El P. Ramón Orlandis Despuig

padre orlandisQuien haya leído, o lea ahora, el n° 331 (Septiembre de 1958) de Cristiandad, no necesita más noticias sobre el fundador de Schola Cordis Iesu. ¿Pueden superarse las firmas de Mª Asunción López, José Mª Murall S. l., Roberto Cayuela S. l., Francisco Segura S.I., Luis Creus Vidal, Jaime Bofill, Minoves-García Die, Pedro Basil, Francisco Canals Vidal, y algunos más? Tomo, pues, la pluma sin ánimo de enseñar nada nuevo, sino únicamente con el deseo de contribuir a honrar aquel santo y sabio varón a quien traté poco (pero muy intensamente) en vida y a quien velé las noches anteriores a su muerte y fui (con el H. enfermero) el único testigo de su plácido trance en una madrugada pocos momentos después de celebrar la santa Misa "pro agonizantibus", en la capillita que estaba junto a su aposento y desde la cual él había podido -si hubiera en aquellos momentos podido tener conciencia- seguir el Santo sacrificio de Jesús.

A modo de "testimonio histórico", a los datos biográficos que se dan, muy completos, en el mencionado 331 de Cristiandad, queremos añadir (traducido al pie de la letra) el EGO del P. Orlandis. Se llama EGO (título casero y familiar) a un escrito que redactan los candidatos a Jesuitas al ingresar en el noviciado, siguiendo una pauta o esquema prefijado. Comienza siempre como éste del P. Orlandis: "EGO, Raimundus Orlandis et Despuig… Yo Ramón… ". El documento, pues, escrito todo él de puño y letra del novicio, reza así:

«Yo, Ramón Orlandis y Despuig, Español, he sido admitido en la Compañía de Jesús por el R. P. Jaime Vigo, Prepósito Provincial de la Provincia de Aragón.

He ingresado en la casa de probación de Santa María Verulense el día doce del mes de julio del año mil ochocientos noventa y cinco, bajo el Maestro de Novicios Luis Adroer.

Nací de matrimonio legítimo en Palma de Mallorca en la diócesis Mallorquina, provincia Balear, el día dos del mes de Diciembre del año mil ochocientos setenta y tres. Fui bautizado el mismo día en la Parroquia de San Jaime de la misma ciudad. Fui confirmado el día primero del mes de Diciembre del año mil ochocientos setenta y seis, por el Ilustrísimo D. Mateo Jaume y Garau, Obispo de Mallorca. Tengo padres, Ramón Orlandis y Luisa Despuig, difuntos; eran de condición nobles. Tengo dos hermanos, uno célibe y otro casado y una hermana casada.

Pasé mi vida, hasta los doce años, en casa, donde aprendí los rudimentos de gramática con maestro particular. Luego, a los doce años, fui enviado al Colegio de S. José en Valencia, en cuyas aulas, interno, aprendí tres años de Humanidades, de los profesores PP. Ferreres, Traval, y Casas S.I.; estudié un año de Retórica con P. Cubí, me dediqué a la Filosofía dos años bajo los profesores PP. Sedó y Vidal, a saber, el primer año Lógica y Ontología, el segundo Psicología y Ética. Desde el año mil ochocientos noventa y dos me dediqué tres años al Derecho civil y a la Filosofía y Letras en el Colegio de estudios superiores de Deusto, bajo los profesores PP. Pajares, Echeverría y Leza, García Alcalde y Romeo S.I. y Hermanos Arregui Izquierdo, Zarandona y Llera S.I. En la Universidad de Salamanca recibí el grado de "prolytae" [doctorado o licenciatura] en Filosofía y Letras.

Tengo memoria fácil para captar y tenaz para retener. Creo tener entendimiento [o talento] que capta bien lo que estudio.

Siento propensión natural y voluntaria al estudio, principalmente para las letras humanas y la Filosofía.

Por lo que toca a los ministerios [ocupaciones, trabajos] me siento indiferente.

No creo que los estudios hayan dañado mi salud.

Siento que tengo fuerzas espirituales y corporales para los estudios y otras ocupaciones de la Compañía.

Las fuerzas corporales son buenas y firmes.

Mi complexión, creo, es mixa [mezcla] flemática y nerviosa.

No tengo defecto alguno corporal; tengo algo de miopía. En mi familia reinó buena salud.

Mi vocación comenzó el año mil ochocientos noventa y tres, y durante algún tiempo vacilé; por fin, habiéndome aconsejado y bien examinado el asunto, confirmado en mi vocación, fui admitido a la Compañía de Jesús, y con sumo gozo de mi corazón, vine a esta casa de probación de Santa María de Veruela, con ánimo [con el propósito] de vivir y morir en la misma Compañía de Jesús, observando sus reglas y todo lo que se me propone, con la gracia de Dios y la protección de la Santísima Virgen».

A continuación, a manera de cuadro sinóptico, se anotan las asignaturas cursadas, los autores estudiados, el lugar, años o cursos, número de condiscípulos, notas finales y observaciones. Según este cuadro obtuvo el Bachillerato en letras Humanas, y la Licenciatura (prolyta) en Filosofía y Letras. En todas las asignaturas tuvo siempre Meritissimus(Sobresaliente), menos en Filosofía y Matemáticas en el Colegio de Valencia y en Historia Universal en Deusto; la nota fue Mediocris, mediano o mediocre, que equivale a aprobado.

* * *

Este escrito, a pesar de su calidad de "standarismo", tiene un valor singular porque procede de un joven de 22 años que descubre un espíritu reflexivo, serio y veraz. Tiene cuidado en hacer constar que fue bautizado el mismo día de su nacimiento, significando así cuánta importancia daba al nacimiento espiritual, cualidad que durará toda su vida y manifiesta, por ejemplo, con el aprecio con que recomendará "La Divinización del Cristiano" del P. Ramière. Sobre su talento, memoria, vigor corporal… se muestra cauto y humilde con un "creo" (judico, dice él).

No carece de interés la frase: "Propensionem naturalem et voluntariam ad studia sentio, praesertim ad litteras humaniores et ad Philosophiam". Siente inclinación natural y voluntaria. La inclinación o propensión siempre es natural, pero muchos no siguen sus inclinaciones, que tal vez pueden ser desordenadas o inconvenientes. El P. Orlandis acepta voluntariamente lo que la naturaleza espontánea y gratuitamente le da. El estudio no será la satisfacción gozosa y fácil de un instinto o sentimiento, sino la realización consciente de una inclinación que exige esfuerzo y dedicación. El P. Orlandis no estudia por gusto sino con gusto y con el anhelo de procurar el Reinado de Cristo en los corazones; y todos sus esfuerzos irán encaminados a un fin de gloria de Dios, no de satisfacción humana.

Siente además, dice, inclinación especial por las letras humanas y la Filosofía. Por letras humanas se entendía aquellos estudios que tenían como fin educar el "humanismo", es decir, el desarrollo adecuado y ecuánime de las facultades del hombre en cuanto sociable y "asociado", o sea, como miembro de una sociedad que él mismo forma, de la que él mismo es parte y a la que él mismo se debe.

