La obra catequística de Santo Tomás

//static.flickr.com/8259/8664203052_086e0d2114_mEn un sentido lato, toda la obra de Santo Tomás es catequística. La teología, si es verdadera, no puede abandonar nunca la función de catequizar, tanto a quien la escribe o la enseña como a quien la estudia. En un sentido mucho más indirecto, también podría decirse que una filosofía cristiana, tiene un sentido catequístico, no inmediato, pero si indirecto. Estos conceptos pueden aplicarse con todo rigor a Santo Tomás. Sin embargo en sentido restringido, se reserva para la ciencia teológica el estudio profundo y especulativo de la Revelación y para el catecismo, la explicación sencilla y al alcance del fiel corriente, de la doctrina cristiana. En este sentido, Santo Tomás puede considerarse fundamentalmente como un teólogo, un apologista (Summa contra gentes) y un filósofo. Precisamente el doctor fundamental de las escuelas cristianas.

No obstante, Santo Tomás tiene obras que podrían incluirse como catequísticas en el sentido estricto y que posiblemente sean mucho menos conocidas que sus obras maestras (cuyo mayor ejemplo es la Summa theologica) pero en las que luce también su excepcional vigor, armonía y poder de síntesis (sin olvidar su profundísimo poder de análisis, del que poco se comenta), que merecieron ser calificadas por un Papa, como cualidades que parecen milagrosas, y que han convertido al Santo, por los tiempos, en maestro de las escuelas cristianas.

Sin ánimo exhaustivo, citaremos como obras catequéticas de Santo Tomás, su Breve summa de fide, obra inacabada y más propia de un compendio teológico sumario, pero con un sentido especialmente catequístico, y muy particularmente una serie de pequeños opúsculos, fruto de sermones pronunciados en Nápoles en la Cuaresma de 1273 y que están recopilados en sus obras completas, bajo los títulos de Collationes de duobus praeceptis caritate et decem legis preceptis, Collationes de Credo in Deum, Collationes de Pater noster y Collationes de Ave María.

Estas obras (las Collationes) se encuentran agrupadas y traducidas el español en un libro de Ediciones Eunate de Pamplona. Como es lógico esperar de unas obras derivadas de sermones, no tienen el vuelo y la altura de sus grandes obras, pero se configuran como obras sencillamente catequéticas. Dan abundantes signos de la profundidad y originalidad de su autor. También son un ejemplo, no siempre aprovechado por la predicación actual y de todos los tiempos, de la finalidad de catequizar, algo descuidada en la predicación ordinaria. Tal finalidad catequística no es exclusiva, pero de mucha mayor importancia de la que normalmente se le da en las homilías.

No puede ser objeto de este pequeño artículo un resumen de estos opúsculos o collationes, pero sí se desea resaltar aspectos puntuales, sin otro criterio de selección que el efecto singular causado por la lectura.

En el prólogo del opúsculo del Símbolo de los Apóstoles, precisamente Símbolo de la Fe, dice que esta virtud tiene cuatro bienes: Une al alma con Dios, como una especie de matrimonio con Dios «Te desposarás conmigo en la fe» (Os 2, 20); incoa en nosotros la vida eterna, que no es otra cosa que conocer a Dios «Esto es la Vida Eterna, que te conozcan a Ti, único Dios verdadero» (Jn 17, 3); dirige la vida presente, pues enseña todo lo necesario para vivir bien «Mi justo vive de la fe» (Heb 2,4); y vence las tentaciones «Vuestro enemigo el diablo merodea buscando a quienes devorar, resistidle firmes en la fe» (1 P 5, 8).

En el primer artículo del Símbolo, «Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra», tiene una definición contundente, pues dice que la creencia verdadera en Dios, supone necesariamente la creencia de que todas las cosas del mundo caen bajo su gobierno y providencia, por tanto con exclusión de conceptos como el llamado deísmo, Ser Supremo, dios de los filósofos, gran arquitecto, primer motor, etc. La verdadera creencia en Dios supone la creación, gobernación de la naturaleza y providencia sobre los acontecimientos humanos.

En el artículo segundo, «En Jesucristo, su Hijo nuestro Señor» transcribimos literalmente el siguiente párrafo por su contundencia y claridad: «Con todo, de una manera está la palabra en nosotros y de otra en Dios. En nosotros, nuestra palabra es un accidente; en Dios la Palabra de Dios es lo mismo que Dios mismo, puesto que nada hay en Dios que no sea esencia de Dios. Por otra parte, nadie puede decir que Dios no tiene Palabra, pues sería como afirmar que Dios no es inteligente; por consiguiente, si siempre existió Dios, su Palabra también».

En el artículo tercero, «Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo y nació de María Virgen», pone una luminosa analogía entre nuestra palabra (que mientras está en la mente no conocen los demás y sí la conocen cuando la escribimos) y la Encarnación. La Palabra de Dios no era conocida por los hombres hasta la Encarnación, en que se hizo visible y tangible y queda como escrita en nuestra carne.

