Mis recuerdos del Padre Orlandis: Acerca de su pesimismo

padre orlandisHe tratado antes, en las páginas de esta revista, de mis recuerdos del Padre Orlandis referentes a los tres epítetos que, con intención más o menos peyorativa, se formulaban acerca de él: su «integrismo», su «milenarismo» y su tomismo. Advertirá el lector que no entrecomillo el tomismo. Este calificativo, que el Padre Orlandis, obviamente aceptaba sin reservas, expresaba, no obstante, según él comentaba a veces, la motivación más profunda de cierta antipatía o aversión que sentían hacia él quienes, en la Compañía o en su entorno, le consideraban, diríamos, un jesuita atípico, y a cuyas tareas apostólicas no se les reconocía demasiado porvenir. Él insistía, por su parte, en advertir que la joven generación de los jesuitas, o serían tomistas, o «existencialistas o cualquier cosa», pero que no serían ya suaristas.

Me voy a ocupar hoy de otra acusación muy frecuente y característica. Me refiero al pesimismo del Padre Orlandis. Al expresar mis recuerdos en torno a esto, a actitudes suyas y a reacciones y acusaciones que ellas suscitaban, tengo la convicción de no complicar su imagen, ni de dispersar la atención sugiriendo nuevas perspectivas. Creo que se entenderá que esta calificación de «pesimismo» no era sino un aspecto, el referido a la actualidad más inmediata, de las convicciones por las que era tachado de integrista y de milenarista.

Él mismo se ocupó expresamente de la acusación en su artículo «¿Somos pesimistas?» y en dos trabajos sobre el optimismo en León XIII. La cita de sus palabras como conclusión de uno de estos documentados estudios nos situará en el ambiente y las orientaciones del tiempo en que fueron escritos, en los años que siguieron al fin de la segunda guerra mundial, en el momento en que se iniciaba el paso del «antifascismo» al «anticomunismo» en el Occidente victorioso:

«Te pregunto, ¿quieres que Cristiandad dé pábulo a tu optimismo anunciando la buena nueva de la salvación del mundo por el discurso de Truman o por un triunfo electoral de los cristianos demócratas? ¿Quieres que CRISTIANDAD se dedique a profetizarte la nueva edad de oro, la jauja del liberalismo?».

En el mundo posterior a las revoluciones americana y francesa ha sido una actitud predominante en sus clases dirigentes, muy en especial entre sus intelectuales y políticos, la valoración entusiasta de su tiempo y la comprensión del curso de los acontecimientos que, desde el siglo XVII, se había expresado, en el lenguaje cultural y político, con la mitología filosófica de la Ilustración, el Siglo de las Luces, la Libertad, el Progreso, el ascenso a la madurez o la toma de conciencia de la Humanidad.

Estos ideales, de los que participaron con orientaciones diversas los católicos liberales, demócrata-cristianos, e incluso a su manera los cristianos de izquierda, enfrentados con actitud triunfal al «oscurantismo», la «tiranía», la «intolerancia» el «fanatismo» y la «reacción», y la conciencia satisfecha de su triunfo y del carácter irreversible del progreso, alentaban los sentimientos y los ideales del pacifismo.

Desde La paz perpetua -la obra a la que Kant puso como lema «El milenio en filosofía»- pasando por los pacifismos que han precedido a cada una de las guerras mundiales, este optimismo liberal, progresista y pacifista, se imponía como un imperativo categórico para los hombres de la cultura occidental.

Estoy convencido de que el verdadero camino para llevar al lector a la comprensión de la actitud con la que el Padre Orlandis se enfrentaba a aquel optimismo y a las falsas esperanzas que lo inspiraban es invitarle a comprender la connaturalidad profunda de su pensamiento con el que ha sido el juicio auténtico de la Iglesia católica ante esta evolución del mundo moderno.

Por decirlo con sus palabras, el Padre Orlandis atendía al magisterio del Papa-Papa, del Vicario de Cristo en cuanto tal.

Comenzó Pío XII su Pontificado describiendo la actitud de los hombres de nuestro tiempo como la de quienes «hablaban de progreso cuando retrocedían, de ascensión a la madurez cuando se esclavizaban». León XIII había calificado a los seguidores «de este sistema tan extendido y poderoso que, tomando el nombre de libertad, quieren ser llamados liberales» como «imitadores de Lucifer en su nefando grito: ¡No serviré!».

Son numerosísimos los pasajes de Encíclicas pontificias en los que, por la descripción de los males de nuestro tiempo, se sugiere que estamos entrando en los tiempos de «la manifestación del hombre del pecado que se levanta contra todo lo que se llame Dios o reciba culto », es decir, en la época por la que la Humanidad marcha hacia lo que el Catecismo de la Iglesia Católica llama «el último desencadenamiento del mal» (n° 667).

Por lo mismo, el Padre Orlandis estaba convencido no sólo de la verdad y acierto práctico de lo enseñado en la Quanta cura y en los documentos del Syllabus de Pío IX, y de la condenación del modernismo por San Pío X, sino de la iluminada prudencia y de la fecunda eficacia pastoral de las actitudes del Beato Pío IX y de San Pío X.

Nada tiene de extraño, pues, que por los mismos motivos por los que estos dos Pontífices, que veneramos ahora en los altares, han sido tantas veces juzgados peyorativamente como intransigentes y faltos de comprensión ante «el progreso, el liberalismo y la civilización moderna», fuese el Padre Orlandis acusado, como una dimensión de su «integrismo», de irremediable y antipáticamente pesimista.

Además, el Padre Orlandis expresó siempre inequívocamente su adhesión sin reservas al insistente juicio que sobre la situación del mundo contemporáneo, y sobre el central problema de la paz social e internacional, se contiene en los documentos del magisterio de Pío XI, y que el propio Pontífice resumió en el lema de su Pontificado: «La paz de Cristo en el Reino de Cristo».

La paz verdadera sólo podrá darse entre los hombres si se atienen fielmente a las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo. El Padre Orlandis, en artículos monográficamente dedicados a este tema, y en su magisterio constante, en conferencias y en conversaciones, asumía seriamente esta doctrina.

El padre Orlandis era apóstol de la Esperanza, de la esperanza del reino de Cristo en el mundo por el Amor misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús. Sentía vivamente y exhortaba a sentir con los papas. Recordaba que Pío XII, al consagrar el mundo en 1942 al Inmaculado Corazón de María, concluía así su ofrecimiento en nombre del mundo: «Que todas las naciones, pacificadas entre sí y con Dios, te aclamen bienaventurada y de un a otro polo no resuene sino una sola voz: alabado sea el Divino Corazón, causa de nuestra salvación. A Él la gloria y el imperio por los siglos de los siglos».

También estaba convencido de que la conversión del mundo, si es imposible para los hombres, puede ser el efecto de la misericordia y de la gracia de Dios. Lo que no se puede esperar es la paz en el mundo sin el Reino de Cristo, mientras la mayoría de la humanidad desconozca a Cristo y el mismo mundo que fue cristiano se gloríe de su «apostasía» y se jacte de construir una ciudad terrena desechando a Cristo.

La Iglesia espera esta conversión «con los Profetas y el Apóstol», según expresión del Concilio Vaticano II al tratar de la conversión de los judíos. El Padre Orlandis participaba de las que el Padre Ramière había llamado «Esperanzas de la Iglesia». De aquí que fuese acusado también de «milenarista».

Dios ha puesto en Cristo el único fundamento de todo el orden natural y sobrenatural, y en el plan divino debían reinstaurarse todas las cosas celestes y terrenas. Había, pues, un problema muy serio en el hecho de que el padre Orlandis fuese acusado de pesimista cuando su juicio sobre el mundo contemporáneo, fidelísimo al pensamiento de la Iglesia, se apoyaba en profundas razones que hallaba en la Revelación y en la tradición de la Iglesia.

Leemos en el Libro del Profeta Jeremías: «No escuchéis las palabras de los profetas que os vaticinan, que os engañan, visiones de su imaginación os cuentan no de la boca de Yahvé. Dicen a quienes desprecian la Palabra de Yahvé tendréis paz y a quienes siguen la obstinación de su corazón afirman: no os sobrevendrá mal alguno ». (Jer 23, 16-17).

Me han venido de nuevo estos recuerdos ante el sorprendente, inesperado y «apocalíptico» acontecimiento del hundimiento de las Torres Gemelas del «Centro del Comercio Mundial» de Nueva York, el pasado 11 de septiembre de este año en que estamos estrenando el siglo XXI.

A algunas personas cercanas a mí dije, al conocer la noticia: «He aquí algo de lo que uno podría hablar con el Padre Orlandis».

Algún periodista habló del ataque a la capital del Imperio. Es imposible no recordar las descripciones y los juicios de sociólogos y sistematizadores de filosofía de la historia sobre las grandes megápolis, cuya hegemonía económica mundial se confunde prácticamente con el poderío político de los «Estados mundiales», culminación y decadencia de las «culturas» o «civilizaciones», cuando éstas alcanzan su etapa de dominio mundial.

«De Babilonia a Brasilia», estas metrópolis absorben y confunden hombres de todas las razas, religiones, culturas, lenguas y naciones, convertidos en proletariado interno de la gran civilización cosmopolita, globalizada. Nunca se las compararía ni a Jerusalén, ni a Atenas, ni a Florencia, ni al París del tiempo del Rey San Luis y de la Catedral de Nótre-Dame. Siempre se evoca en ellas (en estas ciudades hegemónicas e internacionales) al París del siglo XIX, a la Londres victoriana, al San Petersburgo europeizado -odiado por los viejos rusos-, a la Babilonia del Imperio que sometió y llevó a cautividad al pueblo de Israel.

El pescador de Galilea al que el Señor Jesús habló diciendo: «Tú eres Pedro, y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia», escribe «a los elegidos extranjeros de la diáspora: … Os saluda la Iglesia que está en Babilonia». Aquí, como muchas otras veces después, la gran metrópoli del Imperio gentil en el que se había difundido la fe en el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo y en Su Hijo, la ciudad de Roma, la gran metrópoli del Estado mundial de la civilización antigua, es llamada por el significativo y misterioso nombre de «Babilonia».

Digamos que la capital del Imperio de Nabucodonosor es significada como «tipo» de la Roma en que reside la Iglesia convocada por la predicación de Pedro y Pablo, «antitipo» de la ciudad caldea.

Pero «Babilonia» es también término al que se puede dar un significado moral, no alusivo a una localización geográfica sino a la «ciudad» de los hombres cuyas aspiraciones y pensamientos se orientan en un dinamismo que, por la riqueza y el poder, va hacia el orgullo, y desde el orgullo a la tiranía corruptora de los hombres y de los pueblos. Por esto San Agustín llama Babilonia a la «Ciudad terrena», edificada por el hombre «desde el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios ».

En el último de los Libros del Nuevo Testamento, el Apocalipsis de San Juan, tres capítulos (del 17 al 19) profetizan «la caída de Babilonia». «La gran ramera, sentada sobre muchas aguas, con la que fornicaron los reyes de la tierra». «Las aguas donde está sentada la ramera son pueblos y muchedumbres y naciones y lenguas». «Tus mercaderes eran los magnates de la tierra, porque con tus seducciones fueron embaucadas todas las gentes».

Esta Mujer la presenta el Apocalipsis como sentada sobre la Bestia con siete cabezas y diez cuernos que surge del mar, mientras otra segunda Bestia, con aspecto de cordero y lenguaje de dragón, se afirma que surge de la tierra, es decir, del Pueblo de Israel.

En una obra inédita del escriturista jesuita Juan Rovira y Orlandis, sobrino del propio padre Ramón Orlandis, cuya doctrina me consta que compartían con ellos los jesuitas Francisco Segarra y Francisco de Paula Solá -que me exhortaba a perseverar en Schola en esta enseñanza-, la Bestia surgida del mar se afirma ser el símbolo de la potestad política humana que, aunque viene de Dios, es asumida por los hombres en actitud de soberbio enfrentamiento a Dios. La Bestia surgida de la tierra, que exhorta a los hombres a adorar a aquella Bestia terrena, es el falso profetismo, es decir, una predicación de apariencia cristiana que lleva a los hombres a someterse al poder político anti-teístico.

A los siete reinos simbolizados por las siete cabezas suceden en el Apocalipsis diez cuernos «que recibirán poder por una hora junto con la Bestia… Estos harán guerra al Cordero, y el Cordero los vencerá». El gran escriturista Cornelio a Lápide veía en estos diez poderes políticos los precursores y servidores inmediatos del gobierno universal del Anticristo, del que, por cierto, habla el Nuevo Catecismo como la culminación en la Historia del enfrentamiento del mal al Reino de Dios y de Cristo (n° 675).

Mientras las siete cabezas reinan sucesivamente, los diez cuernos reinan «por una hora» simultáneamente después de ellas. Es decir, son la breve preparación de la época plenamente anti-teocrática.

Un signo tradicionalmente reconocido de la cercanía de la acción sobre la humanidad del Misterio de Iniquidad, es decir, de anormalidad, desorden, carencia de ley y de norma (anomía), (profetizado por San Pablo en la segunda carta a los tesalonicenses) es la desaparición de «lo que lo detiene» (Tó katejon).

