El Espíritu Santo y la Santísima Virgen

holyspirEn la primera parte del Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen comienza san Luis Mª Grignion de Montfort por establecer las excelencias de esta devoción y se inspira, como principio fundamental, en que la devoción a la Santísima Virgen forma parte integrante de la voluntad eterna de Dios, esto es, que:

«Habiendo querido Dios empezar y concluir sus más grandes obras por la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará de conducta en el transcurso de los siglos, pues es Dios y no varía en sus sentimientos ni en su proceder».

La más grande obra realizada por Dios al comienzo de su obra redentora es la Encarnación de la que María es condición necesaria con necesidad de medio pues sin María no hubiera habido Encarnación. De María se habla poco en el Evangelio, pero la Encarnación está explicada con mucho detalle. «¡Oh admirable e incomprensible dependencia de un Dios! El Espíritu Santo, para demostrarnos todo su valor, no ha podido pasarla en silencio en el Evangelio».

El plan inmutable de Dios es que así como Cristo vino al mundo, para nuestra salvación, por medio de María, del mismo modo quiere que sea por medio de Ella como ha de producirse la salvación en cada hombre. «El Eterno Padre ha comunicado a María su fecundidad, en cuanto una pura criatura podía recibirla, a fin de darle poder para engendrar a su Hijo y después a todos los miembros de su Cuerpo místico».

Y esto, que es verdad perenne, será más explícitamente manifestado cuando venga el Señor Jesús, en la segunda venida en los últimos tiempos: «Si, pues, como es cierto, el reino de Jesucristo ha de venir al mundo, no será sino consecuencia necesaria del conocimiento del reino de la Santísima Virgen María, que le trajo al mundo la vez primera y le hará resplandecer en la segunda venida».

En la medida en que estamos más cerca de la segunda venida de Cristo hemos de estar más dispuestos a vivir el reinado de María que nos hará capaces de recibir al mismo Señor y su reino definitivo. De hecho, Grignion de Montfort advierte reiteradamente que el conocimiento de María se va revelando paulatinamente a la Iglesia, conforme lo necesitan más los fieles por la dificultad de los tiempos -que san Luis María consideraba ya muy malos en su tiempo.

San Luis María no se detiene en la constatación de hecho de este principio que hemos señalado al comienzo sino que señala la razón del mismo, basándose en el modo concreto como se realizó la Encarnación, esto es, mediante la acción del Espíritu Santo en la humilde Virgen de Nazaret y, a este respecto, escribe estas bellas y profundas palabras, que serán el centro de nuestra atención en esta exposición:

«El Espíritu Santo, que no produce otra persona divina, se ha hecho fecundo por María, con quien se ha desposado. Con Ella, en Ella y de Ella ha producido su obra maestra, que es un Dios hecho hombre; produce todos los días y producirá hasta el fin del mundo los predestinados, que son los miembros del Cuerpo de esta Cabeza adorable; por eso, cuanto más encuentra a María, su cara e indisoluble Esposa, en un alma, tanto más deseoso y decidido se muestra a producir a Jesucristo en esa alma, y a esa alma en Jesucristo».

Este texto se nos antoja el más profundo y el que propiamente da razón de aquellos otros, bien justamente famosos, en que llama a María el «molde» de Jesús, allí donde fácilmente se formará el cristiano a semejanza de Jesucristo porque «ha sido echado en el mismo molde en que se formó un Dios hecho hombre». Esta comparación de María como molde en donde reproducir la imagen de Cristo es muy expresiva y sirve para contrastarla con la acción escultórica en que se pretende, a puro golpe de cincel, modelar una escultura, con todo el riesgo de error que ello conlleva. Esta gráfica idea está expresada en los ns. 219-221. No nos detendremos a comentar estas palabras tan verdaderas y prácticas porque en ellas no se hace mención del Espíritu Santo que es lo que directamente se pretende en este artículo.

La eficacia de la acción salvadora procede del mismo Dios, esto es, del Espíritu Santo, a quien en el Credo llamamos «Señor y dador de vida» porque nos la da y en el más alto grado, la vida de la gracia, la vida sobrenatural. Pero el Santo nos advierte que el Espíritu Santo tanto más realiza esta acción vivificante y santificadora en un alma si ve en ella a María. El Espíritu Santo es el Esposo divino de María, de modo que si pensamos que la santidad es esencialmente el ser «otros Cristos», es muy coherente observar que esta acción engendradora del Dios-hombre la realizará el Espíritu Santo con una prontitud y espontaneidad -diríamos, si vale la expresión paradójica- con una gran «naturalidad» si ve que aquella alma posee a María por su devoción, por su entrega y, en definitiva, por su consagración.

