Para corresponder a un amor infinito

//static.flickr.com/8266/8663104143_37bcfb753d_mLa aventura de descubrir el amor infinito de Dios

Seis siglos separan a Santa Gertrudis de Santa Teresa del Niño Jesús ¾la primera vivió en el s XIII, la segunda en el XIX¾, y, sin embargo, son muy cercanas.

Santa Gertrudis fue una mística favorecida con revelaciones; conoció el sufrimiento físico y sobre todo el sufrimiento del corazón. Doblegada por la enfermedad, fue frecuentemente privada de la participación activa en la liturgia. Participó también en las numerosas pruebas por las que pasó su comunidad, en particular la excomunión de que fueron objeto por parte de los canónigos ¾por cuestiones de intereses de poder¾, estando vacante la sede episcopal. Pero las pruebas de Gertrudis son siempre acompañadas de la presencia y de las consolaciones de Jesús.

A Santa Teresa del Niño Jesús se la ha llamado «la mística de la noche», ya que desde su entrada en el Carmelo, salvo raras excepciones, ha reconocido estar privada de toda consolación, y, sin embargo, sentirse la más feliz de todas las creaturas (Ms A 73 vº). Hablando de su retiro de profesión dice:

«La aridez más absoluta y casi el abandono fueron mi suerte. Jesús dormía como siempre en mi pequeña navecilla… Él no se despertará, sin duda, antes de mi gran retiro de la eternidad. Pero esto en lugar de causarme pena me da un extremo placer» (Ibid. 75 vº).

Sin embargo, Teresa recibe a veces grandes luces: «No es lo más frecuente durante mis oraciones que ellas sean abundantes, sino en medio de las ocupaciones de mi jornada» (Ibid. 83 vº).

Gertrudis se alimentaba de la Sagrada Liturgia, de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia y de San Bernardo en particular; mientras que Teresa tenía por único libro el Evangelio que ella llevaba día y noche sobre su corazón (cf. CSG p 80); la mayor parte de los otros la dejaban insatisfecha.

Por encima de las diferencias en el camino espiritual de ambas santas, en su vida interior profunda, las dos tenían la misma fe en el amor misericordioso. Ambas se reconocían pobres y sedientas de agradecer las misericordias con que Dios las había colmado, y transformaron su vida en una ofrenda al amor infinito de Dios. Ellas se han sabido amadas por Dios y han querido corresponderle con un amor que raya en la locura, devolverle amor por amor.

Gertrudis, monja de Helfta, a los 26 años vivía en un estado de tibieza cuando Jesús le revela su amor misericordioso, desbordante de ternura. La llama a la conversión en aquella tarde memorable del 27 de enero de 1281. Él, con delicadeza, apacigua la agitación que la traía aproblemada desde hace más de un mes, debido a un prueba que Él mismo había permitido. Con una voz dulce le dice:

«Bien pronto vendrá tu alivio, ¿por qué consumirte de tristeza? Yo te salvaré y te libraré, no temas. Tú has lamido la tierra con mis enemigos, y has chupado entre las espinas algunas gotas de miel. Ven a mí y yo te embriagaré en el torrente de mis delicias divinas (Sal 35.9)» (H II, 1).

En ese instante, de cara a Jesús, Gertrudis ha descubierto simultáneamente la gravedad de su pecado y la compasión llena de ternura de su Salvador. Es un encuentro entre dos mendigos de amor. Desde ahora, en el corazón de su pobre esposa, el Señor podrá hacer desbordar la ternura de su amor infinito.

Este encuentro con Jesús será para Gertrudis el punto de partida de una vida totalmente nueva. Ahora ella va a transformar su existencia en una alabanza infinita como expresión de su amor. Le dice al Señor: «Haz tuya mi vida y une mi alma a tu amor; que toda mi vida y mis acciones canten tu alabanza» (Ex 6.554-556).

Teresa, por su parte, desde la más tierna edad entra en un camino de conversión y santidad llevado, sin tregua, hasta la cima del amor. Dice: «Desde la edad de los tres años, comencé a no rehusar nada de lo que el buen Dios me pedía» (DE p. 717). Siendo ya carmelita, le confía a la Madre Inés como, a los catorce años, Jesús le había revelado su sed de ser amado.

Dice:

«El grito de Jesús sobre la cruz resonaba continuamente en mi corazón: “Tengo sed” (Jn 19.28)» (Ms 45 vº). «Me parecía escuchar a Jesús decirme como a la Samaritana: “Dame de beber”. Es un verdadero intercambio (echange) de amor; a las almas yo les daba la sangre de Jesús, a Jesús le daba esas almas rehechas por su rocío divino; así me parecía que podría saciarlo» (Ibid. 46 vº).

El deseo creciente e insaciable de amar más al Señor llevará a Gertrudis y a Teresa a reconocer la incapacidad de amar desde sí mismas. Este descubrimiento las pone en camino de la pequeña vía, la infancia espiritual, que las conducirá a una ofrenda grandiosa como víctima de holocausto al amor misericordioso, donde serán consumidas por las olas desbordantes de la ternura infinita de Dios.

Una parábola, síntesis de una pequeña doctrina

El 27 de enero de 1281 fue para Gertrudis un día privilegiado. Tuvo una experiencia mística primera, en la cual se encuentra en germen toda su vida futura. A través de ella, Gertrudis aprende la manera de hacer de su vida una acción de gracias agradable al Señor, la acción de gracias de un niño maravillado de ser el sujeto de una ternura gratuita y misericordiosa por parte de Dios. Aquello que relata tiene su inspiración en el comentario de San Bernardo a la parábola del fariseo y del publicano (S. Cant., 51,6). Según el Doctor melifluo, Dios nos prodiga corrientes o ríos de gracias, nosotros debemos hacerlos remontar a su fuente por la acción de gracias, a fin de que ellas vuelvan nuevamente a nosotros sin interrupción.

Pero hay acciones de gracias muy diferentes. En el Sermón 13, sobre el Cantar de los cantares, San Bernardo nos pone en guardia contra el fariseo de la parábola que «honra a Dios con los labios, pero que, en el fondo del corazón comete una ofensa hacia Dios»; la corriente de gracia no sube hacia su fuente, se seca (S. Cant. 51, 6). Es la trampa, agrega él en la cual caen sobre todo los religiosos y los hombres entregados a la vida espiritual (Ibid., 13, 3).

Se comprende que Gertrudis se haya dejado interpelar. Por una parte, ella quiere hacer de toda su vida una acción de gracias, como una forma de correspondencia al amor del Señor; por otra, en su oración, ella vigila para que no vaya a ocurrir que por un «soplo de vanagloria, la corriente de gracia que ella recibe, se seque». Desea ser preservada para siempre de ese soplo de vanidad del fariseo. El remedio le parece muy simple; lo encuentra en el comentario que San Bernardo hace de esta parábola de San Lucas, parábola seguida del episodio de los niños presentados a Jesús.

A partir de esta meditación, ella comprenderá que deberá adoptar la actitud exactamente contraria a la del fariseo que se estimaba mejor que los otros. Ella será entonces el publicano, o mejor aún, el niño más imperfecto en la numerosa familia de Jesús. Así será más colmada que los otros por el Padre, lleno de ternura por el más pequeño. La corriente de gracia que ella recibe no se secará, sino que llegará a ser un torrente por el cual se podrá remontar a la Fuente, a través de la acción de gracias.

En esta «revelación», Gertrudis ha comprendido que Dios la ha escogido para recibir un don infinito, y para hacer de su vida una acción de gracias, de valor también infinito. Ésta será a la vez la del niño y la del publicano, ambos conscientes de ser amados gratuitamente, sin ningún mérito de su parte.

Así aparece Gertrudis en toda su obra, como niño y publicano a la vez; así se presenta ella: como un heraldo escogido por el Señor «a causa de su indigencia».

Ella se llama a sí misma «la última de sus sirvientes, deshecho de todo el universo creado (¡!), el más vil de los átomos» (H II, 20, 1; V 28, 2; 35, 2, etc.). Transmitiendo su doctrina, ella aparece como heraldo, ejemplo, testigo de la ternura divina: pietas divina.

Las oraciones, confesiones y los escritos de Gertrudis son todos cantos a la ternura divina donde se manifiesta la unidad entre lex orandi – lex credendi – lex vivendi.

La pequeña doctrina de Gertrudis, encerrada en la parábola del Padre lleno de ternura por el más pequeño de sus hijos, bien podría resumirse en la definición de la santidad de Santa Teresita:

«La santidad consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños entre las manos del buen Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiantes hasta la audacia en su bondad de Padre» (Novissima verba 3-08-1897; DE p 582).

Desarrollo de la pequeña doctrina

A través de la vida diaria en el monasterio, será Jesús mismo quien se encargará de hacer progresar a su esposa Gertrudis en esta pequeña doctrina que la llevará a ofrecerse como víctima de holocausto a la ternura desbordante de Dios, a su pietas divina. Veamos algunos trozos característicos de ella:

Un día ella rezaba por los perseguidores del monasterio. Jesús le declara que Él ha sido vencido por la ternura de Gertrudis, y va a realizar lo que le pide, a la vez que le manifiesta el deseo de que estos perseguidores vuelvan a Él por la penitencia (H 67, 2, 9).

En el curso de un sermón, ella oye que nadie puede ser salvado sin este amor que consiste en arrepentirse y abstenerse del pecado. El Señor le revela que en el momento de la muerte, Él se muestra al hombre con una tal ternura, que éste es capaz de morir en un acto de amor perfecto sin temor a la condenación.

Como otras veces, ella reza por la salvación de los pecadores; no osa interceder por aquellos que merecen la condenación. El Señor le reprocha su timidez. Maravillada de la generosidad divina, ella pregunta que debía agregar como oraciones supererogatorias para obtener la salvación de ese género de pecadores. «Con toda serenidad y ternura, Él le da esta respuesta maravillosa: “es suficiente la confianza para obtenerlo perfectamente”» (H III 9 n° 5 y 6).

Así Gertrudis progresa en su pequeña doctrina, en su confianza en la pietas divina. Otro día, para probarle que su ternura es un abismo que no se puede agotar, Jesús le promete escucharla mucho más allá de lo que ella le pide. Ella, llena de admiración, llamará a esta ternura: torrente, océano, abismo inagotable.

Incansablemente, Jesús va a enseñar a Gertrudis que su pequeña doctrina consiste en tener fe en la pietas divina de donde nace la confianza. Ella aprende entonces que esta ternura divina es sin límites, que nadie es excluido, que todo hombre puede ser beneficiario. Para penetrar en este torrente infinito, es necesario ser como un niño, que confía incondicionalmente en Dios y que recurre a él en todas sus dificultades.

El día de los Santos Inocentes, estando impedida por el tumulto de sus pensamientos de prepararse convenientemente a la comunión, Gertrudis implora la ayuda divina. El Señor le hace saber cómo esta confianza inquebrantable le es agradable cuando un alma está saltada por la tentación. Le dice citando el Cantar:

«De ella puedo decir: “Única es mi paloma escogida entre mil, con una sola de sus miradas, ha traspasado mi Corazón divino” (Cant 6, 8; 5, 10; 4, 9), al punto que si yo no pudiese socorrerla, mi Corazón tendría una pena tan grande que todos los gozos del cielo serían impotentes para alejarla» (H III 7, 1).

¡El amor del Señor nos desconcierta! Tanto su sufrimiento como su gozo son equiparables a su ternura, es decir, sin medida.

Y Jesús explica a su esposa atónita su extraordinaria compasión hacia el hombre frente al cual se hace solidario por su encarnación. Ya Jesús le había enseñado a Gertrudis que, vencido por su propia ternura, él se sentía constreñido a cuidar del hombre endurecido en su pecado. Sin embargo, el pecador no arrepentido no está receptivo a la ternura de su Dios; su actitud es la de rechazo, no puede recibir los beneficios. Pero no ocurre así con su esposa, con aquella que le hiere el corazón por una confianza inquebrantable.