Esta formación "humana" mira al hombre entero: mente y corazón, sentidos y potencias, cuerpo y alma; hombre y Dios. Al mundo de hoy le falta "humanismo", que podríamos denominar, más concretamente, equilibrio. Los griegos lo llamaban sophrosine, los clásicos latinos ne quid ni mis (no pasarse de rosca), los ascetas cristianos virtus o justo medio. La ausencia del estudio del clasicismo, el predominio de las ciencias exactas (matemáticas, química, física, electrónica, etc.) ha deshumanizado a la sociedad. Basta ver la aberración del Arte, del teatro, y hasta de los deportes, que no sólo están desfasados sino que han entrado en el campo peligrosísimo de la política y de la violencia. Hoy, el P. Orlandis no comprendería a esta Humanidad.

Su segunda afición o inclinación voluntaria era la Filosofía. Creo que el P. Orlandis entendía la Filosofía en su sentido etimológico de amante de la sabiduría y también de reflexión. Tomar las cosas con seriedad, no a la ligera. Así, cuando fue Profesor (lo mismo que cuando había sido estudiante) no se limitaba a comentar un texto, como hacían los comentaristas ordinarios de las "Sententiae" o de la "Summa", sino que lo hacía al modo de Sto. Tomás o de Suárez o de los grandes comentaristas, que de tal modo "comentaban" que formaban escuela propia, como los dos grandes maestros mencionados.

Otro rasgo del P. Orlandis, efecto de su ’"filosofismo" o espíritu de reflexión, es el que aparece en su elección de estado. En el "Ego" dice escuetamente que empezó a sentir vocación a la Compañía de Jesús en 1893 y que vaciló durante algún tiempo, pero luego después de asesorarse con buenos consejos y examinada bien su vocación, ingresó en la Compañía de Jesús. Su vocación, pues, le nació en Deusto al cabo de un año de convivir con aquellos doctos y sabios jesuitas que menciona. No se tomó el asunto a la ligera. Consultó, examinó, pensó, y por fin se decidió. Hablando de este asunto con uno de sus discípulos de Schola Cordis Iesu, le dijo que veía algunas cosas en la Compañía de Jesús que no le gustaban, pero que sintió que era su vocación la Orden de S. Ignacio, y la aceptó.

Los datos escuetos, pero pensados, del joven licenciado en Filosofía y Letras y doctor en Derecho, son tales que le reflejan de cuerpo entero y nos dan la clave de toda su vida de Jesuita. Veámoslo en una síntesis tan breve como su "Ego".

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Las calificaciones escolares de Matemáticas e Historia Universal le designan "mediocre". Así había de ser: Las matemáticas son frías, calculadoras; son el polo opuesto del humanismo, por más que el matemático pueda ser una persona muy tratable, comprensiva, "humana". Pero el "humanista" no suele ser muy matemático.

La historia universal, si se estudia en manuales, es una sarta de datos y de fechas capaz de indigestar a la memoria más "fácil en captar y tenaz en retener" como era la del estudiante Orlandis. Tampoco le cuadraba la carrera de historia de datos y fechas.

Pero cuando la historia es filosofía, se convierte en la asignatura más acomodada al temperamento "voluntariamente aceptado" del P. Orlandis. Se convierte en Filosofía de la Historia. Es lo propio de su temperamento "humanista-filósofo".

Así pensaba y soñaba el joven licenciado en Salamanca y ahora novicio jesuita en la Casa de Ntra. Sra. de Veruela. Y con este espíritu doble emprende la carrera ascético-científica. Desde este momento la meta no ha de ser el hombre ni la sabiduría, sino el Hombre-Dios que es el Verbo, la Sabiduría humanada. Y este dualismo, que ha convertido en una unidad misteriosa: una Persona divina en dos naturalezas, llenará por completo el ideal del jesuita que va paso a paso reforzando su "humanismo" (ahora ya muy divinizado), y transformando su Filosofía en Teología, y convertirá al historiador "mediocre" en un Doctor en Teología de la Historia. Y así sale el Sacerdote Ramón Orlandis S.I. que sube al altar con un corazón que no aspira más que a ser "secundum Cor Iesu" y procurar con todas sus fuerzas el Reinado de Cristo en la Tierra.

Esta idea del Reinado Social de Cristo lo tenía tan en su entendimiento y en su corazón que empujó a su sobrino, el P. Juan Rovira, eminente Profesor de Sagrada Escritura, a que estudiase y escribiese sobre el Milenarismo. En aquellos momentos era muy mal mirada esta doctrina y el P. Rovira se encontró en un ambiente hostil. El P. Orlandis padeció mucho al ver que por ello su sobrino había perdido la Cátedra, pero el Señor premió al defensor de su Reinado Social en la Tierra, con la gracia del martirio. El P. Rovira estará ahora con los mártires del Apocalipsis, que tanto apreciaba, clamando justicia a Dios (Apoc 6, 1 0).

También al P. Orlandis le costó la pérdida de su docencia de Teología dogmática, Patrología, moral, historia de la Filosofía, que sucesivamente fue enseñando a los estudiantes jesuitas de Teología o Filosofía. Dios le destinaba a su lugar definitivo, allí donde apuntaba su temperamento ya "divinizado": el humanismo teológico concretado en el Reinado del Corazón de Jesús. Desde 1923 vivía en la Residencia de la Calle de Caspe dirigiendo la Obra del Apostolado de la Oración. El curso de 1928-29 vuelve a Sarriá para enseñar historia eclesiástica y patrología a los teólogos, e Historia de la Filosofía a los filósofos. En Agosto de 1929 se traslada definitivamente a Barcelona para dedicarse de lleno al Apostolado de la Oración. Está ya plenamente centrado. Sin embargo los acontecimientos políticos de 1931 con la ocupación de los edificios y bienes de la Compañía de Jesús en 1931-32 y la guerra civil de 1936 a 1939 impidieron al P. Orlandis desarrollar sus planes pero le dieron tiempo para pensar y planear.

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1939-1958. Años proféticos

Se habla mucho de profetismo en nuestros días. Cuando algún "teólogo o escriturista o liberacionista" es amonestado por la Curia Romana o directamente por el Papa, surge un murmullo sordo (no pocas veces un griterío ensordecedor o unos escritos contestatarios). Y a estos les llaman "profetas", queriendo indicar que en su día serán reconocidos, como ocurrió antaño con los auténticos profetas.

Con un espíritu muy distinto llamo yo ahora "Profeta" al P. Orlandis. El no profetizó porque no se consideraba un hombre excepcional, providencialmente enviado por Dios, para anunciar y preparar el Reinado del Corazón de Jesús, como lo fuera S. Juan Bautista respecto del Mesías y Sta. Margarita María, el B. de la Colombière y el P. Bernardo Hoyos para esta devoción. El P. Orlandis más bien se veía como "la voz que clama en el desierto" (Mt 3, 3), pero que con una mirada certera ve un porvenir, un horizonte que presiente cercano aunque el ambiente está tan negro que no ve más allá de unos metros.