La tradición patrística y escolástica, hasta tal punto daba por cierto que era el mismo «Imperio Romano» el obstáculo a la eclosión de la anarquía (precursora del Imperio del Anticristo) que San Roberto Bellarmino argumentaba, contra aquellos luteranos que afirmaban ser el Papa el Anticristo, que ello no podía ser porque subsistía todavía, en su tiempo, el poder imperial romano en el Sacro Imperio Romano Germánico.

Todo esto lo estudió y nos lo hizo estudiar a nosotros en Cristiandad el Padre Orlandis -en el número 27 (1 mayo 1945), dedicado al fin del Imperio Romano- en el momento en que Napoleón Bonaparte impuso a los Habsburgo de Viena la renuncia al título imperial romano milenario para no ser ya sino emperadores de Austria, en 6 de agosto de 1806. Comenzaba así el mundo a entrar en la época que el gran escriturista Padre Bover llamaba el de la democratización internacional de la potestad política (Bover-Cantera, Sagrada Biblia B. A. C. 1947, vol. ll, pág. 583).

En estos días hemos oído hablar de nuevo de la lucha del Bien contra el Mal. Si viésemos como «malo» el movimiento antiglobalizador y hostil al comercio mundial que ha impulsado el hundimiento de las Torres Gemelas del Centro del Comercio Mundial, podríamos estar tentados de ver el poder político americano -el Imperio, como han escrito algunos periodistas- como el «Bien».

Pero olvidaríamos que, aunque en la babilónica metrópoli de Nueva York vive el pueblo cristiano, como vivía el pueblo judío deportado en Babilonia, esto no ha de cegar nuestra mirada hasta no advertir que el mismo nombre de las Torres Gemelas, World Trade Center, sugiere las descripciones apocalípticas de Babilonia «la ciudad grande que reina sobre los reyes de la tierra», «cuyos príncipes son los mercaderes» y «en la que se glorían cuantos se han enriquecido en la gran ciudad por lo elevado de sus precios».

Leemos en el Apocalipsis, después de describir la soberbia y la corrupción de Babilonia la grande, madre de las prostituciones y las abominaciones de la tierra, que los diez cuernos de la Bestia anti-teística, «harán la guerra al Cordero», es decir, que serán enemigos de Cristo, y aborrecerán y destruirán a la «gran ramera»:

«Y los diez cuernos que viste (…) tienen un mismo designio, y su potencia y potestad la entregarán a la Bestia. Estos harán la guerra al Cordero (…) y los diez cuernos que viste y la Bestia aborrecerán a la ramera, y la dejarán devastada y despojada, y devorarán sus carnes y la abrasarán con fuego; porque Dios puso en sus corazones el que ejecutasen su designio, y que ejecutasen un mismo designio, y entregasen su reino a la Bestia, hasta que se cumpliesen las palabras de Dios; y la Mujer que viste es la ciudad grande, la que ejerce realeza sobre los reyes de la tierra» (Apoc 17, 12-18).

De nuevo me siento en la necesidad de revivir en mi corazón la que hubiera sido una conversación con el Padre Orlandis sobre el hundimiento del Centro del Comercio Mundial por un terror impulsado por el odio a la gran ciudad mundial y a su «Imperio».

Si consideramos babilónica la gran metrópoli americana, entendemos el término «Babilonia» en aquel sentido moral y espiritual que le dieron, legítimamente, San Agustín, al referirse a la «ciudad terrena», y San Ignacio, en la «meditación de las dos Banderas», en la que vemos a Satanás sentado en el gran campamento de Babilonia, en una cátedra de fuego y humo.

Pero la tradicional interpretación escriturística entendía que la profecía del Apocalipsis nombraba con el «tipo» de la Babilonia antigua -la de Nabucodonosor- la ciudad de Roma -la nombrada por San Pedro en su carta-.

Los protestantes leían el Apocalipsis como una profecía del hundimiento de la Iglesia romana. Algunos apologistas católicos, como Bossuet, alegaron que el hundimiento profetizado se había cumplido en la caída de Roma, invadida por Alarico y sus ejércitos bárbaros. Pero otros escrituristas católicos admitían, y lo concedían a los herejes, que en el Apocalipsis se profetizaba la destrucción de Roma. Es interesante leer a Cornelio a Lápide, que sobre el texto del Apocalipsis, cap. 17, escribe:

«Babilonia es Roma; no la cristiana cual es ahora, sino infiel y pagana como fue en tiempo de San Juan, y como será de nuevo en tiempo del Anticristo».

San Agustín, en el Libro 18 de De Civitate Dei (cap. 2°), escribe: «Así como Babilonia fue como la primera Roma, así Roma misma es como la Segunda Babilonia». Y en el cap. 27 llama a Roma «la Babilonia occidental».

Cornelio a Lápide enumera una larga serie de autores entre los que figuran Bellarmino, Salmerón y Francisco Suárez, y dice que «todos interpretan por Babilonia la Roma infiel, cual fue en tiempo de Juan y de nuevo será hacia el fin». Y prosigue:

«Objetarán los herejes: "Roma es Babilonia; luego la Iglesia romana, con su Pontífice, es Babilonia". Respondo que la inferencia es absurda, así como vacía: una cosa es la Roma ciudad, y otra es la Iglesia romana. Una cosa es la Roma gentil, y otra la Roma cristiana.

Hacia el fin del mundo [modo de hablar poco adecuado para significar lo que podría llamarse «el fin del tiempo de las Naciones»] Roma, abandonando la fe, la piedad, a Cristo y al Pontífice, de nuevo será Babilonia.

La ciudad de Roma volverá entonces a gloriarse, como en la Antigüedad, de la idolatría y los vicios. Será tal como fue bajo Domiciano y Nerón. Dejará de ser cristiana para ser gentil y perseguirá al Pontífice y a los fieles cristianos a él adheridos ».

Finalmente, conviene advertir que Cornelio a Lápide no anuncia la destrucción de la ciudad de Roma como realizada por aquellos «diez cuernos» en que hemos visto el ejercicio de la democracia internacional, sino por el poder del Imperio del Anticristo que sucederá a ellos, pero que colocará su centro de poder en Jerusalén:

«Es sumamente congruente con el genio y la finalidad del Anticristo que él sea rey de Jerusalén y de los judíos y que, en lucha contra Cristo, destruya la metrópoli de su Reino y de su Iglesia, es decir, Roma. Deseará esto con afán, porque le parecerá que así destruye el Reino de Cristo. Así pues, como se opone el Anticristo a Cristo, los judíos a los cristianos, se opondrá Jerusalén a Roma: y así el Anticristo se esforzará en abolir a Cristo, a los cristianos y a Roma ».

Reflexionemos que hemos leído en el Libro del Apocalipsis que, para combatir al Cordero, es decir, en odio a Cristo, destruyen Babilonia quienes la odian, porque Dios ha puesto en sus corazones que ejecuten un designio divino. La ciudad mundana y terrena de Babilonia es castigada por Dios con la permisión del odio de quienes también odian a Cristo.

Y hemos leído en Cornelio a Lápide que el Anticristo, identificándose con los judíos y enfrentado a Cristo, querrá destruir Roma, que ha sido la capital del mundo cristiano, pero que será, al ser destruida, una ciudad de nuevo mundana y soberbia, embriagada con la sangre de los mártires de Cristo.

Los buenos y los malos, el Bien y el Mal, no los podemos encontrar identificados en todas y cada una de las posiciones opuestas que se dan en el curso de la Historia. «Sólo Dios es bueno» y Él difunde el Bien por Cristo en trelos hombres.

Sólo la Iglesia, que, como afirmó Pío XII, no puede ser neutral ante los acontecimientos humanos y ante el curso de la historia, porque Dios no es nunca neutral, tiene autoridad divina para juzgar, como ha hecho en muchos momentos históricos, que una guerra humana puede ser una cruzada, y recordada por ella en sus celebraciones litúrgicas.

Pero por encima de todas las luchas humanas providencialmente previstas y dispuestas, obra en la Historia su designio, ordenado a la plenitud de Su Reino. Todo tiende a que se realice este designio de Dios: «El Reino de este mundo ha venido a ser del Señor Nuestro y de Su Cristo, y reinará por los siglos de los siglos» (Apoc 11, 15).

Francisco Canals

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La teología de la historia del Padre Orlandis, S.l., y el problema del milenarismo

padre orlandisEn la tarea apostólica del Padre Orlandis, cuyo fruto fue la originación, en el seno del Apostolado de la Oración de Barcelona, de Schola Cordis lesu, tuvo importancia fundamental su perseverante enseñanza de la teología de la Historia.

«Cuando se me preguntaba -escribió el Padre Orlandis- qué me proponía en estas conferencias, solía yo contestar: mi intento no es otro si no el de formar celadores del Apostolado de la Oración». Más allá de lo teológicamente opinable o discutible puso siempre la certeza, expresada en la fiesta de Cristo Rey del 25 de octubre de 1942, de que «Jesucristo centra en la devoción al Sagrado Corazón el remedio del mundo actual, y que como consecuencia del triunfo de esta devoción ha de venir la época profetizada de paz y prosperidad en la Iglesia, coincidente con el Reinado Social de Jesucristo».

Él mismo notó cierta continuidad con la actitud del Padre Enrique Ramière, S.I. Pero la doctrina del Padre Orlandis estaba más próxima a la que por su consejo y orientación realizó su sobrino el Padre Juan Rovira y Orlandis, S. I., expresada principalmente en su estudio hasta ahora inédito De Consummatione Regni Messianici in Terris, seu de Regno Christi in Terris consummato.

Esta obra fue enviada a Roma en los tiempos inmediatamente posteriores al fin de la persecución religiosa de 1936-1939. El Padre Rovira había muerto como mártir de la fe y su nombre estaba entre aquellos cuyo proceso de beatificación se iniciaba entonces. No olvidaré nunca que el Padre Emilio Anel, S.I., vicepostulador de la Compañía de Jesús ante la Congregación para las Causas de los Santos, me dijo en conversación confidencial, en noviembre de 1989, que un miembro de la Congregación le había comentado que el Padre Juan Rovira y Orlandis, aún en el caso que no se hubiese podido probar históricamente el martirio por la fe, podría ser beatificado a partir del testimonio de su vida y sus escritos.

Podemos hoy, gozosamente, expresar algunas líneas centrales del pensamiento orlandiano con palabras textuales del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia católica:

«Según el Apóstol, los judíos son todavía hoy muy amados de Dios por causa de sus padres… la Iglesia espera, con los Profetas y con el mismo Apóstol, el día sólo por Dios conocido en que todos los pueblos invocarán el nombre del Señor con una sola voz y le servirán con un solo hombro (Soph. 3, 9)» (Vaticano Il. Nostra aetate, 4).

Tratando de la religión judía, y afirmando la futura conversión de Israel, el texto anuncia la futura unidad religiosa de toda la humanidad.

Y en el nuevo Catecismo hallamos, bajo el título: De allí vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos… esperando que todo le sea sometido:

«El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, si n embargo no está todavía acabado con gran poder y gloria, con el advenimiento del Rey a la Tierra» (671).

Y bajo el título El glorioso advenimiento de Cristo, esperanza de Israel, leemos:

«La venida del Mesías glorioso, en un momento determinado de la historia, se vincula al reconocimiento del Mesías por todo Israel» (674).

«La entrada de la plenitud de los judíos en la salvación mesiánica… hará al Pueblo de Dios llegar a la plenitud de Cristo» (674).

Para la comprensión de estos textos profundamente renovadores de la perspectiva escatológica es necesario tener presente el modo de hablar de San Agustín, que equipara la expresión «último día del divino juicio» con la de «tiempo último», cuya duración nos es incierta.

«La Iglesia universal del Dios verdadero confiesa y profesa que Cristo ha de venir del Cielo a juzgar a los vivos y a los muertos, y a esto le llamamos último día del divino juicio, esto es, el tiempo último». «Pues, por cuántos días se extienda este juicio es incierto: porque las Escrituras santas usualmente ponen el término día en lugar de tiempo, como no ignora el que haya leído, por más ligeramente que lo haya hecho, aquellas letras santas (De Civitate Dei, Lib. XX, 1, 2).

La esperanza en la consumación del Reino de Cristo en el mundo y el problema del milenarismo

La teología del Reino de Cristo consumado en la Tierra, que profesaban el Padre Orlandis y el Padre Rovira, estaba en continuidad con las interpretaciones que, sobre los oráculos proféticos y sobre el Apocalipsis, fueron predominantes -aunque no universalmente generalizadas, como demostró el Padre Rovira- durante los cuatro primeros siglos de la Iglesia.

Posteriormente, esta doctrina fue abandonada e incluso combatida por una mayoría de autores, aunque es patente que se continuó enseñando siempre por algunos, y que no se alcanzó nunca la unanimidad en su rechazo.

Entre las causas de la disminución de aquella doctrina mencionaba el Padre Rovira el término milenarismo, del que escribió: «mal visto y rechazado no sin razón por muchos católicos… deliberadamente optamos por omitir este nombre y así lo hicimos en cuanto fue posible a lo largo de toda la obra».