En una ocasión de poca importancia, habiendo experimentado una pena interior intolerable, ella hace durante la elevación de la hostia, la ofrenda de esa desolación a Dios, en eterna alabanza. Le parece entonces que el Señor atrae su alma hacia sí (a través de esta hostia), haciéndola reposar sobre su pecho y diciéndole:

«Como una tierna madre tiene costumbre de expulsar con sus besos todos las penas de su pequeño hijo, de la misma manera, por mis palabras amantes, quiero alejar todas tus penas y contrariedades» (Ibid. 63, 1, 3-8 y 2, 1-7).

«Un día, en la laxitud que le causaba el agotamiento de sus fuerzas, Gertrudis le dice al Señor: “¿Para qué sirvo, Señor?, ¿en qué me quieres emplear?». Jesús le responde citando la palabra de Is 66, 13, que Teresita descubrirá maravillada: “Como una madre consuela sus hijos, así yo te consolaré” (Ibid. 30, 38, 1-4)».

Gertrudis hace y hará siempre esa experiencia de la ternura divina. De aquí nacerá en ella un abandono y una confianza crecientes en su Esposo.

Un día el Señor le declara: «El amor de mi ternura divina que no se puede contener, me obliga a sufrir profundamente contigo en toda adversidad» (H IV 23, 1, 17-19). Esta es la consolación que nos da el Señor; Él no suprime el sufrimiento, sino que se compadece. Él sufre con nosotros y en nosotros. Como un niño, la esposa se deja instruir, conducir, prestando el oído del corazón, y Jesús le habla al corazón. Gertrudis se preocupa de poner de relieve su debilidad de niño; a veces aproblemada por bagatelas, no puede dominar bien sus obsesiones, sus tentaciones. Una vez, cuenta ella con un poco de humor, que ha pasado un día entero en la paz y en el gozo, pareciendo que gobierna con Jesús todos los reinos del cielo y de la tierra. Mas, hacia la tarde, un incidente banal le causa un gran decaimiento, al punto que todo el bien que había gustado precedentemente se encuentra comprometido. Ella trata de distraerse pero sin resultado, porque pasa una noche en blanco. En esta ocasión, recurre de nuevo a Jesús. Así todo lo ocurrido se transforma en una nueva gracia. Tener, de tiempo en tiempo, la experiencia de sus límites es una necesidad para pasar a la etapa siguiente. Y así se va creciendo en la conciencia de la propia pequeñez. Esta actitud interior atrae a Jesús, quien, a su vez, se muestra «seducido» por todo hombre que se acuerda con acción de gracias de su Encarnación redentora, por aquel que le contempla crucificado, que participa de su Pasión, que sabe que sin Él no puede nada.

El día de la Circuncisión, ella buscaba por el dulce nombre de Jesús calificativos que le traspasaran el Corazón. Mientras que ella penaba en su amorosa búsqueda, el Señor seducido por el ardor de esta ternura, ¡qué digo!, vencido, en la violencia de su amor divino, se inclina hacia ella, y le imprime sobre sus labios un beso (H IV 5, 1, 11-18). Igualmente, el Señor es atraído por la obediencia de las Hermanas, por todo aquello que le dé los menores signos de ternura, de amor hacia Él mismo y hacia el prójimo. El Señor es entonces «vencido», no solamente por su propia ternura, sino también por la ternura de su propia creatura: ¡«Impotencia» del todopoderoso! La esposa, igualmente, es seducida, vencida por la ternura de su Creador: dos ternuras se encuentran, ambas se dejan seducir, se dejan vencer la una por el otro: atracción recíproca, ¡el Creador es vencedor del hombre y el hombre es «vencedor» de su Dios!

De cara a este inconcebible y humilde amor de su Dios, Gertrudis no hace más que ver mejor su pecado. Tanto frente al Señor, como en sus escritos, ella se preocupa de presentarse más imperfecta que los otros, con el alma del publicano (H I 10, 1, 15-27; 11, 2, 2-4). Así ella será el heraldo de Jesús, manifestándonos a través de su vida, la ternura gratuita, misericordiosa, desbordante de su Esposo. Tal será la lección que Jesús nos quiere transmitir por su intermediaria: ser el publicano contrito con alma de niño, objeto de un amor infinito del Corazón de Jesús.

Un día, avanzando para alimentarse del sacramento de la vida…, ella se postra en tierra en la humildad de su corazón… En respuesta, el Hijo de Dios, inclinándose a su vez como un dulce amante, da a su alma un beso (H III, 18, 1, 1-8). En otra oportunidad, cuando ella desfallecía a la vista de su indignidad…, el Señor se inclina hacia ella en su ternura toda misericordiosa (Ibid. 39, 1, 1-4). Otro día, el recuerdo de sus faltas pasadas la tenía en una tal confusión que ella no buscaba sino esconderse para siempre, y, he aquí que el Señor se inclina hacia ella con tanta reverencia que toda la corte celeste, como presa de asombro trata de detenerlo. A lo que el Señor responde: «No puedo absolutamente impedir de alcanzar a quien, por las cuerdas sólidas de la humildad, atrae hasta ella mi Corazón divino» (Ibid. 30, 39).

Aquí de nuevo, el Creador y la creatura dejándose vencer el uno por la otra, llegan a ser vencedores el uno de la otra. Es adoptando la actitud del publicano de la parábola de San Lucas que Gertrudis llega a ser victoriosa de su Esposo que, esta vez, es vencido tanto por la ternura de su corazón como por la humildad de su creatura. Él es de tal manera constreñido, «obligado», que toda la corte celeste se revela impotente para impedir que se abaje hacia su Gertrudis; es decir que todo poder que tendería a oponerse a los designios de su Corazón, a su proyecto de alianza con todo hombre, se deberá declarar vencido. Es dejándose vencer por su ternura todopoderosa que el Hijo de Dios deviene el gran vencedor: ¡He aquí la «impotencia» del todopoderoso!

A su esposa le declara:

«Debes saber que absolutamente nada del cielo ni sobre la tierra, ni siquiera las exigencias del juicio y de la justicia, me pueden impedir, por la plena satisfacción de mi divino Corazón, de concederte mis beneficios» (Ibid. 18, 3, 9-10).

Jesús trata a su esposa con infinito respeto. Lejos de mirar desde lo alto una débil, que se presenta a Él en la verdad de su ser de creatura limitado y pecador, es atraído, se inclina, vencido por la ternura de su Corazón, constreñido a compadecerse de ella.

El abajamiento de la creatura «provoca» o seduce el abajamiento del Creador. Gertrudis aprende, y nosotros aprendemos que si el hombre tiene necesidad de Dios, Dios «tiene sed» del amor del hombre. Dos sedientos, dos mendigos de amor van a encontrarse: el Creador y la creatura, que mutuamente se van a unir por el amor.

La ofrenda como víctima de holocausto: suma de la pequeña doctrina

Amada por un amor infinito, Gertrudis tiene el alma de un niño para amar locamente, pero se siente insatisfecha de su alabanza. Se acusa constantemente de negligenciar su agradecimiento, de su ingratitud (H II, 23, 12, 7; 23, 15, 2; 23, 18, 8; 23, 20, 6-8; 23, 21, 10; H II, 24, 2, 7). Por su pequeña doctrina, Jesús le ofrece el medio de realizar su sueño: «No te pido más que una cosa, venir a mí, toda vacía, y presta a recibir» (H IV, 26, 9, 26). En efecto, siendo los raudales de ternura divina abundantes, sobreabundantes, desbordantes hasta el punto de no poder contenerse para verterse, no necesitan más que un receptáculo.

En una fiesta de Pentecostés, Gertrudis se prepara con obstinación, mediante la confesión, a excavar en ella ese corazón pobre de publicano que será capacidad, cavidad nunca tan profunda como sería de su deseo, pero que se hace tanto más profundo cuanto ella se juzga más vil. En ella, siempre se trata de una doble confesión, no de un repliegue en sí, sino de una necesidad de amor; en efecto, declara en «tener su gozo en comparar su dureza de esposa a la ternura de su Esposo» (H II 20, 14): «¡Mientras más es manifiesta mi indignidad, más resplandeciente de belleza tu tierna condescendencia! (Ibid. 22, 1, 21-22). Y en otra parte: «Teniendo tu morada en lo más alto de los cielos, en la dulce bondad del Padre, has querido encontrar un albergue en la casa de mi pobreza» (Ibid. 32, 17, 12-14).

Así es como Santa Gertrudis experimenta tanto su miseria como la ternura misericordiosa de su Esposo y las confiesa a ambas inseparablemente. A la luz de esta kénosis de su Dios que viene a habitar en su «corazón de lodo» que Él va a transformar (Ibid. 3, 2, 6), ella descubre, conmovida, la profundidad de este misterio de amor inaudito, ávido de comunicarse. «Me parece, más claro que el día, declara a Jesús, que tú no puedes contener la superabundancia de tu dulzura» (Ibid. 16, 4, 1-2).

A esta fuente que tiene sed de ser bebida, a esta ternura desbordante, que nace sin cesar y salta hasta la vida terna, que no se puede contener ni detener, a este amor misericordioso, Gertrudis sabiéndose pequeña, consciente de su miseria, de su impotencia de amar, se ofrece como víctima de holocausto. Ella se da infinitamente pobre al que es infinitamente rico.

En su corazón de publicano contrito, las olas de ternura de su Dios no pueden más que precipitarse. En la doctrina de la infancia espiritual, ella ha encontrado la manera de desencadenar este dinamismo. Sabe que el amor de Dios realizará en ella una obra de amor, de construcción, pero primeramente de «destrucción». Ella implora que, como gota de agua en este amor que es un océano, río, diluvio, catarata, sea sumergida, ahogada (Ibid. 6, 372-379), o que, como grano de incienso levantado por el viento del Espíritu, ella sea transportada al seno de la ternura infinita (Ibid, 4, 314-329).

Gertrudis se entrega para ser la víctima de este amor que consume y que transforma. Ella espera de esta ofrenda que nace de su corazón de pobre, la muerte, pero una muerte de amor que es vida (Ibid. 4, 345; 314-329):

«Me acerco a ti, fuego consumidor, ¡oh Dios mío! En el ardor encendido de tu amor que me devora (como un) pequeño grano de polvo, consúmeme enteramente y absórbeme en ti» (Ibid. 4, 68-74).

«¡Jesús, llévame hacia la llama de tu vivo incendio!» (Ibid. 4, 303-304).

«Que tú puedas en mí, tan pequeña, con el soplo de tu boca, anular todos los obstáculos a tu voluntad y a tus deseos…, para que muriendo a mí misma, yo viva en ti» (Ex 7, 233-237).

«Un día, durante la Eucaristía, vio a este Jesús amantísimo atraerla hacia sí en la llama de amor de su Corazón traspasado… Se encontró lavada, transformada en el agua y la sangre que corría de este Corazón» (H III 18, 5, 14ss.).

Gertrudis va entonces a obtener la transformación implorada con insistencia. De las cenizas del ser antiguo va a nacer el ser nuevo, va a reencontrar la semejanza perdida. De rosa sin nobleza será transformada en lirio. Plantada en el valle de la humildad, al borde de las aguas de la desbordante caridad, reverdecerá y reflorecerá.

Jesús y Gertrudis van a intercambiar corazón y voluntad. De ahora en adelante todo lo que pertenece a uno pertenecerá al otro. La esposa pequeña va a disponer del amor del Corazón de Jesús para cantar a su Dios una acción de gracias de valor infinito: gracia recibida, gracia que vuelve a su fuente por la acción de gracias y por el amor nacido de este corazón pobre y amantísimo de Gertrudis, esposa de Jesucristo (H II 23, 8; H III 25, 1; 26, 2; 30, 1, 8-11; 53, 1, 9-10; IV 2, 16, 6-15 …).

Teresa en marcha hacia el descubrimiento del amor…

Algunos siglos más tarde, Teresa de Lisieux, también insatisfecha de su correspondencia al amor loco de su Dios, reclamará este favor que fue concedido a su hermana de Helfta, esto es, el don de su Corazón:

«¡Ah! Para amarte, dame mil corazones,

Pero es demasiado poco. Jesús, Belleza suprema,

Dame para amarte tu divino Corazón» (PN 24, 31° estrofa, 21 octubre 1895).

