La teología de la historia del Padre Orlandis, S.l., y el problema del milenarismo

padre orlandisEn la tarea apostólica del Padre Orlandis, cuyo fruto fue la originación, en el seno del Apostolado de la Oración de Barcelona, de Schola Cordis lesu, tuvo importancia fundamental su perseverante enseñanza de la teología de la Historia.

«Cuando se me preguntaba -escribió el Padre Orlandis- qué me proponía en estas conferencias, solía yo contestar: mi intento no es otro si no el de formar celadores del Apostolado de la Oración». Más allá de lo teológicamente opinable o discutible puso siempre la certeza, expresada en la fiesta de Cristo Rey del 25 de octubre de 1942, de que «Jesucristo centra en la devoción al Sagrado Corazón el remedio del mundo actual, y que como consecuencia del triunfo de esta devoción ha de venir la época profetizada de paz y prosperidad en la Iglesia, coincidente con el Reinado Social de Jesucristo».

Él mismo notó cierta continuidad con la actitud del Padre Enrique Ramière, S.I. Pero la doctrina del Padre Orlandis estaba más próxima a la que por su consejo y orientación realizó su sobrino el Padre Juan Rovira y Orlandis, S. I., expresada principalmente en su estudio hasta ahora inédito De Consummatione Regni Messianici in Terris, seu de Regno Christi in Terris consummato.

Esta obra fue enviada a Roma en los tiempos inmediatamente posteriores al fin de la persecución religiosa de 1936-1939. El Padre Rovira había muerto como mártir de la fe y su nombre estaba entre aquellos cuyo proceso de beatificación se iniciaba entonces. No olvidaré nunca que el Padre Emilio Anel, S.I., vicepostulador de la Compañía de Jesús ante la Congregación para las Causas de los Santos, me dijo en conversación confidencial, en noviembre de 1989, que un miembro de la Congregación le había comentado que el Padre Juan Rovira y Orlandis, aún en el caso que no se hubiese podido probar históricamente el martirio por la fe, podría ser beatificado a partir del testimonio de su vida y sus escritos.

Podemos hoy, gozosamente, expresar algunas líneas centrales del pensamiento orlandiano con palabras textuales del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia católica:

«Según el Apóstol, los judíos son todavía hoy muy amados de Dios por causa de sus padres… la Iglesia espera, con los Profetas y con el mismo Apóstol, el día sólo por Dios conocido en que todos los pueblos invocarán el nombre del Señor con una sola voz y le servirán con un solo hombro (Soph. 3, 9)» (Vaticano Il. Nostra aetate, 4).

Tratando de la religión judía, y afirmando la futura conversión de Israel, el texto anuncia la futura unidad religiosa de toda la humanidad.

Y en el nuevo Catecismo hallamos, bajo el título: De allí vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos… esperando que todo le sea sometido:

«El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, si n embargo no está todavía acabado con gran poder y gloria, con el advenimiento del Rey a la Tierra» (671).

Y bajo el título El glorioso advenimiento de Cristo, esperanza de Israel, leemos:

«La venida del Mesías glorioso, en un momento determinado de la historia, se vincula al reconocimiento del Mesías por todo Israel» (674).

«La entrada de la plenitud de los judíos en la salvación mesiánica… hará al Pueblo de Dios llegar a la plenitud de Cristo» (674).

Para la comprensión de estos textos profundamente renovadores de la perspectiva escatológica es necesario tener presente el modo de hablar de San Agustín, que equipara la expresión «último día del divino juicio» con la de «tiempo último», cuya duración nos es incierta.

«La Iglesia universal del Dios verdadero confiesa y profesa que Cristo ha de venir del Cielo a juzgar a los vivos y a los muertos, y a esto le llamamos último día del divino juicio, esto es, el tiempo último». «Pues, por cuántos días se extienda este juicio es incierto: porque las Escrituras santas usualmente ponen el término día en lugar de tiempo, como no ignora el que haya leído, por más ligeramente que lo haya hecho, aquellas letras santas (De Civitate Dei, Lib. XX, 1, 2).

La esperanza en la consumación del Reino de Cristo en el mundo y el problema del milenarismo

La teología del Reino de Cristo consumado en la Tierra, que profesaban el Padre Orlandis y el Padre Rovira, estaba en continuidad con las interpretaciones que, sobre los oráculos proféticos y sobre el Apocalipsis, fueron predominantes -aunque no universalmente generalizadas, como demostró el Padre Rovira- durante los cuatro primeros siglos de la Iglesia.