Al decir que el Espíritu Santo se ha hecho fecundo «por» María, añade de inmediato, no se ha de entender que Ella comunique al Espíritu divino esta fecundidad, pues la tiene por esencia, sino que en María encuentra el Espíritu la disposición a recibirlo. Cf. n. 21.

Los cristianos saben que el Espíritu Santo es el Espíritu que Cristo nos envía desde el Padre para que habite en nosotros y nos santifique. Pero pueden no caer en la cuenta de que esta acción «económica» del Espíritu Santo, su misión entre los hombres, la realiza al modo como tuvo su primera acción en el mundo, la cual no fue sin María. Cristo es el primer hombre, la cabeza de la humanidad redimida, el nuevo Adán y no puede ser distinto el modo como actúa el Espíritu Santo en la cabeza y en los miembros. «Una misma madre no da a luz la cabeza sin los miembros».

La solidez de esta doctrina es indiscutible según atestigua la más antigua tradición de la Iglesia y que el Concilio Vaticano II ha recogido expresamente, en palabras de san Agustín, diciendo que «[La Virgen María] es verdadera madre de los miembros (de Cristo)… por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza». La mediación de María en la actuación del Espíritu Santo en cada hombre está afirmada en el Catecismo: «Por medio de María, el Espíritu Santo comienza a poner en comunión con Cristo a los hombres». Y de ahí deriva su maternidad espiritual: «Al término de esta misión del Espíritu, María se convierte en la “Mujer”, nueva Eva, “madre de los vivientes”, Madre del Cristo total (cf. Jn 19, 25-27)».

En este artículo se va a poner el texto fundamental de san Luis María, arriba citado, acerca del singular papel de la Virgen María en la actuación del Espíritu Santo sobre cada una de las almas de los cristianos, en relación con un pasaje evangélico de la mayor relevancia como es el comienzo del capítulo tres del Evangelio de san Juan, donde se narra el diálogo entre Jesús y Nicodemo que nos introduce de modo explícito en esta consideración de la acción fecundante del Espíritu Santo en cada alma que la hace nacer a una nueva y superior vida.

Leemos en san Juan la escena del diálogo nocturno entre Jesús y el fariseo Nicodemo, maestro de la Ley, quien atisba la procedencia divina de Jesús manifestada por sus obras extraordinarias y parece como si quisiera entrar en esta nueva doctrina. Nicodemo, incipiente discípulo -que no parece hipócrita, como otros que se cruzan en el camino de Jesús-, descubre que lo que hace Jesús es de Dios «porque nadie -le dice- puede hacer esas señales que tú haces si Dios no está con él». Pero Jesús le sale al paso -como suele hacer siempre-, al ver que Nicodemo está todavía lejos de reconocerlo como verdadero Hijo de Dios. En efecto, no basta reconocer que «Dios está con él (en minúscula)»; hay que llegar a aceptar que el Hijo del hombre es también el Hijo de Dios. Pero es muy sorprendente el modo como lo hace. En efecto, a renglón seguido de la declaración de Nicodemo responde Jesús: «En verdad, en verdad te digo: si uno no fuere engendrado de nuevo no puede ver el reino de Dios».

¿Por qué Jesús le advierte, de sopetón, que es preciso nacer, ser engendrado, de nuevo? La respuesta parece clara: Jesús le enseña -justamente por su buena disposición- que todo ha de ser nuevo en la comprensión y práctica de su doctrina pues de otro modo el discípulo se queda -como tantos judíos que le seguían porque le veían hacer cosas extraordinarias- en lo externo. Estos que no nacen de nuevo son los que rechazarán a Jesús en las dos grandes ocasiones: cuando les hablará de la Eucaristía -que es el pan indispensable de la nueva vida- y cuando le verán perseguido, acusado y sentenciado por los poderes políticos y religiosos -esto es, cuando la salvación se alcanza al precio de la entrega de esta vida terrena-. Es pues necesario nacer de nuevo.