Y enseguida cantará:

«Es tu amor, Jesús, que yo reclamo,

Es tu amor el que me debe transformar,

Introduce en mi corazón tu llama que consume,

Y así podré bendecirte y amarte» (Ibid. 41, 2° estrofa, fin 1896).

A este Dios, Teresa, como Gertrudis, se ofrecerá como víctima de holocausto, y Él va a suplir a la impotencia de niño de la primera de la misma manera que ha suplido la impotencia de la segunda. Pero Teresa en el principio de su vida espiritual todavía no ha llegado a este estado; solamente lo logrará después de haber hecho los dos descubrimientos de Gertrudis: el de su imposibilidad de amar y de llegar a la santidad por sí misma; y la de este amor misericordioso desbordante de ternura de su Esposo que va a suplir su impotencia. Para descubrirlos será necesaria una larga búsqueda personal, correspondiendo a las inspiraciones interiores que la movían a deseos magnánimos. Ella buscará y encontrará: «He buscado, he encontrado», estas palabras van a volver a menudo en su pluma.

Sigámosla en su itinerario. Desde la edad de los 9 años, hacia el 1882, Teresa está bien decidida a llegar a ser una santa y está convencida que lo logrará. Adivina que necesitará sufrir muchísimo, pero no quiere ser santa a medias, y sufrir no la asusta.

A los 14 años, en 1887, un año antes de su entrada al Carmelo, la lectura del libro de Arminjon la transporta. Ella llega a la siguiente conclusión: «Yo querría amar, amar a Jesús con pasión y darle mil muestras de amor» (Ibid. 47 v°). Ella está y permanecerá enamorada, pero hasta 1893 está preocupada de amar de una manera más bien activa, lo que supone el esfuerzo. Para alcanzar la santidad cuenta sobre todo con ella misma. Esto es propio de una etapa de la vida espiritual. En efecto, en 1888 escribe: «Quiero ser una santa»; entonces cita a San Agustín: «No soy perfecto, pero quiero llegar a serlo».

En 1889, ya carmelita desde hace un año, escribe: «La santidad consiste en sufrir, en sufrir por todo. Es necesario conquistarla a punta de espada, es necesario sufrir… ¡es necesario agonizar!». Se preocupaba en particular de practicar la humildad, quería ser el grano de arena bien oscuro, bien escondido a todos los ojos, que solamente Jesús pudiera ver (Ibid. 49). Esta humildad no era todavía la del niño lleno de confianza que se abandona. Todavía se preocupa demasiado de ella misma; teme mucho haber manchado su vestido bautismal. Para pacificarla necesitará del juicio de varios sacerdotes que le repetirán que ella jamás ha cometido pecado mortal. La Madre Inés dirá más tarde: «El temor de ofender a Dios envenenaba la vida de Teresa» (PO 1513).

A partir de 1893, Teresa se encamina progresivamente al descubrimiento de su pequeña vía. Comienza entonces a presentir una nueva manera de amar: la de hacerse receptiva. En efecto, escribe a Celina: «El mérito no consiste en hacer o dar mucho, sino más bien en recibir, en amar mucho… es Jesús que hace todo y yo no hago nada» (Lt 142, 6 julio 1893). Así ella llega a comprender la relación que existe entre recibir y amar.

Sin embargo, permanece insatisfecha. Invadida por deseos desmesurados e impetuosos, está convencida que es el Señor quien los pone en su corazón, y, por tanto, que se realizarán. No se desanima; busca en la Sagrada Escritura una pequeña vía bien recta y corta para llegar a la santidad. A finales de 1894, en el libro de los Proverbios encuentra las siguientes palabras: «Si alguien es pequeñito, que venga a mí» (Prov 9, 4); y en Isaías: «Como una madre acaricia a su niño así yo os consolaré…» (Is 66, 12-13). Al fin ha encontrado lo que buscaba, el fundamento en la Escritura de lo que iba a ser en el futuro la pequeña vía. Maravillada, llegó a la siguiente conclusión: «No necesito crecer, por el contrario, es necesario que permanezca pequeña, que llegue a serlo cada vez más» (MsC 3 r°). Pero no es todavía la plena luz; está llegará el 9 de junio de 1895 durante la Eucaristía, en la fiesta de la Santísima Trinidad. En algunos instantes, en una especie de encandilamiento, Teresa descubre, como Gertrudis, que el amor del Señor es un amor desbordante, una fuente que tiene sed de ser bebida, que tiene sed de prodigarse. «Olas de infinita ternura», dicen ambas, y la carmelita agrega dirigiéndose a Jesús: «…que os sentiríais dichoso de no veros obligado a reprimir» (MsA 84r°).

En un primer tiempo, aun adolescente, había visto un aspecto de la cara de su Dios: Jesús sobre la cruz, mendigando de amor al cual ella pensaba solamente darse; también, por su sacrificio le ofrecía almas (MsA 46 v°). Ella era la que daba. Ahora ha descubierto otro aspecto de la cara de su Dios mendigo de amor: su sed de colmar su creatura, su sed de darse. Por su parte, Teresa se descubre también ella mendiga de amor, la que, pobre, tiene necesidad de recibir, de ser saciada. Ella se descubre, como una pequeña víctima, infinitamente deseada, y a la vez la que desea. Su reacción es inmediata, y con el fin de consolar a su Dios, se ofrece para recibir esas olas de infinita ternura. Su vida espiritual será desde ahora el encuentro entre dos mendigos de amor: «El amor es la sola cosa que (Teresa) ambiciona» (MsB 1 r°). «Ella tiene necesidad de amar hasta el infinito» (PN 53, 2° estrofa):

«Oh mi Dios, Trinidad bienaventurada…, a fin de vivir en un acto de perfecto amor, me ofrezco como víctima de holocausto a vuestro amor misericordioso, suplicándoos que me consumáis sin cesar, dejando desbordar en mi alma las olas de ternura infinita que están encerradas en Vos… si por debilidad caigo a veces, que inmediatamente vuestra divina mirada purifique mi alma consumiendo todas mis imperfecciones como el fuego que transforma todas las cosas en él mismo…»

Y tanto Teresa como Gertrudis piden la muerte de amor («Acto de ofrenda», en Ms p 318).

El Dios al cual se dirige Teresa como el de Gertrudis es el mismo: un Dios mendigo de amor: olas desbordantes de ternura, torrentes, océano. También es el Dios que purifica y transforma: fuego, llama, horno, brasero (MsA 84 r°; MsC 36 r°; PN 17, 6, 10, 14; PN 24 10, 11, 17; PN 54, 3; CSG p 71). Con estas imágenes nuestras santas quieren expresar lo que es la sed del amor divino.

Teresa comprende entonces que el amor como la santidad son dones a recibir, y que todo llega a ser posible al corazón de un niño indigente que se ofrece al desbordamiento de este amor. Llegada al colmo de la felicidad ha descubierto que en respuesta a la sed de su Dios, sus sueños de juventud van a transformarse en realidad. Así declara: «Para amaros (oh Dios) como me amáis, es necesario que me prestéis vuestro propio amor, entonces solamente encontraré el reposo» (MsC 35 r°).

Y agrega:

Oh faro luminoso del amor, he encontrado el secreto de apropiarme de tu llama. No soy más que una niña impotente y débil; sin embargo, es mi debilidad misma la que me da la audacia de ofrecerme como víctima a tu amor, ¡oh Jesús!… Sí, para que el amor sea satisfecho, es necesario abajarse, abajarse hasta la nada, para que Él transforme en fuego esa nada» (MsB 3v°).

Este texto ¿no contiene acaso toda la pequeña doctrina de Gertrudis? El humilde amor del Creador «es atraído» por la humildad de su pequeña creatura…: «¡Un abismo llama a otro abismo!», dice el salmo 41.

Como fue en Gertrudis, así es en Teresa. Por su ofrenda al Amor, culminación de su pequeña vía, su capacidad de amar ha crecido infinitamente. Teresa ha llegado a ser la pequeña que confía y se abandona. Su vida espiritual va a consistir en progresar en esta pequeña vía. La carmelita no olvidará jamás que para recibir el amor -olas de infinita ternura- debe permanecer pequeña y llegar a serlo cada vez más. Debe evitar el orgullo del fariseo que, según la expresión de Santa Gertrudis siguiendo a San Bernardo, «deseca en nosotros la corriente de la gracia».

Llegada a la cima y al término de su «carrera de gigante» (MsA 44 v°), todavía se le escapan imperfecciones que ella va a aprovechar para que su corazón sea cada vez más un corazón pobre. Cuando los demás se sorprenden de sus pequeñas faltas, ella se regocija: «Siento una alegría muy viva no solamente cuando se me encuentra imperfecta, sino sobre todo de sentirme yo mismo así» (Ibid. I 2/8, 6). Y agrega: «Yo soy más feliz de haber sido imperfecta que si, sostenida por la gracia, hubiese sido un modelo de dulzura» (LT 230).

Su alegría es la misma que la de Gertrudis, el gozo de tener un corazón pobre. Felicidad de tener un corazón receptivo en el cual el amor podrá derramarse. Gozo de hacer valer la justicia de su Dios y no la suya propia. Ella confesará: «¡Que feliz soy de verme imperfecta y de tener tanta necesidad de la misericordia de Dios en el momento de la muerte!» (CJ 2/7, 3). Preocupada de evitar el orgullo del fariseo, le dirá al Señor estas palabras de extraordinaria profundidad: «Yo no digo como Pedro, que no os negaré jamás» (Ibid. 9/7, 6). Así como ella ha expresado la alegría de ser la pequeña impotente, va también a expresar de una manera impresionante, sorprendente, el peligro del pecado más grave a sus ojos, el del fariseo, frente al cual ella no se siente protegida:

«¡Oh! Si fuese infiel, si cometiese solamente la menor infidelidad, siento que lo pagaría con problemas horribles; por eso no ceso de decirle al buen Dios: “¡Os ruego, Dios mío, presérvame del mal de ser infiel!”. Apoyarse sobre las propias fuerzas es arriesgarse de caer en el abismo (Ibid. 7/8, 4).

Cerca está el día en que, según su propia expresión, va a recibir una nueva y gran gracia; será con ocasión de su última comunión:

¡Qué grande y nueva gracia he recibido esta mañana!… Me sentía como el publicano, una gran pecadora. ¡Encontraba que el buen Dios era tan misericordioso!… Me siento tan miserable. La confianza no ha disminuido, bien por el contrario, y la palabra “miserable” no es exacta, ya que soy rica en todos los tesoros divinos. Pero es precisamente por eso que yo me humillo cada vez más (Ibid. 12/8, 3).

Con esta confianza de pequeña y publicana que espera todo del amor gratuito del Padre, quiere aparecer ante Él con «las manos vacías», quiere robar el cielo por una especie de juego de amor a la manera del buen ladrón y de los Santos Inocentes que son sus privilegiados y sus protectores (CSG p 41). Dice: «En lugar de sobresalir como el fariseo, repito, llena de confianza, la humilde oración del publicano» (MsC 36 v°). Tiene conciencia de haberse enriquecido en la medida que reconoce su pobreza. Al final de su vida, a ejemplo de Gertrudis, su actitud frente al Señor pasa a ser la del publicano con un alma de niño. Antes de desesperar de sí misma, pone toda su confianza en Dios solo: «No puedo apoyarme en nada, en ninguna de mis obras para tener confianza» (CJ 6/8, 4).

Así Teresa llega a tener un corazón cada vez más pobre, y por lo mismo más capaz de recibir. Y podrá afirmar: «El único camino que conduce a este horno divino (del amor), es el abandono del niño pequeño que se duerme sin temor en los brazos de su Padre» (MsB 1 r°, o LT 196). Y en otra parte dice: «Es la confianza, y solamente la confianza, la que debe conducirnos al Amor» (LT 197).

Confianza y abandono van a la par. Así recibirá ella el amor perfecto tan ardientemente deseado. A la santidad, que con tanto ardor ha deseado alcanzar, se llega por este sencillo camino de confianza y abandono en las manos del buen Dios.