Posteriormente, esta doctrina fue abandonada e incluso combatida por una mayoría de autores, aunque es patente que se continuó enseñando siempre por algunos, y que no se alcanzó nunca la unanimidad en su rechazo.

Entre las causas de la disminución de aquella doctrina mencionaba el Padre Rovira el término milenarismo, del que escribió: «mal visto y rechazado no sin razón por muchos católicos… deliberadamente optamos por omitir este nombre y así lo hicimos en cuanto fue posible a lo largo de toda la obra».

El Padre Orlandis rechazó expresamente, al hablar de la presencia de Cristo viviente en su Iglesia, «la presencia corporal y visible que soñaron los milenarios »:«Contemplen a Cristo presente en su Iglesia, no con aquella presencia corporal y visible que soñaron los milenarios, pero si con la presencia de gobierno, con la presencia de providencia amorosa, con la presencia de cabeza mística que influye en sus miembros, en los que acatan y aman su soberanía, su vida, su verdad, su amor».

Defendió y razonó teológicamente la desautorización, por el decreto del Santo Oficio de 21 de julio de 1944, del «sistema del milenarismo, aún mitigado», definido como el que enseña una «venida visible a reinar en esta tierra» (DS 3838): «¿Podríase admitir como probable la presencia visible de Cristo Rey en la tierra, como defienden los milenaristas? En modo alguno… Y llegó un día a nuestros oídos la noticia de la prohibición del milenarismo, aún del mitigado, y antes de conocer el decreto del Santo Oficio anuncié en público la existencia del decreto, añadiendo que si en él se proscribía cualquier proposición que hubiera yo sostenido, la dieran por retractada… Mas llegó a mis manos el decreto y en él hallé lo que ya sabía: la prohibición del milenarismo aún del mitigado, pero hallé algo más: la virtual absolución del Padre Ramière, etc., porque el Santo Oficio, al prohibir el milenarismo mitigado, no prohíbe una vaguedad, sino que precisa lo que prohíbe y lo que entiende por milenarismo mitigado. ¿Y en qué consiste éste, según el decreto de prohibición? En el sostener que Jesucristo antes del juicio final vendrá visiblemente a esta tierra para reinar… De mí ciertamente me dice la conciencia que jamás lo he enseñado ni pensado [lo que prohíbe el decreto]».

Ya el Padre Rovira, bajo la orientación del Padre Orlandis, había precisado que la presencia de Cristo en el tiempo del juicio o del Reino había de reconocerse como una presencia moral y también como una presencia «física» gloriosa.

El Reino del Mesías fue siempre, desde los tiempos que siguieron a la edad apostólica, el tema, el núcleo de la polémica entre los judíos y los cristianos.

San Justino, llamado el Filósofo, mártir de la fe cristiana, y uno de los más importantes entre los Padres apologistas, escribió hacia 152 un Diálogo con el judío Tryfón. El interlocutor judío pregunta a San Justino:

«Vamos a ver, dime: ¿reconocéis vosotros que Jerusalén será restaurada, que nuestro pueblo se reunirá nuevamente, y esperáis vosotros triunfar juntamente con los Patriarcas y los Profetas y con todos los que fueron de nuestro linaje? ¿O, más bien, os refugiáis en la aceptación de esto para aparentar que nos vencéis en la controversia?» (núm. 80. M. G. 6, 663).

Advirtamos que el judío sospecha que los que reconocen a Cristo como Mesías no se sienten herederos de los judíos, ni esperan participar con éstos en el triunfo que ellos esperaban en el advenimiento del Mesías. San Justino, que profesa, con muchos escritores cristianos de los primeros siglos, la esperanza en la plenitud futura del Reino de Cristo, responde a Tryfón:

«No soy tan miserable para decir una cosa sintiendo otra. Ya te he dicho que yo, y muchos otros cristianos, pensamos así, y tenemos como absolutamente cierto que así ocurrirá. He reconocido también que otros muchos incluso del linaje de los cristianos… no piensan así. Así pues, yo, y los cristianos que sienten en todo rectamente, sabemos esto: creemos en la resurrección de la carne, y en la restauración de Jerusalén que profetizaron Ezequiel, Isaías y todos los Profetas.