Santo Tomás de Aquino, en su comentario al Evangelio de san Juan advierte que el término latino «denuo» -que nosotros traducimos al castellano por «de nuevo»- es la traducción que san Jerónimo hizo del término griego anothen, el cual propiamente debería traducirse al latín por «desuper» (en castellano, «desde arriba»). Con esta observación nos instala en el núcleo y la intención de las palabras de Jesús. En efecto no se trata meramente de nacer «de nuevo» en el sentido de nacer «otra vez» -¿para qué serviría esto?-, sino de nacer «desde arriba» lo cual a fortiori es un nuevo nacimiento pero no la repetición del anterior. Santo Tomás nos da a conocer que san Juan Crisóstomo señaló que nacer «desde arriba» se diría sólo del mismo Jesús que, siendo Dios, ha nacido «desde arriba» por ser el Hijo unigénito del Padre, pero el Aquinate observa que también se puede decir de los hombres regenerados por Cristo que han nacido «desde arriba», pues como dice san Pablo en su carta a los Romanos «a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, en orden a que fuese el primogénito de muchos hermanos». «Por ello -dice- porque aquella generación [la del Hijo de Dios] es de lo alto (superna) también nuestra generación es desde arriba

Fijémonos de nuevo en el diálogo evangélico. La condición impuesta por Jesús no es fácil de asimilar y las palabras de Nicodemo demuestran esta dificultad aparentemente insoslayable: «¿Cómo puede un hombre nacer, si ya es viejo? ¿Acaso puede entrar segunda vez en el seno de su madre y nacer?». La escena ha llegado rápidamente a su punto culminante. ¿Habla Jesús en parábolas? ¿Se trata sólo de un lenguaje metafórico? ¿Es esta expresión nacimiento una manera de hablar, diríamos, un tanto exagerada, para referirse, en realidad, a una mera «conversión»? En este caso, el nacimiento sería como una «alegoría» usada por Jesús, pero que no habría de ser entendida literalmente.

Pero hemos de agradecer a Nicodemo que lo tomara literalmente y no ocultara su extrañeza, porque dio pie a Jesús para aclarar si verdaderamente se trataba de algo literal o sólo metafórico. A muchos les gustan las lecturas meramente «alegóricas» que huyen, por principio, de la interpretación literal del Evangelio, que, en cambio, tanto provecho ha hecho a los santos.

La respuesta de Jesús muestra que la expresión empleada no es metafórica sino real, con la única precisión que Él no ha dicho que haya de ser un nacimiento «carnal» -esta es la interpretación de Nicodemo- sino simplemente un «nacimiento» y aclara, en su respuesta, que es un nacimiento espiritual, pero nacimiento al fin. E insiste en la precisión del término empleado repitiéndolo: «No te maravilles que te haya dicho: es necesario que nazcáis de nuevo».

Santo Tomás comenta que lo que Nicodemo considera imposible desde el punto de vista carnal, que alguien pueda volver al vientre de su madre, sí es posible espiritualmente porque «cualquiera, por grande que sea, puede, por el bautismo, entrar en el “útero espiritual esto es, en la Iglesia”». Lo que santo Tomás atribuye a la Iglesia, el lugar donde se nace a la vida del Espíritu, lo es, con igual y mayor motivo la Virgen María. En efecto, el Concilio Vaticano II, al hablar de la fecundidad de la Virgen y de la Iglesia, refiere a la Iglesia el hacer la misma función maternal de la Virgen, con estas palabras: «La Iglesia, contemplando su profunda santidad e imitando su caridad y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, se hace también madre…». Según deja claro este texto conciliar no es María quien imita a la Iglesia sino la Iglesia la que imita a María en esta función maternal, pero esta verdad no estaba tan clara en tiempos de santo Tomás.

Las literales palabras de respuesta de Jesús afirman que el nacimiento al que se refiere como venido de lo alto se hace por el agua y el Espíritu Santo: «En verdad, en verdad te digo, quien no naciere de agua y Espíritu no puede entrar en el reino de Dios». La Iglesia ha interpretado siempre este fragmento como una referencia al bautismo. Pero ha de aceptarse que Jesús no habla aquí sólo de la necesidad del bautismo sino que, por el contexto de todo el diálogo, puede sostenerse que Jesús da una doctrina general de lo que significa el nacer a la nueva vida en Cristo.

Toda la cuestión, por tanto, estriba en entender si es legítima la tesis general de san Luis María: siempre que ha de nacer un alma a la nueva vida de la gracia, esto es, a conformarse con Cristo sólo puede hacerse en el seno de la Virgen donde se engendró el Hijo de Dios. Creemos que efectivamente -siempre a la luz del texto montfortiano- la Virgen María estaría representada en el texto del Evangelio de Juan por el «agua». ¿Es aceptable esta interpretación? Naturalmente, sabemos que el agua es la materia del sacramento del bautismo. Pero santo Tomás dice, en la Suma Teológica, al tratar del bautismo, que el agua simboliza la generación. Y como simboliza la generación en el orden natural es adecuada para significar la generación en el orden sobrenatural. Y la misma significación se declara en la liturgia de la noche pascual al bendecir el agua. Y en el Catecismo de la Iglesia Católica se lee: «Desde el origen del mundo el agua, criatura humilde y admirable, es la fuente de la vida y de la fecundidad».