Termina por comprender que todo lo bueno que hay en ella es don de Dios hecho a su pequeña:

Esta palabra de Job me ha encantado desde mi niñez: “¡Aun cuando Dios me matara, yo esperaría en Él!” (Job 13, 15). Pero me he demorado mucho en llegar a este grado de abandono. Ahora que ya estoy en él, el buen Dios me ha tomado en sus brazos y me ha puesto en este lugar» (CJ 7/7, 3).

Teresa ha comprendido que sin su Dios es absolutamente impotente. Ha descubierto su tabla de salvación: es su pequeña vía, aquella de la confianza y del abandono.

El Dios de Gertrudis y de Teresa

Un Dios mendigo de amor

Habiendo llegado a la infancia espiritual, teniendo un corazón de pequeño, nuestras santas han desencadenado las olas de la ternura divina. Han encontrado el medio de disponer de este amor violento e impetuoso, que no se puede contener, de este amor humilde que rehúsa utilizar la fuerza para conquistar el corazón de su pequeña creatura. Para conquistarla, Dios se abaja, se humilla y se hace mendigo de amor. Así Él ha mendigado el corazón de Gertrudis y de Teresa. «Bien amada, dame tu corazón», dice a la primera (H III 66, 1, 1-2).

Teresa, escribiendo a Sor María del Sagrado Corazón, nos da un comentario de esta palabra de Jesús:

«Jesús no ha temido mendigar un poco de agua a la Samaritana. Él tenía sed. Pero diciendo “Dame de beber“, es al amor de su pobre creatura la que pedía el Creador del universo».

Y ella cantará: «Tú mendigas mi amor» (MsB 1 v°; PN 36, 5).

De nuevo, como un mendigo, el Señor confía a Gertrudis lo que espera de su creatura: «Que actúe a una con Él, de manera que Él pueda moldearla según el deseo de su Corazón» (H IV 58, 2, 20-22).

Un domingo de Ramos, llegada la tarde, Gertrudis se ofrece a Jesús para que descienda en la pequeña hospedería de su corazón y le pide que le ayude a prepararlo convenientemente para recibirlo. Jesús le responde: «Si tú me das esa libertad, dame la llave de tu voluntad propia» (Ibid. 23, 9). Está claro que mendigando el corazón de su creatura, Jesús mendiga a la vez el poder de actuar en ese corazón con toda libertad, y eso en vista de transformarla a su imagen y semejanza. Le dirá: «Aprende de mí, que mi amor te santifique; que nuestra unión te transforme» (H III 8, 1, 23-24 y 26-27).

Y Gertrudis le contestará:

«Es en ti y en ti solo que nosotros podemos volver a hacernos a la imagen y semejanza de nuestro primer estado… ¡Oh horno potente, cuya acción transforma las escorias en oro puro y precioso!» (H II 7, 2, 8-13).

Jesús le enseña cuáles son los efectos de su mirada de amor:

Esta mirada «como el sol, produce en el alma blancura… la vuelve más brillante que la nieve… Él enternece el alma como el calor del sol reblandece la cera haciendo posible que se pueda imprimir en ella un sello» (H III 38, 2, 13-21).

En múltiples ocasiones, Jesús va marcando o renovando la marca de su imagen y semejanza en el alma de su esposa. Así en la fiesta de la Purificación, Gertrudis sabe que su alma, semejante a una cera resblandecida por el calor del fuego, fue marcada con el sello de la resplandeciente y toda serena Trinidad… (H II 7, 1, 13-18; H II 6, 2, 10-25; 21 n° 1 y 3; H IV 14, 7, 4-15).

Aquello que Gertrudis experimenta en la luz, Teresa lo ve en la noche de la fe. Para ella también el amor es fuego transformante. En su acto de ofrenda, ella implora al Señor la gracia concedida con anterioridad a Gertrudis:

«Si por debilidad caigo a veces, que vuestra divina mirada purifique mi alma, consuma todas mis imperfecciones como el fuego que transforma todas las cosas en sí mismo» (Acto de ofrenda).

Maravillada, ella constata que ha sido escuchada:

«Desde ese día (de mi ofrenda), me parece que el amor me penetra y me envuelve, que a cada instante este amor misericordioso me renueva, purifica mi alma y no deja ninguna traza de pecado» (MsA 84 r°).

Un Dios «sufriente»

Este Dios mendigo de amor, creador, recreador, Amor purificante, transformante, es, como nos muestra algunas páginas del Evangelio, «vulnerable», y sufre por el pecado de los hombres. Él mismo se presenta a Gertrudis como Cabeza del Cuerpo Místico, buscando la compasión de su esposa (H I 7, 3). Le dice: «Mis enemigos son también mis miembros… Estoy constreñido por mi propia ternura de cuidar de ellos, y tengo un deseo muy grande de que vuelvan a mí por la penitencia» (H III 67, 1). Jesús sufre también por el pecado de su esposa: una noche ella había cedido a un movimiento de cólera; a la mañana siguiente, Él se le apareció vagabundo y privado de toda fuerza (H II 12, 2).

En otra ocasión, Él enseña a su esposa que es constreñido a compadecerse del alma asaltada por la tentación. Ella manifiesta a Jesús su sorpresa: «¿Cómo tu Humanidad toda pura… puede constreñirte a la compasión hacia nuestras múltiples miserias?». Jesús responde a la cuestión de su esposa citando la palabra de la Carta a los Hebreos: «Él tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos para ser misericordioso» (H III 7, 7-19; 4, 1, 16-17; 5, 1, 15-17. Vd. Hb 4, 15 y 2, 17).

Este Dios que sufre por los pecados de los hombres, y así se lo manifiesta a Gertrudis, será el mismo de Teresa; porque desde el comienzo de su vida espiritual hasta su muerte, Teresa ha sentido la necesidad de consolar a Jesús. El 9 de junio de 1895 ha descubierto un Dios desconocido, rechazado, despreciado. En su ofrecimiento al amor misericordioso, ella manifiesta una vez más su deseo ardiente de consolar a su Dios.

Jesús mediador

Conforme a sus «pequeñas doctrinas» y «pequeñas vías», Jesús mendigo de amor se ofrece a nuestras dos santas como mediador. Es por Él que ambas irán al Padre, utilizando una «astucia de amor»:

«Un día, con toda la devoción que ella podía, Gertrudis participaba en la Eucaristía. En el momento del Kyrie eleison, el ángel de su guarda pareció tomarla en sus brazos como un pequeño niño para presentarla a la bendición de Dios Padre diciendo “Bendecid, Señor Dios Padre, vuestra pequeña hija. Pero como Dios Padre guardaba un largo silencio, pareciendo que estimaba indigno de bendecir una tal nada, ella entra en sí misma con confusión y se puso a considerar su bajeza y su indignidad. Entonces el Hijo de Dios, levantándose, intercedió por ella. Gertrudis apareció entonces, estando vestida de ropajes espléndidos y ricamente adornados, haber crecido hasta alcanzar la estatura perfecta de Cristo. Entonces Dios Padre, inclinándose con una misericordiosa benevolencia le da una triple bendición… Luego, en acción de gracias, ella ofreció a Dios Padre, todos los méritos de su Hijo único. Inmediatamente todos los adornos de su vestido se entrechocaron pareciendo producir una música muy dulce y deleitable, a la alabanza eterna de Dios Padre (H III 23, 1, 1-21).

Gertrudis siempre sedienta de rendir a su Creador una alabanza perfecta, y sin olvidar su impotencia, su pecado, toma espontáneamente la actitud del publicano con alma de pequeño. Así ella es justificada, embellecida por su Mediador, y a través de su Corazón divino, como un lirio o un turíbulo, Gertrudis ofrecerá a su Dios y también a María una alabanza de valor infinito (Ex 6, 372-379; H IV 26, 7; 41, 4-7; 50, 9, 16-18; 51, 2, 25-28).

En cuanto a Teresa ella se compara al pequeño pájaro que en su dulce canto confía, cuenta en detalle sus infidelidades al Señor, segura así de atraer más plenamente el amor de Aquél que no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Así, como un pequeño pájaro, ella será la presa del águila divina; así volará ella hacia el sol del amor, llevada sobre las alas de su águila adorada (MsB 5 v°). O, como ella también lo decía, será como un pequeño niño que se encuentra en la parte baja de una escalera o de la montaña del amor, donde los brazos de Jesús serán para ella «el ascensor» (MsC 3 r°).

En la vida de nuestras santas, Jesús se muestra como un mendigo de amor que llama a su creatura a una unión esponsal, a una colaboración en el designio salvífico de su Corazón para con la humanidad. Habiendo sido «vencido» por su propio amor y por las ternuras de sus esposas, Jesús ha llegado a ser el gran vencedor, haciendo partícipe a nuestras santas de su victoria pascual.

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«El Corazón de Jesús quiere ser honrado y reinar juntamente con el de su Madre»

2heartsLa práctica de la comunión reparadora de los nueve primeros viernes en honor del Sagrado Corazón de Jesús está arraigada ya de tiempo en el pueblo cristiano, la de los cinco sábados en honor del Corazón Inmaculado de María viene, hace unos lustros, a completarla. Hay quien maliciosamente contraponer ambas devociones o que, con farisaísmo jansenista, acusa despectivamente a la Iglesia de aceptar una forma de piedad «que va siendo ya demasiado fácil».

¡Incomprensión de lo que es el amor! Cristo quiere que su Corazón sea honrado juntamente con el de su Madre, sin ella, algo faltaría a su Reino de amor. El Corazón de la Madre es el portal de entrada al Corazón del Hijo: de aquí la misión preparatoria que le ha encomendado. «A Jesús por María»: esta fórmula, que es lema de las Congregaciones Marianas, ¿puede haber algún católico formado que lo ignore todavía? ¿Quién no comprenderá entonces que la devoción a uno y a otra no apuntan si no a un mismo fin, no entrañan si no una misma promesa?

«Así como al Corazón de tu Jesús fueron consagrados, no sólo la Iglesia, sino todo el género humano con el fin de que, depositando en Él toda nuestra confianza, fuese para ellos señal y prenda de victoria y salvación, así igualmente nos consagramos a Ti, ¡oh Madre nuestra, Reina del mundo! A fin de que tu amor y patrocinio acelere el triunfo del Reino de Dios y todos los pueblos, pacificados entre sí y con Dios, te aclamen Bienaventurada y contigo entonen de un extremo a otro de la tierra, el eterno «Magníficat» de gloria, amor y reconocimiento al Corazón de Jesús, en el cual solamente pueden encontrar la Verdad, la Vida y la Paz».

A Jesús por María, porque el Corazón de Jesús quiere ser honrado y reinar juntamente con el de su Madre. No sólo la autoridad de la Iglesia docente, sino su mismo instinto sobrenatural llevan al pueblo cristiano a recurrir a María cuando alguna necesidad grave nos apremia. En una de las diez Encíclicas en las que León XIII desahogó su piedad hacia la Madre de Dios, alude a esta extraordinaria ley histórica, bello pasaje reproducido en otro lugar de este número.

A Jesús por María, a María por el Rosario. «¡Reina del Santísimo Rosario!» Tal es la invocación con que empieza el acto de consagración del linaje humano al Inmaculado Corazón de María, del que hemos citado un párrafo ya. «Reina del Santísimo Rosario, vencedora de todas las batallas de Dios». El Rosario ha sido hasta tal punto el arma favorita de los devotos de María, que la invocación del Santo Rosario ha venido a subsistir, el siete de octubre, a la de «Nuestra Señora de las Victorias» con que se conmemoraba el triunfo de Lepanto.

Pero hay más. No es sólo el instinto del pueblo fiel o las instrucciones de la Jerarquía que le llevan a recurrir a María por medio del Rosario, la misma Santísima Virgen -por cuya inspiración fundó Santo Domingo el Rosario en tiempos muy semejantes a los nuestros por las amarguras que sufría la Esposa de Cristo-, ha tomado personalmente, explícitamente, la iniciativa de recomendarlo de nuevo a los hombres de nuestros días en solemnísimas ocasiones. La piedad mariana contemporánea está impregnada de la unción de dos nombres: Lourdes y Fátima, y en una y otra de estas dos apariciones (tan íntimamente vinculadas a la persona del Papa actual) la Virgen se ha presentado con unas cuentas en la mano y recomendando el rezo del Santo Rosario.