El P. Orlandis que ha estudiado a fondo -ayudado también por su sobrino el P. Rovira- la Sagrada Escritura y con ella la Teología de la Historia, no duda de que Cristo ha de Reinar (con mayúscula) en la Tierra, sobre la Humanidad, por más que su Reino no sea de este mundo (Jn 18, 36). Y goza cuando ve que Pío XI, el Vicario de Cristo, el Maestro de la Verdad, instituye la festividad de Cristo Rey del Universo destinada a explicar y preparar el Reinado Social del Corazón de Jesús. Y de nuevo se goza cuando este mismo Sumo Pontífice nos dice dos veces que ya está viendo el tiempo -cercano- en que Cristo Reinará sobre la Tierra. Y ve también el P. Orlandis que su ideal no es el de un soñador, de un iluso, de un hereje, sino el de un fiel hijo de la Iglesia, de un buen teólogo que confronta sus doctrinas con las del Papa y ve que coinciden.

* * *

Han pasado años de paz para España y para la Iglesia, pero de intensas maquinaciones del infierno. En 1917 la Virgen María vaticinaba solemnemente en Fátima: "Pero, al fin mi Corazón Inmaculado triunfará". Con esto anunciaba Ella -evidentemente para pronto- el triunfo del Corazón de Jesús, ya que Ella no es más que la Aurora que anuncia la salida del Sol.

Con la muerte de Pío XII soplaron nuevos vientos en la Iglesia, que hicieron exclamar a Juan XXIII: "he abierto un poco las ventanas para airear el ambiente y ha entrado un huracán". Efectivamente las "portae ínferi", los poderes del Infierno se han desatado y en orden de batalla presentan la más peligrosa y fuerte lucha contra la Iglesia: la apostasía, el ataque desde dentro.

Y en este momento Dios da a la Iglesia el Papa que -permítaseme el atrevimiento, pero a esto iba el título de años proféticos– llena el ideal del P. Orlandis: Juan Pablo II. Es el Papa del Reinado del Corazón de Jesús.

En Consistorio de Navidad de 1989 daba gracias a Dios porque había podido realizar sus viajes apostólicos cumpliendo el encargo de Cristo: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda clase de gentes" y el más específico del Papa: "Confirma a tus hermanos".

Y ¿cuál es el mensaje o predicación del Papa? A una humanidad que gusta tanto de ensalzar la dignidad del hombre, los derechos humanos, etc., pero que materializada hasta el tuétano de los huesos, no sabe más que de injusticias, egoísmos, odios, rencores, guerras…, a esta humanidad grita el Papa: "Gobernantes, hombres todos, ricos y pobres, y el hombre tiene una dignidad que no poseen los demás seres vivientes de la Tierra. Respetad y conservad esta dignidad. Pero no olvidéis que esta dignidad os viene de Cristo. Si no sois de Cristo, si Cristo no está en vosotros, carecéis de dignidad". Esta es la síntesis de la predicación del Papa. No faltan quienes le atacan de demasiado humanismo. Es que no le comprenden. Se quedan en el humanismo y no atienden a la Teología, al Cristo que es el que da vida y dignidad al hombre.

Esto, creo yo, predicaría hoy el P. Orlandis, preparando así, como hace el Papa, el Reinado de Cristo sobre los hombres. Fue, pues, en realidad el profeta del Reinado de Cristo en un tiempo en que el modernismo liberal, fruto amargo y venenoso de la "Ilustración" de la Revolución Francesa y condenado por San Pío X, renovaba e invadía lentamente en la mentalidad universal y dentro de la misma Iglesia, con la Teología nueva pasada rápidamente a Teología antropológica, Antropología teológica, Antropología. Con esto se suplantaba Dios para ensalzar al Hombre.

En el orden político se iban deshaciendo y liquidando las monarquías para dar lugar a las democracias, y una Iglesia Jerárquica se pretendía transformarla en democrática. ¿Quedaba, pues, lugar para el Reinado social y universal de Cristo Rey?

Y el P. Orlandis había intuido todo esto hacía muchos años. Su trayectoria intelectual y ascética la habían llevado, sin darse cuenta, pero "voluntariamente" a la conclusión del futuro Papa Juan Pablo II (que tampoco es hoy día comprendido plenamente por muchos). El P. Orlandis, tan intelectual, tan escolástico, tan tomista… rehúye todas las discusiones de escuela sobre el objeto formal, la esencia, el fin, etc. , de la devoción al Corazón de Jesús, y se coloca en el punto céntrico de la Historia Universal (en la que le calificaron de "mediocre", ¡no lo olvidemos!), y allí encuentra a Cristo, el Dios-hombre (Humanismo y Teología) que nace en una cueva de una pequeña villa de Judea y muere en una cruz en la gran Jerusalén, elevado entre la Tierra y el Cielo, después de haber profetizado: "Y yo, cuando sea elevado sobre la Tierra atraeré a mí todas las cosas" (Jn 12, 32). Y estas cosas son sustancialmente las almas, los hombres. Y la Iglesia lo comprende; y los mártires cantan al morir: "Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat"; y los Concilios ponen nada menos en sus Símbolos o compendios de la fe "cuius Regni non erit finis"; y siempre todo cristiano recitará continuamente la más sublime oración y dirá: ’’adveniat Regnum tuum".

El P. Orlandis, pues, maestro en Teología de la Historia, funda la Schola Cordis lesu, la verdadera Escuela, Teología-Humanista, que se ocupará en estudiar y difundir la verdadera devoción al Corazón de Jesús: que Cristo reine en cada alma, y cada alma se sienta miembro del Cuerpo Místico de la Iglesia, y vaya así realizando el Reinado de Corazón de Jesús en la Tierra.

Han pasado 32 años de la muerte del P. Orlandis. El mundo ha dado un tumbo radical, las dictaduras van cayendo. Los gobernantes se han lanzado a la realización de la idea-madre de la Revolución Francesa: una Europa unida en un sólo sistema (por ahora el Socialismo Internacional), una sola religión (el agnosticismo más o menos paliado), una sola economía, un solo fin: acabar con el Cristianismo.

Pero Dios escribe recto; y con Dios no se juega. Los gobernantes, la humanidad entera podría pretender prescindir de Dios, pero no podrá eliminarle, y Dios sabrá confundirla y de las piedras sacará hijos de Abraham (Mt 3, 9).

¡Al fin, mi Corazón Inmaculado triunfará! Y la "esperanza contra toda esperanza" (Rom 4, 18) del P. Orlandis se perpetúa con su Schola Cordis Iesu, y el Profeta "mediocre" resultará el gran maestro del Reinado de Cristo.

