Nuevo prenuncio de victoria: «Mi Corazón Inmaculado triunfará»

bvm3«Fátima es la manifestación del Corazón Inmaculado de María al mundo actual. Es en cierto modo la continuación, o mejor, la conclusión de Paray-le-Monial; reúne aquellos dos Corazones -el de Jesús y el de María- que el mismo Dios unió en la obra divina de la redención de los hombres. Es un mensaje que nace de su Corazón de Madre…» (Emmo. Sr. Cardenal-Patriarca de Lisboa)

¡La Madre! Palabra llena de profundo significado, evocadora de los más dulces recuerdos. Ella, la que enseña a andar al pequeñuelo y con amorosa y alegre paciencia le sostiene y dirige en sus primeros, vacilantes pasos. Cuando transcurran los años por venir y aquellos pies, tal vez pródigos, hayan corrido en largas y fatigosas jornadas los caminos escabrosos de la vida, ella, la primera, acudirá a su lado para hacerle oír palabras de perdón, enjugar de nuevo sus lágrimas y de nuevo enseñarle a levantarse y caminar.

Dichoso el hombre que sabe elevar les ojos al Cielo einvocar a la Reina soberana poniendo en sus labios la dulcísima palabra que sólo a María puede aplicarse en toda su plenitud: ¡Madre nuestra!

Mensajes de María

En la mañana del venturoso 8 de diciembre de 1854 una alegría inmensa hace estremecer, hondamente conmovido, el corazón de todos los hijos de la Iglesia; los que han podido acudir a la Ciudad Eterna se agolpan cobijados bajo la cúpula de San Pedro, y en río desbordado llenan la plaza y sus alrededores.

La voz majestuosa del Pontífice supremo, Pío IX, que en estos momentos enseña, infalible, la verdad eterna, se muestra con movida al declarar a María Inmaculada desde su concepción; y los fieles del mundo entero, al acoger las augustas palabras, repiten con renovado y férvido entusiasmo el saludo del Ángel: ¡Ave, gratia plena!

¿Pero es esto todo? En medio de aquella grande y general alegría el Doctor y Pontífice máximo parece concentrar su mirada profunda y presenciar, tal vez no muy en lontananza, aquella última y definitiva lucha descrita en el Apocalipsis con rasgos de vivísimo colorido: duelo a muerte entre la Mujer misteriosa, figura de María, y la Bestia infernal. Y en el momento en que con autoridad suprema ha enseñado al mundo lo que debe creer respecto de su augusta Reina, quiere también expresarle en palabras consoladoras lo que le es dado esperar como resultado de su magnífico triunfo: «esperamos con la más firme esperanza y la confianza más completa, que por el poder de la Bienaventurada Virgen María, la Iglesia nuestra Madre, libre de todos los obstáculos y victoriosa de todos los errores, florecerá en el mundo entero, volverá al camino de la verdad a todas las almas que se extravían, de tal suerte que no habrá ya sino un solo rebaño y un solo pastor».

¡Cómo se conmueve también en el Cielo la Virgen sacrosanta ante la confianza y amor de sus hijos! No tardará en bajar a la tierra, una y otra vez, para mostrar al pueblo fiel que no en vano, siguiendo la orientación y la voz de su Pontífice, ha puesto en Ella todas sus esperanzas como corredentora y medianera para con Jesucristo, mayormente en las horas graves que el mundo atraviesa.

Cierto que al escuchar las palabras alentadoras de Pío IX, «algunos católicos como indica el Padre Ramière esperarían tal vez una intervención inmediata de la Virgen Inmaculada, con la persuasión de que en un momento los enemigos de la Iglesia, derribados como San Pablo en el camino de Damasco, quedarían transformados en servidores files».

Si no es este el plan ordinario de la Providencia en la economía de la gracia respecto de los individuos en particular, menos puede serlo en cuanto a la sociedad entera. El amor de Dios, delicadísimo al respetar el don precioso de la libertad humana para hacer al hombre acreedor, por decirlo así, con perfecto derecho, a sus magníficas y eternas recompensas, se ve frecuentemente rechazado. Pero en su presciencia infinita conoce el curso de los acontecimientos humanos hasta el fin de los tiempos, y nada le impide descubrir por un momento el velo para manifestar al mundo por medio de divinos mensajes si esos hombres y esas sociedades, ahora ciegos y sordos a su voz, volverán por fin un día al redil del Buen Pastor, instados por nuevos y amorosos llamamientos, a la vez que decepcionados y abiertos ya los ojos ante el fracaso de todos los medios humanos en que por tanto tiempo confiaron.