Y el espíritu de penitencia. Llegamos con esto a la segunda acusación que antes hemos recogido, la acusación de facilidad. ¡Incomprensión de lo que es el amor! ¡Cómo si el amor pudiera ser fácil! El amor es la suprema exigencia. La justicia puede decir «basta», el amor no conoce esta palabra. Para remedio de nuestros males, Cristo y su Madre reclaman de nuestra sociedad tibia e impía la completa entrega a su amor, radicado en sus divinos corazones. Al presentarlos a nuestra veneración, nos recuerdan la completa abnegación y renuncia con que se sacrificaron por la causa de nuestra salud, y piden una entera correspondencia, la extirpación de nuestro pecho y de nuestra conducta del menor resto de egoísmo e incluso de móviles particulares. La devoción al Amor engloba, no destruye, la devoción a la Cruz, porque si el amor es unión, es también sacrificio: «¿Quid est amor, nisi unitas et sacrificium?» Santo Tomás de Villanueva, que eso preguntaba, sí comprendía lo que es el amor.

Una profecía social: “Reinaré a pesar de mis enemigos”

//static.flickr.com/8248/8664216760_5c99875880_mAl exponer, en el primer número de nuestra revista, el ideal de la Cristiandad, escribía Pedro Basil Sanmartí, que la suprema promesa en que se basa nuestra esperanza se encierra en la frase: «Reinaré, a pesar de mis enemigos»; y añadía: «He ahí el Ideal de la Cristiandad, que es mucho más que un hecho histórico: es un Ideal histórico».

Aprovechemos la oportunidad de este mes de junio para comentar dicha promesa, sin salir, no obstante, del único terreno en que me es dado considerarla, esto es, haciéndome eco de las voces autorizadas de la Iglesia y añadiendo los comentarios que ellas han hecho brotar en nuestras tertulias.

La devoción al Sagrado Corazón se caracteriza por una serie de promesas vinculadas a la misma y que nos fueron transmitidas por Santa Margarita María, junto con las Revelaciones. Este aspecto nos la hace en particular atrayente en nuestros días de anemia espiritual, y nos muestra la magnanimidad de la divina misericordia, así como su admirable adecuación a las necesidades de cada época.

Pero si las promesas nos alientan en el aspecto individual de tal devoción, ¿qué será en el aspecto social de la misma?

Cristiandad viene insistiendo, precisamente, en este aspecto social, por varias razones: por ser el menos divulgado y, por tanto, apreciado, de los eficaces recursos que la Revelación del Sagrado Corazón nos proporciona; por la trascendencia que, una vez aceptado, ha de tener en nuestros tiempos de cataclismo social, y por ser el más adecuado al fin de nuestra Revista.

Sea dicho, de una vez para siempre, que, al referirnos a estas Revelaciones, las tomamos con el carácter que tienen en la Iglesia: como Revelaciones privadas, cuya autenticidad la Iglesia no define, pero incorporadas al sentir unánime de la misma con una fuerza tal, que debería tenerse, no ciertamente por hereje, pero sí, al menos, por persona muy temeraria, a quien las pusiera en duda.

La Revelación del Sagrado Corazón a Santa Margarita

Al glosar la primera carta Encíclica de S.S. Pío XII, hicimos patente la autoridad que nuestro Pontífice daba al aspecto social de que tratamos, cuando escribía:

«Aquella consagración universal a Cristo Rey se manifiesta cada vez más a Nuestro Espíritu…, al mismo tiempo, en la previsora sabiduría que mira a curar y ennoblecer toda humana sociedad y promover el verdadero bien».

También en aquel lugar relacionábamos esta frase con la que escribió S.S. León XIII en la Carta «Annum Sacrum»:

«Consagrándonos a Él (al Sagrado Corazón de Jesús), reconocemos y recibimos, sinceros y gustosos, su imperio…»

Esta íntima relación entre la Realeza de Cristo y nuestra Consagración a su Sagrado Corazón, es considerada y reconocida constante y unánimemente por nuestros Pontífices, y Dios mediante, tendremos ocasión de verlo con más detalle al estudiar las gloriosas figuras de León XIII, Pío X y Pío XI. Veremos, entonces, además cómo refieren esta unidad entre la idea del reinado de Jesucristo (aspecto social de que hablábamos) y las consagraciones al Corazón de Jesús, a las Revelaciones de Paray-le-Monial.

No desplacerá, seguramente, al lector que comprobemos esta relación. Para ello véase cómo refiere Santa Margarita la segunda de las grandes Revelaciones que tuvo, hecho que debió ocurrir en un primer viernes de mes del año 1674. El estilo que emplea es difícil y lleno de incisos, como corresponde a la majestad del tema. Nos limitaremos, no obstante, a transcribir una traducción lo más literal posible, para no desfigurar el sentido:

«Este divino Corazón me fue presentado en un trono de llamas, más reluciente que un solo y transparente como el cristal; con esta llaga adorable, y rodeado de una corona de espinas que significaban las heridas que le producen nuestros pecados, y una cruz encima para representar que desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que fue formado este Sagrado Corazón, la Cruz que en Él plantada, y fue lleno desde los primeros instantes de todas las amarguras que debían causarle las humillaciones, pobreza, dolor y menosprecio que su Humanidad Sagrada debía sufrir durante todo el curso de su vida y en su Santa Pasión. Y me hizo comprender que el ardiente deseo que sentía de ser amado de los hombres y de apartarles del camino de perdición donde Satanás les lleva como rebaño, le había hecho formar este designio de manifestar su Corazón a los hombres con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación y de salud que contenía, con el fin de que a cuantos quisieran rendirle y procurarle todo el amor, honor y gloria que esté en su mano, les enriqueciese con abundancia y profusión de estos divinos tesoros del Corazón de Dios, de los que era la fuente…»

Y, más adelante:

«(Me hizo comprender) que esta devoción era como un último esfuerzo de su amor, que quería favorecer a los hombres en estos últimos siglos con una tal redención amorosa, para apartarles del imperio de Satanás, al que pretendía arruinar para ponernos bajo la dulce libertad del imperio de su amor, el que quería restablecer en el corazón de cuantos quisieran abrazar esta devoción».

Por si nos quedara alguna duda sobre las intenciones del Sagrado Corazón en esta su manifestación, en una carta de Santa Margarita, escrita en 1690, hallamos las siguientes aclaraciones:

«Reinará por fin el divino Corazón, a pesar de los que a ello querrán oponerse. Satanás quedará confuso con todos sus partidarios. ¡Dichosos aquellos de quienes será servido para establecer su imperio! Paréceme que Él es semejante a un rey que no piensa en dar sus recompensas mientras va haciendo sus conquistas y triunfando de sus enemigos, pero sí cuando reine victorioso en su trono.

El adorable Corazón de Jesús quiere establecer su reinado de amor en todos los corazones y destruir y arruinar el de Satanás».

En este último párrafo podemos ver resumida la gran promesa social. En efecto, destruir y arruinar el imperio de Satanás no puede significar, solamente, el triunfo de la Gracia en el corazón de los individuos como tales, cosa que siempre ha ocurrido en la Iglesia. Su significación debe buscarse en el triunfo que ha de traer necesariamente consigo la aceptación, por los individuos, de esta soberanía y que debe llegar hasta la total reducción de esta peculiar rebeldía moderna de la sociedad, cuyo fondo es la impiedad y que, bajo la denominación genérica de Revolución, presenta la particularidad, desconocida hasta los tiempos modernos, de la apostasía social. Queda, pues, justificada la necesidad que tiene la Iglesia de una protección especial, en estos «últimos tiempos», contra la revolución satánica extendida a todo el mundo, y queda también patente la táctica del Sagrado Corazón al preparar a su Iglesia no tan sólo para una defensiva en repliegue -máxima esperanza del liberalismo infiltrado entre los cristianos-, sino, audazmente, para una ofensiva que destruya el imperio de Satanás y establezca en su lugar la dulce libertad de otro imperio: el del divino amor. Y esto, sin otra limitación que la prudente y confinada observación que añade Santa Margarita:

«Es ésta una devoción que no quiere ser forzada ni violentada. Basta darla a conocer y después dejar al divino Corazón el cuidado de penetrar los corazones que Él mismo ha destinado para Sí con la unción de su gracia. ¡Felices los que serán de este número!»

Esta esperanza en el reinado del Corazón de Jesús, que llena los escritos de Santa Margarita, no es sólo un deseo de la Santa, fundado en una promesa condicionada del Salvador que quiera reinar, supuesta tal o cual condición, en cuyo caso, nuestra falta de confianza, de debilidad o pesimismo podrían sugerirnos la idea de si nunca tales condiciones previas llegarán a realizarse en la afligida Humanidad. No; la esperanza de Santa Margarita es absoluta. En 1689 escribe a su director espiritual, el Padre Croisset:

«Yo creo que se cumplirán aquellas palabras que hacía oír de continuo al oído del corazón de su indigna esclava, entre las dificultades y oposiciones que fueron grandes en los principios de esta devoción: “¡Reinaré, a pesar de mis enemigos y de todos aquellos que se opondrán a ello!”».

En otra ocasión, escribiendo también al Padre Croisset, insiste:

«Él me fortificaba con estas palabras, que oía yo en lo más íntimo de mi corazón con un regocijo inconcebible: “¡Reinaré, a pesar de mis enemigos y de todos los que a ello querrán oponerse!”».

La promesa adquiere, pues, el carácter de profecía, y eco de esta profecía son las palabras de consuelo con que, en repetidas ocasiones, los Romanos Pontífices de nuestros tiempos alimentan al mundo, abocado a terribles calamidades y sumergido en tinieblas de pesimismo. Tales las de S.S. León XIII, en la encíclica «Annum Sacrum»:

«Entonces, por fin, podrán sanarse tantas heridas; entonces, todo derecho recobrará su vigor antiguo en provecho de la autoridad, y se restituirán los bienes y el ornato de la paz, caerán las espadas, y las armas se escurrirán de las manos cuando todos acepten de buen grado la Soberanía de Cristo y a Él obedezcan, y toda lengua confiese que Nuestro Señor Jesucristo está en la Gloria de Dios Padre».

El Imperio de Dios y de Satanás

Posteriormente a Santa Margarita, la Revolución francesa, episodio el más culminante, hasta aquella fecha, en esta rebeldía social, vino a proyectar una nueva, aunque trágica luz, en esta lucha entre los dos Imperios de que nos hablaba Santa Margarita: el imperio de Dios y el de Satanás.

En el siglo pasado, Ramière, cuyas iniciativas y actuación tan decisivas fueron en este resurgimiento y propagación de la devoción al Divino Corazón, y cuya figura presentamos a nuestros lectores en el número anterior de Cristiandad, concreta admirable la cuestión, al escribir:

«En una palabra: la Revolución es la repudiación completa de Jesucristo, la completa separación entre la humanidad y su divino Jefe, la rebelión declarada del mundo contra el Cielo. La devoción al Corazón de Jesús es la unión perfecta de los hombres con el Dios-Hombre, el vínculo más estrecho que puedo ligar el mundo al Cielo, los miembros a su Jefe, las almas y las sociedades a su único Salvador. Ella es, en consecuencia, bajo todas sus formas, el supremo antídoto contra la peste revolucionaria, el remedio más eficaz para los males de las sociedades modernas, la salud del mundo y la promesa del triunfo de la Iglesia».

Con su acostumbrada actividad, uniendo la acción a la idea, emprendió Ramière la magna obra de la difusión, no sólo de las consagraciones individuales al Sagrado Corazón, como venía practicándose, sino también de las consagraciones familiares y sociales, y las de las ciudades y naciones; y, por último, a través de la organización del Apostolado de la Oración, ya extendida a todo el mundo, y de la que era Director, impetra del Soberano Pontífice, Pío IX, la consagración universal. No accede éste, de momento, mas al crecer en la iglesia tal deseo, y después de larga reflexión, en junio de 1875 -segundo centenario de la revelación principal de Paray- invitará a los Obispos de todo el mundo a que consagren sus respectivas diócesis al divino Corazón. Pues bien: una idea de cómo el Papa apoyó el sentir del P. Ramière en esta cuestión, nos la dará el saber que encomendó al mismo el cuidado de escribir a todos los Obispos del orbe para comunicarles tal decisión, y que la fórmula elegida para esta consagración fue redactada también por Ramière.

