos los reyes de la tierra tu gloria. Cuando reedifique el Señor a Sión, cuando aparezca en su gloria. (… )Para que sea cantado en Sión el nombre del Señor y sus alabanzas en Jerusalén. Cuando se reunirán todos los pueblos en uno y todos los reinos servirán al Señor.

Adjuntamos a ellos algunos textos, en los que se predice la aniquilación de la idolatría. Así Is 2, 18:

Y desaparecerán todos los ídolos. Is 42, 8: Soy yo, Yavé es mi nombre, que no doy mi gloria a ningún otro, ni a los ídolos el honor que me es debido.

Pues el Mesías dominará de mar a mar y aniquilada la idolatría se convertirán al Señor hasta los confines de la tierra universal y todas las gentes vendrán y ascenderán al monte del Señor, y aprenderán la doctrina y la ley y adorarán el Señor Dios de Israel y servirán del rey Mesías.

Así pues la consumación ha de ser admitida, en la que el reino mesiánico o Iglesia se expandirá por todo el orbe y la fe se difundirá y propagará entre todas las gentes, al menos de un modo moral.

Cristo mismo anunció la conversión universal de las gentes

También pueden añadirse aquellas palabras del Cristo Señor, Mt 24, 14:

Será predicado este Evangelio del reino en todo el mundo, testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá la consumación.

Como se deduce de estas palabras, entretanto la fe no sea seguida por todas las gentes, ha de ser difundida para que todos crean, y convirtiéndose, ingresen en la Iglesia; pero ello sucederá, como afirma Maldonado: «por esta razón el Evangelio debe ser predicado a todas las gentes, que no puedan alegar la ignorancia de la verdad y puedan dar testimonio de esto en el supremo juicio, y los que no quieran creer o los que sigan a aquellos, sean condenados, o como Alápide que el Evangelio ha de ser divulgado y propagado a todas las gentes enteramente, «así como todas las gentes juntas forman la Iglesia, instituyendo parroquias y obispados y todo orden de jerarquías», esto es, así como todos están al servicio de la verdad del Evangelio y todos los que quieran, pueden oír y creer, y aquellos que no quieren pueden obstinadamente refutar la verdad y condenarse.

También se puede probar esto de aquellas palabras de Cristo Señor: Jn 10, 14-15:

Yo soy el buen pastor y conozco las mías y las mías me conocen a mí. Como el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil y es preciso que yo las traiga y oirán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor.

Estas palabras de Cristo muestran la afirmación de que todos los hombres judíos y gentiles serán congregados en un solo redil y bajo un solo Pastor. El Pastor bueno es Cristo, según dice él mismo. Las ovejas, también según la intención del mismo Cristo son todos los hombres, que eran casi ovejas errantes, 1Pe 2, 35. En efecto, Cristo dio su vida por sus ovejas. Pero Cristo murió por todos, 2Cor 5, 15, y quiso salvar a todos los hombres y se dio a sí mismo por la redención de los hombres, 1Tim 3, 4-6. Las ovejas son, de facto, aquellos que participan de la eficacia de la pasión de Cristo y conocen a Cristo por la fe, Jn 10, 14, y vienen a Él y le siguen a Él y de Él reciben la vida eterna, Jn 10, 28. Las ovejas que hay que llevar a Cristo son las gentes; el redil es la Iglesia. Proclamó, pues, Cristo que habrá de llevar aquellas otras ovejas que tiene al redil, esto es, gentiles a la Iglesia. La acción de traer es la predicación del Evangelio, por la cual los hombres, llevados interiormente al Padre, se conviertan a Cristo e ingresen en la Iglesia. Así pues, con estas palabras quiso significar Cristo, que por la predicación de los Apóstoles y otros predicadores del Evangelio serian llevadas las gentes a la Iglesia, de esta manera, al final, con los judíos y los gentiles convertidos se hará un solo rebaño bajo un solo Pastor, Cristo Jesús. También este punto se cumplirá plenamente, pero se está realizando ahora mientras que el Evangelio es esparcido y propagado entre las gentes y completada y terminada la conversión de los judíos, entonces los judíos y los gentiles se reunirán y congregarán en un solo redil, la santa Iglesia.

P. Juan Rovira Orlandis, S.I.