¿No se ha escuchado ya la voz amorosa del Señor manifestándose a la feliz vidente de Paray y prometiendo al mundo que su Corazón divino triunfará?

Cuando llegue la hora señalada, su Madre benditísima será de nuevo la esplendorosa aurora que anuncie y prepare el despertar del nuevo y feliz día en que habrá de reinar en el mundo, como Madre, juntamente con Él, por libre y espontáneo reconocimiento de una sociedad mil veces más dichosa que la nuestra.

Y María prepara los caminos del Señor con maternales mensajes.

Sólo cuatro años han transcurrido desde el momento de la definición dogmática de que hemos hablado y ya desciende a la campiña fresca y risueña de Lourdes; posando su planta virginal en la gruta de Massabielle: «Yo soy la Inmaculada Concepción», declara en solemne confirmación de las palabras del Pontífice; y respondiendo a la vez a sus esperanzas que reclaman la mediación de la celestial Reina, pide al mundo la preparación que le exige, por cuanto necesaria, para derramar sobre él a torrentes las gracias que por voluntad de su divino Hijo le reserva: «Penitencia, penitencia», repite. Y tanto desea inculcar el espíritu de oración que Ella misma, como buena y cariñosa Madre que con su ejemplo ha de enseñar y alentar a sus hijos pequeñitos, va pasando lenta y silenciosamente las cuentas de su Rosario.

¿Entendió el mundo católico su mensaje de oración y penitencia como supo comprender las alegrías y las glorias de su triunfo? ¿Será preciso que nuevas convulsiones sociales y más intensas luchas fratricidas hagan sentir al hombre la trágica inminencia del peligro?

Ciertamente, «el estudio de las vías seguidas por la Providencia en lo pasado induce a creer que el triunfo total de la Iglesia sobre sus enemigos no vendrá sino cuando éstos hayan desatado contra ella todo su furor y parezca que han logrado completa victoria».

Momentos difíciles los que le han de preceder. ¿No hemos entrado tal vez en sus comienzos? Todo parece indicarlo. Pero si un tiempo el pueblo escogido fue salvado del Ángel exterminador en gracia a la señal convenida, marcada en sangre sobre el dintel de sus puertas, ¿dejará de reconocer el Señor en las actuales generaciones el sello de sus divinas misericordias con que nos ha marcado y distinguido, al inspirar a Su Santidad León XIII que consagrara a la Humanidad entera al Corazón de Jesucristo? He aquí nuestro timbre de gloria, si sabemos aprovecharlo, y el motivo de esperanza en medio de tanta humillación.

No; no nos dejará la Virgen Inmaculada. Mostrará que es nuestra Madre, descenderá de nuevo a la tierra.

He aquí que en la primavera de 1917, al tiempo que Europa se desangra en una guerra cruel, cuando en Rusia está próxima a establecerse la era comunista y el Pontífice entonces reinante, Benedicto XV, alarmado ante tanta desgracia, se dispone a ordenar la invocación: «¡Regina Pacis, ora pro nobis!», en el rezo de las letanías lauretanas, se manifiesta María al mundo precisamente en la bendita tierra portuguesa, que acaba de sufrir también la vehemencia del odio anticlerical e irreligioso, y desde allí habla claramente a sus hijos como Medianera de esa paz ansiada, que es prenda y es premio del Reino de Cristo y les ofrece todo su inmenso corazón de madre con la más dulce de las promesas: «mi Corazón Inmaculado triunfará».

¿Lugar que escoge la Reina de los Cielos para este su último y misericordioso mensaje?

¡Fátima!

Pueblecillo pobre y antiguo, de nombre netamente árabe, su origen se pierde en remota y piadosa leyenda. Oculto en uno de los contrafuertes de la Sierra de Aire, a unos 100 kilómetros de Lisboa se halla casi en el centro de la hermosa Nación portuguesa; pero hace tan sólo una veintena de años ¿quién hubiera recordado su nombre? Cierto que sus alrededores fueron en el siglo XII escenario de gloriosas luchas en la guerra contra el Islam, como lo fueron también en las batallas por la independencia portuguesa. En memoria de esta última victoria lograda en la vigilia de la Asunción de María del año 1385, el Rey Juan había levantado un magnífico templo a Nuestra Señora de la Victoria, y anejo un convento que se llamó de la «Batalla», y fue luego confiado a los Padres Dominicos, los cuales con tanto celo propagaron por toda aquella comarca la devoción del Santo Rosario, que arraiga en el pueblo y conservada hasta nuestros días ha sido hermosa preparación a las gloriosas jornadas que hacen que hoy día el eco de Fátima resuene en el mundo entero con el deje de lo sobrenatural.