Desde entonces, como hemos dicho al principio, la Consagración al Sagrado Corazón y el Reinado Social de Jesucristo son dos ideas que todos los Pontífices que se han sucedido en el gobierno de la Iglesia han presentado como íntimamente asociadas, y será interesante hacer un día un estudio comparado de las fórmulas de consagración que han utilizado en sus Encíclicas, para ver los puntos de contacto con la primera consagración colectiva de la Iglesia, de la que hemos dicho fue instrumento el P. Ramière y que deriva, como de su fuente natural, de las revelaciones de Paray.

José María Minoves Fusté

La paz de Cristo en el Reinado del Sagrado Corazón

christ_the_king_2En su obra “La Soberanía Social de Jesucristo” escribía E. Ramière a mediados del siglo pasado:

“En vano será que la sociedad moderna llame a la paz uno y otro día: la paz no vendrá; proclamará la libertad y su esclavitud irá en aumento, mientras no restablezca en su Trono al único verdadero libertador y al único verdadero pacificador”.

S.S. Pío XI, cuya misión se desarrolla en una época en que la Sociedad se debate entre este deseo de paz y el fracaso de los intentos para conseguirla -como se estudia en otros artículos de este número- nos lleva con su autoridad a la misma conclusión, al escribir en su primera Encíclica “Ubi arcano Dei”:

“Síguese, pues, que la paz digna de tal nombre, es a saber, la tan deseada paz de Cristo, no puede existir si no se observan fielmente por todos en la vida pública y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo…”.

La premisa que establece es bien clara y categórica, como también la consecuencia que de ella deduce:

“… y una vez así constituida, ordenadamente, la Sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divino encargo, hacer valer los derechos todos de Dios, lo mismo sobre los individuos que sobre las sociedades.

En esto consiste lo que con dos palabras llamamos reino de Cristo”.

He aquí una fórmula clásica en la Iglesia, pero que ahora concreta una idea y una esperanza:

no podemos nosotros trabajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el reino de Cristo”.

Y así lo efectúa Pío XI sintiéndose en esta labor continuador de sus antecesores, pues dice:

Cuando el Papa Pío X se esforzaba por restaurar todas las cosas en Cristo, como si obrara inspirado por Dios, estaba preparando la obra de pacificación que fue después el programa de Benedicto XV.

Nos, insistiendo en lo mismo que se propusieron conseguir Nuestros dos Predecesores, procuraremos también, con nuestras todas nuestras fuerzas, lograr la paz de Cristo en el reino de Cristo, plenamente confiados en la gracia de Dios, que al hacernos entrega de este supremo poder Nos tiene prometida su perpetua asistencia”.

Esta fórmula irá desarrollándola Pío XI en el curso de su Pontificado. En su primera Encíclica citada, nos la resume ya en tres proposiciones, que vamos a transcribir por extenso, y que representan la aplicación completa de la doctrina del “reino de Cristo” en cuanto dice relación con los individuos, las familias y la sociedad civil, respectivamente. Dicen así:

“Reina Jesucristo en la mente de los individuos por sus doctrinas, reina en los corazones por la caridad, reina en toda la vida humana por la observancia de sus leyes y por la imitación de sus ejemplos.

Reina también en la sociedad doméstica cuando, constituída por el sacramento del matrimonio cristiano, se conserva inviolada como una cosa sagrada, en la que el poder de los padres sea un reflejo de la paternidad divina, de donde nace y toma el nombre; donde los hijos emulan la obediencia del Niño Jesús, y el modo todo de proceder hace recordar la santidad de la familia de Nazareth.

Reina, finalmente, Jesucristo en la sociedad civil, cuando, tributando en ella a Dios los supremos honores, se hacen derivar de Él el origen y los derechos de la autoridad, para que ni en el mandar falte norma ni en el obedecer obligación y dignidad; cuando, además, le es reconocido a la Iglesia el alto grado de dignidad en que fue colocada por su mismo autor, a saber, de sociedad perfecta, maestra y guía de las demás sociedades; es decir, tal que no disminuya la potestad de ellas -pues cada una en su origen es legítima-, sino que les comunique la conveniente perfección, como hace la gracia con la naturaleza; de modo que esas mismas sociedades sean a los hombres poderoso auxiliar para conseguir el fin supremo, que es la eterna felicidad, y con más seguridad provean a la prosperidad de los ciudadanos en esta vida mortal”.

Esta exposición, precisa, a modo de programa, nos invita más a considerarla en sus mismas palabras que a comentarla. Lo único que queremos hacer resaltar en ella es la forma, tan opuesta a las tendencias liberales modernas, con que sienta Pío XI una tesis concreta frente a las dificultades actuales, poniendo ante nuestra mirada un Ideal, es decir una fórmula realizable a la que debemos tender y por la cual debemos anhelar, aunque solo consigamos alcanzarla en parte; cosa muy diferente de las utopías, con que suele engañarse a sí propio el género humano, basadas en abstracciones y en imaginarias hipótesis.

Ya hemos indicado que durante su Pontificado S.S. Pío XI fue desarrollando esta fórmula. En efecto, a fines del año Jubilar de 1925, como complemento y colofón de a serie de grandes solemnidades que “de varias maneras concurrieron a ilustrar el reino de Cristo” introdujo en la sagrada liturgia una fiesta especial de Jesucristo Rey. Con tal ocasión publicó la Encíclica “Quas Primas” en que expone los fundamentos, la naturaleza y modalidad de la realeza de Cristo, así como las ventajas que su reconocimiento ha de aportar a los individuos y a los pueblos. Todo ello con la solidez de argumentos y lógica exposición que suelen caracterizar las Cartas pontificias en general y las de Pío XI de un modo particular.

Otra vez en esta Encíclica queda patente la significación social de esta soberanía que reconocemos en Cristo-Rey, y que el Papa expresamente subraya, al afirmar:

Ni hay diferencia entre los individuos y el consorcio civil, porque los individuos, unidos en sociedad, no por eso están menos bajo la potestad de Cristo que lo están cada uno de ellos separadamente. Él es la fuente de la salud privada y pública. Y no hay salvación en algún otro, ni ha sido dado debajo del cielo a los hombres otro nombre en el cual podamos ser salvos”.

Al mismo tiempo cabe hacer resaltar el que esta soberanía social de Cristo se extiende a todo el género humano. Y, aquí, el argumento que el Papa esgrime está precisamente tomado de S.S. León XIII cuando justificó, al finalizar el siglo pasado, la consagración universal al Sagrado Corazón de Jesús:

El dominio de nuestro Redentor abraza todos los hombres como lo confirman estas palabras de nuestro predecesor, de inmortal memoria, León XIII, palabras que hacemos nuestras: “El imperio de Cristo se extiende no solamente a los pueblos católicos y aquellos que regenerados en la fuente bautismal, pertenecen en rigor y por derecho a la Iglesia, aunque erradas opiniones los tengan alejados o la disensión los separe de la caridad, sino que abraza también a todos los que están privados de la fe cristiana; de modo que todo el género humano está bajo la potestad de Jesucristo”.”

Y para que se vea la actualidad que apuntábamos, de la fórmula que Pío XI nos propone y como no se trata de combatir fantasmas, leamos como justifica la oportunidad para la nueva vida de esta doctrina:

Ahora, si mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos a las necesidades de los tiempos presentes, aportando un remedio eficacísimo a la peste que infesta la humana sociedad”.

¿Cuál será esta peste que según el Papa infesta la humana sociedad? Él mismo nos lo dice, y no olvidemos que esta afirmación proviene de quien une a la autoridad doctrinal de Vicario de Jesucristo un conocimiento humano, de todos reconocido, de las virtudes y miserias del siglo que estamos viviendo. Pues bien, no hace todavía veinte años que S.S. Pío XI escribía:

La peste de nuestra edad es el llamado laicismo, con sus errores y sus impíos incentivos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que desde hace mucho tiempo se incubaba en las vísceras de la sociedad…

Expone finalmente el Pontífice los frutos que la Iglesia, los fieles y la sociedad civil reportarán de la fiesta que instituye y dice, tratando de esta última:

La celebración de esta fiesta, que se renovará todos los años, será también advertencia para las naciones de que el deber de venerar públicamente a Cristo y de prestarle obediencia se refiere no solo a los individuos particulares, sino también a todos los magistrados y a los gobernantes; traerá a estos al pensamiento del juicio final en el cual Cristo, arrojado de la sociedad o solamente ignorado y despreciado, vengará acerbamente tantas injurias recibidas; como quiera que reclama su Real dignidad que la sociedad entera se uniforme a los divinos mandamientos y a los principios cristianos, ya al establecer leyes, ya al administrar justicia, ya, finalmente, en la formación del alma de la juventud en la sana doctrina y en la santidad de las costumbres”.

Vemos pues que el anhelo expuesto por S.S. Pío XI en su primera Carta Encíclica y que resumía en su lema “La paz de Cristo en el reino de Cristo” le movió más adelante a instituir la fiesta de Cristo Rey. Ella comprende, en magistral fórmula, lo que esperamos en orden a la verdadera paz, que -como no se cansa de inculcarnos dicho Pontífice- sólo el reconocimiento de la soberanía de Jesucristo puede lograrnos. Sigamos ahora el camino que él mismo nos desbroza en su otra Encíclica “Miserentíssimus Redemptor”, escrita ésta en 1928, y llegaremos a la última conclusión a que nos conduce Pío XI, es decir, al entronque luminoso del reinado social que pertenece a Cristo-Rey con el verdadero significado de la devoción reparadora al Divino Corazón, según el sentido de las revelaciones del mismo a Santa Margarita María en Paray-le-Monial.

Para comprender en todo su sentido la relación que establece Pío XI no olvidemos el concurso capital y decisivo que sólo la Caridad puede aportar para el logro de la verdadera paz. Y transcribamos:

Entre todos los testimonios de la infinita benignidad de Nuestro Redentor, resplandece singularmente el de que, cuando la caridad de los fieles se iba entibiando, la misma caridad de Dios se presentó para ser honrada con culto especial, y se abrieron del todo los tesoros de su bondad por aquella forma de devoción con que damos culto al Corazón Sacratísimo de Jesús “en quien están escondidos todos los tesoros de su sabiduría y de su ciencia” (Col 2, 3)”.

Y refiriéndose a la consagración universal ordenada por S.S. León XIII, a que antes nos referíamos, recoge aquella magnífica comparación que ya conocen nuestros lectores pero que siempre es grata de releer:

Precisamente Nuestro Predecesor León XIII, de feliz memoria, en su Encíclica Annum Sacrum, admirando la oportunidad del culto al Sacratísimo Corazón de Jesús, no vaciló en afirmar: “cuando la Iglesia, en los tiempos cercanos a su origen era oprimida por el yugo de los Césares, la Cruz, vista en la altura, fue a un joven emperador signo y causa a un mismo tiempo de la amplísima victoria lograda inmediatamente. Ved otro signo, que se ofrece hoy a nuestros ojos, faustísimo y divinísimo, a saber: el Sacratísimo Corazón de Jesús con la Cruz sobrepuesta, resplandeciendo entre llamas, con espléndido fulgor. En Él han de colocarse todas las esperanzas; en Él hay que buscar y esperar la salvación de los hombres”.

Para corroborar tal esperanza, que por otra parte se desprende de las mismas prerrogativas bien claramente atribuidas por Pío XI a la realeza de Cristo, va él mismo a dejarnos entrever su presentimiento que, en este caso, por la grandeza del objeto a que se refiere, debe merecer de nosotros la máxima atención, al mismo tiempo que nos proporciona una entera confianza en la realización del mismo. Dice así, refiriéndose al perfeccionamiento y complemento que aquella consagración del género humano al Sagrado Corazón halló cuando “al término del año jubilar, instituimos la fiesta de Cristo Rey del universo, para celebrarse en todo el orbe cristiano”:

Al hacer esto, no sólo hemos declarado el supremo imperio que Jesucristo tiene sobre todas las cosas, sobre la sociedad civil y la doméstica y sobre cada uno de los hombres, sino que también presentíamos el júbilo de aquel día faustísimo en que el mundo entero, espontáneamente y de buen grado, se ha de someter a la dominación suavísima de Cristo Rey”.