Pero la Virgen Santísima es, sin ninguna duda, nuestra Madre en el orden de la gracia, como dice el Concilio Vaticano II. Luego está muy bien representada por el agua en tanto que el agua simboliza aquello de donde emerge la vida.

Esta interpretación se funda en que San Luis María Grignion de Montfort nos enseña que la revelación de la totalidad de la doctrina acerca de María se hizo de modo gradual pues era preciso que se supiera primero con claridad que el único esencialmente fecundo es el Espíritu Santo, pero que era necesario que se fuera sabiendo de modo más preciso que esta acción salvífica esencial se realiza mediante la disposición que el Espíritu halla en cada hombre que ha de ser salvado, como la halló en María. La gradualidad del conocimiento de la acción salvífica de María se ha ido conociendo cada vez con mayor perfección, tal como lo señala el Concilio: «Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento y la Tradición venerable manifiestan de un modo cada vez más claro la función de la Madre del Salvador en la economía de la salvación y vienen como a ponerla delante de los ojos».

Es muy de advertir la expresión «de un modo cada vez más claro» al ponerla particularmente en relación con la economía de la salvación de todos los hombres. Tal es exactamente el mensaje y la actitud de san Luis Mª Grignion. Y esto es lo que ha hecho el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, poner ante los ojos de los cristianos la necesaria intervención de María en la economía de nuestra salvación.

Volvemos al texto evangélico. Nicodemo, que ya ha entendido que se ha de nacer del Espíritu y no de la carne, sigue sin entender cómo puede haber nacimiento por obra del Espíritu. «Respondió Nicodemo y dijo: ¿Cómo puede ser esto?». Está claro para él que Jesús se empeña en hablar de nacimiento, pero también está claro que él no entiende que pueda haber nacimiento por Espíritu. El Espíritu, piensa Nicodemo, puede «inspirar», puede «iluminar», puede «mover», pero no puede «hacer nacer». Esto ya ha sucedido una vez y para él, que es todavía carnal -«lo que procede de la carne, carne es, lo que procede del Espíritu, es espíritu», dirá Jesús- no hay más nacimiento en el sentido literal de la palabra que el nacimiento carnal. Pero para Jesús la cuestión es esencial y no hay otra palabra que exprese la condición para «ver», esto es, entender y vivir el reino, más que la de un nuevo nacimiento.

La reiterada perplejidad de Nicodemo y su expresa formulación, su «¿cómo puede ser esto?» nos invita a relacionarla con el «¿cómo será esto, pues no conozco varón?» de la Virgen en Nazaret. El tema es muy parecido, pues en ambos casos se trata de un nacimiento de forma no natural, pero con una actitud inversa: lo que en Nicodemo es perplejidad, incomprensión, en María es la respuesta satisfactoria. María sí entiende que el Espíritu hace nacer y puede hacer Madre a una Virgen, porque María está preparada para entender la voz del Espíritu que le transmite el Arcángel. Nicodemo, en cambio, no lo podía entender.

El momento clave de aquel diálogo se manifiesta cuando Jesús le quiere dar a entender que la primacía está siempre en Dios diciéndole: «Nadie ha subido al cielo, si no es el que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre».

Claramente manifiesta Jesús que Él no es un hombre que «hace prodigios porque Dios está con él» sino porque Él mismo es Dios. Dios no se ha fijado en un hombre; Dios se ha hecho hombre. Ahora bien, ¿cómo ha bajado Jesús del cielo? ¿Lo ha hecho de una manera humana de forma que excluya al Espíritu, o de manera «espiritual» de forma que excluya lo humano? Sólo hay una respuesta real: Jesús ha bajado del cielo en María y por María en quien el Espíritu Santo ha obrado toda su fecundidad.

El texto de san Juan es paralelo al comienzo del relato de la Creación del Génesis donde se menciona conjuntamente el agua y el Espíritu: «El Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas». Pero en el comienzo mismo del Nuevo Testamento esta conjunción agua-Espíritu es sustituida por la conjunción María-Espíritu, pues en la anunciación el ángel Gabriel dijo a María el modo cómo se realizaría su maternidad: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cobijará con su sombra; por lo cual también lo que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios».

Y así, tanto en la Creación como en la Redención, está presente este medio indispensable para que se realice la obra de Dios, pero reconociendo un plano superior en todo lo relativo a la Redención, recordando que si maravillosamente creó Dios la humana naturaleza más maravillosamente la restableció, como dice la oración que precede al ofrecimiento del vino, justamente al añadir un poco de agua al vino que ha de convertirse en sangre de Cristo.