En el artículo cuarto, «Padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado», al tratar de un efecto de la Pasión, dice que por nuestro pecado congénito, estamos desterrados del reino, y Jesús con su Pasión y Muerte una vez abierto su costado nos abre la puerta del Paraíso, lo que le permite decir al bien ladrón: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43). Esto no se había dicho ni a Adán, ni a Abraham, ni a David. Pero el oscuro buen ladrón, pide perdón y lo alcanza «Teniendo la seguridad de entrar en el santuario por la Sangre de Cristo» (Heb 10, 19). Espléndido testimonio de la misericordia insondable de Cristo.

En el artículo quinto, «Descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos», dice que mientras el Cuerpo permanecía en el sepulcro, el alma bajó a los infiernos, porque así puede tenerse al llamado limbo de los justos o seno de Abraham, pues no gozaban de la visión de Dios, siendo liberados por Cristo. Santo Tomás, parecer sostener que los niños muertos en la vieja Ley, antes de la circuncisión, desprovistos de uso de razón, podrían haber sido salvados por Cristo, gracias a la fe de sus padres, lo cual podría aplicarse analógicamente a los niños, muertos sin bautismo, hijos de padres creyentes en la nueva Ley; materia sobre la que no hay pronunciamiento expreso de la Iglesia, que de todas maneras ofrece oraciones litúrgicas para los infantes, hijos de cristianos, muertos sin bautizar.

En el artículo sexto, «Subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso», explica, luminosa y piadosamente por qué nos fue útil la Ascensión. Primero, para guiarnos, pues desconocíamos el camino, «subirá delante de ellos el que les enseñará el camino» (Hech 2, 13). Segundo, para interceder por nosotros «tenemos ante el Padre un abogado, Jesucristo» (Jn 2, 1). Tercero, para atraer hacia sí nuestros corazones despreciando los bienes temporales: «Donde esté tu tesoro, allí está también tu corazón» (Mt 6, 21). «Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra» (Col 3, 2).

En el artículo séptimo, «Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos», al tratar de quienes serán juzgados después de afirmar que lo serán los que existieron, existen y existirán, siguiendo en esto a San Gregorio Magno, establece una distinción en los malos entre los que serán condenados sin juicio, o sea los incrédulos cuyas obras no serán sometidas a discusión porque «el que no cree ya está juzgado» (Jn 3, 18) y los creyentes muertos en pecado mortal «El salario del pecado es la muerte». (Rom 6, 23). Ello es totalmente antiluterano. Los buenos los divide entre los que por Dios fueron pobres de espíritu, que se salvaron sin juicio, es más, juzgarán a los buenos: «Vosotros, que me habéis seguido en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su majestad, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel» (Mt 19, 28); y, «¿No sabéis que juzgaremos a los ángeles» (1 Cor 6, 3) y los que se salvarán después de ser juzgados, pues murieron en gracia pero fallaron en algún punto del manejo de las cosas temporales.

En el artículo octavo, «Creo en el Espíritu Santo», explicando los varios frutos del Espíritu Santo en nosotros, en el cuarto fruto dice que el Espíritu Santo corrobora la esperanza y es como una prenda de que heredamos la vida eterna, pues ésta se debe al hombre en cuanto que éste se constituye en Hijo de Dios, lo cual tiene lugar por una asimilación a Cristo; ahora bien nos asemejamos en la medida en que tenemos el espíritu de Cristo, que es el Espíritu Santo. «Como somos hijos de Dios, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abba, Padre» (Gal 4, 6).

En el artículo noveno, «la Santa Iglesia católica», añade, con cierta sorpresa para el lector, a las condiciones clásicas de unidad, santidad y catolicidad, la de firmeza y estabilidad, pues a pesar de las terribles sacudidas no puede ser derribada ni por las persecuciones ni por los errores: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18). Ni las persecuciones, ni cisma, ni herejía ni el diablo, pues la Iglesia es como una torre a la que se acoge todo el que lucha contra el diablo.

En el artículo décimo, «La comunión de los santos, el perdón de los pecados», el Santo fundamenta la comunión de los santos en Rom 12, 5 -«Cada uno somos miembros los unos de los otros»- y se basa en ella para indicar que entre las verdades de fe que transmitieron los Apóstoles, se encuentra la de que en la Iglesia existe una comunicación de bienes. En este artículo enumera y hace una cortísima explicación de los siete sacramentos con una referencia original y poco conocida al sacramento de la Confirmación, del que resalta la magnitud de la gracia que proporciona, hasta el punto de afirmar que en el caso de muerte de dos niños, el confirmado tendrá más gloria que el no confirmado, porque recibió más gracia. Siempre llama la atención, en un hombre de tanta capacidad especulativa, su sentido práctico, orientado a la realidad de la vida cristiana.