El Padre Orlandis rechazó expresamente, al hablar de la presencia de Cristo viviente en su Iglesia, «la presencia corporal y visible que soñaron los milenarios »:«Contemplen a Cristo presente en su Iglesia, no con aquella presencia corporal y visible que soñaron los milenarios, pero si con la presencia de gobierno, con la presencia de providencia amorosa, con la presencia de cabeza mística que influye en sus miembros, en los que acatan y aman su soberanía, su vida, su verdad, su amor».

Defendió y razonó teológicamente la desautorización, por el decreto del Santo Oficio de 21 de julio de 1944, del «sistema del milenarismo, aún mitigado», definido como el que enseña una «venida visible a reinar en esta tierra» (DS 3838): «¿Podríase admitir como probable la presencia visible de Cristo Rey en la tierra, como defienden los milenaristas? En modo alguno… Y llegó un día a nuestros oídos la noticia de la prohibición del milenarismo, aún del mitigado, y antes de conocer el decreto del Santo Oficio anuncié en público la existencia del decreto, añadiendo que si en él se proscribía cualquier proposición que hubiera yo sostenido, la dieran por retractada… Mas llegó a mis manos el decreto y en él hallé lo que ya sabía: la prohibición del milenarismo aún del mitigado, pero hallé algo más: la virtual absolución del Padre Ramière, etc., porque el Santo Oficio, al prohibir el milenarismo mitigado, no prohíbe una vaguedad, sino que precisa lo que prohíbe y lo que entiende por milenarismo mitigado. ¿Y en qué consiste éste, según el decreto de prohibición? En el sostener que Jesucristo antes del juicio final vendrá visiblemente a esta tierra para reinar… De mí ciertamente me dice la conciencia que jamás lo he enseñado ni pensado [lo que prohíbe el decreto]».

Ya el Padre Rovira, bajo la orientación del Padre Orlandis, había precisado que la presencia de Cristo en el tiempo del juicio o del Reino había de reconocerse como una presencia moral y también como una presencia «física» gloriosa.

El Reino del Mesías fue siempre, desde los tiempos que siguieron a la edad apostólica, el tema, el núcleo de la polémica entre los judíos y los cristianos.

San Justino, llamado el Filósofo, mártir de la fe cristiana, y uno de los más importantes entre los Padres apologistas, escribió hacia 152 un Diálogo con el judío Tryfón. El interlocutor judío pregunta a San Justino:

«Vamos a ver, dime: ¿reconocéis vosotros que Jerusalén será restaurada, que nuestro pueblo se reunirá nuevamente, y esperáis vosotros triunfar juntamente con los Patriarcas y los Profetas y con todos los que fueron de nuestro linaje? ¿O, más bien, os refugiáis en la aceptación de esto para aparentar que nos vencéis en la controversia?» (núm. 80. M. G. 6, 663).

Advirtamos que el judío sospecha que los que reconocen a Cristo como Mesías no se sienten herederos de los judíos, ni esperan participar con éstos en el triunfo que ellos esperaban en el advenimiento del Mesías. San Justino, que profesa, con muchos escritores cristianos de los primeros siglos, la esperanza en la plenitud futura del Reino de Cristo, responde a Tryfón:

«No soy tan miserable para decir una cosa sintiendo otra. Ya te he dicho que yo, y muchos otros cristianos, pensamos así, y tenemos como absolutamente cierto que así ocurrirá. He reconocido también que otros muchos incluso del linaje de los cristianos… no piensan así. Así pues, yo, y los cristianos que sienten en todo rectamente, sabemos esto: creemos en la resurrección de la carne, y en la restauración de Jerusalén que profetizaron Ezequiel, Isaías y todos los Profetas.

Pero si te encuentras con algunos que dicen que son cristianos, pero que blasfeman del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, y niegan la resurrección de la carne, ya te he dicho que te has de guardar de tenerlos por cristianos, porque son herejes, impíos y ateos».

Encontramos aquí citadas tres actitudes:

Primera : la de los cristianos que sienten en todo rectamente y que, como el propio Justino, creen en la Resurrección de la carne y en la restauración de Jerusalén anunciada por los Profetas.

Segunda : la de otros cristianos, que no aceptan aquella doctrina y esperanza. Venidos de la gentilidad, sospechan, al parecer, de los primeros su coincidencia con las esperanzas judías.

Tercera : otros pretenden darse a sí mismos el nombre de cristianos pero son enemigos del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, del que blasfeman, y niegan la resurrección de la carne (los gnósticos ).

Es explícita y decidida la denuncia de San Justino contra el falso cristianismo antijudío de los gnósticos, enemigos del Dios de Israel: son herejes, impíos y ateos.

Pero el intento apologético «dialogante» con los judíos es tal vez la razón de que en el texto de San Justino no aparezca tan claramente aludido el error, antitético al de los gnósticos, que, denunciado por San Ireneo de Lyon, sería posteriormente calificado siempre como «el error judío».

Escribió San Ireneo, el más autorizado representante en la Antigüedad cristiana, de la doctrina de la consumación del Reino de Cristo en la tierra:

«No sería Jesús, el Cristo, aquel que tiene carne y sangre por la que nos redime, si no recapitulase en sí todo lo que Dios había creado en Adán. Vanos son los de Valentín que dogmatizan excluyendo la salvación de la carne y desprecian lo que Dios ha creado. Vanos son también los ebionitas, que no aceptan la unión de Dios con el hombre, sino que perseveran en la vieja levadura. Rechazan la mezcla del vino celeste y no quieren ser sino agua secular. No aceptan que Dios venga a unirse a ellos, y perseveran en el Adán que cayó y fue desterrado del Paraíso» (Adversus aereses, lib V, cap. 1, nums. 292-293).

Si reunimos los datos que nos aportan San Justino y San Ireneo nos encontramos con cuatro actitudes, dos de ellas entre los cristianos, y otras dos en radical enfrentamiento al Evangelio:

Primera : cristianos que profesan la esperanza en el futuro cumplimiento de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento; éstos aceptan como libro divinamente inspirado el Apocalipsis, que reconocen ser obra del apóstol y evangelista Juan.

Segunda : cristianos que no comparten aquellas esperanzas. Entre ellos se dio la negación de la apostolicidad del Apocalipsis, que algunos atribuyeron al hereje Cerinto, y también, a partir de Orígenes, su interpretación exclusivamente alegórica, excluyendo su significado literal.

En oposición radical al Evangelio, nos hallamos con las otras dos actitudes entre sí antitéticas:

Tercera: El error herético, las gnosis. Todo un conjunto de sistemas con el rasgo común de despreciar y maldecir lo creado y al Dios creador y legislador del Antiguo Testamento. Para ellos la redención es una «liberación» respecto de la naturaleza y de la Ley; entre estas sectas las hubo adoradoras de la serpiente del Paraíso, de Caín, de los sodomitas. De ellas surge el dualismo maniqueo y todos los futuros catharismos. Cátharos significa «puros».

Cuarta: El error judío, el ebionismo, que rechaza la unión de Dios con el hombre. De ellos dice San Agustín: «Los ebionitas dicen que Cristo es sólo hombre. Observan los mandatos carnales de la Ley, a saber, la circuncisión, y todas las demás cosas, de las que hemos sido librados por el Nuevo Testamento» (De haeresibus. Lib. unic, nº X).

Y Santo Tomás de Aquino alude también a ellos: «Hay que confesar que la Madre de Cristo concibió siendo Virgen. Lo contrario pertenece a la herejía de los ebionitas, que pensaban que Cristo era puro hombre y le consideraban nacido de la unión de los sexos» (S. TH. IIIº, qu. 28, artº. l, 28 in c.).

A estos judaizantes alude San Jerónimo diciendo: «Los judíos, y los herederos del error judaico, los ebionitas» (Sobre Isaías 66, 20). «Los judíos y nuestros judaizantes, es más, no nuestros, porque judaizantes» (Sobre Zacarías 14, 18-19).

Probablemente, el término milenarista quería denunciar el horizonte exclusivamente temporal de su modo de entender el Reino. Contra autores como Marcelo de Ancyra y Fotino de Syrmyum se insertaron en los símbolos durante el siglo IV las palabras «cuyo Reino no tendrá fin» (DS 41, 42, 44, 46 y 150).

Del milenarismo ebionita al progresismo anticristiano

A lo largo de la historia, la radical antítesis entre la idea chiliástica o milenarista de los ebionitas y los errores del dualismo gnóstico, ha sido superada, en confusión dialéctica, en las revoluciones religiosas y políticas que han desintegrado el mundo cristiano hasta nuestros días.

Hoy podemos entender el ebionismo y su esperanza de un mesianismo exclusivamente terreno -cerrado, como notaba San Ireneo, a la aceptación del vino celeste- como la «teología de la liberación» de Israel. Ehionim es un término bíblico que significa «los pobres».

La esperanza judaizante se dirigía a un reino mesiánico en el que Israel obtendría su venganza contra las «naciones», al modo como los imperios pseudo-teocráticos y terrenos de los califas del Islam.

En el mundo cristiano encontramos a los «santos» de Cromwell, que esperaban la caída de la Babilonia «papista» y la llegada del «Quinto Reino», degollando al Rey y aniquilando y oprimiendo a los «papistas» irlandeses. Los «peregrinos» emigrados afirman establecer en Nueva Inglaterra el Reino de Cristo.

La traducción filosófica y racionalista de tales esperanzas terrenas la podemos hallar expresada típicamente en la filosofía de la Historia de Kant, con el postulado según el cual «el género humano progresa constantemente hacia lo mejor», y que al título de su opúsculo La paz perpetua añadió: «Elmilenio en filosofía».

La mentalidad progresista, con instrumentos filosóficos del idealismo romántico, contaminó el sentimiento de amor a la patria de muchos pueblos cristianos, transformándolo en un nacionalismo que ha sido causa frecuente de reducción inmanentista de su propia tradición religiosa.

Este mismo proceso generó entre los judíos el «sionismo», esto es, el falso mesianismo en el que se suplanta la esperanza de la salvación que viene de Dios por la que proviene para toda la humanidad del dominio universal de Sión.

Parece como si los signos de los tiempos nos hiciesen entrever el cumplimiento del anuncio del Señor hablando a los judíos que le perseguían: «Yo he venido en el nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre a él recibiréis» (loann. 5, 43). Porque una tradición muy generalizada afirmaba que «Jerusalén será la ciudad regia del Anticristo» (Cornelio a Lapide. Sobre el Apocalipsis, 20, 8).

Con instrumentos conceptuales del materialismo dialéctico, un mesianismo radicalmente secularizado e inmerso en la historia, se expresó en el marxismo, según advirtieron muchos sociólogos e historiadores.

Es para mí un homenaje al Padre Orlandis reconocer que con su magisterio me orientó hacia la afirmación de las ideas aquí expuestas sobre el milenarismo y sus transformaciones filosófico-políticas en un congreso de «La Ciudad Católica» celebrado en Barcelona en octubre de 1968 en los locales de la Balmesiana.

Se ha reavivado en mí el recuerdo profundamente agradecido de las enseñanzas del Padre Orlandis al leer en elnuevo Catecismo:

«Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Ioann. 19, 20) desvelará el «misterio de iniquidad»; bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres la solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad». «La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, en el cual el hombre se glorifica a sí mismo, en vez de glorificar a Dios y su Mesías venido en carne» (675).

«Incluso cuando presenta formas atenuadas, la Iglesia ha rehusado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo, sobre todo cuando presenta la forma política de un mesianismo secularizado intrínsecamente perverso» (676).

«El Reino no se realizará por un triunfo histórico de la Iglesia según un progreso ascendente, sino por una victoria de Dios sobre el desencadenamiento último del mal» (677).

En nuestro tiempo, con frecuencia quienes profesamos «con los Profetas y con el Apóstol» la esperanza en el designio divino de que «el Pueblo de Dios llegue a la plenitud de Cristo», y se realice lo expresado en la solemnidad de Cristo Rey y en la consagración universal al Corazón de Jesús, seguimos siendo calificados como continuadores del«milenarismo».

Pero hay que notar que tal denuncia se hace desde actitudes y posiciones ideológicas que son precisamente las expresiones contemporáneas de aquella corriente que, originada en la soberbia religiosa que desconoció la salvación por Cristo, ha ido formulando de diversas maneras la idea, por antonomasia «anticristiana», del progreso y de la salvación de la humanidad por sus propias fuerzas, y con ideales de horizonte exclusivamente terreno y mundano.

En esta situación son providencialmente esclarecedoras las enseñanzas del nuevo Catecismo, singularmente las contenidas en los números 675 a 677.

Para la superación de equívocos de lenguaje y de confusiones en la doctrina

San Agustín, que había profesado una doctrina de la consumación del Reino de Cristo semejante a la de San Justino y a la de San Ireneo, se refirió a ella como «de alguna manera tolerable», mientras censuró a los que atribuyen a los resucitados inmoderados banquetes en losque superarán a los incrédulos, y comenta sobre esto:

«Los que son espirituales dan a éstos el nombre de chiliastai, palabra griega que podemos traducir literalmente por "milenaristas"» (De civitate Dei, lib. XX, c. 7º, 1).