Cuando del costado de Cristo brotó sangre y agua, es común interpretación que por el agua se representa la Iglesia, de la que la liturgia dice que nació del costado de Cristo. Santo Tomás dice que todos los sacramentos brotan del costado de Cristo muerto en la cruz. También aquí es evidente el paralelismo con la creación del mundo, pues la Iglesia procede del costado de Cristo como Eva nació del costado de Adán. Pero como hoy sabemos que María es la Madre de la Iglesia, es muy coherente interpretar que el agua es la Madre que Cristo acababa de entregar a Juan desde la cruz, del mismo modo que llamamos a Cristo nuevo Adán y a María nueva Eva. Muchos textos se aplican proporcionalmente a la Iglesia y a María.

El agua, como significación propia, es el medio necesario para que haya vida en el orden natural, como el Espíritu es la causa eficiente de que haya vida así natural como sobrenatural. La mayor maravilla a que nos lleva la acción santificadora, que está por encima y es la culminación de la acción creadora, hace que el agua, que es un elemento natural, sea una figura de una persona humana, y de santidad singular, como es la Virgen María, en la que brilla de modo eminente aquello que el agua simboliza, la pureza -que todo lo purifica- y la humildad -que se hace receptiva de todas las virtudes.

Así, el Concilio Vaticano II, siguiendo a san Epifanio, llama a María «Madre de los vivientes». Y en el plano que afecta de lleno a esta reflexión montfortiana afirma el Concilio «Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia», y poco más adelante, haciendo suyo precisamente el texto de la carta de san Pablo a los Romanos antes citado, dice: «Dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rom 8, 29), esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno». Son textos realmente impresionantes y san Luis María Grignion de Montfort no pretende decir más que estos mismos textos.

La eficacia intrínseca de los sacramentos instituidos por Jesucristo -cuando se realizan con las debidas materia y forma- no puede ser argumento para cerrar el paso a esta otra interpretación de carácter general por la que descubrimos la función maternal de María en la generación de la vida cristiana. La Iglesia declarará formalmente algún día, sin duda, que María es medianera de todas las gracias. Esta verdad indudable no anulará el rito del bautismo ni de la confesión ni ningún otro sacramento. Ella, ciertamente, no sustituye a los sacramentos, antes al contrario, nos lleva a ellos porque Ella ve en ellos la gracia que nos mereció Jesucristo, pero Ella es medianera también de estas gracias que, según san Luis María, atrae para bien de los hombres al atraer al Espíritu Santo; y nos ayuda con su protección a conservar la eficacia de los sacramentos una vez recibidos. Pero los que, porque ya tienen los sacramentos, se niegan a descubrir el papel singular de la Virgen María son, en definitiva, los nuevos jansenistas. Olvidan algo muy importante, y es que la Virgen María, si sabemos tomarla como verdadera Madre, es la principal garante de la virtud más fundamental, la humildad, sin la cual ninguna virtud se engendra ni se conserva.

A este respecto escribe san Luis María Grignion de Montfort: «¡Ah! ¡Cuántos cedros del Líbano y estrellas del firmamento se han visto caer miserablemente y perder toda su alteza y claridad en poco tiempo! ¿De qué ha procedido este extraño cambio? No fue falta de gracia, que a nadie falta, sino que fue falta de humildad. Se han juzgado más fuertes y más poderosos de lo que eran, más capaces de guardar sus tesoros; se han fiado y apoyado en sí mismos, han creído bastante segura su casa y bastante fuertes sus cofres para guardar el precioso tesoro de la gracia, y a consecuencia de esta confianza insensata que en sí tenían, aunque les pareciera que se apoyaban sobre la gracia de Dios únicamente, el Señor justamente ha permitido que hayan sido robados, abandonándolos a sí mismos. ¡Ay! Si hubiesen conocido la admirable devoción a María, hubieran confiado su tesoro a la Virgen poderosa y fiel, que se lo hubiera guardado como su bien propio, haciéndolo como un deber de justicia».

La Virgen María es el agua del Nuevo Testamento, la única dispuesta a recibir el Espíritu precisamente por su humildad. La humildad de María atrajo hacia sí la mirada de la Trinidad y la colmó de gracia hasta el punto de hacerla digna esposa del Espíritu. Esto es lo que dice el canto de adoración y acción de gracias de la Virgen: «Porque puso sus ojos en la bajeza de su esclava». Ella, haciendo de Madre, nos atrae la gracia de Cristo y es la garante de nuestra imprescindible humildad.

José María Petit

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