La condenación del modernismo por san Pío X

Se cumple este año el centenario de la subida al solio pontificio del Papa San Pío X, el Papa sencillo, de humilde origen, de escasa relevancia intelectual o diplomática, pero profundamente enamorado de Cristo y de su Iglesia. Sustituyó al «sabio» -y en tantos sentidos verdaderamente grande- León XIII, pero su labor eclesial supera incluso la de su predecesor. Basta leer el elogio que hizo de él Su Santidad Pío XII al beatificarlo. Bastaría también recordar que es por ahora el único Papa declarado santo desde los tiempos de San Pío V en el ya lejano siglo XVI. Nos detendremos aquí solamente en una sucinta memoria de uno de sus documentos más clarividentes, la larga y elaborada encíclica Pascendi dominici gregis.

El 3 de julio del año 1907, en el quinto año de su pontificado, publicó Pío X a través de la Sagrada Congregación del Santo Oficio el decreto llamado Lamentabili, que contenía una lista de sesenta y cinco errores de lo que se daba en llamar «modernismo». El 8 de septiembre siguiente daba a la luz la encíclica Pascendi, que contenía no sólo la condenación sino toda la explicación y el desarrollo del mismo modernismo a partir de su núcleo originario y en todas sus consecuencias. Nunca antes una encíclica había explicado un error con tal detalle. Siempre la herejía ha fingido no ser conocida por el magisterio que la condenaba, pero este conocimiento tan explícito del modernismo por parte del documento pontificio exasperó aún más a los fautores de aquel inmenso error.

La encíclica, en efecto, constituye un documento casi inédito en las enseñanzas pontificias de todos los tiempos en las enseñanzas pontificias de todos los tiempos, por cuanto contiene una explicación global y completa del sistema -porque se trata, en verdad, de un sistema- cuya caracterización, con el ambiguo y accidental nombre de modernismo, constituía en el seno de la Iglesia católica el papel que en la pura filosofía había desempeñado el idealismo del que surge. En palabras de la encíclica, «del consorcio de la falsa filosofía con la fe ha nacido el sistema modernista» (núm. 42). Tal sistema no podía ser condenado sin ser explicado, por cuanto no se hubiera entendido su núcleo filosófico, su intención fuertemente racionalista, y su inmersión total y absoluta en el seno de los dogmas y de la totalidad de los elementos que constituyen la religión, convirtiéndose, además, en una corriente que todo lo atravesaba hasta convertirse en el mismo ateísmo.

Hacía más difícil la denuncia del error modernista el hecho de que había que explicar algo cuya naturaleza misma es la «evolución» de lo que pretende explicar. En efecto, el modernismo sostiene como tesis fundamental de su sistema que, siendo la religión algo en constante e imparable evolución, la explicación de la misma ha de consistir en una constante evolución. De ahí que el modernismo no se deje fijar en determinadas proposiciones.

//static.flickr.com/8246/8664210672_d403592872_mEs así que la explicación pontificia de la naturaleza del modernismo se hace en la encíclica de forma a la vez analítica y sintética, mostrando todas las fases del desarrollo y poniendo de relieve sus diversas conclusiones en los distintos ámbitos de la religión. Por la explicación del documento pontificio pasan el modernista filósofo, el modernista creyente, el modernista teólogo, incluso el modernista apologista, el modernista historiador, el modernista crítico y, sobre todo, el modernista reformador de la Iglesia, sin olvidar las consecuencias sociales del modernismo, que no son otras que el liberalismo más craso. En efecto, como leemos a este respecto en la encíclica, «no le satisface a la escuela de los modernistas que el Estado esté separado de la Iglesia… en los negocios temporales la Iglesia debe someterse al Estado» (núm. 24). Lo segundo se deriva necesariamente de lo primero y por ello en todos los asuntos humanos -matrimonio, familia, educación, vida social, etc.- será únicamente el Estado quien dicte las leyes y las normas de conducta. Una de las notas que caracterizan al modernismo son los constantes y mutuos elogios que se prodigan la sociedad laica y los modernistas.

Hace la encíclica especial mención de una cuestión esencial: el modernismo, por la índole misma de su gestación y de su autoalimentación, anida principalmente en los lugares de estudio, es decir, en los seminarios y universidades católicas. Nada menos que en los lugares donde se han de formar los futuros sacerdotes y los clérigos más influyentes. Leemos en la encíclica: «En los seminarios y universidades andan a la caza de las cátedras, que convierten poco a poco en cátedras de pestilencia. Aunque sea veladamente inculcan sus doctrinas predicándolas en los púlpitos de las iglesias; con mayor claridad las publican en sus reuniones y las introducen y realzan en las instituciones sociales» (núm. 44). Esta presencia en los estudios y esta táctica de gradualidad en las manifestaciones modernistas convertían el modernismo en una herejía de una influencia y de una universalidad desconocida hasta entonces en la Iglesia.