Sobre estas palabras de San Agustín comentó Florentino Alcañiz, S.I.: «el nombre de chiliastai o milenarios se daba entonces sólo a los que sostenían el milenarismo craso». Lo cual, por cierto, quitaría coherencia lógica a la división del milenarismo en espiritual y craso, pues si el término milenarismo se refiere a las esperanzas «carnales» de los ebionitas herederos del error judaico, no puede hablarse de «milenarismo espiritual», a no ser con un uso totalmente equívoco del término.

En cuanto a San Jerónimo, que con San Agustín se reconoce siempre como aquel cuya autoridad llevó al abandono del llamado milenarismo en Occidente, escribe insistentemente en contra del que considera como continuación y herencia del «error judío»:

«Luego no promete el Señor al alma lo que piensan los chiliastas: abundancia de riquezas, manjares delicados, la comodidad corpórea, la belleza de las mujeres, sino aquellas delicias a las que nos llama diciendo: deléitate en el Señor y te dará lo que le pide tu corazón» (Sobre Isaías, 55, 2-3).

Como se ve, el término chiliasta o «milenarista» es empleado en el mismo sentido en que lo utilizó San Agustín. Pero en varios pasajes atribuye confusamente esta mentalidad a auténticos cristianos, y por lo demás no se atreve a condenar aquel error.

Así, en su comentario sobre el libro del profeta Jeremías, última de sus obras que por su muerte dejó inconclusa, encontramos, sobre unas palabras del Profeta, que interpreta como anunciando la definitiva desaparición histórica de la ciudad de Jerusalén:

«Los judíos piensan que será restaurada Jerusalén de oro y piedras preciosas; y que de nuevo se ofrecerán en ella víctimas y sacrificios, y se darán matrimonios de los santos y el Reino en la tierra del Señor Salvador.

Todo lo cual, aunque no lo sigamos, no podemos sin embargo condenarlo, porque muchos varones eclesiásticos y mártires afirmaron estas cosas. Que cada uno abunde en su sentir y quede todo reservado al juicio de Señor» (Comentario sobre Jeremías, ML, 24, 801).

La tensión polémica que sospechaba el «error judío» en toda lectura «literal» de los textos proféticos y del Apocalipsis, tendía a ver en un mismo plano el ebionismo y las doctrinas de San Justino, San Ireneo, y «muchos varones eclesiásticos y mártires». Contribuyó a esta confusión la excesiva influencia, por la autoridad de Orígenes, de exégesis alegóricas de aquellos textos, utilizadas para evitar la coincidencia de los cristianos con las esperanzas judías.

Si tenemos presente que en nombre de tales esperanzas la mayoría de los judíos habían rechazado la mesianidad de Jesús de Nazaret, y muchos de los que la aceptaron la habían deformado en el sistema no trinitario del ebionismo judaizante, resultan esclarecedoras las palabras que el gran comentarista Cornelio a Lapide escribió, siquiera fuese en actitud más de diálogo apologético que de tesis doctrinal:

«Se puede satisfacer a los argumentos de los judíos si decimos que las profecías y escrituras que prometen la restitución de Israel, la restauración de Jerusalén y la redención y salvación de los judíos, se cumplirán, tal como suenan, en el segundo advenimiento del Mesías, esto es, de Cristo, que los judíos piensan que será el primer advenimiento, por lo que niegan que Cristo haya venido.

Las Escrituras que hablan del segundo advenimiento las exponen acerca del primero, por lo que niegan el primer advenimiento y piensan que Cristo no ha venido a la tierra» (Sobre Jeremías, cap. 31, 34-40).

Lo que Cornelio a Lapide proponía a modo de argumento apologético, pero sin afirmación de carácter doctrinal, es lo que enseña el nuevo Catecismo en sus números, ya citados, 671 y 674.

La confusión terminológica explica que, mientras autores como Ramón Orlandis Despuig, y Juan Rovira y Orlandis en el citado estudio, evitan el uso del término milenarismo, que durante siglos ha apuntado a caracterizar un falso mesianismo de horizonte terreno y humano, otros, atendiendo a que por él se significó también la teología de la consumación del Reino de Cristo en la tierra, lo utilizan aludiendo a doctrinas y autores plenamente ortodoxos.

El Padre Rovira, después de analizar los equívocos de lenguaje y las confusiones doctrinales, que causaron la decadencia y disminución de la teología del Reino consumado, notó que esta doctrina no ha desaparecido nunca en la Iglesia:

«Ciertamente, en los últimos tiempos no faltaron grandes e insignes teólogos e intérpretes que, por lo menos en parte, admitieron esta doctrina del Reino consumado. De éstos fueron los principales: Enrique Ramière, los padres Palmieri y Casajoana y el ilustre intérprete del Apocalipsis Rafael Eyzaguirre».

Advierte el Padre Rovira que la «eximia obra» del sacerdote chileno Rafael Eyzaguirre Apocalypseos interpretatio litteralis obtuvo el nihil obstat en Roma, firmado por el Maestro del Sacro Palacio durante el pontificado de Pío X.

«A los que hay que añadir en España los nombres de Toribio Martín de Belaustegui y de Cristina Morrondo». También se refiere el Padre Rovira al claretiano José Ramos, que trató muchas veces la cuestión en la revista La ilustración del clero.

En nuestros días, pienso que el propio Padre Rovira incluiría en esta referencia los importantes estudios de B. Caviglia Campara y Antonio van Rixtel reunidos en el volumen «Tercer milenio. El misterio de la Apocalipsis» (Montevideo, Uruguay, 20 de diciembre 1995).

Al concluir la introducción a su estudio, después de reconocer que una doctrina predominante durante los cuatro primeros siglos de la Iglesia, y nunca unánimemente rechazada, parece que no puede no ser verdadera, mientras que por el hecho de haber sido dejada de lado y fortísimamente impugnada por grandes y sabios varones, también parece que no puede no ser falsa, el Padre Rovira expresa así la intención de su trabajo:

«Luego esta doctrina es verdadera, entremezclada con falsedades. Así pues, el trabajo es discernir lo verdadero de las cosas falsas; a saber, que alguien, sin ceder a ningún vano respeto humano ni preocupado por prejuicio alguno, únicamente llevado del deseo de investigar la verdad, seleccione consciente y cuidadosamente todas las cosas para retener todo lo que es verdadero, para confeccionar así un sistema escatológico que sea teológicamente y escriturísticamente coherente.

Este trabajo, que asumo imprudentemente sin duda, porque es quizá superior a mis fuerzas, es el que me he atrevido a emprender, y es el que propongo que realicen los que me lean y sientan afán de investigar la verdad».

Quiero terminar estas notas, homenaje al Padre Orlandis, que me aconsejó el estudio del tratado De consummatione Regni messianici in Terris, seu de Regno Christi in Terris consummato, y también al Padre Francisco de Paula Solá, que me exhortó a perseverar en la fidelidad a la teología de la historia que había recibido en Schola Cordis Iesu, con la plegaria con que concluyó el Padre Rovira su admirable estudio:

«¡Oh, te ruego que vengas, Cristo Jesús, Rey del Cielo y de la Tierra; ven Señor, Alfa y Omega, Principio y Fin, raíz y linaje de David, estrella espléndida y matutina; el que eras, el que eres, el que ha de venir, ven a libramos, ven a visitar tu viña, a custodiar y defender tu Iglesia, ven a regir el orbe de la Tierra en justicia: Vara de equidad es la vara de tu Reino. Adveniat regnum tuum. Veni Domine lesu!».

Francisco Canals

Mis recuerdos del Padre Orlandis: acerca de su milenarismo

padre orlandisAl comenzar a escribir sobre mis recuerdos acerca del tomismo, integrismo y milenarismo del Padre Orlandis, afirmé que, a diferencia de lo que ocurría con el tomismo, durante siglos ausente en la tradición predominante en las escuelas de la Compañía, «las convicciones u opiniones y las actitudes por las que tendían a descalificar algunos al Padre Orlandis como «integrista» o como «milenarista» estaban en íntima relación con corrientes doctrinales y movimientos espirituales secularmente vigentes en la Compañía de Jesús, y que podrían considerarse como providencialmente originados en ella».

No podría decirse que la afirmación doctrinal y práctica de la integridad de la doctrina tradicional católica, o que la convicción esperanzada del designio divino del Reinado universal de Cristo por su Corazón, hayan sido siempre predominantes en el pensamiento y en las tareas de la Compañía de Jesús, la orden que, como me recordaba el Padre Francisco de Paula Solá, S. I., fue fundada por inspiración divina por San Ignacio de Loyola al servicio del Reino de Cristo por su Iglesia. Pero sí que hay que reconocer una conexión intrínseca entre el carisma apostólico del Padre Orlandis y el «encargo suavísimo» del Sagrado Corazón a la Compañía de Jesús.

Puesto que no trato de presentar aquí un estudio documentado, ni una información bibliográfica, sino que intento sólo evocar mis recuerdos, me bastará relacionar con un estudio publicado en 1929 por el jesuita mejicano Francisco Javier Quintana sobre el munus suavissimum, y con un espléndido libro publicado en Roma por el Mensajero del Sagrado Corazón italiano sobre La Festa di Gesú Cristo Re, el contenido del opúsculo Actualidad de la idea de Cristo Rey que editó en 1951 Publicaciones Cristiandad.

En aquel librito pequeño en su formato pero grandioso por su doctrina se contenían trabajos de José-Oriol Cuffí Canadell, Jaime Bofill, Pedro Basil y del propio Padre Orlandis, expresivos de lo más nuclear del espíritu de Cristiandad, nacida de la formación recibida en Schola Cordis Iesu por quienes la fundaron en 1944.

Toda la razón de ser de la revista Cristiandad es la afirmación del Reinado de Cristo en el mundo, tal como se formuló sobre todo en los documentos de León XIII y de Pío XI sobre la consagración del linaje humano al Sagrado Corazón y la institución de La festividad de Cristo Rey.

El Padre Orlandis tenía la convicción, asintiendo a reiteradas enseñanzas pontificias, de que el Reinado de Cristo es el camino único para la justicia y la paz en la sociedad humana. Tenía asimismo la certeza de la esperanza en el cumplimiento de la que Pío XI llamaba «consoladora y cierta profecía del divino Corazón»: «la instauración de todas las cosas en Cristo», la consumación en la plenitud de los tiempos del designio divino del advenimiento del Reino que pedimos en el Padrenuestro (véase Catecismo de la Iglesia Católica, 2818) y con él la «restauración universal de que Dios habló por boca de los profetas» (ibídem, 674).

Que «la esperanza de una realización del Reinado de Cristo sobre la tierra con una perfección mayor que la que ha alcanzado hasta ahora» (1 de abril 1947, p. 146) fuese frecuentemente descalificada como «milenarista» es algo sólo explicable por un gravísimo malentendido.

Este malentendido, que ha durado siglos, pudo darse porque la entrada de los «gentiles» en la Iglesia de Cristo no sólo no fue contemporánea del reconocimiento de Jesús como el esperado Mesías por el pueblo de Israel, sino que, en los designios providenciales la ceguera de los judíos vino a ser ocasión del llamamiento de los gentiles, como afirmó San Pablo dirigiéndose a los romanos (Rom 11, 11-12).

Ya San Justino, filósofo y mártir, reconocía en el siglo II que muchos de los cristianos no esperaban un tiempo futuro en que, restaurada Jerusalén, judíos y gentiles participaran en el cumplimiento de las profecías y promesas a los descendientes de los Patriarcas.

Incluso en San Jerónimo hallamos una confusión de planos entre las interpretaciones y enseñanzas de los «muchos varones eclesiásticos y mártires que dijeron estas cosas», por lo que no se atreve a condenarlas (Sobre Jeremías, cap. 24), con las esperanzas terrenas y camales de «los judíos y nuestros judaizantes, o por mejor decir, no nuestros, porque judaizantes», «los judíos y los herederos del error judío, los ebionitas».

Todavía San Agustín afirma que la calificación de chiliastico o milenario se daba sólo a los «carnales» por los «espirituales». No obstante, en los textos aludidos de San Jerónimo, y en los siglos posteriores, el término milenarismo adquirió una ambigüedad y equivocidad en que se confundían doctrinas totalmente ajenas a la fe cristiana, con otras plenamente ortodoxas, fieles a la verdad de los oráculos proféticos y del Apocalipsis de San Juan.

* * *

Recordaba el Padre Orlandis que la declaración Balfour sobre el «Hogar Nacional Judío» fue vista como anunciando algo que sólo podría ocurrir al fin del mundo: la reunión del pueblo judío en su tierra. Ya entonces tuvo ocasión de discutir contra los prejuicios subyacentes en una comprensión que sólo pensaba en la conversión de Israel como algo que se daría «al fin de los tiempos», en el «juicio final».

En otras ocasiones he escrito en las páginas de esta revista sobre la escatología intrahistórica del Padre Orlandis. Para el objetivo de estos «recuerdos», será más conducente concentrar la atención en algunos puntos significativos que delimitaban bien su actitud.