P. Francisco de Paula Solá, S.I.

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A María por Jesús

//static.flickr.com/8239/8663109201_cea7e67c2f_mCuando la Santísima Virgen acompañada de su divino hijo iba a visitar alguna de las personas conocidas de Nazaret, o cuando por las fiestas de la Pascua se encontraban los familiares y amigos en Jerusalén, o en muchas de aquellas ocasiones, que a diario se ofrecen de toparse personas que no se habían visto desde hacía tiempo, en semejantes casos ¡cuántas veces habría escuchado la Santísima Virgen estas o semejantes palabras referidas a Jesús: «Qué bendición de Dios es este niño tan bello que tienes; es idéntico a ti» Y los mismos nazaretanos y conocidos de la Sagrada familia, sin duda que muchísimas veces ponderarían la semejanza que mediaba entre María y su Hijo. La tradición conservó este recuerdo, y Nicéforo expresamente recuerda que Jesús era «persimilis per omnia divinae et immaculatae suae genitrici» (PG 145, 750). Ignoraban ellos la causa fisiológica de semejante similitud: Jesús no tenía principio somático más que de su madre, por tanto no podía referir semejanza con otra persona de la tierra.

Pero cuando el transcurso de los siglos borró el recuerdo exacto de la fisonomía corporal de Jesucristo y de su bendita Madre, quedó en todos la idea de que había de ser excelente la figura de aquel que era el más hermoso entre los hijos de los hombres y, en consecuencia, se deducía que su madre habría de ser también excelentísima.

Este pasar de Jesús a María resulta naturalísimo y necesario. Es una consecuencia lógica, que se traduce en un principio casi axiomático, o por lo menos de tal evidencia práctica, que nadie lo pondrá en duda. El principio nos lo formula la Iglesia misma en la oración del día de la Inmaculada: «Deus, qui per inmaculatam Virginis conceptionem dignum Filio tuo habitaculum praeparasti»… o más expresamente en esta otra: «omnipotens sempiterne Deus, qui gloriosae Virginis Matris Mariae corpus et animam, ut dignum Filii tui habitaculum effici mereretur, Spiritu Sancto cooperante praeparasti…»: En donde se afirma que Dios preparó a María un cuerpo y un alma que fuesen dignos de hospedar a su Hijo Jesús. Es que Dios no quería substraerse a las leyes naturales de semejanza entre los Padres y los Hijos, y tratándose de Jesús, Hijo único de Dios Padre en la generación divina, y de María Virgen en la generación humana, era preciso que este hijo tuviese una Madre que no desdijese de la dignidad que le correspondía.

Principio fecundísimo

De tal puede calificarse el que acabamos de enunciar. Porque él nos sirve de guía segurísima y orientadora en la investigación de las grandezas de María. Puede afirmarse que es el primer principio mariano. Cierto es que todas las grandezas de la Virgen radican en su dignidad de Madre de Dios: su concepción original, la plenitud de gracia de que fue adornada, su virginidad unida a la maternidad, su mediación universal, etc. , todo absolutamente todo se basa en la voluntad de Dios de escogerse y prepararse una Madre digna de su Hijo. Si a esta voluntad decidida de Dios se junta la omnipotencia divina llegaremos a un resultado sorprendente. Combinemos, en efecto, estos elementos: voluntad de Dios, omnipotencia de Dios, dignidad de Dios; en todos ellos entra el elemento de infinitud e indefectibilidad y, en consecuencia, el efecto ha de contener también estas cualidades. Si ellas faltan será debido a que la naturaleza de la obra producida por Dios no es capaz de ellas.

Pongamos los ojos en María Santísima. Es pura criatura y por lo mismo no puede llegar a la infinitud de Dios. Pero por otro lado vemos a Dios como empeñado en producir una obra digna de sí, no sólo como creador, sino como redentor. Jesucristo, el Hijo muy amado, en quien el Padre tiene puestas todas sus complacencias, participa de lo infinito porque es verdadero Dios, quien aunque ha tomado naturaleza humana no ha podido menguar en modo alguno la infinitud de su naturaleza divina. Pero la Madre de este su Hijo tan amado, amada ella también con amor de predilección, no tiene la naturaleza divina, sino que como pura creatura es limitada.

De aquí se sigue que hemos de limitar también de alguna manera los privilegios de María; no puede ella alcanzar el infinito absoluto, y esto por imposibilidad intrínseca a su naturaleza. Si Dios no le concede gracias simplemente infinitas, no es (hablando con terminología humana) por falta de deseos, sino porque Dios no puede contradecirse a sí mismo obrando lo imposible. Pero todo cuanto se acerque a la infinitud de Dios será digno de Él; y esto será ya posible en María. Si, pues Dios, quiso y pudo hacer de la Virgen Santísima una morada digna de su Hijo, la hubo de acercar lo más posible a la infinitud de este su Hijo. Con razón podíamos afirmar que el principio de la dignidad que correspondía a la Madre de Dios era un principio fecundísimo para el conocimiento de María.

Principio de comparación

Otro procedimiento para llegar al conocimiento de las perfecciones de la Virgen es el que usan con frecuencia los Santos y Teólogos al investigar las perfecciones de Dios. Como quiera que el entendimiento humano es limitado, no puede llegar al conocimiento intuitivo de lo infinito que es Dios; pero para poderse formar una idea lo más exactamente posible de sus perfecciones examina cuidadosamente todas las que observa en las criaturas, les quita todas las imperfecciones y la limitación que en ellas encuentra, las eleva -como puede- al infinito, y dice: esta es la idea más acabada que puedo formarme de Dios, sin que le haya llegado a comprender exacta y perfectamente tal cual en sí mismo es.

Pues, con las consiguientes salvedades, se procede de manera semejante para apreciar la grandeza de María. Se hace un recuento de todas las perfecciones espirituales que admiramos en los Santos, se acumulan todos los privilegios a ellos concedidos, se suman las gracias con que Dios les ha dotado, etc., y se formula este principio: No hay que negar a la Virgen ninguno de los dones que Dios ha concedido a los demás santos, a no ser que estén contendidos en mayores perfecciones a ella otorgadas. Y de este argumento usan con frecuencia los Teólogos para afirmar de la Virgen ciertos dones y carismas que no nos consta expresamente por las Sagradas Escrituras que los poseyera. Y San Ignacio de Loyola lo emplea al exponer la Aparición de Jesús a su Santísima Madre después de resucitado: «Primero, dice, apareció a la Virgen María, lo cual aunque no se diga en la Escriptura, se tiene por dicho, en decir que apareció a tantos otros; porque la Escriptura supone que tenemos entendimiento, como está escripto: ¿También vosotros estáis sin entendimiento?» (Ejerc. Esp. , 299).

Este principio, sin embargo, de comparación con los otros Santos, será útil para ciertos casos concretos, por ejemplo, para determinar si la Virgen Santísima conoció tales o cuales misterios de Dios, si gozó alguna vez de la visión beatifica, etc. Porque diremos: si, según opinión de muchos Padres y Teólogos, Moisés o San Pablo gozó por algún momento de la visión intuitiva de Dios, no hemos de negar esta gracia a la Santísima Virgen. Pero de esta fórmula no sacaremos el grado de intensidad, por así decirlo, de los privilegios concedidos a la Virgen. Es, por tanto, un principio útil, pero menos fecundo que el primero, de la dignidad de Madre de Dios.