José María Minoves Fusté

Revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús al P. Bernardo de Hoyos, S.I.

El Padre N. (Agustín de Cardaveraz, S. I.) en carta que recibí el miércoles pasado me pedía le trasladase la institución de la fiesta del Corpus y la revelación y dificultades que para ello hubo, como lo refiere el P. Gallifet en el tomo De cultu Cordis Dei Iesu: para lo que saqué de la librería este tomo el domingo: yo, que no había leído jamás tal cosa, empecé a leer el origen del culto del Corazón de nuestro amor Jesús y sentí en mi espíritu un extraordinario movimiento, fuerte, suave y nada sacramentado a ofrecerme a su Corazón para cooperar cuanto pudiese a lo menos con oraciones, a la extensión de su culto.

No pude echar de mí este pensamiento hasta que, adorando la mañana siguiente al Señor en la Hostia consagrada, me dijo clara y distintamente que quería por mi medio extender el culto de su Corazón sacrosanto para comunicar a muchos sus dones por su Corazón adorado y reverenciado; y entendí que había sido disposición suya especial que mi Hermano el P. N. me hubiese hecho el encargo, para arrojar con esta ocasión en mi corazón estas inteligencias. Yo, envuelto en confusión, renové la oferta del día antes aunque quedé algo turbado viendo la improporción del instrumento y no ver medio para ello. Este efecto fue de la naturaleza; de la gracia fue sola la confusión y resignación. Todo el día anduve con notables afectos al Corazón de Jesús, y ayer, estando en oración, me hizo el Señor un favor muy semejante al que hizo a la primera fundadora de este culto, que fue una hija de Nuestro Santo Director (S. Francisco de Sales), la V. M. Margarita Alacoque, y le trae el mismo autor. Mostróme su divino Corazón todo abrasado en amor y condolido de lo poco que se le estima. Repitióme la elección que había hecho de este indigno siervo suyo para adelantar su culto y sosegó aquel generillo de turbación que dije, dándome a entender que yo dejase obrar a su Providencia, que ella me guiaría; que todo lo tratase con V. R.; que sería de singular agrado suyo que esta Provincia de su Compañía tuviese el oficio y celebrase la fiesta de su Corazón, como se celebra entan innumerables partes. (Carta al P. Loyola de 6-5-1733.)

* * *

El domingo pasado (10 de mayo de 1733), inmediato a la fiesta (de la aparición) de nuestro San Miguel, después de comulgar sentí a mi lado a este santo Arcángel que me dijo cómo enextender el culto del Corazón de Jesús por toda España y más universalmente por toda la Iglesia, aunque llegará el día en que esto suceda, ha de tener gravísimas dificultades; pero que se vencerán: que él, como Príncipe de la Iglesia, asistirá a la empresa: que en lo que el Señor quiere se extienda por nuestro medio también ocurrirán dificultades; pero que experimentaremos su asistencia.

… por una admirable visión imaginaria se me mostró aquel divino Corazón de Jesús, todo arrojando llamas de amor… Agradecióme el aliento con que le ofrecí hasta la última gota de mi sangre en gloria de su Corazón: y para que yo experimentase cuán de su agrado es esta oferta por lo mucho que se complacía en los deseos solos que yo tenía de extenderla por el mundo, cerró y cubrió mi miserable corazón dentro del suyo, donde, por visión intelectual admirable, vi los tesoros y riquezas del Padre depositadas en aquel sagrario; el deseo y como ímpetu que padecía su Corazón por comunicarlas a los hombres; el agrado en que aprecien aquel Corazón conducto soberano de las aguas de la vida…

Dióme a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este Corazón para mí solo, sino para que por mí las gustasen otros. Pedí a toda la Santísima Trinidad la consecución de nuestros deseos; y, pidiendo esta fiesta en especialidad para España, en que ni aun memoria parece hay de ella, me dijo Jesús: Reinaré en España, y con más veneración que en otras partes (14 de mayo de 1733, fiesta de la Ascensión del Señor).

Aquí hoy, interiormente, una voz suavísima que me dijo ahora lo que en otro tiempo a aquella gran sierva del Señor (la V. M. María de la Encarnación): Pídeme cualquier cosa que quieras por el Corazón Santísimo de mi Hijo y te escucharé y te lo concederé, y, sin libertad, pedí la extensión del Reino del mismo Corazón sagrado en España y entendí se me otorgaba; y con el gozo dulcísimo que me causó esta noticia, quedó el alma como sepultada en el Corazón divino… Muchas y repetidas veces he sentido estos asaltos de amor en estos días, dilatándose tanto en deseos mi pobre corazón que piensa extender en el nuevo mundo el amor de su Sagrado Corazón y todo el universo se le hace poco (15 agosto de 1733).

* * *

… Quedando toda el alma enaquel paso de sepultura interior se expresaba con el Eterno Padre con un lenguaje de fuego, presentándole el corazón soberano de su Unigénito y pidiéndole con las mayores veras concediese ya a su Iglesia este favor que en ella se solemnizase públicamente el culto de este corazón divino… Entendí también que toda la celestial corte postrada ante el trono de la Santísima Trinidad pedía lo mismo que yo suplicaba, diciendo que ya era tiempo se descubriesen a la Esposa las riquezas y finezas de su divino Esposo. Aquí por un modo muy alto, conocí que el Padre Eterno expedía el decreto en que condescendía con los deseos de toda aquella soberana corte (1 noviembre de 1933).

* * *

Veía, amado Padre, en aquel Corazón sacratísimo una como batalla en que combatían de parte a parte el dolor y vivísimo sentimiento que, como generoso tenía aquel Sagrado Corazón previendo tanta ingratitud y el amor que, venciendo y, si se puede decir así, como atropellando por tan justos motivos de indignación, se resolvía a afrentar con su fineza nuestra maldad; y, al dirimirse este combate entre el dolor y el amor, fue aquel levantar los ojos al cielo de Jesús, a que acompañó un dulcísimo suspiro o una respiración ardiente, un divino esfuerzo, en que el amor se mostraba vencedor: al modo que el corazón de cualquier hombre, combatido de afectos encontrados, busca el desahogo en la acción de levantar los ojos al cielo y suspirar, cuando se acaba el conflicto.

En aquel punto determinó Jesús con nuevas finezas reparar las injurias del Sacramento augusto, con abrir su Corazón y manifestar a la Iglesia este tesoro soberano. Y, así como instituir la Eucaristía a vista de sus agravios fue un redoble imponderable del amor de Jesús que resplandece en este divinísimo misterio, y muestra la grandeza de este beneficio, así la determinación de descubrir su mismo Corazón para que en élse encuentre elmodo de reparar las injurias del mismo Sacramento fue en aquel paso una fineza de tan altos quilates de amor que puede formar otro sacramento de amor, pues esuna de las mayores que ha hecho el Señor a su Iglesia después de la del Sacramento. Y aquí entendí que la fiesta del Corazón después de la del Corpus sería la más venerable en la Iglesia (23 junio 1934).

* * *

Sufrirás a imitación mía todas las cosas; todo lo harás en silencio con el fin de la gloria divina de establecer el Reino de mi Sacratísimo Corazón en el corazón de los hombres a quienes quiero manifestarme por tu medio (29 junio de 1734).

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Vi entre resplandores de gloria a nuestro muy amado hermano y primer condiscípulo del Corazón Sagrado S. Juan evangelista, acompañado de nuestro dulcísimo director San Francisco de Sales y de nuestro glorioso Padre San Ignacio. Estando yo asombrado de la santidad que entendí resplandecía en estos tres santos se me declaró como éstos eran los tres a cuya cuenta corrían las glorias del Corazón Sagrado de Jesús: del Santo Evangelista por haber sido privilegiado en descansar sobre el Corazón Sagrado, donde se le descubrieron sus excelencias, y desde entonces tenía este amante apóstol particular devoción con aquel Corazón de su Maestro, en que bebió las luces y las llamas de su amor; de nuestro Santo Director en su Orden y de nuestro Santo Padre en su Religión por haber sido estos dos santos dos amantes divinos que más al vivo copiaron en sus corazones el ardor seráfico del evangelista; S. Francisco de Sales en lo dulce, que fue el distintivo de su amor; S. Ignacio, en lo fuerte, que fue la divisa de su caridad ardiente.

Luego me miró nuestro Santo Padre con dulces y benignos ojos como insinuándome la complacencia que tenía en aquellos sus hijos -entendí con especialidad en mis Padres- que cooperaban a este asunto gloriosísimo de propagar las glorias del Corazón Sagrado que era peculiar a la Compañía de Jesús y a la Orden de la Visitación; como, al contrario pidiéndole por aquellos sus hijos, que, o con buen celo o por otros motivos, oponían dificultades a esta idea, conocí lo que al Santo le desagradaba esto, en la severidad y como indignación que a este tiempo vi en sus majestuosos ojos (31 de julio de 1734).

* * *

El día de nuestro Santo Padre se me dio a entender como por su medio dispensaba este día a sus hijos el Corazón de Jesús particulares gracias y vi en el mismo Sagrado Corazón la complacencia que tiene en el Santo y en su religión entre otros títulos, por este de ser escogida para promover este culto, de lo que tuvo noticia nuestro Padre San Ignacio entre los secretos fines a que le declaró el cielo fundaba esta religión; y nuevamente entendí la complacencia de nuestro Padre San Ignacio en que sus hijos se empleen en asunto tan de la gloria de nuestro Capitán Jesús y tan propio de su Compañía (P. Loyola Vida del P. Hoyos, L. 111, c. 13).

* * *

Me pareció que el buen Jesús tomaba mi alma y la presentaba ante el tribunal de la Santísima Trinidad diciendo a su Eterno Padre: “Esta alma, Padre mío, he escogido para que esté totalmente consagrada a los desagravios de mi Corazón, y para que aplaque vuestra justa indignación ofreciéndoos a Mí mismo en sacrificio; para lo cual la he honrado con el sacerdocio. El Eterno Padre, con expresión de grande majestad y amor, aceptó la oferta y como aprobó la elección declarándome lo elevado de este designio para que había sido escogido y prometiéndome su poder para que mi obligación se desempeñase. El Verbo divino, en cuanto Dios, me declaró quería formar en mí una imagen de aquel Corazón que unió consigo mismo hipostáticamente, prometiéndome comunicarme algo de la paciencia de aquel su Corazón pacientísimo. El Espíritu Santo me dio a entender quería por mi medio influir en muchas almas algo de aquel divino amor del Corazón sacrosanto, esfera de este fuego sagrado (10 enero de 1735, octava de su primera Misa).

Beato Bernardo de Hoyos, S.I.

Las revelaciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita

//static.flickr.com/8260/8663105537_a8912c32b7_mBasta hojear la propia autobiografía de esta humildísima Sierva de Dios, para darse cuenta de que para esta alma pura no hubo apenas momento en el que el Divino Salvador no se le manifestara en alguna forma, ya sea dándole a conocer su voluntad directamente, ya haciéndole gustar de su amor, especial mente por medio de la Cruz a través de los prolongados y agudos sufrimientos que la Santa hubo de soportar.

“¡He ahí el lecho de mis castas esposas -le dijo mostrándole una gran Cruz cubierta de flores- donde te haré gustar de las delicias de mi amor! poco a poco irán cayendo esas flores y sólo te quedarán las espinas, ocultas ahora a causa de tu flaqueza, las cuales te harán sentir tan vivamente sus punzadas, que tendrás necesidad de toda la fuerza de mi amor para soportar el sufrimiento”. Y así fue a lo largo de toda su vida. Siempre deseado por la Santa, el sufrimiento, la contradicción, la Cruz, fueron su vida entera y la fuente de su consolación espiritual. “¿Y qué Dios mío, me dejaréis vivir siempre sin sufrir?”, le decía en cierta ocasión Santa Margarita al Divino Maestro anonadada por las delicias del Amor divino. “Déjame hacer cada cosa a su tiempo, pues quiero que seas ahora el entretenimiento de mi amor, el cual desea divertirse contigo a placer, como lo hacen los niños con sus muñecos -le dijo Jesús en sus primeras manifestaciones-. Es menester que te abandones así, sin otras miras ni resistencia alguna, dejándome hallar ni contento a tus expensas; pero nada perderás en ello. Está siempre pronta y dispuesta a recibirme, porque quiero en adelante hacer en ti mi morada, para conversar y entretenerme contigo”.