Primero : supuesta la convicción cierta, que veía enseñada por el Magisterio pontificio, de la consumación del Reino de Cristo en el mundo, advertía contra la confusión de quienes, confundiendo e invirtiendo los ideales y principios cristianos, confunden con el advenimiento del Reino el sedicente progreso humano anticristiano.

Desde el primer número de Cristiandad, se incluyeron los textos pontificios que hablan de nuestra época como la de la «apostasía», la eclosión del «misterio de iniquidad» que culminaría en «el hombre del pecado que se levanta contra todo lo que se llame Dios o reciba culto», el Anticristo, anunciado en el Apocalipsis y en la Epístola de San Pablo a los Tesalonicenses (2, 4).

Segundo : apoyándose en una tradición muy firme y autorizada, juzgaba que la desaparición de «aquello que detiene» el misterio de iniquidad, de que habla San Pablo en la citada epístola, se había realizado en la desaparición del título imperial romano, en 1806, por obra del emperador revolucionario Napoleón Bonaparte.

En la ruina de aquella institución, heredera del cuarto de los reinos profetizados en el libro de Daniel, se concretaba la quiebra del orden jurídico y del principio de autoridad en la antigua Cristiandad occidental, y con ello el desbordamiento de la anomía, o anormalidad en el mundo contemporáneo y en todas las dimensiones de la vida.

Tercero : su visión teológica de la historia, al servicio de la esperanza de lo que llamaría más tarde Karol Wojtyla la «escatología de la Iglesia y del mundo», insistía en el designio providencial. Esta «hora de la tentación que había de sobrevenir sobre todos los habitantes de la tierra», esta «prueba final de la Iglesia», se ordena al cumplimiento de la «instauración de todas las cosas en Cristo».

Cuarto : la conversión de Israel «que la Iglesia espera con los profetas y el Apóstol» (Con. Vaticano II, Nostra aetate) no se dará sino después del derribo del imperio del Anticristo. Porque el pueblo de Israel como pueblo recibirá aquel imperio anticristiano y antiteístico como si en él se realizasen sus esperanzas mesiánicas, las que no habían querido reconocer en Cristo. Tal era la interpretación tradicional de las palabras de Jesús en el Evangelio de San Juan: «Yo he venido en nombre de mi Padre y no me habéis recibido. Otro vendrá en su propio nombre y a éste le recibiréis» (Jn 5, 43).

Quinto: la consumación del Reino, que supone la vuelta de Israel a su Dios, tendrá lugar junto con el cumplimiento de la promesa divina de que se formará «un solo rebaño y un solo pastor».

El Padre Orlandis citaba a Knabenbauer -que seguía a Cornelio a Lapide en este punto-: «derribado el imperio del Anticristo, la Iglesia reinará en todas partes, y se hará tanto de los judíos como de los gentiles un solo rebaño y un solo pastor».

Sexto: supuesto que la ruina del imperio del Anticristo no se obraría sino por la «epifanía del Advenimiento del Señor (II Tes 2, 8) y supuesto también que no se darán tres advenimientos, este advenimiento segundo por el que cesa el imperio del Anticristo en el mundo es aquel por el que Jesucristo viene de nuevo con gloria para juzgar, es decir para reinar en el mundo.

De él habla así San Luis María Grignion de Montfort: «Así como por María vino Dios al mundo la vez primera en humildad y anonadamiento, ¿no podría también decirse que por María vendrá la segunda vez, como toda la Iglesia le espera, para reinar en todas partes y juzgar a los vivos y a los muertos? ¿Cómo y cuándo, quién lo sabe? Pero, yo bien sé que Dios, cuyos pensamientos se apartan de los nuestros más que el cielo de la tierra, vendrá en el tiempo y modo menos esperado de los hombres, aún de los más sabios y entendidos en la Escritura, que está en este punto muy oscura».

«Al fin de los tiempos, y tal vez más pronto de lo que se piensa… esta Divina Soberana hará grandes maravillas en la tierra para destruir en ella el pecado y establecer el reinado de Jesucristo, su hijo, sobre el corrompido mundo» («El secreto de María», núm. 57).

Séptimo : El Catecismo nos dice a hora que «el Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, no ha llegado todavía a su culminación, por el advenimiento del Rey a la tierra» (Catecismo, núm. 671).

El Padre Orlandis no confundía el cumplimiento de lo anunciado en el Apocalipsis «el reino de este mundo se ha hecho del Señor nuestro y de su Cristo, que reinará por los siglos de los siglos» (Apoc. ll, 15), con un instantáneo «juicio final» con el que cesasen el tiempo y la historia.

Entendía estas cosas según la advertencia de San Agustín, que afirmaba que «el día del último juicio» significa «el tiempo último» cuya duración nos es desconocida, en que Cristo juzgará en el mundo con más plenitud, aunque ya ahora y desde siempre es juez y Señor del mundo (cf. De civitate Dei, XX, cap. 1, núm. , 2).

Octavo : el Padre Orlandis entendía que el milenarismo prohibido, incluso en su forma mitigada por el decreto del Santo Oficio de 21 de julio de1944, hubiera podido ser condenado formalmente como herético. Porque el milenarismo propiamente dicho entendía la segunda venida y el Reino de Cristo en la tierra en la perspectiva de la «visibilidad» del Rey, es decir, interpretando la segunda venida como una vuelta triunfante del Señor a estar visiblemente presente en el mundo: no en cuerpo glorioso, como consta por las Sagradas Escrituras que estuvo en los días desde la resurrección a la ascensión a los cielos, sino con una corporeidad visible empíricamente, del mismo tipo que la que quiso tener desde su nacimiento a su muerte en la cruz.

Noveno : Con esta «visibilidad» del Rey estaba conexa en el pensamiento de los antiguos milenaristas -«herederos del error judío» según San Jerónimo, y «que rechazaban el vino celeste y no querían ser sino agua secular», según San Ireneo-, una comprensión del Reino en el horizonte terreno y mundano que llevó a los dirigentes del pueblo judío al desconocimiento de la salvación que traía a este mundo el Hijo de Dios encarnado.

* * *

El Padre Orlandis había dicho en 25 de octubre 1942, en una serie de conferencias orientadoras de la tarea de los socios de Schola Cordis lesu, que estaban formando el propósito de fundar la revista Cristiandad:

«Tenemos por cierto que Jesucristo centra en la devoción al Sagrado Corazón el remedio social del mundo actual y que como consecuencia del triunfo de esta devoción ha de venir la época profetizada de paz y prosperidad en la Iglesia, coincidente con el reinado social de Jesucristo».

En la misma revista, en un artículo publicado el 1 de abril de 1947 escribía:

«A quienquiera que haya leído con atención siquiera mediana los números de Cristiandad publicados hasta ahora le habrá debido de entrar por los ojos la expresión insistente de una idea, la reiteración incesante de una esperanza: la idea de la Realeza de Cristo, la esperanza de una realización del Reinado de Cristo sobre la tierra con una perfección mayor que la que ha alcanzado hasta ahora».

A esta convicción cierta llamaba el Padre Orlandis el optimismo nuclear, del que sostenía que «habrían de participar lodos los cristianos» (ibídem). De él distinguía el sistema desarrollado por el Padre Enrique Ramière, y su propio pensamiento en el campo de la Teología de la Historia, al que aludía como «mi sistema».

En cuanto a la «escatología intrahistórica», el sistema del Padre Orlandis difería de aquel del Padre Ramière, y más bien coincidía con el del gran escriturista, su sobrino el Padre Rovira y Orlandis, expuesto en la obra inédita De consummatione Regni Messianici in Tenis, seu de Regno Christi in Terris consummato.

Había animado al Padre Rovira a realizar aquel estudio, a la vez que, como me comentó reiteradamente, le recomendaba que evitase el equívoco término de milenarismo, y tratase de dejar plenamente en claro que la presencia subsiguiente a la «venida del Rey a la tierra» (véase Catecismo, núm. 67 1), es, o bien una «presencia moral», o también, según las disposiciones divinas, una «presencia física gloriosa».

Para afirmar que aquel «Optimismo nuclear» debería ser participado por todos los fieles se apoyaba en el Magisterio pontificio. E incluso en las llamadas «revelaciones privadas», de tan indiscutible influencia en el propio Magisterio y en la liturgia. Advertía que no se da en estos temas ningún texto «definitorio». «Ridículo sería defendernos contra quien sospechara que hacemos intervenir en este problema la infalibilidad pontificia», dice en un artículo publicado en Cristiandad de 15 de junio de 1946.

De su propio pensamiento y de aquel del Padre Ramière escribe allí mismo diciendo: «los que tenemos la discutible esperanza de que hablamos… »

Después de muchos años de estudio personal del tema -en el que fui estimulado y aconsejado después de la muerte del Padre Orlandis, por el Padre Francisco de Paula Solá, que participaba, con el Padre Francisco Segarra S.l., de las convicciones del Padre Rovira- no puedo menos de decir francamente que me parece que, por la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica en 11 de octubre de 1992, se ha entrado en aquella etapa de renovación de la escatología de la que hablaba en 1976 el entonces Cardenal Arzobispo de Cracovia Karol Wojtyla ante Pablo VI.

La escatología de «la culminación del Reino en la tierra» y del «cumplimiento de las esperanzas de Israel en el Segundo Advenimiento» (Cat., 671 y 674) parece mejor explicada por las interpretaciones del Padre Rovira y del Padre Orlandis: a la conversión del pueblo judío se une como algo inseparable la unidad de todos los hombres que con una sola voz y hombro con hombro adorarán al Dios de Israel (Con. Vaticano II. Nostra aetate, 4).

Francisco Canals

Mis recuerdos del Padre Orlandis: Pensando hoy su teología de la historia

padre orlandisEn el primer artículo escrito en la revista Cristiandad por el que había sido maestro de sus redactores, inspirador y «tutor de la revista en su minoría de edad», artículo titulado «Advertencia previa», que introduce un estudio monográfico sobre el fin del Sacro Romano Imperio en 1806 al imponer Napoleón la renuncia de aquel título por el que después se llamaría sólo emperador de Austria, escribió el padre Orlandis: «Uno de los acontecimientos revelados como futuros en la Sagrada Escritura es la aparición en su tiempo del hombre llamado del pecado, del Anticristo, supremo perseguidor de la Iglesia. En los tiempos de fe más viva preocupaba hondamente este hecho profetizado; ahora casi ha desaparecido del cuadro de las preocupaciones humanas. Pues bien, fundándose en la Escritura, los escritores eclesiásticos de los tiempos primeros de la Iglesia pensaban que debía haber sucesión de continuidad entre la desaparición del Imperio romano y la aparición del Anticristo, y por esto fue uno de los motivos de pánico temor para los cristianos del siglo V el derrumbamiento del Imperio.

Parecía a primera vista suficiente razón para abandonar aquella interpretación de la Escritura, la natural decepción que había de producir en los espíritus el tener ante la vista las ruinas del Imperio. Y, sin embargo, no fue así; continuaron los escritores eclesiásticos aferrados a la interpretación tradicional, y no la abandonaron ni siquiera cuando en el siglo XV, al conquistar los turcos Constantinopla, pereció de muerte miserable el Imperio de Oriente, y quedó tan arraigada la creencia que aun a fines del siglo XVI un varón tan eminente como san Roberto Belarmino no dudaba en esgrimir contra la estolidez de los protestantes que decían que era el Anticristo el pontífice romano, un argumento fundado en la interpretación tradicional, es a saber: que mal podía ser el papa el Anticristo ya que éste no había de aparecer mientras durase el Imperio romano y éste aún existía».

A la tradición teológica aludida se refirió Cristiandad ya en su número 5, de 1 de junio de 1944, en el artículo de Domingo Sanmartí Font «Perspectivas históricas en Daniel». Según la interpretación tradicional, se comentaba allí el sueño de Nabucodonosor, narrado en el capítulo II y el sueño de Daniel, narrado en el capítulo VII; en uno y otro, aquella interpretación hablaba de la sucesión de cuatro imperios: el asirio-babilónico, el medo-persa, el griego de Alejandro Magno y sus Diádocos, y el Imperio romano.

La aparición en la historia del imperio antiteístico del Anticristo (cf. Catecismo de la Iglesia católica, núm. 675-677) no sobrevendría sino después de que hubiese cesado el poder imperial romano, que era presentado por muchos autores como aquello que, según el apóstol Pablo, detenía la acción del misterio de iniquidad en el mundo que conducirla a la apostasía y a la manifestación del «hombre del pecado» (cf. II Tes 2, 3-7).

Como habrá podido ver el lector, el padre Orlandis recordaba que Belarmino utilizaba el argumento de la existencia del Imperio romano para refutar a los luteranos que presentaban al papa como el Anticristo.

En un pasaje del Apocalipsis en que se habla de la Bestia, símbolo del poder político enemigo de Dios, se alude a «siete cabezas» que simbolizan siete reinos de los que se dice que «cinco cayeron, uno es y el otro todavía no vino, y cuando viniere durará poco» (Ap 17, 9-10).