Ad Mariam per Jesum

Sentados estos dos principios, sobre todo el de la dignidad que corresponde a la Virgen por ser Madre de Dios, limitada solamente por las imperfecciones intrínsecas a la naturaleza humana (imperfecciones si se comparan con la perfección purísima de Dios, pero que no importan imperfección alguna de orden moral); queremos buscar en este trabajo que redactamos una norma que nos ilumine más concretamente la intensidad de la grandeza de la Virgen. Ya hemos dicho que no podíamos usar estrictamente para la Virgen del método que empleamos para apreciar de alguna manera la perfección absoluta de Dios, porque nos encontramos con las limitaciones que la pequeñez de la naturaleza nos exige; tampoco nos basta el exaltar a la santísima Madre de Dios sobre todos los Ángeles y Santos justos, porque ello nos llevaría tal vez a un concepto que nos parecería elevado y sería en realidad mezquino. El método apetecido lo encontramos en Jesús.

Hemos dicho anteriormente que Dios quiso formarse una Madre digna de su Hijo, y que María Santísima se asemejaba muchísimo a Jesús. Pero Jesús participa de las dos naturalezas: divina y humana. Por cuanto es Dios trasciende nuestro alcance y comprensión y entra de lleno en el terreno vedado a nuestro entendimiento; pero en cuanto es hombre participa por completo de las limitaciones de nuestra naturaleza, al mismo tiempo que la levanta por encima de los ángeles uniéndola hipostáticamente con la divinidad en unión substancial, estrechísima, perfectísima, como ninguna otra unión creada. Por otra parte, de Jesús nos habla muchísimo la Sagrada Escritura, la Iglesia nos enseña sus perfecciones divina y humana, los Santos Padres nos ilustran y completan las enseñanzas de la Iglesia, y los teólogos sistematizan estas doctrinas. Tratándose de Jesucristo no estamos rodeados de tinieblas, sino de luz vivísima; la lucha plurisecular con los herejes no ha hecho más que perfilar más y más la imagen espléndida de nuestro Redentor, y las manifestaciones del mismo a su confidente Santa Margarita (por no citar más que un ejemplo) han contribuido a que se estudiase científica y místicamente las riquezas inagotables de su sacratísimo Corazón.

De este conocimiento más acabado que tenemos de Cristo Jesús, hemos de deducir el de María, que podríamos formular de esta manera: Como quiera que Dios quiso que Madre e Hijo se asemejaran, todas las perfecciones que encontremos en Jesús y no sean exclusivas de su divinidad o de su misión mesiánica las hemos de aplicar a la Madre divina en el grado que una pura creatura pueda soportar. San Alberto Magno, como tendremos oportunidad de decir más adelante, aducirá en este sentido las palabras de Cristo: «Por el fruto se conoce el árbol. Esta fórmula es, más o menos desarrollada, lo que los filósofos y teólogos califican con el nombre de Principio de analogía, pero con la atenuante, de que este principio en Mariología, por lo general se emplea para limitar los privilegios, no para ensancharlos. Así, cuando decimos que la Virgen Santísima posee una plenitud de gracia análoga, no unívoca a la de Jesús, queremos significar que de alguna manera hay que restringir esta plenitud en María, mientras que en Jesucristo se habla de una plenitud sin restricciones. De todos modos, la analogía supone semejanza, y en este aspecto ella se convierte en principio orientador; y así es como lo tomamos ahora, aunque no rechazamos las limitaciones que nos impone.

Según esto, podremos tener una idea bastante acabada de la Virgen si miramos a su Hijo. Como los nazaretanos, que conocieron primero a María, comprendían por ella a Jesús, así nosotros, que hemos conocido primero a Jesús, hemos de llegar por Él al conocimiento de la Virgen. En otro lugar de esta Revista (núm. 75 [1947], págs. 194-196) aplicamos este procedimiento para esbozar la realeza de María. De la misma manera se podría determinar su Mediación, Sacerdocio, Intercesión, etc. Ahora, manteniéndonos más estrictamente en el plano de los principios, vamos a concretar los que podemos aplicar para comparar a María con Jesús. Son éstos los que modernamente se ha dado en llamar «principios marianos o de Mariología, que son, además del de la divina maternidad, los de asociación, recirculación y solidaridad. De ellos para nuestro caso el más importante es el de asociación, que en cierta manera puede encerrar los otros dos.

Principio de asociación. Es principio muy complejo y no fácil de definir, si se quiere científicamente separar de los otros principios anunciados de divina maternidad, recirculación y solidaridad; pero podemos determinarla con una fórmula· sacada de San Bernardo: «Et quidem sufficere poterat Christus… sed nobis bonum non erat hominem esse solum… Iam itaque nec ipsa mulier, benedicta inter mulieribus, videbitur otiosa; invenietur equidem locus eius in hac reconciliatione». «El prudentísimo y clementísimo artífice -añade- no rompió lo que estaba resquebrajado, sino que mirando a la utilidad, lo rehízo, de suerte que del viejo Adán nos formó uno nuevo, y a Eva la refundió en María. Cierto es que bastaba Cristo, pero a nosotros no nos convenía que el hombre estuviera solo… Porque muy fiel y poderoso mediador entre Dios y nosotros es Cristo, pero en él los hombres temen reverencialmente su majestad divina… Era necesario una mediación para con el mediador. Ni podía hallarse otra más provechosa que María… ¿Qué va a temer la flaqueza humana de acercarse a María? Nada existe en ella de austeridad, nada terrible; toda essuavidad que a todos ofrece mercedes abundantes…» (ML 183, 429-430).

Tenemos, pues, a la Virgen relacionada con Cristo no solamente por el hecho de ser su madre, sino también por estar asociada a Él a la obra propia para la que fue enviado al mundo: la Redención. Por tanto, ya no son solamente títulos honrosos los que se deben a María, ni gracias especiales que la hagan digna de la Madre de Dios, sino también cualidades que la asemejan enteramente a su Hijo para que con Él pueda cooperar a la obra de la Redención de la humanidad.

Un principio así concebido alcanza unos límites a primera vista insospechados. Porque examinemos las propiedades que a Jesucristo le corresponden como a Redentor. Cuatro suelen enumerar principalmente los teólogos: Sacerdote, Profeta, Cabeza, Rey. Y todos estos cuatro oficios, con las limitaciones que el grado de coadyuvadora impone, han de hallarse en María. Dejemos el de Profeta (que no hace tanto a nuestro intento) y el de Rey (de que hablamos en el núm. 75 de Cristiandad), para fijar nuestra atención en los otros dos: Sacerdote y Cabeza.

El sacerdocio de Cristo

Como nuestro fin es hablar de la Virgen, solamente apuntaremos las prerrogativas que en Cristo supone el oficio de Sacerdote. Es el sacerdocio de Cristo, como dice San Pablo, el que le constituye entre Dios y los hombres para interceder por ellos. Así, Sacerdote y Mediador son términos convertibles. Pero la Mediación, Cristo la ejerce de dos maneras: uniendo las dos naturalezas que el pecado separó, divina y humana (mediación ontológica), y reconciliándolas (mediación moral).