Pero si te encuentras con algunos que dicen que son cristianos, pero que blasfeman del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, y niegan la resurrección de la carne, ya te he dicho que te has de guardar de tenerlos por cristianos, porque son herejes, impíos y ateos».

Encontramos aquí citadas tres actitudes:

Primera : la de los cristianos que sienten en todo rectamente y que, como el propio Justino, creen en la Resurrección de la carne y en la restauración de Jerusalén anunciada por los Profetas.

Segunda : la de otros cristianos, que no aceptan aquella doctrina y esperanza. Venidos de la gentilidad, sospechan, al parecer, de los primeros su coincidencia con las esperanzas judías.

Tercera : otros pretenden darse a sí mismos el nombre de cristianos pero son enemigos del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, del que blasfeman, y niegan la resurrección de la carne (los gnósticos ).

Es explícita y decidida la denuncia de San Justino contra el falso cristianismo antijudío de los gnósticos, enemigos del Dios de Israel: son herejes, impíos y ateos.

Pero el intento apologético «dialogante» con los judíos es tal vez la razón de que en el texto de San Justino no aparezca tan claramente aludido el error, antitético al de los gnósticos, que, denunciado por San Ireneo de Lyon, sería posteriormente calificado siempre como «el error judío».

Escribió San Ireneo, el más autorizado representante en la Antigüedad cristiana, de la doctrina de la consumación del Reino de Cristo en la tierra:

«No sería Jesús, el Cristo, aquel que tiene carne y sangre por la que nos redime, si no recapitulase en sí todo lo que Dios había creado en Adán. Vanos son los de Valentín que dogmatizan excluyendo la salvación de la carne y desprecian lo que Dios ha creado. Vanos son también los ebionitas, que no aceptan la unión de Dios con el hombre, sino que perseveran en la vieja levadura. Rechazan la mezcla del vino celeste y no quieren ser sino agua secular. No aceptan que Dios venga a unirse a ellos, y perseveran en el Adán que cayó y fue desterrado del Paraíso» (Adversus aereses, lib V, cap. 1, nums. 292-293).

Si reunimos los datos que nos aportan San Justino y San Ireneo nos encontramos con cuatro actitudes, dos de ellas entre los cristianos, y otras dos en radical enfrentamiento al Evangelio:

Primera : cristianos que profesan la esperanza en el futuro cumplimiento de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento; éstos aceptan como libro divinamente inspirado el Apocalipsis, que reconocen ser obra del apóstol y evangelista Juan.

Segunda : cristianos que no comparten aquellas esperanzas. Entre ellos se dio la negación de la apostolicidad del Apocalipsis, que algunos atribuyeron al hereje Cerinto, y también, a partir de Orígenes, su interpretación exclusivamente alegórica, excluyendo su significado literal.

En oposición radical al Evangelio, nos hallamos con las otras dos actitudes entre sí antitéticas:

Tercera: El error herético, las gnosis. Todo un conjunto de sistemas con el rasgo común de despreciar y maldecir lo creado y al Dios creador y legislador del Antiguo Testamento. Para ellos la redención es una «liberación» respecto de la naturaleza y de la Ley; entre estas sectas las hubo adoradoras de la serpiente del Paraíso, de Caín, de los sodomitas. De ellas surge el dualismo maniqueo y todos los futuros catharismos. Cátharos significa «puros».

Cuarta: El error judío, el ebionismo, que rechaza la unión de Dios con el hombre. De ellos dice San Agustín: «Los ebionitas dicen que Cristo es sólo hombre. Observan los mandatos carnales de la Ley, a saber, la circuncisión, y todas las demás cosas, de las que hemos sido librados por el Nuevo Testamento» (De haeresibus. Lib. unic, nº X).

Y Santo Tomás de Aquino alude también a ellos: «Hay que confesar que la Madre de Cristo concibió siendo Virgen. Lo contrario pertenece a la herejía de los ebionitas, que pensaban que Cristo era puro hombre y le consideraban nacido de la unión de los sexos» (S. TH. IIIº, qu. 28, artº. l, 28 in c.).

A estos judaizantes alude San Jerónimo diciendo: «Los judíos, y los herederos del error judaico, los ebionitas» (Sobre Isaías 66, 20). «Los judíos y nuestros judaizantes, es más, no nuestros, porque judaizantes» (Sobre Zacarías 14, 18-19).