El padre Juan Rovira, en su obra inédita De Regno Christi in Terris consummato, comenta el paralelismo entre esta sucesión de reinos y los expresados en las visiones del profeta Daniel, y al notar que el que es en el momento de escribir el autor del Apocalipsis es el mismo Imperio romano, el cuarto de la sucesión expresada en Daniel, y que en el Apocalipsis ocupa el quinto lugar. Esto implica la alusión a dos imperios anteriores al asirio-babilónico, es decir, el egipcio, y el primer imperio babilónico. Notemos que en tiempos de este primer imperio tiene lugar la vocación de Abraham; en el Imperio egipcio vive el exilio el pueblo de Israel, liberado por Moisés; Asiria y Babilonia destruyen los reinos de Israel y de Judá y esclavizan de nuevo a los israelitas; son liberados por el Imperio persa; de nuevo sometidos y perseguidos por los griegos en tiempos de Antíoco Epifanes; sometidos finalmente por el Imperio romano, bajo cuyo dominio es destruida Jerusalén y tiene lugar la Diáspora, que habrá de durar hasta la reunión del pueblo judío en su tierra.

Por decir el autor del Apocalipsis que el séptimo imperio habrá de durar poco tiempo, comenta Rovira que tal vez por esto no fue mencionado en las profecías de Daniel.

Atendiendo a que todos los imperios allí simbolizados están en relación profunda con la vida del pueblo elegido por Dios, he pensado a veces que esta séptima cabeza representa el Imperio, de breve duración que podríamos llamar británico-americano. Dominó la cuarta parte de la tierra, pero como tal imperio comenzó su ocaso al fin de la segunda guerra mundial, cuando renunció Jorge VI al título de emperador de India que había asumido la reina Victoria en el siglo XIX. En él tuvo lugar la formación del Hogar Nacional Judío y de él se separó el Estado de Israel, al que siempre ha apoyado el poder de los Estados Unidos de América. Hoy llaman todos «el Imperio» a América, a la vez que parece que su hegemonía mundial, cuestionada por muchos, está entrando en su etapa final.

El fin de un poder imperial en el mundo implica la entrada en lo que llamaríamos una democracia igualitaria en lo internacional. Queda por ver si ésta es posible o si necesariamente nos lleva a un periodo anárquico y sin norma en la vida colectiva de la humanidad: sería ésta la preparación congruente al dominio mundial de la potestad anticristiana.

Recordando conversaciones con el padre Orlandis referentes al misterioso hecho de que un poder imperial surgido de ideales de soberbia humana pudiese ser el obstáculo que detenía la acción del misterio de iniquidad en el mundo, y cuya desaparición había de ser previa a la aparición del poder anticristiano en que culmina el enfrentamiento de la humanidad a Dios, advertía que la corriente que llevaría al Anticristo opuesta a Dios y a toda norma de orden de autoridad natural exigía la desaparición previa de autoridad en el mundo.

En el texto del Apocalipsis se habla de «diez cuernos» que recibirán el poder «por una hora» después que hubiese cesado el de las siete cabezas de la Bestia (Ap 17, 12-14).

Recordando respuestas del padre Orlandis a preguntas nuestras, he de decir que no veía en el comunismo la realización del Anticristo, sino una etapa previa, a la que seguiría una invasión oriental sobre el mundo cristiano que veía aludida en los textos del Apocalipsis, capítulo IX, versículos 13-21, en que se habla de una orden divina de soltar a los ángeles que están en las orillas del Éufrates.

Preveía también, y pensaba que era algo preanunciado proféticamente, un intento de restauración del imperio político romano, que precedería a la ruina de Roma, de la que habla Comelio a Lápide en su comentario al Apocalipsis. Según el gran escriturista, el imperio del Anticristo tendrá su sede en Jerusalén y destruirá Roma en un impulso de odio a Cristo y a la Iglesia, pero cuando ya Roma, la ciudad, no será una ciudad cristiana, sino que habrá vuelto a la mundanidad gentil y a la soberbia antropocéntrica:

«Así pues, concedo a los herejes que aquí [en el Apocalipsis] la ciudad de Roma es llamada Babilonia; concédanme ellos igualmente que de esto no se sigue que se dé el nombre de Babilonia a la Iglesia romana, presidida por el Sumo Pontífice, sucesor de san Pedro, vicario del Señor Jesucristo en la tierra» (Comentario sobre el Apocalipsis, cap. 17, 1-6).

«La profecía ha de entenderse de la ciudad de Roma como será hacia el fin del mundo: consiguientemente, la ciudad romana volverá entonces a su gloria primera e igualmente a su idolatría y sus vicios, y será cual fue en tiempo de san Juan bajo Domiciano y Nerón. Y de cristiana se volverá gentil…

El nombre soberbio de eternidad, y consiguientemente de divinidad, fue dado a Roma por los escritores gentiles, que para adularla la llamaron Roma Eterna, Diosa Roma» (ibídem).

En toda la profecía apocalíptica de la destrucción de Babilonia como centro del poder político mundano y neopagano, se nos advierte siempre de que el odio de los que «aborrecerán a la ramera y la dejarán devastada y despojada, y devorarán sus carnes y la abrasarán con fuego», es dispuesto providencialmente «porque Dios puso en sus corazones que ejecutasen su designio, y que ejecutasen un mismo designio, para entregar su reino a la Bestia y hasta que se cumpliesen las palabras de Dios» (Ap 17, 16-17).

No intentaba aquí desarrollar un sistema teológico-histórico sino evocar en quienes tuvimos la dicha de oírle la actitud esperanzada con la que el padre Orlandis sentía las permisiones divinas por las que en odio a Cristo, se odia también y en apariencia principalmente la soberbia y mundanidad de los poderes políticos ya descristianizados, y sentía en todo este torbellino del mundo contemporáneo la preparación de los caminos del Señor hacia el cumplimiento de su designio:

«Se ha hecho el reino de este mundo del Señor Nuestro y de su Cristo, y reinará por los siglos de los siglos» (Ap 11, 15).

Francisco Canals

La actualidad a la que aspiramos

//static.flickr.com/8242/8663106961_a1076c46fb_mEn las columnas de El Correo Catalán, benemérito y veterano paladín de la buena causa católica y tradicionalista, se publicó el 10 de septiembre del corriente año, un artículo titulado «La revista Cristiandad». Firmábalo el joven e inteligente director del periódico Claudio Colomer Marqués. Cristiandad se ha abstenido hasta ahora de reproducir en sus columnas los no pocos juicios laudatorios que acerca de ella han ido apareciendo en la prensa nacional y extranjera. Pero no hay regla sin excepción, y esta excepción habrá de recaer, por haberlo rogado nosotros a la dirección de la Revista, sobre el artículo del señor Colomer; de manera que nuestros lectores podrán leerlo en las columnas de este número.

Esta excepción verá el lector, así lo confiamos, que nada tiene de arbitraria o de caprichosa. Además, ningún menosprecio significa o implica con respecto a los otros juicios laudatorios que de veras agradecemos y que deseamos fervorosamente convertirlos de benévolos en merecidos.

Si reproducimos el artículo de «El Correo Catalán» es para confesar una deficiencia de Cristiandad; es porque Cristiandad, al pretender en varias ocasiones dar razón de sí misma y de sus procedimientos, en un punto no poco importante, tal vez no ha sabido explicarse con bastante precisión y lucidez; tal vez ha gastado sobra de palabras para expresar un pensamiento, que el señor Colomer capta y transmite al lector en una frase breve, pero certera y pregnante. En algo, con todo, hemos de disentir del señor Colomer, es a saber: en que él da por supuesto que Cristiandad realiza ya lo significado en su feliz expresión, mientras nosotros tenemos conciencia de que en ella, sí, se expresa nuestra aspiración, nuestro ideal, pero por lo que toca a su realización distamos no poco de alcanzarlo.

De actualidad, sí; de actualidades, no

La frase en la cual el periodista, como profesional que es, intenta cifrar la índole característica de Cristiandad, y en la cual, cosa innegable, a través de una realidad imperfecta, sorprende un auténtico pensamiento, es la citada en el epígrafe.

Pregúntase el señor Colomer: «¿Se trata de una revista de actualidad? Entendámonos: de actualidad, sí; de actualidades, no». ¡Actualidad! ¡Actualidades! Si es así, quien vaya a caza de actualidades puede pasar de largo, no se pare a leer Cristiandad; mas quien sienta el deseo de conocer la actualidad, en este deseo comparte el de Cristiandad; este deseo alienta en Cristiandad, y en sus páginas hallará, si no el rico venero de la actualidad, por lo menos amigos y compañeros, que con él trabajarán para satisfacer el deseo.

Corrijámonos. Este rico venero de la actualidad lo podrá hallar el lector benévolo y paciente, en Cristiandad, si no en los escritos propios de la Redacción, en el selecto documental que en todos los números suele insertarse, y que se debe considerar como su núcleo distintivo y substancial. Allí el lector hallará la actualidad, la verdadera y definitiva actualidad según que la señala y declara el Magisterio auténtico de la Iglesia de Jesucristo, y según la entienden y comentan los doctores y escritores cristianos de valor reconocido.

Actualidades, no

Cristiandad no quiere ser, en efecto, una revista de actualidades; no que por sistema tenga en menos las publicaciones que honesta y prudentemente informan al público de los acontecimientos del día; empero jamás fue éste el ideal que la llevó a la existencia.

Nunca jamás fue su propósito el satisfacer en el lector el prurito de enterarse de cuanto ocurra. El hombre moderno siente de esto una manera de necesidad; y ésta se satisface con el conocimiento de lo exterior de los sucesos, con lo «cortical» de los sucesos, como dice, el señor Colomer, ora tenga esta necesidad su origen en el mero instinto de curiosidad innata en el hombre, ora esté acuciada por simpatías o antipatías, por filias y por fobias, por intereses más o menos limitados. Esta necesidad no crea la tendencia a la unidad, conténtase con lo múltiple, conténtase con la noticia del suceso, poco se preocupa por las causas, por las relaciones, por los resultados del suceso, si para conocerlo es necesario pensar.

Actualidad,

Como explicación de su frase el señor Colomer propone ejemplos. «… [Cristiandad] no es una revista cortical que le preocupe el último discurso del estadista éste o la última reunión del comité aquél. Precisemos nuevamente; el discurso y la reunión no le preocupan y le preocupan al mismo tiempo. No le preocupan en sí como hechos fugaces y limitados, pero le preocupan en cuanto síntomas o expresiones de la permanente realidad histórica y doctrinal que la revista va sorprendiendo a lo largo de sus números».

Acierta el perspicaz articulista. Cristiandad presume de amar la seriedad, y, no obstante lo limitado de sus fuerzas y de sus recursos, no sabe contentarse con lo cortical, y trabaja porfiadamente por llegar a penetrar hasta el fondo de las actualidades. Ellas aparecen a simple vista inconexas, en un mero sincronismo o en una sucesión casual o carente de sentido, y al pretender explicarlas o motivarlas, en la mayoría de los casos la miopía presuntuosa de un vidente, en amistosa alianza con la frivolidad petulante, se jacta de su perspicacia, cuando en realidad no ha penetrado más allá de lo cortical; y una muchedumbre de alumnos matriculados en la escuela del filosofante sentirán al ritmo de su batuta, optimismo o pesimismo; preverán catástrofes tremebundas o soluciones de inesperado favor; soluciones que se admiten con facilidad y simpatía tanto mayor cuanto que, si no prometen estabilidad de paz y bienestar, por lo menos ofrecen ciertas perspectivas en que sea dado vivir y aún disfrutar de la vida.

Cristiandad para alcanzar a penetrar en el fondo de las actualidades procura en cuanto puede -distando mucho de alcanzarlo siempre- aquilatar el valor sincero de personas, de cosas, de sucesos; las promesas y amenazas que en sí entrañan o que por sus relaciones aportan; el derrotero que siguen al actuarse; el término más o menos previsible hacia el cual se les ve avanzar; etc., etc.

En su trabajo incesante, que si es penoso es fructuoso, Cristiandad se pone en guardia contra las intuiciones instantáneas; contra las visiones de campo limitado, que sólo atiendan a aspectos parciales del acontecer histórico o actual, así como de los factores y elementos que lo engendran o condicionan. Sólo con estas cautelas y con otras parecidas se podrá llegar a vislumbrar o a rastrear lo que se denomina el sentido de la historia; la razón formal, eficiente y final de las vicisitudes vitales del género humano, complicadas y multiplicadas, podemos decir, hasta lo infinito. Y lo que decimos del pasado histórico, no menos debe aplicarse a las actualidades fugitivas de lo presente.

Un ejemplo de la labor de Cristiandad, nos lo señala y sugiere el propio señor Colomer, cuando en su artículo recuerda que «unos cuantos hombres -jóvenes eran entonces, muy jóvenes, amigo señor Colomer, puesto que aún ahora distan de ser viejos- unos cuantos hombres hace varios lustros se impusieron la tarea de entrenarse para ver con claridad los nudos de la confusión político-social que agobia al mundo con la Revolución francesa».

Bien informado está el señor Colomer; en realidad, de aquel grupo de jóvenes, casi niños entonces, han salido la mayor parte de los que hoy forman el modesto núcleo de la redacción de Cristiandad.

