Las naciones deben glorificar a Jesucristo por el reconocimiento de su realeza

//static.flickr.com/8249/8664210608_bd2a1d1e36_mEntre los innumerables títulos que acompañan al glorioso de Mediador, en la persona del Verbo encarnado, hay uno que resume los derechos del divino Salvador asi sobre los individuos como también sobre los pueblos: es el titulo de Rey.

Ninguna prerrogativa ha sido más solemnemente, y en cierta manera más oficialmente, atribuida al Dios Salvador. El ángel que anunció a Maria su nacimiento, anunció al mismo tiempo su realeza, que no debe tener fin. (Luc. I, 32). Recién nacido, acuden Reyes del Oriente, proclaman su titulo en el mismo palacio de Herodes, y van a rendir presentes a sus pies. Más adelante, la antigua nación judía, reunida en Jerusalén para las festividades de Pascua, reconoce en Él al rey benigno anunciado por el profeta Zacarias, y el mismo Jesús, para facilitar tal reconocimiento, sale de su reserva acostumbrada y se vale de su poder para lograr el humilde jumento que le servirá para su triunfo. Y no es esto solo, también Pilatos, impulsado como Caifás por un espíritu de profecia que él mismo ignora, mandará inscribir en la Cruz, y lo mantendrá pese a los opositores, el titulo de Rey, sobre el que Jesucristo, con su muerte, adquiere un pleno derecho; y el brlllo de tal dignidad queda tan poco velado por el suplicio, que aun en tal estado le reconoce el buen ladrón y le pide un lugar en su reino. Así pues, el cielo y la tierra, los judíos y los gentiles, los santos profetas de la antigua sinagoga, el ladrón arrepentido y el cobarde representante del poder romano, todos a consuno saludan al Verbo encarnado con el titulo de Rey.

Por otra parte, ¿quién osaría negarle el titulo que Dios, su Padre, le ha otorgado legítimamente varios siglos antes de su nacimiento, y que El mismo, en su ascensión a los cielos, no ha dejado de reivindicar?

“Pídeme -le ha dicho el Todopoderoso- y te daré las naciones en herencia, y pondré bajo tu poder los confines de la tierra.” (Ps. II, 8). En estas palabras se encierran dos promesas: la herencia y la posesión de la misma. La herencia pertenece al hijo por el propio derecho de filiación, pero la toma de posesión puede diferirse más o menos. Cuándo querrá el Hijo de Dios tomar en su mano la plena autoridad “de hecho” sobre este reino terrenal, es lo que todavía no podemos determinar; pero que tenga ya la plena autoridad de derecho, no podríamos ponerlo en duda sin dudar de su divinidad. Al unir una naturaleza humana a la persona de su Hijo, es imposible que Dios Padre no le haya comunicado, en cuanto es apta para recibirlos, todos los derechos de esta divina persona. Más aún, la soberanía sobre el mundo, o mejor dicho, el imperio absoluto sobre la creación entera, es ciertamente una de las prerrogativas que de ningún modo repugnan a la humanidad del Salvador.

No puede, pues, discutírsele esta soberanía y este imperio. Dice San Pablo: “Dios le ha constituido heredero universal de todas las cosas” (Heb. I, 2), y se refiere al mismo por cuyo medio Dios se ha revelado visiblemente al mundo, al mismo que ha expiado por nuestros pecados, y, por consiguiente, a Jesucristo, no sólo como Dios sino también como hombre. Así vemos que a continuación nos muestra el Omnipotente obligando, aún a los ángeles, a adorar al Dios-Hombre en el momento en que le envía al mundo… dice: “Adórenle todos los ángeles de Dios” (Heb. I, 6). Finalmente, en otro lugar, el mismo Apóstol, resumiendo en breves palabras toda la filosofía cristiana de la historia, nos mostrará la vida terrenal de la humanidad como el período bélico del reinado del Salvador, y la eternidad como el período de triunfo y de paz.

Al salir del seno de su Padre se ha comprometido el divino cruzado a someterle, al precio de su sangre, el mundo rebelde; y su Padre, por su parte, se ha corr. prometido a coronar sus combates con una victoria total. Esta lucha del Hijo de Dios en favor de su Padre y de Dios Padre en pro de su Hijo, se realiza a nuestra vista, pues debemos confesar con San Pablo: “Todavía falta mucho para que le esté todo sometido” (Heb. II, 8). Una vez esta sumisión realizada, “cuando el conquistador celestial habrá derrumbado todos los principados, potencias y virtudes infernales, entonces será el final del orden actual y el principio de un orden mejor, y, como un general victorioso, devolverá a Dios Padre su imperio pacificado. En espera de esto, es preciso que su soberanía se manifieste por la fuerza irresistible con que abate a sus enemigos. El último de ellos, la muerte, que en otro tiempo pareció vencerle, será destruida a su vez; y entonces, todo le estará verdaderamente sometido, todos los seres, con la única excepción de Aquel que se los sometió. Y será entonces que, con la creación entera rendida plenamente a su autoridad, reconocerá, en homenaje solemne, la autoridad de Aquel a quien debe todo su poder, y que Dios, que es todo en El, será, por Él, todo en todas las cosas” (I Cor. XV, 24-28).