Probablemente, el término milenarista quería denunciar el horizonte exclusivamente temporal de su modo de entender el Reino. Contra autores como Marcelo de Ancyra y Fotino de Syrmyum se insertaron en los símbolos durante el siglo IV las palabras «cuyo Reino no tendrá fin» (DS 41, 42, 44, 46 y 150).

Del milenarismo ebionita al progresismo anticristiano

A lo largo de la historia, la radical antítesis entre la idea chiliástica o milenarista de los ebionitas y los errores del dualismo gnóstico, ha sido superada, en confusión dialéctica, en las revoluciones religiosas y políticas que han desintegrado el mundo cristiano hasta nuestros días.

Hoy podemos entender el ebionismo y su esperanza de un mesianismo exclusivamente terreno -cerrado, como notaba San Ireneo, a la aceptación del vino celeste- como la «teología de la liberación» de Israel. Ehionim es un término bíblico que significa «los pobres».

La esperanza judaizante se dirigía a un reino mesiánico en el que Israel obtendría su venganza contra las «naciones», al modo como los imperios pseudo-teocráticos y terrenos de los califas del Islam.

En el mundo cristiano encontramos a los «santos» de Cromwell, que esperaban la caída de la Babilonia «papista» y la llegada del «Quinto Reino», degollando al Rey y aniquilando y oprimiendo a los «papistas» irlandeses. Los «peregrinos» emigrados afirman establecer en Nueva Inglaterra el Reino de Cristo.

La traducción filosófica y racionalista de tales esperanzas terrenas la podemos hallar expresada típicamente en la filosofía de la Historia de Kant, con el postulado según el cual «el género humano progresa constantemente hacia lo mejor», y que al título de su opúsculo La paz perpetua añadió: «Elmilenio en filosofía».

La mentalidad progresista, con instrumentos filosóficos del idealismo romántico, contaminó el sentimiento de amor a la patria de muchos pueblos cristianos, transformándolo en un nacionalismo que ha sido causa frecuente de reducción inmanentista de su propia tradición religiosa.

Este mismo proceso generó entre los judíos el «sionismo», esto es, el falso mesianismo en el que se suplanta la esperanza de la salvación que viene de Dios por la que proviene para toda la humanidad del dominio universal de Sión.

Parece como si los signos de los tiempos nos hiciesen entrever el cumplimiento del anuncio del Señor hablando a los judíos que le perseguían: «Yo he venido en el nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre a él recibiréis» (loann. 5, 43). Porque una tradición muy generalizada afirmaba que «Jerusalén será la ciudad regia del Anticristo» (Cornelio a Lapide. Sobre el Apocalipsis, 20, 8).

Con instrumentos conceptuales del materialismo dialéctico, un mesianismo radicalmente secularizado e inmerso en la historia, se expresó en el marxismo, según advirtieron muchos sociólogos e historiadores.

Es para mí un homenaje al Padre Orlandis reconocer que con su magisterio me orientó hacia la afirmación de las ideas aquí expuestas sobre el milenarismo y sus transformaciones filosófico-políticas en un congreso de «La Ciudad Católica» celebrado en Barcelona en octubre de 1968 en los locales de la Balmesiana.

Se ha reavivado en mí el recuerdo profundamente agradecido de las enseñanzas del Padre Orlandis al leer en elnuevo Catecismo:

«Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Ioann. 19, 20) desvelará el «misterio de iniquidad»; bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres la solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad». «La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, en el cual el hombre se glorifica a sí mismo, en vez de glorificar a Dios y su Mesías venido en carne» (675).

«Incluso cuando presenta formas atenuadas, la Iglesia ha rehusado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo, sobre todo cuando presenta la forma política de un mesianismo secularizado intrínsecamente perverso» (676).

«El Reino no se realizará por un triunfo histórico de la Iglesia según un progreso ascendente, sino por una victoria de Dios sobre el desencadenamiento último del mal» (677).

En nuestro tiempo, con frecuencia quienes profesamos «con los Profetas y con el Apóstol» la esperanza en el designio divino de que «el Pueblo de Dios llegue a la plenitud de Cristo», y se realice lo expresado en la solemnidad de Cristo Rey y en la consagración universal al Corazón de Jesús, seguimos siendo calificados como continuadores del«milenarismo».