La encíclica no sólo explica y condena sino que advierte y, como hace el buen pastor -cuyo oficio se recuerda en las primeras palabras de la encíclica- pretende evitar que los católicos de buena fe se dejen enredar por un sistema que ya había hecho estragos en el seno de la comunidad protestante y que aspiraba a hacer lo mismo con el catolicismo, según la última de las proposiciones condenadas en el mencionado decreto: «El catolicismo actual no puede conciliarse con la verdadera ciencia, si no se transforma en un cristianismo no dogmático, es decir, en protestantismo amplio y liberal».

Tal documento no se entiende plenamente si no se atiende al punto de vista que le anima, que no es otro que la necesidad de sostener en todos los campos de la religión la primacía de lo sobrenatural. En efecto, siendo el modernismo, a la vez la «explicación» racional del «fenómeno» religioso, consistente todo él en un sentimiento humano de alienación respecto a lo absoluto, y desplegándose, por tanto, en una continua elaboración y a la vez rectificación de las fórmulas religiosas, la única manera efectiva de luchar contra su multiforme manifestación es la de sostener firmemente la supremacía de la revelación divina sobre la naturaleza humana. La naturaleza del hombre es la condición de dicha revelación, el necesario sujeto pasivo de la misma, pero su fundamento positivo es la revelación que trasciende toda filosofía, como enseñaba reiterada e incansablemente san Pablo y preconiza el Evangelio en sus relatos de cada discusión de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, frente a los fariseos ufanos de poseer la Ley y los Profetas como adquisición propia. Para los fariseos, como para los modernistas, la piedra de toque era la negación de la divinidad de Jesús. Como aquellos interlocutores de Jesús que hicieron suya la religión, los modernistas afirman lo que se contiene en la proposición 27 del decreto Lamentabili: «La divinidad de Jesucristo no se prueba por los Evangelios, sino que es un dogma que la conciencia cristiana derivó de la noción de Mesías».

La tarea de publicar esta memorable e inmortal encíclica sólo podía salir de aquel Papa en verdad manso y humilde, del todo entregado a su oficio de Pastor supremo de la Iglesia, que no ponía su esperanza más que en Dios y que sabía que frente a la malicia del error no cabe más que la afirmación de la verdad más clara. Cualquier concesión hubiera dado al modernista más ánimos.

El modernismo parte del supuesto de que la religión no tiene otro fundamento que el sentimiento religioso y de ahí que considere la Escritura como mero testimonio de una cierta conciencia social de tal sentimiento. Pero tal conciencia no queda bien reflejada en las formulaciones dogmáticas; por ello el modernismo estuvo -y está- especialmente presente en el campo bíblico, donde rige, como norma habitual, la proposición condenada en el número 61 del citado decreto Lamentabili: «Se puede decir sin paradoja que ningún capítulo de la Escritura desde el primero del Génesis hasta el último del Apocalipsis, contiene doctrina totalmente idéntica a la que enseña la Iglesia sobre el mismo punto y, por ende, ningún capítulo de la Escritura tiene el mismo sentido para el crítico que para el teólogo». Según la doctrina modernista, la Iglesia ha formulado a lo largo de los siglos dogmas que no expresan ya la verdadera «vivencia» religiosa y han de ser rectificados y reconducida su interpretación por el crítico. Es tarea esencial del modernista hacer que la crítica bíblica sea la norma de la interpretación de las fórmulas de la teología dogmática, cuyo contenido debe cambiar sustancialmente, aun cuando no pueda cambiarse su formulación -básicamente, porque la autoridad infalible de la Iglesia no lo permitiría y, por otra parte, porque dicho cambio dejaría al modernista al descubierto ante el pueblo fiel, que sigue creyendo en las fórmulas dogmáticas y su natural sentido.

Sería muy ciego no reconocer hoy el gran mal que evitó la encíclica Pascendi, al denunciar y condenar sin paliativos el modernismo, su contenido, sus intenciones y su táctica. Sería -o quizá simplemente, es- muy injusto no agradecer a San Pío X el conjunto verdaderamente exhaustivo de disposiciones que se contienen al final de la misma encíclica a fin de evitar la propagación de un error que la propia encíclica calificó de «suma de todas las herejías». El modernismo, después de San Pío X, no puede presentarse abiertamente en la Iglesia.

El silencio acerca de estos reconocimientos y el generalizado silencio hacia San Pío X no pueden interpretarse más que como manifestación taimada de simpatías por el modernismo. Es evidente que, a pesar de San Pío X, -y sería ingenuo el desconocerlo-, el modernismo ha llegado a ser la herejía hoy más presente en la Iglesia en su multiforme manifestación, según aquellas palabras de Pablo VI en su habitual estilo interrogativo «¿no es el progresismo actual lo mismo que el modernismo?».

Toda verdadera y profunda regeneración en la Iglesia pasa necesariamente por el recuerdo positivo de la doctrina manifestada en el decreto Lamentabili y la encíclica Pascendi y por la aplicación de aquellas disposiciones que el Santo Papa promulgó.

José María Petit

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