En lo alto de la sierra

Es el 13 de mayo de 1917. Tres pastorcillos de Aljustrel, aldea dependiente de Fátima, caminan alborozados, pisando brezos y cañejas por lo alto de la Sierra. Lucía, la mayor, cuenta diez años de edad y sus primitos Francisco y Jacinta tienen nueve y siete respectivamente. Hoy han reunido sus ovejas y para apacentarlas se dirigen a la «Cova da Iría», es decir, cuenca o valle de Iria, así llamado por la configuración del terreno que semeja un inmenso anfiteatro. En aquel apartado erial, los parientes de Lucía poseen una pequeña propiedad.

¡Qué bonito domingo de cielo azul y sol esplendoroso! Los tres niños han almorzado ofreciéndose mutuamente sus pequeñas provisiones, pan de centeno, queso y aceitunas. Es la hora del mediodía y no olvidarán el rezo del Rosario. Aunque traviesos y no exentos de los defectos y pasioncillas propias de su edad, aman mucho a la Virgen y a Jesús que saben oculto por su amor en el Sagrario, y les ofrecen sus infantiles sacrificios. Cuando hayan contemplado a la Reina de los Cielos, que ahora les hablará, subirán en rápida ascensión el atajo hacia la santidad. Pero es preciso hacer notar que a las gracias de la celestial Señora han sabido disponerse con su buena voluntad y los pequeños esfuerzos que en su corta edad han podido ofrendar al Señor.

Casi un año ha pasado desde que un Ángel, precediendo a la Reina de los Ángeles en celestial embajada, les había enseñado a orar y ofrecer sacrificios por las almas pecadoras, orientando ya sus pensamientos hacia los grandes problemas del orden sobrenatural. Largo tiempo para aquellas imaginaciones infantiles, diríase que han casi olvidado al celestial mensajero. Hoy, rezada su parte del Rosario, se disponen a comenzar su juego predilecto: la construcción de pequeñas chozas; no les falta abundante material: piedras, ramas secas por el suelo.

Ante la Reina del Cielo «¿Queréis?»

Son las doce y el sol está en el cenit. He aquí que el reflejo vivísimo de una luz, algo así como un relámpago, deja a los niños sobrecogidos.

¿Será una tormenta que se avecina?

Interrogan con su mirada al cielo, pero ni la más tenue nubecilla empaña la inmensidad azul del firmamento. No obstante, temerosos, reúnen sus ovejas y a toda prisa las empujan por la cuesta hacia la derecha. Otra claridad más intensa y sobre la copa de una encina, una aparición celestial que irradia suavísima luz en la que han quedado envueltos. Según descripción de Lucía, «era una Señora vestida de blanco, más brillante que el sol». De sus manos juntas ante el pecho pende un Rosario: Sus labios se abren, acomodando el lenguaje a la tierna edad de los videntes:

«¡No tengáis miedo, yo no os haré ningún daño!»

Lucía se atreve a hablar y se entabla el diálogo.

-«¿Usted de qué pueblo es?»

«Soy del Cielo».

« Y ¿qué es lo que usted me quiere?»

«He venido a pediros que vengáis aquí, a esta misma hora, el 13 de cada mes, por seis veces seguidas, en octubre os diré quién soy y qué cosa quiero de vosotros».

Continúa el diálogo y por fin les dice:

«¿Queréis ofreceros al Señor dispuestos a sacrificaros y aceptar con gusto las penas que él quiera enviaros, en reparación de tantos pecados con los que se ofende a la divina majestad, para alcanzar la conversión de los pecadores y en reparación de las blasfemias y de todas las ofensas hechas al Inmaculado Corazón de María?»

«¡Sí, loqueremos!» responde Lucía en nombre de los tres.

«Tendréis que sufrir» les anuncia la Señora. «Pero la Gracia de Dios os confortará».

