Familia y educación

christmasLa misión de la Iglesia, como afirmó Juan Pablo II en la exhortación apostólica Familiaris consortio, es la de proclamar a todos la verdad sobre el matrimonio y la familia, en un momento histórico en que la familia ha sufrido quizá más que ninguna otra institución los cambios profundos y rápidos de la sociedad y la cultura siendo objeto de fuerzas que tratan de destruirla o deformarla. El hombre encuentra en la familia la primera comunidad llamada a anunciar el Evangelio a la persona humana en desarrollo y a conducirla a la plena madurez humana y cristiana, mediante una progresiva educación y catequesis.

Según el designio de Dios, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole. El amor entre los esposos no se agota dentro de la pareja, ya que les permite la máxima donación posible, por la cual se convierten en cooperadores de Dios en el don de la vida a una nueva persona humana. Esta paternidad hace que los esposos reciban de Dios el don de una nueva responsabilidad, siendo para los hijos signo visible del mismo amor de Dios. Sin embargo, la fecundidad del amor entre los esposos no se reduce a la exclusiva procreación de los hijos, sino que debe ampliarse y enriquecerse con la enseñanza moral, espiritual y sobrenatural que los padres están llamados a dar a sus hijos y, por medio de ellos, a la Iglesia y al mundo.

Tal como ha recordado el Concilio Vaticano II, los padres, puesto que han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y por tanto hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Este deber es de tanta trascendencia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. El deber de los padres es crear un ambiente familiar animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan. Sobre todo, en la familia cristiana, enriquecida con la gracia del sacramento y los deberes del matrimonio, es necesario que los hijos aprendan desde sus primeros años a conocer la fe recibida en el bautismo. En ella sienten la primera experiencia de una sana sociedad humana y de la Iglesia. Por medio de la familia, por fin, se introducen fácilmente en la sociedad civil y en el Pueblo de Dios.

No hay que olvidar, dice Juan Pablo II, que lo esencial y determinativo del deber educativo de los padres es el amor paterno y materno, el cual encuentra su realización en la acción de educar. La familia, como útero espiritual de los hijos, está llamada a educar en los valores esenciales de la vida humana. A pesar de las dificultades de nuestro tiempo, la confianza y la valentía deben ser las principales armas de los padres en la formación de los hijos, educándoles en una justa libertad ante lo material y haciéndoles crecer en un ambiente sencillo y austero. Los hijos deben entender el sentido del verdadero amor, como entrega sincera y servicio desinteresado hacia los demás, especialmente hacia los más necesitados. Y este sentido deben encontrarlo en la comunión y participación vivida cotidianamente en la familia, siendo la mayor enseñanza para la posterior inserción en la sociedad.

El sacramento del matrimonio, para los padres cristianos, es fuente de la misión educativa consagrándoles a ella y enriqueciéndoles en los dones del Espíritu (sabiduría, consejo, fortaleza…) a favor del crecimiento humano y cristiano de los hijos. A través de este sacramento los esposos sienten la llamada de Dios para edificar la Iglesia en los hijos, siendo la familia verdadera Iglesia doméstica, es decir, primera experiencia de Iglesia de los hijos.

La familia, tal y como proclama la Familiaris consortio, es la primera comunidad educadora, pero no la única y exclusiva. Es necesaria una nueva forma de colaboración entre los padres y las comunidades cristianas, entre los diversos grupos educativos y los pastores. Una buena escuela católica debe tener en cuenta de forma especial a los padres de los alumnos y aspirar a ser una perfecta comunidad educadora.

Juan Pablo II insiste en que debe asegurarse absolutamente el derecho de los padres a la elección de una educación conforme con su fe religiosa, y que el Estado y la Iglesia tienen la obligación de dar a las familias todas las ayudas posibles, a fin de que puedan ejercer adecuadamente sus funciones educativas. Por esto, sigue diciendo, tanto la Iglesia como el Estado deben crear y promover las instituciones y actividades que las familias piden justamente, y la ayuda deberá ser proporcionada a las familias necesitadas. Por tanto, todos aquellos que en la sociedad dirigen las escuelas, no deben olvidar nunca que los padres han sido constituidos por Dios mismo como los primeros y principales educadores de los hijos, y que su derecho es del todo inalienable.

Es importante tener clara esta idea en la situación en que se encuentra la familia actual. A ella, y exclusivamente a ella, le es dado el derecho natural de poder educar a sus hijos conforme a su fe, pudiendo libremente escoger la educación propia fundada en la fe cristiana. Debe darse, además, una buena relación, por parte de los padres, con los profesores y directores de las escuelas.

En el caso que la escuela enseñara ideologías contrarias a la fe de la Iglesia, la familia tiene el deber de ayudar a los jóvenes a seguir en el camino de la fe. Puede servirse de la Iglesia, la cual no debe olvidar el derecho de los padres de confiarle a sus hijos.

La exhortación define a la familia como «célula primera y vital de la sociedad». Sin ella, desaparecería el fundamento de la sociedad, la persona humana, puesto que de la familia nacen y se desarrollan los ciudadanos. Ésta, por lo tanto, tiene una función social muy importante que la lleva a no encerrarse en sí misma, sino a ser el instrumento más eficaz de humanización y de personalización de la sociedad, encontrando su fundamento en la relación de los miembros de la comunidad familiar.

Xantal Lastra Giné

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