En el artículo undécimo trata de «La resurrección de la carne». Santo Tomás dice que la fe y la esperanza en la resurrección nos son muy útiles para sobreponernos a la tristeza de la muerte de los seres queridos: «Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos, para que no os entristezcáis como los hombres sin esperanza» (I Thes 4, 12); para librarnos del miedo a la muerte «Para aniquilar por medio de su muerte al que detentaba el señorío de la muerte, es decir, al diablo, y libertar a cuantos, por miedo a la muerte, estaban de por vida sometidos a la esclavitud» (Heb 2, 14-15); para que nos afanemos a hacer el bien y evitemos el mal. Al tratar de las condiciones del cuerpo, enumera los aspectos de identidad corporal, calidad, integridad; no habrá ni cojos ni ciegos ni defectos y en cuanto a la edad, hace una afirmación atrevida, pues dice que resucitaremos a la edad perfecta, 32-33 años, pues razona que a los niños se les otorgará lo que falta para la perfección y a los ancianos les será devuelto lo perdido. Lo basa en la epístola a los Efesios (4, 13): «Hasta que lleguemos todos… a varón perfecto, según la medida de la edad de madurez de Cristo».

El artículo duodécimo afirma la fe en «La vida eterna. Amén». Considera el Santo cuatro notas: la unión con Dios, que San Agustín describe como «Veremos, amaremos, alabaremos»; la perfecta saciedad de todos los deseos, todo lo apetecible sobreabundará; la seguridad total sin tristeza, ni trabajos ni miedo y finalmente la feliz compañía de todos los bienaventurados comenzando por los más próximos en esta vida.

No seguiremos al Santo en su comentario catequético del Padrenuestro, Avemaría y Decálogo, pero sí haremos una referencia a las cinco cualidades de la oración, que expone en su introducción al Paternoster. La oración debe ser «confiada, recta, ordenada, devota y humilde».

Confiadaen el doble sentido de confianza y sin presentar fallos en la fe. Cita los fundamentos bíblicos (Hab 4; Iac 1, 6): «que pida con fe sin vacilación alguna». La oración del Padrenuestro está compuesta por el mismo Cristo, que nos la enseñó. Cristo nos escucha, juntamente con el Padre, a quien va dirigida. De ella jamás se sale sin provecho, hasta el punto de que, según San Agustín, por la misma se nos perdonan los pecados veniales.

Recta, que atiende a que se pida a Dios lo conveniente. Santo Tomás hace notar la dificultad de implorar las cosas convenientes: «Nosotros no sabemos pedir como nos conviene» (Rom 8, 26). Los discípulos ya dijeron «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1). Por ello es tan importante la oración del Padrenuestro, que hace decir a San Agustín: «Si nuestra oración es recta y atinada, cualesquiera que sean las palabras que empleemos, no haremos otra cosa que repetir lo que ya se encuentra en la oración dominical». Aunque no lo diga Santo Tomás en este caso, y amparándonos en la nota de confianza, no nos debemos recatar de pedir al Señor, si bien añadiendo que no se haga nuestra voluntad sino la suya, a ejemplo de su oración en el huerto de Getsemaní, sabiendo, además, que las peticiones relacionadas con la salvación propia o ajena son siempre gratas.

Ordenada, anteponiendo las cosas del cielo a las de la tierra: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadiduras» (Mt 6, 33).

Devota, que lo hace agradable a Dios, pues nace de la caridad, que es amor a Dios y al prójimo. En la oración dominical se pone de manifiesto el amor a Dios al llamarle Padre y al prójimo cuando rogamos por todos al decir nuestro.

Humildad, no fiando nada en las propias fuerzas sino esperando alcanzarlo todo de Dios: «Atendió a la oración de los humildes» (Ps 101, 18), tal como sucede en la parábola del fariseo y publicano.

Santo Tomás enumera tres beneficios de la oración:

-Libra de los pecados cometidos. Oración del buen ladrón y del publicano. Libra del temor de los pecados futuros: «¿Hay alguno triste entre vosotros? Que ore» (Iac 5, 13); y de las persecuciones y enemigos: «En vez de amarme, hablarán mal de mí, pero yo hacía oración» (Ps 108, 4).

-Es eficaz y útil para conseguir los deseos: «Todo cuanto pidáis en la oración, creed que lo recibiréis» (Mt 11, 24). Muchas veces nuestra falta de insistencia, o no pedir lo más conveniente para nuestra salvación, es causa de no ser atendidos. «Es necesario orar siempre y no desfallecer» (Lc 18, 1).

-Finalmente, nos familiariza con Dios: «Suba mi oración como incienso en tu presencia» (Ps 140, 2).

Como conclusión, expondremos una nota piadosamente mariana. Precisamente se ha dicho en ocasiones que Santo Tomás no sobresale, en comparación con otros, por su marianismo. Pues bien, en el opúsculo La exposición de los dos mandamientos del amor, comentando el tercer mandamiento, después de significar el domingo, como día santo cristiano por la Resurrección del Señor, hace la siguiente espléndida y piadosa afirmación mariana: «dedicamos, sin embargo, el sábado a la veneración de la Virgen gloriosa, que conservó en este día la fe en la totalidad del Misterio de Cristo mientras Él estaba muerto».

Oriol Anguera de Sojo Peyra

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s