Y diciendo esto, separó las manos que tenía juntas, irradiando sobre los videntes un haz de luz misteriosa, tan intensa y a la vez tan íntima que, según testimonio de Lucía, «penetrándonos en el pecho hasta lo más íntimo del alma, nos hizo ver a nosotros mismos en Dios más claramente que en el espejo más terso… Entonces, por impulso irresistible, caímos de rodillas, repitiendo intensamente: ¡Oh Santísima Trinidad, yo os adoro! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Yo os amo!…»

La Señora, como última recomendación, les dice:

«Rezad el Rosario todos los días con devoción para obtener la paz del mundo».

El diálogo, que hemos abreviado, ha durado unos diez minutos.

La paz; la guerra. ¿Qué impresión debieron producir estas ideas en aquellos inocentes niños que sólo conocían sus pequeñas querellas infantiles? Ellos obedecen, y desde aquel día se entregan con austeridad de cenobita a todos los sacrificios que en su sencillo ingenio han sabido inventar.

Y crece en ellos, grande, intenso, el amor a aquella Señora que adivinan ya ser la Virgen María.

Se han prometido mutuamente secreto, mas la pequeña Jacinta, así que llega a su casa, se lo ha contado todo a su madre, que está muy lejos de dar crédito a tan interesantes narraciones.

Permisión de Dios, para sus altos fines. La noticia se divulga y al acudir los niños a la cita en meses sucesivos, eran primero unos cuantos, luego varios miles, las personas que les acompañaron.

Detenernos en cada una de las manifestaciones, sería alargar excesivamente este relato. Ni nos será posible detallar cuánto hubieron de sufrir los pequeños videntes por parte del entonces masón y anticlerical Alcalde de Villa Nova de Ourem, a cuyo distrito pertenece Fátima. Diremos tan sólo que levantó contra los inocentes niños una verdadera persecución, seguida de encarcelamiento y penosos interrogatorios, con la amenaza de arrojarlos a una caldera de aceite hirviendo.

En cuanto a las palabras de la Virgen en las siguientes apariciones, dejando de lado las dirigidas principalmente a bien espiritual de los videntes, transcribiremos las que constituyen propiamente el mensaje de María al mundo. Algunas ideas se repiten en las diferentes manifestaciones: el encargo del rezo del Rosario de ofrecer sacrificio por los pecadores, ya que muchas almas se pierden porque no hay nadie que se sacrifique y ruegue por ellas… la idea de la reparación por tantos ultrajes… la plegaria por la paz…

El Corazón Inmaculado de María

Las más grandes confidencias de la Reina de los Cielos, guardáronlas los niños en secreto, por encargo de la misma Señora; sólo años más tarde, Lucía, que abrazó el estado religioso, obedeciendo a su Director espiritual, así como a nuevos deseos del Señor, y luego al mandato del señor Obispo de Leiría, las fue exponiendo en dos documentos por escrito.

Transcribimos de las referidas versiones:

La celestial Señora les dijo:

«A Jacinta y Francisco vendré a llevármelos pronto. Tú, empero, debes permanecer aquí abajo más tiempo. Jesús quiere servirse de ti para hacerme conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado… Este será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios».

En el documento escrito por mandato expreso del señor Obispo explica más tarde la visión que tuvieron del infierno y en la que contemplaron demonios y almas en forma humana semejantes a brasas encendidas, lanzadas en todas direcciones como chispas de un gran incendio. Penosa pero necesaria preparación para que aquellas almas inocentes fueran capaces de comprender la última y principal parte del mensaje.

-«Habéis visto el infierno les dice la señora adonde van a parar las almas de los pobres pecadores. Para salvarlos, el Señor quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado. Si se hiciere lo que os diré, muchas almas se salvarán y vendrá la paz.

La guerra va a terminar; pero si no cesan de ofender al Señor, no pasará mucho tiempo, en el próximo pontificado (de Pío XI) empezará otra peor.

Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que aquello es la gran señal que os da Dios de que está próximo el castigo del mundo por sus tantos delitos, mediante la guerra, el hambre y las persecuciones contra la Iglesia y contra el Santo Padre.

Para impedirlo vendré a pedir la consagración del mundo a mi Corazón Inmaculado y la comunión reparadora los primeros sábados de mes. Si fueran atendidas mis súplicas, Rusia se convertirá y habrá paz. De otra suerte, una propaganda impía difundiría por el mundo sus errores, suscitando guerras y persecuciones contra la iglesia; muchos buenos serán martirizados, y el Padre Santo tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas…

Al fin mi Corazón Inmaculado triunfará» Y da a entender que un día Rusia se convertirá y se concederá al mundo una pausa de paz.