Siempre estuvo pronta y dispuesta la Sierva de Dios, pero grande fue la contradicción. Su superiora no admitía los caminos extraordinarios de que servía el Señor para comunicarse con su alma. Quejábase la Santa diciendo:

“Y bien mi Soberano Maestro, ¿por qué no me dejáis en el camino ordinario de las hijas de Santa María?… No quiero sino vuestro amor y vuestra Cruz, y esto me basta para ser una buena religiosa”. Acepta el Señor el desafío que la superiora ha provocado:

“Combatamos, hija mía, lo admito gustoso, y veremos quién conseguirá la victoria, si el Creador o la criatura, la fuerza o la debilidad, la Omnipotencia o la impotencia; pero el que sea vencedor, lo será para siempre”. Y le insiste:

“Sabe que no me has ofendido con estas luchas y oposiciones que me has hecho por obediencia, por la cual di mi vida; pero quiero enseñarte que soy el dueño absoluto de mis dones y de mis criaturas, y que nada podrá impedirme cumplir mis designios. Por lo cual no sólo quiero que hagas cuanto te mandan tus superioras, sino más aún, que nada hagas de cuanto yo te ordenare sin su consentimiento, porque amo la obediencia y sin ella no se me puede agradar”.

Y el Señor vence de una vez para siempre y prepara y cultiva aquella alma humildísima para manifestarle sus revelaciones, con las que ha de dar una prueba más de su amor a los hombres, una de las más grandes y esperanzadoras que jamás haya dado: la devoción a su Sagrado Corazón.

La primera de estas revelaciones se presentó estando la Santa delante del Santísimo Sacramento. Se sintió de improviso penetrada de la presencia divina y le hizo reposar por largo tiempo en su pecho tal como hiciera con el Discípulo Amado en la Santa Cena, mostrándole la profundidad de su corazón: “Mi Divino Corazón -le dijo- está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo ya contener en sí mismo las llamas de su caridad ardiente, le es preciso comunicarlas por tu medio, y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros que te descubro, y los cuales contienen las gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición. Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo obra mía.”

A continuación le pide su corazón y lo introduce en el Suyo abrazándolo con un doloroso fuego que ya jamás se extinguió, produciéndole a la Santa un continuo dolor en un costado hasta el día de su muerte.

Poco después recibía la segunda revelación en la que había de definirse más claramente la devoción concreta al Corazón, como tal órgano humano del Divino Salvador y por tanto sensible al amor, cuyas palpitaciones se aceleran en su fuego. Se le mostró el Maestro con sus cinco llagas y envuelto en llamas, especialmente en su pecho que parecía un horno, del cual salió para mostrársele Su amantísimo Corazón. Entonces le descubrió:

“El exceso a que le había conducido su amor a los hombres, de los cuales no recibía sino ingratitudes y desprecios”. “Esto -le dijo- es mucho más sensible que cuanto he sufrido en mi pasión: tanto, que si me devolvieran algún amor en retorno, estimaría en poco todo lo que por ellos hice, y querría hacer aún más, si fuese posible; pero no tienen para corresponder a mis desvelos por procurar su bien, sino frialdad y repulsas. Mas tú, al menos, dame el placer de suplir su ingratitud, en cuanto puedas ser capaz de hacerlo”. “Yo seré -añadió- tu fuerza, nada temas, pero sé atenta a mi voz, y a cuanto te pido para disponerte al cumplimiento de mis designios. Primeramente me recibirás sacramentado siempre que te lo permita la obediencia, sean cuales fueren las humillaciones y las mortificaciones que vengan sobre ti, las cuales debes aceptar como gajes de mi amor. También comulgarás todos los primeros viernes de cada mes, y todas las noches del jueves al viernes te haré participante de la tristeza que tuve a bien sentir en el Huerto de los Olivos. Esta tristeza te reducirá, sin poder comprenderlo, a una especie de agonía más dura de soportar que la muerte.

“A fin de acompañarme en la humilde oración que hice entonces a mi Padre en medio de todas mis angustias, te levantarás entre once y doce de la noche para postrarte conmigo, durante una hora, la faz en tierra, ya para calmar la cólera divina, pidiendo misericordia por los pecadores, ya para dulcificar de algún modo la amargura que sentí en el abandono de mis apóstoles, la cual me obligó a echarles en cara que no habían podido velar una hora conmigo; y durante esta hora harás lo que te enseñare. Mas oye, hija mía, no creas ligeramente a todo espíritu, y no te fíes, porque satanás rabía por engañarte. He aquí por qué no has de hacer nada sin la aprobación de los que te guían, a fin de que, teniendo el permiso de la obediencia, no pueda seducirte; pues no tiene poder alguno sobre los obedientes.”

Y Satanás obtuvo permiso del Señor para probar a la Santa, exceptuando las tentaciones contra la pureza; el Divino Maestro se adelantó a prevenir a su alma escogida a fin de que confiara en su Corazón amantísimo.

“No tardé mucho en oír las amenazas de mi perseguidor -cuenta Santa Margarita-. Presentóse delante de mí en forma de un moro horrible diciéndome: Yo me apoderaré de ti, ¡oh maldita!, y si consigo tenerte una vez en mis manos, te daré a conocer bien lo que sé obrar, yo te dañaré en todo. “

Nada pudo el príncipe de las tinieblas contra aquella virgen enamorada de su Señor, fiel a Su Corazón para siempre. Y vino por fin la gran revelación, la que hubo de dar cuenta de universalidad a la nueva, apasionada y apasionante devoción que Jesús manifestaba por medio de su sierva. El Corazón de Jesús se muestra nuevamente en todo su esplendor a su amante esposa: “He aquí este corazón que tanto ha amado a los hombres; que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y que no recibe en reconocimiento, de la mayor parte, sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este Sacramento de amor. Pero lo que me es aún mucho más sensible, es que son corazones que me están consagrados los que así me tratan. Por esto te pido que se dedique el primer viernes de mes, después de la octava del Santísimo Sacramento, a una fiesta particular para honrar mi Corazón, comulgando este día y reparando su honor con un acto público de desagravio, a fin de expiar las injurias que ha recibido durante el tiempo que ha estado expuesto en los altares. Te prometo, además, que mi corazón se dilatará para derramar con abundancia las influencias de su divino amor sobre los que le den este honor y los que procuren le sea tributado.”

Y no solamente las almas consagradas a Dios deberán rendirse públicamente a su Corazón, también el poder público, las naciones. Al soberbio Luis XIV hizo dirigirse Jesús a su sierva:

“Haz saber al hijo mayor de mi Corazón, que mi Corazón adorable quiere reinar en su palacio, campear en sus estandartes y ser grabado en sus armas, a fin de que alcancen victoria sobre sus enemigos, para quedar victorioso de todos los enemigos de la Santa Iglesia.”

Le pide también que levante un templo en su honor y exponga un cuadro a la veneración de toda la corte. No hizo caso Luis XIV y tuvo que ser su desgraciado nieto Luis XVI, preso y condenado a muerte por la Revolución, quien realizara en la cárcel el mandato del Señor consagrándose él, su familia y toda Francia al Corazón de Jesús. Más tarde los católicos franceses cumplirán con la segunda parte del mandato, edificando la Basílica del Sagrado Corazón en Montmartre. También otras naciones, como España, se consagrarán públicamente al Divino Corazón, si bien mucho más tarde.

Finalmente, el Divino Salvador, deseoso de alcanzar a todas las almas con sus dones y en un exceso de su amor, quiere conceder a todos los que le frecuentan en la Eucaristía una Gran Promesa de perseverancia y salvación. Quiere dejar constancia de que en su amor a los hombres no tiene límites y que desea su salvación a toda costa, sólo a cambio la aceptación de su Corazón.

“Yo te prometo -le dice a Santa Margarita durante la Comunión de un viernes-, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor todopoderoso concederá a todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final; que no morirán en su desgracia ni sin recibir losSacramentos, siendo su refugio seguro en estos últimos momentos.”

¿Qué más podía hacer ya el Divino Maestro por las almas a las que ama? Una de sus predilectas la de Santa Margarita se anonada en su amor. En sus últimos tiempos quedó reducida a completa impotencia espiritual, cuenta el P. Sáenz de Tejada, biógrafo de la Santa, apenas si puede rezar ni sus oraciones vocales de obligación, ni tener su lectura espiritual. Ni siquiera se puede afligir de este estado, no hace otra cosa que descansar en el amante Corazón de su Jesús. “El Corazón de Jesús -se dice- querrá por mí. Él amará por mí, Él suplirá todos mis defectos. No tengo más que un negocio: amar, olvidarme y anonadarme.”

Ramón Gelpi Sabater

Santa Gertrudis

“Dar a conocer el amor del Corazón de Jesús, está reservado a los últimos tiempos, para que el mundo envejecido y ya torpe en el amor de Dios, vuelva a calentarse” (Santa Gertrudis)

Santa Gertrudis vivió en el siglo XIII en Alemania, y ha sido llamada la Teóloga del Sagrado Corazón en la edad media. Al igual que Santa Margarita, le fue revelado el destino de esta devoción el día de la fiesta de San Juan Evangelista. Estas son sus palabras:

“Hallándose esta persona -dice la Santa- toda ocupada, según su costumbre, en su devoción favorita, el Discípulo a quien tanto amaba Jesús, y que, por lo mismo, debe ser amado de todos, se le apareció, colmándola de mil y mil pruebas de amistad… Ella le dijo: –¿Qué gracia podría yo obtener, miserable de mí, en vuestra dulcísima fiesta? Él la respondió: –Ven conmigo: tú eres la elegida de mi Señor; ven y descansaremos juntos sobre el dulcísimo seno de Jesús, en el cual están encerrados todos los tesoros de la bienaventuranza. Y tomándola consigo la condujo a nuestro tierno Salvador, colocándola a su derecha y retirándose él a su izquierda. Y como ambos reposaran suavemente sobre el pecho del Señor Jesús, el bienaventurado Juan, poniendo el dedo, con respetuosa ternura, sobre el costado del Salvador, dijo: –He aquí el Santo de los Santos, que encierra en sí todos los bienes del cielo y de la tierra… Como ella experimentara delicias inefables al percibir las santísimas y rítmicas pulsaciones con que latía el Corazón divino, dijo a San Juan: –¿Acaso no percibisteis, ¡oh discípulo amado de Jesús!, la armonía y el encanto de estas pulsaciones, cuando reclinasteis la cabeza sobre este bendito pecho? Él la respondió: –Cierto que las percibí y sentí, y que su inefable suavidad penetró mi alma como el aguamiel impregna con su dulzor un bocado de pan tierno; más aún, mi alma se puso tan ardiente como el agua que hierve a borbotones encerrada dentro de una caldera colocada sobre el fuego.¿Por qué, pues -replicó ella-, guardasteis acerca de esto tan perfecto silencio que ni una sola palabra dijisteis por donde pudiéramos conjeturarlo, para provecho de nuestras almas? San Juan le contestó: –Mi misión era presentar a la Iglesia, acerca del Verbo increado de Dios, una sencilla palabra que fuera capaz de satisfacer los anhelos de la inteligencia de todas las generaciones futuras hasta el fin de los siglos, sin que jamás hubiera nadie que pudiera gloriarse de haber agotado plenamente su significado. En cuanto a la dulzura expresada por estas pulsaciones, está reservado a los últimos tiempos el darla a conocer, a fin de que el mundo, entumecido por los años, y entorpecido en el amor de Dios se torne otra vez a calentar”.

José Javier Echave-Sustaeta del Villar