La oración: meditación sobre la cruz

//static.flickr.com/8258/8664210318_03610a8f79_mEl detenimiento de toda la persona en la Pasión de Cristo, esto es la oración. Porque orar es meditar la vida del Redentor, concentrarse en ella, saborearla. Orar es en primera instancia «composición de lugar». Presenciar, que es estar imaginativamente con aquel humano transcurso del Hijo de Dios, asistir, que es penetrarse de la emoción del momento, asumir, que es más que «estar» y «sentir», que es participar en el sacrificio. Orar es presenciar, asistir y asumir la existencia de Cristo.

Para ello hay que llegar a un punto de intersección con su Persona como al que llegó aquella que «miraba con horror la boca que vertió la desdicha. Y les fue siguiendo dejando sus sollozos como si se deshojase su alma en el silencio de la senda». Como al que llegó aquella samaritana que en la soledad de su abandono «sintió frío y miedo de niña desamparada y buscó el refugio en el pozo de Jacob». Atravesando por lo que, si no tuviéramos miedo a la palabra, calificaríamos de naturalismo sublime, cuando besaba la piedra del pozo y «gemía: -¡Rábbi, Rábbi! ¡Por qué has resucitado para subirte al cielo!…-».

Superado el marasmo de una vida banal y agudizada la sensibilidad hasta poder emprender la concentración de todas las fuerzas del espíritu en la Pasión de Cristo -sobrenatural insistencia del Papa y de la Iglesia- ¿por qué no podrían ser estos días santos la ocasión de un reajuste de nuestra voluntad a la ley de Dios?

Esta rehabilitación de la persona llevaría implicado un apasionado amor por la Cruz, por la Pasión, por la existencia entera terrenal de Nuestro Salvador. Por aquí habrá de empezar la oración, porque es donde está el amor. Más extraño que el odio es respecto del amor la indiferencia, en la cual, aunque pueda resultar extraño, reside la perpetua alteración del hombre actual. El recogimiento de la oración -tampoco hay oración sin recato- exige una intención. Sin ella el vivir no tiene más sentido que una respuesta automática a cualquier excitante foráneo que amenace la integridad de la persona. Se comprende la vida angustiada, insatisfecha, a la que conduce el temor. La meditación del infierno suele ser en la generalidad de los casos un susto que estremece la carne momentáneamente, a fin de cuentas, nada perdurable en la conciencia personal.

La oración es consideración de la Cruz de Cristo. Orar es recorrer renovándola la vida de Jesús. Porque la cruz no es el madero, como la Pasión no es el Calvario, éstos son el remate de la Redención. La Cruz estuvo siempre plantada en su Corazón divino, y la Pasión se consumó durante todos los instantes, desde Belén hasta la Crucifixión.

La Cruz es algo radicalmente asociado a todos los partícipes de aquel acontecimiento, verdadera tragedia en lo que tiene de irremediable. Por eso hacer oración, meditar sobre la Cruz, es también caer en la cuenta del grande e insondable dolor que acompañó entrañablemente a la Virgen Santísima, siguiendo paso a paso, como Madre de Jesucristo, la gestación y el desenlace de la Pasión de su Hijo.

Meditar sobre la Cruz es completar ese divino Dolor, es tener compasión por Cristo, padecer con Él, sentir en lo profundo su derrota y su triunfo, acudir a su Corazón, tomar, en definitiva, dichosamente cada uno la Cruz sobre sí.

En ella, como en Cristo, está la Verdad, el camino y la vida, porque allí se entrecruzan el amor, el sufrimiento y la dicha. Sólo la absoluta incomprensión de este asombroso emparentamiento puede explicar la lujuriante proliferación del espíritu burgués, encarnado en el egoísmo de una sociedad que por haber repudiado la Cruz vive en estéril pesadumbre, en un dolor sin sentido y estremecida por el vago presentimiento de que se hunde bajo la losa que gravita sobre ella.

Quizá por eso estamos hoy menos capacitados para una meditación a fondo de la Cruz. Probablemente se requiere una liberación del contorno que nos envuelve, porque la consideración de nuestro tiempo, de sus males y de sus inquietudes, que habría de ser una coyuntura favorable, parece no conducirnos a otra cosa que a dar vueltas alrededor de una sombra, a debatirnos en el seno de un fácil existencialismo sombrío, en vez de emprender decididamente el difícil camino de la virtud.

Así que acudimos hoy a la fuente inagotable de los clásicos. Mucho podemos aprender todavía de ellos porque su inspiración es eterna. Aunque, ningún provecho espiritual puede seguirse de su lectura si ésta se reduce simplemente a eso, si no hace que el alma apunte a la realidad concreta de la Persona de Jesucristo. Nuestra alma, nótese bien, la situada concretísimamente también ante esta Semana Santa que se avecina.

Francisco Hernanz Minguez

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