San Pablo, pues, no pone en duda la soberanía de Jesucristo ni en el orden presente ni en la eternidad.

Más expresivo es aún, si cabe, Jesucristo mismo. Cuando va a separarse de sus apóstoles y va a confiarles su autoridad espiritual, parece interesado en establecer de un modo patente sus derechos. Observemos que les dice: “Todo poder se me ha dado en el cielo y en la tierra” (Mat. XXVIII, 18). Luego, no es solamente el Soberano Pontífice de la ley nueva, sino también el Rey de reyes. Si sólo tuviese la soberanía espiritual, que se confunde con el sacerdocio, no tendría todo el poder. Si no tuviera bajo su gobierno más que los espíritus bienaventurados, no tendría todo el poder en la tierra como en el cielo. Es, pues, ver daderamente rey; rey espiritual y rey temporal, rey de las almas y de los cuerpos, así de los pueblos como de los individuos. Los demás reyes no reciben la potestad más que de El; y sólo la conservan mientras El quiere, y están más obligados a obedecer a sus leyes y a glorificarle, que lo están sus ministros a obedecerles a ellos. Así pues, desde la Encarnación, los deberes esenciales de los soberanos y de los pueblos serán: reconocer públicamente a Jesucristo como a su soberano Señor, conducirse en todos los asuntos civiles y políticos según las máximas de su Evangelio, recurrir a Él en las necesidades, agradecerle sus favores, vengar su majestad de los ultrajes públicos que se le infieran y favorecer la extensión de su reinado en el mundo.

Dudar de esto sería dudar de la Encarnación misma. ¡Cómo! ¡Podría creerse que el Hijo de Dios entró en la familia humana, santificó con su sangre al mundo, reina en el cielo y sobre el universo entero, y al mismo tiempo persuadirse de que las naciones del mundo pueden mirarle como si no existiera y tratarle como a extranjero! ¡Ha promulgado una ley que abarca todas las relaciones entre los hombres y que sería letramuerta para las relaciones sociales y públicas! ¡Los ángeles en el cielo vienen obligados a darle gloria y los pueblos de la tierra no estarían obligados! ¿Qué seria esto, sino la mayor inconsecuencia, para no decir la impiedad más repulsiva?

No; no podemos dudar de ello. La misma ley que obliga a los pueblos a glorificar a Dios en su existencia colectiva y en su acción social, les obliga también a glorificar a Jesucristo. Dios Padre, al enviarle al mundo y constituirle jefe de toda la humanidad, le ha dado de igual modo el imperio sobre Ios pueblos como sobre las almas aisladas; mejor aún, al no poder los hombres vivir aislados y siendo la sociedad una condición esencial a su naturaleza, no puede concebirse la soberanía individual de Jesucristo diferente de su soberanía social. El establecimiento de esta soberanía en el universo es, pues, el fin que la Providencia persigue con las convulsiones del mundo moderno, así como la preparación de la misma soberanía era el fin de las revoluciones del mundo antiguo.

Cada pueblo tiene su misión en esta gran obra. Aparecen, unos después de otros, en el tiempo fijado por la Providencia. Se les da el poder para cumplir su cometido y según lo realicen con más o menos fidelidad, reciben en recompensa los éxitos, que les proporcionan la gloria, y los bienes, que constituyen la prosperidad.

Del mismo modo que el hombre no adquiere el pleno uso de su razón y no llega a ser un agente moral, en el pleno sentido de la palabra, hasta que sabe conocer a Dios, su primer principio y último fin; así los pueblos no adquieren la plena conciencia de sus destinos y la facultad de cumplirlos, hasta que reconocen al Hombre-Dios, cuya autoridad domina todas las sociedades humanas y cuya gloria debe resultar incluso de las revoluciones de éstas.

Podemos afirmar, con toda seguridad, que fuera de Jesucristo no existe para los pueblos fe, certeza, esperanza ni reposo. Cada día es más evidente que no existe para el mundo moderno otra alternativa que restablecer el imperio de Jesucristo o derribar los últimos apoyos que sostienen todavía el orden social. Fuera de la autoridad de Jesucristo, fuera de su religión, no puede encontrarse ninguna religión ni autoridad; y como autoridad y religión son los dos elementos esenciales de toda sociedad, en que la primera constituye la organización y la segunda mantiene el orden y armonía, tenemos derecho a concluir que fuera de la sociedad cristiana no existe para el mundo moderno ninguna clase de sociedad posible. O Jesucristo o la barbarie.

P. Enrique Ramière, S.I.

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