¿Puede la Virgen Santísima participar de esta Mediación sacerdotal ?La mediación ontológica no puede propiamente tenerla: sería menester que se uniera hipostáticamente con la divinidad. Pero en cierta manera participa ella de esta prerrogativa. No olvidemos que es la Madre de Dios, que en su seno tuvo unido a sí, de la manera que las madres participan de la vida de sus hijos comunicándoles su ser corporal y formando su cuerpecito, al Verbo de Dios hecho carne el cual precisamente se iba allí disponiendo un cuerpo apto para la obra redentora. Aquel «corpus autem aptasti mihi» que San Pablo pone en boca del Verbo humanado dirigiéndoselo a su Padre celestial, ¡qué significación tan propia tiene en labios de la Virgen Santísima! Si todos los cristianos que participan de la Santísima Eucaristía pueden llamarse divinos, porque se alimentan de manjar divino, el cuerpo y la sangre de Cristo Jesús, ¡qué hay que decir de la Virgen, que formó y alimentó este cuerpo unido hipostáticamente a la divinidad! Y lo que es más, esta humanidad de Cristo, que estaba tan estrechamente unida a la divinidad, se iba formando a expensas del cuerpo de la Virgen, tomando substancia de su substancia, carne de su carne, sangre de su sangre, vida de su vida.

Por este motivo hay títulos muy elevados que relacionan especialmente a la Madre del Redentor con la Santísima Trinidad. No explanaremos aquí estos conceptos, bástenos recordar que se la denomina frecuentemente en los libros de los Padres y Doctores de la Iglesia: Hija o Esposa del Padre, Madre del Hijo, Esposa del Espíritu Santo, complemento de la Trinidad (locución, no obstante, que no pocos rechazan), primera después de la Trinidad augusta. Santo Tomás afirma que la Santísima Virgen es allegada de Dios (22 q. 103 a. 4 ad 2); y Cayetano, comentando este pasaje del Angélico, añade: «Por esto el culto de hiperdulía se debe exclusivamente a la bienaventurada Virgen, que es la única que tocó los límites de la divinidad por propia operación natural cuando concibió a Dios, lo parió, lo engendró y alimentó con su propia leche (sola ad fines deitatis propria operatione naturali attigit, cum Deum concepit, peperit, genuit, et proprio lacte pavit)» . Por semejante manera se expresan con frases muy significativas y casi diríamos atrevidas Hugo de S. Víctor: «Dios habita por identidad en sólo la Virgen» Pedro de Blois: «La Virgen está mucho más allegada a Dios que lo están los ángeles, porque ella y Dios su Hijo son dos en una carne» etc. Y anteriormente los SS. Agustín, Germán de Constantinopla, Modesto de Jerusalén, Efrén de Siria, Tarasio, etc., habían ponderado estas relaciones de María con la Trinidad augusta. Todo lo cual resume breve pero expresivamente el doctor eximio Suárez, con estas sencillas palabras: «Esta dignidad [la maternidad divina] es de un orden superior porque pertenece en cierta manera al orden de unión hipostática; como quiera que intrínsecamente se refiere a ella, y con ella guarda necesaria conexión».

De aquí se desprende en qué punto participa la Virgen de la Mediación ontológica: no es ella, como Cristo, una persona divina con dos naturalezas, pero está muy allegada con Dios, es la Madre de Dios verdadera, y puede decir ella: «Dios tiene mi carne y mi sangre».

Pero en los planes de la Economía divina acerca de los hombres no se había de obrar la Redención con sólo la mediación ontológica de Cristo; era menester que este Mediador que materialmente juntaba en sí los dos extremos opuestos, los juntase también en el orden de la reconciliación moral aportando sus merecimientos como valor substitutivo de la gloria que los hombres habían arrebatado a Dios por el pecado. Dios exigía un rescate completo y, por lo mismo, de valor infinito.

De nuevo nos encontramos con el elemento de la infinitud. ¿Es ésta posible en María, pura criatura? Si atendemos al infinito absoluto, tendremos que reconocer la imposibilidad; pero al relacionar a la Virgen con Jesús escucharemos a San Alberto Magno que nos dice: «Concedamos también que su Hijo la precedió en todos los privilegios; pero esto no disminuye la honra de la madre, sino que la exalta por haber engendrado un Hijo, no sólo igual, sino infinitamente mejor; lo cual hace también, por esta parte, infinita en cierto modo la bondad de la madre, pues todo árbol se conoce por sus propios frutos; y, por tanto, si la bondad del fruto bonifica al árbol, la infinita bondad del fruto también pone de manifiesto la infinita bondad del árbol.

De todas maneras, no era menester que la Virgen nos redimiera de lamisma manera que Cristo, ya que ella le estaba solamente asociada a la obra de la Redención. Basta que ella tenga las cualidades suficientes para acompañar a Cristo. Pero aquí no es nuestro intento demostrar por los textos estas cualidades en la Virgen, sino deducirlas de los principios asentados. Es decir: si María ha de asemejarse a Cristo, al ver lo que es Cristo, hemos de descubrir en ella los mismos elementos. Cristo es Sacerdote en la forma indicada; luego, maría también lo ha de ser según su proporción. Esta proporción nos la declaran los Santos Padres.

Tenemos, pues, que siendo Cristo Sacerdote y ejerciendo el Sacerdocio de las dos formas antedichas, María era menester que participara de ellas. Lo cual nos la ha puesto en contacto con la divinidad, haciéndola muy afín a Dios, y llegando a darle cierta infinitud.

Ahondemos un poco más. Cristo fue Sacerdote y, al mismo tiempo, víctima u hostia. Inmoló y fue inmolado; sacrificó sacrificándose a sí. Esta misma inmolación o Sacerdocio correspondía a la Virgen: Ella tendrá que ser, como su Hijo, Sacerdote que ofrece a Dios una hostia al mismo tiempo que se ofrece a sí misma. Luego, en la obra de la Redención, los planes de Dios exigieron también la inmolación de la Virgen. Si atendemos al Sagrado Evangelio encontraremos todavía una identidad mayor en el Sacrificio de Jesús y el de María: Cristo se inmola a sí, como Hostia principal; pero al mismo tiempo ofrece también a su madre con inmolación doble: material («Ecee mater tua»; entrega su Madre a los hombres, como desprendiéndose de ella) y afectiva, ofreciendo en su corazón al Padre los dolores que le causa el ver padecer a su Madre al pie de la Cruz. Por su parte, la Virgen se une o identifica con esta misma doble oblación: inmola al Padre su hijo tan querido, desprendiéndose por completo de Él; y se inmola afectivamente a sí misma al mismo tiempo que acepta el cambio de hijo («Ecce filius tuus»). María, pues, sacrifica con y como Jesús. ¡Qué no supone tal sacrificio en la Madre! Si el Redentor había de ser infinito y sus méritos infinitos, ¡qué tal será la Corredentora y cuáles sus méritos!