Hasta aquí el relato de Lucía.

También la pequeña Jacinta repetía, próxima a morir, entre enero y febrero de 1920: «Si los hombres no se enmiendan, el Señor enviará al mundo un castigo como nunca se ha visto igual; y primeramente a España». Y hablaba del principio de grandes acontecimientos mundiales para 1940.

Ya anteriormente, en la época de las apariciones, se le había oído exclamar: «¡Lucía! ¿Has visto al Padre Santo? No sé cómo ha sido, pero le he visto en una casa muy grande, arrodillado, con el rostro entre las manos, y lloraba. Afuera había mucha gente; algunos tiraban piedras; otros decían imprecaciones y palabrotas. ¡Pobre Padre Santo!».

Y en otra ocasión: «¡Mira!… ¿no ves muchos caminos, senderos y campos llenos de gente, que llora de hambre y no tiene nada para comer? ¿Y al Padre Santo en una iglesia al lado del Corazón de María, rezando? ¿Y mucha gente rezando con él?» ¡Grande y misericordioso el Señor que revela estas cosas a los pequeñuelos!

Mas era necesario que el mundo diera fe a la palabra de los niños. Y para muchos espíritus prevenidos o poco crédulos, ni el grandioso contenido del mensaje revelado asimples pastorcillos en tan temprana edad, ni el prodigio aun mayor de santidad obrado por María en el alma de los pequeños videntes del que dieron pruebas manifiestas, hubieran bastado a rendirle a la veracidad de sus afirmaciones.

Pero la Virgen, al fin nuestra Madre, siempre buena y misericordiosa: «yo haré un milagro para que todo el mundo pueda creeros», promete a Lucía, que se lo ha pedido, suplicante. Y en la última aparición, que corresponde al 13 de octubre a la hora exactamente señalada, cierra con broche de oro en breves palabras de despedida, y rubrica con el signo del milagro cuanto les ha ya manifestado:

« Yo soy nuestra Señora del Rosario. Yo he venido para exhortar a los fieles a que cambien de vida y no aflijan más con el pecado a nuestro Señor, ya demasiado ofendido; a que recen el Santo Rosario y hagan penitencia por sus pecados».

Y al alejarse, les muestra con un gesto de la mano la dirección del disco solar.

Se produce el hecho portentoso. Cesa al instante la lluvia y el sol comienza a girar vertiginosamente lanzando ráfagas de luz en variadísimo colorido; parece a veces desprenderse del cielo y caer sobre la multitud atemorizada. Acabado el fenómeno solar, toda aquella gente calada por la lluvia, se encuentra súbita y completamente seca.

Aunque en gran manera interesante, no nos hemos detenido en detallar más un hecho ya de todos conocido. Presenciado por más de 70. 000 personas, la Prensa portuguesa y extranjera habló de ello en su día largamente, y con superior autoridad lo describe el señor Obispo de Leiría en su Carta Pastoral sobre el culto a Nuestra Señora del Rosario de Fátima.

¿Ha comprendido el mundo católico el mensaje de su Reina y Señora?

Un peligro nos parece que puede anublarlo ante sus ojos: El dormirse en la confianza cosa que encaja a maravilla con nuestra natural tendencia a la comodidad de que todo lo malo, con tan impresionantes palabras anunciado, ha pasado ya. Confianza que en no pocas ocasiones se acompaña a su vez de un modo de pesimismo que no acierta a vislumbrar pueda venir para nuestro triste mundo ninguna época mejor. Todos los tiempos fueron malos. Es frase consagrada.

¿No será más sensato que apliquemos todo nuestro esfuerzo a cumplir los deseos y atender las graves amonestaciones de nuestra Madre benditísima, suplicándole nos libre de los males inmensos que pueden sobrevenir a esta desgraciada sociedad, si se hace todavía sorda a su voz? ¿Y que sobre todo, por encima de esos temores, pongamos en Ella, toda, toda nuestra confianza?

Sí; lo repetimos alborozados.

¡Su Corazón Inmaculado triunfará!

Y como canta David en su visión profética, añadimos con entusiasmo:

A la derecha del Rey, está la Reina con vestidura recamada en oro y engalanada con variados adornos. (Salmo 44)

María-Luisa de Aranzadi

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