¿A dónde iban aquellos ensayos y tentativas?, ¿qué podían prometerse? Lo que podían esperar de sus afanes era por de pronto el alcanzar a formarse concepto propio y definitivo de lo que en realidad de verdad fue la Revolución francesa, de su mentalidad auténtica, de su espíritu genuino. Y era tiempo bien empleado. Porque quien no conoce tal como fue aquella Revolución, jamás poseerá los datos esenciales para darse cuenta exacta de la época en que nos ha tocado vivir. Están saturados nuestros tiempos de la influencia de la Revolución; su mentalidad y su espíritu se imbuyen clandestinamente aun en los medios que le profesan mayor animadversión. La Revolución ha conseguido prolongarse en los tiempos que la siguieron y el ciclo de estos tiempos todavía no se ha cerrado.

Mas he aquí que la mentalidad, el espíritu de la Revolución dista no poco de la simplicidad, es algo no poco complejo; por donde han podido surgir discusiones interminables, no ya solamente sobre su bondad o maldad, sino aun sobre su esencia misma. ¿Qué fue la Revolución francesa? ¿Cuál fue su verdadero objeto? ¿Qué mudanza es la que intentó?, ¿qué es lo que quiso destruir, qué es lo que quiso implantar?

Dejando a un lado a revolucionarios y liberales declarados, hijos reconocidos de la Revolución, que en ella no ven sino bienes -ya que a su parecer los males que en ella hubo comparados con los bienes son como si no fueran- entre los que se profesan católicos no ha habido ni hay uniformidad al enjuiciar la Revolución. Entre ellos la inmensa mayoría no tan sólo la condena en sí misma y en su objeto, mas también la detesta; una minoría -quizá más o menos infiltrada de liberalismo católico- la excusa y aun la absuelve en sí misma y en su objeto propio y directo, aunque abominando de los crímenes e impiedades de los revolucionarios. Para los primeros, la Revolución es en su espíritu y en su mentalidad, impía y antisocial y por ende inexcusable e incapaz de purificación; para los segundos, la Revolución en sí misma no fue sino una conmoción social cuyo objeto fue el derribo de instituciones arcaicas, inservibles y nocivas; los crímenes y las impiedades no fueron efectos de la Revolución en sí misma, sino abusos lamentables, de la misma índole de los acostumbrados en las conmociones populares, aunque de gravedad mayor que la ordinaria.

Para los primeros la Revolución es mala, impía y antisocial en sí misma, en su espíritu y en su mentalidad, reconociendo con todo que ocasional y secundariamente ha podido hacer algún bien, sobre todo quitando graves abusos y tal vez haciendo desaparecer instituciones y procedimientos inadecuados a los tiempos nuevos, que por lo menos reclamaban urgentemente reforma.

No es éste el lugar de reconstruir el examen de los considerandos que preparan a la inteligencia para poder dar dictamen de este problema; lo cual no significa que no tengamos acerca de él juicio formado; cualquier lector medianamente asiduo de Cristiandad lo habrá echado de ver y aun en este mismo artículo habremos de hablar como partidarios decididos de la opinión adversa que a nuestro parecer es la única conforme a los datos que suministra la historia y la única que concuerda con la manera de hablar de la Iglesia.

Mas, prescindiendo en este momento de nuestra manera de pensar, todos cuantos hayan querido y podido dedicar un poco de atención serena, pero seria y ahincada, al examen de la época que se extiende desde el principio del siglo XIX hasta nuestros días; al lapso de tiempo que se conoce con el nombre de mundo actual o contemporáneo, no podrán menos de confesar de consuno que la vida del género humano en este período está casi en su totalidad influida por la Revolución francesa, por su espíritu, por sus ideas. Decimos que todos: así los que en mayor o menor grado la aprueban, la admiran y la aman, por tener abiertas las entradas a su influencia; como los que la condenan, porque aun prescindiendo de las infiltraciones inconscientes de las cuales es casi imposible librarse, para luchar contra ella y sus herederos, se han visto obligados a reformar sus armas, así defensivas, como ofensivas, para adaptarlas a las circunstancias de esta nueva guerra.

Mas ya es hora de sacar las consecuencias de esta digresión. Todo lo dicho patentiza que los jóvenes aludidos, como todos los que se han dedicado al estudio de los tiempos actuales, han de haber sacado el convencimiento de que la Revolución francesa no ha llegado a su término; que perdura en sus efectos, en su influjo poco menos que universal, que es por tanto una verdadera actualidad, una actualidad que actualiza y unifica actualidades del tiempo contemporáneo, por entrañar en sí la explicación y la motivación de su casi totalidad.

La actualidad y nuestros lectores

Más de una vez ha llegado hasta nosotros un benévolo consejo: que actualicemos a Cristiandad; que le demos actualidad. En cambio, el señor Colomer dice de ella que es revista de actualidad, pero no de actualidades, y hemos visto cuán bien y atinadamente acierta a distinguir ambos conceptos. Con riesgo de aburrir al paciente lector hemos trabajado en este artículo en la distinción de uno y otro concepto, hasta hacerlos asunto de una manera de disquisición filosófica.

Y si un amigo lector lleno de buena intención y dotado de sentido práctico, pensara y con franqueza nos dijera que lo conveniente es hacer interesante a la Revista con actualidad o con actualidades, que lo conducente es hacerse leer hasta conseguir aquella amplitud de difusión que baste para hacer que la vida de Cristiandad sea robusta, segura y provechosa al mayor número posible de lectores, le responderíamos: su observación, lector amable, merece atención y gratitud. Nosotros no podemos dejar de desear y de procurar por los medios legítimos y sensatos la mayor difusión de la Revista. De la que ha alcanzado hasta el presente no podemos estar quejosos, ya que supera la que en sus previsiones nos pronosticaban nuestros amigos. Pero a la verdad, lector amigo, si para ganar suscripciones, hubiera de convertirse de revista de actualidad en revista de actualidades, nos condenaríamos a nosotros mismos como a traidores a nuestro ideal.

Buscar la actualidad en las actualidades múltiples e inconexas, es no contentarse con las noticias y con las explicaciones que de ellas se den, en una palabra, con lo cortical, sino procurar llegar al fondo para descubrir su razón de ser y consiguientemente su unidad, que es donde halla descanso la inteligencia. Nosotros tenemos de nuestros lectores tal aprecio que no tan sólo los juzgamos capaces de este proceso de adentramiento que partiendo de las actualidades alcance la actualidad, sino que además no podemos menos de pensar que son tales que sepan disfrutar de la fruición intelectual, que es premio del trabajo que el tal proceso importa.

El ejemplo de la Revolución francesa como actualidad de las actualidades contemporáneas, puede aplicarse a otros muchos casos con toda razón y verdad. Y la persona que educa su inteligencia en labores de tanto provecho intelectual, alcanzará como fruto la verdad humana, que es la de más valor después de la divina, llegará a apasionarse por los nobilísimos goces intelectuales y además implantará y hará arraigar en su espíritu los hábitos de valor inapreciable de la seriedad en el pensar y del acierto en el juzgar modesto y seguro. Bien premiada se sentiría Cristiandad, si con sus desvelos y sacrificios alcanzara que, a la par de sus redactores, sus lectores progresaran en esta afición educativa, en el culto austero de la verdad, de que nos habla el insigne Donoso Cortés.

Confiamos en que Cristiandad jamás se desviará de su ideal de seriedad. Su deber y su honor lo exigen. Mas eso no quiere decir que no deba al propio tiempo poner empeño en hacerse agradable a sus lectores. La seriedad no es rigidez. La perfección a que aspiramos consistirá en la junta, en la fusión de lo serio del fondo con lo agradable y atractivo de la forma y de la expresión. ¿La alcanzaremos? Dios lo quiera. Nuestra obligación es procurarla con la bendición de Dios y el auxilio de nuestros amigos.

La realeza de Cristo, suprema actualidad

Cuando Cristiandad ha llegado al número 62 de su publicación puede parecer tiempo y trabajo perdido el que gastemos en precaver a nuestros lectores contra una comprensión deficiente de lo que hemos ido diciendo en el presente artículo. Mal interpretaría nuestro pensamiento aquel que se forjara la imaginación de que Cristiandad quiere ser una revista, diríamos, de filosofía de la historia. Ciertamente, el ejemplo de estudio sobre la Revolución francesa, su índole y su actualidad que hemos aducido, si en él nos detuviéramos ofrecería fundamento a esta clasificación.

Mas él no significa, sino que Cristiandad admite en sus columnas los estudios de la filosofía de la historia, que la aprecia en su verdadero valor, y que la reconoce como una preparación y un camino para un más allá.

Actualidad, sí; pero la actualidad cuyo conocimiento aprecia en grado sumo, que desde el primer número declaró querer confesar y propagar como ideal, es la suprema actualidad de la Realeza de Cristo. En dos artículos de Cristiandad, hemos demostrado y declarado esta suprema actualidad, sin más mérito que el de ir poco menos que transcribiendo las palabras de los romanos pontífices.

La actualidad de la Realeza de Cristo en la época actual no es tal como la de la Revolución francesa, tal como la hemos visto dominando la vida toda del género humano. La característica de los tiempos actuales es la rebelión contra la Realeza de Cristo, el intento porfiado de las naciones de emanciparse de Cristo Rey. La libertad proclamada y propagada por la Revolución francesa es la negación más o menos hipócrita de la fe de Cristo, porque encadena la razón; de la obediencia a la Iglesia de Cristo, porque es contraria a la dignidad del hombre e impide su desarrollo perfectivo. Con Jesucristo en abstracto tal vez se transigiría, pero con Jesucristo, que confió al Papa el mandato exclusivo de representarle en su autoridad divina ante el género humano, con la afirmación de que la Iglesia católica es la única Iglesia de Jesucristo, no hay transacción posible. Que abdique el Papa su autoridad exclusiva, es decir, que deje de ser Papa y el mundo nacido de la Revolución francesa le reconocerá como jefe de una de las religiones legítimas, más aún, como elprimus inter pares. Que Jesucristo destruya su obra, que renuncie a su soberanía, o la delegue en la humanidad, que otorgue una Constitución democrática, que la asamblea de la humanidad tenga potestad para modificar y abrogar leyes divinas y naturales a su talante, y el problema religioso planteado por la Revolución quedará resuelto automáticamente.

Este es, lector querido, el espíritu, la mentalidad que la Revolución francesa ha inoculado en las venas de la humanidad. Este es el laicismo, que en expresión de Pío XI es una peste, una infección que va invadiendo el cuerpo social.

Entonces, ¿en qué consistirá la actualidad suprema de la soberanía de Jesucristo? Consiste precisamente en que la soberanía de Cristo, su acatamiento por los pueblos y naciones, por el género humano, es el único remedio del mundo actual, el antídoto contra el veneno de rebelión inoculado por la Revolución. Sujétese el mundo a este divino régimen y recobrará la salud, y alcanzará la verdadera paz. Pax Christi in Regno Christi.

Mas la soberanía de Cristo, no tan sólo es actualidad de remedio, es además actualidad de esperanza. Lector amigo, si quieres convencerte de ello, lee y medita los artículos arriba citados, es decir, las palabras de los vicarios de Cristo, de las cuales no quisieran ser sino un eco, un altavoz, las páginas de Cristiandad.

P. Ramón Orlandis, S.I.

Todo Israel será salvo

Pero este plan de Dios, referente a la preeminencia del pueblo judío en la Iglesia de Cristo, resultó truncado, valga la frase, por los hechos. Era triste, pero era así. El pueblo judío traicionó su altísima misión; no era que el Señor hubiese encogido su mano para que ésta no pudiese salvar, sino que sus iniquidades pusieron un muro de separación entre ellos y Dios. Jesús no había venido a destruir la Ley ni los Profetas, sino a darles cumplimiento (Mt 5, 17); los judíos son la sal del mundo, “pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la salará? Para nada sirve, sino para ser arrojada y pisada de las gentes” (Mt 5, 13).

Era triste, pero era así. El año 42, en que San Pedro salió de Jesursalén para ir a Roma (Hch 12, 17), la sal había perdido ya su sabor y empezaba a caer sobre los israelitas el castigo que sobre ellos y sus hijos, insensatamente, reclamaron (Mt 27, 25), y al que se habían hecho acreedores al rebelarse contra los planes del Señor, negándose a continuar ejerciendo el antiguo misterio en la Nueva Ley.

En la Epístola a los Romanos, San Pablo no se detiene en la eventual rencilla personal, sino que, al contrario, vuela hasta lo más alto de su doctrina y la dirige a la nueva estirpe que recibirá el legado; explica, a la que será la Iglesia primada de la Cristiandad, los dolores y las glorias que cabrán a la heredera de tan insigne jerarquía. Al proceder así, se siente triste como israelita, hasta el punto de desear que, de la misma manera que Cristo tomó sobre sí nuestros pecados para salvarnos a todos, pudiesen caer sobre él, el Apóstol, los pecados de los judíos para que al pueblo escogido le fuese dado continuar su gloriosa tradición de alianza y adopción.