La Inmaculada

El Sacerdocio de Cristo exigía en él la carencia absoluta de pecado. El destructor del pecado, el reconciliador de los hombres con Dios, el Mediador entre la criatura pecadora y el Creador ofendido, era menester que careciese del pecado que era precisamente lo que había roto las relaciones humano-divinas. Por esto Cristo se asemejó en todo a nosotros fuera del pecado (Hebr., 4, 15). ¿Podría la Madre, tan igual al Hijo, estar, siquiera por un instante, manchada del pecado ?¡Imposible! El solo pecado original la hubiera distanciado más de su Hijo Jesús, que sus privilegios actuales la separan de los demás hombres. En esto podían Madre e Hijo asemejarse perfectamente; luego no le hemos de regatear esta paridad, antes debemos afirmarla; así loexige el principio asentado.

Por semejante manera podríamos recorrer los demás privilegios de María calcándolos en los de Jesús, de quien los deduciríamos. Pero pasemos al otro oficio de Cristo:

Cristo es cabeza

Que Cristo sea Cabeza de toda la Iglesia lo afirma San Pablo (Efes., 1, 22; 4, 15, y en muchos otros lugares) y nadie lo disputará jamás. Igualmente es cabeza de los Ángeles (Colos., 2, 10) y de toda la Creación. Pero, como decíamos del Sacerdocio de Cristo, así hemos de afirmar de su Capitalidad: que no es solamente una dignidad, sino que la tiene con verdadera eficiencia: «por quien [Cristo] todo el cuerpo bien concertado y trabado, gracias al intimo contacto que suministra el alimento al organismo, según la actividad correspondiente a cada miembro, va obrando su propio crecimiento en orden a su plena formación en virtud de la caridad» (Ef., 4, 16). Cristo es la vid, nosotros los sarmientos; y si no estamos unidos a la vid solamente serviremos para el fuego (lo., 15, 1, 6); porque el Padre «recapituló todas las cosas en Cristo (Efes., 1, 10) y sin él nada podemos hacer (Jo., 15, 5). De aquí que todas las gracias nos vengan de Cristo y por Cristo (per Christum Dominum N. ruega la Iglesia continuamente); y como la gracia es la vida del alma, sin esta vida recibida de Cristo, seríamos miembros muertos, amputados del cuerpo, destinados al exterminio eterno.

De esta Capitalidad participará también la Virgen Santísima. Ella cooperará a su manera -manera excelente- a la unión de los miembros con el cuerpo y en la adquisición y distribución de las gracias. A ella nos hemos de unir también si queremos participar de la vida. Los Santos la llaman cuello, canal, acueducto… de la gracia, con lo que no quieren significar un conducto material o, en el orden moral, una mera participación en la distribución de las gradas, sino que a la manera que en nuestro organismo el cuello está estrechamente unido a la cabeza constituyendo el medio de unión de ella con los demás miembros del cuerpo, así la Virgen nos comunica con Cristo la vida divina.

La Capitalidad de Cristo, que se extiende a todas las cosas creadas sin excluir de ellas a los ángeles, se comunica a la Virgen constituyéndola también Reina y Señora de los coros angélicos, que la veneran y honran como a ser superior a todos ellos.

Todo se recapitula en Cristo y todo ha de recapitularse también en María… Por lo que hace al linaje humano, Cristo es el nuevo Adán, María será la nueva Eva; Cristo es principio de vida, María lo será también; y siempre que queramos conocer la parte que la Virgen tiene en nuestra Santificación y salvación, pongamos los ojos en Cristo y adecuadamente apliquemos a su Madre la plenitud de poderes que en Él observemos.

Esta Capitalidad constituye a Cristo en el orden que San Pablo llama de las primicias por el cual le corresponde a Él la primera participación en los dones de glorificación y goce eterno, principalmente en la resurrección. En este orden colocaremos también a María y la encontraremos en un lugar primero o principal en el cielo, y como su Hijo disfrutará de la primacía temporal en su resurrección glorificada en cuerpo y alma muy pronto luego de su muerte. Ella será la Reina que está sentada al lado del Rey, la Madre colocada junto a su Hijo, la Hija del Padre que recibe el ósculo de amor paterno, la Esposa del Espíritu Santo que descansa cobijada por su poder omnipotente.

Conclusión

Hemos querido poner unos pocos ejemplos de las consecuencias mariológicas que se siguen del principio, que hemos llamado de comparación con Cristo. Para terminar trasladémonos a la visión de conjunto que nos apunta San Pablo en la carta primera a los de Corinto (15, 24 ss.). Cristo ha vencido a todos sus enemigos terrenales, su reino en este mundo está consumado ya; el último de sus adversarios, la muerte, ha sido destruida; en un instante, en un pestañear de ojos y al son de la última trompeta (pues sonará la trompeta), los muertos resucitan incorruptibles y los siervos fieles quedan transformados… Deinde finis; ha llegado el fin. Cristo baja del cielo llevando la señal del Hijo del hombre (Mt., 24, 30) a juzgar a los vivos y a los muertos, y hecha discriminación de los predestinados y de los precitos, precipitados éstos a los abismos infernales, sube glorioso, cual capitán triunfador, a presentar a su Padre el botín de la feroz batalla. El cielo presenta el aspecto más glorioso que podemos figurarnos, y ante el trono de la majestad infinita de Dios rodeado de ejércitos innumerables de espíritus angélicos, depone Jesucristo su espada vencedora. Los Santos todos, redimidos por él, y los ángeles que por Rey le aclaman, entonan himnos de alabanza al vencedor: «Digno es el Cordero, que fue muerto, de recibir el poder y la divinidad y la sabiduría y la fortaleza y el honor y la gloria y la bendición. El reino del mundo se ha convertido ya en reino de Cristo y destruido el pecado, reinará por los siglos de los siglos. Gracias te tributamos, ¡oh Señor Dios todopoderoso!, a ti que eres y que eras ya antes… porque has hecho alarde de tu gran poderío y has entrado en posesión de tu reino. He aquí el tiempo de la salvación y del poder y del reino de nuestro Dios y del poder de su Cristo: porque ha sido ya precipitado el acusador de nuestros hermanos… y ellos le vencieron por los méritos de la sangre del Cordero, por tanto, regocijaos, ¡oh cielos!, y los que en ellos moráis Alleluia, porque tomó ya posesión del reino el Señor Dios nuestro Omnipotente. Gocémonos y saltemos de júbilo y démosle la gloria, pues son llegadas las bodas del Cordero y su Esposa se ha puesto de gala». (Apoc., 1, 12; 7, 12; 11, 15-17; 12, 10; 19, 6-7-8). En medio de estos cánticos de gloria, el Padre, estrechando dulcemente a su Hijo, le dice aquellas palabras pronunciadas tantos siglos antes por el Profeta: Sede a dextris meis (Ps., 109, 1), siéntate a mi diestra; y lo coloca en el trono esplendoroso de su gloria.