Pero hay que notar que tal denuncia se hace desde actitudes y posiciones ideológicas que son precisamente las expresiones contemporáneas de aquella corriente que, originada en la soberbia religiosa que desconoció la salvación por Cristo, ha ido formulando de diversas maneras la idea, por antonomasia «anticristiana», del progreso y de la salvación de la humanidad por sus propias fuerzas, y con ideales de horizonte exclusivamente terreno y mundano.

En esta situación son providencialmente esclarecedoras las enseñanzas del nuevo Catecismo, singularmente las contenidas en los números 675 a 677.

Para la superación de equívocos de lenguaje y de confusiones en la doctrina

San Agustín, que había profesado una doctrina de la consumación del Reino de Cristo semejante a la de San Justino y a la de San Ireneo, se refirió a ella como «de alguna manera tolerable», mientras censuró a los que atribuyen a los resucitados inmoderados banquetes en losque superarán a los incrédulos, y comenta sobre esto:

«Los que son espirituales dan a éstos el nombre de chiliastai, palabra griega que podemos traducir literalmente por "milenaristas"» (De civitate Dei, lib. XX, c. 7º, 1).

Sobre estas palabras de San Agustín comentó Florentino Alcañiz, S.I.: «el nombre de chiliastai o milenarios se daba entonces sólo a los que sostenían el milenarismo craso». Lo cual, por cierto, quitaría coherencia lógica a la división del milenarismo en espiritual y craso, pues si el término milenarismo se refiere a las esperanzas «carnales» de los ebionitas herederos del error judaico, no puede hablarse de «milenarismo espiritual», a no ser con un uso totalmente equívoco del término.

En cuanto a San Jerónimo, que con San Agustín se reconoce siempre como aquel cuya autoridad llevó al abandono del llamado milenarismo en Occidente, escribe insistentemente en contra del que considera como continuación y herencia del «error judío»:

«Luego no promete el Señor al alma lo que piensan los chiliastas: abundancia de riquezas, manjares delicados, la comodidad corpórea, la belleza de las mujeres, sino aquellas delicias a las que nos llama diciendo: deléitate en el Señor y te dará lo que le pide tu corazón» (Sobre Isaías, 55, 2-3).

Como se ve, el término chiliasta o «milenarista» es empleado en el mismo sentido en que lo utilizó San Agustín. Pero en varios pasajes atribuye confusamente esta mentalidad a auténticos cristianos, y por lo demás no se atreve a condenar aquel error.

Así, en su comentario sobre el libro del profeta Jeremías, última de sus obras que por su muerte dejó inconclusa, encontramos, sobre unas palabras del Profeta, que interpreta como anunciando la definitiva desaparición histórica de la ciudad de Jerusalén:

«Los judíos piensan que será restaurada Jerusalén de oro y piedras preciosas; y que de nuevo se ofrecerán en ella víctimas y sacrificios, y se darán matrimonios de los santos y el Reino en la tierra del Señor Salvador.

Todo lo cual, aunque no lo sigamos, no podemos sin embargo condenarlo, porque muchos varones eclesiásticos y mártires afirmaron estas cosas. Que cada uno abunde en su sentir y quede todo reservado al juicio de Señor» (Comentario sobre Jeremías, ML, 24, 801).

La tensión polémica que sospechaba el «error judío» en toda lectura «literal» de los textos proféticos y del Apocalipsis, tendía a ver en un mismo plano el ebionismo y las doctrinas de San Justino, San Ireneo, y «muchos varones eclesiásticos y mártires». Contribuyó a esta confusión la excesiva influencia, por la autoridad de Orígenes, de exégesis alegóricas de aquellos textos, utilizadas para evitar la coincidencia de los cristianos con las esperanzas judías.

Si tenemos presente que en nombre de tales esperanzas la mayoría de los judíos habían rechazado la mesianidad de Jesús de Nazaret, y muchos de los que la aceptaron la habían deformado en el sistema no trinitario del ebionismo judaizante, resultan esclarecedoras las palabras que el gran comentarista Cornelio a Lapide escribió, siquiera fuese en actitud más de diálogo apologético que de tesis doctrinal:

«Se puede satisfacer a los argumentos de los judíos si decimos que las profecías y escrituras que prometen la restitución de Israel, la restauración de Jerusalén y la redención y salvación de los judíos, se cumplirán, tal como suenan, en el segundo advenimiento del Mesías, esto es, de Cristo, que los judíos piensan que será el primer advenimiento, por lo que niegan que Cristo haya venido.