Con tristeza y solemnidad escribe: “Verdad digo en Cristo, no miento…, que tristeza grande tengo e incesante dolor en mi corazón. Pues desearía ser anatema yo mismo, de parte de Cristo por mis hermanos, parientes míos según la carne, quienes son israelitas, de quienes es la adopción filial y la gloria y las alianzas y la legislación y el culto y las promesas, cuyos son los patriarcas, y de quienes desciende el Mesías en cuanto a la carne, quien es, sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos, amén. Y no es que ande por los suelos la palabra de Dios…” (9, 1-6), porque no todos los descendientes de Israel son verdaderos israelitas.

No vamos a desarrollar aquí la doctrina paulina de la gracia y de la justificación por la fe, que tan mal interpretada ha sido a veces, que el Apóstol aplica para hacer ver, en los capítulos 9 y 10, que la razón de la reprobación de Israel está en el orgullo de buscar su justificación por sus propias obras.

A continuación, en el capítulo 11, San Pablo afirma que la reprobación de Israel no es universal (Rm 11, 1-12), ni absoluta (Rm 11, 13-24), ni perpetua (Rm 11, 25.36). Profetiza primero de una manera condicionada, la conversión de los judíos cuando, comparando el pueblo de Israel a un olivo y los gentiles a un acebuche injertado, escribe que

Si algunas de las ramas, quebradas, se desgajaron, y tú, siendo de acebuche, fuiste injertado entre ellas y entraste a participar con ellas de la raíz y grosura del olivo, no te enorgullezcas contra las ramas; que si te enorgulleces (piensa que) no eres tú quien sostienes la raíz, sino la raíz a ti. Dirás, pues: “Fueron quebradas las ramas para que yo fuera injertado”. Muy bien; por la incredulidad se desgajaron, y tú por la fe te mantienes: pero no seas altanero, antes bien, teme. Pues si Dios a las ramas naturales no perdonó, no sea que tampoco a ti te perdone.

Considera, pues, la bondad y la severidad de Dios: la severidad, con los que cayeron; contigo, la bondad de Dios, con tal de que permanezcas en la bondad; que si no, también tú serás cortado.

Y ellos también, si no persistiesen en la incredulidad, serán injertados (de nuevo), que poderoso es Dios para de nuevo injertarlos. Porque si tú fuiste cortado del que naturalmente era acebuche, y fuera de tu natural fuiste injertado en el olivo bueno, ¿cuánto más ellos, los ramos naturales, serán injertados en el propio olivo?”

Y a continuación reitera esta misma profecía incondicionalmente, al escribir:

Porque no quiero que ignoréis, hermanos, este misterio… que el endurecimiento ha sobrevenido a una parte de Israel hasta que la totalidad de las Naciones haya entrado. Y así, todo Israel será salvo, según que está escrito:

Vendrá de Sion el Libertador, apartará de Jacob las impiedades (Is 59, 20).

Y ésta será con ellos la alianza de parte mía cuando hubiere quitado de sus pecados.

No podemos pretender comentar en ningún sentido la cita anterior: los exégetas más iluminados y los más sabios doctores no llegarían a agotar el tema. Subrayemos tan sólo que San Pablo interpreta el versículo 20 del capítulo 59 de Isaías, escribiendo rotundamente: y así todo Israel será salvo.

Franxinius Excelsior

Perspectivas históricas en Daniel

//static.flickr.com/8241/8663119853_c1622073a8_mSueño de Nabucodonosor

El año segundo del reinado de Nabucodonosor, tuvo éste unos sueños, y turbóse su espíritu, sin que pudiera dormir.

Sueño de Daniel

El año primero de Baltasar, rey de Persia, tuvo Daniel un sueño, y vio visiones de su espíritu mientras estaba en su lecho. En seguida escribió el sueño, contando lo principal de él.

Siguen, luego, los dos sueños paralelamente.

Tú, ¡oh rey!, mirabas y estabas viendo una gran estatua. Era muy grande la estatua y de un brillo extraordinario. Estaba en pie ante ti, y su aspecto era terrible.

La cabeza de la estatua era de oro.

Presentación de los sueños. El mar grande de que nos habla es el Mediterráneo, y veremos después qué significado tiene.

Comenzó Daniel diciendo: «Yo miraba durante mi visión nocturna, y vi irrumpir en el mar grande, los cuatro vientos del cielo, y salir del mar cuatro grandes bestias, diferentes una de otra.»

La primera bestia era como león con alas de águila. Yo estuve mirando hasta que le fueron arrancadas las alas y fue levantado de la tierra, poniéndose sobre dos pies, a modo de hombre, y le fue dado corazón de hombre.

Vamos a señalar la interpretación del mismo Daniel.

He ahí el sueño. Daremos también al rey su interpretación. Tú, ¡oh rey!, eres rey de reyes, porque el Dios de los cielos te ha dado el imperio, el poder, la fuerza y la gloria. Él ha puesto en tus manos, dondequiera que habitasen, a los hijos de los hombres, a las bestias de los campos, a las aves del cielo, y te ha dado el dominio de todo: tú eres la cabeza de oro.

Turbéme sobremanera, yo, Daniel, en mi cuerpo, y las visiones de mi mente me asombraron. Lleguéme a uno de los asistentes y le rogué que me dijera la verdad acerca de todo esto. Hablóme él y me declaró la interpretación: “estas grandes bestias, cuatro, son cuatro reyes que se alzarán en la tierra.”

El Santo Profeta nos da un punto de partida firme. La cabeza de oro de la estatua y la primera bestia, león con alas de águila, es Nabucodonosor. En el segundo sueño nos da, de una vez para todas, la interpretación: las cuatro bestias son cuatro reyes que se alzarán en la tierra. En la Sagrada Escritura, muy a menudo se toma rey como sinónimo de reinado o imperio. Veremos cómo, aquí mismo, lo hace Daniel.

Nabucodonosor y la primera bestia representan, pues, el imperio asirio babilónico.

Siguen los sueños:

Su pecho y sus brazos eran de plata.

Su vientre y sus caderas, de bronce.

Y he aquí que una segunda bestia semejante a un oso, y que tenía en su boca, entre los dientes, tres costillas, se estaba a un lado y le dijeron: «Levántate a comer mucha carne.» Seguí mirando después de esto; y he aquí otra tercera, semejante a un leopardo, con cuatro alas en sus espaldas y cuatro cabezas, y le fue dado el dominio.

Interpretación de Daniel:

Después de ti surgirá otro reino, menor que el tuyo, y luego un tercero que será de bronce y dominará sobre toda la tierra.

La interpretación de la segunda y tercera bestia ya la ha dado: son dos reyes, es decir, dos imperios.

Claro está que los que vivieron en tiempo de Daniel y leyeron su profecía, debían saber que a la caída del imperio asirio-babilónico, surgiría un segundo imperio mundial, y otro después de este segundo. Pero es que el mismo profeta, dos años después, tuvo una visión complementaria, que aclara y precisa extraordinariamente este punto. Dice así:

El año tercero del reinado de Baltasar, yo, Daniel, tuvo una visión a más de la que había tenido anteriormente, y, estando en la visión, parecióme hallarme en Susa, la capital de la provincia de Elam, y estar durante la visión cerca del río Ulaí. Alcé los ojos y miré, y vi un carnero que estaba delante del río. Tenía dos cuernos, y aunque ambos eran altos, el uno era más alto que el otro, habiendo crecido más después que el otro. Vi al carnero acornear a poniente, a norte y mediodía, sin que bestia alguna pudiera resistirle, y sin que nadie pudiera librarse de él. Hacía cuanto quería y se engrandeció. Pero en esto vino un macho cabrío, sin tocar la tierra con sus pies, y con un gran cuerno entre los ojos. Llegó al carnero de los dos cuernos que había visto delante del río, y corrió contra él con la furia de su fortaleza. Vi que le acometía, rompiéndole ambos cuernos, sin que el carnero tuviera fuerza para resistirle, y, echándole por tierra, le pisoteó, sin que nadie pudiera librar al carnero. El macho cabrío llegó a ser muy potente, pero cuando lo fue, se le rompió el gran cuerno, y en su lugar le salieron cuatro cuernos, uno a cada uno de los vientos del cielo.

Explicación de Daniel:

El carnero de dos cuernos que has visto son los reyes de Media y de Persia; el macho cabrío es el rey de Javán, y el gran cuerno de entre sus ojos es el rey primero; el romperse y salir en su lugar otros cuernos, cuatro reyes que se alzarán en la nación, mas no de tanta fuerza como aquél.

Esta profecía nos aporta datos preciosísimos para aclarar el misterio del pecho de plata y vientre de bronce de la estatua y de la segunda y tercera bestia que ha señalado antes como un segundo y tercer imperios.

Estos serán los reinos de Media y Persia, y el de Javán, es decir, Grecia.

Dice del imperio medo-persa, o del carnero que lo representa, que hacía lo que quería sin que nadie pudiera resistirle. Dominó todo el Oriente próximo y medio, y, sin bien es cierto que fracasó en la conquista violenta de Grecia, en las batallas de Maratón, Salamina y Platea, más tarde, gracias al espíritu localista griego y a sus constantes y enconadas rencillas, llegó a ejercer un protectorado efectivo sobre todas ellas, que sentían un gran respeto por “el Rey”. Así le llamaban todos los autores griegos cuando hablan del Rey de Persia: es el Rey por antonomasia.

Nótese el realismo y exactitud con que describe las luchas de Alejandro Magno, rey de Javán, o sea de Grecia, y Darío, de Persia. El macho cabrío, que no toca el suelo con sus pies, representa la rapidez fulminante de la campaña triunfal del Gran Macedonio en tierras asiáticas, que rompe los dos cuernos del carnero. Algo semejante representa el leopardo, fiera carnicera y de gran agilidad.

El macho cabrío llega a ser muy potente. El imperio griego-oriental comprendió Grecia, buena parte de los Balcanes, Asia Menor y Media, hasta el Mar Negro y cerca del Caspio, y llegó a ocupar, incluso, parte de la India. Entonces, precisamente, se le rompe el gran cuerno, es decir, muere Alejandro y su inmenso imperio es repartido por sus generales. Cuatro de ellos se quedan con los más importantes territorios y dan lugar a lo que la Historia Universal conoce con el nombre de época de los Diádocos.

Nos queda la cuarta parte de la estatua y la cuarta bestia. Dice así:

Sus piernas, de hierro, y sus pies, parte de hierro, parte de barro.

¿Qué nos dice de ello Daniel? Veámoslo:

Seguía yo mirando en la visión nocturna, y vi una cuarta bestia, terrible, espantosa, sobremanera fuerte, con grandes dientes de hierro y garras de bronce. Devoraba y trituraba, y las sobras las machacaba con los pies. Era muy diferente de todas las bestias anteriores, y tenía diez cuernos.

La cuarta bestia es un cuarto reino sobre la tierra, que se distinguirá de todos los otros reinos y devorará la tierra toda y la hollará y la triturará.

Hasta llegar a este punto, la unanimidad es absoluta. Ahora se nos presenta una divergencia.

La interpretación, casi universal, de la Iglesia, hasta hace pocos años, veía en la cuarta bestia al Imperio Romano. Así, la gran autoridad de San Jerónimo. Incluso, algunos comentaristas del siglo XVI tienen a la otra interpretación, de que luego hablaremos, como poco ortodoxa.

Modernamente, en cambio, hay comentaristas que admiten que este cuarto reino es el de los Diádocos, salidos de la división del imperio de Alejandro.

Además, refiriéndose a la estatua, veamos que los pies se continúan con los dedos; encaja perfectamente con las modernas naciones que salieron del antiguo Imperio Romano y heredaron su cultura. Todos estos imperios se desarrollan alrededor del Mediterráneo, “el mar grande” del sueño de Daniel.

Algo más nos dice aún el Profeta y que no dejaron de interpretar correctamente los doctores hebreos. Es la caída del cuarto imperio. Oigámosle:

Tú estuviste mirando hasta que una piedra desprendida, no lanzada por la mano, hirió a la estatua en los pies de hierro y barro, destrozándola. Entonces el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro se desmenuzaron juntamente y fueron como tamo de las eras en verano, se los llevó el viento, sin que de ellos quedara traza alguna; mientras que la piedra que había herido a la estatua se hizo una gran montaña, que llenó toda la tierra.

Seguía yo mirando en la visión nocturna; y vi venir en las nubes del cielo a un como hijo de hombre, que se llegó al anciano de muchos días y fue presentado a éste. Fuele dado el señorío, la gloria y el imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron, y su dominio eterno que no acabará nunca, y su imperio, imperio que nunca desaparecerá.

Evidentemente, esta piedrecita que se hace montaña y este imperio eterno son el reino mesiánico. Así lo interpretaron siempre los maestros judíos antes de Jesucristo, y el propio Cristo se llamó a sí mismo, con frecuencia, “Hijo del Hombre”, haciendo, además, en un momento supremo, ante Caifás, en el transcurso de su Pasión, una manifiesta alusión a ello, que fue claramente comprendida por el sacrílego Pontífice y sus acólitos.

Domingo Sanmartí Font