Pero Cristo no va solo. No ha sido Él solo el triunfador; a Él estuvo asociada la Santísima Virgen, su Madre, a quien corresponden también las alegrías de la victoria del Hijo y propia. Para ella se dispone un trono junto al Rey y se sienta a su derecha (3 Reg., 2, 19), mientras los ángeles y Santos cantan: «Astitit Regina a dextris tuis, in vestitu deaurato, circumdata varietate». Y aparece la Virgen en medio de tanta magnificencia, como revestida de la luz del mismo sol, con la luna por escabel de sus pies y por corona las estrellas del firmamento (Apoc., 12). Y allí, en la inmensidad de los cielos, formando el armonioso conjunto de grados y jerarquías celestiales, por encima de todas las cosas criadas, y en una categoría singular, la primera de las puras criaturas, la primera después de Cristo está la Virgen inmaculada, Madre digna de Dios, la más semejante a Jesucristo, la más cercana a la divinidad.

P. Francisco de Paula Solá, S.I.

La esperanza del Reinado de Cristo

//static.flickr.com/8248/8664216760_5c99875880_mNos hemos reunido no para tejer panegíricos sino para dar gracias a Dios, por las que Él nos ha otorgado durante cuarenta años de labor en Schola Cordis Iesu, y recordar en nuestras oraciones a aquéllos que fueron instrumento de la Providencia divina para llevar a cabo el anhelo de lo que el Apostolado de Oración -según la mente del P. Ramière, seguida vigorosamente por el P. Orlandis- pretende fomentar aquí en la tierra: la instauración del Reinado Social de Jesucristo.

El Papa Pío IX quiso celebrar el «cuadragésimo aniversario» de lo que él juzgaba gran acontecimiento: la Rerum Novarum de León XIII. Pues bien; sin querernos comparar con el gran Papa Pío XI, pensemos que la Rerum Novarum ponía los fundamentos de la llamada «cuestión obrera», que no es más que uno de los elementos del Reinado Social de Cristo: la masa obrera que ha de entrar a formar parte en este Reinado Social. Justamente, pues, celebramos el «cuadragésimo aniversario» de Cristiandad, revista que ha llevado el mensaje del Apostolado de la Oración y del P. Orlandis a tantos entendimientos y corazones durante tantos años.

Y se trata del Reinado Social de Cristo; no precisamente del reinado individual de Cristo en cada alma. Es la sociedad misma la que ha de reconocer a Cristo. Porque Cristo ha de reinar y no ha reinado aún. Pío XI al establecer la festividad de Jesucristo Rey, como colofón del año eclesiástico, estaba contemplando ya -así lo decía él- aquel día en que Cristo reinaría en todo el mundo. Y este reinado social de Cristo es el que Él mismo expresa en el Evangelio tantas veces, comenzando en las Bienaventuranzas en que se habla de la posesión de la tierra, y terminando en la confesión solemne en el momento más sublime de su vida cuando se enfrentó con la autoridad suprema de la tierra, el representante del omnipotente Emperador del Imperio Romano: «Tú lo dices. Yo soy Rey. Para esto nací y para esto vine al mundo».

Pero, como el mismo Cristo había dicho mucho antes, «cuando sea levantado sobre la tierra lo atraeré todo hacia Mí». Y no hablaba del momento de su ascensión a los cielos, sino de su inmolación en la Cruz, que había de ser su trono. Así lo rezaba el título de su condenación: «Jesús de Nazareth, Rey de los Judíos»; que, como profundamente comenta San Agustín, Rey de los Judíos quiere decir Rey de los pecadores, que somos todos los hombres; por tanto significa «Rey de la Humanidad entera». (Los Judíos -con artículo- designan siempre en el Evangelio de San Juan a los judíos que se manifiestan opuestos a Cristo, los que le rechazan y por fin le condenan).

Si echamos una mirada al mundo actual (prescindiendo de los siglos pasados desde la fundación del Cristianismo) no podemos negar que está totalmente alejado de Cristo y de Dios. ¿Qué nación acata su Reinado? ¿Cuántas Constituciones le proclaman? Y si consideramos solamente a Europa, el continente que se cree el tutor de la Civilización y aun del Cristianismo, ¿qué nación podemos encontrar que reconozca oficial o colectivamente el Reinado o Dominio de Cristo sobre su sociedad? España se consagró al Sagrado Corazón de Jesús y le reconoció por Rey; pero ¿ahora? En 1936 patrullas sacrílegas de españoles le fusilaron allí mismo, en el Cerro de los Ángeles y destruyeron su estatua y con ella su Reinado Social sobre España. Se reconstruyó luego el Monumento, pero ¿ha reinado y reina en nuestra Patria? ¿Reina en cada una de sus Provincias? ¿Reina en sus familias?

Y nos atrevemos, con tristeza, a profundizar todavía algo más. Y preguntamos : ¿Reina Cristo en la sociedad Cristiana? Dejemos a los Protestantes y Cismáticos y preguntemos a los Católicos: ¿Reina Cristo en la Iglesia Católica? La respuesta será necesariamente un generoso SÍ. Pero ¿no habría que matizar más? ¿Reina en la teología nueva? ¿en la moderna exegética? ¿en la Teología de la liberación? Si Cristo reinase socialmente entre los Católicos o sobre los Católicos en masa ¿habría cristianos por el socialismo? ¿cristiano-comunistas? ¿votantes en favor del aborto, del divorcio, de la separación de la Iglesia y del Estado… ? Es cierto que Cristo reina -y gloriosamente- en el Papado (basta recordar todos los Papas desde Pío IX a Juan Pablo II, por mencionar solamente los del último siglo), en el Episcopado y el sacerdocio (como lo atestiguan los muchos mártires dentro y fuera del telón de acero, en la España del siglo XIX-XX, de Alemania, etc. ), pero cuántos son los que no contribuyen a este Reinado de Cristo y aun se oponen a la devoción del Corazón de Jesús, al Santo Rosario, a las procesiones y manifestaciones externas del culto. Cuántos están abogando por una Iglesia de Catacumbas, de minorías, de solos los pobres…

Pero no nos desalentemos. No seamos terroristas ni pesimistas. En Fátima afirmó la Virgen: «Pero al fin mi Corazón Inmaculado triunfará». Y el Reinado de María es el que ha de traer el de Cristo. Ella nos lo dio en Belén y lo ofreció en la Cruz. Ella le preparará el Reinado. Y ¡Cristo triunfará! Sigamos, mientras dure nuestra vida, trabajando por instaurar el Reinado de Cristo o procurando su implantación. Los frutos los recogerán otros, pero la semilla germinará y dará fruto de ciento o mil por uno. Nuestro esfuerzo tendrá éxito. Contamos no con nuestras fuerzas sino con la Promesa del Corazón de Jesús: «Reinaré en España más que en otras partes del mundo». Y la de María: «Al fin, mi Corazón Inmaculado triunfará».

P. Francisco de Paula Solá, S.I.