Las Escrituras que hablan del segundo advenimiento las exponen acerca del primero, por lo que niegan el primer advenimiento y piensan que Cristo no ha venido a la tierra» (Sobre Jeremías, cap. 31, 34-40).

Lo que Cornelio a Lapide proponía a modo de argumento apologético, pero sin afirmación de carácter doctrinal, es lo que enseña el nuevo Catecismo en sus números, ya citados, 671 y 674.

La confusión terminológica explica que, mientras autores como Ramón Orlandis Despuig, y Juan Rovira y Orlandis en el citado estudio, evitan el uso del término milenarismo, que durante siglos ha apuntado a caracterizar un falso mesianismo de horizonte terreno y humano, otros, atendiendo a que por él se significó también la teología de la consumación del Reino de Cristo en la tierra, lo utilizan aludiendo a doctrinas y autores plenamente ortodoxos.

El Padre Rovira, después de analizar los equívocos de lenguaje y las confusiones doctrinales, que causaron la decadencia y disminución de la teología del Reino consumado, notó que esta doctrina no ha desaparecido nunca en la Iglesia:

«Ciertamente, en los últimos tiempos no faltaron grandes e insignes teólogos e intérpretes que, por lo menos en parte, admitieron esta doctrina del Reino consumado. De éstos fueron los principales: Enrique Ramière, los padres Palmieri y Casajoana y el ilustre intérprete del Apocalipsis Rafael Eyzaguirre».

Advierte el Padre Rovira que la «eximia obra» del sacerdote chileno Rafael Eyzaguirre Apocalypseos interpretatio litteralis obtuvo el nihil obstat en Roma, firmado por el Maestro del Sacro Palacio durante el pontificado de Pío X.

«A los que hay que añadir en España los nombres de Toribio Martín de Belaustegui y de Cristina Morrondo». También se refiere el Padre Rovira al claretiano José Ramos, que trató muchas veces la cuestión en la revista La ilustración del clero.

En nuestros días, pienso que el propio Padre Rovira incluiría en esta referencia los importantes estudios de B. Caviglia Campara y Antonio van Rixtel reunidos en el volumen «Tercer milenio. El misterio de la Apocalipsis» (Montevideo, Uruguay, 20 de diciembre 1995).

Al concluir la introducción a su estudio, después de reconocer que una doctrina predominante durante los cuatro primeros siglos de la Iglesia, y nunca unánimemente rechazada, parece que no puede no ser verdadera, mientras que por el hecho de haber sido dejada de lado y fortísimamente impugnada por grandes y sabios varones, también parece que no puede no ser falsa, el Padre Rovira expresa así la intención de su trabajo:

«Luego esta doctrina es verdadera, entremezclada con falsedades. Así pues, el trabajo es discernir lo verdadero de las cosas falsas; a saber, que alguien, sin ceder a ningún vano respeto humano ni preocupado por prejuicio alguno, únicamente llevado del deseo de investigar la verdad, seleccione consciente y cuidadosamente todas las cosas para retener todo lo que es verdadero, para confeccionar así un sistema escatológico que sea teológicamente y escriturísticamente coherente.

Este trabajo, que asumo imprudentemente sin duda, porque es quizá superior a mis fuerzas, es el que me he atrevido a emprender, y es el que propongo que realicen los que me lean y sientan afán de investigar la verdad».

Quiero terminar estas notas, homenaje al Padre Orlandis, que me aconsejó el estudio del tratado De consummatione Regni messianici in Terris, seu de Regno Christi in Terris consummato, y también al Padre Francisco de Paula Solá, que me exhortó a perseverar en la fidelidad a la teología de la historia que había recibido en Schola Cordis Iesu, con la plegaria con que concluyó el Padre Rovira su admirable estudio:

«¡Oh, te ruego que vengas, Cristo Jesús, Rey del Cielo y de la Tierra; ven Señor, Alfa y Omega, Principio y Fin, raíz y linaje de David, estrella espléndida y matutina; el que eras, el que eres, el que ha de venir, ven a libramos, ven a visitar tu viña, a custodiar y defender tu Iglesia, ven a regir el orbe de la Tierra en justicia: Vara de equidad es la vara de tu Reino. Adveniat regnum tuum. Veni Domine lesu!».

Francisco Canals

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